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Full text of "Obras completas de don Andrés Bello. Ed. hecha bajo la dirección del Consejo de instrucción pública, en cumplimiento de la Lei de 5 de setiembre de 1872"

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AGUSTÍN  ZEGER3  CAEZ^ 


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OBRAS  GOAIPLETAS 


DE 


DON  ANDRÉS  BELLO 


Santiago,  Setiembre  5  de  1872. 

Por  cuanto  el  Congreso  Nacional  ha  discutido  i  aprobado  el  si- 
guiente 

PROYECTO  DE  LEÍ 

Art.  1."  En  recompensa  a  los  servicios  prestados  al  país  por  el  señor 
don  Andrés  Bello,  como  escritor,  profesor  i  codificador,  el  Congreso 
decreta  la  suma  de  quince  mil  pesos,  que  se  inscribirá  por  terceras 
partes  en  los  presupuestos  correspondientes,  para  que  se  haga  la  edi- 
ción completa  de  sus  obras  inéditas  i  publicadas. 

Art,  2.»  La  Universidad  nombrará  a  uno  o  dos  comisionados  que 
se  entiendan  con  los  de  la  familia  del  ilustre  autor,  para  proceder  a 
la  edición  de  dichas  obras,  haciendo  las  contratas  con  los  impresores, 
obteniendo  en  virtud  de  recibos  los  fondos  que  se  decretaren,  invir- 
tiéndolos  i  respondiendo  de  su  inversión. 

Art.  3.0  La  edición  no  será  de  menos  de  dos  mil  ejemplares,  i  de 
ellos  so  entregarán  quinientos  al  Estado,  quien  no  podrá  venderlos  a 
menos  de  dos  pesos  cada  volumen.  El  resto  de  la  edición  correspon- 
derá a  los  herederos  respectivos. 

Art.  4.0  El  testo  de  esta  lei  irá  impreso  en  el  reverso  de  la  primera 
pajina  de  cada  volumen. 

I  por  cuanto,  oído  el  Consejo  de  Estado,  lo  he  aprobado  i  san- 
cionado; por  tanto,  promulgúese  i  llévese  a  efecto  como  lei  de  la 
república. 

Federico  Errázuriz. 

Abdon  Cifüentes. 


OBRAS  COMPLETAS 


DE 


DON  ANDRÉS  BELLO 


EDICIO.\'  HECUl  BAJO  U  DIRECCIÓN  DEL  C0\SEJO  DE  IJÍSTRUCCIO.\  PUBLICA 

EN  GUMPLlMltNTO 

DE  LA  leí  de  5  DE  SETIEMBRE  DE  1872 


TOLUMEN  III 

poesías 


AGUSTÍN  ZEGER3  DAEZA 

SANTIAGO  DE  CHILE 

IMPRESO  POR  PEDRO  ü.  RAMÍREZ 
1883 


V.3 


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LAS  POESÍAS  DE  DON  ANDRÉS  BELLO 


— ^AVA,"v^^^~— 


I 


Don  Andrés  Bello  recibió  do  la  naturaleza,  que  fué 
para  él  una  madre  cariñosa,  algunos  de  los  dones  que 
forman  al  poeta. 

Su  alma  no  se  dejaba  arrcbatar  por  los  arranques  de 
la  pasión;  pero  era  bastante  sensible  para  deleitarse  en 
la  contemplación  de  todo  lo  grande  i  de  todo  lo  hermoso. 

Tributaba  un  entusiasmo  sin  tasa  a  los  varones  pre- 
claros, antiguos  i  modernos,  nacionales  i  extranjeros, 
que  habian  sobresalido  por  el  valor,  por  el  injenio,  por 
la  constancia,  por  la  virtud. 

No  se  cansaba  do  admirar  el  cielo,  el  campo,  las  es- 
trellas, las  flores,  el  manso  ruido  del  viento  que  menea 
los  árboles,  el  apacil^le  murmullo  de  los  arroyos  i  de  las 
fuentes,  las  aves,  las  montañas,  las  nubes,  las  armonías 
de  la  música  i  del  canto. 

Aun  en  los  períodos  mas  atareados  de  su  existencia, 
supo  proporcionarse  tiempo  para  ir  a  respirar  el  aire 


VI  LAS  POESÍAS 


puro  de  la  campiña,  i  a  solazarse  con  las  marabillas  de 
la  vejetacion. 

En  sus  últimos  años,  cuando  estaba  ya  agobiado  por 
el  largo  i  vario  trabajo,  i  quebrantado  por  la  pérdida 
prematura  de  tantos  hijos  muertos  en  edad  temprana,  le 
vi,  en  mas  de  una  ocasión,  encontrar  reposo  para  la  fa- 
tiga, i  alivio  para  el  dolor,  en  el  sublime  espectáculo  de 
la  luna  que  aparecía  majestuosa  por  sobre  la  cumbre  de 
los  Andes,  o  en  el  por  otros  motivos  no  menos  esplén- 
dido de  la  via  láctea,  esa  faja  luminosa,  que,  según  las 
palabras  de  Bello,  atraviesa  el  cielo  todo,  de  horizonte  a 
horizonte,  i  que  se  compone  de  estrellas  derramadas  a 
millones,  como  una  arenilla  brillante  sobre  un  fondo 
negro. 

En  dias  mas  felices,  mientras  meditaba  por  la  noche 
en  silencio,  i  fumando  un  cigarro,  sobre  los  resultados 
de  sus  estudios,  i  combinaba  sus  ideas,  se  complacía  en 
pensar  al  son  de  música,  haciendo  que  sus  hijas,  exce- 
lentes tocadoras,  ejecutasen  para  él  en  el  piano  piezas 
selectas,  i  a  veces  óperas  enteras,  como,  verbigracia,  la 
Sonámbula  deBellini,  i  la  Lucrecia  Borgia  de  Donizzeti, 
las  cuales  eran  mui  de  su  gusto. 

Hallaba  sabroso  entretenimiento  en  el  trato  de  los 
niños. 

Amaba  con  osquisita  ternura  a  las  personas  de  su 
familia. 

Las  calidades  enumeradas  le  permitieron  acopiar  ma- 
teria abundante  de  poesía. 

La  lectura  razonada  de  los  modelos  literarios  le  ense* 
ñó  el  arte  de  expresar  las  ideas  í  los  afectos  en  formas 
plegantes,  coloridas,  conmovedoras. 


DE  DON  ANDRÉS  BELLO  Vil 


II 


Don  Andrés  Bello,  desde  miti  joven,  fué  en  esíremo 
aficionado  a  leer  i  componer  versos. 

Tuvo  o  adquirió  una  gran  facilidad  para  improvi- 
sarlos. 

Al  empezar  el  siglo  XIX,  se  notaba  en  la  sociedad  de 
Caracas  un  cierto  movimiento  literario. 

Ya  entonces  ese  pueblo  revelaba  el  carácter  fantástico 
i  apasionado  que  ha  seguido  manifestando  hasta  ahora. 

Se  encantaba  con  la  figuras  pomposas  i  las  exajeracio- 
nes  enormes. 

Uno  de  los  individuos  que  adquirió  en  la  sociedad  ca- 
raqueña mas  influencia  i  mas  prestijio,  i  que  mejor  la 
personificó,  fué  Simón  Bolívar,  a  quien  sus  compatrio- 
tas, principiando  la  práctica  de  los  calificativos  pompo- 
sos, apellidaron  el  Libertador,  pero  esta  vez  con  sobrada 
justicia. 

En  este  hombre,  por  tantos  títulos  extraordinario,  las 
acciones  fueron  tan  grandiosas^  eomo  el  estilo  hinchado 
i  altisonante. 

Es  él  quien  ha  empleado  esta  estupenda  imájen: 

ícLa  posteridad  representará  a  Sucre  con  un  pié  en  el 
Pichincha,  i  el  otro  en  el  Potosí,  llevando  en  sus  manos 
la  cuna  de  Manco-Cápac,  i  contemplando  las  cadenas  del 
Perú  rotas  por  su  espada.» 

Las  frases  do  esta  especie  abundan  en  los  escritos  de 
Bolívar. 

Un  pueblo  tan  inclinado  a  figurarse  las  cosas  abulta- 
damente debia  gustar  mucho  de  loa  versos;  i  así  sucedía 
efectivamente. 


VIII  LAS  poesías 


No  habia  ni  matrimonio,  ni  bautizo,  ni  colación  de  be- 
neficio eclesiástico  o  grado  universitario,  ni  dia  de  san- 
to, ni  banquete,  ni  fiesta  pública  o  privada,  en  que  no  se 
leyeran  o  recitaran  redondillas,  décimas,  octavas,  sone- 
tos i  las  otras  estrofas  autorizadas  por  el  uso. 

Habia  ademas  tertulias  o  academias  destinadas  a  este 
objeto. 

La  sociedad  caraqueña  sostenía  un  teatro,  en  el  cual 
lucían  su  habilidad,  o  mas  propiamente,  su  torpeza,  ac- 
tores detestables,  según  el  viajero  Dcpons,  pero  que  era 
mui  concurrido . 

Es  de  presumir  que  Caracas  fué  la  primera  ciudad  de 
la  América  Española  donde  se  oyó  ópera,  puesto  quo 
don  Aristídes  Rojas  ha  publicado  que  una  compañía  lí- 
rica la  visitó  por  los  años  de  1806  a  1808. 

El  joven  Bello,  aunque  solo  contaba  diez  i  ocho  años, 
tomó  puesto  entre  los  injenios  de  su  tierra,  i  alcanzó 
aplausos  por  el  romance  al  Anauco,  la  mas  antigua  de 
BUS  poesías  que  se  conoce,  compuesta  el  año  de  1800. 

Atendiendo  a  la  semejanza  del  estilo,  puede  conjetu- 
rarse que  el  romance  a  un  Sama,n  pertenece  aproximati- 
vamente a  la  misma  fecha. 

Estas  dos  piezas,  bastante  mediocres,  manifiestan  que 
el  público  literato  de  Caracas  era  poco  exijente,  i  que  el 
estreno  poético  de  Bello  no  fué  en  realidad  ni  brillante, 
ni  prometedor  de  frutos  mas  sazonados. 

La  Inexperiencia  del  autor  no  suministra  escusa  sufi- 
ciente, puesto  quo  otros  en  edad  menor  o  poco  mayor 
han  sido  mas  felices. 

Sin  salir  de  los  poetas  hispano-amerioanos,  ahí  tenO'" 
mos  al  cubano  don  José  María  Ileredia,  que  escribió  al- 
gunas composiciones  buenas  antes  de  los  quince  años,  i 


DE  DOX  AXDnKS  BELLO  LV 


varias  antes  de  los  diez  i  seis;  que  escribió  la  tilulada 
A  mi  Caballo,  cuando  no  tenia  diez  i  ocho,  i  la  titulada 
Al  Huracán,  cuando  no  tenia  diez  i  nueve;  que  escribió 
la  mui  afamada  Al  Niágara,  cuando  solo  tenia  poco  mas 
de  veinte. 

IjOS  romances  al  Anauco  i  a  un  Saman  son,  sin  em- 
bargo, interesantes  en  la  vida  de  Bello,  porque  esta- 
blecen un  punto  de  partida  que  deja  apreciar  cuántos 
fueron  los  adelantamientos  que  nuestro  poeta  alcanzó 
merced  al  cultivo  intelectual  i  a  los  ejercicios  literarios. 

Parecería  que  el  autor  do  estas  dos  producciones  de 
principiante  no  fuera  el  de  la  Arjricultura  de  la  Zona  7o- 
rrida,  i  el  de  la  Oración  por  Todos. 

¡Tanta  es  la  diferencia  de  mérito  que  se  observa  entro 
las  unas  i  las  otras! 

Este  ejemplo,  harto  expresivo,  contiene  una  lección 
provechosa,  pues  hace  palpar,  por  decirlo  así,  las  in- 
mensas ventajas  que,  C!)n  un  estudio  perseverante,  pue- 
den reportarse. 

No  trascurrieron  muchos  años  sin  que  Bello  diera 
pruebas  mas  satisfactorias  de  sus  aptitudes. 

Los  dos  romances  a  la  introducción  de  la  vacuna  en 
Venezuela,  elaborados  en  l<SO'i,  cuando  el  poeta  rayaba 
en  los  veinte  i  tres  años,  marcan  un  progreso  percepti- 
ble, aunque  estén  lejos  de  ser  sobresalientes. 

El  romance  a  la  Nave,  i  el  soneto  Mis  Deseos,  imita- 
ciones de  Horacio,  i  la  égloga  en  octavas  reales  tilulada 
Tirsis,  imitación  de  Virjilio,  obras  de  este  período,  pero 
sin  feclia  bien  determinada,  descubren  las  tres  el  conoci- 
miento de  los  clásicos  latinos  que  tenia  Bello,  i  las  dos 
últimas  la  destreza  que  iba  adquiriendo  en  el  arte  de  la 
versificación. 


LAS  poesías 


La  influencia  clásica  se  advierte  todavía  en  los  dos 
graciosos  juguetes  denominados  Diálogo  entre  Tirsi  i 
Clori,  i  El  Vino  i  el  Amor,  escritos  mas  tarde  con  la 
pluma  segura  de  un  maestro. 

La  lectura  atenta  de  Horacio  i  de  Virjilio,  i  la  admi- 
ración que  les  profesaba,  preservaron  a  Bello  de  ver  la 
naturaleza  por  vidrio  de  aumento,  como  muchos  de  sus 
contemporáneos  de  Caracas,  i  le  habituaron  a  no  sacri- 
ficar la  verdad  i  la  exactitud  a  un  colorido  demasiado 
vistoso,  i  a  figuras  excesivamente  engrosadas. 

Los  sonetos  A  una.  Artista,  compuesto  entre  1806  i 
1808;  A  la  Victoria  de  Bailen,  en  1808;  i  Dios  me  tenga 
en  gloria. j  en  1817  a  1818,  suministran  ejemplos  de  las 
improvisaciones  numerosas  que  los  acontecimientos  pú- 
blicos o  privados  inspiraron  a  Bello  en  su  juventud. 

Sin  embargo,  según  el  literato  venezolano  don  Aristí- 
des  Rojas,  que  se  ha  empeñado  con  piadosa  solicitud  por 
recojer  cuantas  ha  podido,  las  tres  mencionadas  son  las 
únicas  que  merecen  conservarse. 

Don  Andrés  Bello  colocaba  entre  sus  mas  selectas 
producciones  poéticas  el  soneto  A  la  Victoria  de  Bailen, 
que  retenia  de  memoria  hasta  el  año  de  1861,  en  que  me 
lo  dictó  para  que  yo  lo  diese  a  la  estampa. 

No  obstante  lo  que  Bello  gustaba  de  leer,  de  recitar  i 
de  componer  versos;  i  no  obstante  lo  que  se  complacía 
en  discurrir  acerca  de  ellos,  se  mostró  siempre  remiso 
para  publicar,  tanto  esas  primeras  composiciones,  como 
las  posteriores. 

Tiene  fácil  esplicacion  el  que  nuestro  autor  no  impri- 
miera desde  luego  sus  poesías  juveniles,  a  pesar  de  que 
fueron  jeneralmente  aplaudidas,  puesto  que  a  la  sazón 
faltaban  en  Venezuela  los  medios  de  hacerlo. 


DE  DON  ANDRÉS  BELLO  Jl 


La  primera  imprenta  que  hubo  en  este  país  fué  la  que 
trajo  el  caudillo  de  la  independencia  don  Francisco  Mi- 
randa, cuando  su  tentativa  revolucionaria  de  1806,  i  en 
la  que  dio  a  luz  algunas  proclamas,  las  cuales,  rechazada 
la  invasión  de  los  independientes,  se  quemaron  por  ma- 
no del  verdugo  en  la  plaza  de  Caracas. 

En  1808,  dos  empresarios  extranjeros  compraron,  con 
permiso  del  gobierno,  esta  imprcntita,  que  habia  quedado 
en  una  de  las  islas  inmediatas,  e  hicieron  salir  el  periódi- 
co titulado  Gaceta  de  Caracas,  a  fin  de  satisfacer  el  anhelo 
de  todos  por  hallarse  prontamente  enterados  de  lo  que 
iba  sucediendo  en  la  Península  después  de  la  invasión 
de  los  franceses,  i  de  la  abdicación  de  los  reyes  lejítimos. 

Así,  primero  no  habia  imprenta  en  Caracas;  i  cuando 
la  hubo,  era  mal  provista,  i  estaba  destinada  a  un  objeto 
mui  distinto  de  la  poesía. 

Don  Andrés  Bello  no  habría  encontrado  en  Venezuela 
un  medio  espedito  de  publicar  sus  versos  de  juventud, 
aun  cuando  lo  hubiera  querido. 

Pero  es  estraño,  i  mucho,  el  que  no  lo  ejecutara,  si- 
quiera respecto  de  algunos,  mas  tarde  en  Londres,  i  so- 
bre todo  en  Santiago  de  Chile,  ciudades  donde  dirijió 
periódicos,  i  donde,  sin  esto,  habría  tenido  oportunidad 
de  realizarlo. 

Se  concibe  que,  durante  la  efervescencia  de  la  lucha 
entre  las  provincias  hispano-americanas  i  la  metrópoli, 
no  juzgara  prudente  la  publicación  de  poesías  en  que  se 
loaba  a  España  i  a  los  gobernantes  del  antiguo  réjimen; 
pero  nó  que  persistiera  en  igual  propósito  después  de  la 
celebración  de  la  paz  entre  los  bclijcrantes,  i  después  de 
la  reconciliación  entre  los  españoles  de  uno  i  de  otro 
continente, 


XII  LAS  poesías 


Ademas,  únicamente  tres  o  cuatro  de  esas  composi- 
ciones juveniles  perteneciau  a  la  categoría  de  que  acabo 
de  hablar. 

La  verdadera  esplicacion  de  tal  retraimiento,  raro  en 
un  poeta,  se  encuentra  en  que  Bello,  junto  con  entrete- 
nerse i  deleitarse  vertiendo  sus  pensamientos  en  frases 
armoniosas  i  rimadas,  juzgalja  con  desmedida  severidad 
los  frutos  de  su  inspiración,  sin  osar  someterlos  al  fallo 
do  la  crítica  seria  e  intelijente. 

Esta  desconfianza  fué  injustificada. 

Aun  en  las  poesías  de  su  mocedad,  hai  algunas,  como 
la  imitación  de  la  égloga  segunda  de  Mrjilio,  i  el  soneto 
A  la  Victoria  de  Bailen,  que  muchos  habrían  tenido  a 
honra  firmar. 

Es  cierto  que  este  soneto  i  el  titulado  Mis  Deseos,  se- 
gún lo  oí  a  Bello,  aparecieron  en  un  periódico  de  Espa- 
ña, pero  sin  que  él  los  hubiera  enviado,  i  probablemen- 
te sin  nombre  de  autor. 

Fui  yo  quien,  en  1861,  dio  a  conocer  algunas  de  las 
composiciones  pertenecientes  al  primer  período  de  la  vi- 
da de  Bello,  las  cuales  obtuve  a  fuerza  de  instancias. 

Los  distinguidos  literatos  hispano-americanos  don 
Aristídes  líojas,  de  Caracas,  i  don  Miguel  Antonio  Caro, 
de  Bogotá,  ambos  fervorosos  admiradores  de  Bello^  han 
descubierto  i  publicado,  después  del  fallecimiento  del 
ilustre  poeta,  las  otras  composiciones  escritas  en  su  ju- 
vontud  que  se  insertan  en  el  presente  volumen. 

Sin  em]3argo,  hai  constancia  fehaciente  de  que  las  de 
esta  especie  que  se  lian  recopilado  no  fueron  entonces 
las  únicas  producciones  de  su  injenio. 

Tengo  motivos  para  presumir  que  el  soneto  titulado 
Un  Recuerdo,  compuesto  en  1810,  es  solo  una  de  las  no 


DE  DOX  ANDRÉS  BELLO  XIII 


escasas  piezas  amatorias  en  que  Bello  expresó  las  ale- 
grías i  los  dolores  de  una  pasión  a  que  su  alma  sensible 
no  fué  ajena. 

El  temor  de  que  la  publicación  de  ellas  se  tuviera  por 
contraria  a  la  seriedad  de  su  carácter  i  de  su  posición,  le 
movió  a  mantenerlas  mas  guardadas  que  otras,  i  aun  a 
destruirlas. 


III 


Don  Andrés  Bello  residió  en  Londres  desde  1810 
hasta  1829. 

La  dedicación  a  las  lecturas  mas  variadas,  el  trato 
frecuente  con  notables  literatos  ingleses  i  españoles,  el 
estudio  asiduo,  la  reflexión  constante  sobre  cuanto  vcia, 
oia  i  leia,  acrecentaron  extraordinariamente,  junto  con 
la  madurez  de  los  años,  el  caudal  de  sus  conocimientos, 
i  depuraron  su  gusto. 

El  poeta  en  esperanza  llegó  a  serlo  en  realidad. 

El  deseo  de  cooperar  a  la  difusión  de  las  luces  en  las 
provincias  españolas  del  nuevo  mundo,  convertidas  en 
repúblicas  independientes,  estimuló  a  Bello  i  a  su  amigo 
el  neo-granadino  don  Juan  García  del  Rio  a  fundar  su- 
cesivamente, hurtando  tiempo  al  ocio  i  al  recreo,  i  sin 
ningún  designio  de  lucro,  dos  revistas:  La  Diblioteca 
Americana  en  1823;  i  El  Repertorio  Americano  en  182G. 

Don  Andrés  Bello  insertó  en  estos  periódicos  dos  com- 
posiciones de  largo  aliento,  que  afianzaron  su  reputación 
de  poeta  en  Venezuela,  que  la  esparcieron  por  toda  la 
América  Española,  i  que  la  llevaron  a  la  España  misma. 

La  primera  de  ellas  es  la  Alocución  a  la  Poesía,  cuyas 
dos  partes  o  fragmentos  aparecieron  en  La  Diblioteca 


XIV  LAS  poesías 


Americana;  i  la  segunda,  La  Agricultura  de  la  Zona  Tó- 
rrida,  que  apareció  en  el  tomo  de  El  Repertorio  corres- 
pondiente al  mes  de  octubre  de  1826. 

La  Alocución  fué  una  especie  de  prospecto  poético, 
en  que  el  autor  indicó,  con  brillante  estilo  i  con  versos 
jeneralmente  bien  peinados  i  rotundos,  los  asuntos  que, 
a  su  parecer,  debian  tratar  los  vates  de  las  jóvenes  na- 
ciones hispano-americanas. 

Como  se  ve,  el  tema  no  podia  ser,  ni  mas  interesante, 
ni  mas  oportuno. 

Afortunadamente  para  Bello,  acertó  a  predicar  con  la 
doctrina  i  el  ejemplo. 

Se  mostró  juntamente  maestro  i  poeta. 

Tal  es  la  razón  por  que  la  Alocución  a  la  Poesía  ha 
tenido  i  tendrá  en  la  historia  literaria  de  la  América  Es- 
pañola un  lugar  tan  prominente. 

Pero,  examinemos  cuál  era  la  senda  que  Bello  señala- 
ba a  los  poetas  sus  compatriotas. 

Bello  dio  a  la  estampa  en  el  volumen  de  El  Repertorio 
correspondiente  al  mes  de  enero  de  1827  un  Juicio  sobre 
las  Poesías  de  José  María  Heredia. 

En  este  artículo,  recomienda  encarecidamente  el  estu- 
dio de  los  clásicos  castellanos,  i  de  los  grandes  modelos 
de  la  antigüedad. 

Los  unos,  dice,  castigarán  la  dicción,  i  harán  desen- 
gañarse del  oropel  de  voces  desusadas;  los  otros  acriso- 
larán el  gusto,  i  enseñarán  a  conservar,  aun  entre  los 
arrebatos  del  estro,  la  templanza  de  imajinacion  que  no 
pierde  jamas  de  vista  a  la  naturaleza,  i  jamas  la  exajera, 
i  la  violenta. 

Bello,  desde  sus  primeros  años  hasta  el  fin  de  sus  dias, 
se  manifestó  siempre  fiel  a  esta  teoría  estética. 


DE  DON  ANDRÉS  BELLO  XY 


Ya  en  Venezuela,  se  esforzó  por  aprender  filosófica  i 
prácticamente  el  idioma  patrio,  al  cual  habia  de  dedicar 
posteriormente  tan  prolijas  i  tan  fructíferas  investigacio- 
nes. 

Así,  sus  poesías  juveniles  i  las  que  elaboró  en  Lon- 
dres están  escritas  en  lenguaje  puro  i  correcto. 

Sin  embargo,  para  recomendar  el  esmero  en  este 
punto,  haré  observar  de  paso  que  es  tan  dificultoso  en 
materia  de  lenguaje,  evitar  los  resabios  provinciales  o 
vulgares,  que  Bello  emplea  en  la  Alocución  «vagorosas» 
por  «vagarosas»;  i  en  La,  Agricultura  de  la  Zona  Tórri" 
del,  «erguiesc»  por  «irguiese». 

Aliquando  dormitat  Homerus. 

Del  mismo  modo,  don  Andrés  Bello,  desde  su  prime- 
ra juventud,  leyó  i  releyó  a  Cervantes,  a  Lope  de  Vega, 
a  Calderón  i  a  otros  clásicos  castellanos;  i  no  solo  mane- 
jó amcnudo  las  obras  de  Horacio  i  de  Virjilio,  sino  que 
también  las  tradujo  i  las  imitó  en  verso. 

Andando  los  años,  aplicó  estos  mismos  estudios  a  los 
principales  poetas  de  otras  literaturas  extranjeras,  como 
las  de  la  Grecia  Antigua,  de  Inglaterra,  de  Francia,  do 
Italia,  arrastrado  por  la  admiración  de  sus  esclarecidos 
méritos,  i  ansioso  de  descubrir  i  asimilarse  sus  procedi- 
mientos artísticos. 

Durante  su  permanencia  en  Londres,  tradujo  dos  lar- 
gos fragmentos  de  Dclille,  poeta  a  la  sazón  mui  aplau- 
dido: el  uno  del  poema  titulado  Los  Jardines,  que  publi- 
có en  El  Repertorio  correspondiente  al  mes  de  agosto  do 
1827;  i  el  otro  del  titulado  Los  tres  Reinos  de  la  iVaíii- 
raíera,  que  ha  quedado  inédito  hasta  el  año  anterior  do 
1882. 


XVI  LAS  poesías 


Vertió  ademas  del  italiano  al  castellano  catorce  cantos 
del  poema  de  Boyardo  refundido  por  Berni:  El  Orlando 
Enamorado^  que  don  Diego  Barros  Arana  imprimió  por 
la  primera  vez  el  año  de  1862. 

Pero  don  Andrés  Bello,  junto  con  decir  que  los  poe- 
tas hispano-americanos  debían  conocer  las  obras  de  los 
grandes  escritores  españoles  i  extranjeros,  i  mantener  la 
unidad  de  un  hermoso  idioma  hablado  por  millones  de 
hombres,  profesaba  que  debian  ser  orijinales  en  cuanto 
a  las  materias,  i  sacar  sus  argumentos  de  la  naturaleza 
i  de  la  historia  nacionales. 

Esto  fué  lo  que  recomendó  i  lo  que  ejecutó  en  la 
Alocución  a  la  Poesía, 

Como  era  de  esperar,  Bello  dio  en  esta  pieza  una  aten- 
ción preferente  i  aun  predominante  a  los  personajes  i  a 
los  sucesos  de  la  reciente  i  gloriosa  guerra  de  la  inde- 
pendencia, cuyas  emociones  ajitaban  todavía  todas  las 
almas. 

Sin  embargo,  no  olvidó  ni  las  tradiciones  de  los 
aboríjenes,  ni  las  hazañas  de  los  descubridores  i  con- 
quistadores, a  las  cuales  alude. 

Los  hispano-americanos  habitaban  un  continente  cu- 
yas marabillas  i  magnificencias  no  cedían  a  las  de  nin- 
gún otro. 

Tenían  una  historia  antigua  i  moderna  en  que  abun- 
daban acontecimientos  tan  grandiosos  por  sí  mismos, 
como  las  invenciones  mas  espléndidas  de  los  poetas 
épicos. 

La  intelíjencia  perspicaz  de  Bello  comprendió  perfec- 
tamente que  esas  eran  las  dos  fuentes  fecundas  en  que 
los  escritores  hispano-americanos  debian  buscar,  inspi- 
raciones, si  ambicionaban,  como  era  justo,  obtener  la 


DE  DON  ANDRÉS  BELLO  XVII 


aprobación  i  el  aplauso  de  los  maestros  del  antiguo 
mundo. 

Aquel  de  estos  dos  ricos  temas  de  poesía  a  que  Bello 
se  sentía  mas  atraído  era  el  de  la  naturaleza,  a  la  cual 
siempre  habia  amado  i  admirado. 

En  el  juicio  de  las  poesías  de  Ileredia,  que  he  citado 
antes,  declara  que  las  mejores  del  vate  cubano  son  aque- 
llas «en  que  le  vemos  trasladar  a  sus  versos  con  felici- 
dad las  impresiones  de  aquella  naturaleza  majestuosa 
del  ecuador,  tan  digna  de  ser  contemplada,  estudiada  i 
cantada,»  como  las  tituladas:  A  mi  Caballo,  Al  Sol,  A  la 
Noche,  i  Versos  escritos  en  una  tempestad  (Al  Huracán), 

Antes  de  expresar  esta  doctrina  como  crítico,  Bello 
habia  procurado  realizarla  como  poeta. 

Tal  fué  el  propósito  de  La  Agricultura  de  la  Zona  Tó- 
rrida. 

En  el  primer  fragmento  de  la  Alocución j  se  leen  los 
versos  copiados  en  seguida. 

Tiempo  vendrá  cuando  de  ti  inspirado 
algún  Marón  americano,  ¡oh  diosa! 
también  las  mieses,  los  rebaños  canto, 
el  rico  suelo  al  hombre  avasallado, 
i  las  dádivas  mil  con  que  la  zona 
de  Febo  amada  al  labrador  corona; 
donde  candida  miel  llevan  las  cañas, 
i  animado  carmín  la  tuna  cria, 
donde  tremola  el  algodón  su  nieve, 
i  el  ananás  sazona  su  ambrosía: 
de  sus  racimos  la  variada  copia 
rinde  el  palmar,  da  azucarados  globos 
el  zapotillo,  su  manteca  ofrece 
la  verde  palta,  da  el  añil  su  tinta, 
bajo  su  dulce  carga  desfallece 
el  banano,  el  cafó  el  aroma  acendra 
poesías  3* 


XVIII  LAS  poesías 


de  sus  albos  jazmines,  i  el  cacao 

cuaja  en  urnas  de  púrpura  su  almendra. 

Aunque  los  versos  que  acaban  de  leerse  estaban,  como 
se  ve,  bastante  bien  forjados,  Bello,  que  aspiraba  a  la 
perfección,  no  trepidó  en  volverlos  al  yunque  para  me- 
jorarlos tales  como  aparecen  al  principiar  La  Agricultu- 
ra de  La  Zona  Tórrida. 

¡Salve,  fecunda  zona, 
que  al  sol  enamorado  circunscribes 
el  vago  curso,  i  cuanto  ser  se  anima 
en  cada  vario  clima, 
acíu-iciada  de  su  luz,  concibes! 
Tú  tejes  al  verano  su  guirnalda 
de  granadas  espigas;  tú  la  uva 
das  a  la  hirviente  cuba; 
no  de  purpúrea  fruta,  o  roja,  o  gualda 
a  tus  florestas  bellas 
falta  matiz  alguno;  i  bebe  en  ellas 
aromas  mil  el  viento; 
i  greyes  van  sin  cuento 
paciendo  tu  verdura  desde  el  llano 
que  üeae  por  lindero  el  horizonte, 
hasta  el  erguido  monte 
de  inaccesible  nieve  siempre  cano. 

Tú  das  la  caña  hermosa, 
de  do  la  miel  se  acendra, 
por  quien  desdeña  el  mundo  los  panales; 
tú,  en  urnas  de  coral,  cuajas  la  almendra 
que  en  la  espumante  jicara  rebosa; 
bulle  carmin  viviente  en  tus  nopales, 
que  afrenta  fuera  al  múrice  de  Tiro; 
i  de  tu  añil  la  tinta  jenerosa 
émula  es  de  la  lumbre  del  zafiro. 
El  vino  es  tuyo,  que  la  herida  agave 
para  los  hijos  vierte 
del  Anahuac  feliz;  i  la  hoja  es  tuya, 


DE  DON  ANDRB3  BELLO  XIX 


quo  cuando  de  suave 

humo  en  espiras  vagorosas  huya, 

BOlazará  el  fastidio  al  ocio  inerte. 

Tú  vistes  de  jazmincí 

el  arbusto  sabeo, 

i  el  perfume  le  das,  que  en  los  festines 

la  fiebre  insana  templará  a  Lieo. 

Para  tus  hijos  la  procera  palma 

su  vario  feudo  cria, 

i  el  ananás  sazona  su  ambrosía; 

su  blanco  pan  la  yuca, 

BUS  rubias  pomas  la  patata  educa; 

i  el  algodón  despliega  al  aura  leve 

las  rosas  de  oro  i  el  vellón  de  nievo. 

Tendida  para  ti  la  fresca  parcha 

en  enramadas  de  verdor  lozano, 

cuelga  de  sus  sarmientos  trepadores 

nectareos  globos  i  franjadas  flores; 

i  para  ti  el  maíz,  jefe  altanero 

de  la  espigada  tribu,  hincha  su  grano; 

i  para  ti  el  banano 

desmaya  al  peso  de  su  dulce  carga: 

el  banano,  primero 

de  cuantos  concedió  bellos  presentes 

Providencia  a  las  jentes 

del  ecuador  feliz  con  mano  l^rga. 

No  ya  de  humanas  artes  obligado 

el  premio  rinde  opimo; 

no  es  a  la  podadera,  no  al  arado 

deudor  de  su  racimo: 

escasa  industria  bástale,  cual  puede 

hurtar  a  sus  fatigas  mano  esclava. 

Crece  veloz,  i  cuando  exhausto  acaba, 

adulta  prole  en  torno  le  sucede. 

Así  como  la  Alocución  puede  considerarse  un  pros- 
pecto poético,  la  parte  de  La  Agricultura  de  la.  Zona, 
Tórrida  que  sigue  a  la  soberbia  introducción  antes  re- 
producida, es  un  Verdadero  prospecto  político  i  social. 


XX  LAS  POESÍAS 


El  poeta  implora  la  paz  que  ha  de  procurar  remedio 
a  las  calamidades  de  una  sangrienta  lucha;  aconseja  la 
moralidad  i  el  trabajo  que  han  de  traer  la  dicha  i  el 
bienestar;  clama  por  la  libertad  i  el  respeto  de  la  lei  que 
hacen  prósperas  i  grandes  a  las  naciones;  señala  a  las 
jóvenes  repúblicas  las  ventajas  de  que  prefieran  el  réji- 
men  industrial  al  militar. 

Todos  estos  conceptos  se  hallan  expresados  con  los 
atavíos  del  mas  primoroso  estilo. 

Don  Andrés  Bello  habia  usado  en  la  Alocución  al- 
gunas frases  acres  i  violentas  contra  la  España  i  sus 
caudillos  en  la  América,  propias  de  la  tremenda  i  en- 
carnizada lucha,  aun  no  concluida,  cuando  escribió  esa 
composición. 

La  edición  de  las  poesías  de  Bello  hecha  en  Madrid  el 
año  de  1882  ha  suprimido  por  este  motivo,  a  veces  con 
perjuicio  de  la  rima,  no  solo  versos,  sino  largos  trozos. 

Semejante  mutilación  no  podría  justificarse  en  ningún 
caso,  i  por  ningún  protesto. 

Ella  ha  sido  el  resultado  de  un  patriotismo  mui  mal 
entendido. 

¿Qué  se  diría  si  algún  editor  hispano-americano  caye- 
ra en  la  debilidad  de  no  publicar  las  composiciones  en 
que  don  Andrés  cantó  las  glorias  de  España  en  la  paz  i 
en  la  guerra? 

Un  poeta  no  puede  prescindir  de  los  afectos  que  con- 
mueven a  una  sociedad  en  un  tiempo  dado. 

Don  Andrés  Bello  estaba  mui  distante  de  tener  anti- 
patía a  nuestra  antigua  metrópoli. 

Por  lo  contrario,  le  profesaba  cariño. 

Apenas  terminada  la  lucha  de  la  independencia,  ya 
alzaba  en  La  Agricultura  de  la  Zona  Tórrida  su  conmo- 


DE  DON  ANDRÉS  BELLO  XXI 


vida  voz  para  hacer  fervorosos  votos  por  la  reconciliación 
entre  los  individuos  de  una  misma  familia;  para  que  el 
español  de  Europa  alargase  la  diestra  inerme  al  español 
do  América;  para  que  si  la  innata  mansedumbre  dormia, 
se  despertase  en  el  pecho  americano. 

Don  Andrés  Bello  era  demasiado  ilustrado  i  jeneroso 
para  experimentar  mezquina  enemistad  contra  una  na- 
ción cualquiera,  i  mucho  monos  contra  España. 

Aunque  no  en  tanto  grado,  participaba  hasta  cierto 
punto  de  las  ideas  cosmopolitas  de  Alfonso  de  Lamarti- 
ne, cuyos  versos  referentes  a  este  tema  tradujo  a  nues- 
tro idioma. 

¿Para  qué  el  odio  mutuo  entre  las  jentes? 
¿Para  qué  esas  barreras, 
que  aborrecen  los  ojos  del  Eterno? 
¿Hai  acaso  fronteras 
en  los  campos  del  éter?  ¿Vénsc  acaso 
en  el  inmenso  firmamento  vallas, 
linderos  i  murallas? 
¡Pueblos,  naciones,  títulos  pomposos! 
¿Qué  es  lo  que  dicen?  ¡Vanidad,  barbarie! 
Lo  que  a  los  pies  ataja 
no  detiene  al  amor.  Rasgad,  mortales, 
(Naturaleza  os  grita) 
las  funestas  banderas  nacionales: 
el  odio,  el  egoísmo  tienen  patria;, 
no  la  fraternidad. 

Bello  trabajó  el  año  de  1827  una  composición  en  ter- 
cetos titulada  Carta  escrita  desde  Landres  a  París  por  un 
americano  a  otro,  la  cual  hasta  ahora  se  habia  creído  in- 
conclusa. 

La  epístola  a  que  aludo  era  dirijida  a  su  amigo  el 
poeta  don  José  Joaquín  Olmedo. 

El  eminente  crítico,  individuo  de  la  Real  Academia 


XIII  LAS  poesías 


Española,  don  ^laiiuel  Cañeto,  discurre  como  sigue  acer- 
ca de  ella  en  un  mui  interesante  ensayo  que  ha  insertado 
en  la  Revista  IIispa.no- Americana. 

«Esta  composición  que  Bello  dejó  sin  concluir  no  apa- 
rece en  la  América  Poética,  ni  en  la  Biblioteca  de  escrito^- 
res  venezolanos  contemporáneos,  ordenada  i  publicada 
en  Paris  por  el  ministro  plenipotenciario  de  Venezuela 
en  España  don  José  María  Rojas,  ni  en  la  Colección  de 
poesías  orijnales  de  Bello ^  también  impresa  en  Paris  por 
los  editores  Rosa  i  Bouret,  en  1870.  Esta  composición, 
de  la  que  han  salido  a  luz  ciento  treinta  i  cinco  versos 
en  las  Poesías  de  Andrés  Bello  publicadas  en  esta  corte 
recientemente  con  mui  esmerado  gusto,  i  a  la  que  acaba 
de  añadir  diez  i  ocho  versos  mas  encontrados  en  los  bo- 
rradores del  gran  escritor  americano  su  dilijente  i  bene- 
mérito biógrafo  don  Miguel  Luis  Amunátegui,  no  creo 
yo  que  merezca  ser  proferida — a  los  mejores  trozos  de  la 
mejor  epístola  del  mejor  de  los  Arjensolas — como  dice 
Olmedo  con  su  natural  vehemencia,  en  un  rapto  de  en- 
tusiasmo i  de  gratitud,  pero  sí  que  puede  hombrearse 
dignamente  con  cualquiera  otra  de  los  buenos  tiempos 
de  la  poesía  castellana.  Díganlo  estos  bellos  rasgos  alu- 
sivos al  vate  del  Guáya§  i  honrosísimos  para  ambos  in- 
signes autores, 

¡Feliz,  oh  Musa,  el  que  miraste  pía 
cuando  a  la  nueva  luz  recien  nacido 
los  tiernezuelos  párpados  abria! 

No  ciega  nunca  el  pecho  embebecido 
en  la  visión  de  la  ideal  belleza, 
de  incesantes  contiendas  el  ruido. 


El  niño  Amor  la  lira  le  adereza, 


DE  DON  ANDRÉS  BELLO  II II I 


i  dictanle  cantares  inocentes 
virtud,  humanidad,  naturaleza, 

0?/e  el  vano  bullicio  de  osa  jente- 
desventurada,  a  quien  la  paz  irrita; 
i  se  aduerme  al  susurro  de  la  fuente; 

O  por  mejor  decir  un  mundo  habita, 
suyo,  donde  mas  bello  el  suelo  i  rico 
la  edad  feliz  del  oro  resucita; 

Donde  no  se  conoce  esteva  o  pi<o^ 
i  vive  mansa  jente  en  leda  holgura^ 
vistiendo  aun  el  pastoral  pellico^ 

Ni  halló  jamas  cabida  la  perjura 
fe,  la  codicia  o  la  ambición  tirana 
que  nacida  al  imperio  se  figura, 

Ni  a  la  plebe  deslumhra,  insulsa  i  vana, 
de  la  extranjera  seda  el  atavío, 
con  que  talvez  el  crimen  se  engalana. 

«Si  estos  hermosos  conceptos,  expresados  con  tanta 
fluidez  i  tersura,  no  abonasen  el  afán  con  que  Olmedo 
suspiraba  por-  que-  su  amigo  prosiguiese  la  epístola  que 
tan  bien  habia  empezado,  bastarían  para  justi-ficar  el 
sentimiento  de  que  el  autor  no  la  terminase,  o  de  que 
se  haya  perdido  la  conclusión,  no  encontrada  entre  los 
papeles  de  Bello.  El  lijcro  defecto  de  aconsonatar  iyiocen- 
tos  con  jénte  i  fuente.,  que  se  nota  en  los  citados  terce- 
tos, habria  sin  duda  desaparecido,  si  aquel  los  hubiese 
acabado  i  limado,  pues  son  pocos-  los  poetas  espafu)- 
les  que,  en  materia  de  correcci?>ri  i  de  g«fito,  rayan  tan 
alto  como  el  cantor  €le  La,  Agricultura  de  la  Zona  Tórri- 
da. Consuela  ver  con  cuánta  efusión  i  sinceridad  enco- 
mia Bello  las  excelentes  calidades  de  su  ilustre  amigo, 


XXIV  I-AS  poesías 


aunque  era  talvez  el  único  de  los  líricos  americanos  que 
por  entonces  podian  rivalizar  con  él  en  inspiración  i  mé- 
rito. Con  razón  aseguraba  Cervantes  que  el  honrado  da 
honra,  sin  poder  hacer  otra  cosa.» 

La  acertada  observación  del  señor  Cañete  respecto  a 
la  imperfección  de  rima  que  señala,  me  impulsó  a  prac- 
ticar una  nueva  i  atenta  rebusca  en  los  borradores  o  je- 
roglíficos de  Bello,  la  cual  ha  sido  felicísima,  pues  mo 
ha  proporcionado  el  descubrimiento,  no  de  una,  sino  do 
dos  variantes  que  corrijen  esa  imperfección. 

1.» 

El  niño  Amor  la  lira  le  adereza, 
i  díctanle  cantares  inocentes 
virtud,  humanidad,  naturaleza. 

Huye  el  vano  bullicio  de  esas  jentes 
desventuradas  que  la  paz  irrita, 
i  se  aduerme  al  murmullo  de  las  fuentes. 

Me  parece  que  el  sentido  exije  leer  huye,  i  no  oye,  co- 
mo dice  la  edición  de  Madrid;  i  asi  está  realmente  en  el 
manuscrito. 

El  niño  Amor  la  lira  le  adereza, 
i  díctanle  cantares  inocentes 
virtud,  humanidad,  naturaleza. 

Huye  el  loco  tumulto  de  las  jentes; 
i  a  los  dolores  que  codicia  irrita, 
prefiere  el  campo,  i  árboles,  i  fuentes. 

Esta  rebusca,  debida  a  la  observación  del  señor  Ca- 


DE  DON  ANDRÉS  BELLO  XXV 


ñetc,  me  ha  llevado  también  a  encontrar  la  conclusión 
de  la  epístola. 

El  último  de  los  tercetos  conocidos  dice  así: 

Ya  para  recibirte  su  canoro 
concepto  se  suspende,  i  la  armonía 
de  las  acordes  nueve  liras  do  oro. 

Diré  entre  paréntesis  que,  según  el  sentido,  debe  leer- 
se concierto,  i  no  concepto. 

A  este  terceto,  siguen  las  estrofas  que  completan  la 
composición,  i  que  doi  a  conocer  por  primera  vez  a  con- 
tinuación: 

I  llegas,  i  te  sientas,  i  Talía, 
que  al  áureo  cinto  arregazó  la  falda, 
la  copa  te  presenta  de  ambrosía. 

I  ciñe  tu  cabeza  con  guirnalda 
de  siempre  verde  lauro  que  matiza 
purpúrea  flor,  i  azul,  i  roja,  i  gualda. 

I  luego  que  las  cuerdas  armoniza, 
el  coro  celestial  en  nuevo  canto 
celebra  tu  llegada,  i  solemniza. 

«Alma  eterna  del  mundo,  numen  santo, 
tutela  del  Perú  (cantan  ahora, 
i  su  onda  Castalia  enfrena  en  tanto), 

«Envía  sin  cesar  luz  bienhechora, 
que  cesó  de  tu  tierra  la  ruina, 
i  libre  ves  al  pueblo  que  te  adora. 

«La  libertad,  amable  peregrina, 
su  templo  allí  plantó;  i  allí  su  llama 
hermosa  arde  otra  vez,  pura  i  divina. 

«I  en  todos  sus  oráculos  proclama 


XXVI  LAS  POESÍAS 


que  al  Maí^dalena  i  al  Rimac  turbioso 
ya  sobre  el  Tíber  i  el  Carona  ama.» 

A  encontrar  vuela  el  himno  melodioso, 
la  hueste  de  los  vates  inmortales, 
el  cielo,  el  agua,  el  viento,  el  bosque  umbroso; 

I  vestida  de  diáfanos  cendales, 
ocupa  el  aire  en  torno  al  foco  santo 
l>ella  visión  de  candidos  cristales 
que  con  etérea  voz  repite  el  canto. 

Como  se  ve,  la  ímproba  tarea  de  descifrar  el  manus- 
crito de  Bello  ha  sido  bien  recompensada. 

Nuestro  autor  compuso  ademas  durante  su  permanen- 
cia en  Londres  dos  piezas  patrióticas  en  verso:  EL  Him- 
no de  Colombia  en  1825,  i  la  canción  A  la  Disolución  de 
Colombia  en  1828,  las  cuales  permanecieron  inéditas 
hasta  1861. 


IV 


Don  Andrés  Bello,  contratado  por  el  gobierno  de  Chi- 
le, llegó,  en  los  últimos  dias  de  junio  de  1829,  a  este 
país,  donde  iba  a  residir  mas  de  treinta  i  cinco  años,  i 
que  iba  a  ser  su  segunda  patria. 

Contaba  cuarenta  i  siete  años  cumplidos. 

Aunque  en  lo  que  le  restaba  de  su  laboriosa  existen- 
cia, debia  mejorar  su  talento,  i  perfeccionar  i  variar  su 
instrucción,  era  ya  un  hombre  en  extremo  ilustrado, 
que  manejaba  con  destreza  la  pluma  para  escribir,  tanto 
prosa,  como  verso. 

El  literato  colombiano  don  Miguel  Antonio  Caro  ha 
dado  a  conocer  dos  pasajes  inéditos  de  cartas  dirijidas 


DE  D0\  AXDRES  BELLO  XXVII 

por  Bello  a  su  amigo  el  poeta  don  José  Fernández  Ma- 
drid, en  los  cuales  comunica  a  éste  confidencialmente  la 
impresión  que  Chile  habia  causado  en  su  ánimo. 

«El  país  hasta  ahora  me  gusta,  aunque  lo  encuentro 
algo  inferior  a  su  reputación,  sobre  todo  en  bellezas  na- 
turales.... decia  en  el  primero  fecha  20  de  agosto  de 
1829.  En  recompensa,  se  disfruta,  por  ahora,  de  verda- 
dera libertad;  el  país  prospera;  el  pueblo  aunque  inmo- 
ral, es  dócil;  la  juventud  de  las  primeras  (¿famUias?) 
manifiesta  mucho  deseo  de  instruirse;  las  (¿mujeres?) 
son  agradables,  el  trato  es  fácil...  Se  goza  de  hecho  to- 
da la  tolerancia  que  puede  apetecerse. 

«Siento  decir  a  l^sted  que  he  traído  demasiados  ejem- 
plares de  su  colección  de  poesías.  La  bella  literatura 
tiene  aquí  pocos  admiradores.» 

«La  situación  de  Chile  en  este  momento  no  es  nada 
lisonjera,  decia  en  el  segundo  fecha  8  de  octubre  del 
mismo  año:  facciones  llenas  de  animosidad,  una  consti- 
tución vacilante,  un  gobierno  débil,  desorden  en  todos 
los  ramos  de  administración.  No  sabemos  cuánto  durará 
este  estado,  que  aquí  se  llama  de  crisis,  i  que  puede  tai- 
vez  prolongarse  años.  Por  fortuna,  las  instituciones  de- 
mocráticas han  perdido  aquí  con  *....  que  en  todas  par- 
tes su  pernicioso  prest ijio;  i  los  que  abogan  por  ellas  lo 
hacen  mas  bien  porque  no  saben  con  qué  reemplazarlas, 
que  porque  estén  sinceramente  adheridos  a  ellas... 

«No  sé  qué  hacer,  amigo  mió,  con  los  ejemplares  que 
tengo  de  las  Poesías  de  Usted.  Si  se  proporcionara  remi- 
tir algunos  al  Perú,  lo  haré;  aquí  nada  se  lee.» 

La  pintura  de  la  situación  intelectual  de  Chile  en  1829 

•  Roto  el  papel. 


XXVIII  LAS  poesías 


que  Bello  hacía  a  Fernández  Madrid  era  exactísima. 

Este  país  habia  sido  una  de  las  provincias  españolas 
del  nuevo  continente  mas  desatendidas  en  punto  a  ins- 
trucción, i  por  lo  tanto,  una  de  las  mas  atrasadas. 

Como  lo  exije  el  objeto  de  este  ensayo,  concretaré  mis 
noticias  i  observaciones  únicamente  a  la  poesía. 

Entre  1829  i  1840,  no  faltaron  en  Chile  algunos  poe- 
tas, nacionales  i  extranjeros,  mas  o  menos  distinguidos. 

Citaré  desde  luego  a  don  José  Joaquin  de  Mora,  que 
dio  a  la  estampa  poesías  de  mérito  serias  i  festivas;  que 
uno  de  los  primeros  celebró  el  Diez  i  Ocho  de  Setiembre, 
aniversario  de  la  revolución  chilena;  que  consagró  una 
silva  a  la  constitución  de  1828;  que  compuso  el  canto 
fúnebre  a  la  muerte  de  los  Carreras. 

I  ya  que  recuerdo  a  Mora,  es  preciso  mencionar  junto 
con  él  a  su  amigo  don  Ventura  Blanco  Encalada,  chile- 
no defino  gusto,  educado  en  Madrid,  que  publicó  tam- 
bién en  aquella  época  algunas  poesías  de  corrección  clá- 
sica, acreedoras  a  la  alabanza. 

Estuvo  ademas  por  entonces  en  Chile  don  Antonio 
José  de  Irisarri,  escritor  fecundo  en  prosa,  que  tribu- 
taba igualmente  culto  a  las  Musas. 

Don  Andrés  Bello  dio  lugar  en  El  Araucano  fecha  24 
de  abril  de  1835  a  un  largo  poema  titulado:  En  la,  des- 
trucción de  las  provincias  del  Sur  de  Chile  por  el  terre- 
moto de  20  de  febrero,  advirtiendo  que  lo  hacía,  «no  solo 
por  el  interés  del  asunto,  sino  por  el  mérito  de  algunos 
rasgos  que  manifestaban  que  el  autor  habia  estudiado 
el  lenguaje  i  estilo  de  los  mejores  poetas  castellanos.» 

Aquella  pieza  era  debida  al  arj  entino  don  Gabriel  Ale- 
jandro Real  de  Azúa,  que  imprimió  en  Paris  por  los 
años  de  1839  i  de  1840  tres  volúmenes  de  obras  poéti- 


DE  DON  ANDRÉS  BELLO  XXIX 


cas,  i  que,  el  de  1856,  debía  imprimir  en  Valparaíso  un 
cuarto  volumen  de  prosa  i  verso. 

En  1835,  vino  a  nuestro  país  el  peruano  don  Felipo 
Pardo  i  Aliaga,  uno  de  los  mejores  discípulos  de  don 
Alberto  Lista. 

Pardo  redactó  en  1836  un  periódico  denominado  El 
Intérprete^  en  que  insertó  excelentes  poesías  lijeras,  las 
cuales,  excepto  dos  o  tres,  no  se  incluyeron  en  la  edi- 
ción de  sus  obras. 

Por  el  mes  de  marzo  de  1834,  don  Andrés  Bello  hacía 
aparecer  en  las  columnas  d(3  El  Araucano  una  escena  do 
la  Ifijenia  en  Aulide  de  Racine,  traducida  al  verso  cas- 
tellano. 

«Este  ensayo  poético,  decia  Bello,  nos  ha  parecido 
digno  de  la  atención  del  público  por  el  mérito  de  muchos 
pasajes,  i  sobre  todo  por  la  circunstancia  de  ser  produc- 
ción de  un  joven  chileno  de  diez  i  siete  años  de  edad, 
que  se  ha  formado  enteramente  por  sí  mismo  en  este 
ramo  difícil  de  composición  literaria.  A  la  exaclitud  de 
la  medida,  se  junta  la  propiedad  del  lenguaje,  que  cier- 
tamente es  una  cualidad  nada  común  entre  nosotros;  un 
tacto  fino  en  variar  las  'cesuras  del  metro;  expresiones 
poéticas  i  sentidas,  en  que  el  joven  alumno  de  las  Musas 
se  acerca  bastante  al  gran  modelo  que  ha  tenido  a  la 
vista,  i  en  una  palabra,  todas  las  señales  de  un  instinto 
poético  que,  cultivado,  podrá  desmentir  la  opinión  des- 
favorable que  se  tiene  de  las  disposiciones  naturales  do 
los  chilenos  para  la  mas  bella  i  la  mas  difícil  de  las 
artes.» 

El  nuevo  poeta  era  don  Salvador  Sanfuéntes  i  Torres, 
que  se  habia  formado  en  el  difícil  arte  de  las  composi- 
ciones en  verso,  no  ((enteramente  por  sí  solo,»  como 


I 


ixx  i>AS  poesías 


Bello  lo  declaraba  en  su  modestia,  sino  en  parte  por  sus 
lecciones  i  consejos. 

Sanfuéntes  no  defraudó  las  esperanzas  de  su  sabio 
maestro. 

El  año  de  1837,  insertó  en  El  Araucano  unos  sonetos 
a  la  muerte  del  ministro  de  estado  don  Diego  Portales. 

Junto  con  esto,  compuso  otras  poesías,  que  no  dio  a 
luz. 

Para  completar  la  lista  de  los  poetas  dignos  de  este 
título  que  hubo  en  Chile  desde  1829  hasta  1840,  es  me- 
nester agregar  el  nombre  de  la  señora  doña  Mercedes 
Marin  del  Solar,  que  se  estrenó  en  1835  por  la  publica- 
ción de  dos  sonetos,  i  que  consolidó  su  reputación  con 
el  Canto  fúnebre  a  la,  muerte  de  don  Diego  Portales,  quo 
Bello  después  de  hacerle  algunas  pequeñas  correcciones, 
imprimió  en  El  Araucano  fecha  28  de  julio  de  1837. 

Aludiendo  a  esto  último,  la  señora  Marin  del  Solar 
dijo  años  mas  tarde,  en  su  elejía  A   la,  muerte  de  Bello: 

Yo  sentí  su  poder;  a  su  influencia 
se  alzó  mi  voz,  i  resonó  mi  canto, 
eco  de  un  gran  dolor,  voz  de  quebranto, 
que  escuchó  con  benévola  induljencia. 

Pero  los  que  escaseaban  en  Chile  eran,  no  tanto  los 
poetas,  aunque  fueran  pocos  los  que  habia,  i  en  la  ma- 
yor parte  extranjeros,  cuanto  los  lectores  i  los  aplaudi- 
dores, en  una  palabra,  ese  público  sin  el  cual  aquellos 
guardan  silencio. 

La  indiferencia  por  lo  que  tocaba  a  la  poesía  era  ex- 
tremada. 

No  se  tenia  el  menor  aprecio  a  las  composiciones  en 
verso. 


DE  ÜON  ANDRÉS  líELLO  XXX[ 


Era  reducidísimo  el  número  de  los  que  fijaban  en  ellas 
alííuna  atención. 

Los  mas  ilustrados  tcnian  en  sus  estantes  las  de  Jo- 
vcllanos,  de  Meléndcz,  de  Arriaza,  de  los  Moratines; 
pero  comunmente  solo  a  guisa  de  adorno,  i  para  que  la 
librería  fuera  algo  variada,  i  no  constara  solo  de  obras 
de  jurisprudencia,  o  de  teolojía. 

Las  jóvenes  cantaban,  acompañándose  con  la  guita- 
rra, algunas  canciones,  entre  otras,  aquella  de  don  Pa- 
blo do  Jcrica,  que  lleva  por  estribillo: 

: es  eso 

lo  que  se  llama  amor. 

Los  padres  mas  instruidos,  como  verbigracia,  el  mió, 
hacian  aprender  de  memoria  a  sus  hijos  algunas  compo- 
siciones en  verso,  jeneralmente  fábulas  de  Samaniego  o 
de  Triarte. 

Mi  padre  me  enseñó  a  recitar  una  composición  titula- 
da La  Oración  de  la  Tarde,  que  voi  a  reproducir  aquí, 
porque  no  se  encuentra  en  la  edición  de  las  Poesías  do 
bu  autor  don  José  Joaquin  de  Mora,  ejecutada  en  Ma- 
drid el  año  de  1853;  i  porque,  como  versa  precisamente 
sobre  el  mismo  tema  de  La  Oración  por  Todos,  permite 
establecer  una  comparación  entre  ambas  composiciones, 
i  percibir  la  inmensa  ventaja  de  la  segunda  sobre  la 
primera. 

■  LA  ORACIÓN  DE  LA  TARDE 

Padre  del  dia,  en  los  mares 
va  a  sumcrjirse  la  antorcha 
que,  en  señal  de  amor,  al  mundo 
dio  tu  mano  hicnhccliora. 


XXXII  LAS  POESÍAS 


Nubes  de  esplendente  nácar 
circundan  con  varia  pompa 
la  fuente  de  luz  que  el  cielo 
con  pálidos  rayos  dora. 

De  oriente,  lentas  se  esparcen 
con  paso  incierto  las  sombras; 
callan  las  aves;  los  vientos 
cesan  su  trisca  sonora. 

Al  reposo  se  apercibe 
naturaleza:  las  rosas 
el  cáliz  virjíneo  inclinan, 
i  blandamente  se  doblan. 

I  tú,  desde  el  encumbrado 
solio  que  el  cénit  corona, 
de  la  gran  máquina  rijes 
la  marcha  majestuosa. 

Tú,  de  los  hondos  abismos 
pueblas  la  ostensión  remota, 
con  lej  iones  esplendentes 
de  destellos  de  tu  gloria. 

Tú  la  tiniebla  iluminas 
con  luz  sideral;  tú  formas 
esos  desiguales  grupos 
que  las  esferas  adornan. 

Salud,  bienhechor  supremo; 
la  mente  humilde  te  adora, 
cual  orijen  infinito 
de  esa  armonía  asombrosa; 

De  esas  inmudables  leyes, 
de  esa  atracción  que  eslabona 
los  mundos,  sin  que  su  enlace 
la  mano  del  tiempo  rompa. 


DE  DON  ANDRÉS  BELLO  XXXIIl 


Salud  protector  divino 
de  la  vida,  no  desoigas 
a  quien  tus  almos  decretos 
bendice,  i  tu  amor  implora. 

I  pues  el  día  fenece, 
i  se  ennegrecen  las  zonas, 
i  en  las  esferas  domina 
la  oscuridad  pavorosa. 

Protejo  al  hombre  infelicc, 
i  el  ñero  puñal  embota, 
que  lo  apercibo  implacable 
la  enemistad  vengadora. 

Duerma  libre  la  inocencia, 
sin  que  alcance  la  ponzoña 
do  la  calumnia,  al  asilo 
donde  indefensa  reposa. 

Cubre  con  alas  benignas 
al  justo;  premien  sus  obras 
ilusiones  placenteras 
de  la  dicha  que  ambiciona. 

En  el  seno  del  malvado, 
despierta  la  voz  sonora 
del  remordimiento,  i  jima, 
i  la  leí  santa  conozca. 

La  injuria  que  recibiera 
disípese  en  su  memoria; 
la  venganza  que  apercibo' 
del  seno  ajitado  borra. 

La  noche  vínculo  sea 
do  amistad  i  de  concordia; 
solo  haya  hermanos  i  amigos, 
cuando  renazca  la  aurora. 

POESLVS 


XXXIV  LAS  POESÍAS 


A  lo  mencionado  estaba  reducido  todo  el  caudal  poé- 
tico de  los  chilenos  en  la  época  de  que  voi  tratando. 

El  único  libro  de  poesías  que  por  entonces  despertó 
la  curiosidad  pública  fué  El  Moro  Expósito  de  don  Anjel 
de  Saavedra,  que  salió  a  luz,  como  se  sabe,  en  Paris  eí 
año  de  1834. 

Dada  la  situación  que  queda  descrita,  se  comprende 
que  don  Andrés  Bello  no  tuviera  ningún  estímulo  para 
dedicarse  a  la  poesía. 

Sin  embargo,  era  tal  su  afición,  que,  no  solo  alentó, 
como  se  ha  visto,  a  otros  para  que  se  adestraran  en 
el  difícil  arte  de  escribir  en  verso,  sino  que  él  mismo, 
no  obstante  sus  variadas  i  numerosas  ocupaciones,  que 
easi  le  absorbían  todo  el  tiempo,  tornó,  siempre  que  le 
fué  posible,  a  un  ejercicio  que  habia  constituido  el  en- 
canto de  su  edad  juvenil. 

La  primera  de  sus  composiciones  métricas  que  dio  a 
luz  en  Chile  fué  un  ardoroso  himno  al  Diez  i  Ocho  de 
Setiembre^  que  publicó  el  24  de  este  mes  en  el  año  de 
1830. 

Habiendo  fallecido  el  vice-prcsidente  de  la  república 
don  José  Tomas  O  valle,  se  celebraron,  el  14  de  abril  de 
1831,  solemnes  exequias  en  la  catedral  de  Santiago. 

Como  es  de  uso  en  estos  casos,  se  erijió  en  la  iglesia 
un  soberbio  catafalco,  en  el  cual  se  leian  inscripciones 
latinas  i  castellanas,  que  hablan  sido  pedidas  a  Bello. 
Voi  a  copiar  las  de  la  segunda  clase. 

Subiste  Ovalle  a  la  mansión  que  el  cielo 
a  tus  virtudes  preparó;  i  envuelta 
a  tu  patria  has  dejado  en  triste  duelo. 


Cese  el  fúnebre  llanto  que  derrama 


DE  DON  ANDRÉS  BELLO  XXXV 


Chile  en  la  losa  que  mi  polvo  cubre, 
pues  vivo  i  vuelo  en  alas  de  la  fama. 

Cubre  de  la  tristeza  el  negro  manto 
a  la  patria  este  dia:  agudo  acento 
de  dolor  i  quebranto 
dilata  el  sentimiento, 
i  amargura  derrama  i  desaliento. 

A  Ovalle,  al  hijo  de  la  patria  amada, 
al  padre  de  los  pueblos  distinguido, 
al  mejor  majistrado, 
Chile  llora  aílijido, 
i  llora  la  esperanza  que  ha  perdido. 

Contrista  el  alma  tan  acerba  pena, 
i  Chile  siente  tanto, 
que,  en  su  dolor,  es  un  placer  el  llanto. 


Del  fuego  del  mas  puro  patriotismo 
que  en  Ovalle  ardió  un  dia, 
ved  la  ceniza  en  esa  tumba  fria. 

En  6  de  diciembre  de  1833,  Bello  publicó  la  fábula  La 
Cometa,  que  reprodujo  notablemente  correjida  en  26  de 
julio  de  1846. 

El  vecindario  de  Santiago  obsequió  el  5  de  setiembre 

de  1839  con  un  brillante  sarao  a  los  jefes  i  oficiales  que 
habian  peleado  i  ganado  la  batalla  de  Yungai. 

Con  este  motivo  don  Andrés  Bello  les  dirijió  el  si- 
guiente saludo: 

AL  EJERCITO  RESTAURADOR  DEL  PERÚ 

Oh  Casma,  Lima,  Buin!  mientras  los  hombres 
estimen  de  altos  hechos  la  memoria, 
escritos  vuestros  nombres 
verá  Chile  en  el  templo  do  la  gloria, 


XXXVI  LAS  POESÍAS 

i  dirá  al  repetirlos:  mis  guerreros, 

sustentando  valientes 

mi  libertad,  i  los  hollados  fueros 

de  dos  pueblos  hermanos, 

en  la  tierra,  en  la  mar,  por  donde  quiera, 

alzaron  victoriosos  mi  bandera. 

Despliega  activo  en  una  i  otra  cima 
aguerridas  lej iones  el  tirano. 
Todo  le  es  favorable:  el  suelo,  el  clima, 
la  posición,  que,  a  una, 
arte  i  naturaleza  fortalecen, 
la  copia  de  recursos,  i  la  fama 
de  otros  laureles  que  le  dio  fortuna, 
Pero  todo  es  en  vano.  Osada  embiste 
la  falanje  chilena,  i  lidia,  i  vence: 
al  chileno  valor  nada  resiste. 

Valientes  que  en  Yungai  con  fuerte  brazo 
vengar  supisteis  el  honor  chileno, 
recibid  los  saludos  i  el  abrazo 
con  que  os  estrecha  a  su  amoroso  seno 
la  patria,  por  vosotros  vencedora. 
Fuisteis  su  apoyo,  i  sois  su  orgullo  ahora. 

A  fines  de  1840,  llegó  a  manos  de  Bello  i\n  artículo 
en  que  el  célebre  novelista  sir  Eduardo  Lytton  Bulwer 
hace  un  retrato  literario  bastante  bien  trazado  de  su 
compatriota  lord  Byron. 

Don  Andrés  Bello  leyó  este  artículo  con  mucho  ín- 
teres, i  lo  tradujo  esmeradamente  vertiendo  en  verso 
castellano  varios  del  gran  poeta  ingles,  que  venían  ínter- 
calados  en  la  prosa  de  Bulwer. 

En  ese  artículo,  se  encuentra  el  siguiente  juicio  acerca 
del  Marino  Faliero, 

«Las  trajedias  de  Byron  ofrecen  concepciones  mas 
altas,  i  un  pincel  mas  vigoroso,  que  sus  otros  poemas. 


DE  DON  ANDRÉS  BELLO  XXXVII 


¿Qué  cosa  mas  pura,  ni  mas  elevada,  que  su  Anjelina  en 
el  Dux  de  Vonecía  (Marino  Fallero)?  Yo  no  conozco  en- 
tre todas  las  de  Shakespeare,  una  mujer  mas  verdadera, 
una  copia  mas  fiel,  no  digo  del  sexo  (ese  es  un  mérito 
lijero),  sino  de  lo  mas  sublime  i  elevado  de  que  la  natura- 
leza mujeril  es  capaz.  Detengámonos  aquí  un  momento. 
El  asunto  no  es  trillado.  Este  carácter  no  ha  sido  nunca 
completamente  entendido.  Un  libelo  insultante  contra  la 
virtud  de  Anjelina,  obra  de  Esteno,  joven  patricio,  apa- 
rece sobre  el  trono  ducal.  El  dux  Fallero  pide  la  cabeza 
dd  ofensor  de  su  esposa.  El  tribunal  de  los  Cuarenta, 
tribunal  de  patricios,  le  condena  solo  a  un  mes  de  pri- 
sión. ¿Cuáles  fueron  los  sentimientos  de  Anjelina?  Oigá- 
mosla: 

ANJELINA 

Yo  no  lo  siento 
por  lo  que  vale  en  sí  la  temeraria 
imputación  del  burlador.  El  golpe 
doloroso,  fatal,  que  ha  recibido 
el  alma  de  Fallero,  es  lo  que  siento. 


MARIANA 


Seguramente  el  noble  dux  no  puede 
poner  en  duda  tu  virtud. 


Ni  Esteno  jjudo. 


ANJELINA 

/Dudaría/ 


MARIANA 


La  justicia  pide 
que  gravemente  castigado  sea. 


XXXVIll  LAS  POESÍAS 


ANJELINA 

Lo  está. 

MARIANA 


¿Qué  dices?  ¿Pronunció  la  corto 
su  fallo  al  fin?  ¿Fué  Esteno  condenado? 


ANJELINA 


No  sé  en  verdad;  mas  ya  Venecia  sabe 
que  fué  el  autor  de  la  calumnia  Esteno. 


MARIANA 

A  la  ofendida 

virtud,  es  necesario  un  sacrificio. 

ANJELINA 

¿Qué  es  la  virtud,  si  víctimas  demanda, 

0  si  palabras  de  los  hombres  pueden 
su  pureza  empañar?  El  moribundo 
romano  dijo  que  era  solo  un  nombre. 

1  un  nombre  fuera  solo,  si  pudiera 

darle  el  ser  o  destruirla  un  soplo  humano. 

«¡Qué  profunda  concepción  de  la  dignidad  de  la  vir- 
tud! Anjelina  no  concibe  que  se  pueda  dudar  de  la 
suya,  o  que  el  insulto  que  se  le  ha  hecho  necesite  de  otro 
castigo  que  la  indignación  pública.  Mariana  le  pregunta 
después,  si  al  casarse  con  el  dux,  a  pesar  de  la  gran  di- 
ferencia de  años  i  jenios,  amaba  al  amigo  de  su  padre 
como  esposo,  i  si  antes  de  este  enlace  habia  palpitado  su 
pecho  por  algún  noble  joven,  mas  proporcionado  para 
una  edad  i  hermosura  como  la  suya,  o  habia  visto  des- 


DE  DON  ANDRÉS  BELLO  X3CXIX 

pues  alguno,  que,    si  ella  estuviera  todavía  libre,   le 
pareciera  digno  de  aspirar  a  su  mano. 

ANJELINA 

A  tu  primera 
pregunta  respondí,  cuando  te  dije 
quo  me  casé  con  el. 

MARIANA 

¿I  la  segunda? 

ANJELINA 

No  ha  menester  respuesta,. 

«¿No  es  esta  concepción  igual  a  la  de  la  sensible  i 
suave  esposa  del  Moro?  ¿No  vemos  aquí  el  mismo  cora- 
zón puro,  sereno,  tierno,  apenas  apasionado,  que  ama 
lo  ideal,  no  lo  real,  i  que,  como  Platón,  presenta  a  la 
virtud  bajo  una  forma  visible,  i  la  hace  superior  a  todo? 
I  sin  embargo,  esta  altiva  mujer  no  es  austera;  perdona 
a  Esteno,  pero  no  es  solo  la  elevación  de  una  alma  pura 
la  que  le  dicta  el  perdón.  ¡Ah!  (dice  ella  al  irritado  dux) 

Si  ese  liviano  detractor  hubiera 
por  su  absurda  calumnia  derramado 
su  joven  sangre,  desde  aquel  instante 
no  hubiera  conocido  el  pecho  mió 
hora  gozosa,  ni  tranquilo  sueño. 

«Nótese  con  qué  arte  la  blandura  i  caridad  del  sexo 
realzan  i  animan  su  etérea  superioridad.  ¡Qué  unión  de 
las  mas  amables  prendas  que  pueden  adornar  a  una 
mujer!  Nada  mas  grande,  ni  mas  sencillo  a  un  tiempo. 


XL  LAS  poesías 


que  el  carácter  de  Anjelina:  una  mujer  cuyo  corazón  ja- 
mas divaga,  cuya  serena  órbita  no  es  turbada  nunca  por 
un  episodio  de  amor,  sobre  cuyo  nombre  sin  mancha 
no  hai  celos  que  se  atrevan  a  echar  una  sombra;  una 
mujer,  anjélica  en  todas  sus  cualidades,  i  con  todo  eso, 
verdadera  mujer. 

«Yo  no  haré  mas  que  indicar  aquí  la  majestad  i  ver- 
dad del  carácter  del  dux;  sus  ardientes  e  impetuosas  iras 
contra  el  calumniador,  heladas  de  improviso  por  la  mez- 
quina reparación  que  le  concede  la  sentencia,  i  trasferida 
a  los  jueces  que  la  pronunciaron;  su  enojo  por  el  insulto 
del  libelo  absorbido  en  una  pasión  mas  profunda  contra 
el  insulto  de  la  sentencia;  su  orgullo  patriótico  en  medio 
de  su  complicidad  con  los  conspiradores  plebeyos;  su 
patriarcal  cariño  a  Anjelina,  exento  de  toda  flaqueza;  el 
decoro  trájico  de  que  aparece  revestido  su  amor,  i  la 
habilidad  consumada  i  sublime  que,  dando  a  la  pasión 
igual  campo,  que  el  que  se  presenta  en  Ótelo,  sabe  ha- 
cerla mas  delicada,  i  mas  noble.» 

Este  injenioso  análisis  fué  causa  de  que  Bello  releyera 
el  drama  de  Byron,  i  de  que  concibiera  la  idea  de  tra- 
ducirlo libremente,  i  arreglarlo  al  teatro  español. 

Efectivamente,  empezó  a  realizar  el  proyecto;  pero, 
por  desgracia  de  las  letras  hispano-americanas,  no  lo 
llevó  a  término. 

Me  es  grato  salvar  del  olvido  lo  que  de  esta  obra  dejó 
escrito  en  un  borrador  casi  inintelijible. 


DE  DON  ANDRÉS  DELLO  XLI 


ACTO   PRIMERO 

La  cámara  ducal. 

ESCENA  PRIMERA 
Marino  Fallero,  Bertuccio  Fallero. 

MARINO 

¿No  ha  vuelto  el  mensajero  todavía? 

BERTUCCIO 

No,  señor;  aun  no  ha  vuelto.  Congregado 
la  señoría  de  Vcnecia,  juzga 
al  acusado  Esteno;  i  en  acuerdo 
secreto,  delibera. 

MARINO 

¿I  tarda  tanto 
la  deliberación?  ¡Oh,  cómo  angustia 
esta  mortal  incertidumbre  el  pecho! 

BERTUCCIO 

¿Qué  teméis?  El  senado  hará  justicia. 

MARINO 

¡Justicia!...  Sí...  La  misma  que  la  corto 
de  los  ahogadores,  que  la  causa 
le  cometieron,  porque  en  ella  fuesen 
arbitros  los  amigos  i  parciales 
de  mi  ofensor. 

BERTUCCIO 

Ni  aun  ellos  osarían 
protejer  al  culpable.  Una  induljencia 


XLII  LAS  poesías 


tan  criminal,  oprobio  fuera  eterno 
al  nombre  de  Venecia  i  a  las  leyes. 


MARINO 

¿Aun  no  conoces  a  Venecia?  ¿Ignoras 
de  sus  patricios  el  carácter?  ¿juzgas...? 
Pero  su  fallo  ha  de  saberse  en  breve. 

BERTUCGIO 

Sin  causa,  vuestra  alteza  desconfía. 
Venecia  vio  el  delito,  i  lo  detesta. 
No  osa  negarlo  el  reo;  ni  el  senado 
a  tanto  alcanza,  que  absolverle  pueda 
contra  el  común  sufrajio,  i  con  desdoro 
de  la  suprema  autoridad. 

MARINO 

Vicencio, 
¿qué  nuevas  traes? 

ESCENA  SEGUNDA 
Marino  Faliero,  Bortuccio  Fallero,  Vicencio. 

VICENCIO 

Gran  señor,  me  manda 
a  avisaros  la  noble  señoría 
que  ha  pronunciado  la  sentencia;  i  luego 
que  en  forma  esto,  será  con  el  debido 
honor  i  sumisión  notificada 
a  vuestra  alteza, 

MARINO 

Ah!  sí.  Conmigo  siempre 
sumisa  fué  en  extremo  i  respetuosa 


DE  DON  ANDRÉS  BELLO         i.  XLIII 


la  señoría.  ¿Mas,  por  fin,  el  fallo 
dices  que  pronunció? 

VICENCIO 

Señor,  acabs 
de  pronunciarlo. 

MARINO 

I  ¿qué  falló? 

VICENCIO 


secreto  fué  el  acuerdo. 


MARINO 


Lo  igioro: 


Pero  suele 
algo  de  entre  las  sombras  que  rodean 
a  la  justicia  traslucirse:  un  sordo 
murmurio,  un  airo  grave,  una  mirads 
a  un  ojo  perspicaz  revelar  suelen 
lo  que  la  lengua  calla.  Los  patricios 
al  fin  son  hombres...  respetables,  justes, 
sabios,  cuanto  se. quiera...  i  silenciosos 
tanto  como  la  tumba  que  devora 
las  víctimas  que  juzgcan;  mas  con  todo 
algo  pudo  el  aspecto  revelarte, 
algo  los  jestos  i  el  silencio  mismo. 
¿Nada  alcanzaste  a  percibir? 

VICENCIO 

No  estuve 
mas  que  un  momento  a  vista  del  senado 
ni  del  decreto  do  los  jueces  pude 
columbrar  un  indicio;  i  mas  del  reo 
Miguel  Esteno  hallándome  tan  cerca 
que... 


XLIV  LAS  POESÍAS 


MARINO 


Fues  ¿viste  al  menos  el  semblante 
do  esc  Miguel  Esteno?  Acaba! 

VICENCIO 

Al  verle 
me  parecb  sereno,  resignado 
a  la  sentencia;...  mas  aquí  la  trae, 
si  no  me  engaño,  el  secretario. 


ESCENA  TERCERA 
Marino  Falfcro,  Bertuccio  Fallero,  Vicencio,  Secretario, 

■SECRETARIO 


Al  noble 

Faliero  de  Venecia  ínclito  jefe, 
el  tribunal  de  los  Cuarenta  envía 
salud,  íionor;  i  espera  que  se  digne 
su  altffia  echar  la  vista  sobre  el  fallo 
que  acaba  de  librar  contra  el  patricio 
Migud  Esteno  por  la  grave  culpa 
de  qu3  su  alteza  le  acusó.  El  rescripto 
helo  iquí. 

MARINO 

Retírate. — Tú,  Vicencio, 
déjane  solo  un  breve  instante. 

ESCENA  CUARTA 
Marino  Faliero,  Bertuccio  Faliero^ 

MARINO 

Toma, 
Bertuccio,  este  papel.  Siento  turbarse 
mis  ojos,  i  fijar  en  él  no  puedo 
la  vista  oscurecida. 


DE  DON  ANDRÉS  fELLO  XLV 


bertucck; 

Amato  tio! 
tened  valor.  ¿De  qué  tcublais?  ¿Quó  extraño 
temor  es  ese? 

MARINO 

Acaba,  le... 

BERTUdlO 

I      Decreta 
conformemente  quo  M^iicl  Esteno, 
que  por  su  propia  conCsion  la  noche 
del  carnaval  grabó  solre  la  silla 
ducal  estas  palabras  iijuriosas... 

MARifO 

¿A  repetirlas  vas?  ¿4.  repetirlas? 
¡Tú,  mi  sobrino!  ¿Matcharás  tu  labio 
con  la  deshonra  de  lanoblo  casa, 
afrentada  en  su  jefe,  <\  primer  jefe, 
el  duque  de  Venecia?Lee  tan  solo 
de  mi  ofensor  la  pena 

BER-^CCIO 

I    Perdonadme. 
Ya  os  obedezco.  «U»  mes  de  arresto  impone 
para  castigo  de  su  «Ipa  al  reo 
Miguel  Esteno.» 

liRINO 

S^ue  pues;  ¿quó  tardas? 

! 
D^TÜCCIO 

Soñor,  no  hai  njas. 


XLVI  LAS  POESÍAS 


MARI>'0 


¿JÍo  hai  mas?  ¿Es  eso  todo? 
¿Sueño?  ¿Deliro?..  Es  falso...  Es  imposible. 
Dame  el  papel.... «Un  mes  de  arresto»...  Amigo, 
sostenme. 

BEITUCCIO 

Serenao;.  No  desmaye 
en  tan  leve  ocasior  vuestra  constancia. 
Sentaos,  noble  duque,  mientras  llamo 
la  servidumbre  a  qie  os  atienda  i  sirva, 

M.RINO 

Detento,  ya  pas6. 

BER'UCCIO 

íegar  no  puedo 
que  es  el  castigo  denasiado  leve 
para  una  culpa  que  .  Venecia  toda 
ultrajó  en  vos;  i  queinjusticia  ha  sido 
dar  a  tamaño  agravó  tan  mezquina 
satisfacción;  pero  unrecurso  os  queda: 
juntad  de  nuevo  el  trbunal,  o  tornad 
a  los  abogadores  el  poceso, 
que,  si  antes  a  la  caua  se  negaron, 
al  ver  que  se  os  rehus.  hacer  justicia, 
anularán  el  fallo,  i  de  as  leyes 
vindicarán  la  majestadviolada. 
¿No  lo  juzgáis  así?...  Bro,  suspenso, 
¿no  me  escucháis?  Los  jos  a  la  tierra 
tenéis  clavados;  i  a  las  'oces  mias 
¿no  dais  oído?  Noble  dujue! 

MARIN( 

¡Al  cielo 
pluguiese  que  en  San  Mrcos  de  Venecia 


DE  DON  ANDRÉS  BELLO  XLVII 


hoi  los  pendones  turcos  tremolaran! 
De  esta  suerte,  homenaje  les  haría. 


BERTUCCIO 

Por  Dios,  por  vuestro  honor,  por  vuestra  fama, 
volved  en  vos. 

MARINO 

¡Que  no  flotara  ahora 
la  escuadra  jenovesa  en  estas  aguas! 
¡Que  no  cercaran  el  ducal  palacio 
las  enemigas  hordas  de  los  hunos 
que  en  Zara  derrote! 

BERTUCCIO 

Nó,  no  conviener , 
señor,  razones  tales  en  los  labios 
del  duque  de  Venecia. 

MARINO 

¿Dónde,  dónde 
el  duque  de  Venecia  está,  que  quiero 
invocar  su  justicia?  Si  ya  duque 
de  Venecia  no  soi,  soi  hombre  al  menos. 
Hubo  en  Venecia  duque;  ya  ese  nombre 
es  un  sonido  vano;  vano,  he  dicho. 
Ya  es  solamente  un  título  de  oprobio. 
El  mas  desamparado,  el  mas  humilde, 
el  mas  vil  e  injuriado  de  los  hombres, 
el  que  mendiga  de  una  puerta  en  otra 
el  alimento,  si  no  le  halla  en  esta, 
puede  talvez,  tocando  a  la  vecina, 
ser  socorrido;  mas  aquél  que  pide 
justicia  a  los  que  deben  ampararle 
en  su  derecho,  i  no  la  alcanza,  es  pobre 
mas  que  el  mendigo  que  de  ajena  mano 
recibe  el  pan  amargo  del  desprecio; 
es  un  esclavo,  un  abatido  esclavo; 


XLVIII  LAS  POESÍAS 


i  tal  soi  yo;  tal  eres  tú,  Bertuccio; 
tal  es  mi  casa  i  mi  familia  toda 
desde  esto  instante.  El  orgulloso  noble 
puede  escupirme  el  rostro,  i  el  mas  bajo 
ganapán  señalarme  con  el  dedo. 
I  ¿a  quién  apelaremos? 

BERTUCCIO 

A  las  leyes. 

MARINO 

¡Triste  recurso!  Yo  busqué  el  remedio 
en  la  Ici  sola.  No  pedí  venganza 
sino  a  la  lei.  Reconocí  por  jueces 
los  que  las  leyes  dan  al  injuriado. 
Supremo  jefe  de  Venecia,  ocurro 
como  suplicante  a  los  que  darme  deben, 
no  tan  solo  atención,  sino  obediencia, 
a  los  que  esta  corona  me  ciñeron, 
que  hoi  cubren  de  ignominia...  i  ¿qué  he  logrado? 
Puesta  de  su  justicia  en  la  balanza, 
la  avilantez  de  esc  patricio  indigno 
tuvo  mas  peso  que  mi  nombre  ilustro, 
que  su  propia  elección,  que  los  honores 
de  esta  alta  dignidad,  que  estos  cabellos 
canos,  que  estas  honradas  cicatrices, 
que  todas  mis  fatigas,  ansias,  penas 
por  la  salud  i  gloria  de  la  patria, 
que  la  sangre  i  sudor  de  cincuenta  años... 
I  ¿he  de  sufrirlo? 

BERTUCCIO 

No  soi  yo  por  cierto 
el  que  resignación  os  aconsejo. 
Si  se  rechaza  vuestra  instancia,  entonces 
apelaremos  a  otros  medios. 

MARINO 

Basta, 
¿Tú  me  aconsejas  apelar,  Bertuccio? 


DE  DON  ANDRÉS  BELLO  XLIX 


r 


¿Tú,  mi  sobrino?  tú,  renuevo  ilustre 
del  tronco  de  Fallero,  de  aquel  tronco 
que  ha  dado  ya  tres  duques  a  Venecia? 
Pero  bien  dices:  la  humildad  conviene 
a  mi  nueva  situación. 

BERTUCCIO 

Señor,  raya 
vuestro  dolor  en  un  culpable  exceso. 
Torpe  la  afrenta  ha  sido,  i  torpe  el  fallo 
que  impune  la  dejó;  mas  esa  furia 
no  guarda  proporción  con  el  agravio, 
ni  con  agravio  alguno.  Si  os  ha  hecho 
injuria  la  sentencia,  reclamemos; 
i  si  satisfacción  se  nos  rehusa, 
busquémosla,  señor,  por  nuestra  mano; 
mas  con  serenidad,  cordura  i  pulso. 
Silencio!...  i  a  vengarnos.  Soi  mancebo. 
Amo  la  casa  vuestra;  amo  su  lustre. 
Miro  éste  en  el  apoyo  de  mi  tio, 
mi  jefe,  mi  tutor;  mas,  aunque  admito 
en  parte  la  razón  de  vuestro  enojo, 
el  verlo  me  horroriza. 

MARINO 

¿Conque  es  fuerza 
decirte  lo  que  hubiera  sin  mis  voces 
entendido  tu  padre?  ¿Solo  el  golpe 
material  que  lastima  al  cuerpo,  sientes? 
¿Tienes  orgullo,  brios,  alma,  honra? 

BERTUCCIO 

La  vez  primera  es  esta  que  osó  nadie 
poner  mi  honor  en  duda,  i  la  postrera 
sería,  si  otro  fuera  el  que  dudara. 

MARINO 

Tú  sabes  de  que  suerte  ese  patricio 
osó  manchar  la  pura  honra...  oh  ciclos!... 

POESÍAS  7* 


LAS  poesías 


de  mi  mujer...  de  lo  mas  caro  i  santo, 
lo  mas  precioso  en  el  honor  del  hombre. 
Pero,  ¿no  sabes  tú,  no  saben  todos 
que  fué  la  imputación  libelo  infame? 
Al  honor  de  una  esposa  aun  el  aliento 
de  la  sospecha  i  la  calumnia  empaña. 
I  si  en  esa  inocente  criatura, 
yo  no  lavó  la  mancha  de  mi  nombre, 
fué  porque  hermosa  i  joven,  a  un  anciane 
recibió  por  esposo. 

JJERTUCCIO 

I  ¿qué  castig© 
satisfaceros  pudo? 

MARINO 

¿Cuál?  La  muerte! 
¿No  era  yo  soberano  de  Venecia, 
insultado  en  su  trono,  hecho  el  ludibrio 
de  los  que  obedecerme  deberian, 
amancillado  como  esposo?  ¡I  vive! 

BERTUCCIO 

Antes  que  el  sol  se  oculte  en  el  ocaso, 
dejará  de  vivir:  yo  os  lo  prometo. 
Confíadme,  señor,  vuestra  venganza; 
i  sosegaos. 

MARINO 

¡Nó,  detente!  Hubiera 
bastado  ayer  ese  recurso.  Ahora 
de  nada  sirve.  No  es  Miguel  Esteno 
el  que  me  ofende  torpe.  Ni  lavara 
una  vida  tan  vil  como  la  suya 
ofensa  tal.  No  temas:  tendrás  luego 
una  ocasión  en  que  probar  que  corre 
la  sangre  de  Faliero  por  tus  venas. 


DE  DON  ANDRÉS  BELLO  LI 


Mas  no  mi  ofensa  olvides  entro  tanto. 
Negra  en  tus  sueños  se  te  muestre;  negra, 
cuando  los  ojos  abras,  se  interponga 
entre  ellos  i  la  luz,  como  la  nube 
de  mal  agüero  enluta  la  mañana. 

Don  Andrés  Bello  continuó  la  traducción  del  trabajo 
de  sir  Eduardo  Lytton  Bulwcr  sobre  Byron;  pero  no  la 
dio  a  luz. 

Me  parece  que  no  se  tendrá  a  mal  el  que  yo  haga 
conocer  la  parte  de  este  trabajo  relativa  a  la  trajedia 
titulada  los  Dos  Fóscaris,  parte  que  Bello  vertió  al  cas- 
tellano con  tanto  esmero,  como  la  relativa  al  Marino 
Fallero  antes  inserta. 

Bello  empezó  por  redactar  la  siguiente  nota  en  que 
expone  los  antecedentes  del  argumento. 

«La  historia  de  los  Fóscaris,  que  ha  dado  asunto  a 
esta  trajedia,  es  curiosa.  El  dux  Francisco  Fóscari  con- 
servaba en  una  edad  avanzada  toda  la  frescura  de  su 
cabeza  i  carácter,  i  gozaba  de  la  gloria  de  haber  extendi- 
do considerablemente  los  límites  de  la  república  durante 
su  administración.  Pesares  domésticos  vinieron  a  probar 
su  firmeza.  Su  hijo  Jacobo  Fóscari  fué  acusado  de  haber 
recibido  presentes  de  ciertos  príncipes  o  señores  extran- 
jeros, lo  que,  no  solo  era  una  bajeza,  sino  una  infrac- 
ción de  las  leyes  positivas  de  Venecia.  El  consejo  de  los 
Diez  le  hizo  juzgar,  i  se  le  juzgó  como  a  la  persona  mas 
oscura.  El  reo  compareció  ante  los  jueces,  i  ante  el 
dux,  que  no  creyó  poder  abstenerse  de  presidir  el  tribu- 
nal. Interrogado,  sometido  a  la  tortura,  i  condenado, 
oye  de  la  boca  de  su  padre  la  sentencia  que  le  destina  a 
perpetuo  destierro. 

«Como,  embarcado  en  una  galera  para  trasladarse  al 
lugar  de  su  dcstieiTo,  enfermase  en  el  viaje,  el  dux  ob- 


vil  LAS  poesías 


tuvo,  no  sin  cUri cuitad,  que  se  le  permitiese  residir  en 
Treviso,  con  la  obligación  de  permanecer  en  aquella  ciu- 
dad so  pena  de  muerte,  i  de  presentarse  todos  los  dias 
al  gobernador.  Habia  estado  allí  cinco  años,  cuando  uno 
de  los  Diez  fué  asesinado.  Las  sospechas  recayeron  so- 
bre Jacobo  Fóscari.  Uno  de  sus  criados  sufrió  la  tortura. 
Los  verdugos  no  pudieron  arrancarle  revelación  alguna. 
Se  hizo  entonces  venir  a  Fóscari,  se  le  sometió  a  la  mis- 
ma prueba;  resistió  a  todos  los  tormentos,  protestando 
•constantemente  su  inocencia;  pero  se  creyó  que  esta 
•constancia  era  obstinación,  i  su  fortaleza,  obra  de  he- 
chicería,   lielegado  a  la  Canea,   no  cesaba  de  escribir 
•desde  esta  tierra  lejana  a  su  padre  i  amigos,  para  que 
solicitaran  algún  alivio  a  la  miseria  de  su  deportación: 
todo  en  vano.  Escribe  entonces  al  duque  de  Milán,  que 
habia  debido  buenos  oficios  al  supremo  jefe  de  Venecia, 
implorando  su  mediación  a  favor  de  un  inocente,  hijo  del 
^dux.  Esta  carta  fué  sorprendida  por  un  espía,  que  le  se- 
guía los  pasos.   Puesta  en  manos  de  los  Diez,  se  vio  en 
ella  un  nuevo  delito.  Las  leyes  venecianas  prohibían  a 
todos  los  ciudadanos  ocurrir  a  la  intervención  de  extran- 
jeros en  los  negocios  interiores  del  estado:  máxima  de 
gobierno,  i   máxima  inflexible.   El   emperador  Federi- 
co III,  según  refiere  el  historiador  Pablo  Morosini,  siendo 
huésped  de  los  venecianos,  habia  pedido,  por  particular 
favor,  la  admisión  de  un  ciudadano  en  el  gran  consejo,  i 
el  indulto  do  un  gobernador  de  Candía,  i  no  pudo  obte- 
ner ni  uno  ni  otro. 

«Jacobo  es  conducido  a  Venecia,  sepultado  en  un  ca- 
labozo, puesto  de  nuevo  en  el  potro.  Preguntado  por 
qué  habia  escrito  la  carta,  sabiendo  que  ella  habia  de 
caer  sin  duda  alguna  en  manos  de  los  Diez,  respondió 


DE  DON  ANDRÉS  BELLO  LIIT 


que  cabalmente  lo  había  hecho  por  eso;  que  se  le  había 
cerrado  todo  otro  camino  para  hacer  llegar  a  Venecía 
sus  reclamaciones;  que  estaba  seguro  de  que,  con  aque- 
lla ocasión,  le  harían  traer  a  su  patria,  i  que  se  había 
expuesto  a  todo  por  el  consuelo  de  ver  otra  vez  a  su  es^ 
posa,  hijos  i  padres.» 

Hé  aquí  ahora  el  extracto  de  Bulwer. 

«La  concepción  de  Los  Dos  Fóscaris,  es  tan  hermosa^ 
como  la  de  Marino  Fallero.  ¡Qué  oríjinal,  qué  tierno,  el 
amor  del  suelo  nativo  en  Jacobo,  griego  en  el  diseño, 
italiano  en  el  colorido!  Vense  allí  el  idéntico  patriotismo- 
del  dulce  i  blando  Sur;  el  corazón 

Que  nunca  palpitó  por  su  \'enccia,- 
sino  con  el  anhelo,  con  el  ansia 
de  la  paloma  hacia  el  distante  nido; 

la  idea  de  este  patriotismo  peculiar  que  ama  el  aire,  eí 
aliento  de  Venecía,  que  piensa  en  la  ciudad  ceñida  de 
inares,  como  el  amante  en  su  querida,  que  arrostra  la 
tortura,  la  muerte,  la  deshonra,  por  una  hora  sola  de  su 
vista.  Nada  mas  orí  j  i  nal,  ni  mas  profundamente  trajico. 
¿Le  dan  la  vida? — Sin  la  libertad,  ¿qué  es  la  vida? — ¿Se 
le  concede  la  libertad? — Sin  Venecía,  ¿de  qué  le  sirve? 
Jacobo  no  puede  separarlas. 

Pude- 

sufrir  mi  cárcel:  era  al  fin  \'cnec¡a. 
Pude  sufrir  constante  la  tortura: 
respiraba  a  lo  menos  los  nativos 
aires,  que  a  el  alma  falleciente  daban 
nuevo  vigor 

Pero  ¡ausenter 
dentro  del  pecho  el  alma  parecía 
lánguida  deshacerse. 


LIV  LAS  poesías 


«En  vano,  Marina,  la  enérjica,  la  irritada  esposa,  ex- 
clama: 

Ese  tu  amor  a  un  suelo  ingrato,  a  un  suelo 
tiránico,  es  pasión,  no  patriotismo. 

«En  vano,  le  recuerda  que  el  destierro  ha  sido  la 
muerte  de  miles.  El  respondo: 

¿Quién  puede  numerar  los  corazones 
que  rompe  aquel  adiós,  aquella  ausencia, 
aquella  triste  enfermedad  del  alma, 
la  enfermedad  que  evoca  en  el  abismo 
de  la  miseria  el  verde  campo,  el  suelo 
natal  querido? 

¿Debilidad  la  llaman?  Fuerza  es,  fuerza, 
de  los  honrados  sentimientos  madre; 
que  nada  puede  amar  el  que  a  la  patria 
no  tiene  amor 

«En  vano  otra  vez,  con  una  lójica  que,  al  parecer,  no 
tiene  respuesta,  replica  Marina: 

Obedécela,  pues;  que  es  ella  misma 
la  que  te  arroja  de  su  seno. 

JAGOBO 

Ah!  cierto. 
Sentencia  suya  es;  i  es  en  el  alma 
cual  maldición  de  madre. 

«Nótese  también  cuan  admirablemente  contrasta  con 
el  carácter  del  hijo  el  del  austero  anciano  padre,  encalle- 
cido i  empedernido  por  aquel  sistema  peculiar  i  desna- 
turalizado de  la  política  veneciana.    En  ambos,  es  el 


DE  DON  /KNDRES  BELLO  LV 


patriotismo  ía  pasión  dominante;  pero  fclc  qrré  diferente 
modo  se  desenvuelve! 

El  primero  que  al  juzgado 
concurre  en  esta  causa  dolorosa 
del  único  i  postrero  de  sus  hijos. 

«Mas,  en  medro  de  los  inflexibles  deberes  del'  majis- 
irado,  ¡cuántas  vislumbres  revelan  la  angustia  del  padre! 
¡cuan  diestramente  se  excita  nuestra  simpatía  a  su  favor; 
i  la  aversión  a  su  severidad  so  convierte  en  admiración 
de  su  constancia  heroica! 

HARINA 

¿Qué  mensaje  llevo 
die-  su;  padre  a  Jacobo? 

BüX 

Que  obedezca 
a  la  lei'. 

MARINA 

¿Nada  mas?  ¿No  habéis  de  verle 
antes  de  su  partida?  Talvez  nunca 
a  verle  volvereis. 

DÜX 

¡Nuncaf — ¡Hijo  mió!'— 
¡Ultimo  de  mis  hijos! — Nunca  acaso 
volveré  a  verle! — Di  que  voi 

«Con  tan  profundo  conocimiento  de  las  mas  puras 
fuentes  de  lo  patético,  suaviza  Byron  la  austeridad  del 
padre,  como  eleva  la  flaqueza  del  hijo.  Jacobo  no  es  dé- 


LVI  LAS  poesías 


bil  ni  cobarde,  sino  para  dejar  a  V^necia.  Los  tormen- 
tos no  le  amedrentan:  sonríe  a  la  muerte;  i  ¡qué  muerte 
tan  trájica! 

OFICIAL 

Señor,  el  bote  aguarda;  el  viento  sopla; 
i  para  acompañaros  estoi  pronto. 

JACOBO 

Ya  os  sigo. — Vuestra  mano  otra  vez,  padre. 

DUX 

Toma. — Cielos!  temblando  está  la  tuya. 

JACOBO 

Nó,  nó.  La  vuestra,  padre,  es  la  que  tiembla. 
¡Adiós! 

DUX 

¿Deseas  algo  mas? 

JACOBO 

Nó,  nada. 
Dadme,  señor,  por  vida  vuestra  el  brazo. 

(Al  oficial.] 

OFICIAL 

Pálido  estáis.  Dejadme  sosteneros. 
¡Mas  pálido! — ¿Qué  miro? — Socorredle. 
Agua  al  instante. 

MARINA 

Esposo! — Se  desmaya.— 
Fallece. 


DE  DON  ANDRÉS  BELLO  LVII 


JACOBO 

Ya  estoi  pronto. — Extraña  sombra 
mi  vista  ofusca. — A  dirijir  no  acierto 
los  pies. 

MARINA 


Quitad. — Tendréle  yo. — Bien  mió!- 
¡Qué  helada  mano! 


;Cuán  débilmente  el  corazón  le  late!- 


JACOBO 

¡Luz! — ¿La  luz  es  esta? 
Me  desvanezco. 

OFICIAL 

El  aire  podrá  acaso 
mejorarle. 

JACOBO 

Sin  duda. — Padre. — Esposa. — 
\  ¡Adiós!  (Da  la  mano  al  dux  i  abraza  a  Marina.) 

MARINA 

En  ese  rostro  húmedo,  yerto, 
hai  algo  de  mortal. — ¡Esposo  miol — 
\  ¡Mi  Fóscari!  ¿qué  sientes? 

JACOBO 

Nada. — Nada.  (Muere.) 

«Muere;  pero  ¿dónde?  En  Venecia;  a  la  luz  de  aquel 
cielo  amado;  en  el  aire  de  aquel  clima  delicioso.  Muere 
en  el  momento  de  dejar  aquel  clima  i  aquel  cielo  para 
siempre.  Pudiera  haber  dicho  como  otro  menos  afamado 


LVIII  LAS  POESÍAS 


patriota  cíe  una  edad  mas  moderna: — A  lo  menos  mi  ca- 
dáver no  caerá  entre  brazos  extranjeros,  i  mis  huesos 
descansarán  en  la  tierra  de  mis  padres. — El  dolor  de  los 
sobrevivientes  aumenta  lo  patético  de  la  situación. 

OFICIAL 

Espiró. 

DUX 

Ya  está  libre. 

MARINA 

Nó,  no  lia  muerto. 
En  ese  pecho  hai  vida  aun. — No  pudo 
dejarme  así. 

DUX 

¡Querida  hija! 

MARINA 

Anciano, 
cesa.  Tu  hija  no  soi. — No  tienes  hijo. 
¡Oh  Fóscari! 

.  «Toda  la  fuerza  de  la  catástrofe  se  reduce  a  pocas  pa- 
labras, algunos  versos  mas  adelante,  cuando  entre  los 
lamentos  de  la  desconsolada  madre,  el  viejo  dux  ex- 
clama: 

¡Míseros  hijos  míos! 

M-ARINA 

¡Qué!  ¿Sentiste, 
sentiste  tú  por  fin!  ¿Dónde  está  ahora 
aquel  patriota  estoico? 


DE  DON  ANDRÉS  DELLO  LII 

aEste  escarnio  de  los  sentimientos  de  un  padre  es  fe- 
roz; i  sin  embargo,  naturalísimo  en  la  situación,  i  hace 
estremecer.  Se  ven  el  súbito  arranque  i  la  amarga  son- 
risa; se  oyen  los  sentidos  reproches.  ¡I  cuan  comple- 
tamente se  revela  el  carácter  del  dux  en  aquella  sola 
palabra  suya  que  sigue  i  pone  el  colmo  a  la  agonía  de  la 
escena! 

EL  DUX  (aiToj anclóse  sobre  el  cadáver) 
Aquí! 

«I  con  esta  palabra  debió  terminar  la  trajedia.  La 
venganza  de  Loredano,  en  cuyo  complemento  ha  queri- 
do hacerse  estribar  la  catástrofe,  no  es  una  terminación 
tan  grandiosa,  como  el  proscrito  que  mucre  do  dolor  en 
el  momento  de  salir  de  su  patria;  i  la  aflicción  paternal 
que  triunfa  de  la  severidad  del  majistrado.» 

Don  Andrés  Bello,  tan  admirador  do  Virjilio,  como 
de  Byron,  imprimió  en  junio  de  1850,  la  traducción  en 
verso  castellano  de  un  largo  trozo  de  la  trajedia  Sarda- 
ñápalo,  en  el  cual  ha  logrado  resumir  el  carácter,  con- 
trario al  do  la  tradición,  que  el  poeta  ingles  dio  a  esto 
extraño  personaje. 


Diez  años  después  de  la  llegada  de  Bello  a  Chile,  la 
situación  intelectual  de  este  país  halMa  variado  ventajo- 
samente. 

No  se  necesitaban  muchas  observaciones  para  adver- 
tirlo. 

Bastaba  para  ello  recorrer  a  la  lijera  la  lista  de  las 


LX  LAS  poesías 


publicaciones  que  habían  salido  de  las  prensas  nacio- 
nales. 

Antes  de  esa  fecha,  solo  se  daban  a  la  estampa  por 
año,  salvo  rarísimas  excepciones,  uno  o  dos  textos,  i 
unos  pocos  folletos  políticos  o  jurídicos. 

Desde  1841,  se  notó  un  gran  progreso  en  esta  ma- 
teria. 

Aunque  el  comercio  de  libros  se  habia  aumentado 
considerablemente,  las  imprentas  chilenas  empezaron  a 
reproducir  algunas  obras  europeas,  tales  como  el  Fígaro 
de  don  Mariano  José  de  Larra,  las  poesías  de  don  José 
Espronceda  i  de  don  José  Zorrilla,  las  Cartas  sobre  In- 
glaterra dirijidas  a  don  Alberto  Lista  por  don  José  Ma- 
ría Blanco  White,  i  continuadas  por  don  José  Joaquín 
de  Mora,  Los  Misterios  de  Paris,  El  Judio  Errante  i 
otras  novelas  de  Eujenío  Sue,  La  Esclavitud  Moderna 
de  Lamennais,  i  otros  libros. 

Juntamente  se  multiplicaron  las  obras  literarias  de 
autores  chilenos,  entre  quienes  sobresalió  desde  luego 
por  el  mérito  i  la  fecundidad  don  José  Victorino  Las- 
tarria,  que  tanto  influjo  había  de  seguir  ejerciendo  en 
nuestro  desenvolvimiento  intelectual. 

No  fué  ajeno  al  adelantamiento  mencionado  el  famoso 
tipógrafo  español  don  Manuel  Rivadeneira,  perfeccionan- 
do entre  nosotros  la  industria  de  la  imprenta,  i  facili- 
tando así  los  medios  de  publicación. 

Rivadeneira  estableció  ademas  el  primero  en  Chile  de- 
un  modo  formal  el  negocio  de  la  edición  de  libros  por 
cuenta  del  impresor. 

Como  aquel  de  que  voi  tratando  fué  un  hombre  bené-^ 
fico  para  nuestro  país,  merece  que  se  le  concedan  algu- 
nas líneas  en  este  lugar. 


DE  DON  ANDRÉS  BEELO  LVI 

Era  sumamente  emprendedor  i  constante  en  sus  pro- 
pósitos. 

Habiendo  concebido  a  la  edad  de  treinta  1  dos  años  la 
idea  de  publicar  una  gran  colección  de  las  obras  mas 
selectas  escritas  en  lengua  castellana,  resolvió  venir  a 
Chile  a  fin  de  ganar  el  dinero  que  habia  menester  para 
realizar  su  proyecto. 

Solo  traia  doce  onzas  de  oro,  i  un  cajón  de  fósforos, 
que  se  le  mojó,  i  que,  en  consecuencia,  no  pudo  vender 
con  el  provecho  que  se  habia  prometido. 

Cuando  llegó  a  Santiago,  en  julio  de  1838,  por  la  via 
de  Buenos  Aires,  habia  agotado  en  un  largo  i  trajediosa 
viaje  sus  exiguos  recursos. 

Para  procurarse  medios  de  subsistencia,  se  fué  a 
pedir  trabajo  en  la  única,  tipografía  que  por  entonce» 
existia  en  la  capital  de  la  república,  dice  su  hijo  don 
Adolfo  en  una  biografía  inserta  en  el  tomo  71  de  la 
Biblioteca  de  Autores  Españoles. 

Ilai  en  esto  una  noticia  inexacta. 

Santiago  de  Chile  se  hallaba  a  la  sazón  bastante  atra- 
sada, pero  no  hasta  el  extremo  de  tener  solo  una  im- 
prenta. 

Ilabia  seis,  aunque  mal  provistas,  i  no  bien  dirijidas. 

Don  Manuel  Ilivadeneira  empezó,  pues,  por  ser  sim- 
ple cajista. 

Sin  embargo,  «a.  fines  del  año  40,  poseia  ya  una  im- 
prenta en  Santiago,  i  otra  en  Valparaíso.  Pero  no  le 
bastaba  haber  dado  en  aquel  país  gran  impulso  al  arte 
tipográfico,  como  lo  atestiguan  periódicos  de  la  época; 
creó  también  El  Mercurio,  diario  que  aun  hoi  subsiste, 
publicando  simultáneamente  obras  de  varios  injenios 
españoles,  con  lo  cual,  a  mas  de  popularizarlas,  alean- 


LXII  LAS  poesías 

zaba  crecidos  rendimientos,  de  manera  que,  el  año  42, 
merced  a  su  enerjía  i  tacto,  se  vio  rico,  i  considerado 
aun  por  las  personas  mas  distinguidas  de  la  república.» 

En  esto,  hai  otro  error  que  me  parece  conveniente 
rectificar. 

Don  JNIanuel  Rivadeneira  adquirió  la  propiedad  de  El 
Mercurio  el  1."  de  abril  de  1841;  pero  no  lo  creó,  puesto 
que  fué  fundado  el  12  de  setiembre  de  1827  por  el  jene- 
ral  don  José  Ignacio  Zenteno. 

El  2  de  octubre  de  1842,  Rivadeneira  regresó  a  España. 

«Al  entrar  en  el  buque  que  debia  alejarle  de  la  escar- 
pada costa  chilena,  refiere  su  hijo,  lloró,  rendido  por  el 
agradecimiento  que  le  infundía  el  recuerdo  de  la  mísera 
situación  en  que  vino  al  mundo,  i  la  próspera  en  que  se 
hallaba.» 

El  año  de  1846,  logró  hacer  salir  el  primer  tomo  de  la 
Biblioteca. 

Sin  embargo,  no  fué  afortunado  en  su  patria,  i  tuvo 
motivos  para  recordar  a  Chile,  como  lo  manifiestan  los 
siguientes  pasajes  de  carta  escrita  a  Bello,  con  quien 
tuvo  amistad. 

«Madrid,  9  de  octubre  de  1847. 

«Muí  señor  mió  i  de  mi  aprecio. 
.   «He  tenido  un  particular  placer  en  recibir  su  estima- 
da de  2  de  abril  de  este  año,  i  me  felicito  de  que  todavía 
tendré  el  gusto  de  ponerme  a  sus  órdenes. 

«Sentí  no  poder  tener  la  satisfacción  de  ver  a  su 
señor  hijo  en  Paris;  pero  le  prometo  que,  antes  de  mar- 
char para  Chile,  lo  haré. 

«Estol  todavía  organizando  este  grande  establecimien- 
to, que  no  va  tan  bien  como  yo  deseo.  Tengo  que  luchar 
con  el  atraso  del  país,  que  es  increíble. 


DE  DON  ANDRÉS  BELLO  LXIII 


«Mi  grande  obra,  que  cstoi  publicando,  i  de  la  cual 
han  salido  cuatro  tomos,  no  tiene  mucha  salida.  Asóm- 
brese Usted:  ¡no  tengo  seiscientos  suscriptores!  Pierdo 
en  cada  tomo  mil  quinientos  pesos.  Sin  embargo,  las 
esperanzas,  i  el  amor  propio,  me  impiden  desistir  de  mi 
empresa. 

«La  política  aquí  cada  vez  peor 

«¡Dichosos  ustedes  que  gozan  de  paz,  i  prosperan! 

«>ri  amigo  don  Juan  Eujenio  Ilartzenbusch,  que  aca- 
ba de  salir  de  aquí,  i  a  quien  he  dicho  escribía  a  Usted, 
me  encarga  mui  parlicularmcntc  do  saludarlo  en  su 
nombre...» 

Rivadencira  vino  a  Chile  una  segunda  vez  el  año  de 
1848  en  solicitud  de  suscriptores  para  la  Biblioteca  de 
Autores  Españoles. 

Terminada  esta  digresión,  vuelvo  a  mi  asunto  prin- 
cipal. 

Se  sabe  que  don  Andrés  Bello  habia  contribuido  mu- 
cho con  su  ensx?ñanza,  con  su  ejemplo,  con  sus  estímu- 
los a  ese  progreso  intelectual  que  principió  a  fructificar 
en  1841,  i  que,  por  fortuna,  ha  ido  creciendo  rápida- 
mente desde  entonces  hasta  ahora. 

Cuando  tuvo  el  gusto  de  observar  que  se  habia  for- 
mado un  público  literato,  no  quedó  inactivo,  a  pesar 
de  sus  años,  i  sobre  todo,  a  pesar  de  sus  graves  i  nu- 
merosas ocupaciones. 

Sin  desatender  los  estudios  científicos  i  filosóficos, 
supo  proporcionarse  tiempo  (¡ue  dedicar  a  labores  mas 
amenas. 

El  teatro  habia  sido  desde  la  independencia  uno  do 
los  espectáculos  inas  favorecidos  por  la  jcnte  ilus- 
trada. 


LXIV  LAS  POESÍAS 

Bello,  por  su  parte,  lo  habia  fomentado  cuanto  habla 
podido. 

Esa  afición  al  jénero  dramático  cobró  mayor  fuerza, 
como  era  natural,  desde  1841.  t 

Algunos  de  los  jóvenes  que  se  estrenaban  en  las  le- 
tras hicieron  buenas  traducciones  de  piezas  francesas. 

Don  Carlos  Bello,  hijo  primojénito  de  don  Andrés, 
trabajó  una  orijinal. 

Don  Rafael  Minvielle  ejecutó  otro  tanto. 

Don  José  Victorino  Lastarria  refundió  una  de  Federi- 
co Soulié,  trasladando  la  acción  a  Chile. 

Los  periódicos  destinaron  en  sus  columnas  un  lugar 
a  la  crítica  teatral,  en  la  que  los  nuevos  escritores  se 
ejercitaron,  sosteniendo  a  veces  controversias  interesan- 
tes i  bastante  apasionadas. 

Don  Andrés  Bello,  a  quien  agradaban  sobre  manera 
las  composiciones  dramáticas,  i  que,  aun  antes  de  esta 
fecha,  como  se  ha  visto,  se  habia  propuesto  recorrer  con 
detenimiento  las  trajedias  de  Byron,  dirijió  con  mas 
empeño,  por  causa  de  lo  referido,  su  consideración  a 
esta  clase  de  estudios. 

Como  era  mui  inclinado  a  conocer  los  oríjenes  de  las 
cosas,  se  aplicó  a'leer,  con  la  prolijidad  que  acostum- 
braba hacerlo,  las  comedias  de  Planto  i  de  Terencio. 

Bello  prefería  el  segundo  al  primero. 

Voi  a  resumir  lo  que  pensaba  acerca  de  ambos  poe- 
tas, valiéndome  de  expresiones  suyas,  que  tomo  de  un 
escrito  inédito. 

El  desenlace  en  las  piezas  de  Terencio  consiste  siem- 
pre en  un  inesperado  reconocimiento,  lo  que  da  sin  duda 
un  tinte  de  casualidad  a  las  fábulas;  joero  este  defecto, 
de  que  también  adolecía  Planto,  era  inevitable  en  un 


DE  DON  ANDRÉS  BELLO  LXV 


centro  donde  no  se  permitían  amores  entre  personas 
libres  de  condición  honesta. 

Terencio  es  el  poeta  de  la  sociedad  fina,  como  Plauto 
lo  es  del  pueblo. 

No  pinta,  es  verdad,  las  costumbres  romanas;  pero 
pinta  al  hombre. 

Ni  Shakespeare,  ni  Moliere  interesan  por  lo  que  tie- 
nen de  sus  respectivos  países,  sino  por  el  uso  que  hacen 
del  fondo  común  de  la  naturaleza  humana. 

Terencio  puede  decir  de  sí  mismo  lo  que  uno  de  sus 
personajes  en  aquel  verso  tan  aplaudido  del  auditorio 
romano: 

Homo  sum:  humanum  nihil  a  me  alienum  puto. 

La  preferencia  que  Bello  concedía  a  Terencio  no  im- 
pedia que  reconociese  los  méritos  de  Plauto,  i  que  los 
admirase. 

Apenas  hai  pieza  de  Plauto,  decía,  que  no  tenga  cua- 
dros de  una  viveza  admirable,  que  han  excitado  la  aten- 
ción de  los  poetas  dramáticos  i  de  los  críticos  juiciosos, 
no  abanderizados  a  un  sistema. 

Sabido  es  que  Moliere  le  tomó  su  Anfitrión  i  su 
Avaro,  fuera  de  una  infinidad  de  rasgos  que  él  llamaba 
suyos. 

Una  de  las  cosas  que  mas  interesa  en  las  produccio- 
nes de  Plauto  es  lo  exactamente  que  reflejan  a  su  país  i 
a  su  época. 

En  vano  pone  la  escena  en  ciudades  griegas,  da  nom- 
bres griegos  a  los  interlocutores,  i  admira  en  su  interior 
a  los  poetas  griegos;  porque  su  modo  de  pensar  es  lati- 
no, vive  en  el  alma  de  su  auditorio,  saca  de  ella  sus 
mejores  inspiraciones.  . 

poesías  9* 


LXVl  LAS  POESÍAS 


Plauto  es  un  romano  de  su  siglo,  como  Calderón  es 
un  español  del  suyo,  cualesquiera  que  sean  la  edad  i  el 
país  de  los  personajes. 

Pero,  si  retrata  las  costumbres  de  su  siglo,  no  es  para 
hacerlas  amar,  poixjue  pega  a  diestro  i  siniestro  a  los 
grandes  i  los  pequeños,  a  los  preceptores  i  los  discípu- 
los, a  los  mercaderes  i  los  militares;  entra  en  las  intimi- 
dades de  la  vida,  i  ni  aun  perdona  al  culto  oficial  lleno 
de  artificios  absurdos  i  repugnantes, 

A  todo  esto  añade  el  mérito  de  haber  contribuido  po- 
dverosamente  a  fijar  el  idioma. 

Su  lengua,  lengua  popular,  si  jamas  la  hubo,  adquirió 
una  preponderancia,  cuyo  secreto  nadie  pudo  explicar 
entonces,  í  que  la  aristocracia  misma  reconoció. 

No  es  esto  decir  que  la  comedia  de  Plauto  presente 
im  modelo  perfecto. 

El  incurre  a  veces  en  una  locuacidad  que  fatiga;  cae 
en  chocarrerías  i  extravagancias;  i  tiene  pasajes  excesi- 
vamente desnudos. 

Para  la  exposición^  se  sirve  amenudo  de  prólogos, 
como  los  de  Eurípides;  i  quebranta  de  cuando  en  cuan- 
do la  ilusión  teatral,  hablando  por  boca  de  personas 
griegas  a  los  espectadores  romanos  (circunstancia  que 
casi  se  le  perdona,  aunque  así  quita  al  actor  la  máscara), 
i  dirijienda  la  palabra  al  público  para  reírse  de  sí  mis- 
mo, i  aun  de  todo. 

Es  preciso  convenir  con  Horacio,  cuando  censura  la 
irregularidad  de  los  versos  de  Plauto;  pero  el  cortesano 
do  Augusto  anduvo  sin  duda  demasiado  se\'cro,  negán- 
dole el  donaire  de  buen  gusto,  que  los  romanos  llama- 
ban urbanitas. 

Bello,  que  investigaba  con  incansable  actividad  todo 


DE  DON  ANDRÉS  DELLO  LXVlI 


lo  que  concernía  a  sus  autores  favoritos,  publicó  una 
traducción  de  l(x  Biografía,  de  Lord  Dyron  por  Villemain, 

Por  el  mismo  motivo,  compuso  varias,  mas  o  menos 
estensas,  de  los  autores  romanos,  de  que  era  grande 
apreciador,  las  cuales  han  quedado  inéditas. 

Creo  oportuno  dar  a  conocer  aquí  la  de  Plauto. 

«Marco  Accio  Plauto  nació  en  la  Ombría  hacia  el  año 
260  antes  de  Jesucristo.  De  su  juventud,  nada  se  sabe. 
Se  le  vio  llegar  a  Roma  en  la  edad  de  buenas  aventuras, 
i  do  abrirse  una  carrera.  Inclinado  a  la  vida  activa,  i 
dotado  al  mismo  tiempo  de  inspiración  poética,  se  hizo 
cabeza  do  una  compañía  de  actores,  que  medró  bajo  su 
administración,  i  por  sus  trabajos  de  composición.  Con- 
curría con  sus  socios  a  las  grandes  fiestas  populares  que 
solemnizaban  los  triunfos  de  los  Marcelos  i  Escipiones; 
pero  el  buen  suceso  de  estas  primeras  especulaciones  lo 
aficionó  al  comercio,  por  el  cual  dejó  el  teatro,  i  se 
arruinó.  Reducido  a  la  indijencia,  se  puso  al  servicio  de 
un  molinero;  pero  tuvo  la  filosofía  de  no  dejar  estinguir 
su  jenio  en  un  desaliento  inútil;  i  en  los  ratos  que  lo 
dejaba  la  tahona,  recurrió  de  nuevo  a  la  poesía,  i  escri- 
bió comedias  que  le  dieron  una  celebridad  brillante. 
Restituido  a  su  vocación  natural,  no  pensó  en  abando- 
narla otra  vez.  Se  le  atribuye  gran  número  de  piezas,  do 
que  solo  quedan  veinte  que  los  críticos  modernos  reco- 
nocen como  indubitablemente  auténticas.  Murió  en  una 
edad  avanzada,  en  perfecta  posesión  de  sus  facultades 
intelectuales,  hacia  el  año  184  antes  de  Jesucristo. 

«Todo  caminaba  aceleradamente  en  Roma:  la  civiliza- 
ción, las  letras,  los  goces  delicados,  adelantaban  como 
la  conquista  exterior;  i  Plauto  pudo  ya  levantarse  a  la 
verdadera  comedia,  es  decir,  a  una  de  las  mas  acabada» 


LXVIII  LAS  poesías 


formas  del  pensamiento  humano,  sin  que,  por  eso,  de- 
jara de  comprenderle,  i  admirarle  la  mayoría  del  públi- 
co. Plauto  tiene  el  gran  mérito  de  expresar  la  fisonomía 
de  Roma,  i  de  hablar  la  lengua  nacional.  Así  es  que  su 
teatro  se  mantuvo  mas  allá  de  los  límites  conocidos  de 
la  popularidad.  Sus  piezas  se  veian  con  gusto  bajo  el 
reinado  de  Dioclesiano.  El  supo  dar  colorido,  movimien- 
to i  variedad  a  la  vida  real.  No  echó  a  su  jenio  cadenas 
aristocráticas;  no  trabajó  para  los  conocedores;  fué  de- 
recho al  pueblo.  Plauto  retrata  con  los  mas  vivos  colores 
la  disipación;  i  se  burla  de  todas  las  ridiculeces  i  extra- 
víos.» 

Plauto,  según  decia  Bello,  imitó  principalmente  a 
Filemon,  de  cuyo  nombre  hubo  dos  escritores  en  la 
comedia  nueva  de  Atenas. 

Cita  ademas  a  Difilo,  que  se  distinguió  en  ella,  i  a  un 
Demofilo,  a  quien  no  conocemos. 

Bello  se  propuso  enseñar  prácticamente  a  los  moder- 
nos que  no  traqueasen  mucho  a  los  autores  latinos,  lo 
que  fué  Plauto. 

Con  tal  designio,  tradujo  en  verso  castellano  el 
Rudens,  o  sea  El  Cable  del  Navio ^  que  era,  en  su  con- 
cepto, «la  primera  de  las  comedias  de  Plauto,  i  una  de 
las  mejores  que  se  han  compuesto.» 

Tengo  a  la  vista  un  manojo  de  papeles  de  todos  tama- 
ños, i  escrito  con  borrones,  en  vez  de  letras,  en  los 
cuales  está  consignada  esa  traducción. 

No  podría  por  ahora  decir  si  esa  traducción  está  o  no 
completa. 

Me  temo  mucho  que  alguna  parte  de  ella  se  haya 
extraviado  a  causa  de  las  peregrinaciones  a  que  esto& 
borradores  han  estado  sujetos. 


DE  DON  ANDRÉS  BELLO  LXIX 


Después  de  gran  trabajo,  he  logrado  descifrar  el  pró- 
logo de  la  comedia  a  que  aludo. 

Se  sabe  que  los  autores  dramáticos  griegos  i  latinos 
acostumbraban  que  un  dios,  u  otro  personaje,  saliera  a 
expnncr  los  antecedentes  de  la  acción,  antes  de  que  ésta 
empezara. 

En  nuestro  caso,  el  encargado  por  Planto  de  esta 
comisión  fué  Arturo,  una  de  las  mas  brillantes  estrellas 
del  cielo,  precursora  o  causante,  según  se  creia,  de  la 
lluvia  i  de  la  tempestad . 

Este  ser,  a  quien  se  tenia  por  divino,  se  presentaba  en 
la  escena,  rodeado  de  nubes,  i  con  la  frente  ceñida  por 
una  aureola  de  estrellas. 

Si  se  quiere  apreciar  como  corresponde  el  mérito  del 
trozo  que  va  a  insertarse,  es  preciso  no  olvidar  que  per- 
tenece a  una  poesía  relativamente  antigua. 

Dadas  estas  explicaciones,  léase  ahora  la  traducción 
del  prólogo  del  Rudens,  o  sea  de  El  Cable  del  Navío^ 
como  dice  Bello. 

En  la  ciudad  celeste  de  los  dioses, 
conciudadano,  soi  de  aquel  que  mueve 
mares  i  tierras  i  las  jentes  todas, 
pues  soi,  cual  veis,  la  blanca  estrella  fúljida, 
astro  que  nace  a  la  debida  hora 
en  cielo  i  tierra.  Arturo  me  apellidan, 
que  de  noche  en  el  cielo  entre  los  dioses 
brillo,  i  de  dia  entre  los  hombres  ando, 
como  también  acá  los  otros  bajan 
lucientes  astros,  pues  aquel  que  impera 
a  dioses  i  a  mortales  rci  supremo 
por  partes  diferentes  nos  envía 
a  observar  de  los  hombres  las  costumbres, 
la  fe  i  piedad,  i  de  que  modo  llegue 
a  la  fortuna  cada  cual;  si  falsa 
litis  con  falsos  testimonios  mueva, 


LXX  LAS  POESÍAS 


O  si  SUS  deudas  perjurando  niegue; 
i  de  los  tales  luego  el  nombre  escrito 
llevamos  al  Tonante.  Así  conoce 
al  que  busca  lo  malo,  o  con  perjurios 
triunfar  del  adversario  solicita, 
o  recabar  del  juez  inicuo  fallo 
con  malas  artes.  El  lo  ya  juzgado 
juzga  de  nuevo;  i  les  impone  multa 
que  al  valor  de  la  causa  en  que  vencieron 
excede  en  mucho.  De  los  buenos  lleva 
también  rejistro  en  su  estrellado  trono; 
que  no,  como  el  malvado  se  imajina, 
aplaca  al  dios  con  víctimas  o  dones; 
antes  el  gasto  i  el  trabajo  pierde, 
porque  de  las  ofrendas  del  perjuro 
no  acepta  nada  Jove;  i  del  bueno, 
induljente  i  benigno  oye  la  súplica. 
Parad  mientes,  por  tanto,  a  lo  que  digo, 
vosotros  que  buscáis  derechamente 
el  bien,  i  vida  franca,  honrada  i  pía. 
Seguid  así,  i  os  holgareis  un  dia. 

Pero  decir  me  cumple  a  lo  que  vengo, 
Difilo,  autor  de  esta  comedia,  quiso 
que  esta  ciudad  Cirene  fuese;  i  mora 
Démones  en  la  misma,  en  esta  granja 
que  veis  a  orilla  de  la  mar,  anciano 
que  desterrado  vino  aquí  de  Atenas, 
hombre  de  buena  pasta.  Ni  carece 
de  sus  patrios  hogares  por  delito; 
antes  sirviendo  a  los  demás,  hallóse 
embarazado,  i  empeñado,  i  pobre, 
do  puro  liberal;  i  para  colmo 
de  desgracia,  una  niña  de  edad  tierna, 
hija  suya,  robáronle  piratas, 
a  quienes  un  bribón  de  cierta  cuenta, 
que  habia  aquí  también,  compróla.  Un  dia, 
que  de  tañer  la  flauta  en  la  vecina 
escuela,  la  niña,  joven  ya,  tornaba  a  casa, 
un  mozo  hubo  de  verla,  compatriota 
del  dueño  de  la  granja  que  os  he  dicho, 


DE  DON  ANDRÉS  BELLO  Lili 

ateniense  también;  i  al  mismo  punto, 
enamoróse;  ve  al  rufián;  contrata 
con  el  que  se  la  venda  como  esclava 
por  treinta  minas.  Dióle  el  joven  prenda; 
i  el  trato  confirmó  con  juramento 
aquel  follón  que  de  la  fe  jurada 
se  burla,  i  miente,  i  se  le  da  una  higa 
de  lo  que  mas  sagrado  hai  en  el  mundo. 
El  ca&x>  fue  que  vino  de  Agrijent© 
un  viejo  fementido  i  alevoso. 
Hospedóle  eí  rufián;  i  como  viera 
aqueste  viejo  a  la  doncella,  empieza 
«  ponderar  su  gracia  i  jentileza. 
Celébrale  asimismo  la  hermosura 
de  otras  mujeres  que  el  rufián  tenia 
para  una  abominable  granjeria. 
Dícele  que  a  Sicilia 
se  vaya,  donde  abunda 
la  juventud  alegre  i  licenciosa; 
i  deja  inmenso  lucro  aquel  comercio 
de  mujercillas,  que  fortuna  grande 
habia  de  darle  en  breve.  Persuadióle. 
Un  bajel  se  fletó  secretamente; 
i  de  noche  se  lleva 

todo  el  ajuar  a  bordo.  Al  pobre  amante 
dice  el  rufián  que  va  a  cumplir  un  voto 
en  el  templo  de  Venus, 
que  veis  allí  vecino  a  la  ribera; 
i  que  después  del  sacrificio  espera 
le  acompañe  a  comer.  Tras  esto  vaso 
traidoramente  al  mar.  El  siciliano 
i  las  mujeres  i  el  rufián  se  embarcan. 
Se  cuenta  al  joven  lo  que  pasa.  Al  puerto 
apresurado  corre.  A  gran  distancia 
iba  la  nave  ya.  Pues  yo  que  miro 
que  así  se  va  con  la  infeliz  doncella, 
quise  al  rufián  perder;  salvarle  a  ella. 

Bramé  tempestuoso; 
olas  levante  al  cielo 
altísimas,  horrendas;  que,  si  suelo 


^^^ii  LAS  POESÍAS 


embravecerme  en  el  naeer,  mas  bravo 

mi  usado  jiro  en  occidente  acabo. 

La  naVe  dio  al  través.  Los  malandrines 

viejo  i  ruñan  arrojo,  que  se  amparan 

de  un  pelado  arrecife; 

i  la  niña  al  esquife, 

con  otra  joven  tierna, 

sobrecojida  de  pavor  se  lanza. 

Se  lanzan  temerosas, 

i  a  la  playa  vecina 

la  alta  marea  me  las  encamina 

no  lejos  de  do  mora 

Démonos,  de  su  patria  desterrado, 

como  os  he  dicho  ya,  cuyo  tejado 

hizo  pedazos  esta  noche  el  viento. 

Este  que  sale,  esclavo  es  suyo.  Al  joven 

enamorado  que  compró  a  la  niña 

presto  veréis.  I  concluyóse  el  cuento. 

Resta  que  os  diga  mi  palabra  extrema: 

vivid,  medrad;  i  el  enemigo  os  tema. 

Como  se  ve,  Arturo  lleva  su  relación  hasta  el  momen- 
to en  que  los  actores  empiezan  a  aparecer  en  la  escena. 

Las  dos  náufragas  se  asilan  en  el  templo  de  Venus, 
donde  son  recojidas  i  amparadas  por  una  anciana  sacer- 
dotisa. 

El  rufián,  que  también  se  ha  salvado,  va  a  reclamar- 
las, i  quiere  arrancarlas  por  la  fuerza. 

Al  saberlo,  Démones,  que  habita  en  una  heredad  ve- 
cina, acude  con  sus  sirvientes  para  protejer  la  inocencia 
i  reprimir  el  sacrilejio. 

Mientras  tanto,  uno  de  los  esclavos  de  este  buen  an- 
ciano, sale  a  pescar,  i  saca  en  las  redes  una  maleta. 

Otro  esclavo,  que  ha  visto  lo  que  ha  sucedido,  preten- 
de tener  parte  en  el  hallazgo. 

A  fin  de  decidir  la  contención,  convienen  en  someterla 
al  fallo  de  Démones. 


DE  DO^  AXDRES  BELLO  LXXIII 


Aquella  maleta  era  la  del  rufián. 

La  heroína  encuentra  dentro  de  ella  un  cofre  en  que 
guardaba  cuidadosamente  ciertos  objetos  que  podian 
servir  para  reconocer  a  sus  padres. 

Así  se  descubre  ser  hija  de  Démones. 

Tal  es  el  argumento  i  la  disposición  del  Rudens,  o 
El  Cable  del  Navio,  título  tomado  del  cable  con  que  so 
saca  la  maleta. 

Don  Andrés  Bello  tradujo  ademas  del  francés  arre- 
glándolas dos  piezas  modernas:  Clemencia  do  madama 
Ancelot,  i  Teresa  de  Alejandro  Dumas,  padre. 

Compuso  también  dos  comedias  orijinales:  una  en 
prosa,  i  otra  en  verso. 

La  primera  se  conserva  mas  completa  que  la  segunda, 
de  que  solo  quedan  unos  pocos  trozos. 

Ofrezco  como  muestra  el  que  se  copia  a  continuación: 

FLORELO 

Os  lo  he  dicho  muchas  veces: 
Lucinda  es  el  mas  extraño 
jenio  de  mujer  que  he  visto. 
De  carácter  dulce  i  manso, 
es  verdad,  pero  indolente, 
tibio,  desapasionado. 
Por  el  galán  mas  rendido, 
no  se  le  dan  dos  ochavos. 
Es  una  estatua  sin  alma 
para  quien  es  un  trabajo 
el  sentir.  Ella  quisiera 
que  sin  penas,  ni  cuidados, 
sin  temores,  sin  deseos, 
fuera  la  vida  un  letargo. 
I  ¿os  prometéis  que  una  dama 
de  este  temple  pueda  amaros, 
i  de  un  amoroso  enredo 


LXXIV  LAS  POESÍAS 

se  entregue  a  los  embarazos? 

Eso  la  fatigaría. 

¡Cuerpo  de  tal!  ni  pensarlo. 

DON  MARCELO 

Hace  ya  un  mes  que  la  adoro, 
Florelo;  i  ¿en  eso  estamos? 

FLORELO 

Ella  gusta  de  los  versos 
que  vos  nos  habéis  enviado, 
i  que  compone  al  intento 
vuestro  amigo.  Solo  aguardo 
que  una  ocasión  se  presente 
de  decirle  que  son  parto 
de  vuestro  injenio. 


DON  MARCELO 

¿Qué  dices? 
¿Quieres  tenga  yo  descaro 
para  mentir  de  ese  modo? 


FLORELO 

Eso  dejadlo  a  mi  cargo, 
que  con  esta  mentirilla, 
podemos  irla  inclinando 
a  vuestro  amor. 

DON  MARCELO 

I  en  un  siglo 
podrá  mui  bien  a  ese  paso 
de  su  ternura  amorosa 
recibir  mi  pecho  el  lauro. 
¿Con  que  en  resumidas  cuentas 
ella  aun  no  sabe  que  la  amo? 


DE  DON  ANDRÉS  BEELO  LXXV 


FI-OUELO 

No  lo  sabe,  nó,  señor. 

DON  MARCELO 

¡Vaya  que  has  hecho  milagros! 
¿Por  qué  en  esos  versos  mismos 
no  has  introducido  un  rasgo 
que  mis  afectos  le  pinte? 

FLORELO 

¡Eso  sí  que  fuera  errarlo! 
De  la  indolencia  al  amor 
no  va  el  corazón  de  un  sallo. 
Poco  a  poco  se  anda  lejos, 
dice  el  refrán  castellano; 
i  no  siempre  por  meter 
las  espuelas  al  caballo 
al  termino  que  apetece 
llega  el  viajero  temprano. 
Preparemos  a  Lucinda. 
Si  ve  de  flores  sembrado 
el  jardin  de  amor,  es  fácil 
se  agache  a  cojer  un  ramo. 
Dejadla  que  se  divierta 
en  esos  finjidos  cuadros 
de  pastores  distraídos 
i  zagales  desvelados 
que  vuestro  amigo  le  pinta. 
Oiga  a  la  márjen  del  Tajo, 
en  sus  melifluos  idilios, 
suspirar  al  fiel  Belardo, 
i  de  la  bella  Dorila 
encarecer  los  encantos. 
Escuche  rendidas  quejas 
i  acentos  apasionados 
en  que  amores  a  la  antigua 
exhalen  sus  arrebatos. 


LXXVI  LAS  poesías 


A  la  música  de  amor 
vaya  el  oído  formando; 
i  piense  que  este  lenguaje 
nuevo,  pero  dulce  i  grato, 
sois  vos  el  que  lo  pronuncia, 
que  el  trecho  no  será  largo 
del  verso  de  los  pastores 
a  vuestra  prosa,  i  al  cabo 
de  la  jornada,  seréis 
Dorila  ella,  i  tú  Belardo. 


El  trozo  siguiente  permite  conjeturar  el  carácter  de 
uno  de  los  personajes  que  figuran  en  la  pieza. 


Porque,  señor,  la  mujer 
es,  en  cuanto  material, 
una  especie  de  animal, 
difícil  de  conocer; 
i  pues  de  la  propia  suerte 
la  bonita  que  la  fea, 
es  necesario  que  sea 
animal  hasta  la  muerte. 
La  mujer,  según  infiero 
de  lo  que  probado  está, 
es  hembra,  i  hembra  será, 
aunque  viva  un  siglo  entero. 
Por  lo  cual  dijo  Avicena 
que  la  mujer  parecía 
sirena  que  se  movía... 
como  se  mueve  la  arena. 
Porque  (ruego  a  Usted  que  fije 
la  atención)  del  mismo  modo 
que  vemos  que  al  cuerpo  todo 
la  cabeza  manda  i  rije, 
i  que  un  cuerpo  sin  cabeza... 
(me  parece  que  me  explico) 
es  lo  mismo  que  un  borrico, 
que  donde  no  cae  tropieza. 
I  en  tan  ciego  laberinto, 
todo  sin  concierto  va: 


DE  DON  ANDRÉS  BELLO  LXXVII 


él  dico  así,  i  ella  asá; 

él  pide  blanco,  ella  tinto. 

Por  eso,  debió  de  ser 

que  dijo  cierto  poeta 

que  era  como  una  veleta 

el  alma  de  una  mujer. 

I  Aristóteles,  señor, 

que  fué  un  hombre  singular, 

la  compara  con  la  mar, 

que  es  muchísimo  peor. 

I  puesto  que  a  la  virtud 

de  una  buena  conclusión 

sirve  la  comparación, 

esto  es,  la  similitud, 

quiero,  señor  don  Lorenzo, 

usar  de  un  símil  o  dos. 

Escúcheme  usted  por  Dios, 

i  verá  si  le  convenzo. 

Como  cuando  un  torbellino 

pone  el  mar  en  movimiento, 

i  empieza  a  soplar  el  viento, 

i  la  nave  pierde  el  tino, 

todo  es  bulla  i  desgobierno, 

onda  combate  con  onda, 

i  se  arma  una  trapisonda, 

que  parece  aquello  infierno; 

así,  cuando  se  le  atasca 

a  la  mujer  la  razón, 

se  levanta  un  ventarrón, 

a  manera  de  borrasca, 

que  ocasiona  batahola.s 

en  que  como  frenesí 

alza,  por  decirlo  así, 

un  mar  de  ajitadas  olas, 

las  que  (no  sé  lo  que  me  hablo)... 

entre  la  arena  i  la  espuma... 

la  mujer,  señor,  en  suma, 

es  peor  que  el  mismo  diablo. 

El  movimiento  literario  de  1841  comprendió,  no  s)Io 
las  obras  dramáticas,  sino  igualmente  las  líricas. 


LXXVIII  LAS  poesías 


Aparecieron  entonces  clicz  o  doce  poetas  chilenos, 
entre  los  cuales  hubo  algunos  que  consolidaron  mas 
tarde  su  reputación. 

Don  Andrés  Bello  fué  quien  dio  el  primer  ejemplo 
con  la  publicación  del  canto  al  Incendio  de  la  Covipañía,, 
impreso  por  Rivadcneira  en  julio  de  1841. 

Ese  mismo  año  trabajó  la  pieza  titulada  En  el  Álbum 
de  la  Señora  Doña  Enriqueta  Pinto  de  Búlnes,  la  cual, 
sin  embargo,  no  fué  publicada  hasta  1861,  i  la  excelente 
oda  al  Diez  i  Ocho  de  Setiembre ^  distinta  de  la  que  com- 
puso sobre  el  mismo  tema  en  1830,  e  inserta  en  El 
Araucano  de  24  de  setiembre  de  1841. 

Don  Juan  García  del  Rio,  el  antiguo  amigo  de  Bello, 
fundó  el  año  siguiente  en  Valparaíso  una  revista  deno- 
minada El  Museo  de  Ambas  Américas. 

A  este  propósito,  tuvo  la  buena  idea  de  escribir  a  Bello 
la  carta  que  va  a  leerse. 
«Señor  Don  Andrés  Bello. 

«Valparaiso,  26  de  mayo  de  18^2. 

«¿Qué  es  esto,  mi  querido  Bello?  ¿Por  qué  me  aban- 
dona Usted?  ¿Cómo  no  me  ha  enviado  nada  para  El 
Museo?  ¡Vaya  que  esa  es  mucha  indolencia!  Si  yo  le- 
pidiese  a  Usted  trabajos  nue\-os  sabiendo  que  le  falta 
tiempo  para  sus  ocupaciones,  sería  una  imprudencia  en 
Cierto  modo,  a  pesar  de  que  sé  que  no  le  costana  mucho 
esfuerzo  el  mandarme  algo  mui  nuevo  i  mui  interesante; 
p^ro  cuando  Usted  tiene  tanto  material  en  su  cajón  o  en 
Sis  carteras,  no  auxiliarme  con  algo,  no  quei-er  que  sus 
pnducciones  hermoseen  i  rescaten  los  defectos  de  mi 
publicación,  es  una  indiferencia  que  no  esperaba  de  un 
antiguo  colaborador  i  amigo.  Venga,  pues,  un  rasgo,  i 
ven?a  pronto,  mi  querido,  pues,   según  van  las  cosas^ 


DE  DON  ANDRÉS  CELLO  LXXIX 


temo  que  El  Museo  no  viva  mucho  mas  tiempo;  i  en 
verdad,  que  lo  siento,  porque  ademas  de  que  es  entrete- 
nimiento mui  de  mi  gusto,  pienso  que  hai  mucho  que 
decir  que  sea  de  alguna  utilidad  a  nuestra  pobre  Amé- 
rica. 

«Necesito  las  poesías  de  nuestro  buen  amigo  Madrid; 
i  juzgando  que  Usted  debe  tenerlas,  le  suplico  me  las 
envíe  por  unos  pocos  dias.  Puede  Usted  mandarlas  por 
el  correo,  porque  me  urje  ver  el  libro;  i  yo  se  lo  devol- 
vere con  toda  seguridad. 

«Sírvase  Usted  manifestar  a  don  Francisco  (el  hijo 
segundo  de  Bello)  que  le  agradecí  mucho  su  artículo 
sobre  Hermosilla;  i  que  deseo  que  no  se  quede  en  tan 
buen  camino,  sino  antes  bien  me  proporcione  algún 
otro  rasgo  suyo. 

«Saludo  afectuosamente  a  madama  Bello  i  a  toda  la 
familia  de  Usted,  al  jeneral  Pinto  i  demás  amigos;  i  me 
repito  su  afectísimo  de  corazón. 

«J.  García  del  Rio. 

«Posdata. — Pienso  reimprimir  en  El  Musco  las  poe- 
sías de  Usted  publicadas  en  la  Biblioteca  i  en  el  Reper-i 
torio,  i  nuestro  artículo  sobre  la  ortografía.  Si  quiere 
Usted  añadir  algo  a  esos  trabajos,  lo  esperaré.» 

A  fin  de  complacer  a  su  amigo.  Bello  le  envió  las  dos 
imitaciones  de  Víctor  Hugo  tituladas  Las  Fantasmas,  i 
A  Olimpio. 

Paso  a  presentar  una  lista  de  las  restantes  poesías 
líricas  de  Bello,  enumeradas  preferentemente,  hasta  don- 
do  es  posible  conjeturarlo,  en  el  orden  de  las  fechas  de 
su  composición,  mas  bien  que  en  el  de  la  publicación. 

Los  Duendes,  imitación  de  Víctor  I  luga,  publicada  el 
19  de  julio  de  1843. 


LXXX  LAS  poesías 


La  Oración  por  Todos,  imitación  del  mismo,  publicada 
el  1.»  de  octubre  de  1843. 

Moisés  salvado  de  las  aguas,  imitación  del  mismo,  pu- 
blicada el  I."  de  enero  de  1844. 

La  Moda,  compuesta  probablemente  en  1846,  pero  no 
publicada  hasta  1 882. 

Diálogo  entre  la  amable  Isidora  i  un  poeta  del  siglo, 
pasado,  compuesta  probablemente  en  1846,  pero  no  pu- 
blicada hasta  el  10  de  julio  de  1849. 

A  Peñalolen,  publicada  el  1.°  de  enero  de  1848. 

En,  el  Álbum  de  la  Señorita  Doña  Mercedes  Muñoz, 
publicada  en  la  misma  fecha. 

El  Cóndor  i  el  Poeta,  compuesta  en  1848,  pero  no 
publicada  hasta  1866. 

El  Tabaco,  charada  publicada  el  17  de  julio  de  1849. 

AlBiobio. — En  el  Álbum  de  la  Señora  Doña  Delfina 
Pinto  de  Rosas,  compuesta  anteriormente,  pero  no  pu- 
blicada hasta  el  28  de  octubre  de  1849. 

Sardanapalo,  trozo  traducido  de  lord  Byron,  publica- 
do en  junio  de  1850. 

En  el  Álbum  de  la  cantatriz  italiana  Doña  Teresa 
Rossi,  pieza  publicada  en  junio  de  1850. 

A  la  Señora  Doña  Julia  Codecido  de  Mora,  compuesta 
el  año  de  1851,  pero  no  publicada  hasta  el  18  de  setiem- 
bre de  1881. 

A  la  Vírjen  de  las  Mercedes,  traducción  de  una  se- 
quentia  o  himno  eclesiástico,  publicada  en  1852. 

En  el  Álbum  de  la  Señora  Doña  Josefa  Reyes  de 
Garmendia,  poesía  compuesta  anteriormente,  pero  no 
publicada  hasta  el  11  de  junio  de  1853. 

La  Aixlilla,  el  Dogo  i  el  Zorro,  traducción  libre  de 
Florian,  publicada  el  21  de  agosto  de  1858. 


DE  DON  ANDRÉS  BELLO  LXXXI 

El  Hombre,  el  Caballo  i  el  Toro,  fábula  publicada  en 
1861. 

Las  Ovejas,  fábula  publicada  en  la  misma  fecha. 

La  Corte  de  Amor,  traducción  del  poeta  italiano  Ghe- 
rardo  de  Rossi,  terminada  i  publicada  en  1861. 

Miserere,  traducción  del  salmo  50,  publicada  en  1861. 

Nuestro  autor  emprendió  allá  por  los  años  de  1844  o 
1845  la  composición  de  un  poema  narrativo  titulado 
El  Proscrito,  que,  por  desgracia,  dejó  solo  principiado. 

El  presente  volumen  contiene  cinco  cantos  termina- 
dos, i  hasta  ahora  inéditos,  de  ese  poema. 

Aunque  don  Andrés  Bello  fué  mui  remiso  para  dar  a 
luz  sus  poesías,  no  lo  fué  de  ninguna  manera  para  co- 
rrejirlas  i  mejorarlas. 

Ya  he  manifestado  como  convirtió  un  trozo  de  la  Alo- 
cucion  a  la  Poesía  en  la  magnífica  introducción  de  La 
Agricultura  de  la  Zona  Tórrida. 

La  forma  primitiva  de  la  fábula  La  Cometa  publicada 
en  1833  apareció  enteramente  refundida  en  1846. 

Bello  escribió  dos  conclusiones  diferentes  para  la  fá- 
bula Las  Ovejas. 

Los  tres  casos  mencionados  no  son  los  únicos  ejem- 
plos del  rigor  con  que  Bello  practicaba  respecto  de  las 
composiciones  en  verso  aquel  precepto  de  Horacio:  saepe 
stylum  verlas. 

Voi  a  citar  otro  mui  notable  e  ignorado. 

Don  Andrés  Bello  habia  dado  orijinariamente  a  la 
hermosa  composición  dedicada  A  la  Señora  Doña  Josefa 
Reyes  de  Garmendia  una  forma  diferente  de  la  que  co- 
nocemos, con  la  cual  no  quedó  contento,  aunque  ella 
estaba  mui  distante  de  ser  indigna  de  su  pluma. 

Léase  la  pieza  a  que  aludo. 

POESÍAS  11* 


LXXXII  LAS  POESÍAS 


Amable  Pepa,  en  esa  edad  florida, 
risueña,  encantadora, 
es  la  vida 
una  aurora 

en  que  cubre  de  galas  Primavera 
la  montaña 
i  pradera, 

i  su  esplendor  ninguna  nube  empaña. 
¿Qué  pensar  no  es  entonces  fantasía? 
¿Qué  jemir  no  es  amor?  ¿Qué  lontananza 
no  dora  en  el  futuro  la  esperanza? 
¿Dónde  no  hallan  los  ojos  poesía? 

Mas  ¡ai!  al  que  la  ve  desde  el  opuesto 
lado  del  horizonte,  consumida 
en  dolores  i  acerbos  desengaños, 
cuando  es  un  breve  resto 
lo  que  falta  a  la  suma  de  los  años, 
¿qué  es  la  vida? 

Sombra  de  lo  que  fué;  vislumbre  aciaga 
de  una  antorcha  que  trémula  se  apaga. 
Ya  el  luto  se  desvuelve  que  atavía 
a  la  naturaleza 

viuda  del  sol:  aun  no  fenece  el  dia, 
i  ya  el  imperio  de  la  noche  empieza. 

¿Qué  musa  alienta  al  ánimo  cobarde 
que  ante  sus  ojos  mira 
esta  fugaz  descolorida  tarde 
de  que  el  último  rayo  se  retira? 
¿Qué  inspirador  acento 
lleva  a  su  oído  el  viento? 
¿Qué  escucha  en  la  aspereza 
de  la  escarpada  roca, 
morada  del  invierno,  o  en  la  boca 
que  lóbrega  bosteza 
de  apagado  volcan;  en  el  sombrío 
seno  de  hondo  valle;  en  la  llanura 
do  se  desliza  solitario  el  rio 
que  a  perderse  en  las  ondas  se  apresura 
del  inmenso  océano? 


Dli  DON  ANDRÉS  BELLO  LXXXIII 


Algún  rumor  de  música  lejano 
que  se  transforma  en  eco  dolorido, 
o  un  esquilón  que  llora  la  agonía 
del  moribundo  dia; 
el  jemir  de  la  tórtola  que  llama, 
i  llama  sin  cesar,  i  llama  en  vano, 
la  prole  implume  que  arrancó  del  nido 
un  cazador  tirano; 
o  del  ave  nocturna  que  derrama 
por  el  mustio  boscaje 
funesta  cantilena, 
fatídico  mensaje 
que  de  medroso  horror  el  airo  llena. 

Tales,  amiga  mia, 
son  mis  inspiraciones,  tal  la  escena 
que  a  ver  en  torno  alcanza 
esta  edad,  la  mas  sorda  a  la  armonía, 
difunta  a  la  esperanza, 
esta  vida,  preludio  de  la  muerte. 
¿Cómo,  pues,  ofrecerte 
versos  dignos  de  ti?  Tiembla  dudosa 
la  cuerda  en  la  vihuela; 
i  contra  la  rugosa, 
entumecida  mano  se  rebela. 

Alentada,  fogosa, 
juvenil  fantasía 
mereces  que  tú  escuches,  no  la  mia. 

Estos  ejemplos  de  la  perseverancia  infatigable  con 
que  los  grandes  poetas  procuran  alcanzar  la  perfección 
contiene  una  enseñanza  muí  provechosa,  como  uno  do 
los  actuales  maestros  de  la  literatura  española,  don 
Aureliano  Fernández  Guerra  i  Orbe,  acaba  de  manifes- 
tarlo en  el  artículo  de  la  Revista,  Hispano^AmericanaLj 
titulado  Una  Lección  Poética.. 

He  recojido  con  afán  prolijo,  con  el  afán  de  un  discí- 
pulo estusiasta,  todas  las  composiciones  poéticas  traba- 


LXXXIV  LAS  P0ESIA9 


jadas  por  don  Andrés  Bello,  de  que  he  tenido  noticia, 
aun  las  que  éste  habia  olvidado  o  desechado,  para  tejer- 
le esa  guirnalda  de  laurel  matizada  con  flores  purpúreas, 
azules,  rojas,  gualdas  que,  según  él,  forman  la  corona 
del  poeta. 


Miguel  Luis  Amunátegui, 


^v^^^^ 


EL  ANAUCO 


Irrite  la  codicia 
por  rumbos  ignorados 
a  la  sonante  Tétis 
i  bramadores  austros; 
el  pino  que  habitaba 
del  Bétis  fortunado 
las  marjenes  amenas 
vestidas  de  amaranto, 
impunemente  admiro 
los  deliciosos  campos 
del  Gánjes  caudaloso, 
de  aromas  coronado. 
Tú,  verde  i  apacible 
ribera  del  Anauco, 
para  mí  mas  alegre, 
que  los  bosques  idalios 
i  las  vegas  hermosas 
de  la  plácida  Pufos, 
resonarás  continuo 
con  mis  humildes  cantos; 
i  cuando  ya  mi  sombra 
sobre  el  funesto  barco 
visite  del  Erebo 
los  valles  solitarios, 
en  tus  umbrías  selvas 
i  retirados  antros 
poesías 


poesías 

erraré  cual  un  dia, 
talvez  abandonando 
la  silenciosa  márjen 
de  los  estijios  lagos. 
La  turba  dolorida 
de  los  pueblos  cercanos 
evocará  mis  manes 
con  lastimero  llanto; 
i  ante  la  triste  tumba; 
de  funerales  ramos 
vestida,  i  olorosa 
con  perfumes  indianos, 
dirá  llorando  Filis: 
«Aquí  descansa  Fabio.» 
¡Mil  veces  venturoso! 
Pero,  tú,  desdichado, 
por  bárbaras  naciones 
lejos  del  clima  patrio 
débilmente  vaciles 
al  peso  de  los  años. 
Devoren  tu  cadáver 
ios  canes  sanguinarios 
que  apacienta  Caríbdis 
en  sus  rudos  peñascos; 
ni  aplaque  tus  cenizas 
con  ayes  lastimados 
la  pérfida  consorte 
ceñida  de  otros  bi-azos. 


-o- 


A  LA  VACUNA 


POEMA  BN  ACCIÓN  DE  GRACIAS  AL  REÍ  DE  LAS  ESPANAS  POR  LA  PROPAGA- 
CIÓN DE  LA  VACUNA  EN  SUS  DOMINIOS, 

DEDICADO  AL  SE^OR  DON  MANUEL  DE  GUEVARA  VASCONCELOS, 

PRESIDENTE  GOBERNADOR 

I  CAPITÁN  JENERAL  DE  LAS  PROVINCIAS  DE  VENEZUELA. 


Vasconcelos  ilustre,  en  cuyas  manos 
el  gran  monarca  del  imperio  ibero 
las  peligrosas  riendas  deposita 
de  una  parte  preciosa  de  sus  pueblos; 
tú  que,  de  la  corona  asegurando 
en  tus  vastas  provincias  los  derechos, 
nuestra  paz  estableces,  nuestra  dicha 
sobre  inmobles  i  sólidos  cimientos; 
iris  afortunado  que  las  negnis 
nubes  que  oscurecian  nuestro  cielo 
con  sabias  providencias  ahuyentaste, 
el  orden,  la  quietud  restituyendo; 
órgano  respetable,  que  al  remoto 
habitador  de  este  ignorado  suelo 
con  largueza  benéfica  trasmites 
el  influjo  feliz  del  solio  rejio; 
digno  representante  del  gran  Carlos, 
recibe  en  nombro  suyo  el  justo  incienso 
do  gratitud,  que  a  su  persona  augusta, 
tributa  la  ternura  de  los  pueblos: 


poesías 

i  pueda  por  tu  medio  levantarse 
nuestra  unánime  voz  al  trono  excelso, 
donde,  cual  numen  bienhechor,  derrama 
toda  especie  de  bien  sobre  su  imperio: 
si,  Venezuela  exenta  del  horrible 
azote  destructor,  que,  en  otro  tiempo 
sus  hijos  devoraba,  es  quien  te  envía 
por  mi  tímido  labio  sus  acentos. 

¿Venezuela?  Me  engaño.  Cuantos  moran 
desde  la  costa  donde  el  mar  soberbio 
de  Magallanes  brama  enfurecido, 
hasta  el  lejano  polo  contrapuesto; 
i  desde  aquellas  islas  venturosas 
que  ven  precipitarse  al  rubio  Febo 
sobre  las  ondas,  hasta  las  opuestas 
Filipinas,  que  ven  su  nacimiento, 
de  ternura  igualmente  poseídos, 
sé  que  unirán  gustosos  a  los  ecos 
de  mi  musa  los  suyos,  pregonando 
beneficencia  tanta  al  universo. 
Tal  siempre  ha  sido  del  monarca  hispano 
el  cuidadoso  paternal  desvelo 
desde  que  las  riberas  de  ambas  Indias 
la  española  bandera  conocieron. 

Muchas  regiones,  bajo  los  auspicios 
españoles  produce  el  hondo  seno 
del  mar;  i  en  breve  tiempo,  las  adornan 
leyes,  industrias,  población,  comercio. 
El  piloto  que  un  tiempo  las  hercúleas 
columnas  vio  con  relijioso  miedo, 
aprende  nuevas  rutas,  i  las  artes 
del  antiguo  traslada  al  mundo  nuevo. 
Este  mar  vasto,  donde  vela  alguna 
no  vieron  nunca  flamear  los  vientos; 
«ste  mar,  donde  solas  tantos  siglos 
las  borrascas  reinaron  o  el  silencio, 
vino  a  ser  el  canal  que,  trasladando 
los  dones  de  la  tierra  i  los  efectos 


A  LA  VACUNA 


de  la  fértil  industria,  mil  riquezas 
derramó  sobre  entrambos  hemisferios. 

Un  pueblo  intelijente  i  numeroso 
el  lugar  ocupó  de  los  desiertos, 
i  los  verjeles  de  Pomona  i  Flora 
a  las  zarzas  incultas  sucedieron. 
No  mas  allí  con  sanguinarios  ritos 
el  nombre  se  ultrajó  del  Ser  Supremo, 
ni  las  inanimadas  producciones 
del  cincel,  le  usurparon  nuestro  incienso: 
con  el  nombre  español,  por  todas  parles, 
la  luz  se  difundió  del  evanjelio, 
i  fué  con  los  pendones  de  Castilla 
la  cruz  plantada  en  el  indiano  suelo. 
Parecia  completa  la  grande  obra 
de  la  real  ternura:  en  lisonjero 
descanso,  las  nacientes  poblaciones 
bendecían  la  mano  de  su  dueño, 
cuando  aquel  fiero  azote,  aquella  horrible 
plaga  exterminaílora  que,  del  centro 
de  la  abrasada  Etiopia  trasmitida, 
funestó  los  confines  europeos, 
a  las  nuevas  colonias  trajo  el  llanto 
i  la  desolación:  en  breve  tiempo, 
todo  se  daña  i  vicia;  un  gas  impuro 
la  rejion  misma  inficionó  del  viento; 
respirar  no  se  pudo  impunemente; 
i  este  diáfano  Huido  en  que  elementos 
de  salud  i  existencia  hallaron  siempre 
el  hombre,  el  bruto,  el  ave  i  el  insecto, 
en  cuyo  seno  bienhechor  extrae 
la  planta  misma  diario  nutrimento, 
corrompióse,  i  en  vez  de  dones  tales, 
nos  trasmitió  mortífero  veneno. 
Viéronse  de  repente  señalados 
de  hedionda  lepra  los  humanos  cuerpos, 
i  las  ciudades  todas  i  los  campos 
de  deformes  cadáveres  cubiertos. 
Nó:  la  muerte  a  sus  victimas  infaustas 


poesías 

jamas  grabó  tan  horroroso  sello; 
jamas  tan  def^radados  de  su  noble 
belleza  primitiva,  descendieron 
al  oscuro  recinto  del  sepulcro, 
Humanidad,  tus  venerables  restos: 
la  tierra  las  entrañas  parecía 
con  repugnancia  abrir  para  esconderlos. 
De  la  marina  costa  a  las  ciudades, 
de  los  poblados  pasa  a  los  desiertos 
la  mortandad;  i  con  fatal  presteza, 
devora  hogares,  aniquila  pueblos. 

El  palacio  igualmente  que  la  choza 
se  ve  de  luto  fúnebre  cubierto; 
perece  con  la  madre  el  tierno  niño; 
con  el  caduco  anciano,  los  mancebos. 
Las  civiles  funciones  se  interrumpen; 
el  ciudadano  deja  los  infectos 
muros;  nad.a  se  ve,  nada  se  escucha, 
sino  terror,  tristeza,  ayes,  lamentos. 
¡Qué  de  despojos  lleva  antl  su  carro 
Tisífone!  ¡Qué  número  estupendo 
de  víctimas  arrastran  a  las  hoyas 
la  desesperación  i  el  desaliento! 
¡Cuántos  a  manos  mueren  del  mas  duro 
desamparo!  Los  nudos  mas  estrechos 
se  rompen  ya:  la  esposa  huye  al  esposo, 
el  hijo  al  padre  i  el  esclavo  al  dueño. 
¡Qué  mucho  sí  las  leyes  autorizan 
tan  dura  división!..,.  Tristes  degredos, 
hablad  vosotros;  sed  a  las  edades 
futuras  asombroso  monumento, 
del  mayor  sacrificio  que  las  leyes 
por  la  pública  dicha  prescribieron; 
vosotros,  que,  en  desorden  espantoso, 
mezclados  presentáis  helados  cuerpos, 
i  vivientes  que  luchan  con  la  Parca, 
en  cuyo  seno  oscuro,  digno  asiento 
hallaron  la  miseria  i  los  jemidos; 
mal  segura  prisión,  donde  el  esfuerzo 


A  LA  VACUNA 


humano,  encarcelar  quiso  el  contajio, 

donde  es  delito  el  santo  ministerio 

de  la  piedad,  i  culpa  el  acercarse 

a  recojer  los  últimos  alientos 

de  un  labio  moribundo,  donde  falta 

al  enfermo  infelice  hasta  el  consuelo 

de  esperar  que  a  los  huesos  de  sus  padres, 

se  junten  en  el  túmulo  sus  huesos. 

Tú  también  contemplaste  horrorizada 

de  aquella  fiera  plaga  los  efectos; 

tú,  mar  devoradora,  donde  ejercen 

la  tempestad  i  los  airados  Euros 

imperio  tan  atroz,  donde  amenaza, 

aliado  con  los  otros  tu  elemento, 

cada  instante  un  naufrajio;  entonces  diste 

nuevo  asunto  al  pavor  del  marinero; 

entonces  diste  a  la  severa  Parca 

duplicados  tributos.  De  su  seno, 

las  apestadas  naves  vomitaron 

asquerosos  cadáveres  cubiertos 

de  contajiosa  podre.  El  desamparo 

hizo  allí  mas  terrible,  mas  acerbo 

el  mortal  golpe:  en  vano  solicita 

evitar  en  la  tierra  tan  funesto 

azote  el  navegante:  en  vano  pide 

el  saludable  asilo  de  los  puertos, 

i  reclamando  va  por  todas  partes 

de  la  hospitalidad  los  santos  fueros: 

las  asustadas  costas  le  rechazan. 

Pero  corramos  finalmente  el  velo 

a  tan  tristes  objetos,  i  su  imájen 

del  polvo  del  olvido  no  saquemos, 

sino  para  que,  en  cánticos  perennes, 

bendigan  nuestros  la])ios  al  Eterno, 

que  ya  nos  ve  propicio,  i  al  gran  Cárlo.<?, 

de  sus  beneficencias  instrumento. 

Suprema  Providencia,  al  fin  llegaron 
a  tu  morada  los  llorosos  ecos 
del  hombre  consternado,  i  levantaste 


POESÍAS 

de  su  cerviz  tu  brazo  justiciero: 
admirable  i  pasmosa  en  tus  recursos, 
tú  diste  al  hombre  medicina,  hiriendo 
de  contajiosa  plaga  los  rebaños; 
tú  nos  abriste  manantiales  nuevos 
de  salud  en  las  llagas,  i  estampaste 
en  nuestra  carne  un  milagroso  sello 
que  las  negras  viruelas  respetaron. 
Gésner  es  quien  encuentra  bajo  el  techo 
de  los  pastores  tan  precioso  hallazgo. 
El  publicó  gozoso  al  universo 
la  feliz  nueva,  i  Carlos  distribuye 
a  la  tierra  la  dádiva  del  cielo. 

Carlos  manda;  i  al  punto  una  gloriosa 
expedición  difunde  en  sus  inmensos 
dominios  el  salubre  beneficio 
de  aquel  grande  i  feliz  descubrimiento. 
El  abre  de  su  erario  los  tesoros; 
i  estimulado  con  el  alto  ejemplo 
de  la  rejia  piedad,  se  vigoriza 
de  los  cuerpos  patrióticos  el  celo. 
El  escoje  ilustrados  profesores 
i  un  sabio  director,  que,  al  desempeño 
de  tan  honroso  cargo,  contribuyen 
con  sus  afanes,  luces  i  talento. 
¡Ilustre  expedición!  La  mas  ilustre 
de  cuantas  al  asombro  de  los  tiempos 
guardó  la  humanidad  reconocida; 
i  cuyos  salutíferos  efectos, 
a  la  edad  mas  remota  propagados, 
medirá  con  guarismos  el  injenio, 
cuando  pueda  del  Ponto  las  arenas, 
o  las  estrellas  numerar  del  cielo. 
Que  de  polvo  se  cubran  para  siempre 
estos  tristes  anales,  donde  advierto 
sobre  humanas  cenizas  erijidos 
de  una  bárbara  gloria  los  trofeos. 

Expedición  famosa,  tú  desluces, 


A  LA  VACUNA 


tú  sepultas  en  lóbrego  silencio 
aquellas  melancólicas  hazañas, 
que  la  ambición  i  el  fausto  sujirieron; 
tú,  mientras  que  guerreros  batallones 
en  sangre  van  sus  pasos  imprimiendo, 
i  sobre  estragos  i  ruina  corren 
a  coronarse  de  un  laurel  funesto, 
ahuyentas  a  la  Parca  de  nosotros 
a  costa  de  fatigas  i  desvelos; 
i  en  galardón  recibes  de  tus  penas 
el  llanto  agradecido  de  los  pueblos. 
Con  destrucción,  cadáveres  i  luto, 
marcan  su  infausta  huella  los  guerreros; 
i  tú,  bajo  tus  pies,  por  todas  partes, 
la  alegría  derramas  i  el  consuelo. 
A  tu  vista,  los  hórridos  sepulcros 
cierran  sus  negras  fauces;  i  sintiendo 
tus  influjos,  vivientes  nuevos  brota 
con  abundancia  inagotable  el  suelo. 
Tú,  mientras  la  ambición  cruza  las  aguas 
para  llevar  su  nombre  a  los  estremos 
de  nuestro  globo,  sin  pavor  arrostras 
la  cólera  del  mar  i  de  los  vientos, 
por  llevar  a  los  pueblos  mas  lejanos 
que  el  sol  alumbra,  los  favores  rejios, 
i  la  carga  mas  rica  nos  conduces 
que  jamas  nuestras  costas  recibieron. 
La  agricultura  ya  de  nuevos  brazos 
los  beneficios  siente,  i  a  los  bellos 
dias  del  siglo  de  oro,  nos  traslada: 
ya  no  teme  esta  tierra  que  el  comercio 
^ntrc  sus  ricos  dones  le  conduzca 
el  mayor  de  los  males  europeos; 
i  a  los  bajeles  extranjeros,  abro 
con  presuroso  júbilo  sus  puertos. 
Ya  no  temen,  en  cambio  de  sus  frutos, 
llevar  los  labradores  hasta  el  centro 
de  sus  chozas  pacificas  la  peste, 
ni  el  aire  ciudadano  les  da  miedo. 
Ya  con  seguridad  la  madre  amanto 


10  POESÍAS 

la  tierna  prole  aprieta  contra  el  pecho, 

sin  temer  que  le  roben  las  viruelas 

de  su  solicitud  el  caro  objeto. 

Ya  la  hermosura  goza  el  homenaje 

que  el  amor  le  tributa,  sin  recelo 

de  que  el  contajio  destructor,  ajando 

sus  atractivos,  le  arrebate  el  cetro. 

Reconocidos  a  tan  altas  muestras 

de  la  rejia  bondad,  nuestros  acentos 

de  gratitud  a  los  remotos  dias 

de  la  posteridad  trasmitiremos. 

Entonces,  cuando  el  viejo  a  quien  agobia 

el  peso  de  la  edad  pinte  a  sus  nietos 

aquel  terrible  mal  de  las  viruelas, 

i  en  su  frente  arrugada,  muestre  impresos 

con  señal  indeleble  los  estragos  " 

de  tan  fiero  contajio,  dirán  ellos: 

«Las  viruelas,  cuyo  solo  nombre 

con  tanto  horror  pronuncias,  ¿que  se  han  hecho?» 

I  le  responderá  con  las  mejillas 

inundadas  en  lágrimas  de  afecto: 

«Carlos  el  Bienhechor,  aquella  plaga 

desterró  para  siempre  de  sus  pueblos.» 

¡Sí,  Carlos  Bienhechor!  Este  es  el  nombre 

con  que  ha  de  conocerte  el  universo, 

el  que  te  da  Caracas,  i  el  que  un  di  a 

sancionará  la  humanidad  i  el  tiempo. 

De  nuestro  labio,  acéptale  gustoso 

con  la  expresión  unánime  que  hacemos 

a  tu  persona  i  a  la  augusta  Luisa 

de  eterna  fe,  de  amor  i  rendimiento. 

I  tú  que  del  ejército  dispones 

en  admirables  leyes  el  arreglo, 

i  el  complicado  cuerpo  organizando 

de  la  milicia,  adquieres  noml)re  eterno; 

tú,  por  quien  de  la  paz  los  beneficios 

disfruta  alegre  el  español  imperio, 

i  a  cuya  frente  vencedora,  honroso 

lauro  los  cuerpos  lusitanos  dieron; 

tú,  que,  teniendo  ya  derechos  tantos 


A  LA  VACUNA  1 1 


a  nuestro  amor,  al  público  respeto 
i  a  la  futura  admiración,  añades 
a  tu  gloriosa  fama  timbres  nuevos, 
protejiendo,  animando  la  perpetua 
propagación  de  aquel  descubrimiento, 
grande  i  sabio  Godoi,  tú  también  tienes 
un  lugar  distinguido  en  nuestro  pecho. 
I  a  ti,  Bálmis,  a  ti  que,  abandonando 
el  clima  patrio,  vienes  como  jenio, 
tutelar,  de  salud,  sobre  tus  pasos, 
una  vital  semilla  difundiendo, 
¿(juó  recompensa  mas  preciosa  i  dulce 
podemos  darte?  ¿Qué  mas  digno  premio 
a  tus  nobles  tareas  que  la  tierna 
aclamación  de  agradecidos  pueblos 
que  a  ti  se  precipitan?  ¡Oh,  cuál  suena 
en  sus  bocas  tu  nombre!...  ¡Quiera  el  cielo, 
de  cuyas  gracias  eres  a  los  hombres 
dispensador,  cumplir  tan  justos  ruegos; 
tus  años  igualar  a  tantas  vidas, 
como  a  la  Parca,  roban  tus  desvelos; 
i  sobre  ti  sus  bienes  derramando 
con  largueza,  colmar  nuestros  deseos! 


VENEZUELA  CONSOLADA 


PERSONAS 

VENEZUELA — EL  TIEMPO — NEPTUNO 

El  teatro  representa  un  bosque  de  árboles  del  país. 


ESCENA  PRIMERA 
Venezuela  aparece  en  actitud  de  tristeza. 

VENEZUELA 

Errante  pasajero, 
dime  ¿en  qué  triste  sitio 
contemplaron  tus  ojos 
un  dolor  semejante  al  dolor  mió? 

Tú,  que  en  mejores  dias 
viste  el  hermoso  brillo 
con  que  Naturaleza 
ostentó  su  poder  en  mis  dominios, 

Hoi  a  los  dolorosos 
acentos  con  que  explico 
al  universo  todo 
mis  desventuras,  une  tus  jemidos... 

Afor+;Unados  dias 
de  gozo  i  regocijo, 
estación  de  abundancia, 
alegre  imájen  del  dorado  siglo, 


VENEZUELA  CONSOLADA  13 


¡Qué  pronto  en  noche  oscura 
os  habéis  convertido! 
¡Qué  tenebroso  sombra 
sucede  a  vuestro  lustre  primitivo! 


ESCENA  II 

Dicha,  el  Tiempo. 
EL  TIEMPO 

Desusados  clamores 
en  el  feliz  recinto 
de  Venezuela  escucho: 
antes  todo  era  cánticos  festivos; 

Mas  ya  no  se  percibe 
el  acorde  sonido 
de  gratos  instrumentos, 
ni  de  danzas  alegres  el  bullicio. 

Por  todas  partes,  oigo 
solo  quejosos  gritos 
i  lastimeros  ayes; 
pavor,  tristeza,  anuncia  cuanto  miro. 

Deliciosas  provincias, 
frondoso  i  verde  hospicio 
de  la  rica  Amaltea, 
¿qué  se  hicieron,  decidme,  los  corrillos 

De  zagalas,  alcores 
de  pastores  festivos, 
que  hacian  a  la  tierra 
envidiar  vuestro  júbilo  continuo? 

Pero  sobre  la  alfombra 
de  este  prado  mullido, 
a  Venezuela  misma, 
si  no  me  engaña  la  aprehensión,  diviso. 

Venezuela  es  sin  duda... 
i  su  rostro  abatido, 
sus  inmóviles  ojos 
de  profunda  tristeza  dan  indicios. 


l'i  POESÍAS 

Diosa  de  estos  confines, 
¿qué  funestos  motivos 
a  tan  fatal  extremo 
de  aflicción  i  dolor  te  han  compelido? 

¿No  eres  tú  Venezuela? 
¿Falta  acaso  a  tus  hijos 
del  español  monarca 
la  amorosa  tutela  i  patrocinio? 

VENEZUELA 

Si  por  ventura  guardas 
¡uh  Tiempo!  en  tus  archivos 
la  historia  de.  infortunios 
que  puedan  compararse  con  los  mios; 

Si  tan  lúgubre  escena 
vieron  jamas  los  siglos, 
condena  entonces,  Tiempo, 
el  extremo  de  angustia  en  que  me  miro- 
Las  atroces  viruelas, 
azote  vengativo 
de  los  cielos  airados, 
ejercen  su  furor  sobre  mis  hijos. 

La  atmósfera  preñada 
de  vapores  malignos, 
propaga  a  todas  partes 
con  presteza  terrible  el  exterminio. 

En  las  casas  i  calles, 
i  sobre  el  sacro  quicio 
de  los  templos,  so  miran 
cadáveres  sin  número  esparcidos. 

Del  enfermo  i n felice, 
huyen  despavoridos 
cuantos  en  su  semblante 
ven  de  la  peste  el  negro  distintivo. 

¡Qué  lúgubres  objetos! 
Aquél  deja  al  recinto 
de  sus  lares  impuros 
una  familia,  i  busca  en  los  pajizos 


VENEZUELA  CONSOLADA  15 


Campesinos  albergues 
un  saludable  a.silü; 
mas  allá,  separado 
del  seno  de  la  madre  el  tierno  niño, 

I  al  degredo  por  manos 
extrañas  conducido, 
el  maternal  socorro 
implora  en  vano  con  agudos  gritos. 

Afluí  espira  el  anciano 
sin  el  pequeño  alivio 
de  que  cierre  si([uicra 
sus  fallecientes  párpados  el  hijo. 

Allí  noto  que  arrojan 
al  hoyo  confundidos 
en  espantosa  mezcla 
con  cadáveres  yertos  cueri>os  vivos. 

Pues  ¿cómo,  cuando  escenas 
tan  tristes  examino, 
te  admiras  do  que  acuda 
llanto  a  los  ojos  i  a  la  voz  quejido? 

EL  TIEMPO 

No,  Venezuela,  nunca 
mas  fundado  motivo 
las  lágrimas  tuvieron, 
que  el  (jue  tienen  las  tuyas:  desde  el  sitio 

De  brillantez  i  gloria 
a  que  los  beneficios 
del  trono  te  ensalzaron, 
hoi  te  despeña  al  mas  profundo  abismo 

De  horrores  i  miserias, 
ese  contajio  impío 
que  tus  hijos  devora, 
esas  viruelas  cuyo  agudo  filo 

Por  todas  partes  lleva 
el  luto,  el  exterminio, 
i  en  soledades  vastas 
deja  tus  territorios  convertidoB. 


i  6  poesías 

Llora,  pues,  tu  miseria, 
llora  tu  lustre  antiguo 
i  tus  pasadas  glorias, 
de  que  estaba  envidioso  el  cielo  mismo. 

Laméntate  en  buen  hora; 
a  tu  dolor  crecido, 
Venezuela,  no  puedo 
yo  mismo,  siendo  el  Tiempo,  dar  alivio, 

I  así....  Pero  ¿qué  escucho? 

(Se  oye  música  alegre.) 

VENEZUELA 

¿Sueño,  cielos? 

EL  TIEMPO 

¿Deliro? 

VENEZUELA 

¿No  siento  alegres  voces? 

EL  TIEMPO 

¿Regocijados  sones  no  percibo? 

CORO 

Recobra  tu  alegría,  Venezuela, 
pues  en  tu  dicha  el  cuarto  Carlos  vela. 

UNA  voz 

¡A  las  próbidas  leyes 
del  mejor  de  los  reyes 
debías  la  riqueza,  la  cultura, 
la  paz  apetecida! 

Hoi  la  salud,  la  vida, 
dádivas  son  también  de  su  ternura. 


VENEZUELA  CONSOLADA  17 


CORO 

Recobra  tu  alegría,  Venezuela, 
pues  en  tu  dicha  el  cuarto  Carlos  vela. 

VENEZUELA 

¿No  sabremos  decir  de  dónde  vienen 
tan  gozosos  acentos? 

EL  TIEMPO 

Apartando 
los  enramados  árboles,  camina 
hacia  nosotros,  con  lijero  paso, 
un  incógnito  numen.  Su  cabello 
húmedas  gotas  vierte,  i  coronado 
está  de  algas  marinas;  pero  juzgo 
reconocerle  ya,  pues  en  las  manos 
conduce  el  gran  tridente. 

ESCENA  III 

Dichos,  Ncptuno. 
NEPTUNO 

.    Mí  venida 
es  a  daros  consuelo.  Cese  el  llanto. 
La  queja  interrumpid.  Yo  soi  el  numen 
a  quien  presta  obediencia  el  mar  salado; 
Neptuno  soi,  que.... 
/ 

VENEZUELA  (COTI  espatlto.) 

Veto  do  mis  ojos; 
para  siempre,  retírate.  El  amargo 
conflicto  en  que  me  miras,  ¿do  quién  vino, 
sino  do  ti?  Mi  doloroso  estado 

POESÍAS  3 


18  POESÍAS 

otra  causa  no  tiene  que  tú  solo; 

al  dulce  abrigo  del  monarca  hispano, 

venturosa  i  pacifica  vivia, 

las  plagas  i  los  males  ignorando 

que  al  resto  de  la  tierra  desolaban. 

Su  nombre  augusto  en  inmortales  cantos 

bendecir,  celebrar  sus  beneficios, 

era  la  ocupación,  era  el  cuidado 

que  el  cielo  me  imponia.  Los  favores 

gozaba  alegre  de  su  rejia  mano, 

cuando  en  infaustas  naves  me  trajiste 

de  las  viruelas  el  atroz  contajio. 

¿Cómo  pretendes,  pues,  que  Venezuela 

sin  turbación  te  mire  i  sin  espanto? 

líEPTUNO 

Tus  lágrimas  enjuga,  Venezuela: 
los  cielos  de  tu  pena  se  apiadaron: 
ya  no  verás  a  tus  dichosos  hijos 
con  tan  horrenda  plaga  señalados; 
ya  Carlos  de  tus  pueblos  la  destierra 
para  siempre. 

VENEZUELA 

¡Qué  dices!  ¿Puede  acaso 
el  humano  poder?.... 

NEPTUNO 

Escucha  atenta 
los  beneficios  de  tu  augusto  Carlos. 
I  tú,  Tiempo,  conserva  en  tus  archivos 
para  siempre  el  mas  grande  i  señalado 
suceso  que  jamas  vieron  los  siglos 
desde  que  su  carrera  comenzaron. 
En  la  fértil  provincia  de  Gloccster, 
a  la  orilla  del  Támesis  britano, 
aparecieron  de  repente  heridos 


VENEZUELA  CONSOLADA  ft 


do  contajiosa  plaga  los  rebaños. 
A  los  cuerpos  pasó  de  los  pastores 
x¡\  nuevo  mal;  i  cuando  los  humanos 
el  número  juzgaban  de  las  pestes 
por  la  divina  cólera  aumentado, 
notaron  con  asombro  que  venía 
en  aquel  salutífero  contajio 
encubierto  un  feliz  preservativo 
que  las  negras  viruelas  respetaron. 
Gésner  tuvo  la  dicha  de  observarle; 
i  do  su  territorio  en  pocos  años, 
desterró  felizmente  las  viruelas, 
el  contajio  vacuno  propagando. 
¿Qué  acojida  imajinas  que  daria 
la  ternura  benévola  de  Carlos 
al  gran  descubrimiento  que  liberta 
a  sus  queridos  pueblos  del  estrago 
de  las  negras  viruelas?  Al  momento 
escojo  profesores  ilustrados 
i  un  sabio  director  cuyas  fatigas 
llevan  hasta  los  puertos  mas  lejanos 
de  sus  dominios  el  precioso  fluido 
que  de  viruela  libra  a  los  humanos. 
Sí,  Venezuela;  alégrate;  tus  playas 
reciben  hoi  el  venturoso  hallazgo 
de  Gésner,  que  te  envía,  como  muestra 
de  su  rejia  bondad,  tu  soberano. 
Hallazgo  que  lüs  hijos  te  asegura, 
que  de  vivientes  llena  los  poblados, 
quo  libra  de  temores  la  belleza; 
i,  dando  a  la  cultura  nuevos  brazos 
para  que  en  tus  confines  amanezcan 
días  alegres,  puros,  sin  nublados, 
el  gozo  te  dará  con  la  abundancia, 
i  la  felicidad  con  el  descanso. 

VENEZUELA 

¡Oh  gran  Dios!  ¿Con  que  al  fin  las  tristes  quejas 
de  Venezuela  a  tu  mansión  llegaron? 


^0  POESÍAS 

¿Con  quo  nos  miras  ya  compadecido? 

Al  Eterno  cantad  regocijados 

himnos,  ¡olí  pueblos!  que  debéis  la  vida 

i  la  salud  a  su  potente  brazo: 

que  resuene  su  nombre  en  las  eternas 

bóvedas;  i  después  que  el  holocausto 

do  gratitud  ante  su  trono  excelso 

hayáis  humildemente  tributado, 

haced  también  sinceras  espresiones 

de  reconocimiento  al  soberano. 

Del  mas  cumplido  gozo  dad  señales, 

i  publicad  en  otro  alegre  canto 

ia  gran  ventura  do  que  sois  deudores 

a  su  paterno,  cuidadoso  amparo. 

EL    TIEMPO 

¿I  nosotros  qué  hacemos,  que  en  tal  día 
todos  nuestros  esfuerzos  no  juntamos 
para  solemnizar  el  beneficio 
que  recibe  este  pueblo  de  sus  manos? 
A  ti,  Neptuno,  el  cetro  de  los  mares 
los  supremos  destinos  entregaron. 
Pomona  enriqueció  de  bellos  frutos, 
Venezuela,  tu  clima  afortunado; 
i  yo,  que  soi  el  Tiempo,  a  mi  capricho 
rijo  las  estaciones  i  los  años. 
¿Por  qué,  nuestras  funciones  reuniendo, 
suceso  tan  feliz  no  celebramos? 

NEPTUNO 

Tienes  razón:  aguarda.  Roncos  vientos 
que  subleváis  con  vuestro  soplo  airado 
las  bramadoras  ondas,  tempestades, 
furiosos  huracanes,  sosegaos, 
i  en  el  imperio  todo  de  las  aguas, 
la  dulce  calma  reine  i  el  descanso: 
respetad  este  dia  venturoso; 
i  donde  quiera  que  miréis  las  naos 


VENEZUELA  CONSOLADA  2! 

de  la  dichosa  expedición  que  trae 

tantos  bienes  al  suelo  americano, 

callad  i  respetadla. —  Habitadoras 
de  los  marinos,  húmedos  palacios, 
rubias  Nereidas,  que  de  frescas  ovas 
lleváis  vuestro  cabello  coronado, 
formad  alegres  danzas;  i  vosotras, 
blancas  Sirenas,  que  adormís  cantando 
al  navegante,  haciendo  que  le  sea 
grato  el  morir,  dulcísimo  el  naufrajio, 
entonad  himnos  nuevos,  i  acompañen 
los  roncos  caracoles  vuestro  canto, 
los  móviles  Tritones  difundiendo 
alegres  ecos  por  el  vasto  espacio. 

CORO  DE  NEREIDAS 

El  reino  de  Anfitrite 
con  júbilo  repite 
el  nombre  siempre  amado 
de  Carlos  Bienhechor. 

CORO  DE  TRITONES 

I  luego  que  le  escucha 
se  aplaca  el  Ponto  undoso, 
i  el  austro  proceloso 
refrena  su  furor. 

EL  TIEMPO 

Yo  de  notables  hechos  la  memoria 
a  las  edades  venideras  guardo, 
i  fama  do  i  gloriosa  al  buen  monarca, 
al  gran  guerrero  i  al  ministro  sabio; 
mas  a  los  beneficios  distinguidos 
que  la  suerte  del  hombre  mejoraron, 
doi  un  lugar  brillante  en  mis  anales, 
i  en  inmortalizarlos  me  complazco. 
Por  mí  suena  en  la  tierra  todavía 


22  POESÍAS 

el  nombre  de  los  Titos  i  Trajanos, 
i  sonará  mientras  de  blandas  fibras 
tenga  el  hombre  su  pecho  organizado. 
Yo  daré,  pues,  a  tu  feliz  memoria, 
Carlos  augusto,  un  eminente  rango; 
i  al  lado  de  las  tuyas  las  acciones 
de  los  Césares,  Pirros  i  Alejandros, 
quedarán  para  siempre  oscurecidas.... 
Siglos  futuros,  a  vosotros  llamo: 
salid  del  hondo  seno  en  que  os  oculta 
a  la  penetración  de  los  humanos 
el  velo  del  deslino;  i  a  presencia 
de  Venezuela,  pronunciad  los  cantos 
con  que  haréis  resonar  en  algún  tiempo 
el  claro  nombre  del  augusto  Carlos, 
Celebre  con  eterna 

aclamación  el  hombre 

el  siempre  claro  nombre 

de  Carlos  Bienhechor. 
Jamas  el  merecido 

título  que  le  damos 

sepulte  en  el  olvido 

el  tiempo  destructor. 

I  yo  que  el  testimonio  mas  brillante 
debo  hacer  de  ternura  al  soberano, 
¿qué  mejor  alabanza  puedo  darle, 
qué  monumento  mas  precioso  i  grato 
levantar  a  sus  ojos,  que  su  nombre 
con  indelebles  letras  estampado 
en  los  amantes  pechos  de  mis  hijos? 
Si,  yo  te  ofrezco,  yo  te  juro.  Garlos, 
que  guardarán  los  pueblos  tu  memoria, 
mientras  peces  abrigue  el  mar  salado-, 
cuadrúpedos  la  tierra,  aves  el  aire, 
i  el  firmamento  luminosos  astros. 
Yo  te  ofrezco  cubrir  estos  dominios 
de  celosos  i  dóciles  vasallos, 


VENEZUELA  CONSOLADA  23 

que  funden  su  ventura  i  su  alegría 
en  prestar  obediencia  a  tus  mandatos. 
Te  ofrezco  derramar  sobre  estos  pueblos, 
que  tus  leyes  respetan  prosternados, 
fecundidad,  riqueza  i  lozanía, 
dorados  frutos,  nutritivos  granos. 
Yo  te  juro  también  que  con  perenne 
aclamación  repetirán  sus  labios: 
«¡Viva  el  digno  monarca  que  nos  libra 
de  las  viruelas!  ¡Viva  el  cuarto  Carlos!» 
Hombre,  mujer,  infante, 

todo  mortal  que  pise 

estos  confines,  canto 

a  Carlos  Dienhechor. 
Publique  Venezuela 

que  quien  do  nuestro  clima 

lanzó  la  atroz  viruela, 

fué  su  paterno  amor.  (Se  repite.) 


í 


ÉGLOGA 


IMITACIÓN  DE  VIRJILIO 

Tírsis,  habitador  del  Tajó  umbrío, 
con  el  mas  vivo  fuego  a  Clori  amaba; 
a  Clori,  que,  con  rústico  desvío, 
las  tiernas  ansias  del  pastor  pagaba. 
La  verde  márjen  del  ameno  rio, 
talvez  buscando  alivio,  visitaba; 
i  a  la  distante  causa  de  sus  males, 
desesperado  enviaba  quejas  tales: 

«No  huye  tanto,  pastora,  el  corderillo 
del  tigre  atroz,  como  de  mí  te  alejas, 
ni  teme  tanto  al  buitre  el  pajarillo, 
ni  tanto  al  voraz  lobo  las  ovejas. 
La  fe  no  estimas  de  un  amor  sencillo, 
ni  siquiera,  inhumana,  oyes  mis  quejas: 
por  ti  olvido  las  rústicas  labores, 
por  ti  fábula  soi  de  los  pastores. 

aAl  cabo,  al  cabo,  Clori,  tu  obstinada 
ingratitud  me  causará  la  muerte: 
mi  historia  en  esos  árboles  grabada 
dirá  entonces  que  muero  por  quererte: 
tantos  de  quienes  eres  adorada 
leerán  con  pavor  mi  triste  suerte: 
nadie  entonces  querrá  decirte  amores, 
i  execrarán  tu  nombre  los  pastores. 


ÉGLOGA  25 

«Ya  la  sombra  del  bosque  entrelazado 
los  animales  mismos  apetecen; 

bajo  el  césped  que  tapiza  el  prado, 
los  pintados  lagartos  se  guarecen. 
Si  afecta  las  dehesas  el  ganado, 
si  la  viña  los  pájaros  guarnecen, 
yo  solo,  por  seguir  mi  bien  esquivo, 
sufro  el  rigor  del  alto  can  estivo. 

«Tú  mi  amor  menosprecias  insensata, 
i  no  falta  pastora  en  esta  aldea 
que,  si  el  nudo  en  que  jimo,  un  dios  desata, 
con  Tírsis  venturosa  no  se  crea. 
¿No  me  fuera  mejor,  di,  ninfa  ingrata, 
mis  obsequios  rendir  a  Galatea, 
o  .admitir  los  halagos  de  Tirrena, 
aunque  rosada  tú,  i  ella  morena? 

«¿Acaso,  hermosa  Clori,  la  nevada 
blancura  de  tu  tez  te  ensoberbece? 
El  color,  como  rosa  delicada, 
a  la  menor  injuria  se  amortece. 
La  pálida  violeta  es  apreciada, 
i  lánguido  el  jazmin  talvez  fallece, 
ein  que  del  ramo,  que  adornaba  ufano, 
las  ninfas  lo  desprendan  con  su  mano. 

«Mi  amor  i  tu  belleza  maldecía, 
tendido  una  ocasión  sobre  la  arena, 
i  Tirrena,  que  acaso  me  veia, 
— ¡oh  Venus,  dijo,  do  injusticias  llena; 
lejos  de  unir  las  almas,  diosa  impía, 
las  divide  i  separa  tu  cadena!.... 
Do  Clori  sufres  tú  las  esquiveces, 
i  yo  te  adoro  a  ti  que  me  aborreces. — 

«¡Ahí  No  sé  por  qué  causa  amor  tan  fino 
puedo  ser  a  tus  ojos  tan  odioso; 
cualquier  pastor,  cuando  el  rabel  afino, 
escucha  mia  tonadas  envidioso. 

4 


26  poesías 

¿No  cubre  estas  praderas  de  contino 
mi  candido  rebaño  numeroso? 
¿Acaso  en  julio,  o  en  el  crudo  invierno, 
me  falta  fruto  sazonado  i  tierno? 

«Ni  tampoco  es  horrible  mi  figura, 
si  no  me  engaño  al  verme  retratado 
en  el  cristal  de  esa  corriente  pura; 
i  a  fe  que  a  ese  pastor  afortunado 
que  supo  dominar  alma  tan  dura, 
si  a  competir  conmigo  fuese  osado, 
en  jentileza,  talle  i  bizarría, 
siendo  tú  misma  juez,  le  excedería. 

«Ven  a  vivir  conmigo,  ninfa  hermosa; 
¡ven!  mira  las  Dríadas,  que  te  ofrecen 
en  canastos  la  esencia  de  la  rosa, 
i  para  ti  los  campos  enriquecen. 
Para  ti  sola  guardo  la  abundosa 
copia  de  frutos  que  en  mi  huerto  crecen; 
para  ti  sola  el  verde  suelo  pinto 
con  el  clavel,  la  viola  i  el  jacinto. 

«Acuérdate  del  tiempo  en  que  solias, 
cuando  niña,  venir  a  mi  cercado, 
i  las  tiernas  manzanas  me  pedias 
aun  cubiertas  del  vello  delicado. 
Desde  la  tierra  entonces  no  podias 
alcanzar  el  racimo  colorado; 
i  después  que  tus  medios  apurabas, 
mi  socorro  solícita  implorabas. 

«Entonces  era  yo  vuestro  caudillo, 
mi  tercer  lustro  apenas  comenzado, 
sobresaliendo  en  el  pueril  corrillo, 
como  en  la  alfombra  del  ameno  prado 
descuella  entre  las  yerbas  el  tomillo. 
Desde  entonces  Amor,  Amor  malvado, 
me  asestaste  traidor  la  flecha  impía 
que  me  atormenta  i  hiere  noche  i  dia. 


ÉGLOGA 

«;Ah!  Tú  no  sabes,  Clori,  qué  escarmiento 
guarda  Jove  al  mortal  ingrato  i  duro: 
hai  destinado  solo  a  su  tormento 
en  el  lóbrego  Averno  un  antro  oscuro: 
en  su  carne  cebado,  un  buitre  hambriento 
le  despedaza  con  el  pico  impuro, 
i  el  corazón  viviente  devorado 
padece  a  cada  instante  renovado. 

«Mas,  ¡ai  de  mí!  quo  en  vano,  en  vano  envió 
a  la  inhumana  mi  doliente  acento. 
¿Qué  delirio,  qué  sueño  es  este  mió? 
Prender  quise  la  sombra,  atar  el  viento, 
seguir  el  humo  i  detener  el  rio. 
I  mientras  lo  imposible  loco  intento, 
tengo  en  casa  la  vid  medio  podada, 
i  en  el  bosque  la  grei  abandonada. 

«¿Qué  fruto  saco  de  elevar  al  cielo 
esta  continua  lúgubre  querella? 
Ni  encender  puedo  un  corazón  do  hielo, 
ni  torcer  el  influjo  do  mi  estrella. 
Si  Clori  desestima  mi  desvelo, 
sabrá  premiarle  otra  pastora  bella. 
Ya  baja  el  sol  al  occidente  frió; 
vuelve,  vuelve  al  redil,  ganado  mio.B 


A  UN  SAMAN 


Árbol  bello,  ¿quién  te  trajo 
a  estas  campiñas  risueñas 
que  con  tu  copa  decoras 
i  tu  sombra  placentera? 
Dicen  que  el  dulce  Dalmiro, 
Dalmiro  aquel  que  las  selvas 
i  de  estos  campos  los  hijos 
no  sin  lágrimas  recuerdan, 
compró  de  un  agreste  joven 
tu  amenazada  existencia: 
en  este  alcor,  estos  valles, 
viva  su  memoria  eterna. 
Del  huérfano  desvalido, 
de  la  infeliz  zagaleja, 
del  menesteroso  anciano 
él  consolaba  las  penas. 
Extiende,  saman,  tus  ramas 
sin  temor  al  hado  fiero, 
i  que  tu  sombra  amigable 
al  caminante  proteja. 
Ya  vendrán  otras  edades 
que  mas  lozano  te  vean, 
i  otros  pastores  i  otros 
que  huyan  cual  sombra  lijera; 
mas  del  virtuoso  Dalmiro 
el  dulce  nombre  conserva, 


A  UN  SAMAN  29 


i  dilo  a  los  que  pisaren 
estas  hermosas  riberas. 
Di,  ¿de  tu  jigante  padre, 
que  en  otros  campos  se  eleva, 
testigo  que  el  tiempo  guarda 
de  mil  historias  funestas, 
viste  en  el  vallo  la  copa 
desafiando  las  tormentas? 
¿Los  caros  nombres  acaso 
de  los  zagales  conservas 
que  en  siglos  de  paz  dichosos 
poblaron  estas  riberas, 
i  que  la  horrorosa  muerto, 
extendiendo  el  ala  inmensa, 
a  las  cabanas  robara 
que  dejó  su  aliento  yermas?... 
Contempló  tu  padre  un  día 
las  envidiables  escenas: 
violas  en  luto  tornadas, 
tintas  en  sangre  las  vegas: 
desde  entonces  solitario 
en  sitio  apartado  reina, 
do  la  laguna  distante 
que  baña  el  pió  de  Valencia. 
Agradábale  en  las  aguas 
ver  flotar  su  sombra  bella, 
mientras  besaban  su  planta 
al  jugar  por  las  praderas. 
Del  puro  Catuche  al  márjen, 
propicios  los  cielos  quieran 
que,  mas  felice,  no  escuches 
tristes  lamentos  do  guerra; 
antes,  de  alegres  zagales 
las  canciones  placenteras, 
i  cuando  mas  sus  suspiros 
i  sus  celosas  querellas. 


'CCCOÍKT  J^ 


A  LA  NAVE 


ODA  IMITADA  DE  LA  DE  HORACIO  O  navis,  referente 


¿Qué  nuevas  esperanzas 
al  mar  te  llevan?  Torna, 
torna,  atrevida  nave, 
a  la  nativa  costa. 

Aun  ves  de  la  pasada 
tormenta  mil  memorias, 
¿i  ya  a  correr  fortuna 
segunda  vez  te  arrojas? 

Sembrada  está  de  sirtes 
aleves  tu  derrota, 
do  tarde  los  peligros 
avisará  la  sonda. 

¡Ah!  Vuelve,  que  aun  es  tiempo, 
mientras  el  mar  las  conchas 
de  la  ribera  halaga 
con  apacibles  olas. 

Presto,  erizando  cerros, 
vendrá  a  batir  las  rocas, 
i  náufragas  reliquias 
hará  a  Neptuno  alfombra. 


A  LA  NAVE  31 

De  flámulas  de  soda 
la  presumida  pompa 
no  arredra  los  insultos 
de  tempestad  sonora. 

¿Qué  valen  contra  el  Euro, 
tirano  de  las  ondas, 
las  barras  i  leones 
de  tu  donida  popa? 

¿Que  tu  nombro,  famoso 
en  reinos  do  la  aurora, 
i  donde  al  sol  recibo 
su  cristalina  alcoba? 

Ayer  por  estas  aguas, 
segura  de  sí  propia, 
desafiaba  al  viento 
otra  arrogante  proa; 

I  ya  padrón  infausto 
que  al  navegante  asombra, 
en  un  desnudo  escollo, 
está  cubierta  de  ovas. 

¡Qué!  ¿No  me  oyes?  ¿El  rumbo 
no  tuerces?  ¿Orgullosa 
descojes  nuevas  velas, 
i  sin  pavor  te  engolfas? 

¿No  ves,  ¡oh  malhadada! 
que  ya  el  ciclo  so  entolda, 
i  las  nubes  bramando 
relámpagos  abortan? 

¿No  ves  la  espuma  cana 
que  hinchada  se  alborota, 
ni  el  vendaval  le  asusta 
que  silba  en  las  maromas? 


32  poesías 

¡Vuelve,  objeto  querido 
de  mi  inquietud  ansiosa; 
vuelve  a  la  amiga  playa, 
antes  que  el  sol  se  esconda! 


MIS  DESEOS 


Ihc  eral  in  votis, 

¿Sabes,  rubia,  qué  gracia  solicito 
cuando  de  ofrendas  cubro  los  altares? 
No  ricos  muebles,  no  soberbios  lares, 
ni  una  mesa  que  adule  al  apetito. 

De  Aragua  a  las  orillas  un  distrito 
que  me  tribute  fáciles  manjares, 
do  vecino  a  mis  rústicos  hogares 
entre  peñascos  corra  un  arroyito. 

Para  acojerme  en  el  calor  estivo, 
que  tenga  una  arboleda  también  quiero, 
do  crezca  junto  al  sauce  el  coco  altivo. 

¡Felice  yo  si  en  eáto  albergue  muero; 
i  al  exhalar  mi  aliento  fujitivo, 
sello  en  tus  labios  el  adiós  postrero! 


poesías 


A  UNA  ARTISTA 


Nunca  mas  bella  iluminó  la  aurora 
de  los  montes  el  ápice  eminente, 
ni  el  aura  suspiró  mas  blandamente, 
ni  mas  rica  esmaltó  los  campos  Flora. 

Cuanta  riqueza  i  galas  atesora, 
hoi  la  Naturaleza  hace  patente, 
tributando  homenaje  reverente 
a  la  deidad  que  el  corazón  adora. 

¿Quién  no  escucha  la  célica  armonía 
que  con  alegre  estrépito  resuena 
del  abrasado  sur  al  frió  norte? 

¡Oh  Juana!  gritan  todos  a  porfía: 
jamas  la  Parca  triste,  de  ira  llena, 
de  tu  preciosa  vida  el  hilo  corte. 


A  LA  VICTORIA  DE  BAILEN 


Rompe  el  león  soberbio  la  cadena 
con  que  atarlo  pensó  la  felonía, 
i  sacude  con  noble  bizarría 
Bobrc  el  robusto  cuello  la  melena: 

La  espuma  del  furor  sus  labios  llena, 
i  a  los  rujidos  que  indignado  envía, 
el  tigre  tiembla  en  la  caverna  umbría, 
i  lodo  el  bosque  atónito  resuena. 

El  león  despertó;  temblad,  traidores! 
lo  que  vejez  creísteis,  fué  descanso; 
las  juveniles  fuerzas  guarda  enteras. 

Perseguid,  alevosos  cazadores, 
a  la  tímida  liebre,  al  ciervo  manso; 
¡no  insultéis  al  monarca  de  las  fieras! 


RECUERDO 


Tiempo  fué  en  que  la  dulce  Poesía 
el  eco  de  mi  voz  hermoseaba, 
i  amor,  -virtud  i  libertad  cantaba 
entre  los  brazos  de  la  amada  mía; 

Ella  mis  versos  con  placer  oia, 
con  sus  tiernas  caricias  me  pagaba; 
i  al  puro  beso  que  mi  frente  hollaba, 
mui  mas  sublime  inspiración  seguía. 

¡Vano  recuerdo!  En  mi  destierro  triste, 
me  deja  Apolo;  i  de  mi  mustia  frente, 
el  sacro  fuego  i  su  esplendor  retira. 


¡Adiós,  oh  Musa,  que  mi  encanto  fuiste! 
¡Adiós,  amiga  de  mi  edad  ardiente! 
La  mano  del  dolor  quebró  mi  lira. 


DIOS  ME  TENGA  EN  GLORIA 


A   LA   FALSA   NOTICIA    DE   LA   MUERTE   DE   MAC-GREGOR 


Lleno  de  susto  un  pobre  cabecilla 
leyendo  estaba  en  oficial  gaceta, 
cómo  ya  no  hai  lugar  que  no  someta 
el  poder  invencible  de  Castilla. 

De  insurjentes  no  queda  ni  semilla; 
a  todos  destripó  la  bayoneta, 
i  el  funesto  catálogo  completa 
su  propio  nombre  en  letra  bastardilla. 

De  cómo  fué  batido,  preso  i  muerto, 
i  cómo  me  le  hicieron  picadillo, 
dos  i  tres  veces  repasó  la  historia; 

Tanto,  que,  al  fin,  teniéndolo  por  cierto, 
exclamó  compunjido  el  pobrecillo: 
— ¿Con  que  es  así? — Pues  Dios  me  tenga  en  gloria. 


ALOCUCIÓN  A  LA  POESL\ 


FRAGMENTOS    DE    UN    POEMA    TITULADO    «AMÉRICA» 


Divina  Poesía, 
tú  dé  la  soledad  habitadora, 
a  consultar  tus  cantos  enseñada 
con  el  silencio  de  la  selva  umbría, 
tú  a  quien  la  verde  gruta  fué  morada, 
i  el  eco  de  los  montes  compañía: 
tiempo  es  que  dejes  ya  la  culta  Europa, 
que  tu  nativa  rustiquen  desama, 
i  dirijas  el  vuelo  adonde  te  al)re 
el  mundo  de  Colon  su  grande  escena. 
También  propicio  allí  respeta  el  cielo 
la  siempre  verde  rama 
con  que  al  valor  coronas ^ 
también  allí  la  florecida  vega, 
el  bosque  enmarañado,  el  sesgo  rio, 
colores  mil  a  tus  pinceles  brindan; 
i  Céfiro  revuela  entre  las  rosas; 
i  fúljidas  estrellas 
tachonan  la  carroza  do  la  noche; 
i  el  rei  del  cielo  entre  cortinas  bellas 


ALOCUCIÓN  A  LA  POESÍA  39 

de  nacaradas  nubes  se  levanta; 

i  la  avecilla  en  no  aprendidos  tonos 

con  dulce  pico  endechas  de  amor  canta. 

¿Qué  a  ti,  silvestre  ninfa,  con  las  pompas 
de  dorados  alcázares  reales? 
¿\  tributar  también  inls  en  ellos, 
en  medio  de  la  turba  cortesana, 
el  torpe  incienso  de  servil  lisonja? 
No  tal  te  vieron  tus  mas  bellos  dias, 
cuando  en  la  infancia  de  la  jente  humana, 
maestra  de  los  pueblos  i  los  reyes, 
cantaste  al  mundo  las  primeras  leyes. 
No  te  detenga,  oh  diosa, 
esta  rejion  de  luz  i  de  miseria, 
en  donde  tu  ambiciosa 
rival  Filosofía, 

que  la  virtud  a  cálculo  sonTOe, 
de  los  mortales  te  ha  usurpado  el  culto: 
donde  la  coronada  hidra  amenaza 
traer  de  nuevo  al  pensamiento  esclavo 
la  antigua  noche  de  barbarie  i  crimen: 
donde  la  libertad  vano  delirio,  * 

fe  la  servilidad,  grandeza  el  fasto, 
la  corrupción  cultura  se  apellida. 
Descuelga  de  la  encina  carcomida 
tu  dulce  lira  de  oro,  con  que  un  tiempo, 
los  prados  i  las  flores,  el  susurro 
de  la  floresta  opaca,  el  apacible 
murmurar  del  arroyo  trasparente, 
las  gracias  atractivas 
de  Natura  inocente, 
a  los  hombres  cantaste  embelesados; 
i  sobre  el  vasto  Atlántico  tendiendo 
las  vagorosas  alas,  a  otro  cielo, 
a  otro  mundo,  a  otra  jente  te  encamina, 
do  viste  aun  su  primitivo  traje 
la  tierra,  al  hombre  sometida  apenas; 
i  las  riquezas  de  los  climas  todos 
América,  del  sol  joven  esposa, 


40  POESÍAS 

del  antiguo  océano  hija  postrera, 
en  su  seno  feraz  cria  i  esmera. 

¿Qué  morada  te  aguarda?  qué  alta  cumbre, 
qué  prado  ameno,  qué  repuesto  bosque 
harás  tu  domicilio?  en  qué  felice 
playa,  estampada  tu  sandalia  de  oro, 
será  primero?  dónde  el  claro  rio 
que  do  Albion  los  héroes  vio  humillados, 
los  azules  pendones  reverbera 
de  Buenos  Aires,  i  orgulloso  arrastra 
de  cien  potentes  aguas  los  tributos 
al  atónito  mar?  o  dónde  emboza 
su  doble  cima  el  Avila  ^  entre  nubes, 
i  la  ciudad  renace  do  Losada? ^ 
¿O  mas  te  sonreirán.  Musa,  los  valles 
de  Chile  afortunado,  que  enriquecen 
rubias  cosechas,  i  suaves  frutos; 
do  la  inocencia  i  el  candor  injenuo 
i  la  hospitalidad  del  mundo  antiguo 
con  el  valor  i  el  patriotismo  habitan? 
¿O  la  ciudad  3  que  el  águila  posada 
'  sobre  el  nopal  mostró  al  azteca*  errante, 

i  el  suelo  de  inexhaustas  venas  rico, 
que  casi  hartaron  la  avarienta  Europa? 
Ya  de  la  mar  del  Sur  la  bella  reina, 
a  cuyas  hijas  dio  la  gracia  en  dote 
Naturaleza,  habitación  te  brinda 
bajo  su  blando  cielo,  que  no  turban 
lluvias  jamas,  ni  embravecidos  vientos. 
¿O  la  elevada  Quito 

harás  tu  albergue,  que,  entre  canas  cumbres 
sentada,  oye  bramar  las  tempestades 
bajo  sus  pies,  i  etéreas  auras  bebe 
a  tu  celeste  inspiración  propicias? 


1  Monto  vecino  a  Caracas. — (El  autor.) 

2  Fundador  de  Caracas. — (El  autor.) 

3  Méjico. — (El  autor.) 

4  Nación  americana,  fundadora  de  líciico,— [El  autor.) 


ALOCUCIÓN  A  LA  POESÍA  41 


Mas  oye  do  tronando  se  abre  paso 

entre  murallas  de  peinada  roca, 

i  envuelto  en  blanca  nube  de  vapores, 

de  vacilantes  iris  matizada, 

los  valles  va  a  buscar  del  Magdalena 

con  salto  audaz  el  Bogotá  espumoso. 

Allí  memorias  de  tempranos  dias 

tu  lira  aguardan;  cuando,  en  ocio  dulce 

i  nativa  inocencia  venturosos, 

sustento  fácil  dio  a  sus  moradores, 

primera  prole  de  su  fértil  seno, 

Cundinamarca;  antes  que  el  corvo  arado 

violase  el  suelo,  ni  extranjera  nave 

las  apartadas  costas  visitara. 

Aun  no  aguzado  la  ambición  habia 

el  hierro  atroz;  aun  no  dejenerado, 

buscaba  el  hombre  bajo  oscuros  techos 

el  albergue,  que  grutas  i  florestas 

saludable  le  daban  i  seguro, 

sin  que  señor  la  tierra  conociese, 

los  campos  valla,  ni  los  pueblos  muro. 

La  libertad  sin  leyes  florecía, 

todo  era  paz,  contento  i  alegría; 

cuando  do  dichas  tantas  envidiosa 

Huitaca  bella, i  de  las  aguas  diosa, 

hinchando  el  Bogotá,  sumerjo  el  valle. 

De  la  jente  infeliz  parte  pequeña 

asilo  halló  en  los  montes: 

el  abismo  voraz  sepulta  el  resto. 

Tú  cantarás  cómo  indignó  el  funesto 

estrago  de  su  casi  extinta  raza 

a  Nenqueteba,  hijo  del  sol;  que  rompe 

con  su  cetro  divino  la  enriscada 

montaña,  i  a  las  ondas  abre  calle: 

el  Bogotá,  que  inmenso  lago  un  dia 

de  cumbre  a  cumbre  dilató  su  imperio, 

de  las  ya  estrechas  márjenes,  que  asalta 


t  Huitaca,  mujer  de  Ncnqucfcba  o  Bochica,  lejislador  de  los  muiscas.— V. 
HumbülUt,  Vues  des  Cordüléres,  i.  I,— (El  aulor.) 


42  poesías 

con  vana  furia,  la  prisión  desdeña, 
i  por  la  brecha  hirviendo  se  despeña. 
Tú  cantarás  cómo  a  las  nuevas  jentes 
Nenqueteba  piadoso  leyes  i  artes 
i  culto  dio;  después  que  a  la  maligna 
ninfa  mudó  en  lumbrera  de  la  noche, 
i  de  la  luna  por  la  vez:  primera 
surcó  el  Olimpo  el  arjentado  coche. 


Ve,  pues,  ve  a  celebrar  las  maravillas 
del  ecuador:  canta  el  vistoso  ciclo 
que  de  los  astros  todos  los  hermosos 
coros  alegran;  donde  a  un  tiempo  el  vasto 
Dragón  del  norte  su  dorada  espira 
desvuelve  en  torno  al  luminar  inmóvil, 
que  el  rumbo  al  marinero  audaz  señala, 
i  la  paloma  candida  de  Arauco 
en  las  australes  ondas  moja  el  ala. 
Si  tuá  colores  los  mas  ricos  mueles, 
i  tomas  el  mejor  de  tus  pinceles, 
podrás  los  climas  retratar,  que  entero 
el  vigor  guardan  jenital  primero 
con  que  la  voz  omnipotente,  oída 
del  hondo  caos,  hinchió  la  tierra,  apenas 
sobre  su  informe  faz  aparecida, 
i  de  verdura  la  cubrió  i  de  vida. 
Selvas  eternas,  ¿quien  al  vulgo  inmenso 
que  vuestros  verdes  laberintos  puebla, 
i  en  varias  formas  i  estatura  i  galas 
hacer  parece  alarde  de  sí  mismo, 
poner  presumirá  nombre  o  guarismo? 
En  densa  muchedumbre 
ceibas,  acacias,  mirtos  se  entretejen, 
bejucos,  vides,  gttimas: 
las  ramas  a  las  ramas, 
pugnando  por  gozar  de  las  felices 
auras  i  de  la  luz,  perpetua  guerra 
hacen,  i  a  las  raíces 
angosto  viene  el  seno  de  la  tierra. 


ALOCUCIÓN  A  LA  POESL\ 


43 


¡Oh  quién  contigo,  amable  Poesía, 
del  Cauca  a  las  orillas  me  llevara, 
i  el  blando  aliento  respirar  me  diera 
de  la  siempre  lozana  primavera 
que  allí  su  reino  estableció  i  su  corte! 
¡Olí  si  ya  de  cuidados  enojosos 
exento,  por  las  márjenes  amenas 
del  Aragua  moviese 
el  tardo  incierV^  paso; 
o  reclinado  acaso 

bajo  una  fresca  palma  en  la  llanura, 
viese  arder  en  la  bóveda  azulada 
tus  cuatro  lumbres  bellas, 
oh  Cruz  del  Sur,  que  las  nocturnas  horas 
mides  al  caminante 
por  la  espaciosa  soledad  errante; 
o  del  cucui  las  luminosas  huellas 
viese  cortar  el  aire  tenebroso, 
i  del  lejano  tambo  a  mis  oídos 
viniera  el  son  del  yaraví  amoroso!  i  * 

Tiempo  vendrá,  cuando  de  ti  inspirado 
algún  Marón  americano,  oh  diosa! 
también  las  mieses,  los  rebaños  cante, 
el  rico  suelo  al  hombre  avasallado, 
i  las  dádivas  mil  con  que  la  zona 
de  Febo  amada  al  labrador  corona: 
donde  candida  miel  llevan  las  cañas, 
i  animado  carmín  la  tuna  cria, 
donde  tremola  el  algodón  su  nieve, 
i  el  ananas  sazona  su  ambrosía: 
de  sus  racimos  la  variada  copia 
rinde  el  palmar,  da  azucarados  globos 
el  zapotillo,  su  manteca  ofrece 
la  verde  palta,  da  el  añil  su  tinta, 
bajo  su  dulce  carga  desfallece 
el  banano,  el  café  el  aroma  acendra 


1  Tonada  triste  del  Perú,  I  de  los  llanos  de  Colombia.— ^^Z  autor.) 


poesías 


de  sus  albos  jazmines,  i  el  cacao 

cuaja  en  urnas  de  púrpura  su  almendra. 


Mas  ah!  ¿prefieres  de  la  guerra  impía 
los  horrores  decir,  i  al  son  del  parche 
que  los  maternos  pechos  estremece, 
pintar  las  huestes  que  furiosas  corren 
a  destrucción,  i  el  suelo  hinchen  de  luto? 
¡Oh  si  ofrecieses  monos  fértil  tema 
a  bélicos  cantares,  patria  mia! 
¿Qué  ciudad,  qué  campiña  no  ha  inundado 
la  sangre  de  tus  hijos  i  la  ibera? 
¿Qué  páramo  no  dio  en  humanos  miembros 
pasto  al  cóndor?  ¿Qué  rústicos  hogares 
salvar  su  oscuridad  pudo  a  las  furias 
de  la  civil  discordia  embravecida? 
Pero  no  en  Roma  obró  prodijio  tanto 
el  amor  de  la  patria,  no  en  la  austera 
Esparta,  no  en  Numancia  jenerosa; 
ni  de  la  historia  da  pajina  alguna, 
Musa,  mas  altos  hechos  a  tu  canto. 
¿A  qué  provincia  el  premio  de  alabanza, 
o  a  qué  varón  tributarás  primero? 

Grata  celebra  Chile  el  de  Gamero, 
que,  vencedor  de  cien  sangrientas  lides, 
muriendo  el  suelo  consagró  de  Talca; 
i  la  memoria  eternizar  desea 
de  aquellos  granaderos  de  a  caballo 
que  mandó  en  Chacabuco  Necochea. 
¿Pero  de  Maipo  la  campiña  sola 
ouán  larga  lista,  oh  Musa,  no  te  ofrece, 
para  que  en  tus  cantares  se  repita, 
de  campeones  cuya  frente  adorna 
el  verde  honor  que  nunca  se  marchita? 
Donde  ganó  tan  claro  nombre  Buéras, 
que  con  sus  caballeros  denodados 
rompió  del  enemigo  las  hileras; 
i  donde  el  rejimiento  de  Coquimbo 


ALOCUCIÓN  A  LA  POESÍA 


45 


tantos  héroes  contó  como  soldados. 


¿De  Buenos  Aires  la  gallarda  jente 
no  ves  que  el  premio  del  valor  te  pide? 
Casteli  osado,  que  las  fuerzas  mide 
con  aquel  monstruo  que  la  cara  esconde 
sobre  las  nubes  i  a  los  hombres  huella; 
Moreno,  que  abogó  con  digno  acento 
de  los  opresos  pueblos  la  querella; 
i  tú  que  de  Suipacha  en  las  llanuras 
diste  a  tu  causa  agüero  de  venturas, 
Balcarce;  i  tú,  Belgrano,  i  otros  ciento 
que  la  tierra  natal  de  glorias  rica 
hicisteis  con  la  espada  o  con  la  plunm, 
si  el  justo  galardón  se  os  adjudica, 
no  temeréis  que  el  tiempo  le  consuma. 


Ni  sepultada  quedará  en  olvido 
la  Paz  que  tantos  claros  hijos  llora, 
ni  Santacruz,  ni  menos  Chuquisaca, 
ni  Cochabamba,  que  de  patrio  celo 
ejemplos  memorables  atesora, 
ni  Potosí  de  minas  no  tan  rico 
como  de  nobles  pechos,  ni  Arequipa 
que  de  Vizcardo  con  razón  se  alaba, 
ni  a  la  que  el  Kímac  las  murallas  lava, 
que  de  los  reyes  fue,  ya  de  sí  propia, 
ni  la  ciudad  que  dio  a  los  Incas  cuna, 
leyes  al  sur,  i  que  si  aun  jime  esclava, 
virtud  no  le  faltó,  sino  fortuna, 
Pero  la  libertad,  bajo  los  golpes 
que  la  ensangrientan,  cada  vez  mas  brava, 
mas  indomable,  nuevos  cuellos  hicrgue, 
que  al  despotismo  harán  soltar  la  clava. 
No  largo  tiempo  usurpará  el  imperio 
del  sol  la  hispana  jente  advenediza, 
ni  al  ver  su  trono  en  tanto  vituperio 
de  Manco  Cápac  jcmirán  los  manes. 


4G  poesías 

De  Ángulo  i  Pumacagua  la  ceniza 
nuevos  i  mas  felices  capitanes 
vengarán,  i  a  los  hados  de  su  pueblo 
abrirán  vencedores  el  camino. 
Huid,  dias  de  afán,  dias  de  luto, 
i  acelerad  los  tiempos  que  adivino. 


Diosa  de  la  memoria,  himnos  te  pide 
el  imperio  también  de  Motezuma, 
que,  rota  la  coyunda  de  Iturbide, 
entre  los  pueblos  libres  se  numera. 
Mucho,  nación  bizarra  mejicana, 
de  tu  poder  i  de  tu  ejemplo  espera 
la  libertad;  ni  su  esperanza  es  vana, 
8i  ajeno  riesgo  escarmentarte  sabe, 
i  no  en  un  mar  te  engolfas  que  sembrado 
de  los  fragmentos  ves  de  tanta  nave. 
Llegada  al  puerto  venturoso,  un  dia 
los  héroes  cantarás  a  que  se  debe 
del  arresto  primero  la  osadía; 
que  a  veteranas  filas  rostro  hicieron 
con  pobre,  inculta,  desarmada  plebe, 
excepto  de  valor,  de  todo  escasa; 
i  el  coloso  de  bronce  sacudieron, 
a  que  tres  siglos  daban  firme  basa. 
Si  a  brazo  mas  feliz,  no  nias  robusto, 
poderlo  derrocar  dieron  los  cielos, 
de  Hidalgo,  no  por  eso,  i  de  Morólos 
eclipsará  la  gloria  olvido  ingrato, 
ni  el  nombre  callarán  de  Guanajuato 
los  claros  fastos  de  tu  heroica  lucha, 
ni  de  tanta  ciudad,  que,  reducida 
a  triste  yermo,  a  un  enemigo  infama 
que,  vencedor,  sus  pactos  solo  olvida; 
que  hace  esterminio,  i  sumisión  lo  llama. 


Despierte  (oh  Musa,  tiempo  es  ya)  despierte 
algún  sublime  injcnio,  que  levante 


ALOCUCIÓN  A  LA  POESL\  47 

ol  vuelo  a  tan  espléndido  sujeto, 

i  que  do  Popayan  los  hechos  cante 

i  de  la  no  inferior  Barquisimeto, 

i  del  pueblo  1  también,  cuyos  hogares 

a  sus  orillas  mira  el  Manzanares; 

no  el  de  ondas  pobre  i  de  verdura  exhausto, 

que  de  la  rejia  corte  sufre  el  fausto, 

1  de  su  servidumbre  está  orgulloso, 

mas  el  que  de  aguas  bellas  abundoso, 

como  su  jente  lo  es  de  bellas  almas, 

del  ciclo,  en  su  cristal  sereno,  pinta 

el  puro  azul,  corriendo  entre  las  palmas 

de  esta  i  aquella  deliciosa  quinta: 

que  de  Angostura  las  proezas  canto, 

de  libertad  inexpugnable  asilo, 

donde  la  tempestad  desoladora 

vino  a  estrellarse;  i  con  suave  estilo 

de  Bogotá  los  timbres  diga  al  mundo, 

de  Guayaquil,  de  Maracaibo  (ahora 

agobiada  de  bárbara  cadena) 

i  de  cuantas  provincias  Cauca  baña, 

Orinoco,  Esmeralda,  Magdalena, 

i  cuantas  bajo  el  nombre  colombiano 

con  fraternal  unión  se  dan  la  mano. 


Mira  donde  contrasta  sin  murallas 
mil  porfiiidos  ataques  Barcelona. 
Es  un  convento  el  último  refujio 
de  la  arrestada,  aunque  pequeña,  tropa 
que  la  defiende:  en  torno  el  enemigo, 
cuantos  conoce  el  fiero  Marte,  acopia 
medios  de  destrucción;  ya  por  cien  partes 
cede  al  batir  de  hxs  tenantes  bocas 
el  débil  muro,  i  superior  en  armas 
a  cada  brecha  una  Icjion  se  agolpa. 
Cuanto  el  valor  i  el  patriotismo  pueden, 


1  í'uinaná.— (£/  autor.) 


í«  poesías 

el  patriotismo  i  el  valor  agotan; 

mas  ai!  sin  fruto.  Tú  de  aquella  escena 

pintarás  el  horror,  tú  que  a  las  somliras 

belleza  das,  i  al  cuadro  de  la  muerte 

sabes  encadenar  la  mente  absorta. 

Tú  pintarás  al  vencedor  furioso, 

que  ni  al  anciano  trémulo  perdona,  - 

ni  a  la  inocente  edad,  i  en  el  regazo 

de  la  insultada  madre  al  hijo  inmola. 

Pocos  reserva  a  vil  suplicio  el  hierro; 

su  rabia  insana  en  los  demás  desfoga 

un  enemigo  que  hacer  siempre  supo, 

mas  que  la  lid,  sangrienta  la  victoria. 

Tú  pintarás  de  Chamberlen  el  triste, 

pero  glorioso  fin.  La  tierna  esposa 

herido  va  a  buscar;  el  débil  cuerpo 

Bobre  el  acero  ensangrentado  apoya: 

estréchala  a  su  seno.  «Libertarme 

de  un  cadalso  afrentoso  puede  sola 

la  muerte  (dice) :  este  postrero  abrazo 

me  la  hará  dulce:  adiós!»  Cuando  con  pronta 

herida  va  a  matarse,  ella,  atajando 

el  brazo,  alzado  ya,  «¿tú  a  la  deshonra, 

tú  a  ignominiosa  servidumbre,  a  insultos 

mas  que  la  muerte  horribles,  me  abandonas? 

Para  sufrir  la  afrenta,  falta  (dice) 

Valor  en  mí:  para  imitarte,  sobra. 

Muramos  ambos.»  Hieren 

a  un  tiempo  dos  aceros 

entrambos  pechos;  abrazados  mueren* 


Pero  ¿al  de  Margarita  qué  otro  nombre 
deslucirá?  donde  hasta  el  sexo  blando 
con  los  varones  las  fatigas  duras 
i  los  peligros  de  la  guerra  parte: 
donde  a  los  defensores  de  la  patria 
forzoso  fué,  para  lidiar,  las  armaá 
al  enemigo  arrebatar  lidiando: 
donde  el  caudillo,  a  quien  armó  Fernando 


ALOCUCIÓN  A  LA  POESÍA  49 

de  su  poder  i  de  su  fuerzas  todas 
para  quo  de  venganzas  le  saciara, 
al  inexperto  campesino  vulgo 
que  sus  falanjcs  denodado  acosa, 
el  campo  deja  en  fuga  ignominiosa? 


Ni  menor  prez  los  tiempos  venideros 
a  la  virtud  darán  de  Cartajena. 
No  la  domó  el  valor:  no  al  hambre  cedo, 
que  sus  guerreros  ciento  a  ciento  siega. 
Nadie  a  partidos  viles  presta  oídos: 
cuantos  un  resto  do  vigor  conservan, 
lánzanse  al  mar,  i  la  enemiga  flota 
en  mal  seguros  leños  atraviesan. 
Mas  no  el  destierro  su  constancia  abate, 
ni  a  la  desgracia  la  cerviz  doblegan; 
i  si  una  orilla  dejan,  que  profana 
la  usurpación,  i  las  venganzas  yerman^ 
ya  a  verla  volverán  bajo  estandartes 
que  a  coronar  el  patriotismo  fuerzan 
a  la  fortuna,  i  les  darán  los  cielos 
a  indignas  manos  arrancar  la  presa. 
En  tanto,  por  las  calles  silenciosas, 
acaudillando  armada  soldadesca, 
entro  infectos  cadáveres,  i  vivos 
en  que  la  estampa  de  la  Parca  impresa 
se  mira  ya,  su  abominable  triunfo 
la  restaurada  inquisición  pasea: 
con  sacrilegos  himnos  los  altares 
haciendo  resonar,  a  su  honda  cueva 
desciendo  embravecida,  i  en  las  ansiaa 
de  atormentados  mártires  se  ceba. 


¿I  qué  diré  de  la  ciudad  que  ha  dado 
a  la  sagrada  lid  tanto  caudillo? 
¡Ah  que  entre  escombros  olvidar  pareces, 


poesías 


50  POESÍAS 

turbio  Catuche/  tu  camino  usado! 
¿Por  quó  en  tu  márjen  el  rumor  festivo 
calló?  ¿Dó  está  la  torre  bulliciosa 
que  pregonar  solia, 
de  antorchas  coronada, 
la  pompa  augusta  del  solemne  dia?  2 
Entre  las  rotas  cúpulas  que  oyeron 
sacros  ritos  ayer,  torpes  reptiles 
anidan,  i  en  la  sala  que  gozosos 
banquetes  vio  i  amores,  hoi  sacude 
la  grama  del  erial  su  infausta  espiga. 
Pero  mas  bella  i  grande  resplandeces 
en  tu  desolación,  ¡oh  patria  de  héroes! 
tú  que,  lidiando  altiva  en  la  vanguardia 
de  la  familia  de  Colon,  la  diste 
de  fe  constante  no  excedido  ejemplo; 
i  si  en  tu  suelo  desgarrado  al  choque 
de  destructivos  terremotos,  pudo 
tremolarse  algún  tiempo  la  bandera 
de  los  tiranos,  en  tus  nobles  hijos 
viviste  inexpugnable,  de  los  hombres 
i  de  los  elementos  vencedora. 
Renacerás,  renacerás  ahora: 
florecerán  la  paz  i  la  abundancia 
en  tus  talados  campos:  las  divinas 
Musas  te  harán  favorecida  estancia, 
i  cubrirán  de  rosas  tus  ruinas. 


II 


¡Colombia!  ¿qué  montaña,  qué  ribera, 
qué  playa  inhospital,  donde  antes  solo 


1  Riachuelo  que  corre  por  la  parte  de  Caracas  en  que  hizo  mas  estragos  el 

terremoto  de  1812.— (El  autor.) 

2  Coreano  al  Anauco  están  las  ruinas  de  San  Lázaro,  asilo  en  un  tiempo  de 
pobres  lázaros,  i  palacio,  después,  de  los  capitanes  jencrales  de  Venezuela, 
donde  obsequiaban  estos,  con  fausto,  a  los  c¿lebrc3  cxtranjeroa  que  visitaban 
a  Caracas,— r/^on  Aristides  Rójas.j 


ALOCUCIÓN  A  LA  POESÍA  51 

por  el  furor  se  vio  de  la  pantera 

o  del  caimán  el  sucio  en  sangre  tinto: 

cuál  selva  tan  oscura,  en  tu  recinto, 

cuál  queda  ya  tan  solitaria  cima, 

que  horror  no  ponga  i  grima, 

de  humanas  osamentas  hoi  sembrada, 

feo  padrón  del  sanguinario  instinto 

que  también  contra  el  hombre  al  hombre  anima? 

Tu  libertad  ¡cuan  caro 

compraste!  cuánta  tierra  devastada! 

¡cuánta  familia  en  triste  desamparo! 

Mas  el  bien  adquirido  al  precio  excede. 

¿1  cuánto  nombre  claro 

no  das  también  al  templo  de  memoria? 


Con  los  do  Codro  i  Curcio  el  do  Ricaurto 
vivirá,  mientras  hagan  el  humano 
pecho  latir  la  libertad,  la  gloria. 
Violo  en  sangrientas  lides  el  Aragua 
dar  a  su  patria  lustre,  a  España  miedo: 
el  despotismo  sus  falanjes  dobla, 
i  aun  no  sucumbe  al  número  el  denuedo. 
A  sorprender  se  acerca  una  columna 
el  almacén  que  con  Ricaurte  guarda 
escasa  tropa:  el,  dando  de  los  suyos 
a  la  salud  lo  que  a  la  propia  niega, 
aléjalos  do  si:  con  ledo  rostro 
su  intento  oculta.  I  ya  de  espeso  polvo 
so  cubre  el  aire,  i  cerca  se  oye  el  trueno 
del  hueco  bronce,  entre  dolientes  ayos 
de  inerme  vulgo,  que  a  los  golpes  cae 
del  vencedor:  mas  nó,  no  impunemente: 
Ricaurte  aguarda  de  una  antorcha  armado. 
I  cuando  el  puesto  que  defiende  mira, 
de  la  contraria  hueste  rodeado, 
que,  ebria  de  sangre,  a  fácil  presa  avanza; 
cuando  el  punto  fatal,  no  a  la  venganza, 
(que  indigna  juzga),  al  alto  saeriíicio 
con  que  llenar  el  cargo  honroso  anhela, 


52  POESÍAS 

llegado  ve,  ¡Viva  la  patria!  clama; 
la  antorcha  aplica;  el  edificio  vuela. 

Ni  tú  de  Ribas  callarás  la  fama, 
a  quien  vio  victorioso  Niquitao, 
Horcones,  Ocumare,  Vijirima, 
i,  dejando  otros  nombres,  que  no  menos 
dignos  de  loa  Venezuela  estima, 
Úrica,  que  ilustrarle  pudo  sola, 
donde  de  heroica  lanza  atravesado 
mordió  la  tierra  el  sanguinario  Bóves, 
monstruo  de  atrocidad  mas  que  española. 
¿Qué,  si  de  Ribas  a  los  altos  hechos 
dio  la  fortuna  injusto  premio  al  cabo? 
¿Qué,  si  cautivo  el  español  le  insulta? 
¿Si  perecer  en  el  suplicio  le  hace 
a  vista  de  los  suyos?  ¿si  su  yerta 
cabeza  expone  en  afrentoso  palo? 
Dispensa  a  su  placer  la  tiranía 
la  muerte,  no  la  gloria,  que  acompaña 
al  héroe  de  la  patria  en  sus  cadenas, 
i  su  cadalso  en  luz  divina  baña. 

Asi  espiró  también,  de  honor  cubierto, 
entre  víctimas  mil,  Baraya,  a  manos 
de  tus  viles  satélites.  Morillo, 
ni  el  duro  fallo  a  mitigar  fué  parte 
de  la  mísera  hermana  el  desamparo, 
que,  lutos  arrastrando,  acompañada 
de  cien  matronas,  tu  clemencia  implora. 
«Muera  {respondes}  el  traidor  Baraya, 
i  que  a  destierro  su  familia  vaya.» 
Baraya  muere,  mas  su  ejemplo  vive. 
¿Piensas  que  apagarás  con  sangre  el  fuego 
de  libertad  en  tantas  almas  grandes? 
Del  Cotopaxi  ve  a  extinguir  la  hoguera 
que  ceban  las  entrañas  de  los  Andes. 
Mira  correr  la  sangre  de  Revira, 
a  quien  lamentan  Mérida  i  Pamplona; 
i  la  de  Fréitcs  derramada  mira, 


ALOCUCIÓN  A  LA  POESÍA  63 

el  constante  adalid  do  Barcelona: 

Orliz,  García  de  Toledo  espira; 

Granudos,  Amador,  Castillo  muere; 

yaco  Cabal,  de  Popayan  llorado, 

llorado  de  las  ciencias;  fiera  bala 

el  pecho  de  Camilo  Torres  hiere; 

Gutiérrez  el  postrero  aliento  exhala; 

perece  Pombo,  que,  en  el  banco  infausto, 

el  porvenir  glorioso  de  su  patria 

con  profetice  acento  te  revela: 

no  la  íntegra  virtud  salva  a  Toríces; 

no  la  modestia,  no  el  injcnio  a  Caldas... 

De  luto  está  cubierta  Venezuela, 

Cundinamarca  desolada  jime, 

Quito  sus  hijos  mas  ilustres  llora, 

Pero  ¿cuál  es  de  tu  crueldad  el  fruto? 

¿A.  Colombia  otra  vez  Fernando  oprime? 

¿Méjico  a  su  visir  postrada  adora? 

¿El  antiguo  tributo 

de  un  hemisferio  esclavo  a  España  llevas? 

¿Puebla  la  inquisición  sus  calabozos 

de  americanos;  o  españolas  cortes 

dan  a  la  servidumbre  formas  nuevas? 

¿De  la  sustancia  de  cien  pueblos,  graves 

la  avara  Cádiz  ve  volver  sus  naves? 

Colombia  vence:  libertad  los  vanos 

cálculos  de  los  déspotas  engaña: 

i  fecundos  tus  triunfos  inhumanos, 

mas  que  a  ti  de  oro,  son  de  oprobio  a  España. 

Pudo  a  un  Cortes,  pudo  a  un  Pizarro  el  mundo 

la  sangre  perdonar  que  derramaron: 

imperios  con  la  espada  conquistaron; 

mas  a  ti  ni  aun  la  vana,  la  ilusoria 

sombra,  que  llama  gloria 

el  vulgo  adorador  de  la  fortuna, 

adorna:  aquella  efímera  victoria 

que  de  inermes  provincias  te  hizo  dueño, 

como  la  aérea  fábrica  de  un  sueño, 

desvanecióse,  i  nada  deja,  nada 

a  tu  nación,  excepto  la  vergüenza 


POESÍAS 

de  los  delitos  con  que  fue  comprada. 

Quien  te  pone  con  Alba  en  paralelo, 

¡oh  cuánto  yerra!  En  sangre  bañó  el  suelo 

do  Batavia  el  ministro  de  Felipe; 

pero  si  fué  cruel  i  sanguinario, 

bajo  no  fue;  no  acomodando  al  vario 

semblante  de  los  tiempos  su  semblante, 

ya  desertor  del  uno, 

ya  del  otro  partido, 

solo  el  do  su  interés  siguió  constante; 

no  alternativamente 

fué  soldado  feroz,  patriota  falso: 

no  dio  a  la  inquisición  su  espada  un  dia, 

i  por  la  libertad  lidió  ol  siguiente; 

ni  traficante  infame  del  cadalso, 

hizo  do  loa  indultos  granjeria. 

Musa,  cuando  las  artes  españolas 
a  los  futuros  tiempos  recordares, 
víctimas  inmoladas  a  millares; 
pueblos  en  soledades  convertidos; 
ja  hospitalaria  mesa,  los  altares 
con  sangre  fraternal  enrojecidos; 
de  exánimes  cabezas  decoradas 
las  plazas;  aun  las  tumbas  ultrajadas^ 
doquiera  que  se  envainan  las  espadas, 
entronizado  el  tribunal  de  espanto, 
que  llama  a  cuentas  el  silencio,  el  llanto, 
i  el  pensamiento  a  su  presencia  cita, 
que  premia  al  delator  con  la  sustancia 
de  la  familia  misara  proscrita, 
i  a  peso  de  oro,  en  nombre  de  Fernando, 
vende  el  permiso  de  vivir  temblando.: 
puede  ser  que  parezcan  tus  verdades 
delirios  de  estragada  fantasía 
que  se  deleita  en  figurar  horrores; 
mas  ¡oh  de  Quito  ensangrentadas  paces! 
¡oh  de  Valencia  abominable  jura! 
¿será  jamas  que  lleguen  tus  colores, 
oh  Musa,  a  realidad  tan  espantosa? 


ALOCUCIÓN  A  LA  POESÍA  55 


A  la  hostia  consagrada,  en  rclljiosa 
Bolemnidad  expuesta,  hace  testigo 
del  alevoso  pacto  el  jefe  ibero;  ^ 
i  entre  devotas  preces,  que  dirije 
al  cielo,  autor  de  la  concordia,  el  clero, 
en  nombre  del  presente  Dios,  en  nombre 
do  su  monarca  i  de  su  honor,  a  vista 
de  entrambos  bandos  i  del  pueblo  entero, 
a  los  que  tiene  puestos  ya  en  la  lista 
de  proscripción,  fraternidad  promete. 
Celébrase  en  espléndido  banquete 
la  paz;  los  brindis  con  risueña  cara 
recibe....  i  ya  en  silencio  se  prepara 
el  desenlace  de  esto  drama  infundo: 
el  mismo  sol  que  vio  jurar  las  paces, 
Colombia,  a  tus  patriotas  vio  espirando. 

A  ti  también,  Javier  Ustáriz,  cupo 
mísero  fin:  atravesado  fuiste 
de  hierro  atroz  a  vista  de  tu  esposa 
que  con  su  llanto  enternecer  no  pudo 
a  tu  verdugo,  de  piedad  desnudo: 
en  la  tuya  1  la  sangre  de  sus  hijos 
a  un  tiempo  la  infeliz  se  vio  bañada. 
¡Oh  Maturin!  ¡oh  lúgubre  jornada! 
¡Oh  dia  de  aflicción  a  Venezuela, 
que  aun  hoi,  de  tanta  perdida  preciosa, 
apenas  con  sus  glorias  se  consuela! 
Tú  en  tanto  en  la  morada  de  los  justos 
sin  duda  el  premio,  amable  Ustáriz,  gozas 
debido  a  tus  fatigas,  a  tu  celo 
de  bajos  intereses  desprendido; 
alma  incontaminada,  noble,  pura, 
de  elevados  espíritus  modelo, 
aun  en  la  edad  oscura 
en  que  el  premio  de  honor  se  dispensaba 
solo  al  que  a  precio  vil  su  honor  vendía. 


1  Uóvcs.— (El  autora 


56  POESÍAS 

i  en  que  el  rubor  de  la  virtud,  altivo 

desden  i  rebelión  se  interpretaba. 

La  música,  la  dulce  poesía 

¿son  tu  delicia,  ahora  como  un  dia? 

¿O  a  mas  altos  objetos  das  la  mente, 

i  con  los  héroes,  con  las  almas  bellaa 

de  la  pasada  edad  i  la  presente, 

conversas,  i  el  gran  libro  desarrollas 

de  los  destinos  del  linaje  humano, 

i  los  futuros  casos  de  la  grande 

lucha  de  libertad,  que  empieza,  lees, 

i  su  triunfo  universal  lejano? 

De  mártires  que  dieron  por  la  patria 

la  vida,  el  santo  coro  te  rodea: 

Régulo,  Trúsea,  Marco  Bruto,  Decio, 

cuantos  inmortaliza  Atenas  libre, 

cuantos  Esparta  i  el  romano  Tibre; 

los  que  el  bátavo  suelo  i  el  helvecio 

muriendo  consagraron,  i  el  britano; 

Padilla,  honor  del  nombre  castellano; 

Caupolicaní  i  Guacaipuro^  altivo, 

i  España  osado;  ^  con  risueña  frente 

Guatimozin  te  muestra  el  lecho  ardiente; 

muéstrate  GuaH  la  copa  del  veneno; 

Luisa**  el  cruento  azote; 

i  tú,  en  el  blanco  seno, 

las  rojas  muestras  de  homicidas  balas, 

heroica  Policarpa,^'  le  señalas, 

tú  que  viste  espirar  al  caro  amante 


1  Véaso  el  poema  de  Ercilla,  i  particularmente  su  canto  XXXIV. — (Et  autor.) 

2  Cacique  de  ima  de  las  tribus  caraqueñas,   que,  por  no  entregarse  a  los 
españoles,  consintió  ser  abrasado  vivo  en  su  choza.— (El  autor  J 

3  Uno  de  los  jefes  de  la  conspiración  tramada  en  Caracas  i  la  Guaira  a  fines, 
del  siglo  pasado:  véase  el  Viaje  de  Depons,  cap.  3  t.  l.—(El  autor  J 

4  Compañero  de  España;  envenenado  en  la  isla  de  Trinidad  por  un  ájente 
del  gobierno  español. — (El  autor.) 

5  Luisa  Cáceres  de  Arismendi,  la  joven  esposa  del  jefe  republicano  de  la 
isla  Margarita.— f/Jon  José  Aristides  Rojas.) 

6  Policarpa  Salvatierra,  heroína  de  Cundinamarca  sacrificada  en  las  aras  de 
la  libertad.— fZ^on  José  Aristides  Rojas.) 


ALOCUCIÓN  A  LA  POESÍA 


.57 


con  firme  pecho,  i  por  ajenas  vidas 
diste  la  tuya,  en  el  albor  temprano 
de  juventud,  a  un  bárbaro  tirano. 

¡Miranda!  de  tu  nombre  se  gloría 
también  Colombia;  defensor  constante 
de  sus  derechos;  de  las  santas  leyes, 
de  la  severa  disciplina  amante. 
Con  reverencia  ofrezco  a  tu  ceniza 
este  humilde  tributo,  i  la  sagrada 
rama  a  tu  efijie  venerable  ciño, 
patriota  ilustre,  que,  proscrito,  errante, 
no  olvidaste  el  cariño 
del  dulce  hogar,  que  vio  mecer  tu  cuna; 
i  ora  blanco  a  las  iras  de  fortuna, 
ora  de  sus  favores  halagado,  i 

la  libertad  americana  hiciste 
tu  primer  voto,  i  tu  primer  cuidado. 
Osaste,  solo,  declarar  la  guerra 
a  los  tiranos  de  tu  tierra  amada; 
i  desde  las  orillas  de  Inglaterra, 
diste  aliento  al  clarín,  que  el  largo  sueño 
disipó  de  la  America,  arrullada 
por  la  superstición,  Al  noble  empeño 
de  sus  patricios,  no  faltó  tu  espada; 
i  si,  de  contratiempos  asaltado 
que  a  humanos  medios  resistir  no  es  dado, 
te  fué  el  ceder  forzoso,  i  en  cadena 
a  manos  perecer  de  una  perfidia, 
tu  espíritu  no  ha  muerto,  nó;  resuena, 
resuena  aun  el  eco  de  aquel  grito 
con  que  a  lidiar  llamaste;  la  gran  lidia 
de  que  desarrollaste  el  estandarte, 
triunfa  ya,  i  en  su  triunfo  tienes  parte. 

Tu  nombre,  Girardot,  también  la  fama 
hará  sonar  con  inmortales  cantos, 
que  del  Santo  Domingo  en  las  orillas 
dejas  de  tu  valor  indicios  tantos. 
¿Por  qué  con  fin  temprano  el  curso  alegre 


58  POESÍAS 

cortó  de  tus  hazañas  la  fortuna? 
Caíste,  sí;  mas  vencedor  caíste; 
i  de  la  patria  el  pabellón  triunfante, 
sombra  te  dio  al  morir,  cnarbolado 
sobre  las  conquistadas  baterías, 
de  los  usurpadores  sepultura. 
Puerto  Cabello  vio  acabar  tus  días, 
mas  tu  memoria  nó,  que  eterna  dura. 

Ni  menos  estimada  la  de  Roscio 
será  en  la  mas  remota  edad  futura. 
Sabio  lejislador  le  vio  el  senado, 
el  pueblo,  incorruptible  majistrado, 
honesto  ciudadano,  amante  esposo, 
amigo  fiel,  i  de  las  prendas  todas 
que  honran  la  humanidad  cabal  dechado. 
Entre  las  olas  de  civil  borrasca, 
el  alma  supo  mantener  serena; 
con  rostro  igual  vio  la  sonrisa  aleve 
de  la  fortuna,  i  arrastró  cadena; 
i  cuando  del  baldón  la  copa  amarga 
el  canario  soez  i  pérfidamente 
le  hizo  agotar,  la  dignidad  modesta 
de  la  virtud  no  abandonó  su  frente. 
Si  de  aquel  ramo  que  Gradivo  empapa 
de  sangre  i  llanto  está  su  sien  desnuda, 
¿cuál  otro  honor  habrá  que  no  le  cuadre? 
De  la  naciente  libertad,  no  solo 
fué  defensor,  sino  maestro  i  padre. 

No  negará  su  voz  divina  Apoía 
a  tu  virtud,  ¡oh  Piar!,  su  voz  divina, 
que  la  memoria  de  alentados  hechos 
redime  al  tiempo  i  a  la  Parca  avara. 
Bien  tus  proezas  Maturin  declara, 
i  Cumaná  con  Guiria  i  Barcelona, 
i  del  Juncal  el  memorable  dia. 


1  Monteverde.—.''£í  m//or.) 


ALOCUCIÓN  A  LA  POESLA  59 


i  el  campo  do  San  Félix  las  pregona 
que  con  denuedo  tanto  i  bizarría 
las  enemigas  filas  disputaron, 
pues  aun  postradas  por  la  muerte  guardan 
el  orden  triple  en  que  a  la  lid  marcharon. 
¡Dichoso,  si  Fortuna  tu  carrera 
cortado  hubiera  allí,  si  tanta  gloria 
algún  fatal  desliz  no  oscureciera! 

Pero  ¿adonde  la  vista  se  dirijo 
quo  monumentos  no  halle  de  heroísmo? 
¿La  retirada  que  Mac  Gregor  rijo 
diré,  i  aquel  puñado  do  valientes, 
que  rompe  osado  por  el  centro  mismo 
del  poder  español,  i  a  cada  huella 
deja  un  trofeo?  ¿Contaré  las  glorias 
que  Anzoátcgui  lidiando  gana  en  ella, 
o  las  quo  de  Carúpano  en  los  valles, 
o  en  las  campañas  del  Apure,  han  dado 
tanto  lustre  a  su  nombre,  o  como  experto 
caudillo,  o  como  intrépido  soldado? 
¿El  batallón  diré  que.  en  la  reñida 
función  de  Bombona,  las  bayonetas 
en  los  pendientes  precipicios  clava, 
osa  escalar  por  ellos  la  alta  cima, 
i  do  la  fortaleza  se  hace  dueño 
que  a  las  armas  patricias  desafiaba? 
¿Diré  de  Vargas  el  combate  insigne, 
en  que  Rondón,  de  bocas  mil,  que  muerto 
vomitan  sin  cesar,  el  fuego  arrostra, 
el  puente  fuerza,  sus  guerreros  guia 
sobre  erizados  riscos  que  aquel  dia 
oyeron  de  hombres  la  primer  pisada, 
i  al  español  sorprende,  ataca,  postra? 
¿O  citaré  la  célebre  jornada 
en  quo  miró  a  Godeño  el  anchuroso 
Caura,  i  a  sus  bizarros  compañeros, 
llevados  los  caballos  de  la  rienda, 
fiados  a  la  boca  los  aceros, 
su  honda  corriente  atravesar  a  nado. 


60  POESÍAS 

i  de  las  contrapuestas  baterías 

hacer  huir  al  español  pasmado? 

Como  en  aquel  jardin  que  han  adornado 

naturaleza  i  arte  a  competencia, 

con  vago  revolar  la  abeja  activa 

la  mas  sutil  i  delicada  esencia 

de  las  mas  olorosas  flores  liba; 

la  demás  turba  deja,  aunque  de  galas 

brillante,  i  de  suave  aroma  llena, 

i  torna,  fatigadas  ya  la  alas 

de  la  dulce  tarea,  a  la  colmena; 

así  el  que  osare  con  tan  rico  asunto 

medir  las  fuerzas,  dudará  qué  nombre 

cante  primero,  que  virtud,  qué  hazaña; 

i  a  quien  la  lira  en  el  i  la  voz  pruebe, 

solo  dado  será  dejar  vencida 

de  tanto  empeño  alguna  parte  breve. 

¿Pues  qué,  si  a  los  que  vivos  todavía 
la  patria  goza  (i  plegué  a  Dios  que  el  dia 
en  que  los  llore  viuda,  tarde  sea) 
no  se  arredrare  de  elevar  la  idea? 
¿Si  audaz  cantare  al  que  la  helada  cima 
superó  de  los  Andes,  i  de  Chile 
despedazó  los  hierros,  i  de  Lima? 

¿O  al  que  de  Cartajena  el  gran  baluarte 

hizo  que  de  Colombia  otra  vez  fuera? 

¿O  al  que  en  funciones  mil  pavor  i  espanta 

puso,  con  su  marcial  lejion  llanera, 

al  español;  i  a  Marte  lo  pusiera? 

¿O  al  héroe  ilustre,  que  de  lauro  tanto 

su  frente  adorna,  antes  de  tiempo  cana, 

que  en  Cúcuta  domó,  i  en  San  Mateo, 

i  en  el  Araure  la  soberbia  hispana; 

a  quien  los  campos  que  el  Arauca  riega 

nombre  darán,  que  para  siempre  dure, 

i  4os  que  el  Cauca,  i  los  que  el  ancho  Apure; 

que  en  Gámeza  triunfó,  i  en  Carabobo, 

i  en  Boyacá,  donde  un  imperio  entero 


ALOCUCIÓN  A  LA  POESLA 


61 


fué  arrebatado  al  despotismo  ibero? 

Mas  no  a  mi  débil  voz  la  larga  suma 

de  sus  victorias  numerar  compete: 

a  injenio  mas  feliz,  mas  docta  pluma, 

su  grata  patria  encargo  tal  comete: 

pues  como  aíjucl  saman  ^  que  siglos  cuenta, 

de  las  vecinas  jentes  venerado, 

que  vio  en  torno  a  su  basa  corpulenta 

el  bosque  muchas  veces  renovado, 

i  vasto  espacio  cubro  con  la  hojosa 

copa,  de  mil  inviernos  victoriosa; 

así  tu  gloria  al  cielo  se  sublima, 

libertador  del  pueblo  colombiano; 

digna  de  que  la  lleven  dulce  rima 

i  culta  historia  al  tiempo  mas  lejano. 


1  Especie  ajigantada  del  jónero  Mimosa,  común  en  Venezuela,— ('£/ ouíor.; 


EL  HIMNO  DE  COLOMBIA 


CANCIÓN  MILITAR 


DEDICADA  A  S.  E.  EL  PRESIDENTE   LIBERTADOR  SIMÓN  BOLÍVAR 


I 


Otra  vez  con  cadenas  i  muerte 
amenaza  el  tirano  español; 
colombianos,  volad  a  las  armas, 
repeled,  repeled  la  opresión. 

Suene  ya  la  trompeta  guerrera, 
i  responda  tronando  el  cañón; 
de  la  patria  seguid  la  divisa, 
que  os  señala  el  camino  de  honor. 

CORO 

Suena  ya  la  trompeta  guerrera, 
i  responde  tronando  el  cañón; 
ya  la  patria  arboló  su  divisa, 
que  nos  muestra  el  camino  de  honor. 


II 


¿Qué  patriota  de  nobles  ideas 
apetece  la  torpe  inacción? 


HIMNO  DE  COLOMBIA  63 


¿Quien  aprecia  el  reposo  entre  grillos? 
Ciudadanos,  morir  es  mejor. 

Libertad,  haz  quo  dulce  resuene 
de  Colombia  a  los  hijos  tu  voz; 
que  jamas  uno  solo  se  afrento 
prefiriendo  la  vida  al  honor. 

cono 

Libertad,  ¡oh  cuan  dulce  resuena 
de  Colombia  a  los  liijos  tu  voz! 
No  será  que  uno  solo  se  afrento 
prefiriendo  la  vida  al  honor. 


III 


Do  la  patria  es  la  luz  quo  miramos, 
do  la  patria  la  vida  es  un  don; 
verteremos  por  ella  la  sangre, 
por  un  bárbaro  déspota  nó. 

Libertad  es  la  vida  del  alma; 
servidumbre  hace  vil  al  varón; 
defender  a  un  tirano  es  oprobio; 
perecer  por  la  patria  es  honor. 

cono 

Libertad  es  la  vida  del  alma; 
servidumbre  hace  vil  al  varón; 
defender  a  un  tirano  es  oprobio; 
perecer  por  la  patria  es  honor. 


IV 

Defended  este  suelo  sagrado, 
que  crecer  vuestra  infancia  miró; 
en  que  yacen  cenizas  heroicas, 
en  que  reina  una  lilirc  nación. 


64  POESÍAS 

Recordad  tantas  prendas  queridas, 
de  la  esposa  el  abrazo  de  amor, 
de  los  hijos  el  beso  inocente, 
de  los  padres  la  herencia  de  honor. 

cono 

Defendamos  la  patria  querida, 
que  nos  guarda  las  prendas  de  amor- 
defendamos  los  caros  hogares; 
conservemos  la  herencia  de  honor. 


V 


Recordad  los  patriotas  ilustres 
que  cobarde  crueldad  inmoló; 
¿no  escucháis  que  apellidan  venganza?. 
Embestid  a  esa  turba  feroz. 

Recordad  del  Araure  los  campos, 
que  el  valor  colombiano  ilustró; 
a  Junin,  Boyacá  i  Ayacucho, 
monumentos  eternos  de  honor.* 

cono 

Recordemos  de  Araure  los  campos, 
que  el  valor  colombiano  ilustró; 
a  Junin,  Boyacá  i  Ayacucho, 
monumentos  eternos  de  honor. 

VI 

¿Veis  llegar  las  lejiones  venales 
que  conduce  a  la  lid  la  ambición? 
Contra  pechos  de  libres  patriotas, 
impotente  será  su  furor. 

Atacad:  una  fe  mercenaria 
poco  da  que  temer  al  valor. 
Por  victoria  hallarán  escarmiento, 
por  botin  llevarán  deshonor. 


HIMNO  DE  COLOMDIA  65 


CORO 


Avanzad,  oh  Icj iones  venales, 
quo  conduce  a  la  lid  la  ambición; 
por  victoria  hallareis  escarmiento, 
por  botin  llevareis  deshonor. 


» 


poesía? 


LA  AGRICULTURA 

OE  LA  ZONA  TÓRRIDA 


¡Salve,  fecunda  zona, 
que  al  sol  enamorado  circunscribes 
el  vago  curso,  i  cuanto  ser  se  anima 
en  cada  vario  clima, 
acariciada  de  su  luz,  concibes! 
Tú  tejes  al  verano  su  guirnalda 
de  granadas  espigas;  tú  la  uva 
das  a  la  hirviente  cuba; 
no  de  purpúrea  fruta,  o  roja,  o  gualda, 
a  tus  florestas  bellas 
falta  matiz  alguno;  i  bebe  en  ellas 
aromas  mil  el  viento; 
i  greyes  van  sin  cuento 
paciendo  tu  verdura,  desde  el  llano 
que  tiene  por  lindero  el  horizonte, 
hasta  el  erguido  monte, 
de  inaccesible  nieve  siempre  cano. 

Tú  das  la  caña  hermosa, 
de  do  la  miel  se  acendra, 
por  quien  desdeña  el  mundo  los  panales; 
tú,  en  urnas  de  coral,  cuajas  la  almendra 
que  en  la  espumante  jicara  rebosa; 
bulle  carmín  viviente  en  tus  nopales, 
que  afrenta  fuera  al  múrice  de  Tiro; 
i  de  tu  añil  la  tinta  jencrosa 
émula  es  de  la  lumbre  del  zafiro. 


LA  AGRICULTURA  DE  LA  ZONA  TÓRRIDA  67 

El  vino  es  tuyo,  que  la  herida  agave^ 

para  los  hijos  vierto 

del  Anahuac  feliz;  i  la  hoja  es  tuya, 

que,  cuando  de  suave 

humo  en  espiras  vagarosas  huya, 

solazará  el  fastidio  al  ocio  inerte. 

Tu  vistes  de  jazmines 

el  arbusto  sabeo,^ 

i  el  perfume  le  das,  que,  en  los  festines, 

la  fiebre  insana  templará  a  Lieo. 

Para  tus  hijos  la  procera  palma ^ 

su  vario  feudo  cría, 

i  el  ananas  sazona  su  ambrosia; 

su  blanco  pan  la  yuca;* 

sus  rubias  pomas  la  patata  educa; 

i  el  algodón  despliega  al  aura  leve 

las  rosas  de  oro  i  el  vellón  de  nieve. 

Tendida  para  ti  la  fresca  parcha  <* 

en  enramadas  de  verdor  lozano, 

cuelga  de  sus  sarmientos  trepadores 

nectareos  gloljos  i  franjadas  flores; 

i  para  ti  el  maíz,  jefe  altanero 

de  la  espigada  tribu,  hincha  su  grano; 

i  para  ti  el  banano  ^ 


1  Maguci  o  pita  (Agave  americana  L)  que  da  el  pulque— (J?Z  autor.) 

2  El  cafó  es  orijínario  de  Arabia,  1  el  mas  estimado  en  el  comercio  viene 
todavía  do  aquella  parte  del  Yemen  en  quo  estuvo  el  reino  do  Sabá,  que  es 
cabalmente  donde  hoi  está  Moka.— (Ei  autor.) 

3  Ninguna  familia  de  vejotalcs  puede  competir  con  las  palmas  en  la  varie- 
dad do  productos  útiles  al  hombre:  pan,  leche,  vino,  aceite,  fruta,  hortaliza, 
cera,  leña,  cuerdas,  vestido,  etc. — (El  autor.) 

4  No  so  debe  confundir  (como  se  ha  hecho  en  un  diccionario  de  grande  i 
merecida  autoridad)  la  planta  de  cuya  raíz  se  hace  el  pan  de  casavo  (que  es 
la  Jalropha  manihot  de  Linneo,  conocida  ya  jeneralmente  en  castellano  bajo 
el  nombro  de  yuca)  con  la  yucca  de  los  botánicos. — (El  autor.) 

5  Este  nombre  se  da  en  Venezuela  a  las  Pasifloras  o  Paúonarias,  jóncro 
abundantísimo  en  especies,  todas  bellas,  i  algunas  de  suavísimos  frutos.— (£/ 
«i/íor.) 

G  El  banano  es  el  vcjctal  que  principalmente  cultivan  para  sí  los  esclavos 
do  las  plantaciones  o  haciendas,  i  de  que  sacan  mediata  o  inmediatamente  su 
«ubsistcncia,  i  casi  todas  las  cosas  que  les  hacen  tolerable  la  vida.  Sabido  es 


68  poesías 

desmaya  al  peso  de  su  dulce  carga: 

el  banano,  primero 

de  cuantos  concedió  bellos  presentes 

Providencia  a  las  jentes 

del  ecuador  feliz  con  mano  larga. 

No  ya  de  humanas  artes  obligado 

el  premio  rinde  opimo: 

no  es  a  la  podadera,  no  al  arado 

deudor  de  su  racimo: 

escasa  industriaÜDástale,  cual  puede 

hurtar  a  sus  fatigas  mano  esclava: 

crece  veloz,  i  cuando  exhausto  acaba, 

adulta  prole  en  torno  le  sucede. 

Mas  ¡oh!  si  cual  no  cede 
el  tuyo,  fértil  zona,  a  suelo  alguno, 
i  como  de  natura  esmero  ha  sido, 
de  tu  indolente  habitador  lo  fuera! 
¡Oh!  ¡si  al  falaz  ruido 
la  dicha  al  fin  supiese  verdadera 
anteponer,  que  del  umbral  le  llama 
del  labrador  sencillo, 
lejos  del  necio  i  vano 
fasto,  el  mentido  brillo, 
€l  ocio  pestilente  ciudadano! 
¿Por  qué  ilusión  funesta 
aquellos  que  fortuna  hizo  señores 
de  tan  dichosa  tierra  i  pingüe  i  varia, 
al  cuidado  abandonan 
i  a  la  fe  mercenaria 
las  patrias  heredades, 
i  en  el  ciego  tumulto  se  aprisionan 
de  míseras  ciudades, 
do  la  ambición  proterva 
sopla  la  llama  de  civiles  bandos. 


que  el  bananal  no  solo  da,  a  proporción  del  terreno  qiie  ocupa,  mas  cantidad 
de  alimento  que  ninguna  otra  siembi'a  o  plantío,  sino  que  de  todos  loa  véje- 
teles alimenticios,  éste  es  el  que  pide  menos  trabajo  i  menos  cuidado,— f^/ 
autor.) 


LA  AGRICULTURA  DE  LA  ZONA  TÓRRIDA  69 

O  al  patriotismo  la  desidia  enerva; 

do  el  lujo  las  costumbres  atosiga, 

i  combaten  los  vicios 

la  incauta  edad  en  poderosa  liga? 

No  allí  con  varoniles  ejercicios 

se  endurece  el  mancebo  a  la  fatiga; 

mas  la  salud  estraga  en  el  abrazo 

de  pérfida  hermosura, 

que  pone  en  almoneda  los  favores; 

maa  pasatiempo  estima 

prender  aleve  en  casto  seno  el  fuego 

de  ilícitos  amores; 

o  embebecido  le  hallará  la  aurora 

en  mesa  infame  de  ruinoso  juego. 

En  tanto  a  la  lisonja  seductora 

del  asiduo  amador  fácil  oído 

da  la  consorte:  crece 

en  la  materna  escuela 

de  la  disipación  i  el  galanteo 

la  tierna  vírjen,  i  al  delito  espuela 

es  antes  el  ejemplo  que  el  deseo. 

¿I  será  que  se  formen  do  esc  modo 

los  ánimos  heroicos  denodados 

que  fundan  i  sustentan  los  estados? 

¿De  la  algazara  del  festín  beodo, 

o  de  los  coros  de  liviana  danza, 

la  dura  juventud  saldrá,  modesta, 

orgullo  de  la  patria,  i  esperanza? 

¿Sabrá  con  firme  pulso 

de  la  severa  leí  rejir  el  freno; 

brillar  en  torno  aceros  homicidas 

en  la  dudosa  lid  verá  sereno; 

o  animoso  hará  frente  al  jenio  altivo 

del  engreído  mando  en  la  tribuna, 

aquel  que  ya  en  la  cuna 

durmió  al  arrullo  del  cantar  lascivo, 

que  riza  el  pelo,  i  se  unjo,  i  se  atavía 

con  femenil  esmero, 

i  en  indolente  ociosidad  el  dia, 

o  en  criminal  lujuria  pasa  entero? 


70  P0ESÍAJ5 

No  asi  trató  la  triunfadora  Roma 
las  artes  de  la  paz  i  de  la  guerra; 
antes  fió  las  riendas  del  estado 
a  la  mano  robusta 

que  tostó  el  sol  i  encalleció  el  arado; 
i  bajo  el  techo  humoso  campesino 
los  hijos  educó,  que  el  conjurado 
mundo  allanaron  al  valor  latino. 

¡Oh!  ¡los  que  afortunados  poseedores 
habéis  nacido  de  la  tierra  hermosa, 
en  que  reseña  hacer  de  sus  favores, 
como  para  ganaros  i  atraeros, 
quiso  Naturaleza  bondadosa! 
romped  el  duro  encanto 
que  oa  tiene  entre  murallas  prisionero». 
El  vulgo  de  las  artes  laborioso, 
el  mercader  que  necesario  al  lujo 
al  lujo  necesita, 

los  que  anhelando  van  tras  el  señuelo 
del  alto  cargo  i  del  honoir  ruidoso, 
la  grei  de  aduladores  parásita, 
gustosos  pueblen  ese  infecto  caos: 
el  campo  es  vuestra  herencia:  en  él  gózaos. 
¿Amáis  la  libertad?  El  campo  habita, 
no  allá  donde  el  magnate 
entre  armados  satélites  se  mueve, 
i  de  la  moda,  universal  señora, 
va  la  razón  al  triunfal  carro  atada, 
i  a  la  fortuna  la  insensata  plebe, 
i  el  noble  al  aura  popular  adora. 
¿O  la  virtud  amáis?  ¡Ah,  que  el  retiro, 
la  solita,ria  calma 

en  que,  juez  de  sí  misma,  pasa  el  alma 
a  las  acciones  muestra, 
es  de  la  vida  la  mejor  maestral 
¿Buscáis  durables  goces, 
felicidad,  cuanta  es  al  hombre  dada 
i  a  su  terreno  asiento,  en  que  vecina 
está  la  risa  al  llanto,  i  siempre,  ¡ahí  siempre 


LA  AGRICULTURA  DE  LA  ZONA  TÓRRIDA  71 

donde  halaga  la  flor,  punza  la  espina? 

Id  a  gozar  la  suerte  campesina; 

la  regalada  paz,  que  ni  rencores 

al  labrador,  ni  envidias  acibaran; 

la  cama  que  mullida  le  preparan 

el  contento,  el  trabajo,  el  aire  puro; 

i  el  sabor  de  los  fáciles  manjares, 

que  dispendiosa  gula  no  le  aceda; 

i  el  asilo  seguro 

de  sus  patrios  hogares 

que  a  la  salud  i  al  regocijo  hospeda. 

El  aura  respirad  de  la  montaña, 

que  vuelve  al  cuerpo  laso 

el  perdido  vigor,  que  a  la  enojosa 

vejez  retarda  el  paso, 

i  el  rostro  a  la  beldad  tiñe  de  rosa. 

¿Es  allí  menos  blanda  por  ventura 

de  amor  la  llama,  que  templó  el  recato? 

¿O  menos  aficiona  la  hermosura 

que  de  extranjero  ornato 

i  afeites  impostores  no  se  cura? 

¿O  el  corazón  escucha  indiferente 

el  lenguaje  inocente 

que  los  afectos  sin  disfraz  expresa, 

i  a  la  intención  ajusta  la  promesa? 

No  del  espejo  al  importuno  ensayo 

la  risa  se  compone,  el  paso,  el  jesto; 

ni  falta  alli  carmin  al  rostro  honesto 

que  la  modestia  i  la  salud  colora, 

ni  la  mirada  que  lanzó  al  soslayo 

tímido  amor,  la  senda  al  alma  ignora. 

¿Esperareis  que  forme 

mas  venturosos  lazos  himeneo, 

do  el  ínteres  barata, 

tirano  del  deseo, 

ajena  mano  i  fe  por  nombre  o  plata, 

que  do  conforme  gusto,  edad  conforme, 

i  elección  libre,  i  mutuo  ardor  los  ata? 

Alli  también  deberes 


72  POESÍAS 

hai  que  llenar:  cerrad,  cerrad  las  hondas 

heridas  de  la  guerra:  el  fértil  suelo, 

áspero  ahora  i  bravo, 

al  desacostumbrado  yugo  torne 

del  arte  humana,  i  le  tribute  esclavo. 

Del  obstruido  estanque  i  del  molino, 

recuerden  ya  las  aguas  el  camino; 

el  intrincado  bosque  el  hacha  rompa, 

consuma  el  fuego;  abrid  en  luengas  calles 

la  oscuridad  de  su  infructuosa  pompa. 

Abrigo  den  los  valles 

a  la  sedienta  caña; 

la  manzana  i  la  pera 

en  la  fresca  montaña 

el  cielo  olviden  de  su  madre  España; 

adorne  la  ladera 

el  cafetal;  ampare 

a  la  tierna  teobroma  en  la  ribera 

la  sombra  maternal  de  su  bucare;  i 

aquí  el  verjel,  allá  la  huerta  ría..., 

¿Es  ciego  error  de  ilusa  fantasía? 

Ya  dócil  a  tu  voz,  agricultura, 

nodriza  de  las  jentes,  la  caterva 

servil  armada  va  de  corvas  hoces. 

Miróla  ya  que  invade  la  espesura 

de  la  floresta  opaca:  oigo  las  voces, 

siento  el  rumor  confuso:  el  hierro  suena, 

los  golpes  el  lejano 

eco  redobla;  jime  el  ceibo  anciano, 

que  a  numerosa  tropa 

largo  tiempo  fatiga: 

batido  de  cien  hachas,  se  estremece, 

estalla  al  fin,  i  rinde  el  ancha  copa. 

Huyó  la  fiera;  deja  el  caro  nido, 

deja  la  prole  implume 

el  ave,  i  otro  bosque  no  sabido 

de  los  humanos  va  a  buscar  doliente.... 


1  El  cacao  (Theobroma  cacao  L.)  suele  plantarse  en  Venezuela  a  la  sombra 
de  árboles  corpulentos  llamados  bucares.—{El  autor.) 


LA  AGRICULTURA  DE  LA  ZONA  TÓRRIDA 


73 


¿Qué  miro?  Alto  torrente  . 

de  sonorosa  llama 

corre,  i  sobre  las  áridas  ruinas 

de  la  postrada  selva  so  derrama. 

El  raudo  incendio  a  gran  distancia  brama, 

i  el  humo  en  negro  remolino  subo, 

aglomerando  nube  sobre  nube. 

Ya,  de  lo  que  untes  era 

verdor  hermoso  i  fresca  lozanía, 

solo  difuntos  troncos, 

solo  cenizas  quedan:  monumento 

de  la  dicha  mortal,  burla  del  viento. 

Mas  al  vulgo  bravio 

de  la  tupidas  plantas  montaraces, 

sucede  ya  el  fructífero  plantío 

en  muestra  ufana  de  ordenadas  haces. 

Ya  ramo  a  ramo  alcanza, 

i  a  los  rollizos  tallos  hurta  el  dia: 

ya  la  primera  flor  desvuelve  el  seno, 

bello  a  la  vista,  alegre  a  la  esperanza: 

a  la  esperanza,  que  riendo  enjuga 

del  fatigado  agricultor  la  frente, 

i  allá  a  lo  lejos  el  opimo  fruto, 

i  la  cosecha  apañadora  pinta, 

que  lleva  de  los  campos  el  tributo, 

colmado  el  cesto,  i  con  la  falda  en  cinta, 

i  bajo  el  peso  de  los  largos  bienes 

con  que  al  colono  acude, 

hace  crujir  los  vastos  almacenes. 


¡Buen  Dios!  no  en  vano  sude, 
mas  a  merced  i  a  compasión  te  mueva 
la  jcnte  agricultora 
del  ecuador,  que  del  desmayo  triste 
con  renovado  aliento  vuelvo  ahora, 
i  tras  tanta  zozobra,  ansia,  tumulto, 
tantos  años  de  fiera 
devastación  i  militar  insulto, 
aun  mas  que  tu  clemencia  antigua  implora. 
Su  rústica  piedad,  pero  sincera, 


74  POESÍAS 

halle  a  tus  ojos  gracia:  no  el  risueña 

porvenir  que  las  penas  le  alijera, 

cual  de  dorado  sueño 

vision  falaz,  desvanecido  llore; 

intempestiva  lluvia  no  maltrate 

el  delicado  embrión;  el  diente  impío 

de  insecto  roedor  no  lo  devore; 

sañudo  vendaval  no  lo  arrebate, 

ni  agote  al  árbol  el  materno  jugo 

la  calorosa  sed  de  largo  estío. 

I  pues  al  fin  te  plugo, 

arbitro  do  la  suerte  soberano, 

que,  suelto  el  cuello  de  extranjero  yugo, 

erguiese  al  cielo  el  hombre  americano, 

bendecida  de  ti  se  arraigue  i  medre 

BU  libertad;  en  el  mas  hondo  encierra 

de  los  abismos  la  malvada  guerra, 

i  el  miedo  de  la  espada  asoladora 

al  suspicaz  cultivador  no  arredre 

del  arte  bienhechora, 

que  las  familias  nutre  i  los  estados; 

la  azorada  inquietud  deje  las  almas, 

deje  la  triste  herrumbre  los  arados. 

Asaz  de  nuestros  padres  malhadados 

expiamos  la  bárbara  conquista. 

¿Cuántas  doquier  la  vista 

no  asombran  erizadas  soledades, 

do  cultos  campos  fueron,  do  ciudades? 

De  muertes,  proscripciones, 

suplicios,  orfandades, 

¿quién  contará  la  pavorosa  suma? 

Saciadas  duermen  ya  de  sangre  ibera 

las  sombras  de  Atahualpa  i  Motezuma. 

¡Ah!  desdo  el  alto  asiento, 

en  que  escabel  te  son  alados  coros 

que  velan  en  pasmado  acatamiento 

la  faz  ante  la  lumbre  de  tu  frente, 

(si  merece  por  dicha  una  mirada 

tuya  la  sin  ventura  humana  jente), 

el  ánjel  nos  envía, 


LA  AGRICULTURA  DE  LA  ZONA  TÓRRIDA  75 


el  ánjel  de  la  paz,  que  al  crudo  ibero 

haga  olvidar  la  antigua  tiranía, 

i  acatar  reverente  el  que  a  los  hombres 

sagrado  disto,  imprescriptible  fuero; 

que  alargar  le  haga  al  injuriado  hermano, 

(¡ensangrentóla  asaz!)  la  diestra  inerme; 

i  si  la  innata  mansedumbre  duerme, 

la  despierte  en  el  pecho  americano. 

El  corazón  lozano 

que  una  feliz  oscuridad  desdeña, 

que  en  el  azar  sangriento  del  combato 

alborozado  late, 

i  codicioso  de  poder  o  fama, 

no')le3  peligros  ama; 

baldón  estime  solo  i  vituperio 

el  prez  que  do  la  patria  no  reciba, 

la  libertad  mas  dulce  que  el  imperio, 

i  mas  hermosa  que  el  laurel  la  oliva. 

Ciudadano  el  soldado, 

deponga  do  la  guerra  la  librea: 

el  ramo  de  victoria 

colgado  al  ara  de  la  patria  sea, 

i  sola  adorne  al  mérito  la  gloria. 

De  su  triunfo  entonces.  Patria  mia, 

verá  la  paz  el  suspirado  dia; 

la  paz,  a  cuya  vista  el  mundo  llena 

alma  serenidad  i  regocijo: 

vuelve  alentado  el  hombre  a  la  faena, 

alza  el  ancla  la  nave,  a  las  amigas 

auras  encomendándose  animosa, 

enjámbrase  el  taller,  hiervo  el  cortijo, 

i  no  basta  la  hoz  a  las  espigas. 

¡Oh  jóvenes  naciones,  que  ceñida 
alzáis  sobre  el  atónito  occidente 
do  tempranos  laureles  la  cabeza! 
honrad  el  campo,  honrad  la  simple  vida 
del  labrador,  i  su  frugal  llaneza. 
Así  tendrán  en  vos  perpetuamente 
la  libertad  morada. 


76  poesías 

/  i  freno  la  ambición,  i  la  leí  templo. 

Las  jentes  a  la  senda 
de  la  inmortalidad,  ardua  i  fragosa, 
se  animarán,  citando  vuestro  ejemplo. 
Lo  emulará  celosa 

vuestra  posteridad;  i  nuevos  nombres 
añadiendo  la  fama 
a  los  que  ahora  aclama, 
«hijos  son  estos,  hijos 
(pregonará  a  los  hombres) 
de  los  que  vencedores  superaron 
de  los  Andes  la  cima: 
de  los  que  en  Boyacá,  los  que  en  la  arena 
de  Maipo,  i  en  Junin,  i  en  la  campaña 
gloriosa  de  Apurima, 
postrar  supieron  al  león  de  España.» 


^^3C^C'w'£>vCCCw  j,C  j^CCúDiXiOOuDOi-O^Ou'-t'jCiC 


LA  LUZ 


TRADUCCIÓN  DE  UN  FRAGMENTO  DEL  POEMA  DE  DELILLE,  TITULADO 

Los  Tres  Reinos  de  la  Naturaleza. 


ft 


La  ciudad  por  el  campo  dejé  un  dia; 
i  recorriendo  vagaroso  el  bello 
distrito  que  a  la  vista  se  me  ofrece, 
el  prado  cruzo,  i  la  montaña  trepo. 
Llevó  por  la  espesura  de  la  selva 
de  mi  libre  vagar  el  rumbo  incierto; 
del  arroyuelo  el  tortuoso  jiro, 
seguí;  pasó  el  torrente;  oí  el  estruendo 
de  la  cascada;  contempló  la  tierra; 
i  osé  curioso  interrogar  al  ciclo. 
El  sol  se  puso;  i  envolvió  la  noche 
la  creación;  mas  por  su  triple  imperio, 
discurro  aun  la  mente  vagarosa. 
Descendió  de  los  astros  el  silencio, 
derramando  en  mi  sor  sabrosa  calma; 
i  de  mil  formas  peregrinas  veo 
el  májico  prestijio  todavía, 
i  aun  no  da  tregua  a  la  memoria  el  sueño. 
Parecióme  mirar  al  Jenio  augusto 
de  la  naturaleza,  entre  severo 
i  apacible  el  semblante,  en  luminosa 
ropa  velados  los  divinos  miembros. 


poesías 

Do  sus  siete  matices,  Iris  bella 

bordóle  el  manto.  Urania  el  rubio  pelo 

le  coronó  de  estrellas.  Doce  signos 

el  cinto  le  divisan.  Arma  el  fuego 

de  Júpiter  su  diestra;  i  su  mirada 

meteoros  de  luz  esparce  al  viento. 

Bajo  sus  huellas,  brota  el  campo  rosas. 

Abrense  a  su  mandado  mil  veneros 

de  cristalinas  ondas.  Las  fragantes 

alas  Favonio  ajita;  o  silba  el  Euro, 

acaudillando  procelosas  nubes. 

Se  inflama  el  aire;  i  ronco  estalla  el  trueno. 

Puéblase  el  ancho  suelo  de  vivientes, 

i  el  hondo  mar.  En  derredor,  el  tiempo 

con  mano  infatigable  alza,  derriba, 

cria,  destruye.  Sus  despojos  yertos 

la  tumba  reanima;  i  da  la  Parca 

eterna  juventud  al  universo. 

Cuanto  le  miro  mas,  mayor  parece. 

— Mirad!  me  dice  al  fin.  Si  hasta  aquí  tierno 

las  formas  esteriores  que  este  globo 

muestra  a  tu  vista,  a  tu  pincel  someto, 

a  empresa  superior,  la  fantasía 

levanta  ya.  Sus  íntimos  cimientos 

cala,  i  de  su  escondida  arquitectura 

revela  a  los  humanos  los  misterios: 

los  primitivos  elementos  canta, 

su  mutua  lid,  sus  treguas  i  concierto; 

mide  con  huella  audaz  la  escala  inmensa 

que  sube  desde  el  polvo  hasta  el  Eterno; 

haz  que  en  sus  vetas  el  metal  se  cuaje; 

desarrolla  la  flor;  somete  al  carro 

del  hombre  el  bruto;  eleva  a  Dios  el  hombre. 

Yo  a  tu  pintura  infundiré  mi  aliento; 

i  durará  cuanto  yo  dure. — Dijo; 

i  a  obedecerle  voi;  mas  lejos,  lejos 

de  mi,  sistemas  vanos,  parto  espurio 

de  la  razón,  que  demasiado  tiempo 

pusisteis  en  cadenas  afrentosas, 

de  sí  mismo  olvidado,  el  pensamiento. 


LA  LUZ  79 


Sobre  apoyos  aéreos  erijido, 
obra  do  presuntuosa  fantasía 
que  desprecia  el  examen,  un  sistema 
hasta  los  cielos  la  cabeza  empina; 
i  do  los  hombres  usurpando  el  culto, 
reina  siglos  talvcz;  mas  no  bien  brilla 
la  clara  luz  de  un  hecho  inesperado, 
la  hueca  mole  en  humo  se  disipa. 
Los  vórtices  pasaron  de  Cartesio. 
Pasaron  las  esferas  cristalinas 
do  Ptolomeo;  i  con  flamantes  alas, 
en  torno  al  sol  la  grave  tierra  jira. 
De  sus  frájiles  basas  derrocados, 
así  también  vendrán  abajo  un  dia 
tantos  sueños  famosos,  como  aquella 
estatua  del  monarca  de  la  Asiría, 
que,  de  oro,  plata  i  bronce  fabricada, 
se  sustentaba  en  flacos  pies  de  arcilla; 
i  desprendida  do  una  cumbre,  apenas 
el  tosco  barro  hirió  menuda  guija, 
se  estremece  el  coloso,  i  desplomado 
cubre  en  torno  la  tierra  de  ruinas. 
Sigamos,  pues,  de  la  esperiencia  sola 
el  seguro  fanal.  Ella  me  dicta. 
Yo  escribo.  A  sus  oráculos  atento, 
celebro  ya  la  luz.  A  la  luz  rinda 
su  homenaje  primero  el  canto  mío, 
a  la  sutil  esencia  preregrina 
que  los  cuerpos  fomenta,  alumbra,  cala; 
que  el  verde  tallo  de  la  planta  anima; 
su  pureza  vital  conserva  al  aire; 
llena  el  espacio  inmenso  en  que  caminan 
los  mundos;  i  en  su  rápida  carrera, 
a  la  mirada  del  Eterno  imita, 
a  cuya  voz  rasgó  su  primer  rayo 
el  hondo  seno  de  la  noche  antigua: 
fuente  de  la  beldad,  pincel  del  mundo, 
de  la  naturaleza  espojo  i  vida. 

A  la  celeste  bóveda,  mi  vuelo 


80  POESÍAS 

dirije  tú,  Delambre,  que  combinas 

gusto  i  saber,  i  la  elegancia  amable 

con  el  severo  cálculo  maridas. 

I  pueS  Newton  de  su  potente  mano 

a  la  tuya  pasó,  no  menos  digna, 

las  riendas  de  los  orbes  luminosos, 

tiende  a  tu  admirador  la  diestra  amiga. 

Subir  me  da  sobre  tu  carro  alado, 

i  la  hueste  de  esferas  infinitas 

que  en  raudo  curso  surcan  golfos  de  oro, 

o  equilibradas  penden  de  sí  mismas, 

veré  contigo,  i  su  diurna  vuelta, 

i  su  anuo  jiro,  i  de  qué  lei  rejidas, 

ora  se  buscan  con  amante  ansia, 

ora  el  consorcio  apetecido  esquivan. 

No  te  conduce  allá  la  gloria  solo 

de  interpretar  ocultas  maravillas, 

ni  en  la  rejion  te  engolfas  de  la  duda 

en  que  sistemas  con  sistemas  lidian; 

mas  del  Gran  Ser  la  soberana  idea 

i  el  parto  eterno  esploras  que  armoniza 

ese  de  luz  imperio  portentoso, 

donde  al  orden  común  todo  conspira; 

donde  el  cometa  mismo,  que,  la  roja 

melena  desgreñando,  pone  grima, 

gliarda  en  su  vasta  fuga  el  señalado 

rumbo,  i  el  patrio  hogar  jamas  olvida, 

Pura  es  allí  de  la  verdad  la  fuente, 

cuyo  ideal  modelo  te  cautiva; 

mas  ¡ah!  que  en  esos  rutilantes  orbes 

do  el  ánjcl  de  la  luz  con  ojos  mira 

de  piedad  este  cieno  que  habitamos, 

do  te  ofrece  un  abismo  cada  línea, 

cada  astro,  un  punto,  i  cada  punto,  un  mundo, 

no  es  posible,  Delambre,  que  te  siga 

en  pos  de  objetos,  que  a  Virjilio  mismo 

dieron  pavor,  no  vuelo  ya.  Campiñas, 

i  prados,  i  boscajes  me  enamoran. 

Ellos,  como  al  mantuano,  me  convidan. 

A  gozar  voi  su  asilo  venturoso: 


LA  LUZ  81 


i  mientras  tii  con  alas  atrevidas 
corres  tu  reino  etéreo,  i  pides  cuenta 
de  su  prestado  resplandor  a  Cintia, 
o  del  soberbio  carro  del  Tenante 
contemplas  la  1  umbrosa  comitiva, 
te  veré  yo,  desde  mi  fuente  amada, 
en  los  astros  dejar  tu  fama  escrita; 
i  menos  animoso,  a  cantar  solo 
la  bella  luz  acordaré  mi  lira. 


A  cada  ser  su  colorida  ropa 
viste  la  luz.  Si  toda  le  penetra, 
oscuro  luto;  si  refleja  toda, 
pura  le  cubre  i  candida  librea. 
Rompo  también  a  veces  i  divide 
BU  trama  de  oro  en  separadas  hebras; 
i  reflejada  en  parte,  en  parte  al  seno 
osando  descender  do  la  materia, 
visos  le  da  i  matices  diferentes. 
Mas  otríis  veces  rápida  atraviesa 
el  interior  tejido;  i  lo  mas  duro, 
variamente  doblada,  trasparenta. 
Ora  a  la  superficie  en  que  resurte, 
con  ángulos  iguales  busca  i  deja; 
ora  a  diverso  medio  trasmitida, 
según  es  denso,  así  los  rayos  quiebra. 


Antes  que  de  Newton  el  alto  ¡njcnio 
de  la  luz  los  prodijios  descubriera, 
mostróse  siempre  en  haces  concentrada. 
El  descojió  la  espléndida  madeja, 
i  de  la  majia  de  su  prisma  armado, 
■del  iris  desplegó  la  cinta  etérea. 
Mas,  a  las  maravillas  de  tu  prisma, 
precedió,  ingles  profundo,  la  ampollucla 
de  jabón,  con  que  el  niño,  sin  saberlo, 
desenvolviendo  los  coloros,  juega. 
Lo  que  inocente  pasatiempo  al  niño, 

POESÍAS  1 1 


82  poesías 

fué  a  ti  lección:  asi  Naturaleza 
fia  al  atento  estudio  sus  arcanos, 

0  un  acaso  felice  los  revela. 

De  los  siete  colores  la  familia, 
si  toda  se  reúne,  el  brillo  enjendra 
de  la  radiante  luz;  i  si  con  varia 
asociación  sus  varios  tintes  mezcla, 
ya  del  metal  el  esplendor  produce, 
ya  el  oro  de  la  mies  que  el  viento  ondea, 
ya  los  matices  que  a  la  flor  adornan, 
ya  los  celajes  que  la  nube  ostenta, 
i  de  los  campos  el  verdor  alegre, 
i  el  velo  azul  de  la  celeste  esfera. 
Su  púrpura  el  racimo,  i  su  vistosa 
cuna  de  nácar  le  debió  la  perla. 

1  ¿quien  los  dones  de  la  luz  no  sabe? 
Triste  la  planta  i  lánguida  sin  ella, 
niega  a  la  flor  colores,  niega  al  fruto 
dulce  sabor,  i  a  donde  alcanza  a  verla, 
allá  los  ojos  i  los  tiernos  ramos 
descolorida  tiende  i  macilenta. 

¿Ves  de  enfermiza  palidez  cubrirse 

la  endibia  en  la  honda  estancia  prisionera? 

¿Ves  en  la  zona  do  a  torrentes  de  oro 

derrama  el  sol  su  luz,  cuál  hermosea 

florida  pompa  el  oloroso  bosque? 

Empapadas  allí  de  blanda  esencia, 

bate  las  alas  céfiro  lascivo; 

dorada  pluma  el  avecilla  peina; 

abril  florece  sin  cultura  eterno; 

i  toda  es  vida  i  júbilo  la  selva; 

mientras  del  norte  la  rejion  sombría 

de  funeral  horror  yace  cubierta. 

Pero  ¿qué  digo?  allá  en  el  norte  helado, 

es  do  mejor  sus  maravillas  muestra 

la  l3ella  luz.  Brillantes  meteoros 

el  largo  imperio  de  la  noche  alegran; 

i  la  atezada  oscuridad  en  llamas 

rompe  de  celestial  magnificencia, 


LA  LUZ  83 


con  quien  el  alba  misma  no  compite 
en  el  clima  feliz  que  la  despierta. 
Ora  la  lumbre  boreal  el  aire 
cautiva  tiene  en  tenebrosa  niebla; 
ora  le  da  salida,  i  la  derrama 
en  fúljidas  vislumbres;  ora  vuela 
en  rayos  dividida;  ora  se  tiende 
en  ancha  zona.  Aquí  relampaguea 
bruñida  plata;  allá  con  el  zafiro, 
el  amatiste  i  el  topacio  alternan; 
i  del  rubí  la  ensangrentada  llama 
ya  un  alterado  piélago  semeja, 
que,  de  furiosa  ráfaga  al  embate, 
montes  lanza  de  fuego  a  las  estrellas. 
Ya  estandartes  tremola  luminosos; 
bóvedas  alza;  en  carros  de  oro  rueda. 
Columnas  finje;  o  risco  sobre  risco, 
fábrica  de  jigantes,  aglomera, 
i  hace  el  horror  de  la  estación  sombría 
do  maravillas  variada  escena. 

Creyólas  la  ignorancia  largo  tiempo 
ígneas  exhalaciones,  que,  en  la  densa 
nieve  del  septentrión  reverberadas, 
a  las  naciones  presajiaban  guerra, 
iras,  tumulto;  i  vacilar  hacían 
al  tirano  en  la  frente  la  diadema. 
Otros  el  polo  helado  imajinaron 
ver  envuelto  en  el  limbo  de  la  inmensa 
atmósfera  solar,  cuyos  reflejos 
denso  el  aire  o  sutil,  rechaza,  alberga, 
difunde  en  modos  varios,  o  acumula, 
i  su  luz  tiñe,  i  formas  mil  le  presta. 

Refieren  los  poetas  (de  natura 
elegantes  intérpretes)  que  Jovo 
a  dos  bellas  hermanas  hizo  reinas, 
una  del  rico  oriente,  otra  del  norte. 
La  Boreal  Aurora  cierto  dia 
(añaden),  viendo  que  su  hermana  ol  goco 


poesías 

de  la  divinidad  obtiene  sola, 

i  el  incienso  le  usurpa  de  los  hombres, 

al  Sol,  su  padre,  va  a  quejarse;  i  mientras 

que  de  sus  ojos  tierno  llanto  corre: 

— ¡Oh  eterno  rei  del  dia!  ¡Oh  padre!  esclama, 

¿hasta  cuándo  será  que  me  deshonren 

los  que  hija  de  la  tierra  me  apellidan, 

i  parto  vil  de  fríjidos  vapores? 

¿Hasta  cuándo  querrás  que  oprobio  tanto 

infame  tu  linaje?  El  manto  rompe 

de  púrpura  que  visto;  i  de  mis  galas 

la  inútil  pompa  en  luto  se  trasforme. 

Arranca  de  mis  sienes  la  corona, 

si  por  hija  ¡ai  de  mi!  me  desconoces. 

¡Oh  cuánto  es  mas  feliz  la  hermana  mia! 

La  hospeda  el  cielo,  i  la  bendice  el  orbe; 

conságranle  sus  cánticos  tus  Musas; 

i  en  blando  coro,  la  saluda  el  bosque. 

¿I  a  qué  beldad  honores  tales  debe? 

¿Por  qué  la  adora  el  mundo,  i  de  mi  nombre 

se  acuerda  apenas?  ¿Vale  tanto  acaso 

el  falso  lustre  de  caducas  flores 

que  a  un  leve  soplo  el  ábrego  deshoja? 

Siempre  descoloridos  arreboles 

la  ven  nacer;  i  de  abalorios  vanos, 

las  trenzas  orna  que  a  tu  luz  descoje. 

Mas  yo,  de  oro,  i  de  púrpura  i  diamantes 

recamo  el  cielo.  Yo,  a  la  parda  noche, 

hago  dejar  sus  lúgubres  capuces, 

i  alas  de  luz  vestir.  Por  mí,  depone 

su  sobrecejo  la  arrugada  bruma. 

Por  mí,  Naturaleza,  en  medio  el  torpe 

letargo  del  invierno,  abre  los  ojos, 

i  tu  brillante  imperio  reconoce. 

Mi  hermana,  dicen,  a  servirte  atenta, 

madruga  cada  dia,  i  tus  veloces 

caballos  unce,  i  a  la  tierra  el  velo 

de  la  tiniebla  fúnebre  descorre. 

Sí,  sábelo  el  Olimpo,  que,  dejando 

la  cama  de  Tritón,  va  con  el  joven 


LA  LUZ  85 

Céfalo  a  solazarse,  i  no  se  cura 

do  que  a  la  tarda  luz  el  mundo  invoque. 

¿Por  que,  pues,  ha  de  ser  la  hermana  mia 

única  en  tu  cariño  i  tus  favores? 

¿Por  qué,  si  hija  soi  tuya,  no  me  es  dado 

beber  contigo  el  néctar  de  los  dioses? — 

— Cese  tu  duelo,  cese,  ¡oh  sangre  mia! 

tus  lágrimas  enjuga  (el  Sol  responde). 

Yo  vengaré  tu  largo  vituperio. 

Un  mortal  he  clej  ¡do  que  pregone 

la  alteza  de  tu  cuna,  i  a  su  cargo 

con  noble  empeño  tu  defensa  tome. 

El  diga  tu  linaje;  i  las  estrellas, 

cual  hija  de  su  rci,  de  hoi  mas  te  adoren. — 

Dice.  Ella  parte.  El  rci  del  ciclo  un  rayo 

de  su  frente  inmortal  desprende  entonces 

(de  aquellos  con  que  a  espíritus  felices 

de  estro  divino  inflama,  i  lleva  a  donde 

los  haces  de  tus  obras  confidentes, 

Naturaleza,  i  tus  arcanos  oyen) . 

El  nombre  en  él  gral^ó  de  su  hija  amada, 

i  la  estirpe,  i  las  gracias;  i  lanzólo 

al  ilustre  Mairan.  El  dardo  vuela; 

hiérele;  i  ya  inspirado,  los  blasones 

de  la  hiperbórea  diosa  canta  el  sabio. 

La  Aurora  de  los  climas  de  Boótcs, 

como  la  del  oriente,  es  ensalzada, 

i  adoradores  tiene,  imperio  i  corte. 

Asi  cantaron  las  divinas  Musas. 
Otros  la  vasta  atmósfera  suponen 
de  eléctricos  principios  ajitada, 
que  en  intestina  lid  hierven  discordes; 
i  el  cielo  hinchiendo  de  tumulto  i  guerra, 
alzan  sobre  el  atónito  horizonte 
lúcidos  meteoros;  mas,  en  medio 
de  encontradas  hipótesis,  esconde 
su  lumbre  la  verdad;  i  el  juicio  ignora 
donde  la  planta  mal  segura  apoye. 


CARTA 


ESCRITA  DE  LONDRES  A  PARÍS  POR  UN  AMERICANO  A  OTRO 


EiS  fuerza  que  te  diga,  caro  Olmedo, 
que  del  dulce  solaz  destituido 
de  tu  tierna  amistad,  vivir  no  puedo. 

¡Mal  haya  ese  Paris  tan  divertido, 
i  todas  sus  famosas  fruslerías, 
que  a  soledad  me  tienen  reducido! 

¡Mal  rayo  abrase,  amen,  sus  Tullerías, 
i  mala  peste  en  sus  teatros  haga 
sonar,  en  vez  de  amores,  letanías! 

I,  cual  suele  el  palacio  de  una  maga, 
a  la  virtud  de  superior  conjuro, 
toda  esa  pompa  en  humo  se  deshaga. 

I  tú,  al  abrir  los  ojos,  no  en  oscuro 
aposento,  entre  sábanas  fragantes, 
te  encuentres,  blando  alumno  de  Epicuro; 

Sino,  cual  paladín  de  los  que  errantes 
de  yermo  en  yermo,  abandonando  el  nido 
patrio,  iban  a  cazar  jigantes. 


CARTA  ESCRITA  DE  LONDRES  A  PARÍS  87 

Te  halles  al  raso,  a  tu  sabor  tendido, 
rodeado  do  cardos  i  de  jaras, 
cantándote  una  rana  a  cada  oído. 

I  suspirando  entonces  por  las  caras 
ondas  del  Guayas  (Guayaquil  un  dia, 
antes  que  al  héroe  de  Junin  cantaras), 

Digas: — ¡Oh!  venturosa  patria  mia, 
¿quién  me  trajo  a  vivir  do  todo  es  hecho 
de  antojos,  de  embeleco  i  de  falsía? 

A  Londres  de  esta  vez,  me  voi  derecho, 
donde,  aunque  no  me  aguarda  el  beso  amante 
de  mi  Virjinia,  ni  el  paterno  techo, 

Me  aguarda  una  alma  fiel,  veraz,  constante, 
que  al  verme  sentirá  mas  alegría, 
de  la  que  me  descubra  en  el  semblante. 

Con  él  esperaré  que  llegue  el  dia 
de  dar  la  vuelta  a  mi  nativo  suelo, 
i  a  los  abrazos  de  la  esposa  mia; 

I  mientras  tanto  bien  me  otorga  el  cielo, 
¡oh  Musas!  oh  amistad!  a  mis  pesares 
en  vuestros  goces  hallaré  consuelo. 

Ven,  ven,  ¡ingrato  Olmedo!  Así  los  marea 
favorables  te  allanen  su  ancha  espalda, 
cuando  a  tu  bella  patria  retornares; 

I  cuanta  fresca  rosa  la  esmeralda 
matiza  de  sus  campos  florecidos, 
Guayaquil  entreteja  a  tu  guirnalda; 

I  a  recibirte  salgan  los  queridoa 
amigos  con  cantares  de  alegría, 
por  cien  bocas  i  ciento  repetido»! 


88  poesías 

Ven,  i  de  nuestra  dulce  poesía 
al  apacible  i  delicioso  culto, 
vuelva  ya  tu  inspirada  fantasía. 

Otro  so  goce  en  el  feroz  tumulto 
de  la  batalla  i  la  sangrienta  gloria, 
a  la  llorosa  humanidad  insulto; 

Otro  encomiende  a  la  tenaz  memoria 
de  antiguos  i  modernos  la  doctrina, 
de  absurdos  i  verdades  pepitoria; 

Mientras  otro  que  ciego  se  imajina 
en  sólidos  objetos  ocupado, 
i  también  a  su  modo  desatina, 

Intereses  calcule  desvelado, 
i  por  telas  del  Támosis  o  el  Indo, 
cambie  el  metal  de  nuestro  suelo  amado. 

Te  manda  el  cielo  que  el  laurel  del  Pindó 
trasplantes  a  los  climas  de  occidente, 
do  crece  el  ananas  i  el  tamarindo; 

Do  en  nieves  rebozada  alza  la  frente 
el  jayán  de  los  Andes,  i  la  via 
abre  ya  a  nuevos  hados  nueva  jente. 

íFeliz,  oh  Musa,  al  que  miraste  pia 
cuando  a  la  nueva  luz  recién  nacido 
los  tiernezuelos  párpados  abria! 

No  llega  nunca  al  pecho  embebecido 
en  la  visión  de  la  ideal  belleza 
de  insensatas  contiendas  el  ruido. 

El  Niño  Artior  la  lira  le  adereza; 
i  díctanle  cantares  inocentes 
virtud,  humanidad,  naturaleza. 


CARTA  ESCRITA  DE  LONDRES  A  PARÍS  89 

Huye  ol  vano  bullicio  de  esa  jente 
desventurada,  a  quien  la  paz  irrita; 
i  se  aduerme  al  susurro  de  la  fuente; 

O  por  mejor  decir,  un  mundo  habita 
suyo,  donde  mas  bello  suelo  i  rico 
la  edad  feliz  del  oro  resucita; 

Donde  no  se  conoce  esteva  o  pico, 
i  vive  mansa  jente  en  leda  holgura, 
vistiendo  aun  el  pastoral  pellico; 

Ni  halló  jamas  cabida  la  perjura 
fe,  la  codicia  o  la  ambición  tirana, 
que  nacida  al  imperio  se  figura; 

Ni  a  la  plebe  deslumhra,  insulsa  i  vana, 
de  la  estranjera  seda  el  atavío, 
con  que  talvez  el  crimen  se  engalana; 

Ni  se  obedece  intruso  poderío, 
que,  ora  promulga  leyes,  i  ora  anula, 
siendo  la  lei  suprema  su  albedrío; 

Ni  al  patriotismo  el  interés  simula, 
que  hoi  a  la  libertad  himnos  entona, 
i  mañana  al  poder,  sumiso,  adula; 

Ni  victorioso  capitán  pregona 
lides  que  por  la  patria  ha  sustentado, 
i  en  galardón  le  pide  la  corona. 

¡Oh!  cuánto  de  este  mundo  afortunado 
el  fango  inmundo  en  que  yacemos  dista, 
para  destierro  a  la  virtud  criado! 

Huyamos  del,  huyamos  do  a  la  vista 
no  ponga  horror  i  asombro  tanta  escena 
que  al  bien  nacido  corazón  contrista. 


90  POESÍAS 

^ , .   .    

¿Ves  cómo  en  nuestra  patria  desenfrena 
sus  furias  la  ambición,  i  al  cuello  exento 
forjando  está  otra  vez  servil  cadena? 

¿No  jimes  de  mirar  cuál  lleva  el  viento 
tantos  ardientes  votos,  sangre  tanta, 
cuatro  lustros  de  horror  i  asolamiento, 

Campos  de  destrucción  que  al  orbe  espanta, 
miseria  i  luto  i  orfandad  llorosa, 
que  en  vano  al  cielo  su  clamor  levanta? 

Como  el  niño  inocente,  que  la  hermosa 
fábrica  ve  del  iris,  que  a  la  esfera 
sube,  esmaltado  de  jacinto  i  rosa, 

I  en  su  demanda  va  por  la  pradera, 
i  cuando  cree  llegar,  i  a  la  encantada 
aparición  poner  la  mano  espera, 

Huye  el  prestijio  aéreo,  i  la  burlada 
vista  le  busca  por  el  aire  puro, 
i  su  error  reconoce  avergonzada; 

Así  yo  a  nuestra  patria  me  figuro 
que,  en  pos  del  bien  que  imajinó,  se  lanza, 
i  cuando  cree  que  aquel  feliz  futuro 

De  paz  i  gloria  i  libertad  alcanza, 
la  ilusión  se  deshace  en  un  momento, 
i  ve  que  es  un  delirio  su  esperanza; , 

Finjido  bien  que  ansioso  el  pensamiento 
pensaba  asir,  i  aéreo  espectro  apaña, 
luz  a  los  ojos  i  a  las  manos  viento. 

Huyamos,  pues,  a  do  las  auras  baña 
de  alma  serenidad  lumbre  dichosa, 
que,  si  ella  engaña,  dulcemente  engaña; 


CARTA  ESCniTA  DE  LONDRES  A  PARÍS  91 

I  este  triste  velar  por  la  sabrosa 
ilusión  permutemos,  que  se  sueña 
en  los  floridos  antros  de  tu  diosa. 

Dame  la  mano;  i  sobre  la  ardua  peña 
donde  el  sagrado  alcázar  se  sublima, 
podrán  dejar  mis  pies  alguna  seña; 

Mas  ¡ai!  en  vano  mi  flaqueza  anima 
tu  vuelo  audaz,  que,  al  fatigado  aliento, 
pone  pavor  la  levantada  cima. 

Sigue  con  jeneroso  atrevimiento 
a  do  te  aguarda,  en  medio  el  alto  coro 
de  las  alegres  Musas,  digno  asiento. 

Ya  para  recibirte  su  canoro 
concepto  se  suspende,  i  la  armonía 
de  las  acordes  nueve  liras  de  oro. 


LOS  JARDINES 


TRADUCCIÓN  DE  UN  FRAGMENTO  DEL  POEMA  DE  DELILLE  QUE  TIENE 
ESTE  TÍTULO 


Ya  de  la  primavera  el  blando  aliento 
a  rejuvenecer  el  mundo  torna, 
trayendo  alegre  música  a  la  selva, 
flores  al  campo,  i  a  Favonio  aromas. 
¿A  qué  nuevo  cantar  templo  la  lira? 
¡Ah!  cuando  el  largo  luto  se  despoja 
la  tierra;  cuando  el  valle  i  la  montaña, 
el  prado  humilde  i  la  floresta  hojosa, 
todo  de  amor  i  de  esperanza  rie, 
mi  voz  también  tu  imperio  reconozca, 
¡jenial  abril!  Cante  otro  las  batallas, 
i  abra  al  valor  los  fastos  de  la  gloria; 
pinte  el  fulmíneo  carro  de  Mavorte, 
o  ensangriente  sus  manos  con  la  copa 
del  fratricida  Atreo;  los  jardines 
prefiero  yo,  las  dádivas  de  Flora. 
Yo  diré  cómo  el  arte  gracias  nuevas 
da  al  césped,  a  la  flor,  la  áspera  roca, 
el  parlero  cristal;  i  en  la  animada 
tabla  del  suelo  luces  mezcla  i  sombras; 
sabe  sitio  elejir,  i  perspectiva; 


LOS  JARDINES  93 


uno  el  designio  i  varia  hace  la  forma; 
llama  al  hábil  cincel,  llama  a  la  noblo 
arquitectura;  i  con  sus  bellas  obras, 
decora  la  mansión  del  hombre,  i  haco 
a  la  naturaleza  mas  hermosa. 

Tú  que  con  el  vigor  juntas  la  gracia, 
cuando  el  verso  didáctico  sazonas, 
¡Musa!  si  de  Lucrecio  en  los  acentos, 
de  las  lecciones  áridas  la  tosca 
austeridad  puliste;  si  su  ilustre 
rival,  merced  a  ti,  supo  al  idioma 
del  cielo  hacer  la  esteva  i  el  cayado 
digna  materia;  ven,  i  un  tema  adorna 
menos  severo,  i  que  a  Virjilio  mismo 
pudo  tentar;  ^  mas  no  la  vana  pompa 
busquemos  de  prestados  ornamentos: 
ven,  i  teje  a  mi  frente  con  mis  propias 
flores  guirnalda,  i  cual  temprano  rayo 
que  el  horizonte  de  celajes  dora, 
alguna  parte  alcanzará  a  mi  estilo 
de  los  colores  que  a  mi  asunto  sobran. 

Vio  del  arto  inocente  que  celebro, 
ol  antiguo  universo  la  primera 
infancia;  i  desde  el  tiempo  que  al  colono 
el  duro  suelo  avasalló  la  reja, 
fue  a  la  recreación  dada  una  parto 
feliz  de  su  dominio,  estancia  amena 
de  plantas  escojidas,  que  halagaban 
los  ojos  i  el  olfato  a  competencia. 
En  rústicos  verjeles,  so  complaco 
el  simple  lujo  de  Feacia;  2  eleva 
al  aire  Babilonia  sus  pensiles; 
i  cuando  Roma  al  orbe  dio  cadenas, 


1  Alusión  a  los  versos  116  i  siguientes  del  libro  4  de  Las  Jeor jicos, —{EL 
autor.) 

2  Isla  en  que  reinaba  Alcinoo,  cuyos  jardines  describe  Homero  en  la  Odisea, 
libro  1,—{EI  autor.) 


94  POESÍAS 

en  parques  que  cautivas  adornaban 
las  maravillas  de  las  artes  griegas, 
iban  los  orgullosos  vencedores 
a  deponer  el  rayo  de  la  guerra. 
El  saber  habitaba  los  jardines 
un  dia;  i  entre  verdes  alamedas, 
pudo  con  sobrecejo  menos  grave 
comunicarse  a  la  pulida  Atenas. 
El  venturoso  Edén  i  el  Eliseo, 
que  el  cielo  dio  por  cuna  a  la  inocencia, 
i  a  la  virtud  por  premio,  ¿eran  acaso 
jaspeados  palacios?  Bosques  eran, 
lozanos  boáques,  i  risueñas  fuentes, 
i  alegres  prados  de  mullida  yerba, 
do  inaccesible  el  hombre  a  los  cuidados 
en  paz  vivia  i  bienandanza  eterna. 

Tú  que  a  Natura  pides  que  en  el  campo 
simple  se  muestre,  a  par  que  amable  i  bella, 
no  a  gran  precio  le  insultes,  que  el  injenio 
te  manda  prodigar,  no  la  riqueza. 
Elegante  un  jardin,  mas  que  ostentoso, 
un  ancho  cuadro  a  nuestra  vista  ofrezca. 
Sé  pintor:  la  campiña  i  sus  matices, 
la  luz  del  sol,  las  sombras  de  la  selva, 
el  jiro  de  los  cielos  que  varía 
de  las  horas  i  meses  la  librea, 
de  las  colinas  el  ropaje  verde, 
la  alfombra  del  abril  en  la  pradera, 
musgosas  rocas,  i  árboles  copados, 
i  fujitivas  aguas,  tal  la  tela, 
tales  son  tus  pinceles,  tus  colores. 
Naturaleza  es  tuya,  i  a  tu  experta 
mano,  para  que  formas  nuevas  críes, 
todas  las  formas  da  de  la  materia. 

Mas  antes  de  plantar,  antes  que  toque 
el  corvo  arado  el  seno  de  la  tierra, 
a  la  naturaleza  observa,  estudia, 
por  modelo  la  toma,  i  por  maestra. 


LOS  JARDINES  95 


¿Xo  ves  aparecer  vagando  acaso 
por  apartado  sitio  inculta  escena 
que  te  hace  el  paso  suspender,  i  el  alma 
en  blandas  fantasías  embelesa? 
Copie  el  pincel,  si  puede,  sus  aspectos; 
a  hermosear  el  campo,  el  campo  enseña. 

También  los  sitios  notarás,  que  el  gusta 
inlclijcntc  ornó,  i  en  lo  cücojido, 
cscojerás  de  nuevo.  Ya  la  noble 
pompa  de  Chantillí,  que  favorito 
albergue  fuó  a  cien  héroes,  te  con\ida; 
Bel-CKil,  que  a  lo  campestre  une  lo  rico; 
Navarra,  en  que  la  sombra  se  complace 
del  grande  Enrique,  i  Tívoli  florido, 
cuyas  amables  formas  a  la  Francia 
.  hicieron  divisar  de  un  nuevo  estilo 
el  modelo  primero,  como  suele 
tímido  recatando  el  botoncillo 
su  delicado  seno  todavía, 
dar  de  la  alegre  primavera  aviso. 
Chanteloup,  que  te  ufanas  del  destierro 
de  tu  señor;  Montreuil,  cuyo  recinto 
las  Gracias  solazándose  trazaron; 
Auteuil,  Kincy,  Limours,  ¡qué  do  atractivos 
a  la  vista  ofrecéis!  ¡Cuan  dulcemente 
me  pierdo  en  vuestros  verdes  laberintos! 

De  aguas  rico  i  do  prados  i  de  selvas, 
ostenta  el  alemán  nuevos  prodijios. 
¿Quién  a  Rhinberg  ignora,  en  que  reposo 
halla  el  valor,  las  artes  domicilio; 
Khinberg,  que  se  retrata  en  los  cristales 
do  un  lago  inmenso?  ¿A  quién  no  es  conocido 
Postdam,  que,  ya  en  la  paz,  i  ya  en  la  guerra, 
dominó  de  la  Europa  los  destinos, 
mansión  de  la  victoria;  liellavista, 
por  do  las  ondas  corren  sin  ruido 
del  rio  que,  a  la  juncia  de  sus  trenzas, 
supo  enlazar  el  ramo  de  Gradivo;    , 


96  POESÍAS 

Casel,  do  sus  cascadas  orgulloso, 
de  sus  llanos  Gosow?  Jamas  han  visto 
campiñas,  montes,  valles,  aguas,  bosques, 
tan  deleitosa  variedad  de  sitios. 

Los  campos  de  los  Césares  te  llaman, 
donde  te  muestra  bajo  mil  aspectos 
la  señora  del  mundo  su  ruina, 
i  entre  despedazados  monumentos, 
engañada  la  vista,  se  figura, 
en  lugar  de  un  jardin,  ver  un  museo. 
Piramidales  árboles  alternan 
con  mármoles,  palacios,  bronces,  templos, 
sepulcros,  urnas,  en  que  errar  parece 
de  Roma  antigua  el  imperial  espectro. 

De  su  Aranjuez  ufana  está  la  Iberia, 
i  del  lujo  real  de  San  Lorenzo. 
¿I  quién  no  ama  tu  fresca  lozanía, 
fastuoso  Prado?  No  el  mezquino  juego 
ostentas  tú  de  contrahechas  fuentes 
que  solaz  a  la  vista  pasajero 
muestran,  i  brevemente  fatigadas 
triste  dejan  la  selva,  i  mudo  el  eco; 
mas  sin  cesar  las  aguas  resonando, 
vivifican  tus  parques  altaneros, 
i  en  bóvedas,  en  arcos,  en  columnas, 
lanzándose  animosas,  dan  al  viento 
frescura  eterna,  i  de  las  patrias  cumbres 
igualan  el  nivel:  sitio  soberbio, 
en  que  un  Borbon  la  Francia  reprodujo, 
i  emuló  la  grandeza  de  su  abuelo. 

El  bátavo  a  su  vez,  hijo  del  arte, 
en  vistosos  jardines  mudó  el  cieno 
de  su  anegada  patria;  mas  produce 
,  hastío  allí  a  la  vista  el  nimio  esmero 
en  peregrinas  flores:  i  esparcidos 
boscajes  dan  insípido  ornamento 
a  uniformes  llanuras,  en  que  el  rudo 


LOS  JARDINES  97 


ceño  de  las  montañas  ccho'^menos. 
Empero  tus  canales,  la  abundancia 
de  tus  orillas,  los  movibles  lejos 
en  que  el  ganado  anima  la  dehesa, 
la  barca  el  agua,  i  el  molino  el  viento; 
tus  cabanas,  I3;vtavia,  tus  cortijos, 
tales  son  tus  jardines  verdaderos. 

Los  liqúenes,  los  musgos,  la  robusta 
verdura  de  los  pinos,  vencedora 
de  los  hielos  polares,  casi  solos 
el  largo  invierno  al  moscovita  adornan. 
¿Mas  qué  resiste  al  arte?  Crudas  nieves 
el  erizado  polo  en  vano  acopia: 
el  fuego  vence  al  aire,  i  da  Vulcano 
en  templos  de  cristal  hospicio  a  Flora. 

Fantásticas  bellezas  ama  el  chino, 
contrastes  pintorescos  ambiciona; 
de  porcelana  sus  paredes  cubre; 
matices  vivos,  peregrinas  formas 
complácese  en  juntar;  pero  las  gracias 
de  lo  sencillo  i  natural  ignora. 

¿Diré  de  los  jardines  otomanos 
el  voluptuoso  lujo,  en  que  se  gozan 
las  hijas  del  Oriente?  Allí  prodigan 
las  rosas  el  amor  i  los  aromas; 
en  mármoles  i  jaspes  bulle  el  agua, 
i  toldos  de  jazmines  le  hacen  sombra; 
el  céfiro  suspira  entre  azahares, 
i  pabellones  de  cendal  tremola. 

Mas  ya,  Inglaterra,  a  tus  orillas  vuelo, 
a  quien  Dacon,  a  quien  los  dulces  cantos 
de  Mílton  i  de  Pope  el  no  sabido 
arte  de  los  jardines  enseñaron. 
Cayeron  a  su  voz  los  terraplenes 
de  viejos  parques:  del  nivel  esclavos, 
no  fueron  ya  mas  tiempo  los  jardines; 
poesías  13 


98  poesías 

que,  como  al  pueblo,  hiciste  libre  al  campo; 

i  con  la  libertad,  un  nuevo  estilo 

apareció  en  tus  bosques  i  en  tus  prados. 

¡Qué  leda  muchedumbre  de  verjeles, 

de  hermosas  vistas,  de  hechiceros  cuadros, 

en  su  camino  tortuoso  mira 

aquel  altivo  rio,  que,  en  mil  naos 

acarreando  sin  cesar  a  Londres 

el  tributo  del  mundo,  al  océano 

leyes  parece  dar,  rei  del  comercio, 

i  por  urna  tener  la  de  los  hados! 

Park-Place,  ¿a  quién  no  agradan  tus  boscajes, 
mas  que  el  vano  esplendor  de  los  palacios? 
¡I  los  tuyos,  Leasow,  dulce  morada 
de  Shénston,  que  aun  respiras  los  encantos 
de  amor  i  de  las  Musas!  Lo  elegante 
de  tus  rurales  gracias,  Hayley,  ¡cuánto 
enamora  la  vista!  Bówton,  Foxley, 
que  sois,  a  vuestros  dueños  imitando, 
amigos  i  diversos,  el  buen  gusto 
de  si  mismo  hizo  alarde  al  dibujaros. 
Ni  a' ti  tampoco  olvidarán  mis  versos, 
Chiswick,  que  unidos  gozan  los  milagros 
de  la  naturaleza,  i  de  las  artes; 
en  quien  no  sé  si  mas  deleita  el  blando 
verdor  de  la  floresta,  o  si  la  noble 
arquitectura  que  trazó  Paladio, 
o  los  vivientes  lienzos,  que  a  tu  sala 
dio  el  flamenco  pincel  i  el  italiano. 

Los  sitios  dije  que  imitarse  pueden: 
también  peligros  hai  que  cauto  evites; 
no  de  servil  imitación  llevado, 
al  suelo  quieras  dar  lo  que  resiste; 
obsérvale  antes  bien;  consulta  al  jenio 
que  mora  en  él,  i  adoración  le  rinde. 
No  impunemente  violará  sus  leyes 
el  que  sin  gusto  mezcle,  alce,  derribe; 
que,  por  desatender  osado  artista 


Los  JARDINES  99 


lo  que  el  local  rehusa  i  lo  que  pide 

fantástico  parece  en  las  del  Sena 

lo  que  es  bello  en  las  márjenea  del  Tibre. 

Descubre  perspicaz,  i  diestro  adopta 

lo  que  el  terreno  de  su  grado  admite. 

El  arto  entonces,  mientras  copia,  inventa: 

es  la  naturaleza,  i  la  corrijo. 

Así  Berghem,  así  creó  el  Pusino: 

sus  diseños  estudia  i  sus  matices; 

i  lo  que  debe  al  campo  la  pintura, 

vuélvalo  agradecida  a  los  jardines. 

Contempla,  pues,  el  vario  aspecto  i  varia 
Índole  de  la  tierra,  ya  sublime, 
ya  entre  rudos  contrastes  caprichosa, 
ya  con  modestas  gracias  bella  i  simple. 
Hubo  un  tiempo  funesto,  en  que  tirano 
violentó  el  arte  ul  suelo,  i  el  declive 
que  en  blandas  lomas  recreó  la  vista, 
cambiar  osó  por  espUinadas  tristes. 
Iloi  no  menos  despótico  presume 
montes  crear  i  valles  do  no  existen. 
Ambos  estreñios  huye.  En  ancho  llano, 
hacer  reír  la  montañuela  humilde 
que  a  pintoresca  aspira,  i  de  alta  sierra 
combatir  la  aspereza,  ¿de  qué  sirve? 

¿Quieres  lugar  propicio  a  tus  trabajos? 
No  anivelado  campo  solicites, 
no  fragosa  montaña,  mas  la  leve 
desigualdad  que  sin  orgullo  ríe, 
do  sin  rudeza  se  levanta  el  suelo, 
sin  uniformidad  es  apacible. 
¿Andas?  El  horizonte  ande  contigo: 
ora  se  alce  la  tierra,  ora  se  humille; 
aquí  se  estreche,  i  mas  allá  se  extienda; 
i  a  cada  paso,  un  nuevo  aspecto  admiren. 

Oscuro  agrimensor,  en  el  retiro 
del  gabinete,  helados  trozos  forme, 


100  poesías 

i  jardines  jeométricos  describa; 
tú  al  sitKD^mismo  ve.  Valles  i  montes, 
sombras  i  lejos  al  papel  traslada: 
obstáculos  prevé,  medios  escoje: 
de  la  dificultad  nace  el  milagro, 
i  da  belleza  el  arte  a  lo  disforme. 
¿Cuál  tan  áspero  suelo  i  tan  esquivo 
su  divino  poder  no  reconoce? 
¿Desnudo  está?  Frondosos  bosques  cubran 
su  desnudez.  ¿Tupido  acaso?  Dome 
la  inútil  pompa  de  la  tierra  el  hacha. 
¿Húmedo?  En  vasto  lago  se  trasforme, 
o  en  limpio  estanque  las  impuras  ondas, 
o  el  campo  bulliciosas  alborocen. 
¿Árido  en  fin?  Explora,  tienta,  excava, 
no  desesperes:  ya  el  cristal  que  esconden 
secretas  venas,  va  a  brotar.  Al  modo 
que,  cuando  a  largo  afán  mi  injenio  pobre 
se  rinde  exhausto,  i  la  difícil  rima 
fatiga  en  balde  ingratos  pormenores, 
brilla  un  feliz  concepto  de  improviso, 
i  numeroso  el  verso  i  fácil  corre. 

Nuevos  cuidados  restan,  arte  nuevo, 
empeño  superior.  Pocotes  que  logres 
embelesar  los  ojos:  habla  al  alma. 
¿Los  misteriosos  vínculos  conoces 
entre  lo  inanimado  i  lo  sensible? 
¿Percibes  de  las  aguas,  de  las  flores, 
de  los  boscajes  la  elocuencia  oculta? 
¿La  muda  voz  de  los  desiertos  oyes? 
Repite  sus  acentos.  En  tus  obras, 
lo  bello  hechice,  i  lo  sublime  asombre: 
pasa  de  lo  risueño  a  lo  severo: 
muéstrate  fuerte  i  dulce,  simple  i  noblCj 
triste  i  alegre;  i  variado  el  tono, 
al  variar  del  gusto  se  acomode. 
Haz  que  vaya  el  pintor  a  su  paleta 
bajo  tus  mirtos  a  buscar  colores: 
allí,  de  sacra  inspiración  turbado 


LOS  JARDINES  lOf 


cante  el  poeta,  el  sabio  filosofe: 

i  en  sus  dulces  memorias,  el  dichoso, 

i  en  su  llorar,  el  infeliz  se  goce. 


CANCIÓN 


A   LA   DISOLUCIÓN   DE   COLOMBIA 


Deja,  Discordia  bárbara,  el  terreno 
que  el  pueblo  de  Colon  a  servidumbre 
redimió  vencedor;  i  allá  vomita, 
aborrecida  furia,  tu  veneno, 
i  esa  tu  tea,  a  cuya  triste  lumbre 
el  tierno  pecho  maternal  palpita, 
allá  tan  solo  ajita, 
donde  jamas  fué  oído 
de  libertad  el  nombre, 
i  donde  el  cuello  dobla,  encallecido 
bajo  indigna  cadena,  el  hombre  al  hombre. 

El  que  la  lei  ató  sagrado  nudo 
que  se  dignaron  bendecir  los  cielos   • 
en  tanta  heroica  lid  desde  los  llanos 
que  baña  el  Orinoco  hasta  el  desnudo 
remoto  Potosí,  ¿romperán  celos 
indignos  de  patriotas  i  de  hermanos? 
¿Dg  labios  colombianos 
saldrá  la  voz  impía: 
Colombia,  fué?  ¿I  el  santo 
título  abjuraremos  que  alegría 
pil  nuevo  niundo  dio,  i  a  Iberia  espanto? 


CANCIÓN  A  LA  DISOLUCIÓN  DE  COLOMBIA  403 

¡Ah!  no  será,  ni  en  corazones  cabe 
que  enamoró  la  gloria,  tanta  mengua; 
o  si  pudo  el  valor  desatentado 
culpa,  un  momento,  consentir  tan  grave, 
honor  lo  contradijo,  i  do  la  lengua 
volvió  la  voz  al  pecho  horrorizado; 
que  no  en  vano  regado 
con  la  sangre  habrá  sido 
de  víctimas  sin  cuento 
el  altar  do,  en  mil  votos  repetido, 
se  oyó  de  unión  eterna  el  juramento. 

¿Qué  acento  pudo  a  la  postrada  España 
mas  alegre  sonar?  IMiradla  el  luto 
mudar  gozosa  en  púrpura  fuljente. 
Ya  en  su  delirio,  la  visión  apaña 
del  cetro  antiguo,  i  el  servil  tributo 
demanda  con  usura  al  Occidente. 
Brilla  en  la  cana  frente 
el  orgullo  altanero, 
cual  súbito  revive, 

cuando  iba  el  rayo  a  despedir  postrero, 
la  tibia  luz  que  pábulo  recibe. 

a¿Es  este  el  pueblo  desdeñoso,  esquivo 
(con  irrisión  dirá)  que  oprobio  estima 
mis  leyes,  i  mi  nombre  vituperio? 
No  de  tener  el  corazón  altivo 
de  sus  padres  blasone:  no  le  anima 
alma  capaz  de  libertad  e  imperio. 
En  largo  cautiverio, 
dcjeneraron:  falta 
para  llevar  a  cabo 
una  empresa  tan  alta 
jenerosa  virtud  al  que  fué  esclavo. 

«¿Veislos  violar  el  pacto,  fementidos, 
jurado  apenas?  ¿Veislos  ya  la  espada 
contra  si  revolver?  El  ebrio  sueño 
desvanecióse:  en  breve,  en  breve  uncidos 


104  POESÍAS 

pedirán  ser  a  la  coyunda  usada, 
i  de  la  voz  se  acordarán  del  dueño.» 
— ¡Ciego  error!  ¡vano  empeño! 
Si  dejada  el  torrente 
su  natural  costumbre, 
arrastrare  sus  ondas  a  la  fuente, 
querrá  volver  el  libre  a  servidumbre. 

Mas,  ¡oh  vosotros!  ¿dejareis  que  infamo 
la  causa  que  os  unió,  maldad  tamaña? 
¿Falta  al  acero  empleo?  ¿No  hái  tirano 
que  herencia  suya  vuestro  suelo  llame? 
¿Vengóse  ya  la  sangre  que  lo  baña? 
¿Los  rumbos  olvidó  del  océano 
el  pabellón  hispano?... 
¿Qué  digo?  A  vuestra  vista, 
las  barras  i  leones 
en  arreo  desplega  de  conquista, 
i  guia  a  nueva  lid  nuevas  lej iones. 

Sí,  que,  de  Cuba  en  la  vecina  playa, 
(merced  a  los  furores  parricidas 
que  en  común  daño  alimentáis,  i  afrenta)i 
os  amenaza  Iberia,  os  atalaya, 
i  de  combates  mil  las  esparcidas 
reliquias  apellida,  i  junta,  i  cuenta. 
De  allí  la  seña  ostenta 
a  la  traición  aleve, 
que  callada  vijila 
entre  vosotros,  i  las  tramas  mueve 
de  oculto  fraude,  i  ya  el  puñal  afila. 

I  en  míseras  contiendas  distraídos 
¿la  pública  salud  tenéis  en  nada? 
¿Queréis  que,  de  humo  i  polvo  en  nube  densa, 
el  bronce  tronador  dé  a  los  oídos 
súbito  aviso  de  enemiga  entrada, 
para  acudir  a  la  común  defensa? 
¡Cuan  otro  el  que  así  piensa 
(Je  los  que  libertaron 


CANCIÓN  A  LA  DISOLUCIÓN  DE  COLOMBIA  105 

de  los  incas  la  cuna, 

i  al  carro  de  Colombia  encadenaron 

en  distantes  batallas  la  fortuna! 

Mirad,  mirad  en  cuál  congoja  i  duelo 
a  la  Patria  sumís,  que  la  unión  santa 
con  voz  llorosa  invoca  i  suplicante. 
La  dulce  Patria,  en  que  la  luz  del  cielo 
visteis  primera,  i  do  la  débil  planta 
estampó  el  primer  paso  vacilante; 
la  que  os  sustenta,  amante 
i  liberal  nodriza; 
la  que  en  su  seno  encierra 
de  tanto  ilustre  mártir  la  ceniza, 
¿teatro  haréis  de  abominable  guerra? 

¡Guerra  entre  hermanos,  fiera  guerra,  impía, 
do  el  valor  frenesí,  do  la  lid  crimen, 
i  aun  el  vencer  ignominioso  fuera! 
¡Ah,  nó!  volved  en  vos;  i  aquel  que  un  dia 
amor  do  patria,  aquellas  os  animen 
con  que  humillasteis  la  arrogancia  ibera, 
virtud  sublime,  austera, 
i  ardiente  sed  do  fama, 
i  fe  de  limpio  brillo; 

una  es  la  senda  a  que  la  Patria  os  llama, 
uno  el  intento  sea,  uno  el  caudillo. 


DIALOGO 


TIRSI 

Quisiera  amarte,  pero.... 
CLoni 

¿Pero  qué? 

TIRSI 

¿Quieres  que  te  lo  diga? 

CLORI 

¿Por  qué  nó? 

TIRSI 

¿I  si  te  enoj  as? 

CLORI 

No  me  enojaré. 

TIRSI 

Pues  bien,  te  lo  diré... 


DIALOGO  407 


CLOni 

Acaba,  dimeló. 

TIRSI 

Quisiera  amarte,  Clori,  pero  sé... 

CLORI 

¿Que  sabes,  Tirsi? 

TIRSI 

Que  a  otro  enamorado 
el  domingo  pasado 
juraste  eterna  fe. 

CLORI 

No  importa;  a  ti  también  la  juraré. 


EL  VINO  I  EL  AMOR 


— Hijo  alado 
de  Díone, 
no  me  riñas, 
no  te  enojes, 
si  te  digo 
que  los  goces 
no  me  tientan 
de  esos  pobres 
que  mantienes 
en  prisiones. 

Hechiceros, 
¿quién  lo  niega? 
son  los  ojos 
de  Filena; 
pero  mira 
cómo  el  néctar 
delicioso 
de  Madera 
en  la  copa 
centellea. 

Tú  prometes 
bienandanza; 
mas,  ¿lo  cumples? 
¡Buena  alhaja! 


EL  VINO  I  EL  AMOR  109 


De  los  necios 
que  sonsacas, 
unos  llevan 
calabazas; 
otros  viven 
de  esperanzas^, 
cuál  se  queja 
de  inconstancia; 
cuál  en  celos 
jai!  se  abrasa. 
I3aco  alegre, 
tú  no  engañas. 

Hace  el  vino 
maravillas; 
esperanzas 
vivifica; 
da  al  cobarde 
valentía; 
a  los  rudos, 
¡cómo  inspira! 
Aunque  gruña 
la  avaricia, 
tú  le  rompes 
la  alcancía. 
I  otra  cosa, 
que  a  tu  lima 
no  hai  secretos 
que  resistan. 

Los  amantes 
infelices 
por  las  selvas 
i  jardines 
andan  siempre 
de  escondite; 
cabizbajos 
lloran,  jimcn; 
mas,  ¡cuan  otro 
quien  te  sirve! 


lio  poesías 

dios  amable 
de  las  vides. 
Compañeros 
apercibe 
que  en  su  goza 
participen. 
Cantan,  beben, 
bullen,  ríen. — 

— Mas,  Filena, 
¿no  te  mueve? — 
*— Niño  alado, 
vete,  vete. — 
•—Sus  miradas 
inocenteSj 
sus  amables 
esquiveces.... — 
— ¿No  te  marchas, 
alcahuete?... — 
— Sus  mejillas, 
que  parecen 
frescas  rosas 
entre  nieves....—' 
— Cupidillo, 
no  me  tientes. — 

— Sola  ahora 
por  la  calle 
se  pasea 
de  los  sauces, 
i  las  sombras 
de  la  tarde 
van  cundiendo 
por  el  valle. 
I  la  sigue 
cierto  amante 
que  maquina 
deshancarte. 

— ¿Tirsi  acaso?— 


EL  VINO  I  EL  A.HOR  111 


— TÚ  lo  has  dicho. 
— Oye,  aguarda, 
ya  te  sigo. 
Compañeros, 
me  retiro. 
Vuelo  a  verte, 
dueño  mió. 


LA  BURLA  DEL  AMOR 


No  dudes,  hermosa  Elvira, 
que  eres  mi  bien,  mi  tesoro, 
que  te  idolatro  i  adoro; 
...  porque  es  la  pura  mentira. 

¡Ah!  lo  que  estoi  padeciendo 
no  puede  ser  ponderado, 
pues  de  puro  enamorado, 
paso  las  noches...  durmiendo. 

I  si  tu  mirar  me  avisa 
que  te  ofende  mi  ternura, 
tanto  mi  dolor  me  apura 
que  me  echo  a  morir  de...  risa. 


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AL  DIEZ  I  OCHO  DE  SETIEMBRE 

EN  1830 


Celebra,  ¡oh  patria!  el  venturoso  dia 
en  que  tus  fueros  vindicar  osaste, 
i  el  yugo  que  oprimia 
tu  cuello,  destrozaste, 
i  el  canto  de  los  libres  entonaste. 

A  tu  voz,  cual  incendio  que  violento 
cunde  por  vasta  selva  i  se  derrama, 
así,  en  alas  del  viento, 
de  libertad  la  llama 
voló  del  Biobio  al  Atacama. 

Atravesó  la  ajigantada  cima 
do  tus  montañas  el  alegre  canto; 
corrió  de  clima  en  clima; 
i  entre  furor  i  espanto, 
rasgó  Iberia  indignada  el  rejio  manto. 

«Volarán,  dice,  a  la  remota  arena 
do  las  playas  del  Sur  mis  campeones; 
jcmirás  en  cadena; 
verás  a  mis  lej  iones 
arbolar  los  castillos  i  leones.» 


*  Este  es  el  dia  en  que,  el  año  do  1810,  empezó  la  revolución  de  la  indepen- 
dencia de  Chile. 

POESÍAS  13 


114  POESÍAS 

¡Vano  error!  Cuando  el  rápido  torrente 
que  arrastra  al  mar  su  propia  pesadumbre, 
en  busca  de  la  fuente 
retroceda  a  la  cumbre, 
volverá  el  que  fué  libre  a  servidumbre. 

Cumplió  la  patria  el  jeneroso  voto 
en  Maipú,  en  Chacabuco;  por  su  mano 
fué  el  férreo  cetro  roto; 
,  i  del  mar  araucano, 
huyó  vencido  el  pabellón  hispano. 

¡Oh  dia  de  ventura!  ¡Oh  fausto  dial 
tú  de  la  gloria  abriste  la  carrera. 
Cantares  de  alegría 
hasta  la  edad  postrera, 
Chile  te  entonará,  la  tierra  entera. 

¡Oh!  vuelva  veces  mil  tu  luz  hermosa 
a  ver  a  Chile  libre;  i  en  su  frente, 
la  palma  victoriosa 
que  corona  al  valiente 
tnires  reverdecer  eternamente; 

I  halles  siempre  feliz,  bajo  el  amparo 
de  la  justicia  i  de  la  lei  severa, 
el  suelo  de  Lautaro, 
i  la  discordia  fiera 
en  sempiternos  hierros  prisionera. 


j^wCCwCCCCODCCXXJí 


EL  INCENDIO  DE  LA  COMPAÑÍA 


I 


Santa  casa  de  oración, 
templo  de  la  Compañía, 
que  a  plegaria  i  a  sermón 
llamas  do  noche  i  de  dia 
la  devota  población: 

¿Qué  esplendor,  qué  luz  es  esta 
que  sobre  ti  se  derrama? 
No  es  luz  de  nocturna  fiesta; 
es  devastadora  llama; 
es  una  pira  funesta. 

Ni  es  sonido  de  alegría 
el  que  por  los  aires  corre: 
ayes  son  esos  que  envía 
envuelta  en  humo  su  torre: 
son  jemidos  de  agonía. ^ 

Jamas  con  furor  tan  ciego, 
prendió  escondida  centella: 
vióse  breve  lumbre;  i  luego 


*  Un  incendio  consumió,  en  la  noche  del  31  de  mayo  de  18il,  el  antiguo  tem- 
plo de  los  jcsuitas  en  Santiago  do  Chile. 
1  El  loque  a  fuego  en  las  campanas  de  la  iglesia  incendiada,— (£¿  autor.) 


116  POESÍAS 

a  grande  altura  descuella 
una  cúpula  de  fuego. 

Raudo  volcan  se  me  antoja, 
que  aglomera  nube  a  nube 
de  humareda  parda  i  roja, 
i  ya  hasta  los  cielos  sube, 
i  encendida  lava  arroja. 

Cual  león  que  descuartiza 
descuidada  presa  hambriento, 
tal,  encrespado  se  eriza, 
tal  ruje  el  fiero  elemento, 
que  te  reduce  a  ceniza. 

Aunque  el  pueblo  te  circunde 
a  socorrerte  anhelante, 
rápido  el  incendio  cunde, 
i  hasta  el  cerro  mas  distante 
terrífica  luz  difunde; 

I  en  cuanto  la  vista  abraza, 
tiñen  medrosos  reflejos 
toda  calle  i  toda  plaza, 
i  aun  contemplados  de  lejos 
espanto  son  i  amenaza. 

Una  visión  jigantea 
que  negras  alas  ajita, 
en  lo  alto  revolotea: 
soplando,  el  incendio  irrita; 
i  sacude  humosa  tea. 

¿Será  aquel  ánjel,  al  pozo 
de  perdición  derrocado, 
a  quien  la  miseria  es  gozo? 
Sobro  su  rostro  eclipsado, 
vislumbra  horrendo  alborozo. 

Ya  del  techo,  alta  diadema 


INCENDIO  DE  LA  COMPAÑÍA  117 

do  fuego,  lluvia  desciende 
ardiente,  que  alumbra  i  quema 
la  vasta  nave,  i  se  extiende 
con  voracidad  extrema. 

¡Vírjen!  si  compadecida 
te  halló  siempre  el  ruego  humano, 
deten  la  fiera  avenida: 
tiende  el  manto  soberano 
sobre  tu  mansión  querida; 

Sobre  tu  bella  morada, 
donde  con  ardientes  votos 
has  sido  siempre  invocada; 
donde  mil  labios  devotos 
te  llamaron  abogada. 

I  tú,  ¿puedes  tolerar 
que  así  las  llamas  te  ultrajen, 
Santo  Arcánjel  titular?^ 
¿Se  cebarán  en  tu  imajen? 
¿liarán  pavesas  tu  altar? 

.  Nada  aplaca  su  furor: 
la  destrucción  es  completa: 
arde  todo  en  derredor: 
aun  a  su  Dios  no  respeta 
el  fueffo  consumidor. 


11 


I  a  ti  también  te  devora, 
centinela  vocinglero, 
atalaya  veladora, 
que  has  contado  un  siglo  entero 
a  la  ciudad,  hora  a  hora. 


1  La  iglesia  de  la  Compañía  tuvo  el  título  do  San  Miguel  Arcánjel,— C^í 
autor.) 


118  poesías 


Diste  las  nueve,  i  prendida 
estabas  viendo  la  hoguera 
en  que  iba  a  espirar  tu  vida: 
jíué  aquella  tu  voz  postrera, 
tu  última  despedida. 

Cuando  sellaba  tu  suerte 
ese  fatídico  acento, 
¿quién  imajinó  perderte, 
i  que  en  las  alas  del  viento 
iba  la  voz  de  la  muerte? 

Paréceme  que  decias: 
«¡Adiós,  patria!  El  cielo  ordena 
que  no  mas  las  notas  mias 
desenvuelvan  la  cadena 
de  tus  horas  i  tus  dias. 

«Mil  i  mil  formas  miró 
nacer  al  aura  del  mundo, 
i  florecer  a  mi  pie, 
i  descender  al  profunda 
abismo  de  lo  que  fue. 

«Yo  te  vi  en  tu  edad  prim'era 
dormida  esclava,  Santiago, 
sin  que  en  tu  pecho  latiera 
un  sentimiento  presago 
de  tu  suerte  venidera. 

«I  te  vi  del  largo  sueño 
despertar  altiva,  ardiente, 
i  oponer  al  torvo  ceño 
de  los  tiranos,  la  frente 
de  quien  no  conoce  dueño. 

«Vi  sobre  el  pendón  hispano 
alzarse  el  de  tres  colores; 
suceder  a  un  yermo  un  llano 
rico  de  frutos  i  flores; 
i  al  esclavo  el  ciudadano. 


INCENDIO  DE  LA  COMPAÑÍA  119 

«¡Santiago,  adiós!  Ya  no  mas 
el  aviso  dilijente 
de  tu  heraldo  fiel  oirás, 
que  los  sordos  pasos  cuente 
que  hacia  tu  sepulcro  das. 

«; Adiós!  Llegó  mi  hora  aciaga, 
como  llegará  la  tuya. 
No  hai  cosa  que  no  deshaga 
el  tiempo,  i  no  la  destruya: 
aun  a  los  imperios  traga.» 

III 

El  ánjel  que  guarda  1  vela 
a  nuestra  patria  naciente, 
ya  que  el  incendio  encarcela, 
mustio,  la  mano  en  la  frente, 
al  empíreo  coro  vuela. 

Sacióse  en  el  templo  santo 
el  fuego;  cesó  el  bullicio; 
duerme  la  ciudad;  i  en  tanto 
en  torno  al  trunco  edificio, 
reina  silencioso  espanto. 

Realza  una  opaca  i  fea 
lumbre  el  horror  i  el  asombro; 
frió  norte  el  humo  ondea; 
algún  denegrido  escombro 
acá  i  allá  centellea. 

ÍEntre  la  vasta  ruina, 
talvez  despierta  i  se  encumbra 
llamarada  repentina, 
que  fantástica  relumbra, 
i  todo  el  templo  ilumina; 

Mas  otra  vez  se  adormece; 
i  solamente  la  luna, 


120  poesías 

cuando  entre  nubes  parece, 
sobre  el  arco  i  la  coluna 
luminosa  resplandece, 

I  con  pasmado  estupor, 
reciben  nave  i  capilla 
este  tan  nuevo  esplendor, 
lámpara  sola  que  brilla 
ante  el  Arca  del  Señor. 

I  ya,  si  no  es  el  graznido 
de  infelico  ave  nocturna 
que  busca  en  vano  su  nido, 
o  del  aura  taciturna 
algún  lánguido  jemido, 

0  las  alertas  vecinas, 
o  anunciadora  campana 
de  las  preces  matutinas, 
o  la  lluvia  que  profana 
las  venerables  ruinas, 

1  bate  la  alta  muralla, 
i  los  sacros  pavimentos, 
triste  campo  de  batalla 
de  encontrados  elementos; 
todo  duerme,  todo  calla. 


IV 

Cuando,  a  vista  de  un  estrago, 
dolorido  el  pecho  vibra, 
¿hai  un  sentimiento  vago 
que  nos  alienta,  una  fibra 
que  halla  en  el  dolor  halago? 

¿Es  un  instinto  divino, 
que,  cuando  rompe  i  cancela 
la  fortuna  un  peregrino 


INCENDIO  DE  LA  COMPAÑÍA  121 

monumento,  nos  revela 
mas  elevado  destino? 

¿O  con  no  usada  enerjía, 
despierta  en  tu  seno  el  alma 
i  bulle  la  fantasía, 
Noche  oscura,  muerta  Calma, 
solemne  Melancolía? 

Yo  no  sé,  en  verdad,  qué  sea 
lo  que  entonces  la  trasporta: 
absorbida  en  una  idea, 
los  terrenos  lazos  corta, 
i  libremente  vaguea. 

I  no  es  un  descolorido 
bosquejo  lo  que  elabora, 
que,  al  pensamiento  embebido, 
el  antes  so  vuelve  ahora, 
i  la  memoria,  sentido. 

Las  antiguas  tradiciones 
toman  colores  reales, 
i  quebrantan  las  prisiones 
de  las  arcas  sepulcrales 
difuntas  jeneraciones. 

¿Qué  nuevo  rumor  se  advierte? 
¿Qué  insólito  murmurar? 
¿Qué  voz  turba  de  esta  suerte 
el  silencio  secular 
de  ese  asilo  de  la  muerte? 

En  sus  lechos,  se  incorporan 
las  heladas  osamentas; 
de  los  nichos  en  que  moran 
bajan  sombras  macilentas: 
negras  ropas  las  decoran. 

Grima  me  da,  cuando  miro 


122  POESÍAS 

la  procesión,  que  la  grada 
monta  del  hondo  retiro, 
i  en  dos  filas  ordenada, 
hace  en  torno  un  lento  jiro. 

Va  a  su  cabeza  un  anciano  ^ 
(una  blanca  mitra  deja 
asomar  su  pelo  cano). 
Cantan,  i  el  canto  semeja 
sordo  murmullo  lejano. 

Mueven  el  labio,  i  después 
desmayados  ecos  jimen: 
la  luna  pasa  al  través 
de  sus  cuerpos;  i  no  imprimen 
huella  en  el  polvo  sus  pies. 

No,  no  es  cosa  de  este  mundo, 
ni  es  lustre  de  ojos  humanos, 
el  de  aquel  mirar  profundo: 
sendas  hachas  en  sus  manos 
dan  un  brillo  moribundo. 

I  cuando  atender  se  quiere 
a  lo  que  en  el  aire  zumba, 
i  en  tristes  cadencias  muere, 
se  oye  el  cantar  de  la  tumba, 
el  lúgubre  Miserere. 

«El  brazo  airado  deten, 
muestra  benigno  el  semblante, 
¡Sumo  Autor  de  todo  bien! 
para  que  otra  vez  levante 
sus  muros  Jerusalen.2 


1  El  obispo  don  Juan  Melgarejo,  sepultado  en  el  cementerio  de  la  Compa- 
ñía.— {El  autor.) 

2  Benigne  fac,  Domine,  in  bona  volúntate  tua  Sion,  ut  aedificentur  muri, 
Jerusalcm.  (Psalm.  50,  v.  1^.)—{EI  autor.) 


INCENDIO  DE  LA  COMPAÑÍA  423 


Pero  ya  rayó  la  aurora, 
i  a  su  luz,  cada  vez  mas 
la  visión  se  descolora, 
i  al  fin,  como  un  leve  gas, 
por  el  íiire  se  evapora. 

Sobre  la  gran  cordillera, 
sube  el  primer  sol  de  junio, 
i  apresura  (cual  si  huyera 
de  ver  tamaño  infortunio) 
entre  nubes  su  carrera. 

¡Ah!  lo  que  ayer  parecía 
fábrica  eterna,  ¿quién  pudo 
adivinar  que  hoi  sería 
tostados  leños,  desnudo 
paredón,  ceniza  fria? 

Entre  el  pavor  i  el  respeto, 
contempla  el  vulgo  curioso 
(¡horrible  i  mísero  objeto!) 
de  lo  que  fué  templo  hermoso 
el  mutilado  esqueleto. 

No  brilla  la  antorcha  clara; 
no  arde  el  incienso  suave; 
polvo  inmundo  afea  el  ara.... 
mas  ¿por  qué  en  lo  menos  gravo 
el  pensamiento  se  para? 

El  tabernáculo  santo.... 
tu  rostro  en  la  tierra  humilla, 
¡Jerusalen!  rasga  el  manto; 
por  tu  pálida  mejilla 
hilo  a  hilo  corra  el  llanto. 


i2i  POESÍAS 


Prendió  llama,  llama  insana, 
el  Señor;  i  dio  al  olvido 
la  fiesta  de  la  semana; 
i  su  tienda  ha  demolido, 
i  desechó  su  peana. i 

Callan,  ¡ai!  eternamente 
la  iglesia,  la  torre,  el  coro: 
calló  el  rezo  penitente; 
calló  el  repique  sonoro; 
calló  el  pulpito  elocuente. 

La  voz  del  himno  ha  cesado: 
duelo  cubre  i  confusión 
al  sagrario  desolado; 
i  la  hija  de  Síon 
es  un  cadáver  tiznado. 


1  Non  est  rccordatus  scabelli  pediun  suorum,  etc.  (Jerem.,  Thren.,  II,  1, 2,  3, 
G.)—(El  autor.) 


AL  DIEZ  I  OCHO  DE  SETIEMBRE 

EN  1841 


I 


Diez  i  ocho  de  Setiembre,  hermosa  fiesta 

de  Chile,  alegro  dia, 
que  nos  viste  lanzar  el  gravo  yugo 

de  antigua  tiranía, 

Cánticos  te  celebren  de  victoria, 

que  blanda  el  aura  lleve 
desde  la  verde  playa  hasta  las  cumbres 

coronadas  de  nieve. 

Desde  el  desierto  en  que  animal  ni  planta 

viven,  i  solo  suena 
la  voz  del  viento,  que  silbando  empuja 

vastas  olas  de  arena, 

Hasta  donde  la  espuma  austral  tachonan 

islas  mil,  de  la  dura 
humana  lei  exentas,  paraísos 

de  virjinal  verdura, 

El  Diez  i  ocho  se  canto  de  Setiembre; 

i  en  la  choza  pajiza, 
en  el  taller,  en  la  estucada  sala 

que  la  seda  tapiza, 


i%  POESÍAS 

A  SU  loor  alborozados  himnos 
canora  fama  siembre, 

i  bulliciosos  ecos  le  respondan: 
Diez  i  ocho  de  Setiembre. 


II 


Cual  águila  caudal,  no  bien  la  pluma 

juvenil  ha  vestido, 
sufre  impaciente  la  prisión  estrecha 

de  su  materno  nido, 

I  dócil  al  instinto  vagaroso 

que  a  elevarse  atrevida 
sobre  la  tierra,  i  a  explorar  los  reinos 

etéreos  la  convida, 

Las  inexpertas  alas  mueve  inquieta, 

i  enderezada  al  cielo 
la  vista,  al  fin  se  lanza,  i  ya  por  golfos 

de  luz  remonta  el  vuelo; 

Así  el  pecho  sentiste,  patria  mia, 

latir  con  denodados 
bríos  de  libertad,  i  te  arrojaste 

a  mas  brillantes  hados; 

Así  el  dia  inmortal,  de  que  hoi  tus  hijos 

bendicen  la  memoria, 
intrépida  te  vio,  sublime,  altiva, 

campos  buscar  de  gloria. 


III 

«No  mas,  dijiste,  un  jeneroso  pueblo 
dormite  en  ocio  muelle: 

ser  libre  jure;  i  con  su  sangre  el  voto, 
si  es  necesario,  selle. 


AL  DIEZ  I  OCHO  DE  SETIEMBRE  127 

. ñ — — ■ — . — ; 

«Bramarán  los  tiranos;  guerra  i  luto 

decretarán  traeros, 
i  convertir  en  servidumbre  eterna 

los  recobrados  fueros. 

«Pero  ¿cuándo  en  las  lides  la  victoria 

no  ha  coronado  al  fuerte, 
que  a  la  ignominia  de  servil  cadena 

antepuso  la  muerte? 

cQue  si  al  tirano  alguna  vez  sonríe 

la  fortuna  indecisa, 
múdase  presto  en  afrentoso  escarnio 

la  halagüeña  sonrisa; 

«I  semejante  al  pueblo  poderoso 

que  sojuzgó  la  tierra, 
perdió  la  libertad  muchas  batallas, 

pero  ninguna  guerra.» 

Dijiste,  i  el  sagrado  juramento 

en  simultáneo  grito 
sonó,  i  en  los  chilenos  corazones 

fué  para  siempre  escrito. 

IV 

¡Dia  feliz!  Cuando  asomó  la  aurora 

sobro  la  ajigantada 
cabeza  do  los  Andes,  i  la  diuca  ^ 

te  cantó  la  alborada, 

Dimo,  ¿que  nuevas  hojas  en  el  libro 

que  de  pueblos  i  jcntes 
contiene  en  caracteres  inefables, 

destinos  diferentes. 


I  Fringilla  Diuca.  Avo  pequeña  do  color  turquí,  según  el  abate  Molina:  tsu 
canto  03  delicioso,  especialmente  al  amanecer,  viviendo  alrededor  de  las  ca-" 
sas » — (El  autor.) 


128  poesías 

Qué  nuevas  hojas  desvolvió  la  mano 
eterna?  ¿Qué  guardadas 

eras  del  porvenir  chileno,  abrieron 
sus  pajinas  doradas? 

¿Qué  nobles  hechos  de  alentado  arrojo, 

o  de  valor  sereno, 
do  patrio  amor  i  de  virtud  constante, 

llevabas  en  tu  seno? 

*  Los  innatos  derechos  proclamados, 

del  hombre;  la  española 
corona  hollada,  i  concedido  el  cetro 
a  la  lei  santa  sola; 

De  dos  pueblos  nacientes,  en  el  brío 
i  en  la  esperanza  grandes, 

al  choque  impetuoso  quebrantada 
la  valla  de  los  Andes; 

Los  campales  trofeos,  que  decoran 
allá  el  monte,  acá  el  llano, 

i  los  que,  hendido  de  chilenas  quillas, 
vio  absorto  el  océano, 

I  los  que,  cuando  nada  en  Chile  resta 
que  no  ceda  i  sucumba, 

dos  veces  vindicaron  de  los  Incas 
la  profanada  tumba: 

Tales  ejemplos  de  valor  tu  seno 

fecundo  contenia, 
\Qxez  i  ocho  de  Setiembre^  memorable 

i  bienhadado  dia! 

Como  la  colosal  futura  palma 
tierno  jérmen  oculta, 

que  será  de  los  campos  ornamento 
cuando  descuelle  adulta, 


AL  DIEZ  I  OCHO  DE  SETIEMBRE  129 

I  contrastar  sabrá  de  procelosos 

huracanes  la  guerra, 
i  dará  fruto  sazonado,  i  sombra 

tutelar  a  la  tierra. 


Crece  así  tú  ¡querida  patria!  crece, 

i  tu  cabeza  altiva 
levanta,  ornada  de  laurel  guerrero, 

i  fructuosa  oliva. 

I  florezca  a  tu  sombra  la  fe  santa 
de  tus  padres;  i  eterna 

la  libertad  prospere;  i  se  afiance 
la  dulce  paz  fraterna; 

I  en  tu  salud  i  bienestar  i  gloria, 
con  la  mente  i  la  mano, 

trabajen  a  porfía  el  rico,  el  pobre, 
el  joven,  el  anciano; 

El  que  con  el  arado  te  alimenta, 

o  tus  leyes  explana, 
o  en  el  sendero  de  las  ciencias  guia 

tu  juventud  lozana; 

O  con  las  armas  en  la  lid  sangrienta 
defiende  tus  hogares, 

o  al  infinito  Ser  devoto  incienso 
ofrece  en  tus  altares. 


VI 


Pero  del  rumbo  en  que  te  engolfas  mira 

los  aleves  bajíos 
que  infaman  los  despojos  miserables 

¡ai!  de  tantos  navios. 

rOESIAS  1 7 


130  poesías 

Aquella  que  de  lejos  verde  orilla. 

a  la  vista  parece, 
es  edificio  aéreo  de  celajes, 

que  un  soplo  desvanece. 

Oye  el  bramido  de  alterados  vientos 
i  de  la  mar,  que  un  blanco 

monte  levanta  de  rizada  espuma 
sobre  el  oculto  banco; 

I  de  las  naves,  las  amigas  naves, 
que  soltaron  a  una 

contigo  al  viento  las  flamantes  velas, 
contempla  la  fortuna. 

¿Las  ves,  arrebatadas  de  las  olas, 
al  caso  extremo  i  triste 

apercibirse  ya?....  Tú  misma,  cerca 
de  zozobrar  te  viste. 


VII 

A  tus  consejos,  a  tu  pueblo,  sabia 

moderación  presida; 
i  a  la  insidiosa  furia,  cuyo  aliento 

emponzoña  la  vida, 

Que  de  la  libertad  bajo  el  augusto 

velo  esconde  su  fea 
lívida  forma,  i  el  puñal  sangriento, 

i  la  prendida  tea, 

No  confundas,  incauta,  con  la  vírjen 

hermosa,  pudibunda, 
a  quien  el  iris  viste,  a  quien  la  frente 

fúljida  luz  circunda, 

Nodriza  del  injenio  i  de  las  artes, 
de  la  justicia  hermana, 


AL  DIEZ  I  OCHO  DE  SETIEMBRE  131 

que  fecunda  i  alegra  i  ennoblece 
la  sociedad  humana. 

Así  florecerás,  patria  querida: 

tus  timbres  venideros 
asi  responderán  a  los  ensayos 

de  tu  virtud  primeros. 

I,  del  héroe  a  quien  dio  del  Santa  undoso 

la  enrojecida  orilla 
eterno  lauro,  el  héroe  que  hoi  ensalzas 

a  la  suprema  silla, 

Pasando  el  grave  cargo,  en  gloriosa 

serie,  de  mano  en  mano, 
madre  serás  de  jentes  que  tu  suelo, 

antes  fecundo  on  vano, 

Densas  habitarán,  libres,  felices; 

i  con  mas  alegría, 
cantarán  cada  nuevo  aniversario 

de  este  solemne  dia. 


EN  EL  ÁLBUM 


DE  LA  SEÑORA  DONA  ENRIQUETA  PINTO  DE  BÚLNES 


A  plantar  mis  versos  van 
en  este  bello  jardín 
una  flor;  no  es  tulipán, 
no  es  diamela,  es  un  jazmín: 
el  jazmín  del  Tucuman; 

El  que  su  tapiz  ameno 
tendió  a  Enriqueta  en  su  cuna, 
i  vino  de  aromas  lleno, 
imájen  de  su  fortuna, 
al  suelo  feliz  chileno. 

Me  encanta,  flor  peregrina, 
esa  tu  actitud  modesta; 
el  que  te  ve  se  imajina 
ver  una  joven  honesta, 
que  el  rostro  a  la  tierra  inclina. 

Bella  flor,  i  ¿a  qué  pincel 
debiste  tu  nievo  hermosa? 
A  tu  lado,  en  el  verjel, 
vulgar  parece  la  rosa, 
i  presumido  el  clavel. 


EN  EL  ÁLBUM  DE  ENRIQUETA  PINTO  DE  BÜLNES  133 

Esa  nítida  blancura  ^ 

con  que  la  vista  recreas, 
sin  duda  te  dio  natura 
para  que  símbolo  seas 
de  una  alma  inocente  i  pura; 

De  una  alma  en  cuyo  recinto 
no  ardió  peligrosa  llama, 
i  que,  por  nativo  instinto, 
solo  nobles  hechos  ama, 
cual  la  de  Enriqueta  Pinto... 

Mas,  Enriqueta,  tú  quieres 
la  verdad  en  un  ropaje 
mas  natural,  i  prefieres 
sus  acentos  al  lenguaje 
de  que  gustan  las  mujeres. 

Te  enfadan  alegorías; 
desprecias  vanas  ficciones; 
niña  aun,  te  divertías 
en  instructivas  lecciones, 
no  en  frivolas  poesías. 

Dejemos  los  oropeles 
a  labios  engañadores 
de  almibarados  donceles: 
otras  niñas  buscan  flores; 
a  ti  te  agradan  laureles. 

Oye,  pues,  querida  mía, 
la  voz  injenua  i  sincera, 
que  en  fe  de  su  amor  te  envía 
una  alma  fjue  considera 
suya  propia  tu  alegría. 

¡Con  que  júbilo  afectuoso 
contemplo  esa  unión  felice, 
nudo  santo  i  amoroso, 
que  tantos  bienes  predico 
a  la  esposa  i  al  esposo! 


134  poesías 


¡Quiera  fecundarla  el  cielo 
con  renuevos  que  den  gloria 
i  grandeza  al  patrio  suelo, 
i  le  acuerden  la  memoria 
o  del  padre,  o  del  abuelol 

I  cual  corre  fuente  pura 
entre  lirios  i  azahares, 
así  corra  la  ventura, 
siempre  exenta  de  pesares, 
de  tu  existencia  futura. 

0  si  la  dicha  terrena 
tasa  el  Autor  soberano 
de  la  vida;  si  él  ordena 
que  des  al  destino  humana 
tu  contribución  de  pena, 

Hija,  esposa  i  madre,  amor 
en  ti  consuelos  derrame, 
i  te  vuelva  la  interior 
serenidad,  i  embalsame 
las  heridas  del  dolor. 

1  perdona,  niña,  a  un  viejo, 
que,  como  triste  graznido 

de  buho,  en  nupcial  festejo, 
te  hace  oir  el  desabrido 
duro  acento  del  consejo. 

Vanidad  i  afectación 
jamas  tu  candor  empañen, 
i  en  toda  voz,  toda  acción, 
como  suelen,  te  acompañen 
cordura  i  moderación; 

Que  en  la  fortuna  mas  alta 
es  el  mérito  modesto 
oro  que  a  la  seda  esmalta; 
i  en  un  envidiado  puesto, 
con  mas  esplendor  resalta. 


LAS  FANTASMAS 


IMITACIÓN  DE  VÍCTOR  HUfiO 


¡Ah,  qué  de  marchitas  rosas 
en  su  primera  mañana! 
¡Ah,  qué  de  niñas  donosas 
muertas  en  edad  temprana! 
Mezclados  lleva  el  carro  de  la  muerte 
al  viejo,  al  niño,  al  delicado,  al  fuerte. 

Forzoso  es  que  el  prado  en  flor 
rinda  su  alegre  esperanza 
a  la  hoz  del  segador; 
es  forzoso  que  la  danza 
en  el  gozo  fugaz  do  los  festines 
huello  los  azahares  i  jazmines; 

Que,  huyendo  de  valle  en  valle, 
sus  ondas  la  fuente  apure; 
i  que  el  relámpago  estalle, 
i  un  solo  momento  duro; 
i  el  vendaval  que  perdonó  a  la  zarza 
la  fresca  pompa  del  almendro  esparza. 


13G  POESÍAS 

El  jiro  fatal  no  cesa: 
la  aurora  anuncia  el  ocaso. 
En  torno  a  espléndida  mesa, 
jovial  turba  empina  el  vaso: 
unos  apenas  gustan,  i  ya  salen: 
pocos  hai  que  en  el  postre  se  regalen. 


II 


¡Murieron,  murieron  mil! 
la  rosada  i  la  morena; 
la  de  la  forma  jcntil; 
la  de  la  voz  de  sirena; 
la  que  ufana  brilló;  la  que  otro  ornato 
no  usó  jamas  que  el  virjinal  recato. 

Una,  apoyada  la  frente 
en  la  macilenta  palma, 
mira  al  suelo  tristemente; 
i  al  fin,  rompe  al  cuerpo  el  alma, 
como  el  jilguero,  cuando  oyó  el  reclamo, 
quiebra,  al  tomar  el  vuelo,  un  débil  ramo. 

Otra,  en  un  nombre  querido, 
con  loca  fiebre  delira; 
otra  acaba,  cual  jemido 
lánguido  do  eolia  lira, 
que  el  viento  pulsa;  o  plácida  fallece, 
cual  sonriendo  un  niño  se  adormece. 

¡Todas  nacidas  apenas, 
i  ya  cadáveres  frios!.... 
palomas,  de  mimos  llenas, 
i  de  hechiceros  desvíos: 
primavera  del  mundo,  apetecida 
gala  de  amor,  encanto  de  la  vida. 

¿I  nada  dejó  la  huesa? 
¿ni  una  voz?  ¿ni  una  mirada? 
¿Tanta  llama,  hecha  pavesa? 


LAS  FANTASMAS  '  137 


¿i  tanta  flor,  deshojada? 

¡Adiós!  huyamos  a  la  amiga  sombra 

do  anciano  bosque;  pisaré  la  alfombra 

Dg  secas  hojas,  que  crujan 
bajo  mi  pió  vagaroso..,. 
Fantasmas  se  me  dibujan 
entre  el  ramaje  frondoso: 
a  incierta  luz  siguiendo  voi  su  huella, 
i  de  sus  ojos  la  vivaz  centella. 

¿lie  sido  ya  polvo  yerto, 
i  mi  sombra  despertó? 
Como  ellas,  ¿estoi  yo  muerto? 
¿O  ellas  vivas,  como  yo? 
Yo  la  mano  les  doi  entre  las  ralas 
calles  del  bosque,  ellas  a  mí  sus  alas; 

I  a  su  forma  vaga,  etérea, 
mi  pensamiento  se  amolda.... 
A  do,  meciendo  funérea 
colgadura,  el  sauce  entolda 
un  blanco  mármol,  de  tropel  se  lanzan; 
i  en  baja  voz,  me  dicen:  ¡ven!...  i  danzan. 

Vanse  luego  paso  a  paso 
por  la  selva,  i  de  repente 

desparecen Yo  repaso 

la  visión  acá  en  mi  mente, 

i  lo  que  entre  los  hombres  ver  solía, 

reproduce  otra  vez  la  fantasía. 

III 

¡Una  entre  todas!....  tan  clara 
la  bolla  efijie,  el  semblante 
me  recuerdo,  que  jurara 
estarla  viendo  delante: 
crespas  madejas  de  oro  su  cabello; 
rosada  faz;  alabastrino  cuello; 


138  POESÍAS 

Albo  seno,  que  palpita 
con  inocentes  suspiros; 
ojos,  que  el  júbilo  ajita, 
azules  como  zafiros; 
'  i  la  celeste  diáfana  aureola 
que  en  sus  quince  a  las  niñas  arrebola. 

Nunca  en  su  pecho  el  ardor 
de  un  liviano  afecto  cupo: 
no  supo  jamas  de  amor, 
aunque  inspirarlo  sí  supo. 
I  si  cuantos  la  ven,  la  llaman  bella, 
nadie  al  oído  se  lo  dice  a  ella. 

El  baile  fué  su  pasión, 
i  costóle  caro  asaz: 
deslumbradora  ilusión, 
que  pasatiempo  i  solaz 
a  todo  pecho  juvenil  ofrece; 
pero  el  de  Lola  embriaga  i  enloquece. 

Todavía,  cuando  pasa 
sobre  su  sepulcro  alguna 
nube  de  candida  gasa, 
que  hace  fiestas  a  la  luna, 
o  el  mirto  que  lo  cubre  el  viento  mece, 
rebulle  su  ceniza,  i  se  estremece. 

La  circular  se  le  envía, 
que  para  el  baile  la  empeña; 
i  si  piensa  en  el  de  dia, 
en  él  a  la  noche  sueña: 
vuélanle  en  derredor  regocijadas 
visiones  de  danzantes,  silfos  i  hadas; 

I  la  cercan  plumas,  blondas, 
canastillas  i  bandejas, 
mué  de  caprichosas  ondas, 
crespón,  de  que  las  abejas 
pudieran  hacerse  alas,  cintas,  flores, 
tocas  do  formas  mil,  de  mil  colores. 


LAS  FANTASMAS  139 


IV 

Ya  llega....  los  elegantes 
lo  hacen  rueda;  luce  el  rico 
bordado;  en  los  albos  guantes, 
so  abre  i  cierra  .el  abanico. 
Ya  da  principio  la  anhelada  fiesta: 
i  sus  cien  voces  desplegó  la  orquesta. 

¡Qué  ájil  salta,  o  se  desliza! 
¡Qué  movimiento  agraciado! 
Sus  ojos,  bajo  la  riza 
crencha  del  pelo  dorado, 
brillan,  como  dos  astros  en  la  ceja 
de  luz  que  el  sol  en  el  ocaso  deja. 

Todo  en  ella  es  travesura, 
juego,  donaire,  alegría, 
inocencia....  En  una  oscura, 
solitaria  galería, 

yo,  que  los  grupos  móviles  miraba, 
a  Lola  pensativo  contemplaba.... 

Pensativo...,  caviloso 

i  triste  no  sé  si  diga: 

en  el  bailo  bullicioso, 

el  loco  placer  hostiga: 

enturbia  el  tedio  la  delicia,  i  rueda 

impuro  polvo  en  túnicas  de  soda. 

Lola,  en  la  festiva  tropa, 
va,  viene,  revuelve,  jira: 
valse!  cuadrilla!  galopa! 
no  descansa,  no  respira; 
seguir  no  es  dado  el  fujitivo  vuelo 
del  lindo  pió,  que  apenas  toca  el  suelo. 

Flautas,  violines,  violones; 
alegre  canto,  rcílcjos 


no  POESÍAS 

de  arañas  i  de  blandones, 

de  lámparas  i  de  espejos; 

flores,  perfumes,  joyas,  tules,  rasos, 

grato  rumor  de  voces  i  de  pasos, 

Todo  la  exalta;  la  sala 
multiplica  los  sentidos. 
No  sabe  el  pió  si  resbala 
sobre  cristales  pulidos, 
o  sobre  nulse  rápida  se  empine, 
o  en  ajitadas  olas  remoline. 


¡De  dia  ya!....  ¿Cuándo  tarda 
la  hora  que  al  placer  da  fin? 
Lola  en  el  umbral  aguarda 
por  la  capa  de  satin; 
i  bajo  la  delgada  mantellina, 
cuela  alevosa  el  aura  matutina. 

¡Ah!  ¡qué  triste  tornaboda! 
Risas,  placeres,  ¡adiós! 
¡Adiós,  arreos  de  moda! 
Al  canto  sigue  la  tos; 
al  baile,  ardor  febril  que  la  desvela, 
dolor  que  punza,  i  respirar  que  anhela; 

I  a  la  fresca  tez  rosada, 
la  cárdena  sigue  luego;  , 

i  la  pupila  empañada 
a  la  pupila  de  fuego. 
Murió....  ¡la  alegre!  ¡lajentil!  ¡la  pura! 
¡la  amada!...  el  baile  abrió  su  sepultura. 

Murió....  la  muerte  la  arranca 
del  abrazo  maternal — 
último  abrazo! — i  la  blanca 
vestidura  funeral 


LAS  FANTASMAS  lil 


le  pono,  en  vez  del  traje  de  la  fiesta, 
i  es  en  un  ataúd  donde  la  acuesta. 

Un  vaso  de  flores  lleno 
guarda  la  escojida  flor, 
que  prendida  llevó  al  seno; 
i  aun  conserva  su  color: 
cojióla  en  el  jardín  su  mano  hermosa, 
i  se  marchitará  sobre  su  losa. 

¡Pobre  madre!  ¡qué  distante 
de  adivinar  su  fortuna, 
cuando  la  arrullaba  infante, 
cuando  la  meció  en  la  cuna, 
i  con  solicitud,  con  ansia  tanta, 
miró  crecer  aquella  tierna  planta! 

¿Para  qué?....  Su  amor,  su  Lola, 
cebo  del  gusano  inmundo, 
amarilla,  muda,  sola, 
en  un  retrete  profundo 
duerme;  i  si  en  clara  noche  del  hibierno, 
interrumpe  la  luna  el  sueño  eterno, 

I  a  solemnizar  la  queda 
los  difuntos  se  levantan, 
i  en  la  apartada  arboleda 
fúnebres  endechas  cantan; 
en  vez  de  madre,  un  descarnado  i  triste 
espectro  al  tocador  de  Lola  asiste. 

«llora  es,  dice,  date  prisa; 
i  abriendo  los  pavorosos 
labios  con  yerta  sonrisa, 
pasa  los  dedos  nudosos 
de  la  descomunal  mano  de  hielo 
sobre  las  ondas  del  dorado  pelo; 

I  luego  la  besa  ufano; 
i  de  mustia  adormidera. 


142  poesías 

la  enguirnalda:  i  de  la  mano, 
la  conduce  a  do  la  espera, 
saltando  entre  las  tumbas,  coro  aerio, 
a  la  pálida  luz  del  cementerio, 

I  tras  un  alto  laurel 
la  luna  su  faz  recata, 
sirviéndole  de  dosel 
nubes  con  franjas  de  plata, 
que  el  iris  de  la  noolie  en  torno  ciñe, 
i  de  colores  opalinos  tiñe. 


VI 


¡Niñas!  no  el  placer  os  tiente 
que  víctima  tanta  inmola: 
mas  tened,  tened  presente 
a  la  malograda  Lola: 
la  compañera  hermosa,  amable,  honesta, 
arrebatada  al  mundo  en  una  fiesta. 

Cercada  estaba  de  amores, 
gracia,  beldad,  lozanía, 
i  de  todas  estas  flores 
una  guirnalda  tejia; 
i  cuando  en  matizarla  se  divierte, 
a  esta  dulce  labor  da  fin  la  muerte. 


A  OLIMPIO 


LMITACION  DE  VÍCTOR  HUGO 


¿Recuerdas,  Olimpio,  aquella 
única  amistad  constante, 
que  no  copió  en  su  semblante 
las  mudanzas  de  tu  estrella? 

¿Aquel  amigo,  consuelo 
que  en  la  miseria  ha  dejado 
a  tu  corazón  llagado 
por  último  bien  el  cielo? 

Testigo  de  los  azares 
de  la  encarnizada  lidia 
en  que  te  postró  la  envidia, 
que  hoi  te  abruma  de  pesares, 


*  Olimpio  es  un  patriota  eminente  denigrado  por  la  calumnia,  i  que  so  con» 
sucia  do  la  desgracia  en  las  meditaciones  de  una  filosofía  induljentc  i  magná- 
nima. No  sabemos  quién  fuese  el  personaje  que  Víctor  Hugo  so  propuso  re- 
presentar bajo  este  nombre.  Eu  las  revolUGioncs  americanas,  no  han  faltado 
Olimpios,— (El  autor.) 


144  poesías 

Así  te  dijo: — ¡  en  tanto, 
una  luz  serena  i  clara 
desarrugaba  tu  cara, 
mojando  la  suya  el  llanto: 


II 


«¿Eres  tú  aqucl'cuya  gloria 
ensalzaron  noliles  plumas, 
i  miraban  de  reojo 
mil  envidias  taciturnas? 

«Acatábante  en  silencio 
las  jentes:  la  infancia  ruda 
a  escucharte  se  paraba, 
como  la  vejez  caduca. 

«Eras  meteoro  ardiente 
que,  en  una  noche  profunda, 
se  lleva  tras  sí  los  ojos, 
cuando  por  el  cielo  cruza. 

«I  ahora,  arrancada  palma, 
doblas  tu  cabeza  mustia: 
no  te  da  apoyo  la  tierra, 
no  das  al  aire  verdura. 

«¡Cuántas  frentes  a  la  sombra 
acostumbraba  la  tuya! 
I  ahora,  ¡qué  de  sonrisas 
irónicas  te  saludan! 

«Ajado  está  el  bello  lustre 
de  tu  blanca  vestidura; 
los  que  galán  te  adoraron, 
andrajoso,  te  hacen  burla. 

«La  detracción  en  tu  vida 
clavó  sus  garras  impuras; 


A  OLIMPIO  145 


es  texto  a  malignas  glosas 
tu  reputación  difunta; 

«I  como  helado  cadáver, 
desfigurada,  insepulta, 
sabandijas  asquerosas 
por  todas  partes  la  surcan. 

«Revelada  por  la  llama 
que  a  tu  memoria  circunda, 
tu  existencia  es  un  terrero 
que  cuantos  pasan  insultan; 

«I  cien  silbadoras  flechas 
vienen  a  herirla  una  a  una, 
que,  en  tu  corazón  inerme, 
hondas  encarnan  la  punta. 

«I  con  festivos  aplausos, 
cuenta  el  vulgo  las  agudas 
heridas,  i  los  dolores, 
i  las  ansias  moribundas; 

«Como  suelen  bandoleros, 
al  ver  la  presa  segura, 
contar  monedas  i  joyas 
que  reciente  sangre  enturbia. 

«El  alma,  que  de  lo  recto 
era  un  tiempo  norma  augusta, 
es  ya  como  la  taberna 
que  por  la  noche  relumbra; 

aA  cuya  reja  so  apiñan 
curiosos,  por  si  ae  escucha 
el  canto  de  locas  órjias, 
o  de  las  riñas  la  bulla. 

«Cortaron  tus  esperanzas, 
flor  de  que  nadie  se  cura, 
poesías  19 


.146  poesías 

manos  crueles,  i  al  suelo 
las  dan  en  trizas  menudas. 

«Nadie  te  llora;  tu  suerte 
ningún  corazón  enluta; 
tu  nombre  es  un  epitafio 
de  desmoronada  tumba; 

«I  el  que  con  dolor  finjido 
alguna  vez  lo  pronuncia, 
es  como  el  que  muestra  escombros 
de  arruinada  arquitectura, 

«Que  un  tiempo  adornaron  jaspes, 
i  sustentaron  columnas, 
i  ya  malezas  la  cubren, 
i  vientos  i  aguas  la  injurian. 

III 

N  «Mas  ¿qué  digo?  En  la  miseria, 

mas  elevado  i  sublime 
te  muestras  a  quien  la  altura 
de  tus  pensamientos  mide. 

«Tu  existencia,  combatiendo 
,       a  los  contrapuestos  diques, 
suena  como  el  océano 
que  asalta  los  arrecifes. 

«Los  que  observaron  de  cerca 
la  lucha,  vuelven  i  dicen 
que,  inclinándose  a  la  márjen, 
vieron  tremenda  Caríbdis; 

«Mas  puede  ser  que  la  vista, 
calando  esc  abismo  horrible, 
la  perla  de  la  inocencia 
en  lo  mas  hondo  divise. 


A  OLIAIPIO  147 

«Turba  los  ojos  la  niebla 
de  que  pareces  vestirte; 
mas  sobre  ella  un  claro  cielo 
serenas  lumbres  despide. 

tt¿Qué  importa  al  cabo  que  el  mundo 
Contra  tu  entereza  lidie, 
alzando  nubes  de  polvo, 
que  cualquier  soplo  dirije? 

«Para  juzgar,  ¿qué  derecho, 
qué  título  nos  asiste? 
¿Que  objeto  no  es  un  enigma 
para  los  ojos  mas  linces? 

«¿La  certidumbre?...  ¡ínsensatosfi 
que  imajinais  tierra  firme 
la  que  celajes  vistosos 
en  vuestro  discurso  finjcn! 

a  Así  puede  asirla  el  juicio 
del  hombre,  como  es  posible 
a  la  mano  asir  el  agua 
sin  que  presta  se  deslice. 

«Moja  apenas,  i  al  instante 
huye;  i  al  pecho  que  jime, 
i  al  ardiente  labio,  nada 
deja  que  la  sed  mitigue. 

«¿Es  dia?  ¿Es  noche?  Los  ojos 
nada  absoluto  distinguen: 
toda  raíz  lleva  frutos; 
i  todo  fruto  raíces. 

«Apariencias  nos  fascinan, 
ya  sombras  densas  contristen 
la  vista,  o  ya  luminosos 
colores  la  regocijen. 


i  48  POESÍAS 

«Un  objeto  mismo  a  visos 
diferentes  llora  i  ríe: 
por  un  lado,  terso  lustre; 
por  el  otro,  oscuro  tizne. 

aLa  nube  en  que  el  marinero 
ve  rota  nave  irse  a  pique, 
para  el  colono  es  un  campo 
que  doradas  mieses  rinde. 

«¿Quién  habrá  que  los  misterios 
del  pecho  humano  escudriñe? 
¿Quién,  que  las  trasformaciones 
varias  de  una  alma  adivine? 

Larva  informe  surca  el  lodo; 
i  talvez  mañana,  libre 
mariposa,  alas  de  seda 
despliegue,  i  aromas  libe. 

IV 

o  Pero  tú  penas;  i  ¿cómo 
pudo  ser  que  no  penaras, 
oh  víctima  sin  ventura 
de  persecución  villana? 

«¿Tú,  a  quien  la  calumnia  muerde 
lo  mas  sensible  del  alma? 
¿Tú,  en  quien  el  sarcasmo  agota 
sus  flechas  enherboladas? 

«Herido  león,  huíste 
a  la  selva  solitaria; 
i  allí  memorias  acerbas 
te  hacen  mas  honda  la  Haga. 

«A  ellas  entregado  vives; 
i  ¡cuántas  veces,  ai,  te  halla 


A  OLIMPIO  149 


la  noche  en  la  actitud  misma 
en  que  te  halló  la  mañana! 

«¡Dichoso,  cuando  a  la  sombra 
en  que  tu  pecho  dencansa, 
la  sombra,  de  los  que  piensan 
favorecida  morada; 

«Desde  el  alba  hasta  el  ocaso, 
desde  el  ocaso  hasta  el  alba, 
contemplando  las  facciones 
del  valle  i  de  la  montaña; 

«Atento  al  tapiz  musgoso 
que  las  rocas  engalana, 
al  sosiego  de  los  campos, 
o  al  tumulto  de  las  aguas; 

«A  la  lozana  verdura 
de  yerbas  jamas  holladas, 
o  a  la  nieve  que  los  montes 
empinados  amortaja; 

«A  la  bostezante  gruta 
de  tenebrosa  garganta, 
i  de  verde  cabellera, 
con  florecida  guirnalda; 

«O  a  la  mar,  do  las  antorchas 
del  mundo  su  curso  acaban, 
que,  como  un  pecho  viviente 
respirando,  sube  i  baja; 

«O  siguiendo  con  los  ojos 
desde  la  arenosa  playa, 
al  lijero  esquife,  alegro 
depósito  de  esperanzas, 

«Que  las  velas  tiende  i  huye, 
huye,  i  rompe  la  delgada 


150  poesías 


hebra  que  ata  el  duro  pecho 
del  marinero  a  la  patria; 

«Sobre  el  risco,  donde  tantos 
dispersos  rumores  vagan; 
baja  la  espesura  umbrosa, 
donde  ni  el  sileneio  calla; 

«A  los  ecos  das  un  eco; 
a  las  confusas  palabras 
de  místicas  armonías, 
vilM'a  tu  mente  inspirada; 

«I  concurres  al  inmensa 
coro  que  todo  lo  abraza, 
lo  que  remontado  vuela, 
i  lo  que  humilde  se  arrastra: 

«¡Coro  de  infinitas  vocea 
que  suspende  i  arrebata^ 
i  en  que  la  naturaleza 
a  todos  los  seres  hablal 


«Consuélate,  que  algún  d¡a^ 
i  no  distante  quizas, 
el  imperio  de  las  almas 
a  la  tuya  volverá; 

«I  ha  de  verse,  ante  los  ojos 
mas  obcecados,  brillar 
con  nueva  luz,  de  tu  frente 
la  nativa  majestad: 

«Como  joyel,  a  que  el  polvo 
deslustró  la  tersa  faz, 
nuevamente  acicalado 
para  fiesta  nupcial. 


A  OLrMPro  t5! 


«En  vano  tus  enemigos, 
de  la  sátira  mordaz 
contra  tu  pecho  inocente 
aguzaron  el  puñal; 

«I  divulgaron  secretos 
fiados  a  la  amistad, 
como  quien  derrama  el  agua> 
sobre  el  camino  real. 

«En  vano,  en  vano  su  furia 
humillada  lanzarán 
contra  tu  nombre,  a  manera 
de  enhambrecido  chacal, 

«Que,  para  saciar  1»  rabia 
de  su  apetito  voraz, 
desgarra  la  última  carne 
del  hueso  roído  ya. 

«Esos  hambres  que  te  ponen 
piedras  en  que  tropezar, 
i  de  asechanzas  te  cercan, 
nó,  no  prevalecerán. 

«Pasarán,  como  vislumbres 
entre  espeso  matorral, 
que,  a  merced  del  viento,  corren, 
i  no  dejan  huella  atrás. 

«Te  detestarán,  sin  duda, 
con  el  rencor  infernal 
que  alimenta  contra  el  ciela 
el  pecho  de  Satanás;. 

«Pero  las  voce»  do  muerte, 
que,  como  ardiente  raudal, 
salen  de  su  lioca  impla, 
leve  soplo  extinguirá. 


152  POESÍAS 


«Mira  entre  tanto  con  ojos 
de  jenerosa  piedad 
a  los  que  de  un  bajo  instinto 
arrastra  el  poder  fatal; 

«A  los  que,  en  densa  ignorancia 
sumidos,  no  ven  rayar 
celeste  albor,  que  ilumine 
su  mísera  ceguedad; 

«Que  llaman  luz  a  la  sombra, 
i  bonanza  al  huracán, 
i  andan  a  tientas,  sin  rumbo, 
sin  lei,  sin  fe,  sin  altar; 

«AI  soberbio  que  levanta 
contra  el  débil  el  procaz 
estrepito  del  torrente, 
demolido  el  valladar; 

«A  la  mujer  seductora, 
desamorada  beldad, 
a  quien  la  sonrisa,  estudio, 
a  quien  es  arte  el  mirar, 

«I  en  cuyo  ropaje,  suelto 
a  los  vientos,  redes  hai, 
redes  que  prenden  las  almas 
en  dura  cautividad; 

«Al  ambicioso  que  trepa 
sobre  el  ambicioso,  a  par 
de  la  hiedra,  que  a  sí  misma 
entretejiéndose  va; 

«A  la  turba  lisonjera 
que  rinde  a  cada  deidad 
efímera  el  torpe  incienso 
de  su  adoración  venal; 


A  OLIMPIO  153 


«la  declamadores  vanos, 
que  hacen  ruido,  i  no  mas, 
oráculos  que  atestiguan 
la  insensatez  jeneral. 

«¿Que  son  contigo  esos  hombrea 
de  un  dia,  enjambre  fugaz 
de  insectos  que  vio  la  aurora, 
i  la  tarde  no  verá? 

«Ellos  son  viles,  tú  grande, 
es  el  interés  su  imán, 
la  gloria  el  tuyo:  la  guerra 
apetecen,  tú  la  paz. 

«Nada  hai  común  a  la  suya, 
i  a  tu  carrera  inmortal; 
ni  se  puede  su  alegría 
a  tu  dolor  igualar; 

«Que  es  sublime  i  grandioso 
espectáculo  el  que  da 
la  mano  dispensadora 
que  reparte  el  bien  i  el  mal, 

«I  alejando  al  jenio  el  cebo 
do  lo  vano  i  lo  falaz, 
lo  labra  con  el  arado 
que  se  llama  adversidad.» 


VI 

¡Olimpio!  un  amigo  fiel 
entóneos  te  hablaba  asi, 
(lueriendo  apartar  de  ti 
la  henchida  copa  de  hiél. 

Solo  entre  la  turba  larga 
que  antes  te  halagó  perjura, 


154  POESÍAS 

quiso  de  la  desventura 
al  i  j  erarte  la  carga. 

I  tú,  si  en  tono  mas  grave, 
no  de  metal  diferente, 
como  el  gran  rio  a  la  fuente, 
como  al  esquife  la  nave, 

Le  hablaste;  (i  cruzó  veloz 
una  sombra  tu  semblante); 
i  un  tierno  afecto  un  instante 
hizo  vacilar  tu  voz: 


VII 

«¡No  me  consueles,  ni  te  aflijas!  Vivo' 

pacífico  i  sereno, 
que  solo  miro  al  mundo  de  las  almas, 

no  a  ese  mundo  terreno. 

«Ni  es  tan  perverso  el  hombre:  la  fortuna, 

liberal  o  mezquina, 
tiñe  en  puro  licor,  o  en  turbias  heces, 

la  copa  cristalina. 

«Del  estrecho  teatro,  que  aprisiona 

tu  pensamiento,  el  mió 
oye  a  lo  lejos  el  rumor,  i  vuela 

a  su  libre  albedrío. 

«Si  murmura  la  fuente,  o  solitaria 

bulle  una  verde  orilla, 
o  viene  a  mis  oídos  el  arrullo 

de  amante  tortol  illa; 

«O  el  esquilón  de  las  exequias  llora 

en  la  torre  sublime, 
o  de  lo»  sauces  la  colgante  rama 

sobre  las  cruces  jime; 


A  OLIMPIO  453 


«Paréceme  que  huello  excelsa  cumbre, 

a  do  conduce  el  viento, 
de  cuanto  ser  criado  habita  el  orbe 

una  voz  de  lamento. 

«Allí  la  pequenez  a  la  grandeza, 

el  barro  al  oro  igualo; 
i  exploro  los  arcanos  del  abismo, 

i  el  firmamento  escalo. 

«Cuando  el  humo  lejano  se  levanta 
de  humilde  choza,  pienso 

que  en  el  ara  se  exhala,  do  se  quema 
a  Dios  devoto  incienso; 

«I  de  dispersas  luces  por  la  nocTio 

sembrada  la  llanura, 
el  infinito  espacio  tachonado 

de  soles  me  figura. 

«Contemplo  allí  de  lejos  cuanto  puebla 
la  tierra,  el  mar  profundo, 

i  miro  al  hombre,  misterioso  mago, 
atravesar  el  mundo. 

«I  como  suele  el  pájaro  a  su  pluma, 
me  entrego  al  pensamiento; 

i  entiendo  qué  es  la  vida,  i  lo  que  dice 
aquel  doliente  acento. 

«¿I  quieres  que  murmuro  de  mi  suerte? 

¿Cuál  es  el  hombre,  dime, 
a  quien,  parcial  el  cielo,  de  la  carga 

universal  exime? 

«Yo,  que  lóbrega  noche  vivo  ahora, 

en  mi  denso  horizonte 
conservo,  cual  rosada  luz,  que  deja 

la  tarde  en  alto  monte, 


156  POESÍAS 

«La  llama  del  honor,  divina  lumlDre, 

que,  en  apacible  calma, 
todavía  ilumina  lo  mas  alto, 

lo  mas  puro  del  alma. 

«Sin  duda  un  tiempo  (¿qué  razón  temprana 

de  este  modo  no  yerra?) 
sueños  dorados  vi,  cuales  el  hombre 

suele  ver  en  la  tierra. 

«Vi  alzarse  mi  existencia  coronada 

de  visiones  hermosas; 
.mas  ¡qué!  ¿debí  juzgar  que  fuese  eterna 

la  vida  de  las  rosas? 

«Las  ilusiones  que  tocar  pensaban 

mis  infantiles  manos, 
disipó  la  razón,  como  disipa 

la  aurora  espectros  vanos. 

«I  digo  ya  a  la  dicha  lo  que  dice 

navegante  que  deja 
el  suelo  patrio,  a  la  querida  orilla 

que  mas  i  mas  se  aleja. 

«Señala  Dios  a  todo  ser  que  nace 

su  herencia  de  dolores, 
como,  a  la  aurora,  un  amo  a  sus  obreros 

reparte  las  labores. 

«¡Animo,  puesí  ¿Qué  importa  a  un  alma  grande, 

destello  peregrino 
de  antorcha  celestial,  eso  que  el  hombre 
suele  llamar  destino? 

«Ni  elación  en  la  frente  jencrosa, 

ni  aparezca  desmayo, 
ora  brille  a  los  ojos  la  serena 
luz  del  dia,  ora  el  rayo. 


A  OLIMPIO  157 


«Brame  allá  abajo  la  preñada  nube 
que  tempestades  mueve, 

i  su  tranquilidad  conserve  el  alma, 
cual  la  cumbre  su  nieve. 

«Forceja  en  vano  el  rebelado  orgullo 

contra  la  leí  severa 
(necesidad  o  expiación  se  llame) 
que  al  universo  impera; 

«Rueda  fatal,  que  a  todo  lo  criado 
en  movimiento  eterno 

jirando  abruma,  i  de  una  mano  sola 
reconoce  el  gobierno.» 


LOS  DUENDES 


IMITACIÓN  DE  VÍCTOR  HUGO 


1 

'    No  bulle 
la  selva; 
el  campo 
no  alienta. 
Las  luces 
postreras 
despiden 
apenas 
destellos, 
que  tiemblan. 
La  choza 
plebeya, 
que  horcones 
sustentan; 
la  alcoba, 
que  arrean 
cristales 
i  sedas; 
al  sueño 
se  entregan. 


*  La  idea  jeneral,  algunos  pensamientos,  i  el  progresivo  ascenso  i  descenso 
del  metro,  es  todo  lo  que  se  ha  tomado  del  orijinal,  La  composición  francesa 
Re  titula  Les  Djinns^—iEl  autor.) 


LOS  DUENDES  159 


Ya  es  todo 
tinieblas. 
¡Oh  noche 
serena! 
¡Oh  vida 
suspensa! 
La  muerte 
remedas. 

II 

¿Que  ruido 
sordo  nace? 
Los  ciprescs 
colosales 
cabecean 
en  el  valle; 
i  en  menuda 
nieve  caen 
deshojados 
azahares. 
¿Es  el  soplo 
de  los  Andes, 
atizando 
los  volcanes? 
¿Es  la  tierra, 
que,  en  sus  bases 
de  granito, 
da  balances? 
No  es  la  tierra; 
no  es  el  aire; 
son  los  duendes, 
que  ya  salen. 

III 

Por  allá  vienen: 
¡qué  batahola! 
ora  se  apiñan 
en  densa  tropa, 


460  poesías 

que  hiende  rápida 
la  parda  atmósfera; 
i  ora  se  esparcen, 
como  las  hojas 
ante  la  ráfaga 
devastadora. 
Si  chillan  éstos, 
aquellos  roznan. 
Si  trotan  unos, 
otros  galopan. 
De  la  cascada 
sobre  las  ondas, 
cuál  se  columpia, 
cuál  cabriola. 
I  un  duende  enano, 
de  copa  en  copa, 
va  dando  brincos, 
i  no  las  dobla. 


IV 

¿Fantasmas  acaso 
la  vista  figura? 
Como  hinchadas  olas 
que  en  roca  desnuda 
se  estrellan  sonantes, 
i  luego  reculan 
con  ronco  murmullo, 
i  otra  vez  insultan 
al  risco,  lanzando 
bramadora  espuma: 
así  van  i  vienen, 
i  silban  i  zumban, 
i  gritan  que  aturden: 
el  cielo  se  nubla; 
el  aire  se  llena 
de  sombras  que  asustan; 
el  viento  retiñe; 
los  montes  retumban. 


LOS  DUENDES  {6f 


A  casa  me  recojo: 
echemos  el  cerrojo. 
¡Qué  triste  i  amarilla 
arde  mi  lamparilla! 
¡Oh  Vírjen  del  Carmelo! 
aleja,  aleja  el  vuelo 
de  estos  desoladores 
ánjeles  enemigos; 
que  no  talen  mis  flores, 
ni  atizonen  mis  trigos. 
Ahuyenta,  madre,  ahuyenta 
la  chusma  turbulenta; 
i  te  pondré  en  la  falda 
olorosa  guirnalda 
de  rosa,  nardo  i  lirio; 
i  haré  que  tu  sagrario 
alumbre  un  blanco  cirio 
por  todo  un  octavario. 

VI 

¡Cielos!  ¡lo  que  cruje  el  techo! 
¡i  lo  que  silba  la  puerta! 
Es  un  turbión  deshecho. 
Do  lejos  oigo  estallar 
los  árboles  de  la  huerta, 
como  el  pino  en  el  hogar. 
Si  dura  mas  el  tropel, 
no  amanecerá  mañana 
un  cristal  en  la  ventana, 
ni  una  hoja  en  el  verjel. 

VII 

San  Antón,  no  soi  tu  devoto, 
si  no  le  pones  luego  coto 
a  este  diabólico  alboroto. 
poesías  2( 


1G2  POESÍAS 

¡Motin  semeja,  o  terremoto, 
o  hinchado  torrente  que  ha  roto 
los  diques,  i  todo  lo  inunda! 
j Jesús!  ¡Jesús!  ¡qué  barahunda!... 
¿Qué  significa,  raza  inmunda, 
esa  aldabada  furibunda? 
El  rayo  del  cielo  os  confunda, 
i  otra  vez  os  pele  i  os  tunda, 
i  en  la  caverna  mas  profunda 
del  inflamado  abismo  os  hunda. 

VIII 

Ni  por  esas.  Parece  que  arroja 
el  infierno  otro  denso  nublado, 
o  que  el  diablo  al  oírme  se  enoja; 
i  empujando  el  ejército  alado, 
el  asalto  acrecienta  i  aviva. 
El  tejado  va  a  ser  una  criba; 
cada  envión  que  recibe  mi  choza, 
yo  no  sé  como  no  la  destroza; 
a  tamaña  batalla  no  es  mucho 
que  retiemble,  i  que  toda  so  cimbre, 
cual  si  fuese  de  lienzo  o  de  mimbre... 
¿Es  el  miedo?  o  ¿quién  anda  en  la  sala? 
Vade  retro,  perverso  avechucho... 
¡Ai!  matóme  la  luz  con  el  ala... 

IX 

¡Funesta  sombra!  ¡Tenebroso  espanto!.. 
Amedrentado  al  corazón  palpita... 
i  la  lejion  de  Lucifer  en  tanto, 
reforzando  la  trcápala  i  la  bulla, 
a  un  tiempo  brama,  gruñe,  llora,  grita, 
bufa,  relincha,  ronca,  ladra,  aulla; 
i  asorda  estrepitosa  los  oídos, 
mezclando  carcajadas  i  alaridos, 
voz  de  ira,  voz  de  horror,  i  voz  de  duelo. 
¡Qué  fiero  son  de  trompas  i  cornetas! 


LOS  DUENDES  163 


¡Qué  arrastrar  de  cadenas  por  el  suelo! 
¡Qué  destemplado  chirrio  de  carretas!... 
¡Ya  escampa!  Hasta  la  tierra  se  estremece, 
i  según  es  el  huracán,  parece 
que  a  la  casa  i  a  mí  nos  lleva  al  vuelo... 
Perdido  soi...  ¡Misericordia,  cielo! 


X 


¡Ah!  Por  fin,  en  la  iglesia  vecina 
a  sonar  comenzó  la  campana... 
Al  furor,  a  la  loca  jarana, 
turbación  sucedió  repentina. 
El  tañido  de  aquella  campana 
a  la  hueste  infernal  amohina, 
sobrecojo,  atolondra,  amilana. 
Como  en  pecho  abrumado  de  pena 
una  luz  de  esperanza  divina; 
como  el  sol  en  la  densa  neblina, 
de  los  montes  rizada  melena; 
el  tañido  de  aquella  campana, 
que  tan  alto  i  sonoro  domina, 
i  se  pierde  en  la  selva  lejana, 
el  tumulto  en  el  aire  serena. 

XI 

¡Partieron!  La  sonante  nota 
a  la  hueste  infernal  derrota. 
Uno  a  otro  apresura,  excita, 
estrecha,  empuja,  precipita. 
Huyó  la  fementida  tropa: 
no  trota  ya,  sino  galopa; 
no  galopa  ya,  sino  vuela. 
Por  donde  pasa  la  bandada, 
una  sombni  mas  atezada 
los  montes  i  los  valles  vela, 
i  el  luto  de  la  noche  enlulii. 
Como  de  leña  mal  enjuta, 
que  en  el  hogar  chisporrotea; 


164  poesías 

de  mil  pupilas  culebrea 
rojiza  luz  intermitente, 
que  va  señalando  la  ruta 
de  Satanás  i  de  su  jente. 

XII 

Cesó,  cesó  la  zozobra. 
A  escape  va  la  pandilla; 
i  la  tierra  se  recobra 
de  la  grave  posadilla 
de  esta  visita  importuna; 
i  la  perezosa  luna 
sale  al  fin,  i  el  campo  alegra. 
Allá  va  la  sombra  negra; 
distante  suena  la  grita 
de  la  canalla  maldita; 
como  cuando  ciñe  un  monte 
de  nubes  el  horizonte, 
i  desde  su  oscuro  seno 
rezonga  lejano  trueno; 
como  cuando  primavera 
tus  nieves  ha  derretido, 
jigantesca  cordillera, 
i  a  lo  lejos  se  oye  el  ruido 
de  impetuosa  corriente 
que  arrastra  una  selva  entera, 
cubre  el  llano  i  corta  el  puente. 

XIII 

Mas  a  ti,  ¿qué  fortuna, 
huerta  mia,  te  cabe? 
¿Respiras  ya  del  grave 
atan?  ¿Injuria  alguna 
sufriste?...  ¡Cuánta  asoma, 
entreabierta  a  la  luna, 
nueva  flor!  ¡Cuánto  aroma 
de  rosas  i  alelíes 
el  ambiente  embalsamad 


LOS  DUENDES  16S 


No  hai  una  mustia  rama; 
no  hai  un  doblado  arbusto. 
Parece  que  te  ries 
de  tu  pasado  susto. 

XIV 

Sobre  aquellos  boldo» 
que  a  un  pelado  risco 
guarnecen  la  falda, 
al  amortecido  • 

rayo  de  la  luna, 
van  haciendo  jiros. 
Enjambre  parecen 
de  avispas,  que  el  nido» 
materno  abandona, 
desjiojo  de  niños 
traviesos,  i  vuela 
errante  i  proscripto. 

XV 

¡Desventurados! 
Del  patrio  albergue 
también  vosotros 
jemís  ausentes: 
vagar  proscriptos 
os  cupo  en  suerte... 
¡Terrible  fallo!.., 
¡i  eterno!..  ¡Pesen 
mis  maldiciones, 
blandas  i  leves, 
sobro  vosotros, 
miseros  duendes! 

XVI 

Hacia  el  cerro 
que  distingue 
lo  sombrío 


166  poesías 

de  su  tizne 
(padrón  negro 
de  hechos  tristes) 
vagarosas 
ondas  finje, 
parda  nube, 
con  matices 
colorados, 
como  el  tinte 
que  a  la  luna 
da  el  eclipse; 
i  en  la  espira 
que  describe, 
rastros  deja 
carmesíes... 
¿En  qué  abismos, 
infelice 
nubécula, 
vas  a  hundirte?. . . 
Ya  los  ojos 
no  la  siguen; 
ya  es  un  punto; 
ya  no  existe. 

XVII 

¡Qué  calma 
tranquila! 
Tras  levo 
cortina 
de  gasa 
pajiza, 
,  la  luna 
dormita. 
Al  sueño 
rendidas, 
las  flores 
so  inclinan. 
El  viento 
no  silba, 


LOS  DUENDES  167 

ni  el  aura 
suspira. 
Tú  sola 
vijilas; 
tú  siempre 
caminas, 
i  al  centro 
gravitas, 
¡oh  fuente 
({uerida! 
ya  turbia; 
ya  limpia; 
ya  en  calles, 
que  lilas 
i  adelfas 
tapizan; 
ya  en  zarzas 
i  espinas. 
¡Tal  corre 
la  vida! 


;g¿i 


LA  ORACIÓN  POR  TODOS 


IMITACIÓN  DE  VÍCTOR  HUGO 


Ve  a  rezar,  hija  mia.  Ya  es  la  hora 
de  la  conciencia  i  del  pensar  profundo: 
cesó  el  trabajo  afanador,  i  al  mundo 
la  sombra  va  a  colgar  su  pabellón. 
Sacude  el  polvo  el  árbol  del  camino, 
al  soplo  de  la  noche;  i  en  el  suelto 
manto  de  la  sutil  neblina  envuelto, 
se  ve  temblar  el  viejo  torreón. 

¡Mira!  su  ruedo  de  cambiante  nácar 
el  occidente  mas  i  mas  angosta; 
i  enciende  sobre  el  cerro  de  la  costa 
el  astro  de  la  tarde  su  fanal. 
Para  la  pobre  cena  aderezado, 
brilla  el  albergue  rústico;  i  la  tarda 
vuelta  del  labrador  la  esposa  aguarda 
con  su  tierna  familia  en  el  umbral. 

Brota  del  seno  de  la  azul  esfera 
uno  tras  otro  fúljido  diamante; 
i  ya  apenas  de  un  carro  vacilante 
se  oye  a  distancia  el  desigual  rumor. 


LA  ORACIÓN  POR  TODOS  169 


Todo  se  hunde  en  la  sombra:  el  monte,  el  valle, 
i  la  iglesia,  i  la  choza,  i  la  alquería; 
i  a  los  destellos  últimos  del  dia, 
se  orienta  en  el  desierto  el  viajador. 

Naturaleza  toda  jime:  el  viento 
en  la  arboleda,  el  pájaro  en  el  nido, 
i  la  oveja  en  su  trémulo  balido, 
i  el  arroyuelo  en  su  correr  fugaz. 
El  dia  es  para  el  mal  i  los  afanes, 
¡íló  aquí  la  noche  plácida  i  serena! 
El  hombre,  tras  la  cuita  i  la  faena, 
quiere  descanso  i  oración  i  paz. 

Sonó  en  la  torre  la  señal:  los  niños 
conversan  con  espíritus  alados; 
i  los  ojos  al  cielo  levantados, 
invocan  de  rodillas  al  Señor. 
Las  manos  juntas,  i  los  pies  desnudos, 
fe  en  el  pecho,  alegría  en  el  semblante, 
con  una  misma  voz,  a  un  mismo  instante, 
al  Padre  Universal  piden  amor, 

I  luego  dormirán;  i  en  leda  tropa, 
sobre  su  cuna  volarán  ensueños, 
ensueños  de  oro,  diáfanos,  risueños, 
visiones  que  imitar  no  osó  el  pincel. 
I  ya  sobre  la  tersa  frente  posan, 
ya  beben  el  aliento  a  las  bermejas 
bocas,  como  lo  chupan  las  abejiía 
a  la  fresca  azucena  i  al  clavel. 

Como,  para  dormirse,  bajo  el  ala 
esconde  su  cabeza  la  avecilla, 
tal  la  niñez  en  su  oración  sencilla 
adormece  su  mente  virjinal. 
¡Oh  dulce  devoción  que  reza  i  rie! 
¡de  natural  piedad  primer  aviso! 
¡fragancia  de  la  flor  del  paraíso! 
¡preludio  del  concierto  celestial! 


i  70  poesías 


II 


Ve  a  rezar,  hija  mia.  I  ante  todo, 
ruega  a  Dios  por  tu  madre;  por  aquella 
que  te  dio  el  ser,  i  la  mitad  mas  bella 
de  su  existencia  ha  vinculado  en  él; 
que  en  su  seno  hospedó  tu  joven  alma, 
de  una  llama  celeste  desprendida; 
i  haciendo  dos  porciones  de  la  vida, 
tomó  el  acíbar  i  te  dio  la  miel. 

Ruega  después  por  mí.  Mas  que  tu  madre 
lo  necesito  yo...  Sencilla,  buena, 
modesta  como  tú,  sufre  la  pena, 
i  devora  en  silencio  su  dolor. 
A  muchos  compasión,  a  nadie  envidia, 
la  vi  tener  en  mi  fortuna  escasa. 
Como  sobre  el  cristal  la  sombra,  pasa 
sobre  su  alma  el  ejemplo  corruptor. 

No  le  son  conocidos...  ¡ni  lo  sean 
a  ti  jamas!...  los  frivolos  azares 
de  la  vana  fortuna,  los  pesares 
ceñudos  que  anticipan  la  vejez; 
de  oculto  oprobio  el  torcedor,  la  espina 
que  punza  a  la  conciencia  delincuente, 
la  honda  fiebre  del  alma,  que  la  frente 
tiñe  con  enfermiza  palidez. 

Mas  yo  la  vida  por  mi  mal  conozco, 
conozco  el  mundo,  i  se  su  alevosía; 
i  talvez  de  mi  boca  oirás  un  dia 
lo  que  valen  las  dichas  que  nos  da. 
I  sabrás  lo  que  guarda  a  los  que  rifan 
riquezas  i  poder,  la  urna  aleatoria, 
i  que  talvez  la  senda  que  a  la  gloria 
guiar  parece,  a  la  miseria  va. 


LA  ORACIÓN  POR  TODOS  <71 


Viviendo,  su  pureza  empaña  el  alma, 
i  cada  instante  alguna  culpa  nueva 
arrastra  en  la  corriente  que  la  lleva 
con  rápido  descenso  al  ataúd. 
La  tentación  seduce;  el  juicio  engaña; 
en  los  zarzales  del  camino,  deja 
alguna  cosa  cada  cual:  la  oveja 
su  blanca  lana,  el  hombre  su  virtud. 

Vo,  hija  mia,  a  rezar  por  mí,  i  al  cielo 
pocas  palabras  dirijir  te  baste: 
«Piedad,  Señor,  al  hombre  que  criaste; 
eres  Grandeza;  eres  Bondad;  ¡perdón!» 
I  Dios  te  oirá;  que  cual  del  ara  santa 
sube  el  humo  a  la  cúpula  eminente, 
subo  del  pecho  candido,  inocente, 
al  trono  del  Eterno  la  oración. 

Todo  tiende  a  su  fin:  a  la  luz  pura 
del  sol,  la  planta;  el  cervatillo  atado, 
a  la  libre  montaña;  el  desterrado, 
al  caro  sucio  que  lo  vio  nacer; 
i  la  abejilla  en  el  frondoso  valle, 
do  los  nuevos  tomillos  al  aroma; 
i  la  oración  en  alas  do  paloma 
a  la  morada  del  Supremo  Ser. 

Cuando  por  mí  se  eleva  a  Dios  tu  ruego, 
soi  como  el  fatigado  peregrino, 
que  su  carga  a  la  orilla  del  camino 
deposita  i  se  sienta  a  respirar; 
porque  de  tu  plegaria  el  dulce  canto 
alivia  el  peso  a  mi  existencia  amarga, 
i  quita  de  mis  hombros  esta  carga, 
que  me  agobia  de  culpa  i  de  pesar. 

Ruega  por  mí,  i  alcánzame  que  vea, 
en  esta  noche  do  pavor,  el  vuelo 
de  un  ánjel  compasivo,  que  del  cielo 
traiga  a  mis  ojos  la  perdida  luz. 


172  poesías 

I  pura  finalmente,  como  el  mármol 
que  se  Lava  en  el  templo  cada  dia, 
arda  en  sagrado  fuego  el  alma  mia, 
como  arde  el  incensario  ante  la  cruz. 


III 


Ruega,  hija,  por  tus  hermanos, 
los  que  contigo  crecieron, 
i  un  mismo  seno  exprimieron, 
i  un  mismo  techo  abrigó. 
Ni  por  los  que  te  amen  solo 
el  favor  del  cielo  implores: 
por  justos  i  pecadores, 
Cristo  en  la  cruz  espiró. 

Ruega  por  el  orgulloso 
que  ufano  se  pavonea, 
i  en  su  dorada  librea, 
funda  insensata  altivez; 
i  por  el  mendigo  humilde, 
que  sufre  el  ceño  mezquino 
de  los  que  beben  el  vino 
por  que  le  dejen  la  hez. 

Por  el  que  de  torpes  vicios 
sumido  en  profundo  cieno, 
hace  aullar  el  canto  obsceno 
de  nocturno  bacanal; 
i  por  la  velada  vírjen 
que  en  su  solitario  lecho 
con  la  mano  hiriendo  el  pecho, 
reza  el  himno  sepulcral. 

Por  el  hombre  sin  entrañas, 
en  cuyo  pecho  no  vibra 
una  simpática  fibra 
al  pesar  i  a  la  aflicción; 


LA  ORACIÓN  pon  TODOS  173 

que  no  da  sustento  al  han>bre, 
ni  a  la  desnudez  vestido, 
ni  da  la  mano  al  caído, 
ni  da  a  la  injuria  perdón. 

Por  el  que  en  mirar  se  goza 
su  puñal  de  sangre  rojo, 
buscando  el  rico  despojo, 
o  la  venganza  cruel; 
i  por  el  que  en  vil  libelo 
destroza  una  fama  pura, 
i  en  la  aleve  mordedura 
escupe  asquerosa  hiél. 

Por  el  que  surca  animoso 
la  mar,  de  peligros  llena; 
por  el  que  arrastra  cadena, 
i  por  su  duro  señor; 
por  la  razón  que  leyendo 
en  el  gran  libro,  vijila; 
por  la  razón  que  vacila; 
por  la  que  abraza  el  error. 

Acuérdate,  en  fin,  de  todos 
los  que  penan  i  trabajan; 
i  de  todos  los  que  viajan 
por  esta  vida  mortal. 
Acuérdate  aun  del  malvado 
que  a  Dios  blasfemando  irrita. 
La  oración  es  infinita: 
nada  agota  su  caudal. 


IV 


¡Hija!  reza  también  por  los  que  cubre 
la  soporosa  piedra  de  la  tumba, 
profunda  sima  adonde  se  derrumba 
la  turba  de  los  liombrcs  mil  a  mtl: 


174  poesías 

abismo  en  que  se  mezcla  polvo  a  polvo, 
i  pueblo  a  pueblo;  cual  se  ve  a  la  hoja 
de  que  al  añoso  bosque  abril  despoja, 
mezclar  las  suyas  otro  i  otro  abril. 

Arrodilla,  arrodíllate  en  la  tierra 
donde  segada  en  flor  yace  mi  Lola, 
coronada  de  anjélica  aureola; 
do  helado  duerme  cuanto  fué  mortal; 
donde  cautivas  almas  piden  preces 
que  las  restauren  a  su  ser  primero, 
i  purguen  las  reliquias  del  grosero 
vaso,  que  las  contuvo,  terrenal. 

¡Hija!  cuando  tú  duermes,  te  sonríes, 
i  cien  apariciones  peregrinas, 
sacuden  retozando  tus  cortinas: 
travieso  enjambre,  alegre,  volador. 
I  otra  vez  a  la  luz  abres  los  ojos, 
al  mismo  tiempo  que  la  aurora  hermosa 
abre  también  sus  párpados  de  rosa, 
i  da  a  la  tierra  el  deseado  albor. 

¡Pero  esas  pobres  almas!...  ¡si  supieras 
qué  sueño  duermen!...  su  almohada  es  friu; 
duro  su  lecho;  anjélica  armonía 
no  regocija  nunca  su  prisión. 
No  es  reposo  el  sopor  que  las  abruma; 
para  su  noche  no  hai  albor  temprano; 
i  la  conciencia,  velador  gusano, 
les  roe  inexorable  el  corazón. 

Una  plegaria,  un  solo  acento  tuyo, 
hará  que  gocen  pasajero  alivio, 
i  que  de  luz  celeste  un  rayo  tibio 
logre  a  su  oscura  estancia  penetrar; 
que  el  atormentador  remordimiento 
una  tregua  a  sus  víctimas  conceda, 
i  del  aire,  i  el  agua,  i  la  arboleda, 
oigan  el  apacible  susurrar. 


LA  ORACIÓN  POR  TODOS 


Cuando  en  el  campo  con  pavor  secreto 
la  sombra  ves,  que  de  los  cielos  baja, 
la  nieve  que  las  cumbres  amortaja, 
i  del  ocaso  el  tinte  carmesí: 
en  las  quejas  del  aura  i  de  la  fuente 
¿no  te  parece  que  una  voz  retiña? 
una  doliente  voz  que  dice:  «Niña, 
cuando  tú  reces,  ¿rezarás  por  mí?» 

Es  la  voz  do  las  almas.  A  los  muertos 
que  oraciones  alcanzan,  no  escarnece 
el  rebelado  arcánjel,  i  florece 
sobre  su  tumba  perennal  tapiz. 
Mas  ¡ai!  a  los  que  yacen  olvidados 
cubre  perpetuo  horror,  hierbas  extrañas 
ciegan  su  sepultura;  a  sus  entrañas 
árbol  funesto  enreda  la  raiz. 

I  yo  también  (no  dista  mucho  el  dia) 
huésped  seré  de  la  morada  oscura, 
i  el  ruego  invocaré  de  un  alma  pura, 
que  a  mi  largo  penar  consuelo  dé. 
I  dulce  entonces  me  será  que  vengas, 
i  para  mí  la  eterna  paz  implores, 
i  en  la  desnuda  losa  esparzas  flores, 
simple  tributo  de  amorosa  fe. 

¿Perdonarás  a  mi  enemiga  estrella, 
si  disipadas  fueron  una  a  una 
las  que  mecieron  tu  mullida  cuna 
esperanzas  de  alegre  porvenir? 
Sí,  le  perdonarás;  i  mi  memoria 
te  arrancará  una  lágrima,  un  suspiro 
que  llegue  hasta  mi  lóbrego  retiro, 
i  haga  mi  helado  polvo  rebullir. 


MOISÉS  SALVADO  DE  LAS  AGUAS 


IMITACIÓN  DE  VÍCTOR  HUGO 


«¡Compañeras,  al  baño!  alumbra  el  dia 

la  cúpula  lejana: 
duerme  en  su  choza  el  segador,  i  enfria 

las  ondas  la  mañana. 

«Ménfis  apenas  bulle;  hospedadora 

nos  da  la  selva  abrigo: 
i  tendremos,  amigas,  a  la  aurora 

por  único  testigo. 

«De  Faraón,  mi  padre,  el  jaspeado 
palacio  al  mundo  asombra: 

a  mí  del  bosque  el  pabellón,  del  prado 
me  agrada  mas  la  alfombra. 

«¿Que  son  las  fuentes  en  que  el  oro  brilla, 

i  el  mármol  de  colores, 
a  par  del  Nilo,  i  de  esta  verde  orilla 

esmaltada  de  flores? 

«No  es  tan  grato  el  incienso  que  consume 

en  el  altar  la  llama, 
como  entre  los  aromos  el  perfume 

que  el  zcfiro  derrama. 


MOISÉS  SALVADO  DE  LAS  AGUAS  177 

«Ni  en  el  festín  real  me  gozo  tanto, 

como  en  oír  la  orquesta 
alada,  que,  esparciendo  dulce  canto, 

anima  la  floresta. 

«¿Veis  cuál  se  pinta  en  la  corriente  clara 

el  puro  azul  del  cíelo? 
El  cinto  desatadme,  i  la  tiara, 

i  el  importuno  velo. 

«¿Veis  en  aquel  remanso  trasparente 

zabullirse  la  garza? 
Las  ropas  deponed;  i  al  blando  ambiente, 

el  cabello  se  esparza. 

«¡Ea!  trisquemos  en  el  fresco  baño, 

alzando  blanca  espuma... 
Mas  ¿qué  objeto  descubre  tan  estraño 

la  fujitiva  bruma? 

«Mirad:  enfrente  al  sicamor  sombrío, 

que  verdes  arcos  tiende 
sobre  la  playa,  un  bulto  por  el  rio 

lentamente  desciende. 

«No  temáis:  de  una  palma  el  tronco  anciano, 

que  en  demanda  navega 
de  las  altas  Pirámides,  liviano 

sobre  las  ondas  juega. 

«¿O  es  do  Ilcrmes  por  ventura  el  carro  leve? 

¿o  es  la  concha  divina 
de  Isis,  que  con  suave  aliento  mueve 

la  brisa  matutina? 

«¿Que  digo?  es  tierno  niño,  que  en  lijcra 

barca  duerme  al  sereno 
arrullo  do  las  olas,  cual  pudiera 

en  el  materno  seno. 

POESÍAS  23 


178  POESÍAS 

«Arrastra  el  Nilo  la  flotante  cama, 

cual  nido  de  avecilla 
que  arrebatado  hubiese  a  la  retama 

de  su  silvestre  orilla, 

«¡Qué  de  peligros  corre  a  un  tiempo  mismo! 

¿Cuál  puerto  de  salud 
le  aguarda?  ¿Mece  el  proceloso  abismo 

su  cuna  o  su  ataúd? 

«¡Los  ojos  abre,  hijas  de  Ménfis!  llora... 

¿Pudo  una  madre,  ¡oh  cielo! 
al  agua  abandonar  devoradora 

el  hijo  pequeñuelo? 

«Tiende  los  brazos,  ¡ai!  cual  si  supiera 

su  malhadada  suerte; 
i  son  frájiles  cañas  la  barrera 

que  presenta  a  la  muerte. 

«Es  de  la  raza  de  Israel,  sin  duda, 

que  mi  padre  sentencia 
41  proscripción...  pero  ¿qué  leí  sañuda 

proscribe  a  la  inocencia? 

«¡Pobre  niño!  su  llanto  me  conduele; 

a  su  madre  aflijida, 
Bucederá  otra  madre;  salvarcle; 

me  deberá  la  vida.» 

Ifisa  hablaba  así,  joven  princesa; 

i  dócil  al  consejo 
•de  la  piedad,  acometió  la  empresa; 

i  el  juvenil  cortejo 

A  la  vírjen,  que  presta  se  adelanta, 

de  confianza  llena, 
sigue,  estampando  con  lijera  planta 

la  movediza  arena. 


MOISÉS  SALVADO  DE  LAS  AGUAS  179 

Semejaba,  depuesto  el  blanco  lino, 

revolando  las  blondas 
madejas  por  el  hombro  alabastrino, 

la  hija  de  las  ondas. 

El  blanco  pié  con  círculos  de  plata 

el  espumoso  rio 
le  ciñe;  i  ya  a  las  olas  arrebata 

el  pequeño  navio. 

Palpita  con  la  carga  que  suspendo, 

alegre  i  orgullosa; 
i  en  sus  mejillas  el  color  se  enciende 

de  la  temprana  rosa. 

Bullcnte  espuma  hendiendo,  que  se  irrita, 

i  la  presa  reclama, 
el  peso  que  la  agobia  deposita 

sobre  la  verde  grama; 

I  del  recién  nacido  alegremente 

cercan  todas  la  cuna; 
i  sonriendo,  la  asustada  frente 

le  besan  una  a  una. 

Mas  ¡oh  tú,  que  de  lejos  a  tu  hijo 

por  la  playa  desierta 
seguiste  desolada,  el  rostro  fijo 

en  su  carrera  incierta! 

Llega:  el  hinchado  seno  da  al  infante: 

tu  llanto  ni  su  risa 
revelarán  en  ti  la  madre  amante, 

pues  aun  no  es  madre  líisa. 

En  los  brazos  maternos,  rociado 

con  lágrimas  de  duelo 
i  de  gozo  a  la  par,  dulce  cuidado 

de  la  tierra  i  del  cielo, 


!80  POESÍAS 

El  pequeño  Moisés  iba  seguro: 

de  Faraón  cruel 
hospeda  el  rejio  alcázar  al  futuro 

caudillo  de  Israel. 

I  ante  el  trono  de  Dios,  la  faz  velada 
con  las  alas,  el  coro 

que  ve  a  sus  pies  la  bóveda  estrellada, 
pulsaba  liras  de  oro. 

«Alégrate,  Jacob,  en  el  asilo 

de  tu  destierro,  (el  canto 

así  sonaba) ;  i  no  al  impuro  Nilo, 
se  mezcle  mas  tu  llanto. 

«El  Jordán  a  sus  campos  te  convida: 
te  oyó  el  Señor:  Ejipto 

marchar  verá  a  la  tierra  prometida 
tu  linaje  proscripto. 

«Ese  niño  que  vírjen  inocente 
salvó  de  olas  i  vientos, 

es  el  profeta  del  Horeb  ardiente, 
rei  de  los  elementos. 

«Humillaos,  mortales  insensatos, 
que  al  Eterno  hacéis  guerra: 

hé  ahí  el  lejislador,  que  sus  mandatos 
promulgará  a  la  tierra. 

«Cuna  humilde,  baldón  de  la  fortuna, 
juguete  del  profundo, 

ha  salvado  a  Israel:  humilde  cuna 
ha  de  salvar  al  mundo.» 


LA  COMETA 


Por  la  rejion  del  viento, 
una  bella  Cometa  se  encumbraba; 
i  ufana  de  mirarse  a  tanta  altura 
sobre  el  terreno  asiento, 
que  habita  el  hombre  i  el  servil  jumento, 
de  esta  manera  entre  sí  misma  hablaba: 

— ¿Por  qué  la  libertad  i  la  soltura, 
dada  a  toda  volátil  criatura 
esta  cuerda  maldita, 
tan  sin  razón  me  quita? 


*   El  señor  don  Andrés  Dello  publicó  el  año  de  1833  esta  misma  fábula  en 
la  forma  que  va  a  leerse: 

LA  COMETA  (Volantín). 

Una  bella  Cometa  ae  encumbraba 
tanto,  que  ya  do  vista  se  perdia, 
Ucina  se  imajinaba 
do  la  rejion  del  viento; 
i  no  cabiendo  en  sí  de  la  alegría, 
i  el  envanecimiento," 
i  orgullo  que  sentía, 
al  mirarse  tan  alta, 
ora  danza,  ora  salta, 
ora  se  contonea, 
la  larga  cola  oudca; 


182  POESÍAS 

; Ah,  qué  feliz  estado  fuera  el  mió, 

si  espaciarme  pudiese  a  mi  albedrío 

por  esa  esfera  luminosa  i  vaga 

del  aire,  imprescriptible  patrimonio 

de  lo  volante,  en  brazos  de  Favonio, 

que  amoroso  me  halaga; 

i  ya,  a  guisa  del  águila  altanera, 

al  sol  me  remontase,  ya  rastrera 

jirase,  como  suelto  pajarillo, 

de  jardin  en  jardín,  de  prado  en  prado, 

entre  el  nardo,  la  rosa  i  el  tomillo! 

¿A.  qué  el  instinto  volador  me  es  dado, 

si  he  de  vivir  encadenada  al  suelo, 

juguete  de  un  imbécil  tiranuelo, 

que,  según  se  le  antoja, 

o  me  tira  la  rienda,  o  me  la  afloja? 


i  en  susurro  parlero, 

su  dicha  esprimc...  ¿Pero  que  fortuna, 

qué  estado  venturoso  i  placentero 

no  empalaga  por  fin,  i  no  importuna? 

¿Quién  es  aquel  que  dice: 

— A  mi,  nada  me  falta;  soi  felice? 

A  madama  Cometa, 

asalta  un  pensamiento, 

que  la  turba,  i  la  inquieta, 

i  acibara  su  gozo  en  un  momento. 

Viendo  que  su  carrera  un  hilo  ataja, 

i  que,  al  arbitrio  ajeno,  sube  i  baja, 

con  voces  tales  entre  sí  murmura: 

—¿Por  qué  razón  me  quita 
esta  cuerda  maldita 
la  dulce  libertad  i  la  soltura 
dada  a  toda  volátil  criatura? 
¿Por  qué  el  hombre  se  ha  hecho, 
contra  todo  derecho, 
dueño  de  mi  albedrío, 
sagrado,  imprescriptible  patrimonio 
de  lo  viviente?...  ¡Oh  qué  destino  el  mío, 
si  pudiese  correr  esenta  i  vaga 
por  ese  mundo,  en  brazos  de  Favonio, 
que  amoroso  me  halaga; 
i  ya,  a  guisa  del  águila  altanera, 


LA  COMETA  183 


¡Pluguiese  a  Dios  viniera 
una  ráfaga  fiera 
que  os  hiciese  pedazos, 
ignominiosos  lazos!» — 

Oyó  el  Tonante  el  temerario  voto. 
Viene  bufando  el  Noto. 
La  cuerda  silba,  estalla...  ¡Adiós,  Cometa! 
La  pobrccilla  da  una  voltereta; 
cabecea,  ya  a  un  lado, 
ya  al  otro;  i  mal  su  grado, 
entre  las  risotadas  i  clamores 
de  los  espectadores, 
que  celebran  su  misero  destino, 
de  cabeza  fué  a  dar  en  un  espino. 

De  esta  pandorga,  tu,  vulgo  insensato, 


remontarme  a  las  nubes;  ya  rastrera, 

anclar  do  prado  en  prado, 

cual  suelto  paj  arillo, 

picando  aqui  la  rosa,  allá  el  tomillo! 

¿X  qué  el  instinto  volador  me  es  dado, 

si  he  de  vivir  encadenada  al  suelo, 

juguete  de  esc  imbécil  tiranuelo, 

que,  según  se  le  antoja, 

o  me  tira  la  rienda,  o  me  la  afloja? 

iPluguiese  a  Dios  viniera 

luia  ráfaga  fiera 

que  os  hiciese  pedazos, 

ignominiosos  lazos! — 

Escuchó  Jove  el  temerario  voto. 
Viene  bufando  el  Noto. 
La  cuerda  silba,  estalla...  ¡Adiós,  ComclaT 
La  sin  ventura  de  una  voltereta; 
cabecea  ya  a  un  lado, 
ya  al  otro;  al  fin  trabuca;  i  mal  su  grado, 
entre  las  risotadas  i  clamores 
de  los  espectadores, 
que  celebran  su  mísero  destino, 
fué  de  cabeza  a  dar  en  un  espino. 

Eres  vivo  retrato 


184  POESÍAS 

eres  vivo  retrato, 

cuando  a  la  santa  leí,  que  al  vicio  enfrena, 

llamas  servil  cadena; 

i  en  licenciosa  libertad,  venturas 

i  glorias  te  figuras. 


de  esta  pandorga,  tú,  pueblo  insensato, 
que  llamas  a  la  lei  servil  cadena; 
i  en  licenciosa  libertad,  venturas 
i  glorias  te  figuras.  , 

Eso  mismo  te  ensalza,  que  te  enfrena. 

El  año  de  1846,  el  señor  Bello  tomó  a  publicar  esta  composición  correjida 
tal  como  aparece  en  el  texto. 


A  PEÑALOLEN 


Boscajes  apacibles  de  la  Hermita, 
¡oh  cuánto  a  vuestra  sombra  me  recreo, 
i  con  qué  encanto  celeslUil  poseo 
lo  que  en  vano  se  busca  i  solicita 
en  el  bullicio  corruptor  del  mundo; 
el  sosiego  profundo, 
la  deliciosa  calma, 
la  dulce  paz!...  Que  al  alma 
de  sí  propia  contenta, 
i  de  cuidados  míseros  csenta, 
le  hace  el  silencio  plácida  armonía, 
i  hasta  la  soledad  le  es  compañía. 
Ni  enteramente  solitario  vivo; 
que  cuando,  embelesado  i  pensativo, 
en  vuestro  grato  asilo,  me  paseo, 
la  cara  imájen  veo 

de  aquel  que  lo  formó,  de  aquel  que  un  dia 
de  la  insana  inquietud  del  vulgo  vano, 
móvil  veleta  con  que  juega  el  viento, 
a  vosotros  huía, 
i  de  su  propia  mano 
elevó  este  sencillo  monumento 
a  la  sola  veraz  filosofía. 


*  Peñalolcn,  o  la  Ilerraita,  es  un  fundo  vecino  a  la  ciudad  de  Santiago,  quo 
perteneció  al  señor  don  Mariano  de  Kgaña,  quien,  siendo  plenipotenciario  en 
Londres,  contrató  el  año  de  1829  al  señor  don  Andrés  Bello  para  que  viniera 
a  Chile. 


186  POESÍAS 

Sí:  que  en  este  retiro 
que  amaste,  inseparable  me  acompaña 
tu  venerada  sombra,  ilustre  Egaña; 
i  en  tu  serhblante  miro, 
como  cuando  la  vida  lo  animaba, 
de  la  virtud  la  estampa  i  el  talento; 
i  escucho  aquel  acento, 
que,  mientras  los  oídos  halagaba 
abundoso  vertía 

provechosas  lecciones  de  experiencia, 
concordia,  universal  filantropía, 
política  sensata,  gusto  i  ciencia. 

Yo  que  de  ellas  saque  no  escaso  fruto 
oso  ofrecerte,  Egaña, 
este  humilde  tributo 
de  amor  i  admiración.  Tú  lo  recibe, 
ya  que  no  puede  ser  por  lo  que  vale, 
porque  do  un  pecho  agradecido  sale, 
en  que  indeleble  tu  memoria  vive. 


EN  EL  ÁLBUM 


DE  LA  SEÑORITA   DONA  MERCEDES  MUÑOZ 


La  joven  beldad  que  quiera 
ceñir  su  frente  de  flores, 
pídalas  a  la  pradera, 
cuando  de  varios  colores 
la  esmalta  la  primavera. 

Mas  no  vaya  al  bosque  yerto 
que  el  crudo  invierno  despoja, 
árido  i  triste  desierto, 
do  apenas  de  mustia  hoja 
está  algún  ramo  cubierto. 

¿Ves  aquel  árbol  que  escrita 
lleva  en  sí  la  edad  inerte 
que  lo  postra  i  debilita? 
¿Qué  don  pudiera  ofrecerte?... 
Una  guirnalda  marchita. 

Pero  en  ese  tronco  exhausto 
que  sin  sombra  i  sin  verdor 
es  del  tiempo  estrago  infausto, 
puede  talvez  el  amor 
encender  un  holocausto; 

No  aquel  amor,  niño  ciego, 
que  de  centellas  armado, 


188  POESÍAS 

para  turbar  el  sosiego 
de  un  corazón  descuidado 
prende  en  tus  ojos  su  fuego; 

Sino  aquel  que  en'poesía 
pintan  sin  alas  ni  redes, 
misteriosa  simpatía, 
blando  cariño,  Mercedes, 
que  arrastra  a  tu  alma  la  mia; 

Que,  con  poder  halagüeño, 
me  aficiona  a  la  dulzura 
de  ese  humor  jovial,  risueño, 
que  trasparenta  la  pura 
felicidad  de  su  dueño. 

Sí:  me  arrastra,  i  me  enamora 
la  hija  tierna,  i  tierna  hermana, 
i  la  amiga  encantadora, 
que,  en  su  juventud  temprana, 
tantas  prendas  atesora. 

No  te  ha  dado  el  cielo  en  vano 
ese  admirado  talento 
que  vierto,  bajo  tu  mano, 
alma,  vida  i  sentimiento 
sobre  las  teclas  del  piano; 

Porque  cuando  con  la  grata 
majia  de  acordados  sones 
los  sentidos  arrebata, 
las  amables  emociones 
de  tu  alma  bella  retrata. 

Mas  al  estro  que  me  excita, 
debo  ya  tener  la  rienda... 
Falta  el  papel,  Mercedita... 
Acepta  la  humilde  ofrenda 
de  esta  guirnalda  marchita. 


EL  CÓNDOR  I  EL  POETA* 


POETA 


Escucha,  amigo  Cóndor,  mi  exorcismo; 
obedece  a  la  voz  del  mago  Mitre, 
que  ha  convertido  en  trípode  el  pupitre: 
apréstate  a  una  espléndida  misión. 


CÓNDOR 


¡Poeta  audaz,  que  de  mi  aéreo  nido 
en  el  silencio  lóbrego  derramas 
cántico  misterioso!  ¿a  qué  me  llamas? 
Vo  sostengo  de  Chile  el  paladión. 


*  El  distinguido  poeta  arjentino  señor  don  Bartolomé  Mitre,  que  a  la  síir/yn 
residía  en  Santiago  de  Chile,  leyó  en  las  fiestas  cívicas  de  setiembre  de  1848, 
la  siguiente  composición,  la  cual  dio  orijen  a  la  de  Bello  inserta  en  el  texto, 

AL   CÓNDOR    DE   CHILE 


I 


Tú.  que  en  las  nubes  tienes  aéreo  nido, 
tiende  tu  vuelo,  Cóndor  atrevido, 
que  sustentas  de  Chile  el  paladión; 
sigue  del  sol  la  luminosa  huella: 
roba,  cual  Prometeo,  una  centella 
para  incendiar  con  c!  ' .  \n  nación. 


190  poesías 


POETA 


No  importa:  es  caso  urjente,  es  una  empresa 
digna  de  ti,  de  tu  encumbrado  vuelo, 
i  de  tus  uñas:  subirás  al  cielo, 
escalarás  la  vasta  esfera  azul. 


CÓNDOR 


¿I  qué  será  del  paladión  en  tanto, 
cuya  custodia  la  nación  me  fia? 


POETA 


Puedes  encomendarlo  por  un  dia 
a  las  fieles  pezuñas  del  Huemul. 


CÓNDOR 


Pero  el  camino  del  Olimpo  ignoro... 


POETA 


Mientes:  tú  hurtaste  al  cielo,  ave  altanera, 


II 


Para  incendiarla  en  alto  patriotismo, 
para  animar  la  antorcha  del  civismo, 
para  encender  al  pueblo  en  la  virtud, 
para  templar  los  tibios  corazones, 
para  quemar  los  últimos  jirones 
del  manto  de  la  torpe  esclavitud. 


III 


Extiende,  extiende  pronto  el  ala  grave, 
como  la  parda  vela  de  la  nave 
cuando  siente  bramar  la  tempestad; 
vuela  i  trae  en  los  ojos  la  centella 
que,  en  ochocientos  diez,  fiiljente  i  bella, 
ia  antorcha  reanimó  do  libertad. 


EL  CÓNDOR  I  EL  POETA  191 


en  pro  do  nuestros  padres,  la  primera 
chispa  de  libertad  que  en  Chile  ardió. 

CÓNDOR 

¡Falaz  leyenda!  ¡apócrifa  patraña! 
Robaba  entonces  yo  por  valle  i  cumbre, 
según  mi  antigua  natural  costumbre; 
monarca  de  los  buitres  era  yo. 

Años  después,  llamáronme,  i  conmigo 
vino  esa  pobre,  tímida  alimaña, 
de  los  andinos  valles  ermitaña; 
i  el  paladión  nos  dieron  a  guardar. 

Mal  concertada  yunta,  que,  algún  día, 
recordando  los  hábitos  de  marras, 
estuve  a  punto  de  esgrimir  las  garras, 
i  atroz  huemulicidio  ejecutar. 

POETA 

¡Oh  mente  de  los  hombres  adivina! 
¡Oh  inspiración  profótica!  No  sabes, 
alado  monstruo,  espanto  de  las  aves, 
el  oculto  misterio  de  esa  unión. 

¡Junto  a  la  mansa  paz,  atroz  instinto 


IV 


Tú  sabes  ya  el  camino,  ave  altanera: 
fuiste  de  nuestros  padres  mensajera 
para  pedir  a  Dios  chispa  inmortal 
con  que  incendiar  de  alarma  los  cañones, 
i  derretir  los  férreos  eslabones 
de  la  dura  cadena  colonial. 


Tú  los  viste  lanzarse  a  la  pelea, 
blandir  la  espada,  sacudir  la  tea, 
vencer,  morir,  lanzai-sc  como  el  león; 
niicntra.s  que  tú,  cruzando  las  esferas, 
dabas  aire,  do  Chile  a  las  banderas, 
i  íueiju,  del  patriota  al  corazón, 


192  POESÍAS 

de  pillaje  i  de  sangre!  Incauto  el  uno, 
audaz  el  otro  en  tentador  ayuno, 
i  de  la  Patria  en  medio  el  paladión! 

Tremendo  porvenir,  yo  te  adivino, 
pero  no  tiemblo.  Es  fuerza  te  abras  paso 
de  la  ilustrada  Europa  al  rudo  ocaso; 
está  en  el  libro  del  destino  así. 

Sus  últimos  destellos  da  la  antorcha 
que  el  hijo  do  Japeto  trajo  al  mundo: 
sucede  al  viejo  faro  moribundo 
joven  tizón,  ardiente,  baladí. 

CÓNDOR 

No  sé,  poeta,  interpretar  enigmas; 
no  entiendo  de  tizones  ni  de  faro. 
Deja  los  circunloquios,  i  habla  claro: 
¿de  qué  se  trata?  Explícate  una  vez. 

POETA 

De  aquel  fuego  sagrado  que  trajiste 
(niégaslo  en  vano)  a  un  ínclito  caudillo, 
a,pénas  queda  agonizante  brillo: 
nos  viene  encima  infausta  lobreguez. 


VI 


Tú  los  viste  en  la  noche  tempestuosa, 
guiados  por  tu  pupila  luminosa, 
cual  por  la  estrella  el  navegante  audaz, 
escalar  de  los  Andes  las  montañas,    • 
esculpiendo  en  su  cima  las  hazañas 
que  realizaron  con  vigor  tenaz. 

VII 

Allí  también  reverberó  tu  lumbre, 
cuando  bajó  rodando  de  la  ciunbre 
desmelenado  el  iracundo  león, 
a  par  que  retumbaba  en  la  eminencia 
el  grito  atronador  de  independencia, 
que  repelía  el  mundo  de  Colon. 


EL  CÓNDOR  I  EL  POETA  '^^ 


Renovarlo  es  preciso. 

CONDOn 

¿Cómo? 

POETA 

Debes 
seguir  del  sol  la  luminosa  huella, 
sorprenderle,  robarle  una  centella, 
metértela  en  los  ojos,  i  escapar. 

CÓNDOR  '' 

Muí  bien;  me  guardo  el  fuego  en  las  pupilas, 
cual  si  fueran  volcánicas  cavernas. 
¿I  que  haré  luego  de  mis  dos  linternas? 

POETA 

Quiero  a  Chile  con  ellas  incendiar. 

CÓNDOR 

¿Incendiarlo?  ¿Estás  loco?  ¿De  eso  tratas? 

VIII  , 

Desde  entonces,  tu  lumbre  se  ha  eclipsado; 
el  corazón  del  pueblo  se  ha  enfriado; 
i  ha  muerto  el  patrio  fuego  en  el  altar, 
¡Fuego  necesitamos!  Danos  fuego, 
que  nuestros  ojos  abundante  riego 
de  libertad  al  árbol  sabrán  dar. 

á 

Haz  por  los  hijos  lo  que  en  otros  días 
hiciste  por  sus  padres,  cuando  hendías 
las  esferas  con  ímpetu  veloz, 
para  traer  la  centella  salvadora 
que  de  esc  sol,  que  el  universo  adora, 
brotó;  i  en  tus  pupilas,  puso  Dios. 
roESÍAS  25 


104  poesías 


POETA 


Incendiarlo  pretendo  en  patriotismo; 
abrasarlo,  molondro,  no  es  lo  mismo: 
quiero  hacer  una  inmensa  fundición. 

Quiero  llamas  que  cundan  pavorosas, 
descomunales  llamas,  llamas  grandes, 
que  derritan  la  nieve  de  los  Andes 
i  la  de  tanto  helado  corazón. 

¿Abrasar?  ¡Linda  flema! — ¿Es  tiempo  ahora 
de  contentarse  con  mezquinas  brasas 
que  den  pálida  luz,  chispas  escasas, 
conlo  para  el  abrigo  de  un  desván? 

Nó,  señor:  vasto  incendio,  llamas,  llamas, 
que  unas  sobre  las  otras  se  encaramen, 
i  levantando  rojas  crestas  bramen, 
i  les  sirva  de  fuelle  un  huracán. 

Despacha,  pues;  arranca;  desarrolla 
el  raudo  vuelo;  tiende  el  ala  grave, 
como  la  parda  vela  de  la  nave, 
cuando  silba  en  la  jarcia  el  vendaval. 

Vuela,  vuela,  plumífero  pirata; 
recuerda  tu  nativa  felonía; 
asalta  de  improviso  al  rei  del  dia 
en  su  carroza  de  oro  i  de  cristal. 


Las  alas  tiende,  i  sube  Iiasla  los  cielos, 
cual  si  fueras  a  traerá  tus  hijuelos 
el  alimento  que  la  vida  da; 
i  mientras  bajas  desde  el  alia  esfera, 
nuestra  voz,  de  setiembre  a  la  bandera, 
con  himno  popular,  saludará. 


XI 


I  cuando  traigas  la  centella  ardiente 
que  del  cobarde  el  corazón  caliente, 
i  nos  llene  de  aliento  varonil, 
¡oh  Cónd(jr!  danos  sombra  con  tus  alas, 
mientras  que,  en  el  espíritu  que  exhala>í, 
impj'egncmos  la  lüiiioa  viril, 


EL  CÓNDOR  I  EL  POETA  196 


CONDOn 

Ya  to  obedezco,  i  tiendo,  como  mandas, 
el  ala;  auncjue  eso  de  tenerla  un.  ave 
no  lijcra  ni  leve,  sino  grave, 
para  tanto  volar  no  es  lo  mejor. 

I  si  do  mas  a  mas  tenderla  debo, 
como  la  parda  vela  el  navegante 
cuando  oye  la  tormenta  resonante 
que  amenazando  silba,  peor  que  peor. 

Que  no  desplega  entonces  el  velamen, 
antes  amaina  el  cauto  marinero, 
i  aguanta,  a  palo  seco,  el  choque  fiero, 
si  salvar  piensa  al  mísero  bajel. 

Así  lo  vi  mil  veces,  revolando 
entre  las  nubes  negras,  cuando  hinchaba 
la  mar  del  Sur  sus  ondas,  i  bregaba 
contra  la  tempestad  el  timonel. 

POETA 

No  lo  entiendes:  la  nave  del  estado 
es  la  que  yo  pintaba;  i  la  maniobra 
a  ([ue  apelamos  hoi,  cuando  zozobra, 
no  es  amainar,  estúpido  ladrón. 

CÓNDOR 

¿Pues  que  ha  de  hacer  entonces  cl  piloto? 


XII 

Condúcenos  (lcsi)ucs  a  la  vicloria; 
traza  con  luz  la  senda  de  la  gloria 
que  nos  lleve  sin  sangre  a  la  igualdad; 
toma  luego  en  tu  pico  oliva  i  palma, 
i  arrancando  la  chispa  de  nuestra  alma, 
vuélvesela  a  esc  sol  de  libertad. 


i%  poesías 


POETA 


Según  doctrina  de  moderna  escuela, 
debe  correr  fortuna  a  toda  vela, 
sin  bitácora,  sonda  ni  timón. 

Si  tú  leyeras,  avechucho  idiota, 
gacetas  nacionales  i  extranjeras, 
la  ignorancia  en  que  vives  conocieras: 
todo  ha  cambiado  entre  los  hombres  ya. 

Altos  descubrimientos  reservados 
tuvo  el  destino  al  siglo  diez  i  nueve: 
hoi  en  cualquiera  charco  un  niño  bebe 
mas  que  en  un  hondo  rio  su  papá. 

¡Oh  siglo  de  los  siglos!  ¡cuál  machacas 
en  tu  almirez  decrépitas  ideas! 
¡qué  de  fantasmagorías  coloreas 
en  el  vapor  del  vino  i  del  café! 

¡No  era  lástima  ver  encandilarse 
los  hombres  estudiándose  a  sí  mismos; 
i  tras  mil  embrollados  silojismos, 
salir  con  solo  sé  que  nada  sé! 

¡Ea,  pues!  ¡a  la  empresa!  bate  el  ala, 
i  apercibe  también  las  corvas  uñas, 
i  guárdate  de  mí  si  refunfuñas, 
lobo  rapaz,  injerto  de  avestruz. 

CÓNDOR  (volando). 

Ama  aun  el  buitre  robador  su  nido; 
Chile,  a  traerte  voi,  no  la  centella 
que  incendiando  devora,  sino  aquella 
que  da  calor  vital  i  hermosa  luz. 


LA  MODA 


Quise  mas  de  una  vez,  en  mala  hora, 
csci'il)ir  una  pajina,  Isidora, 
que  detener  tu  vista  mereciera. 
Desoyóme  mi  Musa.  Toda  entera 
me  pasé  (te  lo  juro)  esta  mañana, 
hilando  coplas  con  tenaz  porfía. 
— Musa,  son  para  el  álbum,  le  decia, 
de  una  joven  beldad. —  ¡Plegaria  vana! 
No  me  salió  una  sola  ni  mediana. 
— Para  este  bello  altar  que  so  atavía 
con  tanta  flor  de  amena  poesía, 
entretejer  una  guirnalda  quiero, 
digna  de  la  deidad  que  en  él  venero. 
Es  (tú  lo  sabes)  cosa 
de  obligación  forzosa. 
Si  agradable  te  fué  mi  culto  un  dia, 
te  ruego,  te  conjuro,  te  requiero, 
amada  Musa  mia, 

que  lo  muestres  ahora;  i  si  ya  cesas 
de  mirarme  propicia,  este  postrero 
favor  te  pido  solo. — ¡Ni  porosas! 

Despechado,  el  papel  hice  pavesas; 
al  tintero,  la  pluma  consignaba; 
i  ofrecerle  pensaba, 
por  único  tributo,  humilde  escusa, 
la  culpa  echando  a  la  inocente  Musa, 
como  es  costumbre  en  semejantes  casos; 


198  POESÍAS 

cuando  acercarse  miro  a  lentos  pasos 

una,  no  sé  si  diga  ninfa,  diosa, 

aparición,  fantasma:  caprichosa 

forma  que  cada  instante 

de  color,  de  semblante, 

i  de  tocados,  i  de  ropas  muda: 

ora  triste,  ora  alegre,  ora  sañuda; 

ya  pálida,  ya  rubia,  ya  morena. 

Tan  presto  por  el  cuello  i  las  espaldas 

derrama  en  ondas  de  oro  la  melena; 

tan  presto  en  trenzas  de  ébano  cojida, 

adórnala  de  joyas  i  guirnaldas; 

i  tan  presto  ¡qué  horror!  encanecida 

la  lleva;  o  sin  piedad  la  troncha  i  tala, 

i  de  prestados  rizos  hace  gala. 

Ora  el  ropaje  en  anchuroso  vuelo 

desplega;  i  va  arrastrando  luenga  falda 

verde,  azul,  carmesí,  purpúrea,  gualda, 

de  gasa,  de  tisú,  de  terciopelo. 

Señala  luego  en  mórbido  relieve 

su  figura  jentil  basquina  leve. 

Sus  ojos  aprisiona  en  blanco  velo, 

pudibunda  beata, 

que  hace  de  mas  valor  lo  que  recata. 

I  un  momento  después,  traviesa  niña, 

rie,  retoza,  guiña; 

no  sabe  tener  quieta 

su  pupila  de  fuego; 

busca  i  rehuyo  luego: 

cuanto  mas  melindrosa,  mas  coqueta. 

Suspenso,  absorto  estaba  yo  pensando 
si  era  ilusión  aquello;  i  lo  estuviera, 
sabe  Dios  hasta  cuándo, 
bí  ella  misma  por  fin  no  me  dijera: 
. — Nadie  puede  sacarte  del  empeño 
en  que  te  ves,  sino  mi  numen  solo. 
El  arte  de  agradar  yo  sola  enseño. 
Ríete  de  las  Musas  i  de  Apolo. 
Bi  aplaudido  un  poeta  en  boga  está, 


LA  MODA  499 


i  ante  los  ojos  de  las  damas  brilla, 
i  con  el  loro,  el  gato  i  la  perrilla, 
divide  los  honores  del  sofá, 
débelo  todo  a  mí,  que,  cuando  tomo 
esta  májica  vara,  lo  mas  pobre 
hago  rico,  i  trasmuto  el  oro  en  cobre. 
Sea  su  entendimiento  agudo  o  romo, 
tosco  o  pulido,  vista  larga  o  corta, 
injenio  estéril  o  feraz,  no  importa, 
todo  aquel  que  se  viste  mi  librea, 
altivo,  ufano,  espléndido  campea, 
I  a  mas  de  cuatro  orates 
coronas  di  tempranas, 
que,  a  despecho  de  críticos  embates, 
durarán  (no  lo  afirmo)  tres  semanas. 
Por  no  cansarte  mas,  yo  soi  la  Modik. 
Oye;  i  aprenderás  mi  ciencia  toda. 
En  tres  o  cuatro  prácticas  lecciones, 
voi  a  especificar  mis  opiniones; 
i  podrás  expedirte  en  el  presente 
caso,  i  en  los  demás,  gallardamente. 

¿Una  leyenda  o  cuento 
es  a  lo  que  dedicas  el  intento? 
Manos  a  la  labor:  o  da  principio 
con  gran  proemio  de  elegante  ripio^ 
o  si  te  place,  empieza 
con  esa  noncJialance  de  buen  tono, 
con  ese  aire  de  lánguido  a])andono- 
de  quien  al  despertar  se  despereza, 
como  si  del  lector  no  hicieses  caso, 
ni  de  la  historia:  i  cuando  paso  a  paso, 
por  entre  mil  rodeos, 
ambajcs  i  floreos, 

llegue  al  fin  el  momento  do  contarla; 
i  ya  el  lector  dé  al  diablo  tanta  charla; 
allá  como  a  la  octava  ciento  i  cuatro, 
mudarás  de  teatro, 

i  en  una  digresión...  (importa  un  pucho 
que  no  tenga  que  ver  poco,  ni  mucho, 


200  POESÍAS 

con  el  sujeto,  porque,  amigo,  hoi  dia 

¿qué  es  para  un  escritor  de  fantasía, 

en  resumidas  cuentas,  el  sujeto? 

Es  una  percha  cómoda,  de  donde 

cuanto  en  su  seno  tu  cartera  esconde: 

estudio,  ensayo,  informe  mamotreto, 

puedes  colgar  sin  el  menor  empacho. 

Uno  de  mis  pupilos, 

excelente  muchacho, 

ha  escrito  en  diversísimos  estilos 

composiciones  vastas,  panteísticas, 

escépticas,  católicas  i  místicas, 

patrióticas,  i  báquicas,  i  eróticas, 

miríficas  i  exóticas; 

i  se  propone  hacer  una  leyenda 

en  que  bonitamente  las  ensarte 

todas,  sin  que  aparezca  en  nada  el  arte 

(que  es  lo  que  mas  a  un  jenio  recomienda), 

dando  en  ella  a  lectores  eruditos, 

que  tengan  razonables  apetitos, 

una  merienda  monstruo,  una  merienda 

con  variedad  de  platos  estupenda. 

Pues,  como  digo,  en  una 

digresión...  (cuanto  menos  oportuna 

mejor);  produces  de  esa 

suerte  mayor  sorpresa, 

que  es  en  el  arte  un  mérito  sublime, 

a  que  debe  aspirar  todo  el  que  rime. 

Era  una  transición  obra  de  suma 

dificultad  para  la  inhábil  pluma 

de  aquellos  escritores  desdichados 

de  los  tiempos  pasados. 

Era,  como  ponerlos  en  un  potro, 

el  tener  que  pasar  de  un  tema  a  otro, 

de  modo  que  el  lector  intclijente, 

con  movimiento  el  mas  süíive  i  blando, 

se  hallara,  sin  saber  cómo,  ni  cuándo, 

arrebatado  a  un  mundo  diferente. 

En  esto,  como  en  todo, 

los  modernos  han  dado 


la"  moda  201 


un  paso  ajigantado. 

nácese  de  este  modo: 

¿hai  que  pasar  de  un  baile,  por  ejemplo, 

a  una  batalla,  de  un  mesón  a  un  templo, 

de  una  choza  a  un  palacio  soberano? 

Se  pone  en  medio  un  número  romano. 

Por  tan  sencillo  arbitrio,  como  ese, 

al  discreto  lector,  mal  que  le  pese, 

en  menos  de  un  segundo, 

se  le  dispara  a  donde  tú  le  mandes, 

desde  los  Pirineos  a  los  Andes, 

desde  la  tierra  al  Tártaro  profundo, 

o  al  bañado  de  luz  coro  seráfico, 

con  mas  velocidad  que  va  un  aviso 

por  el  alambre  electro-telegráfico; 

i  sin  que  de  antemano,  o  al  proviso, 

se  tome  la  fatiga 

de  preparar  la  cosa; 

i  gruña  cuanto  quiera  i  lo  maldiga 

el  bueno  de  Martínez  de  la  Rosa; 

i  hágalo  con  el  clásico  areopágo. 

Pero  yo  mismo  sin  pensar  divago: 

de  uno  en  otro  paréntesis,  me  pierdo. 

Lo  que  quise  decir,  si  bien  me  acuerdo, 

es  que  la  línea  recta,  cuanto  puedas, 

evites:  tortuosas  las  veredas 

son  que  prefiere  el  consumado  artista 

para  el  placer  del  alma  o  de  la  vista. 

Como  sobre  un  terreno, 

de  matorrales  i  malezas  lleno, 

un  raudal  serpentino 

va  abriéndose  camino 

lenta  i  difícilmente; 

i  aquí  desaparece  de  repente 

bajo  el  tupido  monte; 

i  en  lejano  horizonte, 

vuelve  a  mostrar  su  clara  o  turbia  onda 

para  que,  a  poco  trecho, 

cuando  algunos  pantanos  haya  hecho, 

bosque  denso  otra  vez  su  curso  esconda; 


202  POESÍAS 

no  de  modo  distinto, 

aunque  el  fino  lector  se  desanime, 

el  sujeto  camine, 

i  por  entre  el  espeso  laberinto 

de  las  enmarañadas  digresiones, 

se  hunda,  reaparezca,  se  zabulla 

de  nuevo,  i  nuevamente  salga  i  bulla 

hasta  llegar  al  fm  que  te  propones. 

^las  ora  en  filosóficos  zigzagues 

teolüjicos,  políticos,  divagues, 

o  en  un  rocin  aprietes  los  talones, 

lanzándote  a  remotas  escursiones, 

o  via  recta  el  argumento  vaya, 

i  la  locomotiva, 

potencia  de  no  fútil  inventiva, 

quieras  tener  a  raya, 

(lo  que,  si  mis  preceptos  obedeces, 

harás  mui  pocas  veces) 

haya  sin  falta  alguna 

en  tus  poemas  luna, 

que  esplendorosa  o  pálida  ríele. 

¡Oh  de  la  noche  solitaria  reina! 

¿cuál  hai  que  a  ti  no  apelo, 

vate  que  canas  peina, 

o  que  rubio  mostacho  apenas  hila? 

Pero  tan  socorrida  como  ahora 

nunca  fuiste.  Vijila 

todo  autor,  toda  autora 

que  a  veces  abulia  o  canta,  ric  o  llora, 

porque  la  bella  luz  con  que  plateas 

el  universo,  irradie  sus  ideas, 

desde  el  que  hijo  mimado  de  la  fama 

ciñe  a  su  frente  inmarcesible  rama, 

hasta  el  que  dice  veya  por  veía 

en  tosca  jerigonza  todavía. 

No  deje,  pues,  de  rielar  la  luna, 

o  en  el  cristal  de  límpida  laguna 

que  el  aura  arrulle  i  que  entre  sauces  duerma, 

o  en  el  follaje  oscuro  de  una  yerma 

cumbre,  recien  mojada  de  rocío, 


LA  MODA  203 

O  en  bullicioso  rio 

que  al  voraz  occúno, 

en  que  so  abismará,  corre  anhelante, 

¡imájen,  ai,  del  existir  humano! 

Un  ai  de  cuando  en  cuando  es  Importante. 
Por  lo  pronto,  hará  ver  que  tienes  hecho 
de  he])ra.s  delicadísimas  el  pecho, 
blandas  en  sumo  grado  i  sensitivas; 
i  no  será  preciso  que  te  afanes, 
i  los  sosos  que  tengas  los  devanes, 
buscando  frases  nuevas,  expresivas 
con  que  secretos  íntimos  reveles 
del  corazón.  Atente  a  tus  r'ifílcs; 
i  pon  de  trecho  en  trecho  uno  o  dos  ayes, 
cuando  la  cuerda  del  dolor  ensayes. 

Tras  un  cuadro  de  vividos  colores 
en  que  retrates  lúbricos  amores, 
encaja  bellamente  una  homilía 
contra  la  corrupción  social;  i  luego 
que  a  la  ya  inaguantable  tiranía 
de  este  gobierno  jesiüta,  godo, 
que  lo  inficiona  i  lo  agangrena  todo, 
lances  una  filípica  de  fuego, 
llora  la  servidumbre  de  la  prensa, 
que  prohibe  decir  lo  que  se  piensa, 
i  por  ninguna  hendrija 
permite  que  respire  uno  siquiera 
(sábenlo  los  lectores  demasiado), 
útil  verdad,  de  tantas  que  cobija 
en  sus  profundidades  tu  mollera; 
es  ol  cuadro  encantado 
que  se  descubre  en  mas  dichosa  era. 
Leyendo  tan  espléndida  bambolla, 
habrá  mil  quo  suspiren  por  el  dia 
en  que  eches  a  volar  la  fantasía 
que  tu  medula  cerebral  empolla. 

Si  el  tono  blando  tomas, 


204  POESÍAS 

conviene  que  derrames 
profusamente  aromas, 
i  que  todas  las  voces  embalsames 
de  azahares,  jazmines  i  azucenas, 
i  que  de  olores  la  nariz  abrumes. 
«Sacudir  las  alillas  pueda  apenas 
el  céfiro,  agobiadas  do  perfumes». 
Bello  concepto,  a  que  echarás  el  guante, 
aunque  no  faltará  talvez  pedante 
que  a  Byron  lo  atribuya. 
¡Necios!  como  si  fuera  culpa  tuya 
que,  cuando  para  ti  del  cielo  vino, 
Byron  lo  interceptase  en  el  camino! 

Es  de  rigor  que  llores 
alguna  pobre  niña  arrebatada 
en  verdes  años  ¡ai!  a  los  amores. 
Su  imájen  adorada 

de  tu  memoria  un  punto  no  se  aparte; 
i  para  mas  desgracia  atormentarle, 
i  de  esas  penas  aguzar  la  punta, 
dirás  que  la  difunta 
era  un  ánjcl  de  amor,  era  un  modelo 
de  perfección,  en  que  vació  natura 
toda  virtud,  i  gracia,  i  hermosura; 
divina  joya,  incomparable  perla, 
que,  para  tu  regalo  i  tu  consuelo, 
quiso  enviar  expresamente  el  cielo 
a  un  mundo  vil,  indigno  de  tenerla; 
i  con  estos  elojios,  i  otros  tales, 
conocerán  las  damas  lo  que  vales, 
i  el  tuyo  propio  harás  sin  que  te  cueste 
una  sola  palabra 

que  tu  modestia  en  lo  menor  moleste. 
¡Solo  con  un  diamante  otro  se  lalira! 

Tenga  abundante  acopio 
de  ensueños  tu  paleta. 
Nada  mas  de  mi  gusto,  ni  mas  propio. 
Cual  suele  de  abej  illas  tropa  inquieta 


LA  MODA  205 


volar  entre  el  lomillo  i  la  violeta, 

así  acudir  se  ve  Icjion  alada 

de  ensueños  en  la  silla  o  la  almohada 

do  todo  aquel  que  el  inspirado  pecho 

a  su  pupitre  arrima, 

o  se  desvela  en  solitario  lecho, 

dándole  caza  a  la  difícil  rima. 

Pero  lo  que  en  el  dia 
logra  aplauso  mayor,  es  una  cosa 
que  se  suele  llamar  misantropía. 
Huye  a  la  selva  umbrosa, 
o  mas  bien  a  la  selva  que  desnuda 
de  su  follaje  la  estación  sañuda; 
oculta  allí  el  hastío  que  devora 
tu  gastada  existencia;  el  negro  tinto 
que  los  odios  fantásticos  colora, 
de  cada  objeto  al  rededor  se  pinte. 
Huye  a  donde  jamas  hiera  tu  oído 
el  eco  envenenado,  aborrecido, 
de  humana  voz;  allí  donde  la  roca 
amortaja  de  nieves  su  cabeza 
titánica;  o  allí  donde  bosteza 
de  apagado  volcan  lóbrega  boca. 
¿Ves  como  ya  el  postrero 
rayo  del  sol  espira  en  el  otero, 
i  al  entreabrirse  cárdenos  nublados, 
de  tempestad  preñados, 
lámpara  sepulcral  arde  el  lucero 
sobre  la  tierra  que  la  sombra  enluta? 
Huye  al  amigo  seno  de  la  gruta. 
Medita  allí,  cavila; 
i  de  tu  pecho  el  negro  humor  destila 
sobre  todos  los  seres  gota  a  gota; 
i  llama  al  mundo  en  que  naciste,  infierno, 
de  ffue  fué  a  Lucifer  diulo  el  gobierno 
para  jugar  con  él  a  la  pelota, 
i  con  esto  menguado,  pobre,  triste, 
infinitesimal  átomo  humano, 
discorde  unión  de  espíritu  i  materia, 


206  POESÍAS 

que  monarca  se  cree  de  cuanto  existe, 
porque  le  cupo  el  privilejio  vano 
de  conocer  el  mismo  su  miseria. 
Todo  allí  muerte,  esplin,  hondo  fastidio, 
■    no  el  que  con  el  champaña  se  disipa, 
o  con  el  humo  de  cigarro  o  pipa, 
sino  el  que  pensamientos  de  suicidio 
enjendra;  i  logren  solo  distraerte 
impresiones  de  horror,  de  duelo  i  muerte. 
O  el  ronco  trueno  música  te  sea, 
i  de  encontrados  vientos  la  pelea, 
i  de  natura  atormentada  el  grito 
cuando  sobre  sus  bases  de  granito 
el  bosque  secular  se  bambolea; 
o  el  esquilón  distante 
que  llora  la  agonía 
del  moribundo  dia, 
aunque  de  plajio  se  te  queje  el  Dante; 
o  del  buho  el  fatídico  graznido, 
que  por  la  soledad  pavor  derrama; 
o  el  jemir  de  la  tórtola  que  llama, 
i  llama  sin  cesar...  i  llama  en  vano, 
en  el  desierto  nido, 
al  esposo  querido, 
que  presa  fué  de  cazador  villano. 

Pero  no  es  bien  que  mucho  te  demores 
en  silvestres  i  rústicas  escenas, 
que  huelen  a  la  edad  de  los  pastores, 
cuando  andaban  Bclardos  i  Filenas 
cantando  a  las  orillas  de  los  rios 
insulsos  inocentes  amoríos. 
¿Inocencias  ahora?  Nada  de  eso 
en  un  siglo  de  luz  i  de  progreso. 
Loca  algazara  aturda 
en  infernal  zahúrda, 
do  el  adusto  Timón,  medio  beodo, 
haga  de  todo  befa,  insulte  a  todo; 
i  brillen  entre  copas  las  espadas, 
i  se  mate,  i  se  ria  a  carcajadas; 


LA  MODA  20( 

i  rclumlje  en  satiinicos  cantares 
audaz  l)lasfemia,  horrílica,  inaudita, 
que  es  para  ejercitados  paladares 
una  salsa  csquisita. — 

Mucho  mas  dijo  la  parlera  Diosa, 
sin  (jue  de  tanlo  embrollo 

de  lindos  disparates,  otra  cosa  * 

cnjendrarse  pudiera  en  mi  meollo, 
que  confusión,  i  vértigo,  i  mareo. 
En  el  estado  que' me  vi,  me  veo: 
impotente  la  voz,  el  alma  seca, 
i  por  añadidura,  una  jaqueca. 
Pero,  para  decir,  bella  Isidora, 
que  eres  un  ánjel  que  la  tierra  adora, 
que  sabes  ser  honesta  i  ser  amable, 
¿ha  de  ser  necesario  que  me  empeñe 
por  selvas  i  por  riscos,  que  me  ensueñe, 
que  me  arome,  i  por  último,  me  endiable? 
Antes  seguro  cstoi  de  que  seria 
imperdonable  insulto 
el  ofrecerte  semejante  culto. 
Si  ya  no  soi  ni  aquello  que  solia, 
pues  de  la  frente  que  la  edad  despoja, 
huye,  como  el  amor,  la  poesía, 
puedo  hablar  a  lo  menos  el  lenguaje 
do  la  verdiid,  que,  ni  al  pudor  sonroja, 
ni  hacer  procura  a  la  razón  ultraje. 
Aunque  de  la  divina  lumbre,  aquella 
que  al  jenio  vivifica,  una  centella 
en  mi  verso  no  luzca,  ni  lo  esmalte 
rica  facundia,  i  todo  en  íin  le  falte 
cuanto  en  la  poesía  al  gusto  halaga, 
lo  compone  benigna  una  alma  bella 
que  de  lo  injenuo  i  lo  veraz  se  paga. 


DIALOGO 


ENTRE  LA  AMABLE  ISIDORA  I  UN  POETA  DEL  SIGLO  PASADO 


POETA 


Aquel  tributo  que  mi  pobre  injenio 
ha  ofrecido,  Isidora,  consagrarte... 

ISIDORA 

Me  lo  has  hecho  aguardar  todo  un  trienio, 
i  pudiera  mandarte 
que  fueras  con  tu  música  a  otra  parte; 
pero  con  una  condición  lo  admito, 
que  tenga  de  lo  nuevo  i  lo  bonito. 

POETA 

¿De  lo  bonito  i  de  lo  nuevo  solo? 
A  tus  influjos  me  encomiendo,  Apolo, 
para  salir  de  tan  terrible  aprieto: 
inspírame  un  soneto, 
que  el  fino  gusto  de  Isidora  apruebe. 

ISIDORA 

¿Sonetos  en  el  siglo  diez  i  nueve? 


DIÁLOGO  209* 


POETA 

Un  romancito,  puos,  on  asonante... 

ISIDORA 

Es  cosa  de  poeta  principiante, 
que  el  oído  desgarra, 
i  merece  cantarse  con  guitarra. 

POETA 

Pero  si  no  só  mas,  querida  mia. 
¿Cómo  de  tan  estéril  fantasía 
creaciones  liermosas 
podrán  salir?  No  da  el  espino  rosas. 

ISIDORA 

Todo  cuanto  rao  digas  es  en  vano. 
En  estas  hojas,  con  tu  propia  mano, 
algo  que  a  los  lectores  interese, 
algo  que  do  ponerse  digno  sea, 
después  de  estas  dos  cmes  i  esta  ese^^ 
has  do  escrihir:  lo  exijo. 

POETA 

¡Fuerte  empeño! 
Mas  aguarda:  una  idea 
me  ocurre  de  improviso. 
Finjiré  que,  adormido  en  blando  sueño, 
se  presenta  a  mi  vista  un  paraíso, 
donde... 


1  Esta  composición  fue  escrita  en  el  álbum  de  la  señora  Zcgers,  a  conti- 
nuación do  otra  do  la  sobresaliente  poetisa  chilena  doña  Mercedes  Marín  do 
Solar,  firmada  con  las  iniciales  M.  M,  de  S. 

poesías  27 


2.P0  poesías 


ISIDORA 

Toma  la  pluma,  pues,  i  al  caso. 

EL  POETA  [escribiendo  i  declamando) , 

«Sobre  la  verde  falda 
del  erguido  Parnaso, 
guiaba  yo  mi  vacilante  paso, 
tejiéndote,  Isidora,  una  guirnalda, 
cuando  de  ninfas  majestuoso  coro, 
sueltos  sobre  la  espalda 
alabastrina,  los  cabellos  de  ora 
coronados  de  flores, 
con  ropas  que  robaron  sus  colores 
a  la  primera  luz  de  la  mañana, 
con  cítaras  de  etérea  melodía, 
que  arroba  en  dulce  rapto  el  alma  humana...» 

ISIDORA 

{Jesús!  ¡Qué  altisonante  algarabía! 
Amigo  mió,  en  lengua  castellana, 
esa  se  llama  entrada  de  pavana. 
¿No  ves  que  tus  poéticos  primores 
son  estrujadas  flores 
de  que  cualquiera  nene 
en  este  siglo  innovador  se  mofa? 
Apostaré  que  en  la  siguiente  estrofa, 
vas  a  beber  las  aguas  de  Ilipocrene. 
Guia,  por  Dios,  tu  vacilante  paso 
lo  mas  lejos  que  puedas  del  Parnaso. 

POETA 

Eso  yo  lo  sabré,  sin  que  lo  mandes. 
Mas,  si  te  place,  hagamos  una  cosa. 
Dame  un  asunto  tú,  no  de  los  grandes 
que  pidan  alto  injcnio,  estilo  fuerle. 


DLVLOGO  211 

Inspiración  fogosa, 

sino  sencillo,  fácil;  en  que  acierte, 

no  a  idealizar  anjélica  armonía, 

(eso  a  tu  voz  divina  solo  es  dado), 

no  a  contentar  tu  gufeto  delicado, 

a  que  dan  cuatro  idiomas  alimento, 

(¿cupiera  en  mi  tan  alto  pensamiento?), 

sino  a  probar  lo  que  conmigo  vales; 

pues  dócil  a  tu  imperio  soberano, 

tomo  otra  vez  con  atrevida  mano 

la  lira,  que  en  las  ramas  funerales 

do  sauces  lloradores,  monumento 

do  una  temprana  tumba, ^  colgué  un  dia. 

Juré  que  nunca  mas  la  tocaría; 

quebrantaré  por  ti  mi  juramento. 

En  suma,  solo  pido 

quo  tú  me  des  el  tema. 

ISIDORA 

Concedido. 

POETA 

¿Cuál  es? 

ISIDORA 

Amor. 

POETA 

jJcsus! 

ISIDORA 

¿Qué  es  lo  que  temes? 
¿Pido  yo  por  ventura  que  en  las  aras 
del  ciego  dios,  profano  incienso  quemes? 
¿Pido  que  a  lo  Petrarca  o  lo  Macías 
lo  entones  qucjXimbrosas  elejias? 

1  Alusión  al  fallecimiento  de  su  l)ijo  don  I'rancisco  Bello,  qxic  ocurrió  Cl  13 
de  juniü  de  18i5. 


212  poesías 

Comprendo  bien  que  ajeno  lo  estimaras 

de  ti  i  do  mi;  mas  dime,  ¿qué  tendria 

la  propuesta  materia 

do  impropia  ni  de  ingrata 

para  la  cosquillosa  fantasía 

de  la  mas  zahareña  mojigata 

que  allí  vertida  viese  alguna  seria 

máxima  de  moral  filosofía? 

POETA 

¿Con  que  un  sermón  en  verso?...  ¡Linda  cosa 
por  cierto  para  el  álbum  de  una  hermosa! 

ISIDORA 

Sai  che  la  corre  il  mondo,  ovo  piü  vcrsi 
di  sue  dolcezze  11  lusinghier  Parnaso; 
c  che  '1  vero  condito  in  molli  versi 
i  piii  schivi,  allettando,  ha  persiiaso.^ 

POETA 

¡Basta!  Me  rindo  al  Tasso; 
mo  rindo  a  ti.  Permite  solamente 
que  hurtada  inspiración  mi  verso  aliente. 

El  poeta  traduciendo  del  italiano. 
LA  CORTE  DE  AMOR 

Solemne  audiencia  un  dia 
daba  el  Amor:  servia 
Capricho  de  portero, 


1  Tásso.— Z,¿i  Jentsalem  Libertada,  canto  I,  octava  3. 

Sabes  que  allá  va  el  mundo  do  se  estima 
el  licor  lisonjero  del  Parnaso, 
cuando  en  sonora  i  deleitosa  rima, 
mejora  al  hombre  de  virtud  escaso. 

(Traducción  de  Juan  Sedeño.) 


DIÁLOGO  213 


i  a  dama  o  caballero 
que  de  su  gusto  era 
fácil  entrada  abria; 
con  ios  demás  hacía 
de  diversa  manera. 
Vestida  entró  de  gala 
Juventud  en  la  sala, 
i  ocupó  la  testera. 
Entraron  Risa  i  Juego, 
i  se  salieron  luego. 
La  Gracia  a  la  Hermosura 
llevaba  de  la  mano, 
i  le  alcanzó  Ventura. 
Llega  con  jesto  ufano 
Necedad,  i  se  engríe, 
porque  el  Amor  se  rie. 
Mas  ya  del  Chisme  aleve 
se  oye  el  susurro  leve, 
i  van  tras  él  llegando 
en  bullicioso  bando 
Sospechas  i  Recelos 
i  pendencieros  Celos. 
La  Lisonja  apercibe 
su  mas  meliflua  charla, 
i  gran  placer  recibe 
Amor  al  escucharla. 
Triscaban  la  Alegría 
i  la  Coquetería, 
i  con  semblante  huraño 
acecha  el  Desengaño. 
Va  el  Rendimiento  tímido, 
que  aun  del  desden  se  paga, 
i  la  Traición  que  pérfida 
a  los  que  vende  halaga. 
Fe,  Modestia,  Inocencia, 
lograron  corta  audiencia, 
i  avergonzadas  salen 
d«  ver  cuan  poco  valen. 
La  Locura  no  falta, 
que  de  Cupido  era 


214  POESÍAS 

antigua  consejera, 
i  tiene  allí  vara  alta. 
Querellas  i  Suspiros 
hacen  variados  jiros, 
i  mézclanse  en  la  danza 
Consuelo  i  Esperanza. 

Falta  entre  tanta  jente 
la  Razón  solamente, 
porque  el  ujier  Capricho, 
que  era  un  perverso  bicho, 
no  estaba  en  armonía 
con  la  señora  mia, 
i  anunciarla  rehusa 
con  una  i  otra  escusa. 
Al  cabo  fué  preciso: 
«la  Razón  allá  afuera; 
(dice)  su  turno  espera; 
i  si  le  dais  permiso, 
hablar  con  vos  querría 
antes  que  se  haga  tarde.» 
Responde  Amor:  «Que  aguarde, 
o  que  vuelva  otro  dia.»^ 


1  L'Aniicamera  d'Amore  de  Gherardo  de  Rossi. 


"•—o- 


EL  TABACO 


Epigrama  me  titulo; 
no  soi  enigma,  ni  quiero; 
no  me  precio  de  difícil, 
porque  repugna  a  mi  jenio. 

Tres  partes  iguales  forman 
mi  todo,  ni  mas  ni  menos; 
i  de  dos  en  dos  unidas, 
hacen  seis  pares  completos. 

Es  el  un  par  de  gallinas; 
otro  un  divertido  juego; 
al  otro  el  celeste  Olimpo 
le  dio  lugar  en  su  seno. 

Otro  es  cómplice  inocente 
del  estrago  carnicero 
que  al  hombre  mas  fuerte  postra, 
i  alcanza  al  ave  en  su  vuelo. 

Otro  en  edades  pasadas 
fué  defensivo  ornamento 
que  el  feudal  barón  llevaba 
al  combate  i  al  torneo. 

El  otro,  en  fin,  elegante, 
estrafalario  i  modesto, 


21 6  POESÍAS 

es  gala  del  tocador 
i  atavío  del  enfermo. 


I  con  todo  lo  que  digo, 
soi  un  tirano  hechicero, 
un  encanto  indefinible, 
un  delicioso  embeleso. 

Me  buscan  ricos  i  pobres, 
eclesiásticos  i  legos, 
el  que  huelga,  el  que  trabaja, 
el  estudiante,  el  zopenco. 

Solo  (¡ai  triste!)  las  hermosas 
me  miran  con  vilipendio, 
si  bien  algunas  conmigo 
se  solazan  en  secreto. 

¡Oh!  tú  que  contemplas 
con  ojo  sereno, 
hollado,  insepulto, 
mi  frió  esqueleto, 

Llévale  te  pido 
a  su  mausoleo 
de  metal  dorado, 
o  de  vidrio  terso; 

I  por  epitafio, 
ponle  este  letrero, 
en  grata  memoria 
de  dichas  que  fueron: 

«¡Me  dio  el  ser  la  tierra, 
me  da  vida  el  fuego, 
i  entre  vagos  jiros, 
en  el  aire  muero!» 


-<=—*- 


AL  BIOBIO 


EN  EL  ÁLBUM  DE  LA  SEÑORA  DOÑA  DELFINA  PINTO  DE  ROSAS 


¡Quien  pudiera,  Diobío, 
pasar  la  existencia  entera 
en  un  boscaje  sombrío 
do  tu  encantada  ribera! 

Una  cabana  pajiza, 
donde  viese  tu  onda  pura, 
que  callada  se  desliza 
entre  frondosa  verdura. 

Donde,  en  vez  del  movimiento 
de  políticos  vaivenes, 
susurrar  oyese  el  viento, 
entre  robles  i  maltones, 

I  escuchase  la  alborada 
que  en  no  aprendida  armonía, 
canta  el  ave  en  la  enramada 
saludando  al  nuevo  dia; 

Una  pajiza  cabana, 
en  que  gozase  el  reposo 


-18  POESÍAS 

de  la  paz  que  nunca  engaña, 
ni  envidiado  ni  envidioso; 

Mas  grata,  en  verdad,  me  fuera 
que  una  confusa  Babel, 
donde  en  pos  de  una  quimera 
corren  todos  en  tropel, 

Do  deslealtad  i  falsía 
cercan  el  trémulo  altar 
que  a  los  ídolos  de  un  dia 
alza  el  aura  popular. 

¡Oh  feliz,  oh  dulce  calma, 
paraíso  de  la  tierra! 
¿vale  mas  que  tú  la  palma 
del  saber  o  de  la  guerra? 

Verdad,  no  lisonja,  quiero: 
verdad  sencilla,  desnuda; 
no  el  aplauso  vocinglero, 
que  a  la  fortuna  saluda; 

Quiero  en  mis  postreros  años 
•     decir  a  ese' bien  finjido: 
¡Adiós!  no  mas  desengaños; 
a  los  que  olvidan,  olvido. 

Otros  en  loco  tumulto 
llamen  dicha  al  frenesí; 
yo  en  el  rincón  mas  oculto 
quiero  vivir  para  mí. 

Pero  ¿a  dónde  en  arrebato 
impensado  me  extravío? 
Para  otro  asunto  mas  grato 
te  invocaba,  Biobío. 

Por  tus  verdes  campos  jira 
una  amable  forastera, 


AL  BIOBÍO  219 


i  los  aromas  respira 

que  embalsaman  tu  ribera. 

Cerca  de  ti  su  mansión 
tiene  la  bella  Delfina; 
la  de  noble  corazón, 
la  de  gracia  peregri  na. 

Yo  la  vi,  pimpollo  bermoso, 
que,  con  su  beldad  temprana, 
tuvo  a  Santiago  orgulloso, 
en  su  primera  mañana . 

Vil  a  en  cerrado  verjel 
joven  planta,  que  atesora 
lozano  brillo,  i  con  él 
a  los  vientos  enamora. 

Vino  tormenta  sañuda, 
como  la  que  en  duro  embate 
al  verde  bosque  desnuda, 
i  hermosa  arboleda  abate. 

Casi  (¡ai  Dios!)  su  primavera 
la  vio  morir,  i  agostada 
la  tuvo  la  Parca  fiera, 
i  la  lloró  malograda. 

Pero  al  modo  que  se  eleva, 
cuando  el  huracán  se  calma, 
con  vigor  i  vida  nueva, 
una  destrozada  palma. 

Volvió  mi  Delfina  así, 
a  beber  el  aura  pura; 
i  correr  las  Gracias  vi 
a  retocar  su  hermosura. 

Hija  la  he  visto  amorosa 
en  la  morada  paterna, 


220  POESÍAS 


lu  ego  aflorada  esposa, 
i  madre  ya,  dulce  i  tierna; 

I  siempre  cabal  modelo 
de  amabilidad  serena, 
ánjel  bajado  del  cielo 
a  nuestra  mansión  terrena. 

Tal  es  la  beldad  que  ahora 
gozas,  orgulloso  rio, 
i  la  que  Mapocho  llora 
en  ajeno  poderío. 

Que  te  desveles  por  ella 
te  ruego:  en  diario  tributo 
ríndele  la  flor  mas  bella, 
i  el  mas  sazonado  fruto. 

Al  llevarla  el  blando  ambiente 
del  jazmín  i  el  azahar, 
de  su  viejo  amigo  ausente 
hazla  el  nombre  recordar. 

Pero  no  con  lazo  eterno 
presumas  que  la  encadenes: 
la  llama  el  hogar  paterno; 
prestado  tesoro  tienes. 

I  harás  de  la  deuda  pago, 
i  volveremos  a  verla, 
i  se  gozará  Santiago 
en  su  enajenada  perla. 


EL  SARDANAPALO' 


DE  LORD  BYRON 


SARDANAPALO 

Que  SG  corono  el  pabellón  do  estío 
de  olorosas  guirnaldas:  un  banquete 
opíparo  so  sirva;  a  media  noche 
cenaremos  allí:  no  falte  nada; 
reúnase  la  orquesta...  I  mientras  sigue 
el  sol  su  lento  jiro  hacia  el  ocaso, 
aprovechemos  el  suave  soplo 
que  las  ondas  enriza  del  Eufrates. 


*  El  Sardanapalo  es  una  do  las  mas  bellas  trajcdias  de  lord  CjTGn.  El 
raráctor  del  protagonista  es  una  concepción  orijinal,  en  que  el  poeta  se  pro- 
puso rehabilitar  este  personaje,  tratado  con  demasiada  severidad  por  la  his- 
toria. El  Sardanapalo  de  lord  BjTon  mira  el  placer  como  el  primer  objeto 
do  la  vida;  pero  no  es  el  príncipe  muelle  i  cobarde,  cuya  disolución  i  afemi- 
nación 80  han  hecho  proverbiales,  bien  que  en  esta  parte  la  historia  se  con- 
vence a  si  misma  de  preocupación  e  injusticia.  Según  ella,  Sardanapalo  peleó 
con  valor  contra  el  rebelde  Arbáccs,  que  capitaneaba  un  ejército  formidable, 
i  estaba  de  intelijencia  con  los  sacerdotes  caldeos  i  algunos  de  los  gobernado- 
res de  líis  provincias.  Venciólo  tres  veces;  i  en  la  tercera  batalla,  mostró  no 
menos  habilidad,  que  denuedo.  ArbAces  herido  se  refujió  con  los  restos  do  su 
ejercito  a  los  montes  de  la  Caldea.  La  insurrección  pareció  sofocada,  i  Sarda- 
jiapalo  asegurado  en  el  trono,  con  la  llegada  de  las  tropas  bactrianas,  quo 
acudian  desde  el  fondo  del  Oriente  a  la  defensa  de  su  rei.  Pero  Belcsis,  sa- 
cerdote caldeo,  que  era  el  alma  do  la  insurrección,  sedujo  a  los  jefo.s  bactria- 
jios,  i  persuadió  a  sus  confedera<los  a  tentar  por  la  cuarta  vez  la  fortuna. 
Sardanapalo,  sorprendido  i  derrotado,  no  desmayó  por  eso.  Si'iado  en  Nínive, 


222  POESÍAS 

1 ^ ____^ 

¡El  esquife!...  ¡A  embarcarnos!...  Bellas  damas, 

las  que  os  dignáis  a  mis  alegres  horas 

dar  compañía:  en  la  mas  dulce  i  grata 

de  todas,  cuando  al  orbe  cubre  el  manto 

de  las  tinieblas,  al  placer  propicias, 

nos  juntaremos  otra  vez,  al  modo 

que  en  la  azulada  bóveda  los  astros, 

i  haremos  otro  cielo  tan  brillante 

i  hermoso  como  el  suyo.  De  su  tiempo 

hasta  entonces  disponga,  como  guste, 

cada  cual  de  vosotras.  I  tú,  hija 

de  Grecia,  Mirra  de  mis  ojos,  ¿piensas 

acompañarlas,  o  venir  conmigo? 

MIRRA 

¡Señor...! 

SARDANAPALO 

¡Señor!  bien  mió!  ¿Cómo  puedes 
darme  ese  triste  nombre,  ese  dictado 

preparó  una  vigorosa  defensa,  mientras  que  Salaménes,  a  la  cabeza  de  las  re- 
liquias de  su  ejército,  hacía  frente  a  los  enemigos  fuera  de  las  murallas  do 
Ninive.  Su  derrota  i  muerte  acarrearon  el  levantamiento  de  las  provincias  del 
imperio  que  aun  permanecían  fieles  a  la  antigua  dinastía.  Sardapapalo,  reduci- 
do al  recinto  de  su  capital,  resistió  tres  años  enteros.  En  el  tercer  año,  una 
inundación  del  Tigris  echó  por  tierra  una  parte  de  las  murallas  de  la  ciudad, 
i  abrió  ancha  brecha  a  los  sitiadores.  Sardanapalo  hizo  entonces  levantar  una 
alta  pira,  colocó  en  ella  sus  insignias  reales,  sus  tesoros,  sus  mujeres,  i  sus 
eunucos;  le  puso  fuego  él  mismo,  i  se  lanzó  a  las  llamas  (el  año  817  antes 
de  J.  C).  Tal  es  el  verdadero  Sardanapalo,  rehabilitado  por  Byron,  después 
de  dos  mil  años  de  prescripción. 

La  muestra  que  presentamos  podrá  dar  alguna  idea  del  estilo  trájico  de 
Byron,  i  de  la  intelijencia  superior  con  que  ha  trazado  su  Sardanapalo  i  su 
Salaménes.  Mirra,  la  esclava  griega,  que  solo  se  deja  ver  aquí  unos  pocos 
momentos,  presenta  el  tipo  de  casi  todas  las  mujeres  de  Byron;  ternura,  des- 
prendimiento, consagración  al  objeto  amado,  pero  con  los  accidentes  carac- 
terísticos de  una  hija  de  la  Grecia. 

El  metro  adoptado  en  la  traducción  es  el  mismo  del  orijinal.  Las  personas 
que  hablan  son:  Sardanapalo,  rei  de  Asiría;  Salaincnes,  hermano  de  la  reina; 
i/¿rra,  cautiva  griega,  concubina  de  Sardanapalo.  Comparsa  de  damas, — (El 
autor.) 


EL  SAIIDA.NAPALO  ^^^ 


do  maldición,  de  los  monarcas?  Regla 
tus  horas,  como  quieras,  i  las  mias. 

Mir.RA 

¡Ordene  vuestra  alteza! 

SARDANAPALO 

¡Vuestra  allezal 
¡Ali!  por  tu  cara  vida,  que  es  la  mia, 
olvide  ya  tu  labio  ese  lenguíije. 
Por  el  primero  de  mis  goces  tengo 
que  tú  te  goces;  i  me  atrevo  apenas 
a  exhalar  un  deseo,  recelando 
que  talvez  con  alguno  de  los  tuyos 
cruzarse  pueda;  porque  ¿cuándo  duda 
Mirra  sacrificar  a  los  ajenos 
sus  pensamientos? 

MIRRA 

Es  mi  dicha  sola 
mirar  la  tuya;  mas... 

SARDANAPALO 

¿Qué  mas?  Barrera 
no  habrá  ninguna  entre  tu  amor  i  el  mió, 
sino  tu  gusto. 

MIRRA 

Pienso  que  es  ya  hora 
de  que  el  consejo  se  reúna,  i  debo 
retirarme  de  aquí. 

SALAMÉNHS 

La  esclava  griega 


224  POESÍAS 

dice  mui  bien:  retírese. 

SARDANAPALO 

¿Quién  osa 
alzar  la  voz?  ¿Qué  es  esto,  hermano? 

SALAMÉNES 

Hermano 
de  la  reina,  señor;  vasallo  vuestro. 

SARDANAPALO 

Vosotras,  idos.  Cada  cual  disponga 
del  tiempo,  como  dije,  a  su  talante, 
hasta  la  hora  del  banquete. ^  Mirra, 
¿también  te  vas?  Tus  ojos  me  dijeron, 
tus  griegos  ojos,  cuya  dulce  lengua 
habla  tan  claro  al  corazón,  tus  ojos 
¿no  me  dijeron  que  partirte  ahora 
no  pensabas  de  mí? 

MIRRA 

¡Gran  rei!...  Tu  hermano... 

SALAMÉNES 

Hermano  de  la  reina,  do  su  esposa: 
barragana  de  Grecia,  ¿osas  mentarme 
sin  rubor? 

SARDANAPALO 

¿Sin  rubor?  Eres  tan  ciego 
como  insensible,  que  no  ves  bañado 
su  rostro  en  el  carmín  de  la  nevada 

1  Vanse  las  damas. 


El  sahdanapalo  r25 


caucásea  cumbre,  cuando  el  sol  se  pone; 
i  de  tu  yerta  ceguedad  la  acusaw... 
¿Tú  lloras,  Mirra? 


SALAMENES 


Tiempo  es  ya  que  corra, 
siendo  tan  justa  la  ocasión,  su  llanto. 
Harto  hai  mas  que  llorar,  de  lo  que  piensas; 
I  do  mas  triste  lloro  es  ella  causa. 


SARDANAPALO 


¡Maldición  sobre  el  bárbaro  que  pudo 
hacerla  así  llorar! 


SALAMENES 


No  te  maldigas; 
que  demasiadas,  demasiadas  voces 
ya  te  maldicen. 

SARDANAPALO 

Olvidar  pareces 
quién  eres  i  quién  soi.  ¿Forzarme  intentas 
a  recordar  que  soi  monarca? 

I  SALAMENES 

¡Al  cielo 
pluguiese  que  una  vez  lo  recordaras! 

MIRRA 

Augusto  soberano  de  la  Asiría, 
i  tú,  príncipe  ilustre,  permitidme 
que  me  retire. 


226  poesías 


SARDANAPALO 

Pues  que  tú  lo  quieres, 
i  herir  tan  despiadadamente  pudo 
rústica  avilantez  tu  manso  pecho, 
ve;  pero  ten  presente  que  te  aguardo. 
La  corona  de  Asiria  vale  menos, 
que  tu  vista  a  mis  ojos.i 

SALAMÉNES 

Una  i  otra 
vas  a  perder...  i  para  siempre  acaso. 

SARDANAPALO 

Este  paciente  oído  que  a  tus  voces 
me  ves  dar,  manifiesta  que  a  lo  menos 
so  vencerme  a  mí  mismo.  Pero  baste: 
no  apures  mas  mi  natural  templanza. 

SALAMÉNES 

¡Templanza  muelle,  afeminada,  torpe, 
indigna!,  ¡Oh  si  apurarla  al  fin  pudiese 
i  despertar  tu  adormecido  brio, 
aunque  contra  mí  mismo  lo  emplearas! 

SARDANAPALO 

¡Por  vida  de  Baal!  este  hombre  quiere 
hacer  de  mí  un  tirano. 

SALAMÉNES 

¿I  qué  otra  cosa 
has  sido  i  eres  que  un  tirano?  ¿Juzgas 


1  VascMüTa. 


EL  SARDANAPALO  227 


quo  ha¡  solo  tiranía  de  cadenas, 

de  sangre  i  muerte?  El  mudo  despotismo 

del  vicio,  el  débil  depravado  lujo, 

la  floja  neglijencia,  la  apatía, 

la  sensual  pereza,  enjendran  miles 

i  miles  de  tiranos  delegados, 

cuya  crueldad  excede  a  los  peores 

netos  de  un  amo  enérjico,  por  duro, 

áspero,  atroz,  que  en  su  conducta  sea. 

De  tu  lujuria  el  seductivo  ejemplo 

corrompe  tanto  como  oprime,  i  mina 

a  un  tiempo  mismo  el  vano  simulacro 

do  tu  poder,  i  sus  apoyos.  Ora 

fuerza  enemiga  invada,  ora  en  el  reino 

civil  tumulto  estalle,  igual  miseria 

amaga:  a  la  primera,  en  tus  vasallos 

no  hai  valor  que  resista;  i  al  segundo, 

áütes  auxilio  harán,  que  resistencia. 

SARDANAPALO 

¿Quien  te  hizo  a  ti  vocero  de  la  plebe? 

SALAME NES 

El  perdón  de  la  injuria  de  mi  hcrrñana, 
el  natural  cariño  a  tus  infantes 
hijos,  en  que  circula  sangre  mia, 
la  fe  que  debo  al  rei,  la  fe  que  presto 
has  de  necesitar,  i  no  en  palabras, 
el  respeto  a  la  estirpe  esclarecida 
de  Nemrod;  i  otra  cosa  de  que  nunca 
alcanzaste  noticia. 

SARDANAPALO 

¿Cuál? 

S.U.AMÉNES 

Un  nombro 


228  poesías 

que  nunca  oíste  articular. 


SARDANAPALO 


¿Qué  nombre? 


Virtud. 


SALAMENES 


SARDANAPALO 


¡Oh  cuánto  yerras!  No  hai  acento 
que  haya  sonado  tanto  en  mis  oídos. 
Peor  es  para  mí  que  gritería 
de  alborotada  plebe,  o  son  guerrero 
de  aturdidora  trompa.  ¿El  nombre,  dices, 
de  la  virtud?  Jamas  oí  que  hablase 
lu  hermana  de  otra  cosa. 

6ALAMÉNES 

Pues  al  menos, 
para  mudar  tan  enojoso  tema, 
oirás  hablar  del  vicio. 

SARDANAPALO 

¿A  quién? 

SALAMENES 

¿No  escuchas 
el  eco  de  las  quejas  nacionales 
que  va  doquiera  derramando  el  viento? 

SARDANAPALO 

¡Menos  exaltación  i  mas  cordura! 
Sufrido  soi,  lo  sabes.  Tienes  hartas 


EL  SARDANAPALO  229 


pruebas  de  m¡  paciencia.  Habla.  ¿Qué  temes? 
¿Que  es  lo  que  asi  te  inquieta? 

SALAMÉNES 

Tu  peligro. 

SARDANAPALO 

Acal>a  de  una  vez. 

SALAMÉNES 

Los  pueblos  todos, 
cuantos  de  tus  abuelos  beredaste, 
levantan  contra  ti  la  voz  al  ci<3lo. 

SARDANAPALO 

¿Contra  mi?  ¿Mis  esclavos?  ¿Qué  les  falta? 

SALAMÉNES 

Un  rei! 

SARDANAPALO 

Pues  yo  ¿qué  soi? 

SALAMÉNES 

Nada  a  sus  ojos: 
la  fantasma  do  un  hombre  que  pudiera 
ser  algo,  si  quisiesa. 

SARDANAPALO 

¡Temerarios! 
¿Qué  puedo  darles  mas  de  lo  que  tienen, 
cuando  en  la  paz  i  ia  abundancia  viven? 


230  poesías 


SALAMENES 


Tienen  de  la  primera,  demasiado 
para  el  honor;  de  la  segunda,  menos 
de  lo  que  piensa  el  rei. 

SARDANAPALO 

Si  alguna  cosa 
al  bienestar  de  las  provincias  falta, 
¿no  es  culpa  de  los  sátrapas? 

SALAMENES 

Es  tuya, 
tuya,  que  aletargado  en  el  deleite, 
no  tiendes  mas  allá  de  esos  jardines 
la  vista,  sino  el  día  que  trasladas 
tu  corte  a  otro  palacio  en  la  alta  sierra, 
hasta  que  los  calores  templa  otoño. 
¡Oh  gran  Baal,  que  en  otro  tiempo  fuiste 
el  fundador,  i  hoi  eres  dios  de  Asiría, 
o  como  un  dios,  al  menos,  en  la  larga 
carrera  de  los  siglos  resplandeces! 
Este,  que  descender  de  ti  presume, 
jamas  ha  visto  como  un  rei  los  reinos 
que  como  un  héroe  conquistar  supiste. 
¿I  para  qué?  Para  que  fuese  un  dia 
el  sudor  de  los  pueblos  devorado 
en  nocturnos  festines,  i  cebase 
la  pública  sustancia  una  ramera. 

SARDANAPALO 

¡Ah!  ya  lo  entiendo.  ¿Tú  quisieras  verme 
salir  a  conquistar?  Por  esos  astros, 
en  que  la  ciencia  lee  de  los  caldeos, 
bien  a  ese  inquieto  vulgo  le  estarla 
que  yo  por  maldición  su  gusto  hiciese, 
i  los  llevase  a  la  victoria. 


EL  SARDANAPALO  231 


SALAMÉNE5 

Hicieras 
lo  que  la  gran  Semíramis,  que  solo 
fué  una  mujer,  i  las  asirias  huestes 
llevó  al  remoto  Gánjos. 

SARDANAPALO 

I  del  Gánjes, 
¿cómo  volvió? 

SALAMÉNES 

Con  veinte  guardias  solo: 
rechazada,  es  verdad,  mas  no  vencida. 

SARDANAPALO 

¿T  cuántos,  dime,  miseros  asirios 
quedaron  en  la  India  prisioneros, 
o  muertos? 

SALAMÉNES 

No  lo  dicen  los  anales. 

SARDANAPALO 

Pues  yo  por  ellos  digo  que  harto  fuera 
mejor  para  Semíramis,  que  dentro 
de  las  alcobas  de  palacio  liubicso 
veinte  o  cuarenta  túnicas  tejido, 
que  el  haberse  salvado,  abandonando, 
para  presa  de  cuervos  i  do  lobos 
i  de  hombres  (que  es  peor),  miles  i  miles 
de  subditos  amantes.  ¿Gloria  es  esa? 
Prefiero  a  tales  glorias  la  ignominia. 


232  POESÍAS 


8ALAMENES 


No  todas  las  empresas  lograr  pueden 
suceso  igual.  Semíramis  augusta, 
madre  de  cien  monarcas,  venturosa 
no  fué  en  la  India,  pero  a  Persia  i  Media 
i  Bactria  incorporó  con  los  dominios 
de  sus  antepasados,  que  podrias 
como  ella  gobernar. 

SARDANAPALO 

Yo  los  gobierno: 
ella  no  supo  mas  que  desolarlos. 

SALAMÉNES 

Tiempo  vendrá  talvez,  i  no  distante, 
que  menester  habrás,  mas  que  tu  cetro, 
la  espada  de  Semíramis.  Razones 
vanas  dejemos.  El  intento  mió 
fué  arrancarte  del  ocio  vergonzoso 
en  que  dormitas.  Lo  que  yo  no  pude, 
la  rebelión  podrá. 

SARDANAPALO 

¿Quién  se  rebela? 
¿Por  qué?  ¿Con  cuál  pretexto?  Soi  monarca 
lejitimo,  i  desciendo  de  una  línea 
de  reyes,  que  en  el  solio  no  tuvieron 
predecesores.  ¿Cuál  mi  culpa  ha  sido 
contigo  o  con  el  pueblo? 

SALAMÉNES 

De  tu  culpa 
conmiíTO,  nada  he  dicho. 


EL  8ARDANAPAL0  233 


SARDANAPALO 


Pero  piensas 
que  a  la  reina  hago  injuria. 


SALAMENES 


le  haces  injuria. 


No  lo  pienso: 


SARDANAPALO 


Salaménes,  oye. 
El  poder,  la  tutela  de  sus  hijos 
mis  herederos,  la  real  grandeza, 
el  aparato,  el  público  homenaje, 
que  al  trono  pertenece  de  la  Asiria, 
todo  lo  tiene.  Me  casó  con  ella, 
como  los  reyes,  por  razón  de  estado. 
Amela,  como  suelen  los  maridos 
amar  a  sus  esposas.  Si  creíste, 
i  si  creyó  tu  hermana,  que  amoroso, 
rendido,  fiel,  como  un  pastor  caldeo 
a  su  zagala,  iba  a  tenerme  siempre, 
digo  que  no  supiste,  ni  ella  supo, 
lo  que  soi  yo,  lo  que  es  un  rei,  i  un  hombro. 

SALAMÉNES 

Mudemos  de  sujeto.  De  la  queja 
desconozco  el  idioma;  i  la  que  tiene 
sangre  de  Salaménes  en  el  peclio, 
no  pide  (aunque  el  del  rei  de  Asiria  sea) 
forzado  amor,  con  griegas  prostitutas 
i  extranjeras  comblezas  repartido. 
La  reina  calla. 

SARDANAPALO 

¿I  por  que  no  su  hermano? 


234  POEsfAS 


SALAMÉNES 


Esta  voz  es  la  voz  de  los  imperios, 
i  desoírla  es  abdicarlos. 

SARDANAPALO 

¡Vulgo 
desconocido!  De  su  rei  murmura, 
porque  no  quise  derramar  su  sangre; 
porque  no  quise  que  sus  huesos  fueran 
a  rodar  insepultos  por  la  orilla 
del  Gánjes,  o  aumentar  desmoronados 
el  polvo  del  desierto;  porque  leyes 
feroces  no  dicté  que  los  diezmasen; 
porque  con  el  sudor  de  mis  vasallos, 
no  levanté  pirámides  ejipcias 
ni  babilonios  muros. 

SALAMÉNES 

A  lo  menos 
fueran  trofeos  tales  mas  honrosos 
para  tu  pueblo  i  para  ti,  que  bailes 
i  cantos  i  festines  i  rameras, 
i  entronizados  vicios,  i  tesoros 
desperdiciados. 

SARDANAPALO 

Yo  también  trofeos 
al  mundo  dejaré:  las  dos  ciudades 
de  Anquialo  i  de  Tarso,  edificadas 
en  pocas  horas.  ¿Qué  mas  pudo,  dime, 
esa  marcial  Semíramis,  mi  casia, 
mi  heroica  abuela,  excepto  destruirlas? 

SALAMÉNES 

Te  labraste  por  cierto  gloria  eterna 


EL  SARDANAPALO  23j 


fundando  por  capriclio  dos  ciudades, 

i  haciendo  de  esta  acción  memoria,  en  versea 

que  las  infamarán  perpetuamente, 

i  a  ti  con  ellas. 

SARDANAPALO 


Infamarme!  Juro 


a  mi  projenitor  Baal,  que  hermosas 
como  son  ellas,  valen  mas  mis  versos. 
Escucha:  aEl  hijo  de  Anacindaráxes, 
Sardanapalo,  edificó  en  un  dia 
las  ciudades  de  Anquíalo  i  de  Tarso: 
comed,  bebed,  gozad  do  amor  los  bienes, 
que  todo  lo  demás  no  importa  un  bledo.» 

SALAMÉNES 

¡Sabia  moral,  seguramente,  i  digna 
de  que  para  memoria  de  las  jcntes 
la  grabe  un  reí  en  mármoles  i  broncos! 

SARDANAPALO 

A  lo  que  entiendo,  hermano,  tú  querrías 
que  yo  hablase  a  mis  pueblos  de  este  modo: 
aObcdeced  al  rei;  pagad  impuestos 
a  su  tesoro;  reclutad  sus  huestes; 
derramad  a  su  antojo  vuestra  sangre; 
postraos  i  adorad»...  O  de  este  modo: 
«El  rei  Sardanapalo  en  este  sitio 
mató  cincuenta  mil  do  sus  contrarios: 
esas  las  tumbas  son,  i  este  el  trofeo.» 
Yo  dejo,  hermano,  semejantes  glorias 
a  los  conquistadores;  i  me  basta 
para  la  mia,  alijerar  un  tanto 
a  mis  vasallos,  si  es  posible,  el  peso 
de  la  miseria  humana,  i  que  desciendan 
sin  jemir  al  sepulcro.  Los  placeres 
que  me  permito  a  mí,  se  los  permito 
a  los  demás,  que  somos  todos  hombres. 


236  poesías 

salaménes 

¡Nínive!  está  sellada  tu  ruina. 
¡Ai,  ai  de  ti,  señora  de  las  jentes, 
ciudad  sin  par! 

SARDANAPALO 

¿Qué  temes? 

SALAMÉNES 

Los  que  guardan 
tu  persona  i  tu  trono  i  tu  familia, 
tus  enemigos  son;  i  su  carrera 
no  habrá  el  sol  de  mañana  terminada, 
cuando  verá  su  fin  la  de  tu  raza. 

SARDANAPALO 

¿Qué  es  lo  que  a  tus  temores  da  motivo? 

SALAMÉxXES 

Alevosa  ambición,  que  tiende  en  torno 
de  ti  sus  redes.  Mas  aun  hai  remedio. 
Dame  el  sello  real,  i  de  la  oculta 
conspiración  trastorno  el  plan,  i  pongo 
a  tus  pies  las  cabezas  enemigas. 

SARDANAPALO 

¿Cabezas?  ¿cuántas? 

SALAMÉNES 

Cuando  está  en  peligro 
la  luya  propia,  ¿para  qué  contarlas? 
Dame  tu  sello,  i  lo  restante  deja 
a  mi  cuidado. 


EL  SARDANAPALO  237 


SARDANAPALO 

Yo  no  doi  a  nadie 
tan  gran  poder. 

SALAMÉNES 

¿Respetarás  las  vidas 
de  fementidos,  quo  a  la  tuya  amagan? 

SARDANAPALO 

¡Ardua  cuestión!  Mas  di  quo  nó.  ¿Forzoso 
será  remedio  tal?  ¿De  quién  sospechas? 
Arresta  a  los  culpables. 

SALAMÉNES 

No  querría 
tener  que  responderte.  En  un  momento 
referirá  sus  nombres  la  liviana 
charla  do  cortesanos;  ni  en  palacio 
serán  sabidos  solamente;  i  todo 
se  frustrará.  Confia  en  mí. 


SARDANAPALO 

Tu  celo 
conozco  bien.  Recibe  el  sello. 

SALAMÉNES 

Pido 
otra  cosa  ademas. 

SARDANAPALO 

¿Cuál  es? 


238  POESÍAS 


SALAMÉNES 

Que  omitas 
la  preparada  fiesta. 

SARDANAPALO 

Nó!,  por  cuantos 
conspiradores  sacudir  un  reino 
osaron.  Vengan:  sobre  mí  descarguen 
toda  su  furia.  Demudarme  un  punto 
no  me  verán;  no  dejaré  la  copa; 
no  perderé  por  ellos  un  instante 
de  placer,  ni  una  sola  rosa  menos 
coronará  mi  frente.  No  me  inspiran 
ningún  temor. 

SALAMÉNES 

Si  la  ocasión  se  ofrece, 
¿las  armas  tomarás? 

SARDANAPALO 

Dado  que  importe 
para  hacer  de  malvados  escarmiento, 
esgrimiré  la  espada  hasta  que  mansos 
pidan  que  la  trasforme  en  rueca. 

SALAMÉNES 

Dicen 
que  en  eso  el  cetro  has  convertido. 

SARDANAPALO 

Mienten! 
Mas  díganlo  en  buenhora.  La  calumnia 
es  privilejio  de  la  plebe  antiguo 
contra  los  soberanos. 


EL  SARDANAPALO  239 


SALAMÉNES 

A  tus  padres 
no  calumniaron  nunca  de  esa  suerte. 

SARDANAPALO 

Porque,  en  perpetuo  afán,  pasaban  solo 
del  grave  arnés  a  la  servil  coyunda. 
Ahora  en  paz  i  holganza  triscar  pueden 
i  murmurar.  Murmuren:  no  me  pesa. 
No  doi  de  un  IjcIIo  rostro  la  sonrisa 
por  cuantos  ecos  populares  hinchen 
el  grito  de  la  fama.  Las  procaces 
lenguas  do  esa  vil  grei,  que  la  abundancia 
insolentó,  ¿qué  son,  para  que  ofendan 
o  halaguen  mis  oídos  las  ruidosas 
voces  de  su  censura  o  su  alabanza? 

SALAMÉNES 

Si  te  desdeñas  do  ser  reí,  no  es  mucho 
digan  que  no  naciste  para  serlo. 

SARDANAPALO 

Mienten!  Por  mi  desgracia  solo  sirvo 
para  ser  rei.  Si  así  no  fuera,  el  trono 
al  mas  vil  do  los  medos  cedería. 

SALAMÉNES 

Pues  hai  un  medo  que  ocuparlo  intenta. 

SARDANAPALO 

¿Que  me  quieres  decir?  Mas  tu  secreto 
guarda:  no  soi  curioso.  Ihíz  lo  (jue  importo 
rt  la  paz:  yo  te  apoyo.  Jamas  huJio 


240        *  POESÍAS 

quien  mas  que  yo  la  desease;  pero 

si  hai  quien  la  turbe  i  mi  furor  despierte, 

harto  mejor  seria  que  evocase 

del  polvo  helado  de  la  tumba,  al  fiero 

Nemrod,  el  cazador:  haré  la  Asiría 

un  vasto  yermo  de  silvestre  caza, 

donde  a  los  que  hombres  eran,  como  brutos 

acosaré.  Si  lo  que  soi  calumnian, 

para  lo  que  seré  loa  desafio 

a  que  dictado  tan  odioso  encuentren, 

que  me  calumnie. 

SALAMÉNES 

¿Al  fin  sentiste? 

SARDANAPALO 

¿Qué  alma 
pudo  a  la  ingratitud  no  ser  sensible? 


EN  EL  ÁLBUM 


DB  la  cantatriz  doña  TERESA  ROSSI 


Hai  una  majia  en  tu  cantar,  Teresa, 
que  deliciosamente  me  embelesa. 
¿Jimes?  traspasa  el  alma  tu  jemido; 
¿lloras?  me  arranca  lágrimas  tu  llanto. 
No  sé  decir  si  alegre  o  dolorido 
tiene  en  mi  pecho  mas  poder  tu  canto. 
Cuando  injenua  aldeana 
te  burlas  del  amor  i  de  la  vana 
charla  que  hechizos  vende 
i  avasallar  la  voluntad  pretende, 
que  tú  sola  lo  tienes  imajino 
el  elixir  que  busca  Nemorino. 
Si  amorosa  Lucia, 
víctima  triste  de  ambición  impía, 
to  exhalas  en  acentos  moribundos; 
o  si  Julieta  arrodillada  invocas 
la  paternal  piedad,  ¡oh,  cómo  tocas 
del  corazón  los  pliegues  mas  profundos! 
¿I  qué  diré  de  ti,  sensible  Amina? 
Yo  también  al  oírte,  en  vago  sueño 


*  El  señor  Bello  escribió  esta  composición  a  solicitud  de  su  hija  la  señora 
doña  Luisa  Bello  do  Vial,  i  para  que  fuese  iinnadn  por  ella, 

POESÍAS  31 


242  POESÍAS 

me  pierdo,  i  un  fantástico  diseño 

de  ilusión  peregrina 

me  arroba,  i  de  mí  misma  me  enajena... 

¿Pero  qué  alegre  música  resuena? 

¿Quien  es  la  que  cantando  se  engalana? 

¡Cómo  tu  voz  me  hechiza  i  me  trasporta, 

Elvira,  encantadora  puritena! 

¿Vezzosa  te  llamaste?  Quedas  corta; 

llámate  de  las  almas  soberana. 

Oyéndote,  diviso 

solitario  encantado  paraíso, 

donde  ninfa  celeste  al  aura  envía 

cánticos  de  inocencia  i  de  alegría. 

Mas  no  pienses  que  solo  con  prestadas 
formas,  Teresa,  agradas, 
ni  que -hablo  solo  a  la  admirable  artista 
que  los  afectos  con  su  voz  conquista: 
hablo  a  la  amiga;  i  declararle  quiero 
■el  cariño  sincero 

de  una  alma  fiel.  ¡Jamas  con  pena  alguna 
acibare  tus  dichas  la  fortuna! 
¡Dondequiera  que  mores, 
a  manos  llenas  sobre  ti  las  flores 
de  la  felicidad  derrame  el  cielo! 
I  si  talvez  pisando  extraño  suelo, 
o  atravesando  dilatados  mares 
de  Chile  te  acordares, 
i  a  mi  memoria  un  breve  instante  dieres, 
una  amable  sonrisa 
te  merezcan  los  rudos  caracteres 
que  traza  en  estas  pajinas  tu  Luisa! 


A  LA  SEÑORA 


DOÑA  JULIA  CODECIDO  DE  MORA 

SUPLICA  EL  AUTOR 
SE  €IRVA  ESCRIBIR  ESTOS  VERSOS  EN  SU  ÁLBUM 


Si  es  humilde  homenaje,  si  es  tardío, 
encantadora  Julia,  el  que  te  envío, 
perdona  a  la  aflicción,  perdona  al  duelo 
en  que  abrumó  mi  corazón  el  cielo. 

Tú  supiste  la  causa  de  mi  lloro, ^ 
i  también  la  lloraste,  lo  aseguro, 
que,  de  cuanto  es  amable,  i  tierno,  i  puro, 
tu  pecho  es  el  santuario  i  el  tesoro. 

Como  tu  padre  en  ti  se  goza  i  place, 
tal  me  gozaba  yo,  tal  me  placía 
en  la  que  ahora  helado  polvo  yace, 
presa  inmatura  de  la  Parca  impía. 

Tú  sabes  que  celajes  de  esperanza, 
talvez  a  un  padre  el  porvenir  figura; 


i  El  autor  aludo  al  fallecimiento  de  su  hija  la  señora  doña  Ana  Bello  de 
Valdcs,  el  cual  ocurrió  el  9  de  mayo  de  1851, 


^44  poesías 

celajes  ¡ai!  de  aérea  lontananza, 

que  vi  tornarse  luego  en  sombra  oscura. 

Pues,  en  ese  horizonte  arrebolado, 
hoi  a  mis  ojos,  noche  opaca  i  triste, 
verte  me  parecía,  i  a  tu  lado, 
la  que  para  su  padre  ya  no  existe. 

Creíla  a  conocerte  destinada; 
i  si  permites,  Julia,  que  lo  diga, 
creíla  de  tus  prendas  adornada, 
merecedora  de  llamarte  amiga. 

No  quiso  que  lo  fuese,  concederme 
el  cielo;  a  mi  ternura  arrebatóla, 
i  a  tu  cariño;  muda,  yerta,  sola, 
mi  hija  querida  en  el  sepulcro  duerme. 

Que  así  tu  tierno  corazón  lastime, 
perdona.  ¿Puede  dar  dulces  acentos 
un  alma  que,  en  dolor  profundo,  jime? 
De  ayes  solo  es  capaz,  i  de  lamentos. 

Colgué  en  un  árbol  mustio  de  la  selva 
mi  destemplada  lira  envuelta  en  luto; 
i  si  me  pides  que  a  pulsarla  vuelva, 
¿cómo  negarte,  Julia,  este  tributo? 

¡Feliz,  si  la  memoria  que  grabada 
llevo,  le  vale,  i  Julia  lo  recibe, 
i  el  nombre  de  mi  Anita  malograda, 
que  pongo  en  el,  su  bella  mano  escribe; 

I  en  este  libro,  en  que,  con  larga  vena, 
derrama  sus  halagos,  Poesía, 
le  da  lugar,  i  lúgubre  elejía 
entre  armoniosos  cantos,  no  disuena! 

Sí,  le  darás  lugar;  no  el  que  se  debe 
al  noble  injenio,  al  inspirado  numen 


A  LA  SEÑORA  DONA  JULIA  CODECIDO  DE  MORA  24í 


(tanto  mis  toscos  versos  no  presumen), 
sino,  en  secreta  hoja,  espacio  breve. 

Así  talvez  en  un  recinto  ameno, 
brillan  a  competencia  Arte  i  Natura; 
el  aire  está  de  mil  aromas  lleno; 
onda  arjentina  acá  i  allá  murmura. 

Entre  marmóreos  arcos,  se  divisa 
bello  pensil  de  espléndidos  colores; 
i  en  torno  de  la  ninfa  que  lo  pisa, 
brotan  del  suelo  enamoradas  flores; 

I  en  una  parte  solitaria,  inculta, 
do  apenas  lleva  el  aura  silenciosa 
ecos  lejanos,  débiles,  oculta 
un  sauce  llorador  funérea  losa. 


A  LA  VÍRJEN  DE  LAS  MERCEDES 


TRADUCCIÓN   DE    UNA    SEQUENTIA,     O    HIMNO    ECLESIÁSTICO 


Saludad,  pobres  cautivos, 
a  la  Vírjen  redentora; 
alce  cánticos  festivos 
la  devota  cristiandad; 
¡oh,  qué  hermoso  brilla  el  dia 
en  que  el  mundo  su  bandera, 
que  a  los  cielos  da  alegría, 
tremoló  la  caridad! 

Oyó  el  cielo  vuestros  votos; 
cese  el  mísero  jemido; 
vuestros  hierros  serán  rotos; 
libertados  vais  a  ser. 
¡Vírjen  Madre!  tú  a  la  vida, 
tú  a  la  fe,  que  desfallece 
de  peligros  combatida, 
te  dignaste  socorrer. 

Llegó  a  ti  la  queja  triste 
del  esclavo  encadenado, 
i  apiadándote  quisiste 
poner  fin  a  su  dolor; 


A  LA  vi R JEN  DE  LA«  MERCEDES  iVh 

coronada  de  luz  bella 
de  los  cielos  descendiste, 
i  la  noche  vio  la  huella 
del  celeste  resplandor. 

Abrasado  en  santo  celo 
se  desvela  el  gran  Nolasco, 
i  postrado  ruega  al  cielo 
por  la  opresa  humanidad, 
cuando  ve  tu  faz  serena, 
i  tu  dulce  voz  le  envía 
al  que  yace  en  vil  cadena 
para  darle  libertad. 

Orden  nueva,  en  honra  tuya, 
i  de  tu  Hijo  soberano, 
le  has  mandado  que  inslituy», 
i  le  ofreces  ayudar: 
orden  santa  que  socorra 
al  cautivo,  i  le  conforte 
en  la  lóbrega  mazmorra, 
i  le  vuelva  al  patrio  hogar. 

Vírjen  Santa,  tú  proclamas 
la  embajada  bienhechora; 
em  las  almas  tú  derramas 
de  piedad  heroico  ardor; 
a  tus  hijos  se  encomienda 
afanar  por  el  cautivo, 
i  aun  dejar  la  vida  en  prenda 
a  su  bárbaro  señor. 

Siempre  pia,  enjuga  el  llanto 
del  que  jime  en  cárcel  dura; 
dale  alivio  en  su  quebranto; 
fortalece  en  él  la  fe; 
mueve  el  pecho  compasivo 
de  la  grei  cristiana  toda, 
i  los  medios,  al  cautivo, 
de  romper  sus  grillos  dé. 


248  POESÍAS 


En  la  orden  que  fundaste, 
alimenta  la  encendida 
caridad  con  que  abrasaste 
de  Nolasco  el  corazón; 
i  en  el  lance  pavoroso 
de  la  hora  postrimera, 
danos  ver  tu  rostro  hermoso, 
prenda  fiel  de  salvación. 


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EN  EL  ÁLBUM 


DE  LA  SEÑORA  DOÑA  JOSEFA  REYES  DE  GARMENDIA 


Amable  Pepa,  en  esa  edad  florida, 
risueña,  encantadora, 
es  la  vida 
una  aurora 

cuyo  esplendor  ninguna  nube  empaña. 
Cuando  todo  es  verdor  de  primavera 
en  montaña 
i  pradera, 

i  todo  alrededor  es  poesía, 
i  todo  pensamiento,  fantasía, 
todo  suspiro,  amor,  bellos  reflejos 
de  esperanzas  alegres  a  lo  lejos 
doran  el  porvenir;  el  alma  crea 
de  la  belleza  la  divina  idea 
en  los  objetos  que  la  mente  acopia, 
i  hace  del  mundo  una  encantada  utopia. 

Mas  para  aquel  que  como  yo  la  vea 
desde  el  confín  opuesto 
del  opaco  horizonte,  consumida 
en  afanes,  dolores,  desengaños, 
cuando  es  un  breve  resto 
lo  que  falta  a  la  suma  de  los  años, 


250  POESÍAS 

es  una  sombra  pálida  la  vida, 

una  tarde  fugaz,  descolorida, 

do  del  pasado  entre  la  niebla  oscura, 

lo  que  esperanza  fué,  placer,  ventura, 

todo  ya  se  deslustra  i  desencanta, 

i  en  lívidos  espectros  se  levanta. 

Soi  como  el  caminante  fatigado 
que  va  cruzando  con  medrosa  planta 
el  bosque,  verde  ayer,  hoi  deshojado, 
cuando  el  lucero  su  fanal  suspende 
entre  nublados,  i  la  noche  tiende 
su  negro  manto.  ¡Qué  de  penas  graves^ 
mi  corazón  aquejan, 
qué  de  pérdidas  lloro,  tú  lo  sabes, 
i  la  huella  profunda  ves  que  dejan 
el  dolor  i  los  años  juntamente 
en  mi  marchita  frente! 
¿Será,  pues,  Pepa  hermosa,  lo  que  escribe' 
el  que  esta  vida  de  amargura  vive, 
digno  de  ti,  poético  homenaje? 
¿Dará  el  sauce  que  cuelga  su  ramaje 
sobre  las  tumbas,  bella  flor  ni  fruto, 
o  canto  alegre  la  mansión  del  luto? 

Pero  aun  en  este  mísero  desierto, 
a  la  alegría,  a  la  esperanza  muerto, 
halaga  entre  malezas  i  entre  abrojos 
algún  objeto  los  cansados  ojos, 
alguna  rosa  que  embalsama  el  aura 
i  el  falleciente  espíritu  restaura: 
la  tierna  madre,  la  leal  esposa, 
que  guarda  su  entereza  jenerosa, 
i  en  este  siglo  de  licencia  i  crimen 
en  que  las  leyes  conculcadas  jimen 
i  el  modesto  pudor  se  vitupera 
como  tosco  resabio  de  otra  era, 
del  vicio  la  influencia  pestilente 
no  contamina  su  virtud  severa, 
como  la  sombra  de  la  nube  oscura 


EN  EL  ÁLBUM  DE  JOSEFA  REYES  DE  GARMENDIA  251 

pasa  veloz  sobro  la  fuente  pura, 

i  no  le  enturbia  su  onda  trasparente. 

Esa  madre  i  esposa, 

de  que  yo  admiro  en  ti  noble  modelo, 

es  del  desierto  la  nativa  rosa 

con  que  embellece  alguna  vez  el  cielo, 

para  ejemplo  fecundo 

i  para  adorno  de  tu  sexo,  al  mundo. 


LA  ARDILLA,  EL  DOGO 


I  EL  ZORRO 


TRADUCCIÓN  LIBRE  DE  FLORIAN 


Madama  Ardilla  con  un  Dogo  fiero, 
compadre  antiguo  suyo  i  compañero, 
salió  al  campo  una  larde  a  solazarse. 
Entretenidos  iban  en  gustosa 
conversación,  i  hubieron  de  alejarse 
tanto,  que  encapotada  i  tempestuosa 
los  sorprendió  la  noche  a  gran  distancia 
de  su  común  estancia. 
Otra  posada  no  se  les  presenta 
que  una  alta  encina,  añosa,  corpulenta: 
el  hueco  tronco  ofrece  albergue  i  cama 
a  nuestro  Dogo:  la  lijera  Ardilla 
se  sube  de  tres  brincos  a  una  rama, 
i  lo  mejor  que  puede  se  acuclilla. 
Danse  las  buenas  noches,  i  dormidos 
quedaron  luego.  A  lo  que  yo  barrunto, 
eran  las  doce  en  punto, 
hora  propicia  al  robo  i  al  pillaje, 
cuando  aportaba  por  aquel  paraje 
uno  de  los  ladrones  forajidos 
de  mas  renombre.  Un  Zorro  veterano, 


LA  ARDILLA  EL  DOGO  I  EL  ZORRO  253 

terror  de  todo  el  campo  comarcano 

en  leguas  veinte  o  treinta  a  la  redonda, 

en  torno  al  árbol  ronda, 

alza  el  hocico  hambriento 

de  palpitante  carne,  atisba,  husmea, 

i  ve  a  la  Ardilla  en  su  elevado  asiento: 

ya  en  su  imajinacion  la  saborea, 

i  la  boca  se  lame, 

i  la  cola  menea; 

mas  ¿cómo  podrá  ser  que  a  tanta  altura, 

si  no  le  nacen  alas,  se  encarame? 

Iba  casi  a  decir:  «No  está  madura», 

cuando  le  ocurre  una  famosa  idea. 

— «Bella  señora  mía, 

vncsa  merced  perdone  (le  decia) 

si  interrumpo  su  plácido  reposo. 

Después  de  tanto  afán,  cuando  el  consuelo 

de  hallarla  me  concede  al  fin  el  cielo, 

no  puedo  contener  el  delicioso 

júbilo  que  de  mi  alma  se  apodera. 

¿No  me  conoce  usted?  Su  buena  mtidre 

hermana  fué  do  mi  difunto  padre. 

Tengo  el  honor  de  ser  su  primo  hermano. 

¡Ai!  en  su  hora  postrera 

el  venerable  anciano 

me  encomendó  que  luego  en  busca  fuera 

de  su  sobrina,  i  la  mitad  le  diera 

de  la  haccnduela  escasa 

que  al  salir  de  esta  vida 

nos  ha  dejado.  A  mi  paterna  casa 

sea  usted,  pues,  mil  veces  bien  venida, 

i  déjeme  servirla  en  el  viaje 

de  escudero  i  de  paje. 

¿Qué  es  lo  que  duda  usted?  ¿Qué  la  detiene, 

que  de  una  vez  no  viene 

a  colmar  mi  ventura,  en  lazo  estrecho 

juntando  el  suyo  a  mi  amoroso  pecho?» 

Ella,  que  por  lo  visto  era  ladina, 

a  par  que  vivaracha  i  pizpireta, 

i  al  instante  adivina 


254  POESÍAS 

la  artificiosa  treta, 

así  responde  al  elocuente  Zorro:  J 

— «Fineza  tanta,  mi  querido  primo,  1 

i  el  liberal  socorro 

del  piadoso  difunto, 

que  en  paz  descanse,  como  debo,  estimo. 

Bajar  quisiera  al  punto; 

pero,  ya  veis...  ¡Mi  sexo!...  A  la  entrevista  j 

es  menester  que  asista,  _J 

si  lo  tenéis  a  bien,  un  deudo  caro, 

que  de  mis  años  tiernos  fue  el  amparo; 

es  persona  discreta, 

a  quien  podéis  tratar  sin  etiqueta, 

i  que  holgará  de  conoceros.  Vive 

en  ese  cuarto  bajo; 

llamadle.» — Don  Marrajo, 

dándose  el  parabién  de  su  fortuna, 

que  le  depara,  según  él  concibe, 

dos  presas  en  vez  de  una, 

con  la  mayor  frescura  i  desahogo 

fué  en  efecto,  i  Ihuiió.  Pero  la  suerte 

so  vuelve  azar.  Despierta  airado  el  Dogo, 

se  abalanza,  le  atrapa  i  le  da  muerte. 

Esta  sencilla  historia  nos  advierte 
a  un  tiempo,  hija  querida, 
tres  importantes  cosas: 
de  un  seductor  las  artes  alevosas, 
de  la  maldad  el  triste  paradero, 
i  lo  que  vale  en  lances  de  la  vida 
la  acertada  elección  de"  un  compañero. 


-  J.^^1 1— ^_  JJ^^U^ 


EL  HOMBRE,  EL  CABALLO 


I  EL  TORO 


A  un  Caballo  dio  un  Toro  tal  cornada, 
que  en  todo  un  mes  no  estuvo  para  nada. 
Restablecido  i  fuerte, 
quiere  vengar  su  afreiita  con  la  muerto 
de  su  enemigo;  pero  como  duda 
si  contra  el  asta  fiera,  puntiaguda, 
arma  serán  sus  cascos  poderosa, 
al  Hombre  pide  ayuda. 

«De  mil  amores,  dice  el  Hombre.  ¿Ilai  cosa 
mas  noble  i  digna  del  valor  humano, 
que  defender  al  flaco  i  desvalido, 
i  dar  castigo  a  un  ofensor  villano? 
Llévame  a  cuestas  tú,  que  eres  fornido; 
yo  le  mato,  i  negocio  concluido.» 

Apercibidos  van  a  maravilla 
los  aliados;  lleva  el  Hombre  lanza; 
riendas  el  buen  rocín,  i  freno,  i  silla, 
i  en  el  bruto  feroz  toman  venganza. 

«Gracias  por  tu  benévola  asistencia, 
dice  el  corcel:  me  vuelvo  a  mi  querencia; 
desátame  la  cincha,  i  Dios  te  guarde.» 
— «¿Cómo  es  eso?  ¿Tamaño  beneficio 


256  poesías 

pagas  asi?» — «Yo  no  pensé...» — «Ya  es  tarde 

para  pensar;  estás  a  mi  servicio; 

i  quieras  o  no  quieras, 

en  él  has  de  servir  hasta  que  mueras.» 

Pueblos  americanos, 
si  jamas  olvidáis  que  sois  hermanos, 
i  a  la  patria  común,  madre  querida, 
ensangrentáis  en  duelo  fratricida, 
¡ah!  no  invoquéis,  por  Dios,  déjente  extraña 
el  costoso  favor,  falaz,  precario, 
mas  de  temer  que  la  enemiga  saña. 
¿Ignoráis  cuál  ha  sido  su  costumbre? 
Demandar  por  salario 
tributo  eterno  i  dura  servidumbre. 


LAS  OVEJAS 


Líbranos  de  la  fiera  tiranía 
de  los  humanos,  Jove  omnipotente 
(una  oveja  decía, 
entregando  el  vellón  a  la  tijera); 
que  en  nuestra  pobre  jente 
hace  el  pastor  mas  daño 
en  la  semana,  que  en  el  mes  o  el  año 
la  garra  de  los  tigres  nos  hiciera. 
Vengan,  padre  común  de  los  vivientes, 
los  veranos  ardientes; 
venga  el  invierno  frió; 
i  danos  por  albergue  el  bosque  umbrío, 
dejándonos  vivir  independientes, 
donde  jamas  oigamos  la  zampona 
aborrecida,  que  nos  da  la  roña, 
ni  veamos  armado 
del  maldito  cayado 

al  hombre  destructor  que  nos  maltrata, 
i  nos  trasquila,  i  ciento  a  ciento  mata. 
Suelta  la  liebre  pace 
de  lo  que  gusta,  i  va  donde  le  place, 
sin  zagal,  sin  redil  i  sin  cencerro; 
i  las  tristes  ovejas  (¡duro  caso!), 
si  hemos  de  dar  un  paso, 
tenemos  que  pedir  licencia  al  perro. 
Viste  i  abriga  al  hombre  nuestra  lana; 
el  carnero  es  su  vianda  cuotidiana; 
poesías  33 


258  poesías 

i  cuando  airado  envías  a  la  tierra, 

ix)r  sus  delitos,  hambre,  peste  o  guerra, 

¿quién  ha  visto  que  corra  sangre  humana 

en  tus  altares?  Nó:  la  oveja  sola 

para  aplacar  tu  cólera  se  inmola. 

El  lo  peca,  i  nosotras  lo  pagamos. 

¿I  es  razón  que  sujetas  al  gobierno 

de  esta  malvada  raza,  Dios  eterno, 

para  siempre  vivamos? 

¿Qué  te  costaba  darnos,  si  ordenabas 

que  fuésemos  esclavas, 

menos  crueles  amos? 

que  matanza  a  matanza  i  robo  a  robo, 

harto  mas  fiera  es  el  pastor  que  el  lobo.» 

]\Iiéntras  que  así  se  queja 
la  sin  ventura  oveja 
la  monda  piel  fregándose  en  la  grama, 
i  el  vulgo  de  inocentes  baladores 
¡vivan  los  lobos!  clama 
i  ¡mueran  los  pastores! 
i  en  súbito  rebato 

cunde  el  pronunciamiento  de  hato  en  hato, 
el  senado  ovejuno 
«¡ah!  dice:  todo  es  uno.»i 

1  Orijinariamente  el  autor  puso  a  esta  fábula  el  siguiente  fiual: 

...de  hato  en  hato, 
un  carnero  de  enhiesta  cornamenta, 
que  hace  mui  poca  cuenta 
del  bochinche  ovejuno, 
«callad,  molondros,  dice,  todo  es  uno.^> 
¿Cual  es  la  moraleja 
de  esa  ficción?  quizas  pregunte  alguno. 
América  querida,  a  ti  se  deja. 


MISERERE 


TRADUCCIÓN  DEL  SALMO  SO 


¡Piedad,  piedad,  Dios  mió! 
¡que  tu  misericordia  me  socorra! 
Según  la  muchedumbre 
de  tus  clemencias,  mis  delitos  borra. 

De  mis  iniquidades 
lávame  mas  i  mas;  mi  depravado 
corazón  quede  limpio 
de  la  horrorosa  mancha  del  pecado. 

Porque,  Señor,  conozco 
toda  la  fealdad  de  mi  delito, 
i  mi  conciencia  propia 
me  acusa,  i  contra  mí  levanta  el  grito. 

Pequé  contra  ti  solo; 
a  tu  vista  obró  el  mal,  para  que  brille 
tu  justicia,  i  vencido 
el  que  te  juzgue,  tiemblo  i  so  arrodille. 

Objeto  de  tus  iras 
nací,  de  iniquidades  mancillado; 
i  en  el  materno  seno, 
cubrió  mi  ser  la  sombra  del  pecado. 


260  poesías 

En  la  verdad  te  gozas, 
i  para  mas  rubor  i  afrenta  mía, 
tesoros  me  mostraste 
de  oculta  celestial  sabiduría. 


Pero  con  el  hisopo 
me  rociarás,  i  ni  una  mancha  leve 
tendré  ya;  lavarásme, 
i  quedaré  mas  blanco  que  la  nieve. 


Sonarán  tus  acentos 
d»  consuelo  i  de  paz  en  mis  oídos, 
i  celeste  alegría 
conmoverá  mis  huesos  abatidos. 

Aparta,  pues,  aparta 
tu  faz  ¡oh  Dios!  de  mi  maldad  horrenda, 
i  en  mi  pecho  no  dejes 
rastro  de  culpa  que  tu  enojo  encienda. 

En  mis  entrañas  cria 
un  corazón  que  con  ardiente  afecto 
te  busque;  un  alma  pura, 
enamorada  de  lo  justo  i  recto.       , 

De  tu  dulce  presencia, 
en  que  al  lloroso  pecador  recibes, 
no  me  arrojes  airado, 
ni  de  tu  santa  inspiración  me  prives. 

Restaúrame  en  tu  gracia, 
que  es  del  alma  salud,  vida  i  contento; 
i  al  débil  pecho  infunde 
de  un  ánimo  real  el  noble  aliento. 

liaré  que  el  hombre  injusto 
de  su  razón  conozca  el  estravío;^ 
le  mostraré  tu  senda, 
i  a  tu  leí  santa  volverá  el  impío. 


MISEREIIE 


2GI 


Mas  lihramc  de  sangre, 
¡mi  Dios!  ¡mi  Salvador!  ¡inmensa  fuente 

de  piedad!  i  mi  lengua 
loará  tu  justicia  eternamente. 

Desatarás  mis  labios, 
si  tanto  un  pecador  que  llora  alcanza, 
i  gozosa  a  las  jentes 
anunciará  mi  lengua  tu  alabanza. 

Que  si  victimas  fueran 
gratas  a  ti,  las  inmolara  luego;  , 
pero  no  es  sacrificio 
que  te  deleita,  el  que  consume  el  fuego. 

Un  corazón  doliente 
es  la  expiación  que  a  tu  justicia  agrada: 
la  victima  que  aceptas 
es  un  alma  contrita  i  humillada. 

Vuelve  a  Sion  tu  benigno 
rostro  primero  i  tu  piedad  amante, 
i  sus  muros  la  humilde 
Jerusalen,  Señor,  al  fin  levante. 

I  de  puras  ofrendas 
se  colmarán  tus  aras,  i  propicio 
recibirás  un  dia 
el  grande  inmaculado  sacrificio. 


^St^^ 


ORLANDO  ENAMORADO 


TRADUCCIÓN 


DEL  POEMA  DE  BOYARDO  REFUNDIDO  POR  BERNI 


ORLANDO  ENAMORADO 


CANTO  I. 


AN JE  LIGA 


Yo  siento  a  par  del  alma  que  no  hubiera 
el  gran  cabalgador  de  Rocinante 
resucitado  la  dichosa  era 
de  la  caballeresca  orden  andante; 
que  a  ser  61  venturoso,  no  se  viera, 
como  se  ve,  la  iniquidad  triunfante, 
ni  viciara  la  sórdida  codicia 
la  humana  sociedad,  como  la  vicia. 

Porque  hoi  al  interés  todo  se  postra: 
¿dó  se  ve  ahora  aquel  heroico  aliento 
que  los  peligros  i  la  muerte  arrostra 
para  dar  cima  a  un  jeneroso  intento? 
Nuestra  ufana  cultura  es  una  costra 
que  esconde  pestilente  hondo  fermento: 
esplendido  sepulcro,  por  defuera 
pulido  jaspe,  adentro  gu.sanera. 

¿Qué  es  de  aquellos  valientes  paladines 
que  en  el  campo,  en  el  yermo,  en  rejia  corte, 
daban  contra  alevosos  malandrines 
al  débil  sexo  i  la  orfandad  conorte, 
llevando  hasta  los  últimos  confines 
del  mundo  en  su  tizona  el  pasaporte, 
i  una  dama  jentil  talvcz  al  anca, 
i  todo  sin  costarles  una  blanca? 


206  POESÍAS 

¡Feliz  edad!  mil  veces  te  bendigo, 
no  a  la  presente,  en  que  si  alguno  piensa 
(i  al  buen  manchego  apelo  por  testigo) 
salir  de  la  justicia  a  la  defensa, 
sepa  que  ba  de  tener  por  enemigo 
ni  mundo,  que  le  guarda  en  recompensa 
la  Peña  Pobre  de  Amadís  de  Gaula, 
el  hospital,  la  cárcel  o  una  jaula. 

Un  bravo  capitán  con  eficacia 
por  una  buena  causa  se  apersona, 
i  os  demanda  después  con  mucha  gracia 
i  con  mucha  modestia  una  corona; 
i  si  orejea  la  nación  rehacía, 
i  el  monarca  novel  la  desazona, 
¡pobre  de  aquel  que  un  poco  recio  chista! 
¡viva  Su  Majestad!  i  penca  lista. 

Esotro,  demagogo  vocinglero, 
¡gloria,  dice,  a  la.  santa  democracia] 
i  añade  en  baja  voz:  iin  cargo  quiero; 
de  ministro  de  estado,  verbigracia. 
Así  vivieras  tú,  noble  Rujero, 
i  tú.  Roldan,  i  Cironjil  de  Tracia; 
c[ue  ya  ajustar  sabríades  la  cuenta 
a  tanto  perillán  que  nos  revienta. 

Mas,  aunque  en  el  sepulcro  te  has  hundido, 
jeneracion  poética  dichosa, 
i  está  el  jénero  humano  reducido 
por  sus  pecados  a  vivir  en  prosa, 
no  por  eso  tu  fama  en  el  olvido 
se  hunda  también  bajo  la  misma  losa, 
antes  perennemente  clara  i  bella 
luzca,  i  el  alma  se  solace  en  ella. 

Ya  a  los  Reinaldos  i  Ricártes  veo 
salir  armados  de  la  huesa  oscura, 
i  disputarse  en  justa  o  en  torneo 
el  prez  de  la  destreza  o  la  bravura: 
en  cada  campo  algún  marcial  trofeo; 
en  cada  encrucijada  una  aventura: 
¡qué  de  castillos,  torres,  hadas,  magos, 
jayanes,  i  vestiglos,  i  endriagos! 


ORLANDO  ENAMORADO 


20- 


Pues  banquetes  i  zaml)ras  no  se  diga, 
i  alegre  danza  i  música  gozosa; 
donde  el  valor  depone  la  loriga, 
i  se  enguirnalda  de  jazmín  i  rosa, 
i  la  infanta  heredera,  que  en  la  liga 
de  amor  cayó,  discreta  a  par  que  hermosa, 
la  fe  recibo  de  su  caro  andante, 
i  se  le  rinde  a  todo  su  talante. 

Como  el  cautivo  su  dolor  serena, 
cuando  la  desvelada  fantasía 
le  finje  en  torno  la  campiña  amena 
en  que  suelto  i  feliz  vagaba  un  dia, 
i  en  tanto  ni  le  escuece  la  cadena, 
ni  ve  el  horror  de  su  mazmorra  umbvía; 
con  el  ausente  amigo  tiene  fiesta, 
i  la  voz  de  su  amada  oye  i  contesta; 

Tal  se  calma  mi  espíritu  doliente, 
cuando  de  lo  que  fué  la  sombra  evoco, 
i  corro  la  cortina  a  lo  presente, 
i  otro  mundo  mas  bello  miro  i  toco. 
¿A  quién  de  cuando  en  cuando  este  inocente, 
este  dulce  soñar,  no  agrada  un  poco? 
Respira  en  tanto  el  alma  i  hurta  al  ceño 
<le  la  fortuna  lo  que  dura  el  sueño. 

De  estas,  pues,  tradiciones  venerables, 
señores  míos,  tejeré  mi  cuento, 
si  mi  rudo  cantar  queréis  afables 
acojer  i  le  dais  oído  atento. 
Diré  de  Orlando  hazañas  memorables 
en  que  igualó  al  peligro  el  ardimiento, 
cuando  por  lejas  tierras  iba  errante, 
de  una  ingrata  beldad  perdido  amante. 

Caso  parecerá  sin  duda  extraño 
que  a  un  hombre  como  Orlando  i  Amor  inquiete; 
pero  ¿cuál  es  el  pecho  tan  huraño, 
que  a  su  tirana  lei  no  se  sujete? 
I  de  sus  tiros  no  minora  el  daño 
hadado  arnés  ni  fino  capacete; 
antes  a  quien  de  mas  valor  blasona 
con  mas  duras  cadenas  aprisiona. 


268 


poesías 

Ni  porque  de  este  amor  hasta  el  presente 
ninguno  hablase!,  es  menos  verdadero; 
i  si  porque  de  Orlando  era  pariente 
se  lo  dejó  Turpin  en  el  tintero 
temiendo  dar  escándalo  a  la  jente, 
a  mí  me  cumple,  historiador  severo, 
sacarlo  a  luz,  i  nuevamente  os  pido 
que  licencia  me  deis  i  atento  oído. 

De  Sericana  la  rejion  distante, 
según  antigua  crónica  razona, 
señoreaba  el  rei  mas  arrogante 
que  en  el  mundo  jamas  ciñó  corona: 
jactábase  de  ser,  sola,  bastante 
a  conquistar  el  mundo  su  persona. 
Gradaso  se  llamó;  tan  bravo  i  fiero, 
como  leal  i  franco  caballero. 

I  siendo  propio  de  ánimos  reales 
no  poner  nunca  a  los  antojos  dique, 
i  acometer  empresas  colosales 
por  ambición,  codicia,  amor,  despique, 
liaciendo  desatinos  garrafales 
en  que  estados  i  fama  echan  a  pique, 
antój  ásele  al  rei  de  Sericana 
que  señor  ha  de  ser  de  Durindana; 

De  Durindana,  aquella  cortadora 
espada,  que  antes  era  del  troyano 
Héctor;  i  en  mil  combates  vencedora, 
como  pasase  de  una  en  otra  mano, 
se  encuentra  en  las  del  conde  Orlando  ahora, 
que  con  ella  el  poder  de  Carlomano 
defiende  i  de  la  Cruz  la  enseña  santa, 
i  a  la  morisma  bárbara  quebranta. 

I  para  que  el  caballo  conviniera 
a  espada  tal,  ganar  también  quería 
a  Bayardo,  el  corcel  que  entonces  era 
del  paladín  Reinaldos,  i  tenía 
de  marcial  brío  i  de  veloz  carrera 
i  bella  estampa  insigne  nombradla; 
i  aun  añaden  que  tuvo  entendimiento 
racional,  i  que  fue  su  padre  el  viento. 


ORLANDO  ENAMORADO  209 


No  liene  que  envidiar  el  reí  Gradaso 
en  estados,  rif[uczas,  armas,  jcnle: 
la  fortuna  le  dio  colmado  el  vaso 
de  sus  favores:  tiómblale  el  Oriente; 
i  de  tanta  grandeza  no  hace  caso: 
no  hai  gloria  ni  poder  que  le  contente: 
desvélase,  los  sesos  se  devana 
pensando  en  el  corcel  i  en  Durindana. 
J  después  de  encontrados  pareceres, 
viendo  no  ser  posible  que  haya  trato, 
pues  se  las  há  con  unos  mercaderes 
([ue  no  venden  lo  suyo  mui  barato, 
manda  dejar  campiñas  i  talleres, 
manda  armas  aprestar;  toca  a  rebato: 
a  Francia  determina  hacer  jornada, 
i  lidiando  ganar  corcel  i  espada. 

Pero  mientras  dispone  el  sericano 
lo  que  a  tan  ardua  empresa  corresponde, 
pasemos  a  Paris  i  a  Carlomano, 
que  una  gran  justa  proclamaba,  adondo 
todo  rei,  todo  principe  cristiano, 
todo  duque,  barón,  marques  i  conde, 
que  al  franco  emperador  reconocía, 
uno  en  pos  de  otro  a  mas  andar  venia. 

De  famosos  en  armas  caballeros 
toda  la  gran  Paris  estaba  llena, 
de  varios  climas,  lenguas,  trajes,  fueros, 
ya  de  cristiana  lei,  ya  sarracena; 
pues  naturales  llama  i  forasteros 
el  hijo  de  Pipino  a  corte  plena, 
do  cada  cual  en  salvedad  viniese, 
como  traidor  o  apóstata  no  fuese. 

Por  eso  de  marlota  i  de  turbante 
no  es  de  admirar  que  tanta  jente  asista: 
ürandonio,  que  es  valiente  i  es  jigantc,. 
i  Ferraguto  el  de  la  torva  vista, 
i  el  pariente  do  Carlos  Balugante, 
Espinel,  Isolcro,  Matalista, 
con  otros  muchos  españoles  claros^ 
según  después  la  historia  ha  de  ccMitaro», 


poesías 

Resonaba  la  corte  de  instrumentos... 
trompas,  tíimbores,  pífanos,  campanas: 
vense  con  peregrinos  paramentos 
palafrenes  correr,  correr  alfanas: 
descójense  vistosas  a  los  vientos 
banderas,  ya  moriscas,  ya  cristianas: 
mas  finas  armas  no  es  posible  verlas, 
ni  mas  diamantes,  i  oro,  i  plata,  i  pcrlaS'. 

Llegado  de  la  fiesta  el  primer  dia, 
Carlos,  con  imperial  grandeza  i  gala, 
ardiendo  en  relumbrante  pedrería, 
a  reyes  i  magnates  hizo  sala. 
Ilustre  i  numerosa  compañía 
en  opíparas  mesas  se  regala. 
Fueron  (dice  Turpin,  que  hizo  la  cuenta) 
los  convidados  cuatro  mil  i  ochenta. 

A  la  tabla  redonda  está  sentado 
Carlos  con  sus  valientes  paladines; 
1  sobre  el  pavimento,  aderezado 
de  alcatifas  persianas,  i  cojines 
cubiertos  de  velludo  i  de  brocado, 
echáronse  a  comer,  como  mastines, 
los  sarracenos,  jente  que  tenia 
por  mesa  el  suelo  a  fuer  de  paganía.^ 

De  espaciosos  salones  larga  hilera 
ocupa  el  gran  concurso:  mano  a  mano 
llenan  cuatro  monarcas  la  testera; 
el  ingles,  el  lombardo,  el  asturiano, 
i  el  de  la  encanecida  cabellera, 
Salomón,  de  Bretaña  soberano. 
I  los  demás,  según  su  estirpe  i  jente, 
se  van  sentando  sucesivamente. 

Seguíase  a  los  duques  i  marqueses 
el  conde  Galalon;  i  mas  abajo 
la  turba  de  traidores  maganceses, 
que  honra  grande  reciben  i  agasajo, 
i  triscan,  i  se  burlan  descorteses 
del  paladín  Reinaldos,  porque  traje 
monos  lucido  tren  del  que  debía 
en  tan  festivo  i  tan  solemne  dia. 


OnLANDO  ENAMORADO  27 f 


Reinaldos,  que  lo  nota,  so  amostaza, 
¡  íinjiendo  jugar  con  la  vajilla, 
«villanos  condes,  fementida  raza, 
(decia  en  baja  voz  a  la  pandilla) 
yo  os  veré,  si  os  encuentro,  por  la  plaza, 
cómo  sabéis  teneros  en  la  silla.» 
A  solapa  reían  los  ribaldos, 
i  monta  en  ira  mas  i  mas  Reinaldos. 
Balugante,  que  atento  lo  miraba, 
leíalo  en  la  cara  el  pensamiento, 
i  por  un  trujamán  le  preguntaba, 
si  en  Paris  mas  honroso  acojimicnto 
a  la  riqueza  que  al  valor  se  daba, 
porque,  siendo  español  de  nacimiento, 
de  cristianos  estilos  no  sabia,*' 
i  dar  lo  suyo  a  cada  cual  quería. 

Riyó  Reinaldo,  i  sosegado  el  pecho, 
a  Balugante  así  tornó  el  recado: 
«decidle  de  mi  parte  que  en  el  lecho 
suele  darse  a  la  dama  el  mejor  lado, 
i  en  la  mesa  el  glotón  tiene  derecho 
a  que  le  sirvan  el  mejor  bocado; 
mas  que  cuando  la  espada  usar  se  ofrcco 
lleva  la  honra  aquel  que  la  merece.» 
Regocijado,  en  tanto,  i  dulce  coro 
de  música  por  una  i  otra  banda 
se  oye  sonar,  i  grandes  fuentes  de  oro, 
entran  henchidas  de  esquisita  vianda. 
Con  la  afabilidad  templa  el  decoro 
Carlos,  i  en  torno  envía  a  quién  la  banda, 
a  quién  la  copa,  a  quién  la  espada  rica, 
que  su  real  agrado  significa. 

Doblo  aliciente  a  la  a])undancia  opima 
presta  el  rumor  de  plática  sabrosa. 
Carlos,  que  de  la  gloria  la  alta  cima 
piensa  hollar,  i  do  júbilo  rebosa, 
inconmovible  su  grandeza  eslima 
a  los  vaivenes  de  la  instable  diosa, 
cuando  un  suceso  a  todos  de  repente 
arrebató  los  ojos  i  la  mente. 


T.l  POESÍAS 

Entran  jayanes  cuatro,  a  cual  mas  fiero, 
con  sosegada  marcha  i  jesto  ufano, 
escoltando  a  un  armado  caballero, 
que  conduce  a  una  dama  de  la  mano. 
No  a  las  pupilas  matinal  lucero, 
no  a  la  tez  de  la  dama  albor  temprano, 
ni  al  carmín  de  sus  labios  la  corola 
iguala  del  clavel  o  la  amapola. 

Alda  la  linda,  la  del  conde  Orlando, 
estaba  allí,  i  Clarisa,  i  Galiana,* 
con  otras  varias  que  al  silencio  mando, 
flor  de  la  gracia  i  jentileza  humana; 
i  todas  ellas  parecieron,  cuando 
se  alzó  el  velo  la  incógnita  pagana, 
lo  que  junto  al  lucero  es  una  estrella, 
o  lirio  humilde  junto  a  rosa  bella. 

Deja  el  plato  el  glotón,  i  el  ebrio  el  vaso: 
todo  quedó  en  silencio  a  la  improvisa 
aparición,  si  no  es  que  se  oiga  acaso 
el  pió  jentil  que  las  alfombras  pisa. 
Acércase  ella  a  Carlos  paso  a  paso; 
luego  con  un  mirar  i  una  sonrisa 
que  de  todas  las  almas  se  apodera, 
en  dulce  voz  habló  do  esta  manera: 

«ínclito  rei,  de  tu  virtud  la  fama 
i  el  nombre  de  tus  bravos  caballeros 
que  por  toda  la  tierra  se  derrama 
i  llega  ya  a  sus  últimos  linderos, 
es  lo  que  el  pecho  jeneroso  inflama 
de  estos  que  ves  humildes  forasteros, 
ansiosos  de  tentar  difícil  prueba 
a  que  codicia  de  alto  honor  los  lleva. 

«El  que  hoi  en  tus  estados  halla  puerto 
es,  como  su  divisa  manifiesta, 
el  caballero  del  León,  liberto; 
i  cúbrese  la  negra  sobrevesta, 
porque  fué  de  su  casa  echado  a  tuerto. 
Yo  Anjélica  su  hermana  soi,  que  en  esta 
errante  vida  bajo  cielo  estraño, 
huérfana  desgraciada,  le  acompaño. 


ORLANDO  ENAMORADO  273 


«Allende  el  Tana  (donde  el  patrio  nido 
tuvo  nuestra  familia,  untes  que  injusta 
se  le  mostrase  la  fortuna)  oído 
fué  el  llamamiento  a  tu  solemne  justa; 
i  gran  parte  del  mundo  hemos  corrido 
hasta  llegar  a  tu  presencia  augusta, 
de  valor  i  nohieza  espejo  claro, 
i  de  los  desvalidos  firme  amparo, 

«En  donde  (protestándote  primero 
que  designio  siniestro  no  le  guia, 
sino  la  profesión  de  caballero) 
Uberto,  con  tu  venia,  desafía, 
según  caballeresca  usanza  i  fuero, 
a  toda  la  presente  compañía: 
de  punta  en  blanco  i  a  caballo  espera 
a  todo  el  que  con  el  medirse  quiera. 

«Mas  una  condición  poner  desea, 
contra  la  cual  ninguna  escusa  valga, 
que  de  su  vencedor  esclavo  sea 
todo  el  que  en  esta  lid  vencido  salga; 
i  si  es  acaso  Uberto  el  que  flaquea, 
i  alguno  en  el  juslar  le  descabalga, 
sea  yo,  si  le  place,  esclava  suya, 
i  Uberto  al  Asia  en  paz  so  restituya.» 

Dice,  i  humildemente  se  arrodilla. 
Todos  la  están  suspensos  contemplando, 
i  con  mayor  placer  i  marabilla 
que  los  demás  el  paladín  Orlando. 
El  corazón  un  dardo  le  aportilla, 
i  ya  por  lo  mas  hondo  le  va  entrando; 
si  bien  procura  la  intestina  guerra 
disimular,  i  el  rostro  inclina  a  tierra. 

El  primer  punto  fué  de  su  ruina, 
la  de  Francia  i  de  Carlos,  aquel  punto: 
a  el  alma  incauta  un  tósigo  camina 
que  halaga,  punza,  inflama,  todo  junto. 
Se  pono  a  discurrir,  i  desatina: 
el  rostro,  ya  encendido,  ya  difunto, 
bien  claro  al  que  le  o])scrva  patentiza 
que  una  extraña  pasión  lo  tiraniza. 
poesías  ■     :,r> 


274  POESÍAS 

Mas  como  hallar  alivio  se  figura, 
i  1  ite  m  jnos  la  amorosa  Haga, 
cuando  pone  la  vista  en  la  hermosura 
qu3  le  enajena  i  la  razón  le  estraga, 
alza  los  ojos  i  el  veneno  apura 
que  todos  los  sentidos  le  embriaga; 
como  el  enfermo,  de  la  sed  vencido, 
osa  empinar  el  vaso  prohibido. 

Cavilando,  allá  dentro  se  decia: 
«¡Ah  loco  Orlando!  ¿Qué  delirio  es  ese? 
¿Consientes  que  una  toi-pc  fantasía 
que  ofende  a  Dios,  te  turbe  i  te  embelese? 
¿Dó  está  el  valor,  dó  está  la  bizarría 
que  única  al  mundo  hiciste  se  dijese? 
Por  el  orbe  no  dabas  un  ochavo, 
i  aquí  de  una  mujer  te  has  hecho  esclavo. 

«¿Mas  de  qué  sirvo  (jue  mi  yerro  vea, 
si  a  mi  flaca  razón  no  está  sujeto? 
¿Qué  espera  el  alma  en  desigual  pelea 
contra  un  tirano  irresistible  afelo? 
Vana  ilusión  u  oculto  hechizo  sea, 
maligna  estrella  o  superior  decreto, 
miro  mi  perdición  en  mi  extravío, 
i  arrastrado  me  siento  a  pesar  mió.» 

Así  con  el  harpon  en  el  costado 
se  quejaba  Roldan  míseramente; 
pero  el  cabello  a  Naimo  han  plateado 
los  años,  i  de  amor  la  herida  siente. 
El  mismo  Carlomagno  fué  atrapado, 
aunqne  tan  sabio  príncipe  i  prudente. 
¡Tan  grande  es  el  ix)dor  de  una  hermosura 
sobre  la  verde  edad  i  la  madura! 

Estaba  todo  el  mundo  embebecido; 
i  entre  el  común  asombro  i  embeleso, 
el  moro  Ferragú,  que  siempre  ha  sido, 
auncjue  español,  de  atolondrado  seso, 
casi  a  romper  sintióse  decidido 
por  entro  todos  i  a  llevarse  en  peso 
la  dama;  i  ya  en  un  tris  de  hacerlo  estuvo; 
pero  el  rcs^icto  a  Carlos  le  contuvo. 


ORLANDO  ENAMORADO 


^laljcsí,  nigromante  caballero, 
miraba  atento  aquel  extraño  grupo, 
i  un  buen  porque  del  tósigo  hecbicero 
que  allí  difunde  Amor,  también  le  cupo. 
Pero  como  un  fullero  a  otro  fullero 
sus  tretas  ocultar  no  siempre  supo, 
vio  que  se  estaba  urdiendo  alguna  trama, 
i  de  su  propio  oficio  era  la  dama. 

Irresoluto  Carlos  no  sabía 
qué  responder  a  la  jentil  doncella, 
i  do  pretextos  varios  se  valia 
por  platicar  a  su  sabor  con  ella: 
saciarse  de  mirarla  no  podia, 
i  le  parece  cada  vez  mas  bella: 
al  fin  forzosamente  la  despide, 
otorgándola  todo  lo  que  pide. 

Luego  que  en  parte  se  creyó  segura, 
del  seno  Maljesí  saca  un  cuaderno, 
i  una  fórmula  májica  murmura, 
a  que  en  baladres  respondió  el  infierno. 
Negra  visión  de  fea  catadura, 
larga  la  cola  i  el  testuz  de  cuerno, 
aparece,  i  en  voces  de  ira  llenas 
dice:  «francés  maldito,  ¿qué  me  ordenas?» 

«Saber  de  ti  lo  que  se  fragua  quiero 
(responde  el  mago),  i  que  mujer  es  esta.» 
— «Anjclica,  es  su  nombre  verdadero, 
(Relcebú  do  este  modo  le  contesta). 
Su  padre  Galafron,  que  en  lo  hechicero 
con  el  de  mas  saber  se  las  apuesta, 
es  del  Catai  señor;  i  ese  lozano 
mancebo  es  do  la  dama  único  hermano- 

«No  Uberto  del  León,  mas  Argalía 
BC  llama;  oculta  el  nombre  por  cautela. 
Cordura  en  verdes  años  i  osadía 
i  jeneroso  espíritu  revela; 
i  cabalga  un  corcel  que  desafía 
al  viento  mismo,  i  mas  que  corre,  vuclaí 
Bayardo  en  la  carrera  no  le  alcanza. 
Diósclo  el  rei  su  padre,  i  una  lanza, 


275  POESÍAS 

«Una  lanza  le  dio  maravillosa, 
que  ya  en  torneo,  i  ya  en  función  de  guerra, 
sale  de  lodo  encuentro  victoriosa, 
i  no  hai  cabalgador  que  no  echo  a  tierra: 
hurtarle  el  cuerpo  es  imposible  cosa, 
i  el  que  imajine  resistirle  yerra, 
que  ni  Reinaldos,  ni  Roldan,  ni  el  mundo, 
si  le3  da  un  tiento,  aguardarán  segundo. 

«De  un  encantado  arnés,  desde  la  greba 
hasta  el  morrión,  el  joven  va  provisto, 
i  de  repuesto  una  sortija  lleva, 
obra  del  ejipciaco  Trismejisto: 
si  se  la  pone,  está  de  encanto  a  prueba; 
si  en  la  boca  la  trae,  de  nadie  es  visto. 
Pero  el  astuto  reí  no  tanto  fía 
en  el  brazo  i  las  armas  de  Argalía, 

«Como  en  la  gran  beldad  de  la  princesa, 
que  a  cuantos  hoi  la  rejia  corte  aduna, 
por  la  codicia  de  tan  alta  presa 
hará  que  salgan  a  probar  fortuna 
en  esta  a  humanos  brios  vana  empresa, 
do  romperán  sus  lanzas  una  a  una, 
i  llevados  serán  forzosamente 
a  eterna  servidumbre  en  el  Oriente. 

«Mas  ella,  sin  contar  con  el  tirano 
poder  de  su  belleza  encantadora, 
las  artes  aprendió  del  padre  anciano, 
i  en  tan  temprana  edad  ninguno  ignora 
de  los  secretos  que  el  saber  humano 
en  sus  mas  hondos  senos  atesora 
para  hacer  obedientes  instrumentos, 
de  la  ciencia  a  la  voz,  los  elementos.» 

Maljesí,  que  esto  ha  oído,  no  se  tarda: 
hace  de  Belcebú  caballería, 
i  vuela  a  destruir  la  zalagarda 
que  aderezada  Galafron  tenia. 
Señoreaba  ya  la  sombra  parda 
el  orbe,  i  reposaba  el  Argalía, 
sobre  muelles  alfombras  acostado, 
bajo  un  gran  pabellón  iluminado. 


ORLANDO  ENAMORADO  271 


Duermo  distante  la  doncella  hermosn, 
tendido  por  la  yerba  el  rubio  pelo, 
bajo  la  copa  de  un  laurel  frondosa 
a  cuyo  pie  serpea  un  arroyuelo. 
Nadie  dijera  al  verla  que  era  cosa 
terrena  ni  mortal,  sino  del  cicl©'. 
La  májica  sortija  tiene  puesta 
que  todos  los  encantos  contrarresta. 

Montado  el  mago  en  su  demonio  vuela: 
un  buho  por  los  aires  parecía. 
Desmontó  al  fin,  i  vio  a  la  damisela, 
que  entre  copados  árboles  yacia. 
Servíala  un  jayán  de  centinela; 
los  otros  rondan  la  ribera  umbría: 
mientras  dormía  el  valeroso  hermano, 
velaljan  todos  ellos,  clava  en  mano. 

Rióse  el  mago,  i  quiso,  al  punto  mismo, 
jugar  a  los  jigantcs  una  pieza: 
sacando  su  cuaderno,  un  exorcismo 
en  bajo  acento  i  temeroso  reza: 
de  todos  cuatro  un  blando  parasismo 
apoderóse;  cada  cual  bosteza, 
i  dejando  caer  la  herrada  porra 
se  tiende  largo  a  largo  i  se  amodorra. 

Leyendo  estaba  el  mago,  a  los  reflejos 
do  la  tienda,  en  su  libro  fementido, 
i  atisba  a  los  jigantcs  desde  lejos, 
que  el  conjuro  fatal  ha  adormecido. 
Del  sabio  Galafron  los  aparejos 
juzga  haber  tra.stornado  i  destruido; 
i  para  no  dejar  la  cosa  en  duda, 
pone  mano  a  la  espada  i  la  desnuda. 

A  la  dormida  niña  asió  del  pelo, 
i  a  matarla  il)a  ya,  cuando  la  cara 
a  mejor  luz  le  vio;  cabal  modelo 
de  belleza,  que  a  un  tigre  enamorara. 
Siente  en  el  alma  un  repentino  hielo, 
cual  si  en  ella  una  voz  así  le  hablara: 
«¿.\  tan  bella  mujer,  bárbaro,  hieres? 
No  ores  tú  caballero;  un  zafio  eres.» 


578  POESÍAS 

Mudó  de  intento,  al  suelo  echó  la  espada, 
i  de  asesino  vuélvese  en  amante: 
en  el  candido  seno  la  turbada 
vista  cebó,  suspenso  i  palpitante. 
Viola  en  profundo  sueño  sepultada, 
i  resolvió  robársela  al  instante: 
por  imposible  juzga  que  resista: 
ya  tiene  Belcebú  la  espalda  lista. 

Pensaba  con  aquel  encantamento 
haberla  adormecido  de  manera 
que  si  se  desplomase  el  firmamento, 
en  su  sentido  ni  aun  asi  volviera; 
i  fue  a  poner  por  obra  el  loco  intento, 
sin  ocurrirle  que  tener  pudiera 
en  el  dedo  el  anillo  de  Argalíu, 
como  por  su  desgracia  lo  tenia. 

Aquel  anillo  májico  bendito 
el  malvado  designio  desconcierta. 
Ella  despierta,  i  de  pavor  da  un  grito: 
al  grito  el  Argalí  también  despierta: 
sale,  i  al  ver  que  en  desigual  confuto 
lucha  la  hermana  a  brazos,  i  no  acierta 
a  desprenderse  de  un  extraño  bulto, 
corre  airado  a  vengar  tamaño  insulto. 

De  la  tienda  Argalí  salió  en  camisa, 
i  agarrando  un  bastón  descomunal 
((jue  otra  cosa  no  pudo  por  la  prisa) 
clamaba:  «hombre  soez,  torpe  animal, 
¿te  parece  quizas  cosa  de  risa 
hacer  a  una  princesa  escarnio  tal? 
Debes  do  ser  sin  duda  un  forajido: 
a  palos' te  he  de  dar  tu  merecido.» 

«Tenle,  que  se  escabulle,  tenle,  hermano, 
(dice  la  dama);  este  hombre  es  nigromante, 
i  a  no  ser  tu  sortija,  esfuerzo  humano 
no  era  a  poderle  detener  bastante.» 
Asiéndole  Argalía  de  la  mano 
llévale,  mal  su  grado,  hacia  un  jiganlo 
que,  tendido  a  la  larga,  semejaba, 
no  que  dormido,  mas  difunto  estaba. 


ORLANDO  EyAMOR-tDa  279 


Muevo  ¡  remueve  el  vasto  corpachón, 
i  como  de  vivir  no  da  señal, 
apresuradamente  un  cadenon 
le  arranca  de  la  porra,  con  el  cual, 
por  mas  que  el  pobre  mago  en  su  aflicción, 
apela  a  su  menguado  arte  infernal, 
sin  gran  trabajo,  asegurado  es, 
i  aherrojado  de  manos  i  de  pies. 

Ella,  como  le  vio  que  estaba  atado, 
con  ambas  manos  le  rejistra  el  seno, 
i  el  libro  le  quitó  descomulgado, 
de  extraños  signos  i  figuras  llenos 
i  no  hubo  en  el  tres  líneas  recitado, 
cuando  el  aire  se  turba,  estalla  el  trueno, 
i  roncas  voces  dicen  de  este  modo: 
«a  tu  servicio  está  el  infierno  todo.» 

La  dama  respondió:  «llevad  el  preso 
al  Catai,  i  decid  al  padre  mió 
que  desde  aquí  sus  rejias  mtinos  beso, 
i  que  esta  muestra  de  mi  amor  le  envío: 
que,  Maljesí  cautivo,  en  el  suceso 
de  la  presente  expedición  confío; 
i  que,  o  mui  mal  nos  andarán  las  manos,, 
o  ya  está  cerca  el  fin  de  los  cristianos.  )>^ 

La  cornuda  lejion  tomó  el  portante 
con  el  cautivo^,  i  al  Catui  le  lleva, 
do  Galafron-  encierra  al  nigromante 
bajo  la  mar,  en  una  oscura  cueva. 
Como  tocado  fué  cada  jigante 
con  el  anillo,  cobra  vida  nueva-, 
i  entre  celajes  bellos  de  oro  i  grana 
a  poco  rato  apunta  la  mañanu. 

Fácil  es  figuraros  lo  ([uc  pasa 
en  la  corte  de  Carlos  acjucl  diar 
el  conde  Orlando,  que  de  amorse  al)rasa, 
salir  pretende  en  busca  de  Argulia. 
I) ícenle  los  demás  que  se  propasa 
en  quererse  arrog;ir  la  primacía, 
pues  tienen,  siendo  el  reto  a  todos  hecho, 
todos  para  salir  igual  derecho. 


280  POESÍAS 

«Si  es  sobrino  de  Carlos,  si  es  valiente, 
otros  tan  buenos,  dicen,  hai  en  rueda.» 
Responde  Orlando  que  morir  consiente 
primero  que  a  ninguno  el  paso  ceda. 
«Barones,  (dice  Carlos  cuerdamente), 
el  arbitrio  a  la  suerte  se  conceda; 
cada  competidor  su  nombre  escriba, 
i  esta  urna  las  cédulas  reciba.» 

Escribe  cada  cual  nombre  i  linaje; 
las  cedulillas  urna  de  oro  encierra; 
un  pajecico  viene  que  baraje; 
saca  otro  pajecico;  otro  abre  i  cierra. 
En  la  primera  que  ha  sacado  el  paje 
dice  la  letra:  Astolfo  de  Inglaterra; 
sigúese  Ferragú;  lleva  el  tercero 
lugar  Reinaldo;  el  cuarto  es  de  Olivero. 

Luego  salió  Grandonio  el  corpulento, 
i  tras-Grandonio,  Serpentino,  i  cuando 
a  Serpentino  le  hubo  dado  el  viento, 
Ricaríe  apareció,  duque  normando; 
i,  para  no  cansaros  con  el  cuento, 
salieron  mas  de  treinta  antes  que  Orlando. 
¡Maldito  azar  de  cédula!  ¡Siquiera 
no  haber  sido  la  cuarta  o  la  tercera! 

El  paladin  Astolfo,  que  menciona 
la  historia  en  esta  parto,  fué  un  mancclx) 
rico,  galán,  jentil  de  su  persona, 
para  las  damas  un  Adonis  nuevo. 
Fué  bravo,  i  fué  locuaz:  de  la  sajona 
real  estirpe,  en  Albíon,  renuevo. 
Nada  en  verdad  faltara  a  su  alabanza, 
bi  igualase  a  sus  brios  su  pujanza. 

Sale  ya  Astolfo  en  armas,  i  la  jente 
se  agolpa  a  los  balcones  i  a  las  rejas: 
iba  de  ricas  galas  rcfuljeníe, 
con  rubíes  i  perlas  que  parejas 
no  vio  jamas  el  mundo:  especialmente 
lleva  un  diamanteen  la  coi'aza  (orejas 
críticas  esta  vez  os  quiero  sordas) 
gordo  como  una  nuez  de  las  niíis  gordas. 


ORLANDO  ENAMORADO  261 


Brilla  en  el  ancho  escudo  el  anglicano 
leopardo,  insignia  de  su  estirpe,  i  nada 
en  roja  seda  su  alazán  roano, 
de  vistosas  labores  recamada: 
hácele  dar  corbetas  por  el  llano, 
i  llegando  que  llega  a  la  estacada, 
empuña  la  trompeta  i  desafía 
con  retumbante  son  al  Argalía. 

El  catayo,  que  estaba  apercibido, 
a  justar  con  Astolfo  al  punto  viene: 
su  hermana  de  escudero  le  ha  servido; 
el  freno  i  el  estribo  ella  le  tiene. 
De  luto  el  joven  estrenó  un  vestido, 
i  el  del  caballo  en  el  color  conviene: 
blandia  aquella  lanza  nunca  vista 
a  la  cual  no  hai  pujanza  que  resista. 

Después  que  el  uno  al  otro  ha  saludado, 
i  el. pacto  de  la  lid  de  nuevo  jura, 
toman  campo  los  dos  con  reposado 
continente  i  serena  catadura; 
revuelven  luego,  i  en  mitad  del  prado, 
a  ensayar  van  su  fuerza  o  su  ventura; 
i  en  el  encuentro  el  duque  de  Inglaterra 
(como  era  do  esperar)  fué  echado  a  tierra. 

A  la  fortuna  dice  mil  pesares, 
i  su  desgracia  el  paladin  deplora: 
«para  (jue  así  en  mi  contra  te  declares, 
¿qué  causa  he  dado  yo,  suerte  traidora? 
¿No  pudiste  otra  vez  echarme  azares, 
i  no,  cruel,  precisamente  ahora 
(jue  me  va  en  ello  eterna  malandanza?» 
Maldice  escudo,  arnés,  caballo  i  lanza. 

Kntre  estas  vanas  quejas,  un  jayán 
le  lleva  do  la  diestra  al  pabellón: 
los  otros  luego  a  desarmarle  van, 
i  (jueda  el  duque  en  calzas  i  jubón; 
mas  donde  faldas  hai,  cuerpo  galán 
no  necesita  ajena  intercesión: 
de  .\njclica  recibe  i  de  Argalía 
lodo  honor,  agasajo  i  cortesía. 


POESÍAS 

Solo  i  sin  guarda  junto  al  agua  pura 
Astolfo  desahoga  su  despecho; 
Anjclica  se  embosca  en  la  espesura, 
i  sin  dejarse  ver  le  está  en  acecho; 
i  luego  que  la  noche  cierra  oscura, 
le  lleva  a  reposar  a  un  blando"  lecho, 
i  le  consuela,  i  sü  custodia  lia 
a  los  cuatro  jigantes  i  Argalía. 

No  bien  la  tierra  vio  el  albor  primera, 
al  aplazado  sitio  se  avecina 
vestido  Ferragú  de  limpio  acero, 
i  suena  desde  lejos  la  bocina. 
Monta  a  caballo  el  otro  caballero, 
i  a  su  nuevo  contrario  se  encamina, 
que  omitiendo  preámbulos  avanza, 
llevando  en  ristre  la  robusta  lanza. 

Pero  del  tal  caballo  es  bien  que  un  breve 
bosquejo  antes  que  todo  se  despache: 
era  de  esbelta  forma,  airosa  i  leve; 
no  hai  pinta  ni  lunar  que  se  le  tache: 
la  frente,  cola  i  pies  tiñó  de  nieve; 
en  lo  demás,  purísimo  azabache. 
Rabicán  se  llamaba;  i  dicho  queda 
que  en  el  correr  no  hai  viento  que  le  exceda. 

No  hubo  caballo  que  a  la  par  corriese, 
ni  el  mismo  Brilladoro,^  ni  Oayardo; 
pero  por  mas  aprisa  que  viniese, 
a  Ferragú  le  ha  parecido  tardo. 
No  duda  derribar,  mal  (|ue  le  pese, 
del  primer  bote  al  contendor  gallardo; 
i  ansioso  de  decir:  la  dama  es  mia, 
cada  minuto  se  le  antoja  un  dia. 

Los  cumplimientos,  pues,  dejando  a  un  lado, 
como  una  flecha  a  su  contrario  corre. 
En  el  choque  terrible  que  se  han  dado, 
firme  estuvo  Argalí  como  una  torre: 
el  otro,  ya  se  sabe,  es  derribado, 
por  mas  que  del  estribo  se  socorre; 
i  viéndose  caído,  en  tanta  ira 
el  pecho  se  lo  enciende,  que  delira. 


OaLAN'DO  ENAMORADO  383 


Por  tres  cosas  un  liombre  alza  cl  copete: 
verdes  años,  amor  i  jenio  altivo. 
Ferragulo  contaba  veinte  i  siete, 
i  era  Je  un  natural  sober])io,  esquivo, 
i  está  de  amor,  cl  pobre,  hasta  el  gollete: 
¿no  pensáis,  pues,  ({ue  tuvo  Jiarto  motivo 
para  perder  paciencia  i  juicio  i  todo, 
cuando  se  ve  afrentado  de  este  modo? 

I  afrentado  en  presencia  de  la  dama, 
i  por  uno  que  ser  le  parecía 
caballero  novel  de  poca  fama, 
que  no  hilaba  mostachos  todavía. 
iJramando  como  un  toro  de  Jarama, 
saca  la  espada,  embiste  al  Argalia: 
con  la  amenazadora  punta  en  alto, 
pensando  hacerle  trizas,  da  un  gran  sallo. 

«¡Aparta!  aparta!  (el  otro  caballero 
le  grita).  ¿El  pacto  olvidas?  No  me  abajo 
a  reñir  con  quien  es  mi  prisionero.» 
El  español,  echando  espumarajo, 
«si  tú  reñir  no  quieres,  yo  sí  quiero,» 
repuso,  i  le  tiró  tan  recio  tajo 
que  si  otro  arnés  el  Argalí  llevara, 
pudo  salirle  la  venida  cara. 

Acuden  los  jigantes  pi'csto,  presto, 
a  castigar  tan  desusado  ata({ue. 
Es  de  los  cuatro  el  mas  pe(iueño,  Arjesto; 
Lampuzo  algo  mayor,  insigne  jaque; 
i  luego  Ulgan,  que  a  todo  frunce  el  jesto, 
i  no  por  eso  es  menos  badulaque: 
cl  mas  alto  os  Turlon,  viviente  asombro, 
a  quien  ninguno  do  ellos  llega  al  hombro. 

Acercase  Lampuzo  i  vibra  un  dardo 
que  si  encantado  Ferragú  no  fuera, 
hallara  en  su  valor  débil  resguardo, 
i  por  la  opuesta  parte  le  saliera. 
No  hubo  gato  jamas,  no  hubo  leopardo, 
ni  ráfaga  en  la  mar  que  invierno  altera, 
ni  exhalación  tan  presta  cl  aire  cruza, 
a  cuya  vista  cl  vulgo  S3  espeluza, 


284  POESÍAS 

Cual  cierra  el  español. con  su  enemigo, 
i  como  si  encontrase  blanda  pasta, 
pásale  la  ventrera  i  el  ombligo, 
i  el  hierro  crudo  en  el  redaño  engasta. 
Ni  de  Lampuzo  el  hórrido  castigo 
a  Ferraguío  embravecido  basta; 
antes  de  nueva  furia  se  reviste, 
i  al  fiero  Ulgan,  que  le  amenaza,  embiste. 

Doblando  Ulgano  el  cuerpo  cuanto  pudo, 
pensó  cojerle  vivo;  mas,  de  punta 
esgrimiendo  el  contrario,  el  hierro  agudo 
le  clava  en  el  hoyuelo  do  se  junta 
el  cuello  al  tronco:  el  figurón  membrudo 
con  el  ansia  mortal  se  descoyunta: 
mira  azorado,  da  un  traspié,  resbala, 
se  desploma,  i  jimiendo  el  alma  exhala, 

Arjesto  al  español  sobre  la  nuca 
(pues  por  detras  herirle  a  salvo  intenta) 
tan  recio  golpe  da  que  le  trabuca 
el  sentido;  por  poco  no  la  cuenta. 
Mas  recobrado  el  moro  le  retruca 
terrible  cuchillada,  truculenta, 
que  entra  por  la  cadera  en  los  ríñones, 
i  hace  salir  la  sangre  a  borbotones. 

Mas  lo  peor  le  falta  a  Ferraguto: 
con  lento  paso  i  grave  se  aproxima 
Turlon,  cruel,  desaforado  bruto, 
i  con  la  porra  se  le  viene  encima. 
¿De  qué  le  sirve  al  moro  el  resoluto 
pecho,  el  robusto  brazo  i  docta  esgrima, 
si  apenas  llega  al  monstruo  a  la  escarcela? 
Réstale  un  medio  solo,  i  a  él  apela. 

Al  vientre  el  español  el  golpe  asesta, 
a  la  cabeza  el  bárbaro  jigante. 
Trizó  la  porra  en  átomos  la  cresta, 
morrión,  visera  i  cuanto  halló  delante; 
i  resurtió  de  la  encantada  testa 
mas  que  el  acero  dura  i  que  el  diamante; 
pero  sin  sentimiento  el  moro  queda, 
i  amortecido  por  el  campo  rueda; 


ORLANDO  ENAMORADO  285 


Al  mismo  tiempo  que  también  caía 
con  la  enorme  barriga  barrenada 
Turlon,  i  revolcándose  niujia, 
como  suele  una  res  desjarretada. 
Habíase  retirado  el  Argalía 
por  no  emplear  en  Ferragú  la  espada: 
desmontando,  a  su  hermana  le  encomienda, 
i  entre  los  dos  le  llevan  a  la  tienda, 

Donde,  volviendo  en  sí,  protesta  i  jura 
que  prisionero  ni  será  ni  ha  sido: 
«¿soi  vasallo  de  Carlos  por  ventura 
para  verme  en  sus  pactos  comprendido? 
Enamorado  estoi  do  una  hermosura 
i  a  ganarla  por  armas  he  venido: 
o  me  la  entregas,  o  te  doi  la  muerto: 
la  lid  no  ha  de  acabarse  de  otra  suerte.» 

Turbó  el  ruido  al  duque  Astolfo  el  sueño, 
i  al  fin  le  fuerza  a  que  los  ojos  abra. 
Sale,  i  tomando  el  oficioso  empeño 
de  mediador,  esfuerza  la  palabra. 
Mas  en  el  pecho  esquivo  i  zahareño 
del  español  razón  ninguna  labra: 
ellos  predican,  i  él  se  está  en  sus  trece, 
i  con  los  argumentos  se  enfurece. 

«Insensato,  le  dice  el  Argalía, 
¿no  ves  cuan  desigual  la  lidia  fuera? 
¿Piensas  tener  el  yelmo  todavía, 
{[uc  dejaste  hecho  añicos  allá  afuera? 
O  te  me  rindes,  o  por  vida  mia 
te  mato;  lo  que  el  ¡jes  considera; 
lio  me  provoíiue.s  mas,  que  el  verte  incrmo 
pudiera  al  fin  dejar  de  contenerme.» 

«Si  con  el  yelmo,  el  peto  i  el  escudo 
i  la  loriga  me  faltase  entera, 
tú  armado  como  estás  i  yo  desnudo, 
(responde  Ferragú)  nada  temiera. 
Deja  ([ue  temerario  i  testarudo 
mo  esponga  yo  a  la  suerte  que  me  espera: 
¿qué  te  va  en  ello  a  ti  si  el  riesgo  es  mió? 
Callen  las  etiquetas  i  hable  el  brio.» 


286  POESÍAS 

Parecióle  ya  aquello  demasiado 
al  del  Catai,  que' ardiendo  en  justa  ira, 
cuando  por  uno  a  quien  haber  quitado 
pudo  la  vida,  así  insultar  se  mira, 
salta  al  caballo,  i  dice  demudado: 
«el  que  te  piense  convencer,  delira; 
mas  de  mi  espada  hacer  sabrán  los  filos 
que  aprendas  menos  bárbaros  estilos. 

«Cobra,  pues,  el  corcel,  cobra  el  acero, 
i  ya  que  quieres  combatir,  combate. 
No  pienses  que  cortes,  como  primero, 
por  verle  desarmado  no  te  mate: 
justo  es  que  al  que  de  honor  quebrante  el  fuero, 
cual  malandrin  i  cual  follón  se  trate; 
ven  a  donde  te  dé  la  espada  mia, 
¡salvaje!  una  lección  de  cortesía.» 

Rió  de  esta  amenaza  el  bravo  moro,     . 
como  de  cosa  que  mui  poco  estime, 
i  borrar  anhelando  su  desdoro 
monta  a  caballo  i  el  acero  esgrime. 
«Dame,  le  dice,  la  mujer  que  adoro, 
i  de  este  empeño  mi  valor  te  exime: 
donde  nó,  mozalvete  vagabundo, 
ya  estás  de  viaje  para  el  otro  mundo.» 

No  se  entendió  qué  dijo  el  Argalía; 
la  cólera  a  la  lengua  le  echa  un  nudo. 
Embístense;  cual  yunque  en  herrería, 
suena  a  los  golpes  uno  i  otro  escudo. 
Estar  mirando  el  orbe  parecía 
la  pavorosa  lid  sujspenso  i  mudo. 
Mas  mi  cansada  voz  pide  que  sea 
en  otro  canto  el  fin  de  esta  pelea. 


NOTAS  EXPLICATIVAS  DEL  AUTOR 

1  Orlando  era  tan  famoso  en  las  leyendas  de  la  edad  media  por  sti  castidad 
como  por  su  valor.  En  esta  parte  fué  el  modelo  de  Amadís  de  Gaula. 

2  Paganía  i  mahometismo  eran  sinónimos  en  la  mitolojia  caballeresca  i  en 
la  opinión  jeneral  de  la  edad  media. 


ORLANDO  ENAMORADO 


287 


3  Eli  las  leyendas  caballerescas  no  se  hacia  diferencia  cutre  espanolcs  i 
moros,  i  asi  se  lee  constanlcniente  en  Turpin. 

4  Clarisa,  mujer  do  Reinaldos,  i  Galiana,  princesa  mora  española,  mujer  do 
Carlomagnn, 

5  Brilladoro  era  el  caballo  de  Orlando. 


CANTO  II. 


LAS    JUSTAS 


Do  un  Aristarco  adusto  oigo  el  regaño: 
oponer  en  verso  estúpidas  consejas 
que  deleitaban  a  la  plebe  antaño, 
pero  que  hasta  los  niños  i  las  viejas 
desprecian  hoi,  es  un  capricho  extraño: 
tenemos  delicadas  las  orejas. 
Desatinos  narrar  de  tanto  bulto 
a  nuestra  sabia  edad  es  un  insulto. 

«¿Qué  es  ver  una  princesa  en  medio  el  prado 
con  un  laurel  por  colgadura  i  techo, 
la  orilla  de  un  arroyo  por  estrado, 
i  por  dama  de  honor  a  par  del  lecho 
un  feo  jiganton  desaforado? 
¿Qué  es  ver  un  caballero  que  a  despecho 
del  sentido  común  i  de  Cervantes 
despacha  a  dos  por  tres  cuatro  jigantes?» 

¿I  por  eso  no  mas  pasar  la  esponja 
pretende  usted  a  lo  que  lleve  escritoí* 
Digo  que  son  escrúpulos  de  monja. 
Lo  que  viene  detras  es  lo  bonito; 
lo  de  hasta  aquí  no  vale  una  toronja. 
Si  usted  depone  un  rato  ese  erudito 
fastidio,  i  va  adelante  con  el  cuento, 
cosas  verá  que  le  han  de  d¿u"  contento. 


ORLANDO  ENAMORADO  289 


Verá  usted  jayanazos  de  una  talla, 
que  con  ellos  Golias  fue  un  pigmeo: 
tierras  visitará,  que  no  las  halla, 
aunque  se  despestañe,  en  Ptolomeo: 
verá  esfinjes  i  grifos,  de  que  calla 
el  systema  naturíB  de  Linneo; 
encantados  jardines  a  docenas; 
marabillas,  en  fin,  a  manos  llenas. 

«iQuodcumque  ostendis  viihi  síc.d  ¿I  acaso 
exijo  yo,  molondro,  que  lo  creas? 
Mentir  es  privilejio  del  Parnaso, 
i  BÍ  lo  desconoces,  no  me  leas, 
ni  al  Aríosto,  ni  a  Miltón,  ni  al  Tasso, 
ni  al  gran  cantor  de  Aquíles,  ni  al  de  Eneas: 
estudia  espositores  del  derecho, 

0  toma  tu  compás;  i  buen  provecho. 
I  si  te  place  por  veraz  la  historia, 

sepas  que  cuelli-erguida  i  cari-seria, 
como  la  ves,  su  parla  es  ilusoria, 
i  las  mentiras  por  verdades  feria. 

1  es  lo  peor,  que  siempre  da  la  gloria 
al  poder,  siempre  al  ílaco  la  miseria, 
mas  que  de  pueblos,  de  tiranos  aya: 
al  menos  mi  mentir  es  de  otra  laya. 

De  Ferraguto  i  del  finjido  Uberto 
volvamos,  si  os  parece,  a  la  batalla. 
Son  en  lo  fuerte  iguales  i  en  lo  esperto; 
igual  en  ambos  el  furor  estalla; 
i  si  do  pié  a  cabeza  está  cubierto 
el  Argalía  de  encantada  malla, 
tiene  encantado  el  moro  todo  el  bulto, 
salvo  un  pequeño  lunarcillo  oculto. 

El  que  cruzarse  dos  exhalaciones 
viese,  bañando  el  aire  en  luz  bermeja, 
o  embestirse  dos  líbicos  leones 
con  sacudir  horrendo  de  guedeja, 
pudiera  acaso  de  los  dos  barones 
el  crudo  choque  imajinar.  Semeja, 
de  los  aceros  al  brillante  lampo 
i  raudo  silbo,  estremecerse  el  campo. 
poesías  37 


290  POESÍAS 

Su  espada  el  Argalí  derecha  i  alta 
levanta,  i  luego  atrás  la  echó  lijero, 
hasta  que  ya  a  la  punta  poco  falta 
para  frisar  con  el  arzón  trasero; 
i  en  los  estribos  afirmado,  asalta 
al  moro,  i  un  fendiente  tan  certero 
le  asienta  en  la  mollera  desarmada, 
que  creyó  la  contienda  terminada. 

Pero  como  no  ya  cabeza  rota, 
antes  tan  al  contrario  le  sucede 
que  no  se  ve  de  sangre  ni  una  gota, 
dos  pasos  admirado  retrocede. 
Ferragú  dolorido  se  alborota; 
i  dando  fuerza  al  brazo  cuanta  puede, 
«Veamos,  dice,  ái  la  lid  concluyo, 
i  si  este  acero  corta  mas  que  el  tuyo.» 

I  con  un  altibajo  fulminante 
que  hallara  entrada  en  un  peñasco  alpino, 
la  cabeza  i  el  yelmo  relumbrante 
se  figuró  tajar  como  un  pepino; 
mas  en  un  yelmo  da,  que  no  es  bastante 
ni  a  rasguñarlo  el  filo  damasquino. 
A  su  vez  Ferraguto  se  retira: 
el  asombro  hace  treguas  a  la  ira. 
Suspensa  queda  la  cruel  porfía 
un  rato  breve  en  pausa  silenciosa, 
cual  un  instante  en  borrascoso  dia 
el  viento  calla  en  la  floresta  hojosa. 
El  primero  que  habló  fué  el  Argalía: 
«Quiero,  señor,  que  sepas  una  cosa: 
con  este  arnés  de  hadadas  piezas  hecho 
tu  espada  ni  otra  alguna  es  de  provecho.» 

«Desiste,  pues,  de  un  insensato  duelo 
que  ha  de  traerte  al  fin  mengua  i  bochorno.» 
Responde  el  moro:  «Así  me  salve  el  cielo, 
como  este  escudo  i  malla  i  cuanto  en  tomo 
a  mi  persona  ves,  llevarlo  suelo, 
mas  que  para  defensa,  por  adorno: 
ir  armado  o  desnudo  no  me  importa, 
porque  en  mi  piel  ningún  acero  corta.» 


ORLANDO  ENAMORADO  29t 


«Dame,  pues,  tu  amistad,  i  hágala  firme 
el  parentesco;  que  delirio  estraño 
fuera  con  desventaja  resistirme 
tanta,  i  con  tan  forzosa  afrenta  i  daño. 
Yo  de  aquí  sin  la  dama  no  he  de  irme, 
si  bien  supiera  estar  lidiando  un  año. 
Si  por  esposa  me  la  das,  contigo 
a  estrecha  unión  i  eterna  paz  me  obligo.» 

«Para  que  yo  su  mano  te  ofreciera, 
(dice  Argalía)  tu  valor  te  abona; 
pero  su  gusto  es  condición  primera; 
i  darte  posesión  de  su  persona 
sin  consultarla,  hacer  la  cuenta  fuera, 
como  dice  el  refrán,  sin  la  patrona. 
Veamos  si  te  admite  por  su  dueño; 
si  no  te  admite,  seguirá  el  empeño.» 

Habiendo  el  moro  en  ello  consentido, 
va  el  otro  a  consultarla,  como  es  justo. 
Fué  un  hombre  Ferragú  descomedido, 
¡  de  un  mirar  desapacible,  adusto; 
bronco  en  el  habla,  inculto  en  el  vestido, 
i  que  en  lavarse  hallaba  poco  gusto; 
toda  la  cara  de  bedijas  llena, 
el  pelo  grifo  i  la  color  morena. 

Ella,  que  un  novio  quiere  blanco  i  rubio, 
responde  que  el  galán  no  le  acomoda. 
Derramando  de  lágrimas  diluvio, 
cNo  me  hablen,  dice,  en  semejante  boda. 
Aunque  arda  como  el  Etna  o  el  Vesubio, 
i  aunque  en  dote  me  dé  la  España  toda, 
antes  que  suya,  quiero  verme  muerta, 
o  por  el  mundo  andar  de  puerta  en  puerta. 

«Torna,  pues,  caro  hermano,  por  tu  vida: 
renueva  con  el  moro  la  pelea; 
i  mientras  de  tu  anillo  socorrida 
me  pongo  en  salvo  yo,  sin  que  él  me  vea, 
tú  en  hallando  ocasión  vuelve  la  brida, 
déjale  en  la  estacada,  i  espolea. 
De  las  Ardeñas  tomaré  el  sendero, 
do  juntarme  otra  vez  contigo  espero.» 


292  poesías 

Renuevan  los  barones  la  quimera, 
después  que  el  uno  al  otro  ha  referido 
no  haber  forma  ni  modo  de  que  quiera 
la  niña  recibirle  por  marido. 
Ferraguto  se  obstina,  mate  o  muera, 
en  que  sin  ella  no  ha  de  haber  partido; 
i  ella  sin  mas  ni  mas  tomó  el  portante, 
dejando  en  la  estacada  al  pobre  amante. 

Búscala  con  los  ojos  el  pagano, 
que  siente  en  verla  alivio  a  la  fatiga; 
i  como  a  todos  lados  mira  en  vano, 
no  sabe  lo  que  piense  o  lo  que  diga. 
En  esto  el  otro  aguija  a  Rabicano, 
que  no  hai  hombre  ni  diablo  que  le  siga; 
i  sin  decir  adiós,  hasía  la  vuelta, 
por  el  bosque  se  va  a  carrera  suelta. 

Quieto  se  estuvo  el  moro  en  confianza 
de  que  volviese  luego  el  Argalía. 
Perdiendo  finalmente  la  esperanza, 
de  corazón  a  entrambos  maldecía: 
«Nada  te  librará  de  mi  venganza, 
dice:  tu  necia  hermana  ha  de  ser  mía 
a  tu  pesar,  siquiera  la  mas  honda 
sima  de  los  infiernos  os  esconda.» 

Impaciente,  iracundo,  enfurecido, 
hinca  las  dos  espuelas,  i  lijero 
parte  en  pos  del  cobarde,  mal  nacido, 
(que  tal  le  juzga)  indigno  caballero, 
i  de  la  que  a  su  amor  ha  respondido 
con  desden  tan  esquivo  i  altanero. 
Recorre  el  campo,  en  las  cabanas  entra, 
anda  de  bosque  en  bosque,  a  nadie  encuentra. 

Astolfo,  en  tanto,  que  la  lid  miraba, 
al  ver  que  uno  en  pos  de  otro  a  gran  carrera 
se  alejaba  del  campo,  i  que  no  estaba 
tampoco  allí  la  hermosa  carcelera, 
a  la  fortuna  muchas  gracias  daba 
de  hallarse  libre  cuando  no  lo  espera. 
Plazo  no  quiere  dar  a  su  ventura: 
vístese  a  toda  prisa  la  armadura. 


ORLANDO  ENAMORADO  203 


Quebrárase  la  lanza  al  paladino 
en  el  pasado  encuentro,  i  arrimada 
mira  por  dicha  suya  a  un  verde  pino 
la  del  finjido  Uberto,  la  encantada, 
la  invencible,  cubierta  de  oro  fino, 
i  de  bellas  labores  entallada: 
tómala  sin  saber  lo  que  encubria, 
pensando  a  su  señor  volverla  un  dia. 

Mientras  lleno  de  júbilo  espolea, 
cual  cautivo  a  la  luz  restituido, 
quiere  la  suerte  que  a  Reinaldos  vea, 
i  a  relatarle  va  lo  sucedido. 
Reinaldos,  que  del  mismo  pié  cojea 
que  Orlando  i  Ferraguto,  ha  decidido 
ir  de  los  fujitivos  en  alcance: 
quiere,  hasta  verle  el  fin,  jugar  el  lance. 

Tanto  el  amor  le  trae  al  retortero, 
que  sin  tornar  palabra  al  del  Leopardo 
vuelve  la  brida,  el  estrellado  acero 
hincando  en  los  hijares  a  Bayardo. 
Parte  cual  rayo  el  animal  lijero, 
i  óyese  motejar  de  flojo  i  tardo. 
De  los  gustos  del  amo  poco  sabe, 
i  de  las  penas  gran  porción  le  cabe. 

Llega  en  tanto  a  Paris  el  rozagante 
duque,  i  aun  no  ha  desabrochado  el  peto, 
cuando  en  su  estancia  entró  el  señor  de  Anglante,* 
pidiendo  nuevas  del  amado  objeto: 
«¿Dónde  queda  ese  moro  petulante? 
¿Dónde  el  de  Montalban?»  pregunta  inquieto. 
Donosamente  Astolfo  desembucha: 
impaciente,  anhelante,  Orlando  escucha. 

I  al  entender  que  es  ida  la  doncella, 
i  que  el  hermano  huyendo  se  retira, 
i  Ferragú  i  Reinaldos  van  tras  ella, 
al  duque  con  torcidos  ojos  mira. 
Reniega  de  sí  mismo  i  de  su  estrella; 
abatido  después  jime,  suspira; 
repélase  las  barbas,  rompe  en  llanto. 
¡Que  en  alma  tal,  amor  pudiese  tanto! 


294  POESÍAS 

En  la  cama  arrojándose,  decia: 
«¡Tiránica  pasión,  que  a  nada  cede, 
i  se  ahonda  en  el  alma  cada  día, 
i  no  hai  solaz,  no  hai  gusto  que  no  acede! 
¿Qué  disputado  prez,  qué  nombradla, 
qué  aplauso  humano  contentarme  puede? 
Lides,  adiós!  adiós,  mi  noble  espada! 
La  existencia  de  Orlando  es  acabada. 

«¡Oh,  si  diese  a  mis  ansias  refrijerio 
mi  adorada  beldad!  ¡si  coronara 
mi  amorosa  pasión!  por  el  imperio 
de  la  tierra  mi  dicha  no  trocara. 
Pero  si  para  eterno  vituperio 
del  nombre  mió,  está  mi  prenda  cara 
destinada  a  otro  dueño  ¡inicua  suerte! 
nada  te  pido  ya,  sino  la  muerte. 

«¿Qué  puedo  hacer?  El  corazón  desmaya, 
desigual  a  tan  bárbaro  suplicio: 
entre  tinieblas  vivo,  en  que  no  raya 
de  una  esperanza  el  mas  remoto  indicio. 
I  para  que  tormentos  nuevos  haya, 
i  en  mis  desvelos  dé  al  través  el  juicio, 
osa  el  de  Montalbano  i  osa  el  Moro 
(maldición!)  disputarme  mi  tesoro. 

«Tras  ella  van,  como  en  el  bosque  umbrío 
da  caza  el  tigre  a  pávida  corcilla; 
i  mientras  el  amado  dueño  mió 
corre  peligro  tanto,  yo  (¡mancilla 
eterna  a  mi  valor!)  sin  albedrío, 
sin  alma,  con  la  mano  en  la  mejilla, 
como  flaca  mujer,  me  quejo  al  cielo, 
i  busco  en  necias  lágrimas  consuelo. 

«Si  morir  desamado  es  a  la  postre 
la  recompensa  que  a  mis  penas  cabe, 
¿por  qué  dejar  que  así  este  afán  me  postre, 
i  que  mi  fama  en  ignorancia  acabe? 
Salga  yo,  i  por  mi  dama  el  mundo  arrostro, 
que  mas  dulce  en  la  lid  la  muerte  sabe, 
i  un  piadoso  mirar  de  mi  señora 
felicísima  hará  mi  última  hora.» 


ORLANDO  ENAMORADO  295 


Así  diciendo  de  la  cama  salta, 
que  no  hai  en  ella  alivio  a  su  congoja: 
tropa  de  pensamientos  mil  le  asalta; 
ora  esto,  ora  aquello  se  le  antoja: 
como  el  enfermo  a  quien  el  sueño  falta, 
no  puede  sosegar,  todo  le  enoja. 
Mas  llegada  que  fué  la  sombra  oscura, 
viste  escondidamente  la  armadura. 

Rojo  sacó  el  pavés,  desnudo  i  liso; 
mudó  yelmo,  cimera,  armas  i  traje; 
i  en  cabalgando  a  Brillador,  no  quiso 
escudero  llevar,  doncel  ni  paje. 
Deja  a  París;  dejara  el  paraíso 
por  el  horror  de  un  páramo  salvaje; 
i  se  encamina  entre  dudosas  señas, 
tras  la  beldad  que  adora,  a  las  Ardeñas. 

Tres  caballeros  van  a  la  ventura: 
el  conde  Orlando,  senador  romano, 
Ferraguto,  el  de  torva  catadura, 
i  el  ínclito  barón  de  Montalbano. 
I  en  tanto  Carlomagno,  que  apresura 
las  anunciadas  justas,  llama  a  Gano, 
a  Salomón,  Ricarte,  Naimo  el  viejo, 
i  a  todos  los  demás  de  su  consejo. 

Manda  que  armado  a  espada  i  lanza  venga 
el  caballero  que  justar  quisiere, 
i  mientras  en  la  silla  se  sostenga, 
a  todos  los  demás  bizarro  espere; 
i  que  una  bella  rosa  en  premio  obtenga 
el  que  de  nadie  derribado  fuere: 
una  rosa  de  perlas,  en  memoria 
do  la  feliz,  pacífica  victoria. 

Todos  este  decreto  confirmaron, 
como  a  la  antigua  usanza  conveniente, 
i  por  toda  Paris  lo  promulgaron 
cuarenta  reyes  de  armas  a  la  jente. 
Caballos  i  lorigas  se  aprestaron, 
blasones  i  divisas  juntamente; 
i  Serpentino,  el  español  guerrero, 
nombrado  fué  mantenedor  primero. 


►96  POESÍAS 

Jamas  sacó  la  Aurora  igual  tesoro 
de  alegre  luz  al  mundo  alborozado. 
Carlos  entró,  con  imperial  decoro, 
en  la  festiva  plaza,  desarmado, 
sobre  un  caballo  que  era  un  ascua  de  oro, 
en  la  derecha  el  cetro,  espada  al  lado, 
escoltándole  en  vez  de  alabarderos 
condes,  barones  i  altos  caballeros,  i 

lié  aquí  que  Serpentín  sale  a  la  arena 
en  ricas  galas  i  en  arnés  I  umbroso: 
un  melado  corcel  rije  i  sofrena, 
que  en  los  traseros  pies  se  alza  brioso; 
los  hierros  tasca,  que  de  espuma  llena, 
i  cual  si  le  viniese  estrecho  el  coso 
i  a  su  pesar  sufriese  freno  i  cincha, 
vuélvese  inquieto  i  las  narices  hincha, 

I  bien  le  semejaba  en  el  denuedo 
el  caballero  que  sobre  él  venia, 
que  en  activo  ademan  i  rostro  acedo 
parece  que  a  la  tierra  desafia. 
Señálale  la  jente  con  el  dedo, 
su  destreza  alabando  i  gallardía, 
i  de  una  en  otra  boca  se  derrama 
de  su  linaje  i  su  valor  la  fama. 

Luciente  en' el  escudo  reverbera 
estrella  de  oro  en  campo  azul  celeste, 
conforme  en  los  colores  la  cimera, 
como  la  recamada  sobreveste. 
I  porque  hablar  de  todas  largo  fuera, 
no  hai  pieza  que  gran  suma  no  le  cueste: 
ricas  piedras  llevaba  a  centenares 
en  las  orlas,  hebillas  i  alamares. 

Luego  que  el  coso  paseado  tiene, 
calando  la  visera  hace  que  rompa 
la  esperada  señal  el  aire,  i  suene 
marcial  clarín  i  retadora  trompa. 
Gran  multitud  de  justadores  viene 
con  larga  comitiva  i  rica  pompa 
de  jóvenes  donceles  i  de  pajes: 
bate  el  viento  una  selva  de  plumajes. 


ORLANDO  ENAMORADO  297 


Sale  al  campo  Anjelino  de  Burdeos 
trayendo,  en  indio  2  fondo,  blanca  luna; 
gran  maestro  do  justas  i  torneos, 
que  añadir  quiere  a  cien  victorias  una: 
diviértese  en  hacer  caracoleos, 
como  quien  cierto  está  do  su  fortuna, 
i  muestra  luego  a  Serpentín  la  frente: 
embisten  ambos  denodadamente. 

I  do  el  escudo  al  yelmo  está  vecino 
le  dio  el  cristiano  al  moro  en  la  cabeza. 
Doblóse  tanto  cuanto  Serpentino, 
pero  con  doble  aliento  se  endereza: 
el  otro  al  suelo  por  las  ancas  vino, 
i  fué  rodando  no  pequeña  pieza; 
i  viva  el  moro  i  Serpentino  viva, 
en  alta  se  oye  aclamación  festiva. 

¡Oh  cómo  Balugante  se  abandona 
al  gozo,  oyendo  el  popular  saludo 
a  su  hijo  amado!  Con  real  corona 
llegó  un  anciano,  a  escaques  el  escudo: 
Salomón  era,  el  rei  de  la  bretona 
jente,  i  un  bayo  monta  cernejudo. 
Serpentino  acomete  como  un  rayo, 
i  van  por  tierra  Salomón  i  el  bayo. 

Ricarte  luego,  haciéndose  adelante, 
magnífico  señor  de  Normandía, 
que  lleva,  en  fondo  arjen,  león  rampante, 
i  cabalga  una  hermosa  yegua  pia, 
al  hijo  arremetió  de  Balugante, 
i  en  el  pavés  de  arábiga  ataujía 
tal  bote  recibió,  que  en  raudo  vuelo 
baja,  las  plantas  levantando  al  cielo. 

Echa  Astolío  a  su  lanza  entonces  mano 
(digo,  a  la  que  tomó  de  junto  al  pino), 
trayendo  en  escarlata  el  anglicano 
leopardo  de  oro;  mas  ¡duro  destino!, 
hubo  de  tropezar  el  buen  roano, 
i  no  pudo  evitar  el  paladino 
venir  a  tierra,  con  tan  mal  suceso 
que  al  diestro  pié  se  le  disloca  un  hueso. 


298  POESÍAS 

Sintieron  mucho  todos  este  acaso, 

i  Serpentino  mas,  según  sospecho, 
que  con  fatiga  i  con  peligro  escaso 
el  derribarle  daba  ya  por  hecho. 
A  mal  agüero  tuvo  Astolfo  el  caso, 
i  llevar  se  hace,  renqueando,  al  lecho, 
do  el  hueso  le  ajustó  con  mano  lista 
i  con  potente  ensalmo  un  aljebrista. 

Urjel  danés  en  tanto  la  visera 
para  medirse  con  el  moro  cala, 
llevando  su  famosa  empresa,  que  era 
en  campo  gules  arjentada  escala: 
un  basilisco  de  oro  en  la  cimera 
por  ojos  de  diamantes  fuego  exhala. 
El  lomo  oprime  de  un  frisen  que  al  Elba 
afeitó  el  prado  i  sacudió  la  selva. 

De  las  trompetas  al  sonoro  canto 
enristran  uno  i  otro  los  lanzones: 
temblar  la  tierra  pareció  de  espanto 
al  recio  choque  de  los  dos  barones; 
pero  a  su  bote  Urjel  dio  empuje  tanto, 
que  Serpentino,  alzando  los  talones, 
precipitado  por  las  ancas  baja, 
i  el  yelmo  de  oro  entre  la  arena  encaja. 

Así  quedaba  Urjel  d-el  campo  dueño; 
mas  Balugante  de  furor  se  enciende, 
i  su  propio  peligro  en  el  empeño 
de  dar  venganza  al  hijo  desatiende: 
viene  a  la  lisa  con  airado  ceño, 
i  por  la  grupa  a  su  pesar  desciende: 
tras  el  cual  láolero  entra  en  el  coso, 
de  Ferraguto  hermano  valeroso. 

Llevaba  en  el  pavés  dorada  barca 
que  en  verdes  aguas  los  costados  moja: 
disparando  el  bridón,  el  fuste  abarca, 
e  impetuoso  contra  Urjel  se  arroja; 
mas  el  bravo  señor  de  Dinamarca' 
a  Isoler  de  la  silla  desaloja, 
que  de  la  noble  lanza  al  golpe  esquivo 
sin  sentido  cayó  i  apenas  vivo. 


ORLANDO  ENAMORADO  209 


Gualter  de  Mauleon  de  roja  escama 
mostraba  en  campo  de  oro  una  serpiente; 
i  luego  que  también  tuvo  por  cama 
la  tierra:  tt¿Lidiarémos  locamente 
los  de  una  misma  lei?»  Urjel  esclama: 
«moros  ¿dó  estáis,  que  no  os  hacéis  al  frente? 
Con  vosotros  habérmelas  espero, 
no  con  ningún  cristiano  caballero.» 

El  valiente  Espinela  de  Almería, 
que  una  palma  llevaba  por  emblema, 
con  este  mote  en  español  es  mía, 
oyendo  a  Urjel  de  cólera  se  quema, 
i  corre  a  castigar  su  altanería; 
pero  el  bravo  danés  con  mucha  flema 
la  furia  de  Espinel  sosiega  i  calma, 
a  despecho  del  mote  i  de  la  palma. 

Entonces  Matalista,  gran  sujeto, 
hermano  de  la  hermosa  Flordespina, 
vengar  pretende  el  temerario  reto, 
i  al  danés,  lanza  en  ristre,  se  encamina,    - 
diciendo  en  baja  voz  a  Mahometo 
que,  si  no  es  un  embuste  su  doctrina, 
lo  muestre  allí,  i  a  sostenerle  salga; 
pero  no  hai  Mahometo  que  le  valga. 

Ni  con  mas  dicha  el  cordobés  Garfaño 
justó:  llevaba  en  negro  blanca  torre, 
i  cabalgaba  un  pisador  castaño, 
que  ya  sin  dueño  por  el  campo  corre. 
Grandonio  llega,  feo  bulto,  extraño: 
ahora,  Urjel,  si  el  cielo  no  te  acorre, 
en  gran  peligro  estás,  que  el  mundo  entero 
animal  no  crió  mas  bravo  i  fiero. 

Sobre  un  negro  pavés  lleva  el  jigante 
esculpido  un  Mahoma  horrendo  de  oro; 
monta  un  frisen  que  es  casi  un  elefante, 
i  escarba  el  suelo  i  muje  como  un  toro. 
Múdase,  en  verle,  a  todos  el  semblante; 
todo  cristiano  teme  i  todo  moro: 
el  conde  Gano  entre  las  filas  pasa 
diciendo  que  está  malo  i  se  va  a  casa. 


300  poesías 

Lo  mismo  hizo  Macario  de  Lausana, 
Falcon  i  Pinabelo  i  otros  ciento: 
el  de  Altarripa  dijo,  Jiasta  mañaiía; 
a  unos  ofende  el  sol,  a  otros  el  viento: 
solo  de  aquella  pérfida  i  villana 
casta  quedó  Grifón;  ora  de  intento, 
ora  de  empacho;  o  desacuerdo  sea, 
o  que  escurrirse  a  los  demás  no  vea. 

Corriendo  en  tanto  el  jiganton  disforme 
*todo  el  recinto  por  do  pasa  atruena, 
como  un  torrente  que  el  invierno  forme, 
i  ya  ni  tajamar  ni  dique  enfrena: 
el  gran  caballo  bajo  el  peso  enorme 
se  hunde  i  casi  se  atasca  entre  la  arena; 
quebranta  en  su  carrera  los  peñascos, 
i  hace  temblar  la  tierra  con  los  cascos. 

Con  el  danés  cerró  el  jayán  cruel, 
i  en  el  escudo  le  metió  el  lanzon: 
menudas  piezas  lo  hace,  i  de  tropel 
a  tierra  van  caballo  i  campeón. 
Acorre  el  duque  Naimo  al  pobre  Urjel, 
que  apenas  puede  articular  razón: 
([uedó  de  la  caida  asaz  maltrecho, 
i  en  todo  un  mes  no  estuvo  de  provecho. 

Cual  corre  ufano  el  toro  por  la  plaza 
después  que  al  lidiador  de  mas  denuedo 
herido  deja,  i  nadie  le  embaraza, 
i  a  todos  tiene  en  talanquera  el  miedo, 
tal  el  jigante  bufa  i  amenaza. 
Sale  (i  fuera  mejor  estarse  quedo) 
Turpin  el  arzobispo,  i  viene  abajo 
como  un  despatarrado  renacuajo. 

Sale  Grifón,  el  magancés  villano, 
i  avínole  en  el  polvo  hundir  la  cresta. 
«¡Flor  de  la  cristiandad!  dice  el  pagano 
con  mucha  sorna:  ¿qué  cachaza  es  esta? 
¿Quién  se  presenta  ahora?  Mui  temprano, 
a  lo  que  veo,  os  enfadó  la  fiesta.» 
Embiste  Guido  el  borgoñon,  que  trae 
en  verde  un  avefénix  de  oro,  i  cae. 


ORLANDO  ENAMORADO  301 


I  no  mas  venturoso  es  Anjilcro, 
que  lleva  en  gules  tres  palomas  blancas: 
Avino,  Abolió,  Olon  i  Bellcnguero 
Be  apea  uno  Iras  otro  por  las  ancas: 
Beltran,  que  estatua  pareció  de  acero, 
abierto  cae  de  brazos  i  de  juaneas; 
i  Jeraldo,  aunque  gordo,  al  suelo  vino 
haciendo  con  los  pies  un  remolino. 

Sobre  un  tostado  palafrén  volvía 
Astolfo,  i,  aunque  sano  de  la  tumba, 
sin  armas,  no  creyendo  que  este  dia 
mostrarse  en  ellas  otra  vez  le  incumba, 
del  cortesano  i  del  galante  hacia, 
con  ciertas  damas  que  le  daban  zumba; 
cuando  Grandonio  de  un  terrible  bote 
descabalgaba  al  asturiano  Argote. 

Hizo  volar  de  Mugon  yelmo  i  peluca; 
que  fué  cosa  de  risa  i  de  deporte. 
Al  viejo  Naimo  por  un  tris  desnuca: 
moteja  a  Carlomagno  i  a  la  corte. 
I  Carlos,  como  nadie  le  retruca, 
no  sabe  de  que  modo  se  reporte, 
i  ya  apenas  su  cólera  disfraza, 
cuando  llega  Oliveros  a  la  plaza. 

Parece  que  mas  claro  luce  el  dia, 
i  que  la  cristiandad  su  rostro  enhiesta. 
Rico  de  galas  el  marques  venía, 
con  yelmo  de  oro  i  blanca  sobrevesta. 
Salúdanle  las  jentcs  a  porfía, 
i  quién  al  uno  i  quién  al  otro  apuesta. 
Suena  la  trompa,  i  blandeando  avanza 
el  jigante  soez  su  gruesa  lanza. 

Al  duro  choque  van  de  tal  manera 
que  no  hai  lengua  mortal  que  lo  relate: 
cada  cual  premedita  i  delibera 
o  matar  al  contrario  o  que  él  le  mate. 
Helos  ya  en  la  mitad  de  la  carrera: 
toda  voz  calla,  i  todo  pecho  late. 
Empínase  Oliveros  cuanto  alcanza, 
i  al  monstruo  en  el  escudo  hunde  la  lanza. 


302  poesías 

De  siete  gruesas  planchas  fué  el  escudo: 
pasólas  la  lanzada  todas  siete, 
i  rota  la  coraza  en  el  nervudo 
pecho  del  enemigo  el  hierro  mete. 
Pero  Grandonio  en  la  cabeza  un  crudo 
golpe  le  da;  quebrántale  el  almete, 
i  descabalga  al  campeón  de  Francia, 
haciéndole  rodar  a  gran  distancia. 

A  la  vista  del  yelmo  hecho  pedazos 
pensaron  todos  que  le  hubiese  muerto: 
Carlos  corrió,  i  al  desatar  los  lazos 
de  la  armadura  hallóle  casi  yerto. 
Sacaron  al  marques  del  sitio  en  brazos, 
i  una  semana  fué  el  sanarle  incierto, 
sintiendo  Carlos  mucho  el  accidente, 
que  a  Oliveros  amaba  tiernamente. 

¡Válame  Dios,  i  lo  que  echó  de  fieros, 
de  pullas  el  jayán  i  de  bravatas! 
a¿No  queda  ya,  decia,  otro  Oliveros 
que  quiera  por  el  suelo  andar  a  gatas? 
¡Oh  danzarines,  mas  que  caballeros! 
venid  por  glorias  que  os  las  doi  baratas. 
¡Oh  valiente,  oh  sin  par  Tabla  Redonda, 
cuando  no  hai  nadie  aquí  que  le  responda!» 

Bufando  de  vergüenza  Carlomano, 
«¿Somos  o  nó  franceses?,  vocifera: 
¿ha  de  llevarse  el  prez  este  pagano, 
i  entre  mis  pares  hai  quien  lo  tolera? 
¿Qué  es  de  ese  perillán  de  Montalbano? 
¿Ese  babieca  de  Roldan  qué  espera? 
¿Se  premiará  con  menos  que  un  dogal 
plantarme  de  este  modo,  a  tiempo  tal?» 

«Presto  verán  si  soi  un  rei  de  palo, 
i  si  mi  autoridad  echo  en  olvido.» 
Tanto  se  prolongaba  el  intervalo, 
que  Astolfo  se  creyó  comprometido: 
«Probemos  de  Grandonio  el  varapalo, 
i  sea  lo  que  Dios  fuere  servido,» 
entre  sí  dice;  i  como  el  caso  apura, 
vístese  incontinenti  la  armadura. 


ORLANDO  ENAMORADO  303 


Aunque  con  pocas  esperanzas  iba 
de  salir  mui  airoso  de  este  lance, 
propio  creyó  de  su  lealtad  nativa 
servir  a  su  señor  a  todo  trance. 
Está  el  concurso  en  grande  espectativa; 
i  al  ver  de  Astolfo  el  no  esperado  avance, 
con  solapada  risa  en  mas  de  un  corro 
se  oye  decir:  «¡Pardiez!  bravo  socorro!» 

El  noble  ducjue  en  ademan  sumiso 
ante  el  mohíno  emperador  se  agacha: 
«Dame,  le  dice,  de  justar  permiso; 
quiero  el  honor  francés  dejar  sin  tacha.» 
Carlos,  que  en  vano  disuadirle  quiso, 
«Ve,  dice,  ¡por  amor  de  Dios,  despacha!» 
I  añade  a  media  voz  mirando  en  torno: 
«No  nos  faltaba  mas  que  este  bochorno.» 

Reconocido  a  tan  benigna  audiencia 
corre  Astolfo  al  jayán,  i  le  reprocha 
su  avilantez  i  bárbara  insolencia, 
i  con  punzantes  dichos  le  agarrocha. 
Pero  ya  es  tiempo,  si  otorgáis  licencia, 
de  dar  nuevos  colores  a  la  brocha: 
cobre  alientos  la  exhausta  fantasía, 
para  reanimar  la  historia  mia. 


NOTAS  EXPLICATIVAS  DEL  AUTOR 

1  Se  dio  este  título  a  Orlando  por  el  señorío  de  la  ciudad  de  Anglante,  he- 
redado do  su  padre  Milon. 

2  En  los  libros  de  caballería,  significa  azul. 

3  Urjel  de  Dinamarca  o  Urjel  danés  es  el  mismo  que  se  llama  en  nuestros 
romances  viejos,  Marques  de  Mantua. 


CANTO  III. 


EL  BOSQUE  DE  LAS  ARDENAS 


Es  el  juzgar  con  tino  cosa  rara, 
i  mas,  de  lo  distante  i  de  lo  oculto; 
que  si  en  materia  a  veces  simple  i  clara, 
i  que  delante  vemos  i  de  bulto, 
ilusiones  que  nadie  sospechara 
sacan  de  quicio  a  un  pensamiento  adulto, 
¿qué  tiene  de  difícil  o  de  extraño, 
de  lejos  i  entre  sombras  el  engaño? 

Cumple  juzgar  con  reflexión  madura 
que  a  nuestra  mente  limitada  alumbre; 
i  no,  tras  una  débil  conjetura, 
dejarnos  ir,  siguiendo  una  vislumbre: 
cosa  que  en  muchas  partes  la  Escritura 
condena  como  pésima  costumbre, 
porque  hace  a  la  jineta  andar  los  cascos, 
i  da  a  los  hombres  infinitos  chascos. 

Lo  cual  proviene  (como  nadie  ignora 
que  haya  leído  a  Condillac  i  a  Locke) 
de  que  el  alma,  embestida,  a  cada  hora, 
de  objetos  mil,  no  los  ensaya  al  toque 
de  una  análisis  escudriñadora 
que  todo  lo  averigüe,  observe,  toque, 
cale,  rejistre,  husmee,  persiga,  atrape, 
de  manera  que  nada  se  le  escape. 


ORLANDO  ENAMORADO  305 


Inobservado  un  mínimo  accidento, 
sucederá  que  del  nivel  se  aparto 
de  la  razón  el  hombre  que  no  cuento 
con  él,  o  como  inútil  lo  descarto: 
a  quo  se  agrega  este  otro  inconveniento, 
que  si  a  la  observación  no  ayuda  el  arte 
del  raciocinio,  todo  cuanto  apaña 
la  mente,  en  vez  de  aprovechar,  le  daña. 

Al  presentarse  Astolfo  en  el  palenque, 
¿imajinarse  puede  que  resista 
aquel  garzón  pulido,  muelle,  enclenque, 
a  un  corpulento  jiganton?  Que  embista, 
es  demasiado  ya;  que  venza,  ¿quien  quo 
tenga  razón,  i  sobre  todo,  vista, 
no  pensará  que  en  lo  imposible  toca? 
Pues  todo  el  que  lo  piensa  se  equivoca. 

Fiaos,  pues,  de  autoridad  tan  vana: 
venga  contra  este  ejemplo,  i  argumente, 
i  filosofe  el  sabio  hasta  mañana. 
Hai  en  la  vida  una  fatal  pendiente 
en  que  gravita  la  razón  humana 
hacia  lo  insustancial  i  lo  aparente, 
i  en  la  ilusión  encuentra  su  elemento. 
Ya  basta  de  sermón;  vamos  al  cuento. 

Oye  el  jayán  soberbio  al  arriscado 
paladin,  i  se  abrasa  en  rabia  loca, 
como  quien  cree  que  el  ser  desvergonzado 
es  cosa  que  tan  solo  a  el  le  toca. 
«Acaba,  charlatán,»  dice  enfadado; 
a  su  contrario  cada  cual  se  aboca: 
Astolfo,  que  otra  lanza  no  tenia, 
blando,  ya  lo  sabéis,  la  de  Argalía. 

aVerás  como  te  ensarto  por  la  punta, 
dice  el  jayán,  menguado  lechuguino.» 
El  mismo  Astolfo  algún  desmán  barrunta, 
i  confosara,  a  lo  que  yo  imajino, 
si  hacérsele  pudiese  la  pregunta, 
quo  el  jayán  no  iba  fuera  de  camino. 
Embiste,  empero,  denodado,  i  solo 
a  un  tiento  do  la  lanza  derribólo. 
poesías  29 


306  POESÍAS 

El  que  viese  a  una  torre  apuntalada 
con  picos  i  hachas  demoler  la  base, 
i  hacer  que  los  puntales  que  apoyada 
la  tienen,  poco  a  poco  el  fuego  abrase, 
i  con  súbito  estruendo  desplomada 
el  campo  henchir  de  escombros  la  mirase, 
figurarse  pudiera  el  repentino 
fragor  con  que  Grandonio  a  tierra  vino. 

Sonó  como  un  arcon  que  de  armas  llena 
desde  algún  alto  mirador  cayera. 
Mudo  ha  quedado,  i  cual  de  vida  aj,cno^ 
el  campo  todo,  cuan  estenso  era. 
Ven  rendido  en  la  tierra  al  sarraceno, 
i  hubo  quien  a  sus  ojos  no  creyera. 
Carlomagno  lo  mira  i  lo  remira, 
i  lo  tiene  por  sueño  i  por  mentira. 

Como  Grandonio,  al  ser  descabalgado-, 
cayese  por  la  mano  de  la  rienda, 
el  ancha  grieta  que  en  aquel  costado 
le  abrió  el  marques,  una  laguna  horrenda 
hizo  de  sangre.  Asístele  un  criado, 
i  en  árabe  a  Mahoma  lo  encomienda, 
pues  tanto  era  profunda  aquella  herida 
que  a  poco  mas  costárale  la  vida. 

Campeaba  el  ingles  en  muestra  ufana, 
cuando  se  ven  llegar  con  rejia  enseña 
dos  caballeros  de  nación  pagana. 
Feo  i  de  catadura  zahareña, 
montaba  el  uno  dellos  negra  alfana, 
cuatralba,  velocísima,  extremeña: 
es  Felixmarte,  reí  de  los  Algarbcs, 
famoso  entre  los  príncipes  alarbes. 

El  otro  infante,  a  la  francesa  corte 
recien  venido,  Ormundo  se  nombraba, 
joven  de  blanca  tez  i  bello  porte, 
cuya  estirpe  real  señoreaba 
de  la  Tartaria  lo  que  mira  al  norte, 
i  la  Albarrosia  i  cuanto  el  Volga  lava. 
Nada  vale  el  denuedo,  nada  ol  arte: 
muerden  el  polvo  Ormundo  i  Felixmarto. 


Oulanüo  enamorado  307 


Pero,  mientras  la  lanza  prodijiosa 
derriba  cuanto  encuentra  por  delante, 
i  llora  Carlomagno  I  le  rebosa 
de  inesperado  júbilo  el  semblante, 
i  de  tan  nueva  i  tan  extraña  cosa 
estupefacto  el  vulgo  circunstante, 
ya  enmudecido  al  noble  duque  otea, 
ya  estrepitoso  aplaude  i  victorea; 

Al  conde  Gano  el  caso  notifica 
un  paje,  que  partió  como  un  venablo 
a  darle  cuenta.  Galalon  replica: 
«Si  borracho  no  estás,  lléveme  el  diablo.» 
El  paje  se  le  afirma  i  ratifica, 
jurando  por  San  Pedro  i  por  San  Pablo 
que,  con  sus  propios  ojos,  de  la  tela 
vio  sacar  a  Grandonio  en  parihuela; 

Tanto  que  Gano  al  fin  tragó  la  cosa; 
i  como  se  le  acuerda  que  él  es  Gano, 
i  materia  no  cree  dificultosa 
darle  gato  por  Hebrea  Carlomano, 
resuelve  entrar  en  Sanza,  i  a  la  rosa 
o  por  fas  o  por  nefas  echar  mano: 
cuanto  mas,  que  una  justa  con  Astolfo 
no  era  pedir  cotufas  en  el  golfo. 

Catorce  condes  Galalon  apresta, 
i  llévalos  a  todos  de  reata: 
con  gran  prosopopeya  va  a  la  fiesta, 
i  de  lucir  la  pei-sonilla  trata. 
Llegado  a  Carlomagno,  le  protesta 
con  voz  melillua  i  cara  mojigata 
que  haber  venido  a  tales  horas  sien  le, 
mas  que  en  servicio  suyo  ha  estado  ausento. 

Dudo  que  Carlos  le  creyese;  empero 
atención  le  prestó  benigna  i  leda. 
Gano  diputa  al  duque  un  mensajero 
diciéndole  que  entre  ellos  (si  no  queda 
algún  otro  pagano  caballero) 
a  terminar  la  justa  se  proceda; 
i  que  viene  tan  guapo  i  tan  lucido, 
porque  hacerle  desea  honor  cumplido. 


308  ,  POESÍAS 

«Mira,  repuso  Astolfo  (la  paciencia 
no  ora  su  fuerte) :  le  dirás  a  Gano 
que  no  liallo  entre  él  i  un  turco  diferencia; 
que  yo  siempre  le  tuve  por  pagano, 
hombre  sin  lei,  sin  alma  i  sin  conciencia; 
que  venga,  i  llevará  una  buena  mano; 
i  que  con  su  privanza  i  su  guapura 
le  estimo  en  lo  que  a  un  saco  de  basura.» 

Oyendo  el  conde  Gano  tanto  ultraje, 
apela  a  su  jenial  filosofía: 
finje  reír  de  lo  que  dice  el  paje. 
«Tiene  el  ingles  gracioso  humor,  decía: 
todo  blandura  el  exterior  visaje; 
toda  el  alma  rencor  i  felonía. 
Verás,  dice  entre  dientes,  casquivano, 
si  es  saco  de  basura  el  conde  Gano.» 

Hincando  a  su  bridón  el  acicate, 
dispara  contra  Astolfo,  cual  saeta. 
«Pagarásmela,  dice,  botarate.»  ' 

Pero  el  buen  Galalon  no  era  profeta. 
También  Astolfo  las  espuelas  bate, 
i  los  hijares  al  roano  aprieta; 
i  a  Galalon  tocando  con  la  lanza, 
le  hace  en  el  barro  hundir  la  oronda  panza. 

¿Visteis  talvez  un  figurón  de  paja, 
tirado  al  cielo,  revolver  liviano, 
i  el  jesto  imperturbable  con  que  baja, 
i  caído,  no  mueve  pié  ni  mano? 
Pues  ninguna  o  poquísima  ventaja 
le  lleva  en  el  caer  el  conde  Gano. 
A  levantarle  el  bando  infiel  venía, 
mientras  Macario  al  duque  arremetía. 

Este  de  Galalon  era  pariente, 
i  acompañóle  al  punto  en  el  desaire. 
Pinabcl,  de  la  misma  infame  jentc, 
alzar  también  las  piernas  quiso  al  aire: 
satisfízole  Astolfo  cortcsmento, 
i  echóle  a  tierra  con  jcntil  donaire; 
bien  que  el  traidor,  después  que  estuvo  abajo, 
no  mostró  agradecer  el  agasajo. 


ORLANDO  ENAMORADO  301) 


Que  Astolfo  ciertamente  el  prez  alcanza 
ya  por  el  campo  todo  no  susurra. 
«¿No  queda,  campeones  de  Maganza, 
dice  el  ingles,  quien  a  la  lid  concurra? 
Venid,  amigos,  a  probar  mi  lanza; 
venid,  que  yo  os  prometo  linda  zurra.» 
Esmeril,  provocado  de  este  insulto, 
sale,  i  también  da  en  tierra  con  el  bulto. 
Pero  Falcon,  que  a  todo  está  presente, 
pensó  con  una  treta  alzar  la  baza: 
en  apartado  sitio,  conveniente 
a  poner  en  efecto  lo  que  traza, 
se  hizo  a  la  silla  atar  bonitamente 
con  gruesas  cuerdas,  i  volvió  a  la  plaza. 
Astolfo  vino  sin  sospecha,  i  trajo 
la  mejor  voluntad  de  echarle  abajo. 

I  con  la  lanza  del  astil  dorado 
dióle  un  golpe  tal  cual  en  la  cabeza. 
Entre  caigo  i  no  caigo  el  amarrado 
campeador  se  tuerce  i  se  endereza, 
tanto  que  el  vulgo  malicioso  ha  dado 
en  el  ardid,  i  a  rebullirse  empieza, 
i  a  reír  i  a  gritar:  «Dale  al  perjuro; 
dale,  que  está  amarrado,  dale  duro.» 

Echanle  a  voces  i  silbidos  fuera, 
de  que  mostró  quedar  nada  contento. 
«Venga,  dice  d  ingles,  venga  el  que  quiera 
que  le  sacuda  el  ix)lvo,  i  al  momento 
le  serviré  de  la  mejor  manera: 
si  no  basta  una  cuerda,  traiga  ciento,' 
i  átese  bien,  que  con  menor  fatiga 
a  un  brrbon  de  ese  modo  so  castiga.» 
Anselmo  de  Altarripa,  confidente, 
primo  de  Galalon,  i  paniaguado, 
con  Gañil  de  \'alclosa,  otro  valiente 
do  la  misma  ralea,  ha  concertado 
que  a  cmljcstir  vaya  al  du(|ue  frente  a  frente, 
i  el  le  acomclcrá  del  otro  lado. 
«Por  detras,  dice,  yo,  tú  por  delante, 
le  hemos  do  hacer  que  en  otro  tono  cante,» 


310  POESÍAS 

En  tanto,  pues,  que  el  paladín  lozano 
endereza  a  Gañil  »u  lanza  hermosa, 
le  viene  Anselmo  por  detrás  pían  piano; 
i  cuando  Astolfo,  hiriendo  al  de  Valcloaa, 
\v  se  dejaba  el  cuerpo  tras  la  mano, 
hácele  el  de  Altarripa  la  forzosa, 
dándole  en  la  cerviz  con  gracia  tanta, 
que  en  el  suelo  de  bruces  me  le  planta. 

Piense  el  que  tenga  hiél  i  entendimiento 
si  los  brazos  Astolfo  pondrá  en  jaiTa». 
Cual  jabali,  cual  toro  truculento, 
cual  preso  tigre,  que  saltó  las  barras, 
de  un  alevoso  tiro  al  sentimiento, 
se  enfurece,  i  con  dientes,  cuernos,  garras, 
con  lo  que  puede  a  su  ofensor  se  arroja, 
i  ni  aun  verle  morir  le  desenoja; 

Tal  o  mayor  la  cólera  semeja 
de  Astolfo,  acuchillando  a  la  pandilla. 
Vio  a  Grifón  (de  quien  dicho  ya  se  deja 
que  le  sacó  Grandonio  de  la  silla), 
i  dióle  de  revés  en  una  oreja 
tan  a  sabor,  que  a  grande  marabilla 
pe  tuvo  no  le  hubiese  el  casco  hendido; 
pero  cayó  el  pobrete  sin  sentido. 

AlH  es  la  gresca,  allí  la  barabúnda, 
allí  el  gritar  los  condes,  mata,  mata. 
Parece  que  la  pla?a  toda  se  hunda; 
de  asesinar  al  pobre  ingles  se  trata. 
Métese  Carlomagno  entre  la  tunda, 
(que  por  cierto  fué  acción  poco  sensata; 
el  ser  emperador  le  vino  a  cuento); 
j  haciendo  relumbrar  su  espada  al  viento, 

«Aparta,  Astolfo,  grita,  aparta,  Gano: 
¿de  ese  modo  mi  corte  se  respeta? 
¿no  veis  que  está  delante  Carlomano? 
¿o  me  tenéis  quizá  por  un  trompeta?» 
J^n  esto  el  buen  Grifón,  que  con  la  mano 
la  oreja  cercenada  se  sujeta, 
se  echa  a  los  pies  de  Carlos,  i  aflijido 
dice  que  Astolfo  a  sinrazón  le  ha  herido. 


ORLANDO  ENAMORADO  íll 


Pero  Astolfo,  que  un  áspid  está  hecho, 
sin  que  el  respeto  a  Carlos  fuese  parte 
a  contenerle,  clama:  «Hoi  a  despecho 
del  mundo,  vil  Grifón,  he  de  matarte. 
El  corazón  te  he  de  sacar  del  pecho; 
i  aun  no  es,  cual  tú  mereces,  castigarte.»' 
Grifón  le  dice:  «En  poco  te  eslimara, 
si  lejos  de  este  sitio  te  encontrara; 

«Mas  callo,  porque  el  amo  esta  delante; 
no  por  ti,  que  sabemos  bien  lo  que  eres.» 
«; Desvergonzado  malandrín!,  ¡bergante! 
repuso  Astolfo,  ¡voto  a  Dios  que  hoi  mueres.» 
Carlomagno,  inmutado  en  el  semblante, 
«¿Donde  yo  estoi,  le  dice,  tal  profieres? 
Si  urbanidad  no  sabes  ¡vive  el  cielo! 
la  aprendas  a  tu  costa,  bellacuelo.» 

Pero  Astolfo  no  ve,  no  oye,  no  siente; 
antes  se  arroja  con  violencia  extrema 
a  cuanto  magancés  está  presente, 
cada  vez  mas  frenético  en  su  tema. 
En  esto  asoma  Anselmo,  aquel  valiente 
que  fraguó  la  villana  estratajema. 
Astolfo,  al  verle,  brinca,  cual  manchada 
onza,  i  tírale  al  pecho  una  estocada. 

I  le  horadara  como  blanda  pulpa, 
8i  a  punto  el  rei  del  brazo  no  le  asiera. 
Todos  ahora  al  duque  echan  la  culpa: 
Carlomagno  mandó  que  preso  fuera. 
Llevado  es  el  mezquino  a  do  le  esculpa 
un  cincel  doloroso  en  la  mollera: 
que  es  propio  fuero  de  fortuna  ale\'e 
que  uno  merezca  el  prez  i  otro  lo  lleve. 

Aquella  rosa  de  valor  divino 
que  con  tanto  peligro  fué  buscada, 
por  quien  tanto  barón  a  tierra  vino, 
i  tanta  noble  lanza  fué  quebrada, 
no  a  Ricarte  se  dio,  no  a  Serpentino, 
no  a  Urjel  fué,  no  a  Oliveros  otorgada, 
ni  a  tantos  otros  de  gallarda  prueba; 
i  Anselmo  de  Altarripa  se  la  lleva: 


312  POESÍAS 

¡Aquel  traidor  Anselmo  do  Altarripa, 
de  magancesa  estirpe,  atroz,  villana! 
¡Oh  ilusión  que  tan  tarde  se  disipa, 
loor,  aplauso,  admiración  humana! 
¡Cuan  necio  aquel  que  por  ganaros  hipa! 
I  si  os  alcanza  al  fin,  ¡cuan  poco  gana! 
Dígalo  el  noble  paladín  que  ahora 
en  una  torre  aprisionado  llora. 

Mas  consolarse  pudo  ))ien.  pensando 
cuánto  mas  grave  pena  ha  dado  el  ciclo 
a  Ferraguto,  a  Montalban  i  Orlando, 
que  atormentados  de  febril  anhelo 
errantes  por  el  mundo  van,  tirando 
amor  a  todos  tres  de  un  mismo  anzuelo. 
A  las  Ardeñas  cada  cual  dirije 
BU  curso;  mas  diversa  senda  elije. 

Primero  el  paladín  Reinaldos  llega, 
i  por  el  verde  yormo  se  aventura. 
Atravesando  una  escondida  vega 
por  una  selva  entró  de  gran  frescura, 
poblada  do  altos  árboles,  que  riega, 
serpenteando  entro  guijas,  onda  pura, 
que  al  fin  en  un  estanque  duerme  mansa, 
i  fatigada  de  correr,  descansa. 

Era  el  brocal  de  candido  i  pulido 
mármol,  labrado  de  sutil  relieve, 
do  el  cincel  los  amores  ha  esculpido 
de  Iseo  i  de  Tristan  en  punto  breve. 
I  bajo  signo  tal  fué  construido, 
que  si  un  amante  de  sus  aguas  bebe, 
lo  que  ama  olvida:  dije  mal,  con  presta 
mudanza  lo  aborrece  i  lo  detesta, 

Merlin  se  dice  haberlo  fabricado, 
porque  Tristan,  que  de  la  bolla  Iseo 
andaba  locamente  enamorado, 
bebiendo  allí,  su  abrasador  deseo 
trocase  en  aversión.  ¡Vano  cuidado! 
Por  mas  que  en  vagaroso  devaneo 
tanta  parte  del  mundo  visitara, 
no  quiso  Amor  que  por  allí  pasara. 


ORLANDO  ENAMORADO  313 


Reinaldo  hacia  el  estanque  el  paso  mueve, 
casi  rendido  a  la  calor  ingrata; 
desmonta;  i  viendo  aquel  licor  aleve, 
puro  a  la  vista  como  tersa  plata, 
abrasado  de  sed,  se  inclina  i  bebe, 
i  la  sed  i  el  amor  a  un  tiempo  mata: 
a  la  inquietud,  al  ansia  furibunda, 
fria  calma  sucede  i  paz  profunda. 

El  mirar  que  en  el  alma  trajo  impreso 
se  le  borró:  la  célica  hermosura 
que  en  cien  lazadas  le  ha  tenido  preso, 
mentirosa  ilusión  se  le  figura; 
i  empieza  a  discurrir  con  grave  seso 
en  la  majadería  i  la  locura 
de  andar  un  hombre  así  de  ceca  en  meca 
tras  una  mujercilla,  hecho  un  babieca. 

Aquel  bello  semblante  ya  no  es  bello; 
la  boca  era  un  coral,  ya  es  otra  cosa; 
ya  no  hai  oro  de  Ofir  en  el  cabello, 
ni  en  las  mejillas  azucena  i  rosa; 
Reinjildos  finalmente  cayó  en  ello: 
encuentra  ser  la  que  adoraba  diosa 
una  mujer  no  mas.  jTirana  suerte! 
A  la  que  idolatraba  odia  de  muerte. 

En  conclusión,  Reinaldos  resolvía 
dar  a  París  la  vuelta  en  derechura; 
i  en  esto  vio  otra  fuente  que  corría 
con  apacibles  ondas,  tersa  i  pura. 
Cuantas  abril  pintadas  flores  cría, 
esmaltan  de  su  márjcn  la  verdura: 
un  olmo  erguido,  un  arrayan,  un  boldo 
a  jazmines  1  lirios  hacen  toldo. 

Esta  fuente  Merlin  de  otra  manera 
encantó:  el  que  en  su  linfa  el  labio  pone, 
a  la  persona  que  ha  de  ver  primera 
de  opuesto  sexo,  es  fuerza  se  aficione, 
i  dulcemente  esclavizado,  entera 
la  voluntad  le  rinda  i  le  abandone. 
Reinaldos  no  hace  caso  de  esta  fuente, 
que  ya  en  otra  templó  la  sed  ardiente. 


314  POESÍAS 

Mas  del  silencio  i  del  frescor  sabroso 
de  aquella  verde  selva  convidado, 
a  Bayardo  dejando  el  oloroso 
trébol  pacer  de  un  solitario  prado, 
a  gozar  un  momento  de  reposo 
reclinase;  i  apenas  ha  cerrado 
los  ojos,  la  Fortuna  (que  se  niega 
al  que  la  busca,  i  si  la  esquivan,  ruega}, 

Lo  que  Reinaldos  ya  no  le  pedia, 
ahora  por  lo  mismo  le  depara: 
aquella  por  quien  antes  se  moría, 
aquella,  que  tan  ciego  le  arrastrara, 
hacia  el  paraje  en  que  el  barón  dormía 
viene  derecha,  i  junto  al  agua  para 
que  amor  infunde,  i  junto  al  joven  bravo: 
al  asno  muerto  la  cebada  al  rabo. 

La  dama  arrienda  al  olmo  su  rocino^ 
i  aplícase  a  los  labios  una  caña, 
con  que  el  licor  sorbiendo  cristalino 
que  los  sentidos  dulcemente  engaña, 
muí  otra  se  sintió  de  lo  que  vino, 
merced  al  gran  profeta  de  Bretaña;  ^^ 
i  visto  el  adormido  caballero, 
harto  mas  calorosa  que  primero. 

Al  verle  reposar  tan  blandamente 
sobre  la  fresca  florecida  cama, 
parécele  sentir  un  clavo  ardiente 
que  el  pecho  enciende  en  repentina  llama. 
Aquel  rostro  dormido,  aquella  frente 
bella  i  serena,  un  no  s6  qué  derrama 
que  suspensa  la  tiene  i  embebida 
con  todos  los  sentidos,  alma  i  vida. 

Tal  en  la  selva  un  can  de  buena  raza, 
que  en  seguimiento  va  de  liebre  o  ave, 
(i  es  de  las  cosas  que  Natura  traza 
cuya  causa  no  pienso  que  se  sabe), 
si  de  pronto  la  ve,  no  le  da  caza, 
mas,  cual  si  allí  la  vida  se  le  acabe, 
queda  improvisamente  mudo  i  quieto, 
fijos  los  ojos  en  aquel  objeto. 


ORLANDO  ENAMORADO  315 


Con  rostro  está,  de  un  ansia  intensa  lleno, 
nnte  el  harón  la  bella  peregrina; 
luego  a  cojer  por  el  distrito  ameno 
Hores  que  echarle,  acá  i  allá  se  inclina: 
ora  en  puntillas,  palpitando  el  seno, 
suspenso  el  respirar,  se  le  avecina; 
ora  hacia  atrás  cobarde  el  paso  mueve: 
quisiera  despertarle,  i  no  se  atreve. 

Después  que  un  hora  larga  ha  reposado 
el  joven  paladín  en  la  floresta, 
recuerda:  ve  la  damisela  al  lado, 
i  extrañamente  el  verla  le  molesta. 
Ella  le  saludó  con  mucho  agrado, 
i  él  no  solo  al  saludo  no  contesta, 
mas.  como  ai  un  vestiglo  allí  mirase, 
apresuradamente  monta  i  vase. 

Como  era  natural  con  tanta  priesa, 
tomó  de  todos  el  peor  sendero. 
Seguíale  de  lejos  la  princesa 
diciendo:  «Para,  para,  caballero; 
escúchame  un  instante.»  Mas  no  cesa 
Ueináldos  de  romper  con  su  lijero 
liayardo  por  el  bosque,  i  así  pura, 
como  si  el  diablo  mismo  le  llamara; 

Mientras  siguiendo  esotra  al  que  lejano 
pnsi  se  pierde  en  el  ramaje  umbrío, 
plamaba:  <í¿Por  qué  huyes,  inhumano? 
¿Qué  causa  he  dado  a  tan  cruel  desvío? 
¿Qué  significa  oso  desden  tirano? 
Amor  a  ti  me  arrastra,  dueíio  mió; 
i  si  te  sigo  ahora,  i  si  te  llamo, 
porque  te  adoro  es,  i  porque  te  amo. 

«Te  sigo  amante,  i  tú  de  mí  te  alejas, 
i  aun  el  darme  un  adiós  te  es  cosa  dura, 
¿Te  importuna  el  acento  de  las  quejas? 
¿Te  es  ofensa  una  candida  ternura? 
\'uelye,  i  mira  a  lo  menos  lo  que  dejas; 
que  no  es,  nó,  tan  horrible  mi  figura; 
ni  suele  ser  mi  edad  menospreciada, 
sino  con  rendimientos  halagada. 


31G  POESÍAS 

«¡Ah!  no  vayas  (que  el  verlo  me  da  espanto), 
no  vayas  por  tan  áspero  sendero, 
que  si  el  huir  de  mí  te  obliga  a  tanto, 
dar  otro  paso  en  pos  de  ti  no  quiero. 
¡Desgraciada!  mis  voces  i  mi  llanto 
¿a  quien  derramo  asi?  ¿que  mas  espero? 
Huyó:  se  lleva  el  viento  mis  querellas; 
i  van  mi  vida  i  mi  esperanza  en  ellas.» 

Así  sembraba  mísero  lamento, 
que  se  repite  en  eco  dolorido, 
i  hasta  las  fieras  mueve  a  sentimiento, 
mas  no  aquel  corazón  empedernido. 
Confuso  mas  i  mas  cada  momento 
se  oye  en  el  bosque  el  cuádruple  sonido, 
i  cuando  al  cabo  en  la  distancia  espira, 
con  doble  pena  Anjólica  suspira. 

«¿Con  que  el  afecto,  esclama,  cariñoso 
que  en  Paris  me  mostraste,  era  falsía? 
¿Pude  pensar  que  en  cuerpo  tan  hermoso 
un  corazón  desamorado  habia? 
¿Qué  pecho  hai  tan  arisco  que  piadoso 
no  fuese  a  una  pasión  como  la  mia? 
¿O  cuál  se  vio  tan  intratable  fiera 
a  quien  mas  el  halago  embraveciera? 

«¿Qué  te  costaba  concederme,  ingrato, 
una  palabra  sola,  e  irte  luego? 
Que  el  placer  de  tu  vista,  un  breve  rato 
templado  hubiera  este  importuno  fuego. 
Mas  ¡ai!  quedó  en  mi  pecho  tu  retrato, 
enemigo  mortal  de  mi  sosiego; 
cebo  de  una  pasión  que  nada  calma, 
porque  borrarla  es  imposible  a  el  alma.» 

Diciendo  así,  los  bellos  miembros  echa 
sobre  la  verde  yerba;  ayes  arroja; 
suspira,  i  suspirar  no  le  aprovecha:  • 
el  impío  dolor  ni  un  punto  afloja. 
Ahora  calla,  ahora  se  despecha, 
i  de  copioso  llanto  el  suelo  moja. 
Mas  a  la  grave  cuita  que  padece 
se  siente  al  fin  rendida,  i  se  adormece. 


ORLANDO  ENAMORADO  317 


Descanse  en  hora  buena  el  anjclito. 
¿No  será  bien  os  hable  de  Gradaso, 
([ue  acaudillando  ejército  infinito 
las  rej  iones  devasta  del  Ocaso? 
Dejarémosle  estar  otro  poquito, 
que  ya  se  nos  vendrá  mas  que  de  paso. 
A  Ferraguto  es  menester  se  vuelva, 
que  viene  echando  chispas  por  la  selva. 

Está  el  moro  de  cólera,  que  brama, 
i  enamorado  está,  que  se  derrite: 
ira  le  enciende,  i  sopla  amor  la  llama; 
i  por  el  mundo  no  dará  un  ardite, 
si  no  acierta  a  topar  la  esquiva  dama, 
que  jugar  le  parece  al  escondite, 
o  no  topa  a  lo  menos  al  hermano 
para  enseñarle  a  ser  mas  cortesano. 

Pues  como  en  la  espesura  entrar  le  place, 
i  por  lo  mas  tupido  da  una  vuelta, 
ve  que  a  la  sombra  un  caballero  yace: 
es  Argalía,  i  duerme  a  pierna  suelta. 
Al  ver  que  atado  su  caballo  pace, 
desmonta,  arrienda  el  suyo,  al  otro  suelta, 
i  con  un  palo  dándole  en  las  ancas 
le  hace  volar  por  riscos  i  barrancas. 

Ansioso  de  volver  a  la  pelea, 
a  despertar  al  joven  se  encamina; 
mas  parecióle  acción  grosera  i  fea; 
aguardar  que  él  despierte  determina; 
mira  abajo  i  arriba,  se  pasea; 
ora  se  sienta  i  ora  so  reclina: 
al  diablo  daba  aquel  dormir  tan  largo, 
que  a  su  justa  venganza  pone  embargo. 

Recordando  por  fin  el  caballero, 
halla  que  Rabicán  tomó  el  portante, 
i  andar  le  es  fuerza  a  pie,  como  un  palmero; 
con  que  so  puso  de  asaz  mal  talante. 
«.\qui  esloi  yo,  le  dice  el  altanero 
Ferraguto  parándose  delante: 
hoi  uno  de  nosotros  aquí  mucre: 
mi  caballo  será  del  que  venciere. 


318  POESÍAS 

«Yo  el  tuyo,  si  lo  ignoras,  he  soltado 
por  impedirte  que  a  la  fuga  apeles. 
I         Anduviste  conmigo  malcriado; 

mas  otra  no  me  harás  de  las  que  sueles; 

ahora  que  la  tierra  te  he  cerrado, 

es  menester  que  por  el  aire  vueles. 

¡Animo,  pues!  resiste  al  brazo  mió; 

que  está  en  el  pecho,  no  en  la  espalda,  el  brio.) 

En  voz  alta  el  mancebo  i  faz  serena 
responde:  «Es  por  demás  que  te  conteste 
si  aquella  fué  crianza  mala  o  buena, 
porque  no  es  tiempo  de  argumentos  este. 
Solo  diré  que  tú,  ni  una  docena 
de  Ferragutos,  ni  una  entera  hueste, 
huir  me  hiciera,  i  que  si  pude  hacello, 
fué  por  tener  mi  hermana  gusto  en  ello. 

«I  el  que  con  lengua  diga  zafia  i  tosca 
que  temí,  mentirá  por  el  gargüero.» 
A  Fetraguto  le  picó  la  mosca: 
como  pintada  sierpe  que  a  un  lijero 
tiento  de  incauto  pié  se  desenrosca 
i  acomete,  silbando,  al  pasajero, 
así  furioso  el  español  se  lanza 
al  Argalí,  sediento  de  venganza. 

Ni  el  otro  en  el  furor  le  cede  nada. 
Trábase  pavorosa  batahola; 
i  del  estruendo  horrísono  asustada, 
se  estremece  la  selva  opaca  i  sola. 
,  Sabiendo  el  Argalía  que  a  su  espada 

es  Ferraguto  invulnerable,  alzóla: 
ya  que  sacarle  sangre  es  vano  intento, 
privarle  imajinó  de  sentimiento. 

Sobre  el  testuz  le  esgrime  un  altibajo; 
mas  entendióle  Ferragú  la  traza: 
súbito  se  le  cuela  por  debajo, 
i  entre  sus  brazos  al  contrario  enlaza. 
Tiene  Argalí  para  el  marcial  trabajo 
mas  firme  el  pulso,  i  con  mas  fuerza  abraza^ 
pero  destreza  tuvo  el  moro  mucha, 
i  un  tanto  mas  esperto  fué  a  la  lucha. 


ORLANDO  ENAMORADO  319 


No  es  mucho,  pues,  que  al  del  Catai  postrara; 
bien  que  bregando  el  vigoroso  infante 
encima  se  le  monta,  i  en  la  cara 
golpes  le  da  con  el  ferrado  guante. 
Mas  otra  ofensa  Ferragú  prepara: 
empuñando  la  daga  rutilante, 
por  un  oculto  ojal  del  coselete 
hasta  los  gavilanes  se  la  mete. 

Brota  de  rojo  humor  copiosa  fuente, 
i  la  forma  jentil  se  desmadeja, 
corno  lacia  se  dobla  tristemente 
una  flor  que  al  pasar  tronchó  la  reja. 
Con  apagada  voz  i  balbuciente, 
como  a  quien  ya  mortal  angustia  aqueja, 

«Un  solo  don,  decía,  pues  que  muero, 

te  pido  me  concedas,  caballero. 
«Rucgote  por  tu  mérito  excelente 

i  a  fuero  de  leal  caballería, 

que  a  un  hondo  rio  arrojes  juntamente 

este  mi  cuerpo  i  la  armadura  mia; 

no  sea  que  al  mirarla  alguno  afrente 

mi  nombre  i  fama,  i  diga  acaso  un  día: 

ruin  caballero  es  fuerza  que  haya  sido 

el  que  con  estas  armas  fué  vencido.» 
El  yelmo  Ferragú  le  suelta  i  quita, 

tornada  en  compasión  la  furia  brava, 

i  ve  en  los  ojos  i  en  la  tez  marchita 

que  el  aliento  de  vida  se  le  acaba. 

Vanamente  la  sangre  solicita 

restañar,  que  las  ricas  armas  lava: 

en  sus  brazos  apoya  al  infelice, 

ya  cercano  a  espirar,  i  así  le  dice: 
«¡Desventurado  joven  i  dichoso 

en  tan  temprana  i  tan  honrosa  muerto! 

la  alegre  vida  en  el  albor  hermoso 

de  juventud  te  arrebató  la  suerte. 

Pero  renombre  dejarás  famoso 

do  cortes  caballero,  osado  i  fuerte. 

j.\i!  a  quien  da  Fortuna  edad  mas  larga, 

suele  enojosa  hacérsela  i  amarga. 


320  POESÍAS 

«I  pues  ya  estás  en  sosegado  abrigo, 
i  miras  la  tormenta  desde  el  puerto, 
jeneroso  perdona,  si  contigo 
loco  de  amor,  he  peleado  a  tuerto. 
Al  grande  Alá  poniendo  por  testigo, 
del  triste  don  que  pides  te  hago  cierto: 
tu  yelmo,  si  te  place,  solamente 
reservaré,  para  cubrir  mi  frente. 

«Préstame  el  uso  de  esta  sola  pieza, 
mientras  que  de  otra  a  proveerme  llego.» 
Inclinóse  la  pálida  cabeza, 
como  dando  a  entender  que  accede  al  ruego. 
Oculto  el  español  en  la  maleza 
se  estuvo  hasta  espirar  el  mozo,  i  luego 
lo  prometido  a  ejecutar  se  apronta, 
i  en  su  corcel  con  el  cadáver  monta. 

Habiéndose  a  la  frente  acomodado, 
separada  la  espléndida  cimera, 
aquel  yelmo  fatal,  que  destinado 
a  un  porvenir  mas  venturoso  fuera, 
lleva  con  lentos  pasos  el  helado 
cuerpo  de  un  ancho  rio  a  la  ribera, 
i  do  mas  honda  i  rauda  es  la  corriente, 
suelta  la  infausta  carga  blandamente. 

Un  rato  el  agua  se  quedó  mirando, 
i  luego  por  la  selva  solitaria 
pensativo  se  fué,  mientras  Orlando 
cruzaba  el  yermo  en  dirección  contraria. 
En  busca  de  la  dama  jadeando 
llegaba  el  conde,  i  plugo  a  la  voltaria 
fortuna,  o  fuese  el  diablo,  que  la  viera, 
para  hacerle  talvez  la  burla  entera. 

Profundamente  Anjélica  dormia, 
jugando  el  viento  en  el  brial  de  seda: 
rosas  el  campo  al  rededor  abria, 
i  susurraba  amores  la  arboleda. 
Al  verla  Orlando,  ¿qué  pensáis  que  baria? 
Embebecido,  estupefacto  queda, 
la  boca  abierta,  la  mirada  fatua; 
mas  que  hombre  vivo,  inanimada  estatua. 


ORLANDO  E:ÍAM0RAD0  321 


Tal  el  que  inspira  el  hálito  que  el  cielo 
por  arma,  infecta  boa,  darte  quiso, 
torpe  la  vista  i  turbio  el  cerebelo, 
enajenado  queda  de  improviso. 
«¿Qué  es  esto?  dice  el  conde  medio  lelo: 
¿es  la  vida  mortal?  ¿o  el  paraíso? 
¿ca  de  mi  caro  dueño  aérea  copia 
con  que  me  engaña  Amor?  ¿o  es  ella  propia?» 

Pasándosela  en  estas  i  otras  flores, 
so  echa  a  tierra  a  mirarla  el  necio  amante. 
En  batallas  mas  ducho  que  en  amores, 
ignoraba,  blsoño  cortejante, 
ser  doctrina  común  de  los  doctorea 
que  el  que  ve  la  ociision  i  en  el  instanto 
no  la  agarró  de  la  fugaz  guedeja, 
se  tira  luego  de  una  i  otra  oreja. 

Fcrraguto,  (jue  viene  cabalgando 
por  aquella  mismísima  ladera, 
mira,  mas  no  conoce  al  conde  Orlando, 
que  sin  divisa  estaba  i  con  visera. 
Marabillóse;  mayormente  cuando 
reparó  en  la  dormida  compañera: 
quién  ella  sea  un  breve  instante  duda; 
luego  horrorosamente  se  demuda. 

Pensando  que  a  guardarla  atendería 
aquel  desconocido,  en  altaneras 
i  descompuestas  voces  prorrumpía, 
i  dícele  de  buenas  a  primeras: 
«Esa  dama  no  es  tuya,  sino  mía, 
i  serte  ha  sano  que  dejarla  quieras; 
donde  no,  vida  i  dama  todo  junto 
has  do  dejar  en  este  mismo  punto.» 

Hacia  el  recién  venido  alzó  la  testa 
Orlando,  i  lo  responde  algo  mohíno: 
«Tengamos,  enmarada,  en  paz  la  fiesta: 
ve,  por  amor  de  Dios,  ve  tu  camino. 
¿De  dónde  sa])os  tú  qué  dama  es  esta? 
Naturalmente  yo  a  la  paz  me  inclino; 
pero,  si  he  de  decirte  lo  que  siento, 
no  me  pareces  hombre  de  talento.)' 
potsi.vsj  11 


J22  POESÍAS 

El  español,  que  luego  se  mosquea, 
«¡Hola!,  le  respondió:  ¿con  que  al  acero 
quieres  que  apele?  Bien  que  no  so  vea 
señal  en  ti  de  noble  caballero, 
de  igual  a  igual  lacempetencia  sea: 
fácilmente,  ladrón,  probarte  espero 
que  es  el  contradecirme  empeño  vano.» 
I  esto  dicho,  a  la  espada  puso  mano. 

Salta  con  vista  entonces  fulminante 
el  -conde,  que  un  volcan  de  furias  era. 
«Yo  soi  Roldan,»  poniéndose  delante 
dice,  i  alzando  a  un  tiempo  la  visera, 
nácele  extraños  visos  el  semblante; 
catadura  jamas  se  vio  tan  fiera. 
Ferraguto  quedó  medio  aturdido; 
pero  tomó  al  instante  su  partido. 

Con  acento  responde  resoluto: 
*No  piense  hombre  mortal  que  me  intimida; 
■si  Raldan  eres  tú,  yo  Ferraguto: 
n  espada  al  punto  el  pleito  se  decida.» 
Monta  Roldan  en  su  alentado  bruto, 
i  se  juega  en  efecto  la  partida 
de  igual  a  igual,  pues  tienen  al  acero 
ambos  a  dos  impenetrable  el  cuero. 

Al  espantoso  estrépito  despierta 
Ja  dama,  i  viendo,  como  claro  via, 
que  era  por  causa  suya  la  reyerta, 
-i  que  las  costas  ella  pagaría, 
huye  despavorida  i  medio  muerta, 
por  do  sus  pasos  la  Fortuna  guia. 
I  no  hubo  andado  bien  medio  minuto, 
notan  su  fuga  Orlando  i  Ferraguto. 

«Distante  va,  no  hai  hoja  que  rebulla, 
{el  conde  dijo,  echando  atrás  la  espada). 
Fn  vano  el  uno  al  otro  se  magulla, 
cuando  el  vencer  no  lia  de  valemos  nada; 
que  en  dejar  que  nos  plante  i  se  escabulla 
perdemos  uno  i  otro  la  parada. 
iái  una  amorosa  súplica  te  obliga, 
Ijermiteme,  te  ruego,  que  la  siga.» 


ORLANDO  ENAMORADO  323 


Con  risa  amarga  i  mal  disimulado 
enojo  dice  el  espaiíol  adusto: 
«Ciertamente  que  es  raro  el  desenfado 
con  que  de  mí  dispones  a  tu  gasto. 
Hubiérasme  a  lo  menos  convidado 
a  seguir  la  batida;  pero  ¿es  justo 
que  uno  deje  la  res  i  otro  la  corra? 
Pelea,  conde,  i  súplicas  ahorra. 

«De  paces  ni  de  treguas  no  se  trate, 
que  si  eres  duro  tú,  yo  no  soi  blando.» 
«Pardiez  que  es  un  solemne  disparate 
argumentar  contigo,»  exclama  Orlando. 
Con  doble  furia  trábase  el  combate, 
i  linal izará  Dios  sabe  cuándo. 
Mas  al  canto  siguiente  se  difiera, 
que  nuevo  asunto  i  grande  nos  espera. 


NOTA  E.XPLICATIVA  DEL  ALTOR 
i  Mcrlin  el  encantador. 


CANTO  IV 


GRADASO 


¿Diremos  que  eg  amor  hado  preciso, 
"tlura  necesidad,  i  que  si  ataca 
lie  recio  a  un  corazón,  humano  aviso 
de  donde  se  atrinchera  no  le  saca? 
¿O  mirando  las  cosas  a  otro  viso, 
tlecidiremos  que  su  ardor  aplaca 
próvida  reflexión,  juicio  discreto, 
i  que  al  arbitrio  humano  está  sujeto? 

El  que  dos  toros  ve,  por  la  vacada, 
darse  de  cuernos  i  escai-bar  la  tierra, 
o  a  espuela  i  pico  en  un  corral  trabada 
entre  dos  gallos  implacable  guerra, 
no  cree  que  pueda  equipararse  nada 
a  ese  instinto  de  amor  que  el  pecho  encierra, 
centella  etérea,  elemental,  prendida 
en  las  fibras  mas  hondas  de  la  vida. 

Mas  si  del  amoroso  paroxismo 
suele  calmar  la  fiebre,  ya  la  opiata 
de  la  seguridad,  ya  el  sinapismo 
do  una  correspondencia  infiel  o  ingrata; 
si  amor  violento  se  consume  él  mismo, 
tibio,  un  soplo  levísimo  le  mata; 
si  a  larga  ausencia,  como  Ovidio  escribe, 
o  rara  vez  o  nunca  ¡sobrevive; 


ORLANDO  ENAMORADO 


Si  modera  sus  ímpetus  la  Etica, 
si  tirita  sin  Cores  i  sin  Baco, 
si  aquella  dura  disciplina  ascética 
que  hace  a  el  alma  robusta,  al  cuerpo  flaco, 
le  cierra  el  corazón  con  tapa  hermética: 
mui  mas  que  poderoso  eres  bellaco, 
¡oh  ciego  dios!  ni  hai  hombre  que  no  acierte, 
queriéndolo  de  veras,  a  vencerte. 

Pero  según  la  idiosincracia  varia 
quiere  esta  enfermedad  vario  el  remedio. 
¿Tiene  el  paciente  condición  voltaria? 
Recipe:  un  mes  o  dos  de  tiwra  en  medio. 
A  un  manso  afecto  una  pasión  contraria 
hace  que  un  alma  altiva  cobre  tedio. 
¿El  clarin  de  la  fama  la  desvela? 
Es  niño  amor,  i  amedrentado  vuela. 

Santiguase  Ilarpagon,  cuando  le  guiña 
una  moza  agraciada,  pizpireta; 
no  que  le  desagrade,  nó,  la  niña; 
sino  que  mas  un  patacón  le  peta. 
¿Pí denle  para  un  chai  o  una  basquina? 
Se  siente  vocación  de  anacoreta: 
«¡fuera!,  dice,  amoroso  garabato: 
me  atengo  a  no  pecar,  que  es  mas  barato.» 

Mas  hai  amor  que  prende  en  alma  dura, 
i  entre  contrariedades  crece  i  medra; 
hai  amor  que  ningún  remedio  cura, 
i  ni  el  peligro  ni  la  muerte  arredra. 
Contra  el  roble  que  andamies  de  verdura 
levanta,  i  la  raíz  en  honda  piedra 
de  un  risco  alpino  esconde,  brega  en  vano 
proceloso  aquilón  que  barre  el  llano. 

Mas  ¿a  qué  repetir  lo  que  ya  han  dicho 
tantos  en  dulce  rima  i  docta  prosa? 
Quédate,  Amor,  en  tu  sagrado  nicho, 
i  guárdate  tu  ciencia  misteriosa. 
Eres,  en  conclusión,  un  duende,  un  bicho, 
un  enigma,  una  cierta  cosicosa 
que  se  viene  i  so  va  cuando  le  peta, 
i  trabuca  a  los  hombres  la  chaveta. 


326  POESÍAS 

lié  aquí  dos  que  se  tiran  al  codillo, 
(dije  mal),  que  se  tiran  al  degüello; 
i  en  la  parada  no  les  va  un  cuartillo, 
porque  la  dama  que  es  la  causa  dello 
huye,  i  de  mas  a  mas  lleva  el  anillo 
puesto  en  la  boca,  i  sin  volver  el  cuello, 
veloz  se  pierde  en  la  montaña  oscura, 
que  aun  invisible,  no  se  cree  segura. 

Artes  i  fuerza  apura  en  su  adversario 
cada  cual,  ya  repare,  ya  acometa; 
tíranse  golpes  con  suceso  vario; 
i  todo  sigue  en  igualdad  completa. 
Iba  a  durar  la  fiesta  un  octavario; 
mas  heos  aquí  que  en  traje  de  estafeta, 
montada  en  palafrén  de  blanco  pelo, 
llega  una  dama,  echado-  al  rostro  un  velo. 

Suspensa  de  las  armas  la  porfía, 
descúbrese  la  bella  viajadora, 
que  aflijida  se  muestra  en  demasía^ 
i  con  las  tiernas  lágrimas  que  llora 
temprana  flor  parece  que  rocía 
el  aljófar  primero  de  la  aurora. 
Mirando  al  conde,  le  saluda,  i  ruega 
que  no  pase  adelante  la  refriega. 

«Aunque,  mujer  desconocida,  creo 
que  mi  demanda  estimes  necia  i  ruda^ 
(díjole  así),  lo  que  en  tus  obras  veo, 
de  que  la  otorgues  no  me  deja  duda. 
Vengo,  señor,  de  allende  el  Pirineo- 
en  estos  tristes  paños  de  viuda 
buscando  a  este  infelice  caballero, 
i  que  le  dejes  ir  deberte  espero.» 

«Contento  soi,  (dio  el  conde  por  resp«.esta^ 
que  era  la  flor  de  toda  cortesía), 
i  aun  mi  persona  está  a  serviros  presta, 
bí  fuere  menester  mas  compañía.» 
«Gracias  te  doi,  le  respondió  modesta; 
honor  insigne  a  la  verdad  sería; 
pero  mi  primo  solo  me  acompañe, 
que  a  tu  valor  mas  alto  empleo  atañe.» 


ORLANDO  EX.%MORADO  323 


I  vuelta  a  Ferraguto,  «¿has  cottocido-^ 
«íice,  a  la  sin  ventura,  Flordespina? 
Pasas  el  tiempo  en  justas  divertido, 
jmísera!  i  nii  aun  sospechas  la  rumas 
de  que  a  darte  las  nuevas  he  venfdo-. 
Ardo  toda  la  España  en  repentina 
guerra;  tu  padre  está  cautivo,  ¡ai  triste! 
i  el  enemigo  a  Barcelona  embiste. 

•Acaba  de  llegar  un  rci  Gradaso 
que  le  llaman  señor  de  Sericana; 
i  avasallada  ©1  AsiíVi,  hoi  el  Ocaso 
sujetar  quiere  a  su  soberbia  insana. 
De  reyes  ni  de  pueblos  hace  caso; 
cemun  azote  de  la  especie  humana^ 
cristiano  i  mulsuman,  francés  i  godo^ 
al  bárbaro  invasor  le  es  uno  todo. 

«Consigo  arrastra  un  turbión  espeso 
de  naciones  feroces  i  malvadas: 
Marsilio  está  para  perder  el  seso^ 
el  pobre  rei  se  da  de  bofetadas, 
I  viendo  a  Falseron,  tu  padre,  preso, 
únicamente  tiene  en  ti  fundadas 
sus  esperanzas.  Ven;  postrada  invoca, 
tu  brazo  España;  a  ti  el  salvarla  toca.» 

Absorto,  calla  el  moro,  masticando, 
la  relación  de  la  aflijida  prima, 
i  unos  pocos  momentos  vacilando- 
estuvo:  al  fin  su  decisión  intima; 
«A  DLos  te  queda,  dice,  conde  Orlando: 
otra  vez,  si  te  place,  se  dirima 
la  interrumpida  competeiicia  nuestra: 
eres  valiente,  i  dello  has  dado  muestra.» 

Para  dejar  que  Ferragú  se  ausente 
el  conde  intercesión  no  necesita; 
antes  a  la  fortuna  interiormente 
las  gracias  da,  que  estorbo  tal  le  quita^ 
Cambia  Orlando  la  guerra  antecedente 
por  la  que  dentro  el  pecho  amor  e.xctta, 
i  tras  la  fujitiva  mueve  el  paso, 
mientras  va  el  moro  en  busca  deGradasa. 


328  POESÍAS 

Convoca  en  tanto  Carlos  a  gran  prisa 
su  rejia  corte,  i  sobre  el  mal  que  aflije 
al  Occidente,  en  puridad  se  avisa, 
i  a  este  modo  discurre:  «Lo  que  exije 
de  nos  la  tempestad  que  se  divisa 
en  la  vecina  España,  se  colije 
de  aquestas  dos  razones:  la  primera, 
que  el  rei  Marsilio  es  deudo  nuestro,  i  fuera 

«Mancilla,  que  el  honor  real  no  admite, 
en  tamaño  peligro  abandonalle; 
i  la  segunda,  que  si  Dios  permite 
que  a  España  ese  rei  bárbaro  avasalle, 
sin  aguardar  licencia  ni  convite 
sobre  la  Francia  se  vendrá,  i  ahorralle 
el  viaje  es  convenible  i  cumplidero; 
ca  da  dos  veces  el  que  da  primero. 

«I  pues  la  fe  i  honor  os  es  patente 
del  ilustre  barón  de  Montalbano, 
nombrarle  hemos  juzgado  conveniente 
capitán  del  ejército  cristiano.» 
Habiendo  dicho  así,  solemnemente 
el  militar  bastón  le  puso  en  mano. 
Arrodillado  el  paladín  lo  aceta, 
i  una  oración  pronuncia  asaz  discreta. 

«Seguirán,  dice  Carlos,  tu  estandarte 
hombres  cincuenta  mil,  jente  de  brío; 
i  para  mas  cumplidamente  honrarte, 
i  demostrar  lo  que  en  tu  espada  fio, 
quiero  también  gobernador  nombrarte 
del  Languedoc  i  cuanto  baña  el  río 
Carona;  obedeciéndote  Burdeos, 
Rosellon  i  los  montes  Pirineos. 

«Mira,  añadió  abrazándole,  hijo  caro, 
mira  que  te  encomiendo  mi  corona.» 
Contéstale  Reinaldos:  «El  amparo 
de  los  cielos  me  falte,  si  ambiciona 
premio  mi  pecho,  mas  ilustre  i  claro, 
que  el  consagrar  mi  espada  i  mi  persona 
a  tu  gloria,  i  que  ceda,  mientras  vivo, 
en  honor  tuyo  el  que  de  ti  recibo.» 


ORLANDO  ENAMORADO  329 


Dice,  i  los  pies  le  besa,  i  se  despide, 
i  la  corte  le  da  la  enhorabuena. 
El  lo  cortes  con  lo  valiente  mide, 
i  a  todos  honra  i  de  favores  llena. 
Con  la  celeridad  que  el  caso  pido 
lo  necesario  i  la  partida  ordena, 
e  incontinenti  pónese  en  camino, 
de  Ivon  acompañado  i  de  Anjelino. 

Todo  el  que  sabe  de  armas  i  de  guerra, 
luego  que  esta  partida  se  pregona, 
deja  por  ir  tras  él  su  casa  i  tierra, 
como  a  quien  tanto  su  gran  nombre  abona. 
Pasado  han  ya  lo  estrecho  de  la  sierra, 
i  en  poco  tiempo  llegan  a  Jerona, 
adonde  el  viejo  rei  se  ha  retirado, 
dando  a  Grandonio  el  cargo  del  estado; 

Que  teniendo  cercada  en  crudo  asedio 
a  Barcelona  la  enemiga  hueste, 
de  salud  le  parece  único  medio 
en  el  estado  de  las  cosas  este; 
mas  crece  el  mal,  i  no  se  ve  remedio 
que  en  situación  tan  apurada  preste: 
casi  se  trata  de  acordar  la  entrega, 
cuando  con  Ferragú  Reinaldos  llega. 

Como  en  la  tempestad  al  marinero 
que  ya  la  tabla  náufraga  apercibe, 
cuando  mas  brama  el  piélago  altanero, 
mudado  el  viento,  el  ánimo  revive; 
cual  lámpara  que  al  dar  el  postrimero 
destello,  nuevo  pábulo  recibe, 
tal  de  Marsilio  entonces  la  abatida, 
moribunda  esperanza  torna  a  vida. 

Llegan  al  mismo  tiempo  Balugante, 
Isolero,  Espinela,  Matalista, 
Serpentino,  i  el  bravo  rei  Morgante, 
a  repeler  la  bárbara  conquista. 
El  califa  de  España,  el  almirante 
i  Falseron,  con  otra  larga  lista 
de  nombres  que  por  no  cansar  no  escribo 
cuál  era  ya  difunto,  i  cuál  cautivo. 


330  POESÍAS 

Porque  Gradaso,  aquel  desaforado 
rei  de  la  populosa  Sericana, 
habiendo  las  dos  Indias  subyugado 
i  aquella  ínsula  grande  Trapolxina, 
los  persas  i  los  árabes  domado, 
i  do  los  negros  la  rejion  lejana, 
i  la  mitad  del  mundo,  finalmente 
desembarcó  en  España  con  su  jente. 
Multitud  de  naciones  conquistada» 
le  siguen,  belicosas  i  salvajes, 
bhmcas,  rojas,  morenas,  i  tiznadas, 
de  varios  climas,  lenguas,  armas,  trajes^ 
Príncipes  solo  i  testas  coronadas 
le  sirven  de  escuderos  i  de  pajes; 
valeroso,  incapaz  de  felonía, 
pero  altivo,  arrogante  en  demasía. 

Cubre  a  la  infausta  España  la  avenida 
de  tanta  horda  terrífica,  sañuda. 
Marsilio,  que  la  cree  casi  perdida, 
no  sabe  a  qué  lugar  primero  acuda; 
i  Barcelona  misma  es  reducida 
a  tal  estremo,  que  aun  Grandonio  duda; 
pues  dia  i  noche  el  sitiador  la  estrecha, 
i  se  halla  a  punto  de  batirla  en  brecha. 
Abraza,  haciendo  estreñios  de  locura, 
a  Ferraguto  el  viejo  rei  Marsilio. 
«Aunque  imploraba  ya  la  sepultura, 
dice,  con  el  vivir  me  reconcilio; 
que  tengo  la  victoria  por  segura 
con  tu  asistencia  i  el  cristiano  auxilio.» 
Ferraguto  le  da  respuesta  breve: 
que  hará  lo  que  acostumbra  i  lo  que  debe. 

Mientras  de  la  defensa  agota  el  arte 
Grandonio,  con  la  cruz  la  media-luna 
forman  bizarro  ejército,  que  parte 
a  probar  en  el  campo  la  fortuna. 
En  brigadas  la  jente  se  reparte; 
señálase  caudillo  a  cada  una; 
i  rije  Serpentino  la  primera, 
que  combatientes  veinte  mil  numera. 


ORLANDO  ENAMORADO  331 


Cincuenta  mil  conduce  a  la  pelea 
Reinaldos;  no  le  falta  un  solo  infante; 
Matalista  a  su  vez  capitanea 
quince  mil;  va  a  su  lado  el  rei  ^lorgante; 
luego  otros  tantos  de  hosca  raza  i  fea 
gobiernan  Isolero  i  Baluganle; 
i  sigue  a  todos  la  aguerrida  banda 
de  treinta  mil  que  Ferraguto  manda. 

Dirije  el  rci  Marsilio  la  postrera 
de  treinta  i  cinco  mil  bravos  peones. 
La  fuerza  tal,  i  tal  el  orden  era 
de  las  seis  coligadas  divisiones. 
El  sol  en  los  arneses  reverbera; 
de  polvareda  espesos  nubarrones 
álzanse,  i  en  el  polvo  i  los  reflejos 
los  conoció  Gradase  desde  lejos. 

Llamando  a  cuatro  reyes  de  corona 
Brutaroca,  Grancoda,  Urnaso  i  Berra, 
«¡Hola!,  dice,  batidme  a  Barcelona: 
cuidado  que  hoi  sin  falta  venga  a  tierra; 
no  hai  que  dejarme  a  vida  una  persona; 
solamente  a  Grandonlo  en  esta  guerra 
vivo  me  cojereis;  metedle  en  hierros, 
que  a  lidiar  quiero  echarle  con  mis  perros.» 

Cada  cual  de  estos  reyes  conducia 
de  los  campos  del  Indo  i  los  del  Gánjes 
guerrera  innumerable  infantería, 
de  arcos  armada,  de  hondas  i  de  alfanjes; 
i  cubren,  en  lugar  de  artillería, 
uno  i  otro  costado  a  las  falanjes 
doscientos  elefantes  nada  menos, 
que  altos  castillos  cargan,  do  indios  llenos. 

Cual  ondas  forma  con  el  raudo  viento 
la  grama  de  una  vasta  pradería, 
comienza  a  rebullir  el  campamento, 
i  con  el  polvo  se  oscurece  el  dia. 
El  sericano  dice:  «En  el  momento 
quiero  que  venga  a  la  presencia  mia 
ese  jigante  rei  de  Trapobana 
que  monta  una  jirafa  por  alfana.» 


332  POESÍAS 

No  se  vio  rostro  de  tan  fiera  guisa 
como  el  de  este  jayán  nombrado  Alfilera. 
«¡Hola!,  dice  Gradaso,  date  prisa: 
ve,  feo  monstruo,  hacia  la  azul  bandera 
que  tiene  estrella  de  oro  por  divisa: 
sabes,  si  no  la  traes,  lo  que  te  espera.» 
I  encarado  a  otro  rei  que  cerca  estaba 
i  Faraldo  de  Arabia  se  llamaba, 

«Hazme  al  barón  de  Montalban  cautivo, 
dice,  i  el  estandarte  galicano, 
i  en  él  haz  modo  de  envolverle  vivo, 
i  de  traerme  su  corcel  a  mano: 
no  dejes  que  Bayardo  fujitivo 
se  te  escabulla,  malandrín  villano; 
pues  sabes  que  salí  de  Sericana 
por  ganar  a  Bayardo  i  Durindana.» 

Luego  a  Framarte,  rei  de  persia,  ordena 
que  a  Matalista  prenda  i  a  Morgante. 
Al  rei  de  Nubia,  Orgon,  que  tiene  llena 
de  verrugas  la  cara  i  es  jigante, 
«Ensartarásme  en  una  gran  cadena 
con  Isolero,  dice,  a  Balugante.» 
Al  cual  Orgon  la  carne  recia  i  dura 
servia  de  vestido  i  de  armadura, 

Al  jigante  Balerza  luego  manda 
(que  tiene  el  morro  tres  pulgadas  grueso 
i  monta  un  elefante)  ir  en  demanda 
de  Ferraguto,  i  que  le  traiga  preso. 
El  pueblo  serican  sin  armas  anda, 
como  en  espectativa  del  suceso; 
que  solo  con  su  rei  al  campo  sale, 
i  cuando  el  riesgo  o  la  ocasión  lo  vale. 

La  franca  en  tanto  i  la  española  jente 
provoca  al  enemigo  a  la  batalla, 
i  marcha,  a  sus  caudillos  obediente, 
en  orden  tal,  que  es  un  placer  miralla. 
El  campo,  de  la  aurora  al  occidente, 
cuajado  está  de  espesa  jentüalla 
hasta  la  mar,  i  apenas  uno  sabe 
donde  la  que  después  va  entrando  cabe. 


OnLANDO  EN'AAlORADO  333 


U'no  i  otro  enemigo  es  sarracino, 
menos  el  buen  señor  de  Montalbano, 
i  ya  está  el  uno  al  otro  tan  vecino, 
rjue  se  pueden  herir  tirando  a  mano. 
Llega  con  Espinela  Serpentino, 
i  embiste  al  populacho  trapobano: 
por  ambas  parles  pavorosa,  horrenda 
alharaca  preludia  a  la  contienda. 

El  discorde  sonar  de  tamborones, 
de  trompa,  de  añafil  i  chirimía, 
hace  una  con  fusión  de  con  fusiones 
que  cosa  del  infierno  se  diría. 
Serpentino,  apretando  los  talones, 
al  roi  de  Trapobana  acomelia; 
aquel  de  quien  se  ha  dicho  i  se  repito 
que  en  lo  disforme  parangón  no  admito. 

Blandiendo  va  el  jigante  gruesa  viga 
que  mástil  pudo  ser  de  una  fragata: 
nada  le  estorba  escudo  ni  loriga: 
de  cada  golpe  a  tres  o  cuatro  mata. 
Serpentin,  (jue  temor  jamas  abriga 
(del  coraje  español  era  la  nata), 
arremetió;  mas  golpe  tal  le  toca, 
que  cae  vertiendo  sangre  por  la  boca. 

Pasó  de  largo  la  fantasma  fea, 
con  la  gran  viga  abriéndose  ancha  plaza, 
i  donde  el  estandarte  azul  ondea, 
en  el  pobre  Espinela  hizo  tenaza: 
como  por  diversión  le  zarandea, 
terciada  en  tanto  la  robusta  maza: 
ccliando  luego  a  la  bandera  mano, 
le  envía  envuelto  en  ella  al  sericano. 

Ileináldos  desde  lójos  vio  la  (¡esta 
de  Sepertino  i  de  Espinel  gallardo, 
i  no  le  pareció  ser  hora  esta 
de  venir  con  su  jente  a  paso  tíu-do. 
Dejándosela  toda  en  orden  puesta, 
a  sus  hcrniiuios  manda  Ivon  i  Alarde 
sigan  con  ella,  mientras  el  avanza: 
cmbiílicndo  al  jayán  bajó  la  lanza. 


'334  poesías 

Aunque  no  le  hizo  sangre,  que  cubierta 
lleva  de  cuero  de  orea  la  loriga, 
del  golpe  que  le  da  le  desconcierta, 
i  echa  a  rodar  jayán,  jirafa  i  viga: 
desenvainando  entonces  a  Frusberta, 
carga  sobre  la  cáfila  enemiga: 
rompe  las  filas,  acuchilla,  mata, 
i  cuanto  encuentra  arrolla  i  desbarata. 

Tras  el  la  división  cristiana  vuela, 
i  sobre  el  enemigo  da  de  lleno. 
Viendo  la  suya  que  a  la  fuga  apela, 
está  el  jigante  Alfrera  hecho  un  veneno; 
mas  le  cumplió  también  hincar  la  espuela, 
creyendo  que  el  negocio  no  iba  bueno; 
i  en  pos  corrió  de  la  fugaz  canalla, 
no  sé  si  a  detenella  o  si  a  imitalla. 

Brazos  cortando  i  pechos  i  cabezas, 
no  da  vagar  Reinaldos  a  la  espada: 
los  trapobanos  rompe  i  hace  piezas: 
hubo  a  quien  rebanó  de  ijada  a  ijada. 
Corriendo  van  por  riscos  i  malezas, 
como  de  cabras  tímida  manada: 
caen,  como  en  la  siega  las  espigas, 
los  mutilados  cuerpos  i  lorigas. 

Pero  recuerde  aliora  que  es  Reinaldo, 
que  quieren  los  de  Ai'abia  entrar  en  danza. 
El,  para  mas  honrar  al  rei  Faraldo, 
de  parte  a  parte  le  pasó  la  lanza; 
i  luego  a  los  demás  da  el  aguinaldo 
abriendo  a  quién  el  pecho,  a  quién  la  panza; 
i  dellos  hubo  a  quien  de  un  solo  tajo 
la  gran  Frusberta  hendió  de  arriba  abajo. 

Cúbrese  de  cadáveres  el  llano, 
que  hacen  a  los  que  lidian  parapeto: 
el  que  puede  escapar  lo  hace  temprano, 
no  le  pesque  Reinaldos  el  coleto. 
Va  Ivon,  Guiscaldo  va  tras  el  hermano, 
i  Alardo,  i  Anjelino,  i  Ricardeto; 
i  Serpentín,  con  fresco  aliento  i  fuego, 
vuelve  otra  vez  al  azaroso  juego. 


ORLANDO  ENAMORADO  335 

Iba  en  derrota  el  árabe,  i  caía 
un  dromedario  aiiui,  i  allá  un  camello, 
cuando  en  su  yegua  tártara  venia 
Framarte,  rei  de  Persia,  sin  resuello, 
í|ue  por  probar  la  lanza  se  moría 
del  buen  Reinaldo,  i  se  salió  con  ello, 
pues  en  la  lanza  el  paladín  le  ensarta, 
i  fuera  se  la  echó  míis  de  una  cuarta. 

Reinaldos,  sin  hacer  de  a(]uello  cuenta, 
pasa  adelante  impávido  i  sañudo: 
parece  un  rayo  en  noche  de  tormenta: 
mas  (jue  mortal  le  estima  el  pueblo  rudo. 
I  Orgon  en  este  punto  se  presenta, 
que  va,  como  un  bergante,  a  pié  í  desnudo; 
pero  desnudo  asi  i  a  pié  i  bergante, 
nadie  le  ve  llegar  que  no  se  espante. 

Tiene  de  modo  tal  la  piel  curtida, 
(|ue  el  hierro  apc'nas  le  penetra  o  t;ija, 
i  con  el  tronco  de  una  haya  erguida 
terriblemente  a  los  contrarios  maja. 
Viole  Reinaldos;  pero  vio  en  seguida 
la  turba  que  con  él  al  campo  baja 
de  atezados  vasallos:  con  que  suena 
a  replegar,  i  su  brigada  ordena. 

I  mientras  como  próvido  consulta, 
i  qu-é  partido  tome  delibera, 
torna  a  la  lid  la  densa  turbamulta 
do  trapobanos  que  dirijo  Alfrera; 
i  volviendo  la  cara,  ve  que  oculta 
grande  espacio  de  campo  otra  tercera 
hueste,  que  viene  por  diversa  parlo 
siguiendo  de  Balcrza  el  estandarte. 

Esto  unos  gritos  da  descompasados 
con  fiue  a  los  mas  intrépidos  azora: 
Alardo  i  Arjelin  medio  turbados 
esliman  (|ue  cejar  conviene  ahora. 
Reinaldos  dice:  «Estáis  equivocados: 
agiuirdad,  compañeros,  media  hora, 
media  hora,  no  mas,  que  metlia  basta 
para  acabar  con  esta  infame  casta.» 


336  POESÍAS 

Los  dientes  con  terrífico  rechino 
Reinaldo  aprieta  i  contra  Alfrera  parte. 
Pero  nuestro  jayán,  que  era  ladino, 
como  le  vio  venir,  se  fue  a  otra  parte; 
lo  que  puso  a  Reinaldos  tan  mollino 
que  aguijando  a  Bayardo,  tunde,  parte, 
desbraza,  descabeza  a  cuantos  topa 
i  hace  pedazos  la  enemiga  tropa. 

Marsilio  ve  la  gran  nubarronada 
de  huestes  que  en  el  campo  se  congrega, 
i  envia  a  Ferraguto  una  embajada, 
que  se  apresure  a  entrar  en  la  refriega. 
La  batalla  hasta  aquí  no  ha  sido  nada; 
ahora  sí  que  en  porfiada  brega 
hasta  lo  sumo  el  brío  se  acalora: 
lo  apurado,  lo  crítico  es  ahora. 

Porque  Reinaldos  de  diversos  modog 
sarracenos  despacha,  que  es  un  gusto; 
chorréale  la  sangre  por  los  codos; 
i  a  los  mas  alentados  pone  susto. 
I  al  mismo  tiempo  van  llegando  todoa 
los  de  mas  nota;  Ferraguto  adusto, 
Matalista,  Isolero,  Balugante, 
i  el  Tortísimo  principe  Morgante. 

No  sé  decir  si  fuese  ardid  o  fuerza, 
que  don  Turpin  se  lo  ha  dejado  in  petto: 
lo  que  no  tiene  duda  es  que  Balerza 
se  metió  bajo  el  brazo  a  Ricardeto. 
Pugna  el  mancebo  mísero  i  se  esfuerza 
por  desasirse;  mas  con  poco  efeto; 
va  Ivon  tras  él,  i  Alardo,  i  Anjelino: 
Ralerza  por  los  tres  no  da  un  comino. 

Por  otra  parte  Alfrera  ha  levantado 
a  Isoler  de  la  silla  i  se  lo  lleva. 
Ferraguto  lo  vio;  mas  no  lo* es  dado 
que  un  solo  paso  su  corcel  se  mueva 
contra  la  gran  jirafa,  que,  espantado, 
solH'e  los  pies  el  cuerpo  al  aire  eleva, 
i  responde  a  la  espuela  i  a  las  voces 
dando  buiidos  i  tirando  coces. 


ORLANDO  ENAMORADO  337 


Solo  el  brutal  Orgon  a  nadie  pilla; 
despachurrar  le  gusta  únicamente: 
en  derredor,  por  mas  de  media  milla, 
toda  despavorida  huye  la  jente; 
que  allí  no  vale  lanza,  no  cuchilla, 
ni  el  ser  diestro  aprovecha  o  ser  valiente; 
él  rompe  a  un  tiempo  escudos,  armas,  huesos: 
a  borbotones  saltan  sangre  i  sesos. 

Pero  ninguno  a  compasión  excita 
a  par  de  Ricardelo,  que  hecho  presa 
de  aquel  otro  jigante,  «hermano,  grita, 
a  Ricardeto  acorre,  date  priesa.» 
Oyó  Reinaldos  la  doliente  cita; 
i  vuelto,  ve  lo  que  de  ver  le  pesa, 
o  por  mejor  decir,  lo  que  en  tan  grave 
ira  le  enciende,  que  de  sí  no  sabe. 

Tanto  el  hermano  al  bello  mozo  ama, 
que  dar  por  él  la  vida  eslima  en  poco, 
i  al  verle  en  brazos,  no  de, alguna  dama, 
sino  de  aquel  jayán,  se  vuelve  loco. 
Mas  otro  asunto  la  atención  me  llama, 
i  yo  la  vuestra  juntamente  invoco. 
A  Barcelona  voi,  que  la  tenemos 
reducida  a  los  últimos  extremos. 

El  que  por  dicha  ignora  dónde  sea 
de  los  horrores  de  la  guerra  el  centro, 
una  ciudad  acometida  vea, 
el  enemigo  fuera,  el  hambre  dentro. 
De  cuanta  desventura  alguna  idea 
formarse  pueda,  allí  la  suma  encuentro; 
ni  la  fama  otro  cerco  relaciona 
que  se  compare  al  tuyo,  Barcelona. 

Por  do  sus  torres  en  la  mar  se  miran, 
la  baten  sin  cesar  mil  galeones; 
i  en  derredor  por  la  campaña  jiran 
de  aquellos  reyes  indios  las  lejioncí?, 
que  con  ballestas,  arcos,  hondas  tiran, 
o  sobre  el  hondo  foso  echan  pontones, 
o  con  enteros  árboles  lo  ciegan, 
i  ya  a  la  basa  de  los  muros  llegan. 


338  TOESÍAS 

Dónde  arriman  escalas,  dónde  avanzan 
morrudos  elefantes  a  docenas, 
que  sus  torres  altísimas  balanzan 
de  ejercitados  guerreadores  llenas, 
que  saetas,  venablos,  piedras  lanzan, 
batiendo  a  caballero  las  almenas, 
mientras  la  poderosa  catapulta 
con  recio  embate  a  la  muralla  insulta. 

Coronan  los  sitiados  la  muralla; 
i  peñascos  de  enormes  dimensiones 
hacen  caer  de  arriba,  i  cuanto  se  halla 
a  mano;  hasta  columnas  i  artesones. 
Esotros  cuerpo  a  cuerpo  dan  batalla; 
i  en  vez  de  parapetos  i  bastiones, 
sus  propios  pechos  a  la  lid  presentan, 
i  al  enemigo  de  la  brecha  ahuyentan. 

Descuella  sobre  todos  la  figura 
de  Grandonio,  i  ya  firme  está,  ya  corre; 
cuantos  hai  medios  de  defensa  apura; 
a  un  tiempo  manda,  riñe,  ofende,  acorre; 
las  almenas  le  dan  por  la  cintura; 
semeja  desde  lejos  una  torre. 
Dijcrades  al  ver  su  porte  i  traza 
que  basta  61  solo  a  defender  la  plaza. 

A  diestra  i  a  siniestra  peñas  tira, 
i  a  cada  tiro  aplasta  un  elefante. 
En  tropas  la  indiada  se  retira, 
invocando  a  Mahoma  i  Trivigante. 
Infelices  de  aquellos  do  la  mira 
pone  el  jayán,  de  estragos  anhelante, 
que  avienta  como  paja  las  escalas, 
i  a  los  que  pilla  hace  volar  sin  alas. 

«[Cobardes!  ¿el  huir  qué  os  aprovecha, 
si  os  esperan  aquí  nuestras  espadas?, 
dicen  los  reyes:  asaltad  la  brecha;» 
i  empújanlos  a  coces  i  a  puñadas. 
Grandonio  encima  hirviente  pez  les  echa, 
i  líquido  alquitrán  a  calderadas; 
«-\sí,  diciendo,  adobo  yo,  belitres, 
el  yantar  a  los  canes  i  a  los  buitres.» 


ORLANDO  ENAMORADO  339 


Hinchen  el  aire,  asordan  los  oídos 
en  varias  lenguas  dísonos  acentos, 
el  triste  lamentar  de  los  heridos, 
i  el  son  de  los  marciales  instrumentos: 
doquiera  dolorosos  alaridos, 
imprecaciones,  votos,  juramentos: 
doquiera  espanto  i  confusión  se  advierte, 
i  el  furor  en  mil  formas,  i  la  muerte. 

Al  mismo  tiempo  el  horroroso  estrago 
del  hambre  el  vulgo  en  Barcelona  siente, 
que  macilento  i  por  las  calles  vago, 
mendiga  el  pan  con  que  el  vivir  sustento. 
¡Cuánto  el  anciano  endeble  que  al  amago 
de  la  Parca  con  pulso  intercadente 
i  lento  afán  se  rinde,  cuánto  envidia 
al  que  perece  en  la  sangrienta  lidia! 

Con  mustio  labio  el  falleciente  hijuelo 
los  pechos  de  la  madre  exprime  en  vano, 
que  la  lívida  cara  eleva  al  cielo, 
desampiarada  de  socorro  humano. 
Crece  continuamente  el  ansia  i  duelo, 
i  de  hora  en  hora  aguarda  el  ciudadano 
ver  de  la  patria  la  fortuna  extrema, 
el  saco  horrible  i  la  matanza  i  quema.     • 

Pero,  por  Dios,  dejemos  este  asunto, 
i  dejemos  también,  si  os  acomoda, 
a  los  indianos  reyes,  que  ya  a  punto 
tienen  la  jente  que  gobiernan  toda; 
tanto,  que  a  una  señal  de  aquel  trasunto 
de  Satanás,  el  pardo  reí  Grancoda, 
cubren  dos  mil  escalas  la  muralla, 
i  sube  como  hormigas  la  canalla. 

Mudemos  en  efecto  de  sujeto, 
que  pensar  no  me  deja  en  otra  cosa, 
i  a  decir  la  verdad,  me  tiene  inquieto 
la  tremenda,  la  crítica,  azarosa 
aventura  del  pobre  liicardclo, 
que,  si  jente  lo  sigue  valerosa, 
so  va  con  el  IJalcrza  sin  embargo, 
i  lleva  el  olefuntc  a  un  trote  lari?o. 


3i0  poesías 

Bien  que  como  Reináldoís  se  aproxime, 
tiene  que  detenerse  a  su  despecho. 
Ni  por  eso  creáis  se  desanime, 
antes  le  dice  que  placer  le  ha  hecho. 
Ferrado  tronco  en  la  derecha  esgrime, 
i  lo  maneja  cual  liviano  helécho. 
\'estido  está  de  acero  rutilante, 
i  ya  sabéis  que  monta  un  elefante. 

Por  no  exponer  su  buen  corcel,  se  apea 
el  paladín;  pero  ¿de  qué  su  ahinco 
le  sirve,  o  su  valor,  cuan  grande  sea, 
si  cuatro  palmos  mas  no  crece  o  cinco? 
Fuéle  inspirada  una  excelente  idea: 
un  brinco  da,  cual  suele  ser  el  brinco 
del  tigre  sobre  el  corso  o  la  potranca: 
del  elefante  empínase  en  el  anca; 

I  al  monstruo  en  el  cogote  con  suceso 
tan  cabal  embutió  la  hoja  luciente, 
(jue  tras  el  casco  le  taladra  el  seso, 
i  hace  salir  la  punta  por  la  frente, 
de  modo  que  Balerza  suelta  el  preso 
i  el  último  suspiro  juntamente. 
La  vasta  mole  ensangrentada  bota 
el  elefante,  i  por  el  campo  trota. 

Mudando  de  caballo  Ferraguto, 
persigue  en  tanto  al  robador  Alfrera, 
que  por  salvar  la  presa,  al  tardo  bruto 
que  monta,  incita  a  mas  veloz  carrera. 
Ello  es  que  el  moro  se  afanó  sin  fruto, 
i  que  cuando  al  bergante  herir  espera, 
este,  esquivando  el  golpe,  aprieta  el  paso, 
i  se  mete  en  el  campo  de  Gradaso. 
Tras  61  se  cuela  Ferraguto;  pero 
el  resultado  no  valió  la  pena. 
Echando  en  tierra  al  joven  Isolero, 
aforra  el  otro  la  fornida  entena; 
i  moviéndola  en  círculo  lijero, 
da  a  Ferraguto  un  golpe  que  le  atruena: 
la  rejia  servidumbre  se  apersona, 
i  a  los  dos  españoles  aprisiona. 


ORLANDO  ENAMORADO  3'il 


Dico  a  Gradase  Alfrera:  «Desconfío 
que  saldas  de  esta  lid  con  lucimiento: 
ciertamonto  lieiaáldos  tiene  brio; 
yo  solo  el  tuyo  ijjaalo  a  su  ardimiento. 
Es  tu  enemigo  i  enemigo  mió, 
i  el  alabarle  no  me  da  contento; 
mas  la  verdad  so  ha  de  decir  por  fuerza: 
acaba  de  matar  al  rei  Balerza. 

«Atravesó  a  Faraldo,  i  ha  ensartado 
a  Framailo  como  una  pajarilla. 
Yo  soi  do  todos  el  mejor  librado, 
i  tengo  dislocada  una  costilla. 
Al  verlo,  no  hai  peón  tan  alentado 
c[ue  no  eche  a  huir  creyendo  que  le  pilla. 
Tú,  si  de  mi  verdad  te  satisfaces, 
miónlras  es  tiempo,  mira  bien  lo  que  haces.» 

liiendo  desdeñoso  el  sericano, 
«¿Con  que  Reinaldos,  dice,  es  tan  valiente? 
¿Con  que  te  ha  dado?  Bien  está;  me  allano 
a  renunciar  mi  pi'elension  presente, 
si  no  le  venzo  i  a  Bayardo  gano 
antes  que  el  sol  descienda  al  occidente.» 
Dijo,  i  por  señas  la  armadura  pide, 
i  el  rejio  albergue  a  lentos  pasos  mide. 

Las  armas  otro  tiempo  frabricadaa 
para  Sansón,  dos  reyes  le  traían: 
obra  marabillosa  de  las  hadas, 
do  azul  i  oro  a  cuarteles  relucían. 
I  no  bien  se  las  tuvo  acomodadas, 
era  cosa  de  ver  lo  que  corrian 
los  ([ue  a  servirle  en  torno  atienden;  tanto 
el  verle  aun  a  los  suyos  causa  espanto. 

Luego  de  un  sallo  encabalgó  la  alfana, 
que  era  una  yegua  do  color  retinto, 
negrísima,  tresalba,  rabicana, 
de  gran  correr  i  de  marcial  instinto. 
Saliendo,  ve  a  Reinaldos  que  rebana, 
punza,  degüella,  troncha  i  deja  tinto 
de  sangre  el  suelo,  entre  cabezas  rolas, 
informcí»  cuerpos,  destrozadas  cotas. 


342  POESÍAS 

El  rei  Gradaso  le  miraba  atento, 
como  quien  tiene  en  tales  cosas  voto: 
luego  se  le  dispara  truculento; 
es  una  tempestad,  un  terremoto: 
al  mismo  diablo,  si  lo  diese  un  tiento 
con  la  lanza,  el  testuz  le  hubiera  roto. 
Despavorido  un  repentino  salto 
Bayardo  da  de  cuatro  varas  de  alto, 

De  que  el  pagano  asaz  se  marabilla; 
mas  no  se  cura,  i  sigue  siempre  avante. 
Hileras  desbarata  i  desparpilla: 
ya  están  en  tierra  Ivon  i  el  rei  Morgante. 
Ambos  a  dos  iVlf^era  al  punto  pilla, 
que  tras  el  rei  Gradaso  va  de  infante, 
■  i  a  jJrender,  no  sin  pena,  se  da  mano 
todos  los  que  derriba  el  sericano. 

Guiscardo  al  suelo  va,  va  Serpentino, 
Alarde  i  otros  ciento  en  larga  hilera. 
Como  si  en  sucesión  a  su  vecino 
el  que  primero  cao,  caer  hiciera, 
llévaselos  Gradaso  do  camino 
sin  suspender  un  punto  su  carrera: 
casi  duda  la  vista  sorprendida 
b\  primero  es  el  golpe  o  la  caída. 

Mas  ol  barón  de  IMontalliano  ha  vuelto, 
que,  sin  apelación,  probar  fortuna 
con  el  gallardo  rei  tiene  resuelto. 
Cual  entra  con  enhiesta  media-luna 
bravo  toro  en  el  circo;  desenvuelto^ 
alta  la  frente,  llega.  Ambos  a  una 
se  encaran  i  se  embisten  fieramente: 
páreselos  a  ver  toda  la  jente. 

Fué  sobre  todo  humano  pensamiento, 
pavorosa,  cruel  la  arremetida. 
El  buen  Bayardo  (a  mi  pesar  lo  cuento) 
cae  por  la  vez  primera  de  su  vida; 
pero  resurte  i  pone  en  salvamento 
al  mísero  Reinaldos,  que  la  brida 
no  rije  ya.  Gradaso,  aunque  la  bella 
alfana  cae,  se  tiene  firme  en  ella. 


ORLANDO  EXAIIORADO  343 


Creyendo  que  al  nocrorio  ha  dado  cabe, 
dice  al  j  ¡gante  Al  Fiera:  «Corre  i  pilla- 
ese  corcel  que  de  ganar  acabo: 
jaeces  nuevos  ponle  i  nvseva  silla.» 
Mas- le  dejó  por  desollar  el  rabo, 
que  el  tal  corcel  ya  estaba  a  media  milla, 
llevando  encima  al  aturdido  dueño, 
que-  al  fin  sacude  aquel  pesado  sueño, 

I  torna  nuevamente  a  la  quimera, 
apenas  recobrado  del  letargo-. 
Iba  diciendo  el  socarrón  de  Alfrera:- 
«¿A  quién  se  dio  jamas  tan  necia  encargo?» 
I  como  si  alcanzarle  no  quisi-era, 
ya  a  corto,  ya  le  sigue  a  paso  largo, 
jurando,  a  fe  de  Alfrera  í  dejigante, 
que  en  tenerle  a  la  vista  hará  bastante. 

Mientras  a  los  franceses  divertido 
está  en  acuchillar  el  scricano, 
¡  a  cuál  la  vida,  a  cuál  quita  el  sentido, 
hiriendo  a  unos  de  filo,  a  otros  de  plano, 
Reinaldos,  que  pensaba  prcA-alido 
de  la  ocasión,  cascarle  a  salvamano, 
le  asaltó  de  costada,  i  en  la  frente 
le  descargó  descomunal  fendiente.    • 

Mas  no  hai  granito  que  se  ponga  al  lado 
de  aquella;  i  ved  si  con  razón  lo  digo. 
Como  si  un  coscorrón  le  hubieran  dado, 
asi  se  queda;  i  vuelto  a  su  enemigo, 
«Suelo  dar,  dice,  el  celemin  colmado 
a  los  que  gustan  de  feriar  connrigo.» 
nácese  airas  para  que  libre  juego 
tenga  el  robusto  brazo,  i  carga  luego. 

Caló  sobre  el  brioso  paladino 
silbador  altibajo;  i  por  mi  vida, 
a  no  tener  el  yelmo- de  Mambrino, 
ya  estaba  al  otro  mundo  de  partida. 
Sobre  el  pescuezo  a  dar  de  bruces  vino 
de  su  corcel,  que  arranca  de  estampida; 
i  aciértalo  a  mi  ver,  porque  sin  eso 
queda  allí  su  señor  o  muerto  o  preso. 


344  POESÍAS 

Tornó  Reinaldo  en  si;  mas  ¡ai!  el  pecho 
otro  mas  crudo  golpe  le  traspasa: 
muérese  de  vergüenza  i  de  despecho: 
se  desespera,  en  cólera  se  abrasa. 
Decíase:  «Tus  bríos  ¿qué  se  han  hecho? 
¿qué  es  esto,  miserable,  qué  te  pasa? 
¿eres  Reinaldos?  ¿tienes  armas?  manos? 
¿te  han  hechizado  acaso  estos  paganos?» 

I  vuelto  a  su  caballo  dice:  «¡Ingrato! 
dejárasme  morir,  que  de  esa  suerte 
honrado  morirla:  nunca  al  trato 
de  los  hombres  volvamos:  ve  a  esconderte. 
Pero  ¿qué  estoi  diciendo,  mentecato? 
Volvamos  a  vengarnos  o  a  la  muerte.» 
Decir,  picar,  arremeter  violento 
al  reí  de  Sericana,  fué  un  momento. 

Aunque  en  sus  armas  la  menor  falsía 
no  halló  Frusberta  aquella  vez  tampoco, 
estrellas  le  hizo  ver  a  mediodía. 
Parecióle  la  chanza  al  rei  un  poco 
pesada,  i  dijo,  haciendo  que  reia: 
a¿Habráse  visto  semejante  loco? 
Mas  yo  tengo  de  ver  si  te  sosiego.» 
Lanzando  por  los  ojos  vivo  fuego, 

Se  abalanza  al  francés  de  tal  manera, 
da  tal  fuerza,  tal  ímpetu  a  la  espada, 
que  ninguno  lo  vio  que  no  dijera: 
«Barón  de  Montalban.  tu  hora  es  llegada.» 
I  sin  duda  ninguna  que  lo  fuera, 
si  hubiese  andado  lerdo  el  camarada. 
El  siniestro  talón  Reinaldos  hinca; 
ájil  Bayardo  al  otro  lado  brinca. 

Dio  en  vago  el  golpe  el  sericano;  empero 
otro  le  segundó  que  puso  grima. 
Hurta  el  francés  el  cuei-po  cual  primero, 
i  un  recio  tajo  al  mismo  tiempo  arrima. 
Pagábale  al  contado  en  buen  dinero, 
como  quien  sabe  a  perfección  la  esgrima; 
i  Bayardo,  tan  ducho  como  el  amo, 
saltando  acá  i  allá  parece  un  gamo. 


ORLANDO  ENAMORADO  345 


Gradase,  viendo  que  trabaja  en  vano, 
va  a  ver  si  en  otra  parte  se  fatiga 
con  mas  provecho,  i  rompe  espada  en  mano 
por  las  lej iones  de  la  adversa  liga; 
mas  no  ha  dado  cien  pasos  el  pagano 
cuando  Reinaldos  otra  vez  le  hostiga, 
i  gozar  no  le  deja  aquel  sabroso 
andar  matando  a  roso  i  a  velloso. 

Trabárase  la  lid  con  furia  nueva 
a  no  verse  Reinaldo  en  grande  aprieto, 
pues  mientras  con  el  rei  su  espada  prueba, 
prisionero  hace  Orgpn  a  Ricardeto. 
De  allá  el  hermano  grita:  a;Que  me  lleva!» 
i  a  él  acá  le  tiran  el  coleto: 
no  sabe  a  dó  se  vuelva  ni  qué  haga, 
ni  cómo  a  entrambos  lances  satisfaga. 

Tanto  le  da  que  hacer  su  antagonista 
que  apenas  de  su  espada  se  defiende: 
pues  ¿qué  será  cuando  al  jigante  embista, 
si  al  mismo  tiempo  el  serican  le  ofende? 
No  ve  socorro  humano,  aunque  la  vista 
por  todo  el  campo  a  la  redonda  tiende. 
Pero  sin  fuerzas  i  sin  voz  me  siento; 
suspendo  el  canto  mientras  cobro  aliento. 


CANTO  V. 


LA    15  A  R  QUILLA 


Suele  dar  Dios  con  dulce  miel  templado 
el  acíbar  del  cáliz  de  la  vida, 
i  aun  teniendo  el  azote  levantado, 
su  providencia  paternal  no  olvida; 
por  mas  que  en  esto  valle  malhadado, 
que  es  de  los  vicios  i  el  error  manida, 
no  cese  un  punto  la  malicia  nuestra 
de  provocar  su  vengadora  diestra. 

Mas  entre  cuantos  bienes,  los  enojos 
calmando,  que  el  vivir  humano  afiijen, 
grato  solaz  ofrezcan  a  los  ojos, 
o  al  trabajado  pecho  regocijen, 
como  flores  que  brotan  entre  abrojos, 
o  que  su  tallo  en  mustio  yermo  erijen, 
¡dulce  amistad!  si  el  tuyo  en  este  mundo 
no  es  el  lugar  primero,  es  el  segundo. 

Busca  el  dichoso  a  ti  por  coníidcnte, 
con  quien,  partiendo  el  gozo,  mayor  le  haga; 
que,  no  comunicado,  brevemente 
el  mas  grato  placer  nos  empalaga. 
A  ti  recurre  el  ánima  doliente, 
i  tú  de  la  aflicción  curas  la  llaga, 
i  en  ella,  ¡oh  bienhechora  hija  del  cielo! 
el  bálsamo  derramas  del  consuelo. 


ORLANDO  ENAMORADO  3^7 


Pero  cuando  un  afecto  su  fineza 
apura  mas  i  acendra  i  aquilata, 
es  cuando  aquel  que  con  la  vida  empieza 
la  estimación  lo  esmera!  lo  remata; 
i  dos  almas  que  unió  naturaleza 
santa  amistad  con  dobles  nudos  ata, 
yendo  con  la  razón  la  sangro  a  una 
i  la  dulce  costumbre  de  la  cuna. 

Que  si  a  lo  mas  extraño  i  forastero 
el  mérito  i  virtud  nos  aficiona, 
¿qué  será  cuando  a([uello  que  primero 
ciego  abrazó  el  carino,  el  juicio  abona? 
Entonces  con  tan  firme  i  duradero 
lazo  un  afecto  al  otro  se  eslabona, 
que  no  se  da  poder  que  los  desuna 
en  el  mundo,  en  el  tiempo,  en  la  fortuna; 
Desto  Reinaldo,  insigne  ejemplo  ofrece, 
que  a  su  hermano  menor,  bello  dechado 
de  virtud  que  en  temprana  edad  florece, 
quiere  i  eslima  en  el  mas  alto  grado. 
Pensad,  pues,  a  (juc  punto  so  enardece, 
qué  furor  hierve  en  el,  cuando  a  su  amado 
Ricardeto  el  brutal  Orgon  cautiva, 
según  lo  dejo  declarado  arriba. 

Poco  estuvo  Reinaldos  vacilante, 
que  pronta  decisión  reciuiere  el  caso. 
Acordó,  pues,  la  suya  en  el  instante, 
que  fué  dar  las  espaldas  a  Gradaso, 
i  luego  enderezar  contra  el  jigante, 
con  la  celeridad  que  pudo,  el  paso, 
para  volver,  sin  eso  inconveniente, 
la  competencia  a  dirimir  pendiente. 
I  llegado  que  fué,  tomó  el  partido 
de  desmontar,  no  fuese  (jue  el  villano 
lo  lisiase  el  corcel  con  el  fornido, 
formidable  bastón  que  lleva  en  mano. 
Orgon,  que  no  pensaba  luil)¡cse  hal)ido 
ninguno,  que  teniendo  el  juicio  sano 
de  venir  a  embestirle  osado  fuera, 
muerto  de  risa  al  paladín  espera; 


348  POESÍAS 

En  lo  que,  cierto,  no  mostró  cordura, 
como  Frusberla  conocer  le  ha  hecho 
con  un  raudo  revés  i  una  abertura 
algo  profunda  en  el  cuadril  derecho. 
Allulla  el  malandrín,  blasfema,  jura 
i  se  muerde  los  labios  de  despecho: 
embravecido  a  Ricardeto  arroja, 
que  el  duro  suelo  con  su  sangi'e  moja. 

Quedó  tendido  el  pobre  mozo  en  tierra 
sin  habla,  sin  color,  sin  movimiento. 
Orgon  la  poderosa  porra  afierra: 
Reinaldo  alerta  está  i  a  todo  alentó: 
cruje  los  dientes,  cual  sonora  sierra, 
Orgon,  i  con  la  clava  hiende  el  viento: 
Reinaldo,  hurtando  el  cuerpo,  atrás  da  un  paso: 
en  esto  sobreviene  el  rei  Gradaso. 

El  lance  ciertamente  es  de  dar  susto, 
i  casi  duda  el  hé'roe  de  Mongrana.  ^ 
Mas  como  tiene  un  corazón  robusto 
que  con  ningún  peligro  se  amilana, 
un  tajo  esgrime,  que  cojiendo  al  justo 
la  cintura  al  jayán,  se  la  rebana: 
cayó  sangriento  el  monstruo  en  dos  pedazos; 
uno  las  piernas,  otro  el  busto  i  brazos. 

Como  si  hubiese  algún  melón  partido, 
sereno  así  sobre  Bayardo  salta, 
i  de  nuevos  alientos  revestido 
al  rei  Gradaso  el  paladín  asalta. 
Este,  de  lo  que  mira  sorprendido, 
mostró  la  diestra  desarmada  i  alta 
en  señal  de  pedirle  parlamento: 
el  paladín  envaina,  i  oye  atento. 

aFuera,  señor,  soez  descortesía, 
el  rei  le  dice,  i  gran  desaguisado, 
que,  siendo  tú  de  tanta  bizarría 
i  de  tanto  valor  como  has  mostrado, 
fueses  vencido  por  la  hueste  mia; 
que,  estando  de  millares  rodeado, 
no  puedes  escapar  de  muerto  o  preso, 
si  eres  hombre  mortal  de  carne  i  hueso. 


ORLANDO  ENAMORADO  3i9 


«No  quiera  Dios  que  afrenta  tan  villana 
a  un  caballero  se  haga  de  tal  brío. 
Yo  pienso,  si  te  place,  que  mañana 
(pues  tiende  ya  la  noche  el  velo  umbrío), 
sin  tu  Bayardo  tú.  yo  sin  mi  alfana, 
lidiemos  cuei-po  a  cuerpo  en  desafio, 
j)orque  del  lauro  así  i  honor  primero 
no  defraude  el  caballo  al  caballero. 

«Mas  con  tal  pacto  luigamos  la  pelea, 
([\ie  si  me  vences  tú,  todo  el  ({ue  hubiere 
<le  vosotros  cautivo,  suelto  sea; 
i  si  yo  te  matare  o  te  prendiere, 
no  pido  mas  rescate  ni  presea 
(jue  tu  corcel:  i  venza  el  que  venciere, 
libre,  la  vuelta  de  Asia,  irá  mi  tropa, 
i  el  cetro  a  Carlos  dejaré  de  Europa.» 

Reinaldos,  (¡ue  no  encuentra  en  esta  cosa 
mucho  que  masticar,  así  contesta: 
«Serme  no  puede  menos  que  gloriosa 
la  lid,  alto  señor,  que  me  es  propuesta, 
pues  tanto  tu  virtud  marabillosa 
al  universo  mundo  es  maniiiesta, 
que  en  recibir  de  un  brazo  tal  la  muerte 
dará  envidia,  no  lástima,  mi  suerte. 

«I  en  lo  que  toca  a  la  razón  i)rimcra, 
gracias  te  doi;  mas  con  tu  venia  añado 
que,  aunque  parezco  zozobrar,  pudiera 
sin  ajeno  favor  salir  a  vado, 
i  ([ue  si  en  contra  mia  el  orbe  fuera, 
i  brotara  lej iones  este  prado, 
no  temblara  por  eso;  i  lo  que  digo, 
con  este  acero  a  sustentar  me  obligo.» 

Graduso  a  esto  no  replica  nada: 
con  que,  volviendo  al  comenzado  asunto, 
de  la  lid  determinan  acordada 
el  dónde,  cómo  i  cuándo:  el  dónde,  junto 
a  la  playa  del  mar;  el  cómo,  a  espada, 
armados,  claro  está,  de  todo  j)unto, 
sin  comitiva  alguna  o  cunq)añía, 
amboá  a  pie;  i  el  cuándo,  al  otro  día. 


350  POESÍAS 

Todo  con  una  flema  sin  segunda, 
lo  dejan  definido  i  aplazado, 
i  por  volver  a  la  sabrosa  tunda 
([uisieran  fuese  el  nuevo  sol  llegado. 
No  así  yo,  que  de  tanta  barabúnda 
estoi,  os  aseguro,  mareado. 
Calle  un  instante  la  trompeta  bélica, 
que  en  el  Catai  me  está  aguardando  Anjélica, 

La  cual,  aunque  la  causa  que  la  inquieta 
a  la  espalda  dejó,  no  ha  sosegado. 
Cual  simplecilla  cierva,  a  quien  saeta  • 
de  aleve  cazador  llagó  el  costado, 
que  huye  anhelando,  i  tanto  mas  le  aprieta 
aquel  mortal  dolor  que  lleva  al  lado, 
i  en  vano  busca  alivio  al  mal  que  siente, 
en  la  nativa  selva  i  clara  fuente; 

O  cual  traviesa  niña,  que  en  la  saya 
deja,  por  acercarse  sin  cautela, 
prender  el  fuego,  i  corre  huyendo  al  aya, 
i  mas  en  el  correr  la  llama  vuela; 
lleva  Anjélica  así,  doquier  que  vaya, 
la  amorosa  pasión  que  le  desvela; 
ni  le  vale  el  huir,  antes  parece 
que  su  mal  con  la  ausencia  se  encrudece. 

No  sabe  qué  es  consuelo  ni  reposo; 
no  hai  pasatiempo  que  su  pena  engañe; 
el  rostro  tiene  siempre  lagrimoso; 
suspira  a  todas  horas,  jime,  plañe; 
si  acaso  duerme,  en  vez  de  algún  dichoso 
sueño  que  un  punto  su  llorar  restañe, 
sueña  que  mira  aquel  semblante  amado 
esquivo  para  ella  i  enojado. 

Con  esto  torna  en  sí  sobresaltada, 
i  volviendo  los  ojos  a  occidente, 
«¡Oh  Francia!,  dice,  ¡oh  tierra  celebrada!, 
dichosa  tú,  que  logras  ver  presente 
el  caro  bien  de  que  yo  estoi  privada! 
¡.\h!  puede  ser  que  ahora  cabalmente 
otro  seno  amoroso  (¡amarga  idea!) 
lo  que  en  vano  ansio  yo,  goce  i  posea. 


ORLANDO  ENAMORADO  3jl 


«Pobre  de  mí!  ¿que  haré  contra  esle  loco 
delirio,  este  mort;il  desasosiego? 
¿a  qué  arte  apelo?  ¿a  qué  deidad  invoco? 
Tur))ó  la  tierra,  el  agua,  el  aire,  el  fuego; 
mas  de  hechizos  Amor  se  cura  poco; 
bien  a  mi  costa  a  conocerlo  llego: 
que  no  calme  este  ardor  ningún  encanto 
decreto  tuyo  ha  sido,  ciclo  santo. 

«¿Qué  aguardo  mas?  ¿Por  qué  no  doi  de  mano 
a  la  esperanza  en  (|ue  mi  amor  se  ceba? 
¿Xo  sabe  que  le  adoro  el  inhumano, 

0  de  su  ingratitud  me  falta  prueba? 
Solo  desdenes  te  debí,  tirano; 

mas  pagarélos  con  íineza  nueva: 

al  mago  Maljesí,  mi  prisionero, 

dar  libertad,  porque  es  tu  primo,  quiero.» 

Aquesto  dicho,  al  húmedo  aposento 
do  en  medio  el  mar  está  el  cautivo,  baja 
valida  de  no  sé  qué  encantamento, 
i  las  i)uertas  de  bronce  descerraja. 
Dyó  el  mago  el  ruido,  i  al  momento, 
en  el  majin  Ih  idea  se  le  encaja 
de  ser  llegado  su  postrero  día, 
i  de  que  Satanás  por  él  envia. 

Cuando  aguardaba  la  infernal  visita, 
aparecióle  el  bello  ánjcl  humano. 
Luego  que  le  saluda  i  que  le  quita 
los  hierros  ella  con  su  propia  mano, 
dice:  «Quien  te  libró  de  tanta  cuita, 
piedad  igual  de  ti  no  espere  en  vano: 
aleccionado  por  tu  propia  pena, 
aprende  a  condolerle  de  la  ajena. 

«Que  si  de  amor  tal  vez  supiste,  i  sabes 
que  de  un  ingrato  enamorada  vivo, 
juzgarás  tus  cadenas  menos  graves 
que  en  las  (jue  tengo  el  corazón  cautivo, 

1  poríjuc  de  entender  mi  ruego  acabes, 
amo  a  licinaldo,  i  me  desprecia  altivo; 
i  de  tu  libertad  en  pago  quiero 

que  me  sirvas  con  él  de  medianero. 


35Í  POESÍAS 

«De  servidumbre  te  declaro  asento, 
i  con  tu  libro  cobrarás  tu  espada, 
si  me  empeñas  palabra  i  juramento 
de  traérmele  a  vuelta  de  jornada.» 
Mucho  al  mago  cuadró  el  ofrecimiento, 
i  diciendo  en  sí  mismo:  «El  camarada 
no  se  hará  de  rogar,  yo  lo  aseguro;» 
responde  prontamente:  «Sí,  lo  juro.» 

Cuanto  le  pide  Anjélica,  él  le  jura; 
i  ¿quién  lo  mismo,  en  su  lugar,  no  haría? 
Servir  amigo  i  dama  se  figura, 
1  hacer  cree  dos  mandados  de  una  vía. 
A  cumplir  su  palabra  se  apresura, 
i  con  desenfadada  gallardía 
a  un  diablo  Maljesí  las  piernas  echa, 
i  por  los  aires  va  como  una  flecha. 

Por  el  camino  el  diablo  le  detalla 
(perdóname,  lector,  si  eres  purista) 
la  situación  en  que  la  España  se  halla, 
devastada  por  bárbara  conquista, 
los  lances  de  la  guerra,  la  batalla 
que  con  Gradaso  aparejada  i  lista 
tiene  Reinaldos,  todo  finalmente; 
i  aun  algo  mas,  porque  el  diablillo  miente. 

Llegó  el  francés  al  campamento  cuando 
amagaba  rayar  el  alba  apenas. 
Del  diablo  se  apeó,  i  atravesando 
tiendas  de  innumerable  jente  llenas, 
ahora  sepultada  en  sueño  blando, 
dulce,  aunque  breve,  tregua  de  las  penas, 
entró  en  la  de  Reinaldos,  que  halló  sola, 
i  al  paladín  durmiendo  a  la  bartola. 

Reinaldos  despertó,  no  sin  trabajo, 
i  a  estrechar  va  en  sus  brazos  al  amigo; 
mas  éste,  rehuyendo  el  agasajo, 
«únicamente  para  hablar  contigo 
salí  de  mi  prisión,  le  dice,  bajo 
palabra  de  volver,  si  no  consigo 
que  me  libertes  (pues  en  ti  consiste) 
de  un  cauliverio  ignüminiobo  i  triste. 


ORLANDO  ENAMORADO  353 


«Ni  pienses  que  el  libi-arme  ha  de  ser  cosa 
de  gran  dificultad;  que  no  te  espera 
ningún  jayán,  sino  una  dama  hermosa 
que  te  ama  con  la  fe  mas  verdadera, 
un  scrafin;  en  conclusión,  la  diosa 
misma  de  la  hermosura;  de  manera 
que  en  hacer  lo  que  pido  i  lo  que  es  justo, 
me  harás  a  mí  un  gran  bien  i  a  ti  un  gran  gusto. 

«Si  aun  no  lo  he  dicho,  Anjélica  es  la  dama.» 
«¡Anjélica!,»  Reinaldos  aturdido, 
dos  o  tres  pasos  dando  atrás,  exclama; 
el  horror  en  su  rostro  se  ha  esculpido. 
.    Parece  que  en  las  venas  le  derrama 
súbito  yelo  el  nombre  aborrecido: 
el  pobre  hom])re  r[uedó  como  insensato, 
i  sin  hablar  palabra  estuvo  un  rato. 

Mas  como  siempre  a  una  alma  jcnerosa 
repugna  el  disimulo,  de  esta  suerte 
responde:  «Mira,  Maljesí,  no  hai  cosa 
que  no  la  hiciera  yo  por  complacerte; 
mándame  acometer  la  mas  dudosa 
empresa;  arrostrare»  por  ti  la  muerte; 
embestiré  al  infierno,  si  te  agrada; 
mas  con  esa  mujer  no  quiero  nada.» 

Cosa  a  sus  esperanzas  tan  opuesta 
oyendo  Maljesí,  confuso  estaba: 
no  supo  qué  pensar  de  tal  respuesta, 
i  al  primo  preguntó  si  se  burlaba. 
Ser  positiva,  el  otro  le  protesta, 
la  decisión  que  de  expresarle  acaba. 
Se  fuerza  el  nigromante  cuanto  puede; 
insta,  conjura,  i  Montalban  no  cede. 

Después  que  le  hu])o  predicado  un  rato, 
que  fué  como  si  en  yermo  predicara, 
dice:  «No  hai  mas  placer  con  el  ingrato 
que  echarle  los  favores  a  la  cara: 
tengo  el  alma  por  ti  en  un  garabato, 
pues  porque  mi  saber  te  aprovechara, 
vendíla  al  diablo:  i  tú  (¡quién  tal  creyera!) 
quieres  que  yo  misoramenle  muera. 
poesías  -15 


3ü4  POESÍAS 

«De  mí  te  guarda,  nada  mas  te  digo.» 
Mustio  el  semblante  i  gacha  la  cabeza, 
echando  pestes  contra  el  falso  amigo, 
sale  del  campo  i  cierto  ensalmo  reza. 
La  üerra,  por  un  lóbrego  postigo 
que  la  luz  filtra  al  Aqueron,  bosteza, 
i  (le  su  centro  una  pizmienta  nube 
de  alados  dia])los  rezongando  sube. 

«A  Caudilordo  elijo  i  a  Falseta, 
el  mago  dice;  a  los  demás  despido.»     ■ 
Luego  con  estos  dos  arma  una  treta 
(jue  no  la  hubiera  Satanás  urdido. 
Falseta  en  la  figura  mas  perfela 
de  un  farante  español  se  ha  convertido; 
con  lunado  turbante,  alba  marlota, 
bastón  en  mano,  i  i)lasonada  cota. 

Va  en  este  traje  al  rei  de  Sericana, 
i  dice  que  Reinaldos  estaria 
junto  al  mar  a  las  diez  de  la  mañana, 
i  a  la  aplazada  lid  le  aguardarla. 
La  cita  el  noljle  rei  de  buena  gana 
acepta;  i  en  señal  de  cortesía, 
regala  al  contrahecho  heraldo  moro 
un  rico  anillo  i  una  copa  de  oro. 

El  cual  de  allí  se  parte,  i  otra  nueva 
forma  tomó  de  trujamán  indiano: 
en  delgado  cendal  ((ue  el  viento  eleva 
i  en  muselina  envuelve  el  cuerpo  vano;  ^ 
en  las  orejas  los  anillos  lleva 
que  antes  llevaba  en  la  siniestra  mano: 
dijéradcs  al  verle  {[Uc  venia 
de  Seringapatan  su  señoría. 

En  esta  forma,  pues,  i  este  vestido 
al  campo  de  Reinaldos  se  encamina: 
dícelo  que  Oradaso  ha  prevenido 
ir  a  las  ocho  en  punto  a  la  marina, 
a  efecto  do  que  el  duelo  consabido 
entre  los  dos  a  espada  se  defina. 
Reinaldos,  que  no  entiende  la  tramoya, 
consiente,  i  al  heraldo  da  una  joya. 


ORLANDO  ENAMOnADO  355 


nácele  rovcroníe  la  zalema 
el  bueno  do  Falseta,  i  se  retira. 
Ya  el  matutino  sol  las  cumbres  quema, 
i  aquella  multitud  de  jcntes  mira 
que  desde  el  monte  hasta  la  playa  extrema 
hierve,  i  como  en  confusas  olas  jira, 
i  recobrada  del  afán  prolijo 
solo  piensa  en  placer  i  en  regocijo. 

Reinaldos  so  arma;  i  como  el  lin  no  sabo 
do  la  batalla  con  el  rei  pagano, 
a  líicardeto  en  un  discurso  gravo 
encomendó  el  ejército  cristiano. 
«Si  lo  peor  en  esta  lid  me  cabe, 
dice,  lo  llevarás  a  Carlomano, 
i  a  su  servicio  en  mi  lugar  te  ofrece, 
como#i  quien  mas  que  nadie  lo  merece. 

«Sirve  a  tu  buen  señor,  que  si  algún  dia 
hice  yo  lo  contrario,  fue  mal  hecho: 
lleváronme  a  una  i  otra  demasía 
juvenil  arrogancia,  amor,  despecho. 
Piensa  que  lealtad  i  cortesía 
obligaciones  son  de  un  noble  pecho; 
combate  por  tu  Ici  hasta  la  muerte; 
humano  só  i  piadoso  a  par  que  fuerte.» 

No  H¿  que  dijo  mas;  i  al  caro  hermano 
después  que  abraza  i  da  en  la  frente  un  beso, 
sale  armado  el  barón  do  Montalbano, 
solo  i  a  pió,  como  era  pacto  expreso. 
Por  una  oculta  senda  cortó  el  llano; 
i  a  la  sombra  parando  de  un  espeso 
lK)sque  a  la  mar  vecino,  vio  a  la  orilla, 
(¡ue  solitaria  estaba  una  bar(|uilla. 

Cátale  Caudilordo,  que  íinjida 
de  Gradaso  la  forma,  aspecto  i  truje, 
lleva  una  sobrevesta  a/ul,  lucida, 
i  de  oro  en  la  cimera  alto  plumaje, 
corona,  do  diamantes  guarnecida, 
sobro  un  yelmo  linísimo  de  cnciijo,^ 
i  escudo,  de  azul  i  oro,  acuartelado: 
era  Gradaso,  en  lin,  pintipariido. 


356  POESÍAS 

No  al  rei  Gradaso  el  mismo  rei  Gradaso 
tanto  como  aquel  diablo  es  parecido. 
lAega.  con  un  estrépito,  un  fracaso, 
que  una  lejion  no  hiciera  igual  ruido, 
lícináldos  se  le  acerca  paso  a  paso, 
todo  en  el  ancha  adarga  recojido; 
i  Caudilordo  la  función  empieza, 
i  a  la  frente  la  espada  le  endereza. 

Rebate  esotro  el  golpe,  i  al  costado 
del  falso  rei  con  no  mejor  suceso 
amaga.  Sigue  el  duelo  equilibrado, 
lista  la  mano  i  el  aliento  grueso, 
hasta  que  al  fin  Reinaldos  indignado 
de  que  esto  aun  su  antagonista  ileso, 
de  repente  el  escudo  arroja  a  tierra, 
i  con  las  dos  la  gran  P'rusberta  afierm. 

Baja,  cual  rayo  que  abortó  la  esfera, 
la  zumbadora  espada,  i  la  garzota 
le  echó  a  volar,  como  si  un  ave  fuera, 
i  la  diadema  en  mil  pedazos  rota, 
i  el  rico  yelmo,  i  luego  toda  entera 
de  arriba  abajo  le  rasgó  la  cota, 
i  el  anchuroso  escudo,  i  aun  no  para 
que  se  enterró  en  el  suelo  media  vara. 

El  diablo,  que  esto  aguarda  justamente, 
echa  a  correr;  Reinaldos  le  acuchilla, 
pisándole  las  huellas  impaciente, 
i  a  cada  instante  piensa  que  le  pilla. 
I  como  el  engañoso  espectro  intente 
acojerse  fugaz  a  la  barquilla, 
grítale:  «¿A  dónde  vas?  torna  a  la  guerra; 
torna,  no  dejes  a  Bayardo  en  tierra. 

«¿Es  posible  que  dé  tan  triste  prueba 
de  su  valor  un  rei  de  Sericana? 
Bayardo  al  menos  a  tornar  te  mueva, 
que  de  tenerte  por  señor  se  ufana. 
Jaeces  nuevos  tiene  i  silla  nueva; 
mira  que  le  hice  herrar  esta  mañana. 
Si  por  ganarle  acá  venido  eres, 
¿cómo  sin  él  volverte  al  Asia  quieres?» 


I 


ORLANDO  ENAMORADO  357 


Caudilordo  entre  tanto  se  hace  el  sordo;, 
entra  en  el  barco  i  las  amarras  taja; 
pero  Reinaldo  en  pos  de  Caudilordo 
entra  también,  le  acosa  i  le  trabaja; 
de  popa  a  proa,  i  de  uno  al  otro  bordo,, 
corre  tras  él,  i  brinca,  i  sube,  i  baja. 
Al  fin  se  le  escabulle  la  maldita 
fantasma,  i  a  la  mar  se  precipita. 

Calar  semeja,  como  un  buzo,  al  fondo^, 
i  suelta  al  zabullir  un  cierto  vaho 
que  de  azufre  infernal  un  tufo  hediondo 
derrama  por  el  aire  i  por  la  nao; 
sendos  fragmentos  quedan  del  redondo 
yelmo  i  de  la  coraza  de  oro  i  blao 
en  manos  de  Reinaldo,  i,  ¡caso  fuerte.^ 
todo  en  sutil  vapor  se  le  convierte. 

El  francés  a  la  orilla  vuelve  inquieto 
los  ojos;  pero  rastro  no  hai  de  orilla: 
ve  cielo  i  mar,  i  en  ellos  otro  objeto 
no  alcanza  a  ver  que  el  sol  i  la  barquilla-; 
i  según  ella  corre,  hace  conceto 
de  que  la  empuja  una  infernal  cuadrilla, 
i  que  va  a  dar,  a  legua  por  segundo, 
antes  de  anochecer,  la  vuelta  al  mundo. 

Viendo  por  fin  su  error,  «¡Cielo  sagrador 
dice:  la  mas  perversa  criatura 
soi  que  jamas  tu  ira  ha  provocado; 
pero  esta  pena  es  en  extremo  dura. 
Para  siempre  seré  vituperado, 
i  si  llego  a  contar  mi  desventura, 
¿cómo  encontrar  podré  quien  me  la  crea, 
i  una  mancha  lavar  tan  torpe  i  fea? 

«Carlos  fió  a  mi  brazo  i  mi  consejo 
con  su  salud  la  de  la  Francia  entera; 
¿i  ha  de  pensar  que  fujitivo  dejo 
su  pueblo  a  que  en  poder  de  infieles  muera? 
¡Triste!  en  el  pensamiento  mo  bosquejo 
la  insana  rabia  del  feroz  Alfrera; 
suena  en  mi  corazón  la  voz  doliente 
de  la  cautiva  miserable  jcnle. 


358  POESÍAS 

«¿Cómo  te  dejo,  Ricardeto  mío, 
a  tanto  riesgo  en  años  tan  tempranos? 
¿Jemireis  bajo  extraño  señorío, 
Guiscardo,  Alardo,  Ivon,  caros  hermanos? 
Gradaso,  ¿qué  dirá  del  desafio? 
La  fábula  seré  de  esos  paganos. 
Pregonarán  que  de  temor  me  ausento, 
i  que  mi  relijion,  mi  patria  afrento. 

«¿Qué  pensará  la  Francia,  i  de  qué  suerte 
infamia  tal  verá  en  mi  nombro  impresa? 
Estirpe  de  Mon grana,  altiva  i  fuerte, 
fuiste;  tu  gloria  es  lúgubre  pavesa. 
A  denostarme  puedes  ya  atreverte, 
desalmada  prosapia  magancesa. 
Aleve  un  tiempo  te  llamé,  i  traidora: 
sin  honra  estoi;  callar  me  cumplo  ahora. 

«Llévame  ¡oh  mar!  a  do  la  afrenta  mía 
no  haya  nadie  que  entienda  o  testifique; 
llévame  a  donde,  en  soledad  sombría 
solo  con  fieras  i  árboles  platique, 
lejos  de  toda  humana  compañía; 
o  mas  bien  esta  nave  echando  a  pique, 
sepúltame  en  tu  abismo  mas  profundo, 
4  no  vuelva  mi  nombre  a  oír  el  mundo.» 

Tres  veces  a  la  daga  puso  mano; 
i  tres  veces  fué  al  bordo  de  la  nave, 
como  para  lanzarse  al  océano, 
para  que  allí  su  desventura  acabo. 
«Recuerda,  pecador,  que  eres  cristiano,,)» 
dice  una  voz  alentadora  i  grave. 
Reinaldos  pide  al  cielo  que  lo  acorra, 
i  el  intento  fatal  del  alma  borra. 

De  Alcídes  entre  tanto  el  noble  estrecha 
rodea,  i  deja  atrás  la  bella  Europa; 
luego  el  gran  cabo  que  natura  ha  hecha 
baluarte  del  Oriente,  mira  a  popa; 
a  los  dichosos  climas  va  derecho 
do  su  mas  rica  i  mas  lucida  ropa 
la  aurora  viste,  i  llega  al  otro  extremo 
del  mundo,  sin  timón,  vela  ni  remo. 


ORLANDO  ENAMORADO  350 


Aunque  de  vinos  i  manjares  lleva 
la  nave  cuanto  al  gusto  da  contento', 
el  triste  navegante  nada  prueba, 
que  su  pesar  le  sirve  de  sdimento. 
Mas  ya  avista  una  isla,  do  se  eleva- 
alto  palacio  en  florecido  asiento. 
Surje  la  nave,  i  en  la  ])ella  estancia 
pone  los  pies  el  campeón  de  FranciíK 

Aquí  lo  dejaremos  paseando, 
que  no  por  él  es  justo  que  se  olvide 
al  nada  monos  infclice  Orlando, 
que  también  de  la  Europa  so  despide; 
i  por  rej iones  barloaras  errando, 
a  cuantos  se  detiene  nuevas  pide  • 

de  su  adorada  Anjclica  la  beíla, 
sin  que  acierte  a  topar  quien  sepa  dclla». 

Del  ancho  Tana  va,  sin  compañía, 
por  la  ribera  el  buen  señor  de  Anglante. 
Sin  ver  a  nadie  anduvo  medio  dia; 
mas  al  fin  vio  a  distancia  un  caminante: 
viejo  era  el  tal,  i  a  gran  correr  venia, 
volviendo  la  cabeza  a  cada  instante; 
i  con  doliente  voz,  «¿Qué  malandanza 
me  roba,  dice,  mi  única  esijeranza?» 

«Dime,  así  Dios  te  ayude,  peregrino, 
¿qué  tienes,  que  a  llorar  te  obliga  tanto?»- 
Así  dijo  Roldan;  i  aquel  mc7(|uino, 
sueltas  las  riendas  otra  vez  al  llanto, 
«¡Ai  triste!  exclama,  ¡ai  mísero  destinoí 
¿\  qué  dejarme  vivo,  cielo  santo?» 
De  nuevo  Orlando  instó,  i  el  viejo  al  conde, 
jimiendo  i  sollozando,  así  responde: 

«La  causa  de  mí  llanto  i  mi  querella 
es  un  vestiglo  pavoroso  i  feo. 
A  dos  millas  o  tres  de  aquí  descuella 
una  roca,  i  desde  este  sitio  creo, 
si  tienes  buena  vista,  que  has  de  vella: 
yo  nó,  que  con  los  años  ¡loco  veo. 
Es  toda  de  color  de  viva  llama: 
no  mueve  el  viento  allí  ni  flor  ni  grama. 


360  ^  POESÍAS 

«Suena  una  ronca  voz  sobre  la  cima; 
alma  nacida  no  la  oyó  mas  fiera; 
verdinegra  laguna,  que  da  grima, 
sirve  en  torno  a  la  roca  de  barrera: 
la  tal  laguna  tiene  un  puente  encima, 
i  va  el  puente  a  un  portal  que  reverbera, 
cual  si  labrado  fuese  de  diamante: 
allí  de  centinela  está  un  jigante. 

«Cerca  de  este  lugar  que  te  be  descrito, 
yo  con  un  hijo  mió  en  hora  aciaga 
pasaba,  cuando  se  oye  un  ronco  grito, 
i  el  jayán  (¡déle  Dios  la  justa  paga!) 
sale  i  agarra  al  pobre  jovencito, 
i  ahora  ciertamente  se  lo  traga. 
Toma  escarmiento  tú  en  mi  historia  triste, 
i  vuélvete,  señor,  por  do  viniste.» 

«Orlando  no  me  llame,  si  no  veo, 
repuso  el  paladin,  qué  roca  os  esta.» 
«O  tienes  do  morir  mucho  deseo, 
o  poco  juicio,  el  viejo  le  contesta. 
¿Crees  que  se  trata  aquí  do  algún  torneo, 
o  de  correr  sortija  en  una  fiesta? 
Te  digo  que  de  verle  solamente 
para  morirme  estuve  de  repente. 

«Tiemblo  en  solo  acordarme,  i  a  fe  mia 
tenerle  aquí  delante  me  parece.» 
Rie  Roldan,  i  dícele  que  fia 
volver  en  breve,  i  que,  si  nó,  le  rece 
un  paternóster  i  una  avemaria, 
i...  mas  en  este  punto  se  le  ofrece 
el  jayán  a  la  vista,  i  altanero 
«¡Hola!,  dice,  a  la  espalda,  caballero. 

«Para  que  a  nadie  transitar  permita, 
de  guarda  estoi.  El  empinado  asiento 
de  la  roca  una  sabia  esfinje  haliita, 
a  quien  humana  sangre  oá  alimento: 
el  que  primero  por  aquí  transita    - 
cada  mañana,  sacia  su  sediento 
ardor;  reposa  luego;  i  el  camino 
se  niega,  mientras  duerme,  al  peregrino. 


ORLANDO  ENAMORADO  361 


«Todo  lo  sabe,  i  todo  lo  adivina; 
ni  ya  el  comunicarlo  dificulta; 
cuestión  no  le  pondrás  que  no  defina, 
por  extraña  que  sea  o  por  oculta; 
pero  suele  cobrar  una  propina 
a  todo  el  que  curioso  la  consulta: 
si  lo  que  ella  a  su  vez  le  propusiere 
no  lo  descifra,  entre  sus  garras  muere.» 

«¿I  qué  has  hecho  del  mozo  que  robaste?» 
pregunta  el  conde.  «Tcngolo  i  tendrélo, 
dice  el  zafio  jayán,  i  eso  te  baste, 
que  de  mis  cosas  dar  razón  no  suelo.» 
Orlando,  por((ue  el  tiempo  no  se  gaste, 
vásele  encima,  como  va  al  señuelo 
halcón  jentil:  un  convincente  tajo 
de  Durindana  a  la  razón  le  trajo.    . 

Luego  que  ei  dulce  hijuelo  recobrado 
en  sus  brazos  estrecha  el  padre  ansioso, 
de  cierto  taleguillo  que  colgado 
lleva  a  la  cinta,  un  libro  primoroso 
saca,  de  plata  i  oro  iluminado, 
i  lo  presenta  al  conde  valeroso, 
diciendo:  «Eterna  vivirá  en  mi  pecho 
la  memoria,  señor,  de  lo  que  has  hecho. 

«I  puesto  que  a  merced  tan  señalada 
no  hai  recompensa  que  se  iguale,  aceta, 
le  ruego,  este  librito,  que  guardada 
tiene  una  singular  virtud  secreta: 
la  cosa  mas  difícil  e  intrincada 
que  se  le  consultare,  él  interpreta; 
pero  se  comunica  únicamente 
a  s(^as;  de  otro  modo,  o  calla  o  miente.» 

Con  el  libro  en  la  mano  queda  el  conde 
meditando  entre  sí  de  qué  manera 
escale  la  escarpada  roca,  donde 
de  aquella  csfinje  está  la  madriguera; 
pues  preguntarle  en  qué  lugar  se  esconde 
su  Anjélica  adorada,  delil)era; 
que  mas  alta  cuestión  no  le  ofrecía 
toda  la  natural  filosofía. 


362  POESÍAS 

Pudo,  con  solo  abrir  aquel  li])rcjo, 
de  su  curiosidad  haber  salido; 
mas  cuando  en  mano  se  lo  puso  el  viejo, 
estaba  ya  tomado  su  partido, 
i  no  se  le  ocurrió  mudar  consejo; 
o  talvez  el  asalto  del  erguido 
risco  le  pareció  mas  digna  empresa 
de  quien  caballería,  como  el,  proiesa. 

Aunque  a  Roldan  el  advertido  anciano 
de  lo  que  intenta  disuadir  procura, 
como  firme  le  ve^  le  dio  la  mano, 
i  a  seguir  su  camino  se  apresura. 
El  animoso  senador  romano, 
a  quien  ningún  peligro  da  pavura, 
hacia  la  roca  va  gallardamente, 
i  sin  estorbo  alguno  pasa  el  puente. 

I  dueño  ya  de  la  contraria  orilla 
el  portal  a  su  salvo  descerraja; 
pues  como  Orlando  arrastra  de  malilla, 
nuestro  j  i  gante  se  metió  en  baraja; 
luego  al  corcel  desocupó  la  silla, 
i  el  alto  risco  en  superar  trabaja, 
hasta  pisar  la  cima,  do  a  la  astuta 
esfinje  vio  en  el  fondo  de  una  gruta. 

Cabellos  de  oro  sobre  tersa  frente, 
i  rostro  de  doncella,  blanco,  hermoso, 
garganta  i  pecho  de  león  rujíente, 
alas  de  grifo,  i  miembros  tiene  de  oso: 
remata  el  tronco,  a  guisa  de  serpiente, 
en  cola  de  tamaño  prodijioso. 
que  al  que  en  sus  roscas  envolvió  sofoca, 
i  sacudida  hace  temblar  la  roca. 

Luego  que  al  conde  vio  la  esfinje  horrible, 
con  ambas  alas  se  cobija  el  cuero: 
solo  la  cara  le  dejó  visible, 
i  le  clava  la  vista  al  caballero, 
que  revestido  de  ánimo  invencible, 
lo  dice  entre  alentado  i  placentero: 
«Diablo,  alimaña,  o  sabia  encantadora, 
¿en  qué  lugar  se  encuentra  mi  señora?» 


ORLANDO  ENAMORADO  363 


«Tu  señora  (la  esfinje  mansamente 
le  responde)  encerrada  está  en  la  Albraca, 
noble  ciudad  en  tierras  del  Oriente, 
oyendo  el  son  de  tártara  alharaca. 
Mas  dinie  ahora  tú,  conde  valiente, 
¿cuál  es  el  animal  que  empolla  i  saca 
ajenos  hijos  que  feroz  devora, 
con  todos  vive  i  con  ninguno  mora?» 

El  paladín  los  sesos  se  devana, 
sin  hallar  solución  que  valg-a  un  pito. 
Desenvolvióse  entonces  la  villana, 
i  se  le  lanza  encima  dando  un  grito. 
El  bravo  conde  apela  a  Durindana 
contra  aquel  fiero  aborto  del  Cocilo, 
que  le  embiste  de  modos  diferentes 
con  las  agudas  garras  i  los  dientes. 

Ya  se  le  pone  cerca,  ya  distante; 
ya  vuela  en  alto,  ya  se  arrastra  en  tierra; 
ya  lo  pretendo  asir  con  la  ondeante 
cola,  ya  con  las  alas  lo  da  guerra. 
Salta  acá  i  acullá  el  señor  de  Anglante, 
i  cuantos  golpes  tira,  tantos  yerra: 
ella  lijera  sin  cesar  le  hostiga; 
él  sin  hacerle  daño  se  fatiga. 

Tuvo  hadada  la  piel  desde  la  cuna; 
si  nó,  quedaba  allí  descalabrado. 
Mas,  a  ser  del  imperio  alta  coluna, 
i  de  la  santa  iglesia,  destinado, 
que  no  haga  herida  en  él  arma  ninguna 
por  especial  merced  fucie  acordado, 
siquiera  sin  loriga  i  sin  escudo 
se  presente  a  la  lid,  i  hasta  desnudo. 

La  batalla  ha  durado  una  hora  entera, 
cuando  una  vez  la  parda  esfinje  cala, 
i  quiso  Dios  que  tan  dichoso  fuera 
el  paladín,  (jue  le  troncliasc  un  ala. 
El  íirme  risco  sacudió  la  fiera 
con  el  bramido  que  al  del  trueno  ¡guala: 
furiosa  se  revuelca,  salta,  trota, 
i  los  peñascos  con  ol  rabo  azota. 


364  POESÍAS 

^las  el  dolor  los  brios  le  renueva: 
al  conde  envuelve  en  duplicada  espira, 
i  a  sofocarle  entre  las  roscas  prueba, 
i  mordizcones  i  uñaradas  tira. 
No  tiene  el  conde  espacio  en  que  se  mueva; 
mas  forcejando  un  tanto  se  retira, 
i  a  la  pechuga  apunta  una  estocada 
que  deja  la  contienda  terminada. 

Sedienta  va  a  buscar  la  cruda  hoja 
del  fiero  corazón  la  sangre  hirviente, 
i  la  ancha  herida  con  violencia  arroja 
de  colorado  humor  larga  corriente. 
La  encrespada  cerviz,  ya  muelle  i  íloja, 
sobre  un  hombro  le  cae  lánguidamente: 
ronca  se  queja;  atravesados  jira 
los  turbios  ojos;  i  temlilando  espira. 

Orlando  del  cadáver  se  desprende, 
i  por  do  el  risco  está  mas  escarpado 
al  lago  lo  arrojó;  luego  desciende, 
monta  i  va  en  busca  de  su  dueño  amado. 
Cierra  la  noche,  i  por  el  campo  tiende 
pálida  luna  su  esplendor  menguado; 
a  un  rústico  aduar  una  vereda 
estrecha  guia;  Orlando  en  61  se  hospeda. 

Monta  otra  vez  al  despuntar  del  dia; 
•    mas  antes  de  endilgar  hacia  la  Albraca, 
'  consultar  quiso  al  libro  que  le  había 

dado  el  anciano,  i  a  la  luz  lo  saca: 
de  la  Cafinje  algún  tanto  desconfía, 
i  quiere  averiguar  si  la  bellaca 
lo  ha  dicho  la  verdad  de  todo  en  todo; 
ábrelo;  i  halla  escrito  de  este  modo: 

«De  un  enemigo  ejército  cercada 
en  la  Albraca  se  encuentra  tu  señora.» 
Mas  otro  punto  esclarecer  le  agrada, 
que  en  espinas  le  tiene  a  toda  hora: 
¿de  mas  feliz  amor  preocupada 
está  la  voluntad  de  la  que  adora? 
¿o  le  concede  a  el  propicia  estrella 
adorando  i  sirviendo  merecella? 


ORLANDO  ENAMORADO  363 


¡Oh  mortal  inquietud,  de  ansia  anhelante 
i  cobarde  terror  dudosa  guerra! 
Trasuda,  tiembla;  incierto,  vacilante, 
abre  el  libro  una  vez  i  otra  lo  cierra: 
el  mas  feliz  va  a  ser  en  un  instante, 
o  el  mas  desventurado  de  la  tierra. 
Tiene  en  la  mano  el  fallo  de  su  suerte: 
¿será  de  vida,  Amor?  ¿será  de  muertei' 

«Cese,  dice  lioldan,  tanta  agonía. 
¿Qué  torujento  mayor  (jue  esto  tormento? 
Si  es  que  jamas  he  de  llamarla  mia, 
i  cuanto  peno  i  sirvo  es  dado  al  viento, 
para  arrancar  del  alma  esta  manía, 
la  desesperación  me  dará  aliento; 
i  si  no  puedo  ser  lo  r[ue  quisiera, 
a  ser  retornaré  lo  que  antes  era. 

«Pero  triste  de  mi!  ¿Quién  me  asegura 
que  un  loco  amor  podré  sacar  del  pecho? 
¿Se  aliviará  mi  pena  por  ventura 
con  saber  que  el  penar  no  es  de  provecho? 
Dicen  que  la  razón  todo  lo  cura; 
mas  de  decir  a  hacer  hai  largo  trecho; 
i  si  manda  pesares  el  destino, 
es  necedad  salirics  al  camino.» 

Dice,  i  resueltamente  el  libro  guarda; 
mas  vuelve  presto  el  interior  combate: 
nuevamente  se  atreve  i  se  acobarda; 
un  afecto  le  eleva,  otro  le  abate; 
lo  que  tiembla  saber,  saber  le  tarda: 
suda  otra  vez,  i  el  pecho  otra  vez  late. 
Airado  clama  al  fin:  «Ciencia  funesta, 
huye  de  mi,  que  el  alma  te  detesta. 

«Libro  fatal,  que  para  daño  mió 
sin  duda  Lucifer  puso  en  mi  mano, 
escóndate  en  sus  ondas  este  rio, 
i  nunca  vuelvas  a  poder  humano.» 
Dice,  i  lo  arroja.  Lsclavo  el  all)edrío 
del  conde  tiene  siempre  amor  tirano; 
mas  a  lo  menos  la  importuna  brega 
quo  el  pecho  le  ajilaba  ¿c  sosiega. 


3G6  POESÍAS 

De  Albraca  en  tanto  a  la  almenada  plaza 
corriendo^  en  liusca  va  de  la  que  adora; 
mas  la  carrera  el  rio  le  embaraza, 
ni  de  pasar  la  rápida  i  sonora 
avenida  ve  el  conde  forma  o  traza, 
si  no  se  vuelve  un  ave  voladora, 
pues  de  pendiente  roca  entre  dos  vallas 
espumajea,  que  da  horror  mirallas. 

Cabalga  Orlando  la  ribera  arriba 
por  ver  si  en  parte  alguna  encuentra  vado; 
i  a  un  gran  puente  llegó,  por  el  cual  iba 
a  transitar,  cuando  un  jigante  armado 
le  sale  al  paso,  i  con  mirada  altiva 
«¡Tente!  le  dice:  ¿A.  dónde  vas,  menguado? 
Bien  puedes  maldecir  tu  inicua  suerte 
que  te  ha  traído  al  puente  de  la  Muerte. 

«Para  en  este  lugar  todo  camino, 
i  no  hai  volver  atrás,  si  a'juí  se  llega: 
pues  pensar  en  el  puente,  es  desatino, 
porque  esta  porra  el  paso  a  todos  niega.» 
Llámase  el  tal  jigante  Zambardino, 
i  mide  del  pantuflo  a  la  al  hanega 
catorce  pies;  si  no  se  engaña  en  esto 
Turpin,  o  si  no  está  viciado  el  testo. 

De  cuero  de  dragón  tiene  la  cota, 
que  es  armadura  propia  de  jigante; 
i  una  palanca  esgrime  herrada  i  bota, 
que  lleva  tres  cadenas  por  delante, 
i  a  cada  cual  prendida  una  pelota, 
no  de  las  de  jugar  con  pala  o  guante, 
sino  de  plomo,  i  que,  según  el  grueso, 
,    pesan  sendas  arrobas  de  buen  peso. 

Mas  falta  lo  peor;  que  sobre  el  puente 
un  j enero  de  red  estaba  oculto, 
tan  sutil,  delicada  i  trasparente, 
que  hace  una  telaraña  mayor  bulto; 
i  si  alguien  por  feliz  o  por  valiente 
logra  esquivar  el  formidable  insulto 
de  la  gran  porra,  no  por  eso  escapa, 
porque  salta  la  red,  i  allí  le  alríipa. 


or.LANÜO  EXAMOHADO  3ü7 


C¿uc  alguien  la  llcgito  a  ver  sin  que  la  huelle, 
no  puedo  ser;  tan  esconditla  se  halla: 
ánlcs  se  rompe  el  hierro,  que  la  melle, 
no  (juo  le  taje  una  delgada  malla; 
i  Zanil)ardin,  pisando  cierto  muelle, 
s;il)e  tan  diestramente  disparalla, 
(|ue  el  lidiador  mas  avisado  i  listo 
cojido  en  ella  es,  i  aun  no  la  ha  visto. 

1)0  lírilladoro  el  paladín  so  apea: 
la  espada  empuña,  ajustase  la  adarga; 
i  como  el  tiempo  aprovechar  desea, 
nada  responde,  i  animoso  carga. 
Brava,  descomunal  fué  la  pelea; 
mas,  ponjue  la  materia  es  algo  larga, 
dejadme  descansar,  os  ruego,  un  t;into. 
El  lin  sabréis  en  el  siguiente  canto. 


NOTAS  EXPLICATIVAS  DEL  ALTOR 

i  Casa  solíiricíja  de  la  rainilia  de  líciiiáldoa. 

2  \Y'asc  la  nota  de  Clcjiíciiciu  cu  la  frusc  celado  de  encaje  en  el  capitulo  45 
de  la  parte  1."  del  Quijote. 


CANTO  VI. 


EL  jardín  de  DRAGONTINA 


Fazañas  valerosas  que  el  divino 
premio  alcanzaron  de  inmortal  memoria, 
recuerdan  en  papel  i  en  pergamino 
ya  la  moderna  i  ya  la  antigua  historia. 
Héroes  por  este  i  por  aquel  camino 
innumerables  hubo,  que  la  gloria 
anteponiendo  al  ocio  i  los  regalos, 
cojieron  palmas  i  llevaron  palos. 

¿Quién  los  trabajos  no  escuchó  de  Alcídes? 
¿Quién  de  Jason,  Belerofonte  i  Baco 
no  oyó  cantar  las  memorables  lides, 
i  del  que  la  alta  Troya  metió  a  saco? 
Pero  perdonen  cuantos  adalides 
hubo,  i  el  mismo  matador  de  Caco, 
si  digo  que  va  errado  el  que  pensare 
quQ  alguno  al  conde  Orlando  se  equipare. 

Dirán  que  juzgo  a  usanza  de  poeta, 
i  que  arrimo  la  brasa  a  mi  sardina; 
mas  en  las  dotes  de  virtud  perfeta, 
brio  que  los  peligros  no  examina, 
valentía  que  todo  lo  sujeta, 
constancia  heroica,  ¿quién  se  lo  avecina? 
Los  hechos  hablen,  si  os  que  son  los  hechos 
lo  que  acrisola  jonerosos  pechos. 


ÜIILANUO  ENAMORADO  369 


NíkUc  al  mundo  purgó  de  monstruo  lanío; 
no  Hercules,  no  Cadmo,  no  Tesco: 
luslre  a  su  patria,  a  lo  demás  dio  espanto, 
i  de  paganos  empachó  al  Loteo. 
I  no  hai  que  dar  de  si  hubo  o  no  hubo  encanto 
por  deslucir  algún  marcial  trofeo, 
sí,  que  de  la  mismísima  manera 
que  Orlando,  invulnerajjle  Aíiuücs  era. 

I  no  por  eso,  o  porque  el  dios  Vulcano 
las  armas  le  forjase,  o  ponqué  a  Juno, 
Palas  i  Télis  tuvo  siempre  a  mano, 
sufrió  su  fama  ilelrimciUo  alguno; 
ni  la  del  pió  capitán  troyano 
por  el  favor  de  Venus  i  Neptuno, 

0  por  aquel  arnés,  no  monos  lino, 
que  del  yunque  vulcánico  le  vino. 

Mas  las  comparaciones  son  odiosas. 
Asi  que,  a  mi  propósito  tornando, 
digo  que  de  las  mas  dificultosas 
empresas  que  arrostró  en  su  vida  Orlando, 
es  una  la  presente,  i  de  dos  cosas 
que  admiro  en  ella,  estoi  considerando 
cuál  le  valiese  mas,  i  no  lo  puedo 
dirimir:  la  fortuna,  o  el  denuedo. 

Salta  el  osado  caballero  al  puente, 
i  levanta  la  clava  Zambardino; 
mas  Itoldan  esquivó  lijcramentc 
el  bastonazo  f[uc  de  arriba  vino, 
i  en  la  muñeca  diestra  a  manteniente 
da  un  golpe  a  Zambardin  con  tanto  lino, 
c[ue  de  sentido  la  dejó  privada, 
i  del  bastón  tremendo  desarmada. 

Pues  el  follón,  (|ue  vio  la  clava  en  tierra, 
de  apelar  a  la  red  casi  trataba; 
mas,  recobrado,  el  corvo  alfanje  afierra, 
i  arremete  al  sin  par  conde  de  Hiava. 

1  no  penséis  que  esto  otro  golpe  yerra, 
como  el  antecedente  de  la  clava: 

que  sobre  el  l)ozo  se  lo  asienta.  Dando 
traspiés  por  poco  al  sucio  viene  Orlando. 
poe.'sías  i7 


370  POESÍAS 

¡Vulame  Dios!  ¿1  quien  dirá  el  enojo, 
la  rabia  que  del  conde  se  apodera? 
Biawea  tiene  la  cara  i  bizco  un  ojo: 
¡pol3re  jiganle!  es  menester  que  muera. 
Ondea  Durindana  cual  si  flojo 
mimbre,  o  cual  si  flexible  caña  fuera; 
huye  silbando  el  airo,  i  al  empuje 
de  la  empinada  planta  el  puente  cruje. 

Mas  blandamente  que  una  hoz  la  espiga,^ 
la  espada  el  tahalí  primero  taja; 
la  loriga  tras  el;  tras  la  loriga 
una  de  asófar  tres-doblada  faja, 
i  últimamente  encuentra  la  barriga, 
donde  unos  cuatro  dedos  se  le  encaja;- 
i  pasara  talvez  mas  adelante, 
a  no  caer  de  espaldas  el  jigante. 

O  miedo  fuese,  o  súbito  accidente, 
se  le  puso  la  faz  como  de  cera, 
la  nariz  fria,  el  pulso  intercadente; 
i  se  estiró,  cual  si  difunto  fuera; 
pero  el  bastón  cobrando  de  repente, 
al  buen  Roldan,  que  lance  tal  no  espera, 
un  latigazo  da,  con  que  le  trajo 
envuelto  en  las  cadenas  boca  abajo. 

Espada,  porra,  escudo,  echando  fuera, 
que  ya  servirles  pueden  poco  o  nada, 
comienza  entro  los  dos  la  pelotera 
mas  extraña  que  vista  fue  o  pensada. 
El  conde  asió  al  jayán  de  la  gorguera, 
i  le  rompió  la  sien  de  una  puñada; 
mas  abrásale  el  otro  fuertemente, 
cárgale  i  a  arrojarlo  va  del  puente. 

Roldan,  que  la  intención  le  ha  conocido, 
el  brazo,  cuanto  puede  mas,  levanta; 
i  dale  otra  puñada  que  el  sentido 
lo  enturbia  i  la  cabeza  le  ataranta: 
suelta  la  presa,  i  cae  con  tal  ruido 
que  parece  que  el  puente  hundo  i  quebranta; 
pero  acorriólo  el  diablo,  porque  luego 
vuelve  en  ¿í,  i  con  la  clava  torna  al  juego. 


ORLANDO  ENAMORADO  371 


Rokhvn  también  ]a  espada  ha  recobrado, 
i  renueva  la  lid  de  buena  gana: 
bien  03  verdad  que  semejaba  al  lado 
de  aquel  jiganlc  una  figura  enana: 
pero  creciendo  a  brincos  otro  estado, 
esgrime  tan  de  cerca  a  Durindana, 
que  poco  espacio  a  Zambardino  queda 
en  donde  rodear  la  clava  pueda. 

Valerse  quiso,  pues,  do  cierta  traza: 
arranca  en  aparente  fuga,  i  cuando 
piensa  tener  lugar,  vibra  la  maza 
creyendo  hallar  desprevenido  a  Orlando. 
El  caballero,  que  le  daba  caza, 
i  las  cadenas  vio  venir  zumbando, 
salta  (que  otro  recurso  allí  no  mira) 
sobre  la  maza  i  un  mandoble  tira. 

En  dos  la  dividió,  i  a  Zambardino 
solo  un  pedazo  deja  trunco  i  breve. 
Ahora  a  Trivigantc  i  Apolino 
el  pobre  diablo  encomendarse  debe: 
sin  maza  i  sin  alfanje,  no  hai  camino 
de  que  ventaja  en  esta  lidia  lleve; 
i  Durindana,  según  ve,  no  escampa: 
no  tiene  otro  recurso  que  la  trampa. 

Dale  un  revés  Roldan  enfurecido, 
que  entrando  en  un  cuadril  le  lleva  el  anca. 
De  un  hilo  el  tronco  le  quedó  prendido, 
i  ya  siente  que  el  alma  se  le  arranca. 
Viendo,  pues,  el  negocio  concluido, 
íil  tiempo  d(j  caer,  con  una  zanca 
loca  el  oculto  muelle;  el  muelle  escapa; 
dispárase  la  red,  i  al  conde  atrapa. 

Con  tanta  furia  sobre  el  conde  vino 
que  a  cuatro* pasos  le  aventó  la  espada; 
i  en  el  mismo  momento  Zambardino 
el  ánima  exhaló  descomulgada. 
Contra  la  red  bregaba  el  paladino, 
jurando  que  la  chanza  era  [)csada; 
i  cuanto  mas  forceja  i  brega  i  jura, 
se  lo  hace  la  prisión  mas  recia  i  dura. 


POESÍAS 

^lodroso  es  el  lugar  i  solitario; 
alma  no  ve  que  por  allí  transite; 
i  así  prestar  paciencia  es  necesario, 
pues  nadie  le  ha  decir  por  mas  que  grite. 
Tomara  a  buen  partido  que  el  contrario 
viviese,  i  ruega  a  Dios  le  resucite. 
Ni  el  mas  leve  rumor  se  percibía 
en  todo  el  campo.  Orlando  pasa  el  día; 
Pasa  la  noche  en  la  prisión  estrecha; 
fallece  la  esperanza,  el  hambre  apura. 
Como  la  vista  a  todas  partes  echa, 
a  un  hombre  ve,  que  por  la  selva  oscura, 
en  túnica  de  toscas  pieles  hecha, 
con  barba  que  le  llega  a  la  cintura, 
de  tal  blancor  que  al  de  la  nieve  excede, 
corriendo  va  cuan  presuroso  puede. 

((¡Favor!  favor!,  exclama,  padre  mío: 
favoreccdmc,  que  gran  cuita  paso.» 
La  señal  de  la  cruz  el  hombre  pió 
h izóse,  temeroso  de  mal  caso. 
Vio  sobre  el  puente  el  gran  cadáver  frió, 
i  estuvo  por  volver  atrás  el  paso: 
llega  i  ofrece  a  Or3awdo  cuanto  quiera 
espiritual  socorro  antes  que  muera. 

«Empuñad  esa  espada,  dice  el  conde, 
i  dad  en  estos  lazos  con  denuedo.» 
((¡Santa  María!,  el  otro  le  responde, 
¡no  lo  permita  Dios!  Matarte  puedo: 
hace  Patillas  de  las  suyas  donde 
menos  se  piensa,  i  si  te  mato,  quedo 
irregular.»  El  conde  al  hermitaño 
replica  que  no  tema  hacerle  daño; 

Pues  ya  lo  ve  que  está  muí  bien  armado, 
i  a  mas  impenetrable  tiene  el  cuero. 
Tanto  le  ha  dicho  i  tanto  le  ha  rogado, 
([ue  al  fin,  por  contentar  al  caballero, 
del  suelo  a  gran  fatiga  ha  levantado 
la  espada  con  entrambas  manos;  pero, 
por  niiis  que  dio  en  la  red  de  punía  i  íilo, 
no  pudo  en  ella  falsear  un  hilo. 


ORLANDO  ENAMORADO  373 


Aburrido  de  ver  que  no  la  corta, 
suelta  la  espada,  i  con  semblante  buniano» 
al  mísero  Roldan  consuela,  exhorta, 
asístele  a  morir  como  cristiano. 
«Hijo,  salvar  el  alma  es  lo  que  importa; 
no  te  fatigues  por  el  cuerpo  en  vano: 
a  ser  vas  por  este  áspero  sendero 
de  la  milicia  eterna  caballero.» 

Tras  esto  a  Dios  bendice,  que  así  quiere- 
hacerle  digno  de  su  reino  eterno, 
i  mil  casos  de  santos  le^ refiere, 
probando  con  lo  antiguo  i  lo  moderno, 
que  solo  rompe  aquel  que  en  gracia  muere- 
las  redes  de  la  carne  i  del  infierno. 
El  senador  romano,  que  no  gasta 
mucha  paciencia,  dice:  «Padre,  l>asta; 

«; Basta  por  Dios!  maldito  el  diablo  sea 
que  no  me  trajo  un  ganapán  fornido 
en  vez  de  este  vejete  que  chochea, 
i  no  me  da  la  ayuda  que  le  pido.» 
«¡Ai!  dice  el  monje:  ¿así  tu  fe  flaquea? 
¿así  el  malo  te  ciega,  empedernido 
pecador,  que  antepones  a  la  palma 
celeste  el  polvo  vil,  i  el  cuerpo  a  el  alma? 

«Muestras  ser  caballero  de  excelencia, 
i  ¿a  tal  punto  la  vida  te  aficiona? 
Sabe  que  la  Divina  Providencia 
al  que  confia  (jn  ella  no  alxindona; 
cual  lo  ha  probado  hoi  mismo  la  experiencia 
en  la  que  ves  aquí  flaca  persona, 
caduca,  inútil,  achacosa,  inerte, 
que  ni  valerse  puede  ni  valcrte. 

Yo,  señor,  i  dos  monjes  mas,  salimos 
de  Armenia  el  mes  pasado  en  romería; 
i  como  nos  perdiésemos,  hubimos 
de  aportar,  no  sé  como,  a  Circa.<jía. 
Ayer  mañana  en  esta  selva  dimos, 
cuando  el  mas  joven  de  los  tres,  que  ¡ria 
como  unos  veinte  pasos  adelante, 
vuelve  trémulo,  pálido,  anhelante. 


374  poesías 

«I  vemos  que  de  un  páramo  eminente 
baja  un  vestij^lo  horrible,  ajigantado, 
con  solo  un  ojo  en  medio  de  la  frente, 
grande,  i  como  una  brasa  colorado. 
¡Misericordia!  todos  juntamente 
clamamos,  i  a  los  pies  de  aquel  malvado 
caímos  medio  muertos:  el  nos  lleva 
cargándonos  en  brazos,  a  una  cueva. 

«Allí  con  estos  ojos  la  infolice 
muerte...  ¡qué  muerte,  San  Antón  bendito! 
No  pienses  que  le  cueza  o  descuartice; 
vivo  devora  al  joven  hermanito; 
i  vuelto  a  mi,  para  esas  carnes,  dice, 
os  preciso  tener  mas  apetito. 
Llevónos  a  la  boca  de  un  hediondo 
báratro;  a  puntapiés  nos  echó  al  fondo. 

«No  te  sabré  decir  de  qué  manera 
pude  llegar  de  aquella  sima  al  centro; 
pero  al  Señor  rogué  que  me  acorriera, 
i  presto  me  acorrió;  porque  allá  dentro, 
a  la  pálida  luz  de  una  tronera, 
una  nudosa  vid  acaso  encuentro, 
que  de  lánguidos  pámpanos  el  hondo 
cementerio  tapiza:  allí  me  escondo. 

«I  apenas  vi  ocasión,  de  nudo  en  nudo 
trepo  calladamente;  i  por  el  abra 
que  poco  a  poco  a  guisa  de  un  embudo 
se  ensancha...»  No  hubo  dicho  esta  palabra, 
cuando  suspenso  queda,  absorto  i  mudo, 
i  luego  echó  a  correr  como  una  cabra, 
«Este,  diciendo,  este  os  el  monstruo  fiero»; 
i  a  la  vecina  selva  huye  lijero. 

Huye  lijero,  sin  volver  la  cara, 
hasta  esconderse  en  el  follaje  umbroso. 
El  jayán  sube  al  puente,  i  allí  para, 
en  torno  echando  el  ojo  sanguinoso: 
alta  la  jeta  i  de  una  forma  rara, 
con  un  par  de  colmillos  horroroso; 
i  de  grumos  de  sangre,  seca  apenas, 
las  engrifadas  barbas  tiene  llenas. 


ORLANDO  ENAMORADO  37.2 


Llégase  al  conde,  i  de  este  i  de  aquel  lado 
volviéndole,  «¡Oh  qué  gorda  palomilla!, 
dice,  ¡oh  qué  gazapiilo  delicado! 
Tendrá  el  riñon  cul)¡erto  a  marabilla: 
ha  de  ser  sabrosísimo  bocado, 
si  1g  relleno  i  le  aso  a  la  parrilla.» 
Cargar  con  él,  diciendo  asi,  pretende;, 
mas  la  trajjada  red  se  lo  defiende. 

En  esto,  aquel  grande  ojo  voMeando», 
a  Durindana  vio:  suelta  la  maza, 
la  espada  toma,  i  en  las  maljívs  dando», 
las  rompe  poco  a  poco  i  despedaza: 
todo  se  cimbra  i  se  contuerce  Orlando; 
cual  malhechor  que  axo-tan  en  la  plazay 
i  como  un  toro  que  agarroclian,  muje: 
bajo  los  golpes  la  armadura  cruje. 

Mas  no  brinca  un  león  (jue  desgarradív 
ha  dejado  la  trampa  a  diente  i  uña, 
como  él  brincó;  i  estando  sin  espada- 
la  maza  del  jayán  resuelto  empuña. 
Mucho  se  escandalizaicl  camarada- 
de  verlo,  i  entre  dientes  refun/uña-, 
teniendo  a  gran  oíeiisa  i  desacato 
que  piense  resistirle  un  mentecato. 

Armas  diversas  cada» cual  ensaya 
de  las  que  a  ejercitar  hubo  aprendido: 
la  clava  el  conde,  que  era  un  tronco  de  haya, 
manejarrelb  brioso  i  atrevido, 
tener  procura  al  enemigo  a  raya; 
i  en  mano  del  ciclope  enfurecido 
apenas  verse  Durindana  deja, 
i  en  el  aire  un  relámpago  semeja'. 

Por  mas  porrazos  que  Roldan  redoble, 
encuentra  siempre  la  invencible  espada; 
i  siendo  el  monstruo  de  estatura  doble, 
aun  con-  aquel  bastón  desesperada 
cosa  fuera  llegarle  a  parte  noble. 
l*ero  tuvo  una  gran  corazonada: 
mira  el  de  Zambardino,  el  suyo  bota,. 
S  de  aquel  otro  arranca  una  pelota. 


376  poesías  . 

De  Zambardin  la  clava,  como  dije 
en  otra  parte,  tres  pelotas  tuvo: 
de  estas  la  que  creyó  mas  gorda,  eüje 
Roldan,  i  desmanchado  que  la  hubo, 
al  ojo  del  ciclope  la  dirije; 
i  parece  que  el  tiro  haciendo  estuvo 
un  cuarto  de  hora,  pues  de  aquella  herida 
lo  rompió  el  ojo  i  le  quitó  la  vida. 

Orlando  a  Dios  las  gracias  retribuye; 
i  cátate  que  vuelve  el  hermitaño. 
Aun  muerto  el  monstruo  tal  pavor  le  influye, 
que  torna  arredro,  recelando  engaño; 
acércase  otra  vez,  i  otra  vez  huye; 
i  así  se  hubiera  estado  todo  el  año, 
si  riendo  Roldan  no  le  llamara, 
i  le  mostrase  la  difunta  cara. 

Al  conde  dice:  «¡Insigne  caballero, 
que  favor  tanto  al  cielo  mcrecistel 
suplicóte,  i  si  cabe,  te  requiero 
vayas  i  a  los  que  encierra  aquella  triste 
mazmorra  des  la  libertad.  Yo  espero 
poder  guiarte  allá,  si  Dios  me  asiste; 
pero  si  mas  jayanes  hai,  te  digo 
que  solo  vas;  no  hai  que  contar  conmigo.» 

A  la  caverna  fue  guiado  el  conde, 
i  desde  afuera  a  los  cautivos  grita. 
Con  doloridos  ayes  le  responde 
la  pobre  jente  que  en  su  centro  habita. 
Bajo  un  peñasco  el  boquerón  so  esconde, 
i  el  removerlo  esfuerzo  necesita 
mas  que  mortal;  del  uno  al  otro  lado 
lo  tiene  una  cadena  asegurado. 

¡Oh  conde!  ¡oh  diestra  invicta!  no  hai  terrena 
cosa  que  a  tu  pujanza  no  sucumba. 
De  un  tirón  hace  trizas  la  cadena; 
empuja  el  gran  peñasco  i  lo  derrumba; 
vuelve  la  luz  a  los  que  en  sombra  i  pena 
guardaba  esta  de  vivos  honda  tumba. 
Todos  besan  la  mano  al  paladino, 
i  toma  cada  uno  su  camino. 


ORLANDO  ENAMORADO  377 


Roldan,  a  Brilladoro  cabalgando 
llegó,  no  sé  si  con  feliz  estrella, 
a  cierta  encrucijada,  i  meditando 
por  qué  rumbo  camine,  haco  alto  en  ella. 
Fortuna  caprichosa,  enderezando 
sus  pasos  hacia  Anjólica  la  bella, 
al  verle  tanto  en  elejir  confuso, 
un  mensajero  allí  traer  dispuso. 

«¿Adonde  bueno?»  el  conde  le  demanda. 
«De  Albraca  vengo,  i  voi  a  Circasía, 
responde  el  caminante,  que  me  manda 
en  busca  de  socorro  el  ama  mia, 
contra  la  cual  poderes  grandes  anda 
juntando  ahora  el  kan  de  Tartaria, 
que  da  en  amarla  con  amor  tan  fuerte 
como  ella  le  odia,  que  es  a  par  de  muerte, 

«El  padre  de  la  niña,  Galafron, 
como  prudente  principe  i  sagaz, 
i  que  no  gusta  de  tener  cuestión 
con  el  tal  kan,  que  es  hombre  contumaz, 
querría,  o  con  razón  o  sin  razón, 
que  se  casara  i  le  dejase  en  paz; 
pero  entre  estas  i  esotras  la  liviana 
niña  se  fué  de  casa  una  mañana. 

«Por  último,  en  la  Albraca  se  ha  metido, 
plaza  famosa,  bien  fortificada, 
que  del  Cata!,  su  patrio  imperio  i  nido, 
poco  mas  distani  de  una  jornada, 
Anjélica  es  su  nombre,  conocido 
de  polo  a  polo  por  estar  dotada 
de  hermosura  divina,  que  sin  duda 
hará  venir  el  mundo  a  darlo  ayuda.» 

Orlando,  que  la  cuenta  al  fin  por  suya, 
pues  de  ser  la  que  busca  está  seguro, 
todo  es  contento,  júbilo,  aleluya. 
Cabalgando  a  lo  claro  i  a  lo  oscuro, 
rodeaba  un  peinado  monte,  a  cuya 
falda  un  raudal  se  ve  sonante  i  puro, 
i  una  marmórea  puente  en  él,  i  en  ella 
con  una  copa  en  mano  una  doncella. 


378  Í>OESÍAS 

La  cual  se  inclina  al  senador  romano, 
i  así  le  dice  en  acto  reverente: 
«¡Oh  caballero,  en  quien  se  dan  la  mano, 
si  tu  jentil  presencia  no  me  miente, 
lo  valeroso  i  lo  cortes  i  humano! 
fresco  licor  de  cristalina  fuente 
a  gustar  te  convido  en  este  vaso: 
si  lo  rehusas,  te  es  vedado  el  paso. 

«Hereditaria  usanza  i  pleitesía 
solo  pasar  permite  al  que  lo  pruebe.» 
Orlando,  que  lo  tiene  a  cortesía, 
le  da  las  gracias,  toma  el  vaso  i  bebe. 
Pero  no  bien  aquel  brevaje  enfría 
el  seco  labio,  el  alma  se  conmueve 
toda  del  paladín;  nada  concibe 
de  lo  pasado;  nueva  vida  vive. 

No  se  le  acuerda  si  es  o  no  es  Orlando, 
ni  sabe  si  tal  Francia  hai  en  el  mundo, 
ni  dónde  está,  ni  cómo  vino  o  cuándo; 
su  amor  de  ayer  olvido  es  hoi  profundo. 
Iba  de  diostro  a  Brillador  llevando 
la  ninfa:  al  paladín  meditabundo, 
o  estúpido  mas  bien,  el  frontispicio 
aparece  de  espléndido  edificio. 

Tiéndense  al  derredor  ledos  verjeles, 
que  jamas  entristece  helada  bruma; 
alternan  con  las  palmas  los  laureles, 
i  a  la  vid  su  purpúrea  carga  abruma; 
asoman  entre  rosas  i  claveles 
cárdeno  lirio  i  pálida  arizuma; 
i  en  el  ambiente  embalsamado  el  alma 
bebe  serena  paz  i  dulce  calma. 

Jamas  allí  pesar,  jamas  cuidad(5, 
ansia,  temor,  los  corazones  lima, 
ni  del  fastidio  el  enojoso  estado 
que  la  felicidad  miseria  estima: 
contento  cada  cual  i  bien  hallado 
goza  de  aquel  jardín  la  copia  opima, 
sin  que  secreto  sinsabor  le  asalte 
de  que  a  su  dicha  cosa  alguna  falte. 


OnLANDO  ENAMORADO  379 


Ni  arquitecto  jamas  greciano  o  moro 
fábrica  disoñó  tan  elegante, 
como  en  la  que,  oprimiendo  a  Brilladoro, 
entra  el  fuera  de  sí  señor  de  Anglante: 
bellos  follajes  i  arabescos  de  oro 
ostenta  sobre  el  mármol  rutilante 
cada  columna  i  arquitrabe  i  friso; 
i  escaqueado  jaspe  forma  el  piso. 

Orlando  se  apeó  de  Brilladoro, 
que  la  dama  llevaba  de  la  brida; 
i  viendo  a  poco  trecho  un  ledo  coro 
de  ninfas,  agregóse  a  la  partida: 
de  canto  i  danzas  el  rumor  sonoro 
a  placer  i  deporte  lo  convida. 
Mas  de  volver  es  hora,  que  ya  escaso 
me  viene  el  tiempo,  al  noble  rei  Gradaso. 

Con  el  arnés  ([ue  de  Sansón  fuó  un  dia, 
altivo  el  paso  i  la  actitud  gallarda, 
al  sitio  marcha  en  que  lidiar  de])ia, 
i  a  su  rival  tranquilamente  aguarda. 
Las  diez,  las  once  son,  ya  es  mediodía: 
mucho  el  barón  de  Montalhano  tarda. 
Podéis  pensar  si  tiempo  largo  espera 
a  quien  va  tantas  millas  mar  afuera. 

Viendo  que  su  contrario  no  ha  llegado, 
i  de  luces  el  cielo  se  tachona, 
de  verse  así  tratar  vuelvo  indignado 
al  campo,  i  a  la  ira  se  abandona, 
¿Pues  qué  hará  Uicardeto  desgraciado 
que  oye  el  cántico  ya  que  el  gallo  entona, 
i  que  sea  de  Reinaldos  no  adivina? 
Tanto  tardar  le  dio  mui  mala  espina. 

Mas  no  tanto  le  aqueja  el  sentimiento, 
que  no  haga  en  tal  conflicto  lo  que  debe: 
manda  a  todo  el  cristiano  campamento 
que  a  dar  la  vuelta  se  disponga  en  breve; 
i  cumplida  la  orden  fué  al  momento, 
i  todo,  ántCá  que  raye  el  sol,  se  muevo, 
sin  que  sospecho  el  rei  Marsilio  nada, 
cuya  hueáte  a  gran  trecho  está  acampada. 


380  POESÍAS 

Cabalga  Ricardeto  dolorido, 
llevando  a  Carloniagno  la  almofalla; 
Gradaso,  avinagrado,  embravecido, 
pone  su  jente  en  orden  de  batalla; 
i  el  misero  Marsilio,  que  ha  perdido 
la  flor  de  sus  guerreros,  teme  i  calla: 
creyendo  que  le  plantan  sus  aliados, 
mesábase  las  barbas  a  puñados. 

Abominando  del  francés  linaje, 
viene  i  se  echa  a  los  pies  del  serieano, 
i  le  pondera  el  recibido  ultraje, 
i  a  los  ausentes  carga  bien  la  mano; 
obediencia  le  jura  i  vasallaje, 
i  en  conclusión,  el  rei  zaragozano 
i  el  del  Oriente  hicieron  alianza, 
i  en  buena  se  trocó  la  malandanza. 

Su  hueste  Ricardeto  ha  conducido, 
i  hace  en  Paris  la  cosa  manifiesta. 
Levántase  en  la  corte  gran  ruido, 
toda  en  extrañas  confusiones  puesta. 
Dicen  los  maganceses  al  oído: 
«Huele  a  traición  a  tiro  de  ballesta.» 
Ni  aun  los  amigos  de  Reinaldos  hallan 
cómo  abonarle,  i  de  corridos  callan. 

Mientras  a  dobles  marchas  las  lej  iones 
caminan  a  Paris  del  rei  Gradaso, 
Carlos  convoca  pares  i  barones 
para  tratar  de  lo  que  pide  el  caso. 
Previenen  torres,  fosos,  bastiones, 
i  en  derredor  se  deja  el  campo  raso. 
Súbitamente  un  atalaya  avisa 
que  la  enemiga  hueste  se  divisa. 

Dan  las  campanas  grandes  badajadas; 
el  pueblo  grita,  alármase  la  tierra; 
ondean  las  banderas  desplegadas; 
suenan  los  instrumentos  de  la  guerra; 
las  jentes  corren  por  la  calle  armadas; 
la  puerta  del  alcázar  se  abro  i  cierra. 
Mándase  a  ürjel  danés  que  al  campo  saque 
la  primer  banda,  i  dé  el  primer  ataque. 


OIILANÜO  EXA.MOIUDO  381 


Clradnso  la  jcnt\iz;i  sarracina 
en  cinco  divisiones  acomoda; 
Ci  india  la  primera  i  abisina; 
eslá  tiznada  como  el  diablo  toda: 
a  mandarlas  dos  príncipes  destina: 
Urnaso  el  uno,  el  otro  era  Orancoda: 
el  cual  Urnaso  ciertos  dardos  lleva, 
de  cuyas  puntas  no  liai  lori;^a  a  prueba. 

A  IJerra  la  secunda  escuadra  loca, 
que,  como  un  jabalí,  tiene  la  cara: 
sálenle  los  colmillos  de  la  boca, 
largos  como  la  sesma  de  una  vara; 
i  le  acompaña  el  negro  Brutarroca, 
que  alabardas  gordísimas  dispara 
con  un  grande  arco  (|uc  dos  brazas  mide: 
a  la  Etiopía  asiática  preside. 

Sigue  la  escuadra  del  jiganle  Alfrera; 
la  cuarta  es  de  Marsilio  i  española; 
i  rije  el  rei  Gradaso  la  postrera, 
que  de  sus  sericanos  era  sola: 
jcnlc  bizarra,  impávida,  guerrera, 
(jue  azules  estandartes  enarbola. 
l*rinc¡pia  la  función.  Hacia  el  monarca, 
Grancoda  aguija,  Urjol  de  Dinamarca. 

Es  de  doce  mil  bombrcs  la  brigada 
de  Urjel  danés:  lozana  tropa  i  bella, 
que  del  Norte  en  las  nievcá  enjcndrada 
cuanto  encuentra  baraja  i  atropella. 
Dando  a  su  dromedario  una  pinchada, 
el  rei  Grancoda  se  arrojó  sobre  ella; 
pero  el  danés  arre[X3ntir  le  ha  hecho, 
metiéndole  la  lanza  por  el  pecho. 

Tenerse  en  los  estribos  no  le  vale, 
(jue  se  enflaquece  lodo  i  se  marchita: 
fuerza  es  que  caiga  ¡  (¡ue  la  vida  exhala 
entre  la  negra  sangro  (¡ue  vomita. 
Mas,  contra  Urjcl,  Urníiso  al  medio  sale, 
i  con  soberbia  i  cólera  infinita 
le  lira  un  danlo:  pasa  el  dardo  es([uivo 
escudo  i  peto,  i  llégale  a  lo  vivo. 


382  POESÍAS 

Arremete  el  danés  con  ciego  arrojo; 
i  tírale  el  follón,  que  alerta  estaba, 
segundo  dardo,  que  de  sangre  rojo 
en  el  honijjro  siniestro  se  le  clava. 
«Pagármela  has,  bergante,  si  te  cojo,» 
Urjel,  bramando  de  dolor,  gritaba. 
Urnaso,  al  verle  cerca,  no  se  empacha: 
bota  los  dardos  i  enarbola  el  hacha. 

I  no  me  causa  el  hacha  tanto  miedo 
como  el  caballo,  que  cabalga  Urnaso, 
que  tiene  un  asta,  a  que  no  falta  un  dedo 
para  una  vara;  i  temo  andar  escaso. 
!Mas  la  medida  yo  del  canto  excedo, 
i  talvez  a  enfadaros  me  propaso: 
cumple  ensayar  mas  alto  contrapunto, 
para  el  que  sigue  serio  i  grande  asunto. 


CANTO  VII, 


L\  ÜAT.VLLA  DE  PAIIIS 


•Moríales,  cuyas  almas  atosiga 
el  hipo  do  ser  grandes  i  señores, 
¿por  (luó  con  tanto  afán,  tanta  fatiga, 
ii  caza  andáis  de  mandos  i  de  honores? 
Lo  que  oro  se  os  antoja  es  baja  liga 
que,  a  pesar  de  mentidos  esplendores, 
en  el  crisol  de  un  sano  juicio  puesta 
no  vale  la  mitad  de  lo  (¡uc  cuesta. 

Eso  poder,  grandeza,  imperio,  oslado, 
justo  o  no  justo  es  menester  ([ue  sea. 
tíi  1q  primero,  aquel  que  en  encumbrado 
destino  se  encopeta  i  contonca, 
sepa  (|ue  es  solo  un  siervo  asalariado, 
para  que  al  bien  de  los  demás  provea, 
sin  gozar  el  placer  un  hora  sola 
(lo  dormir  i  dejar  correr  la  bola. 

Al  pueblo  ha  de  mirar  como  un  rebaiío 
que  a  fuer  de  buen  pastor  ampare  i  celo, 
no  como  duro  mayoral  extraño 
que  sin  cesar  le  exprima  i  tunda  i  pele; 
i  si  algo  yerra,  no  se  llame  a  engaño, 
antes,  por  mas  que  afane  i  se  desvele, 
sepa  (juc  el  mundo  de  la  culpa  ajena 
mas  de  una  vez  le  hará  suírir  la  pena. 


384  POESÍAS 

Si  lo  segundo,  ¿qué  voraz  gusano, 
que  aguda  espina,  qué  veneno  oculto 
el  alma  no  atormenta  de  un  tirano? 
En  cada  estruendo  un  popular  tumulto 
le  toca  alarma;  con  puñal  en  mano 
cree  ver  un  asesino  en  cada  bulto; 
la  conciencia  entre  holandas  le  trabaja, 
i  al  pobre  envidia  su  jergón  de  paja. 

Yo  comparo  uno  de  estos  desgraciados 
que  por  tener  del  mundo  el  gobernalle 
viven  entre  zozobras  i  cuidados, 
a  un  palaciego  que  anda  por  la  calle 
cubierto  de  galones  i  bordados, 
echando  piernas  i  luciendo  el  talle, 
mucho  brinquillo,  mucha  placa  al  seno, 
i  por  debajo  está  de  lacras  lleno. 

Venid,  los  que  pensáis  que  un  soberano 
de  la  común  herencia  está  excluido, 
i  ved  a  este  infeliz  de  Carlomano 
en  el  berenjenal  que  está  metido. 
Nadie  mas  justo  fué  ni  mas  humano; 
fué  un  santo  hombre,  fué  un  príncipe  cumplido: 
t  pues  ved  las  tempestades  que  endereza 

fortuna  a  su  corona  i  su  cabeza; 

Cual  la  presente  fué,  que  el  rei  Gradaso, 
por  un  pueril  antojo  impertinente, 
le  suscitó;  i  en  la  que  el  indio  Urnaso  . 
sobre  la  bestia  de  cornuda  frente 
iba,  como  os  conté,  mas  que  de  paso 
contra  el  danés,  a  quien  furiosamente 
arremetió,  llevando  el  hacha  alzada. 
Pero  no  le  valió  la  furia  nada; 

Porque  ürjcl  de  un  horrífico  altibajo 
cabeza  i  tronco  hasta  el  arzón  le  parte, 
si  bien  le  dio  el  caballo  harto  trabajo, 
que,  en  el  acometer  tomando  parte, 
a  Urjel  de  una  cornada  al  suelo  trajo; 
i  si  no  fuera  el  grueso  talabarte, 
que  un  tanto  al  golpe  la  violencia  gasta, 
en  las  entrañas  le  embutiera  el  asta. 


ORLANDO  ENAMORADO  385 


En  tres  partes  Urjel  se  hallaba  herido: 
al  hospital  en  brazos  fué  llevado. 
I  en  esto  I3rutarroca  fementido 
llegó,  sobre  un  camello  encaramado. 
Representaba  un  negro  dios  Cupido, 
aunque,  a  decir  verdad,  algo  barl)ado. 
Medio  desnudo  el  mastinazo  estaba; 
en  la  siniestra  el  arco,  al  hombro  aljaba. 

El  colmilludo  Berra  le  acompaña; 
i  a  guisa  de  am])ulantes  campanarios 
van  cubriendo  de  sombras  la  campaña 
elefantes  de  guerra  i  dromedarios. 
Carlos  a  Salomón,  rei  de  Bretaña, 
mandó  sacar  sus  diestros  sajitarios; 
va  Ricarte  con  el,  i  don  Gaiféros, 
de  Melisendra  esposo,  i  Oliveros. 

De  San  Dionis  la  puerta  abre  camino 
al  ya  canoso  Naimo  de  Baviera 
con  sus  hijos  Otón,  Avolio,  Avino 
i  Dellenguer  de  roja  cabellera. 
Con  Guido  de  Borgoña  va  Anjelino, 
i  con  Ilugon,  Dudonio  sale  fuera. 
El  suelo  se  estremece  a  gran  distancia 
bajo  las  huestes  de  la  invicta  Francia. 

Carlos  en  tanto  al  cielo  justiciero 
aplacar  manda  en  ceremonias  pias, 
i  en  grave  canto  el  relijioso  clero 
misereres  entona  i  letanías; 
suena  a  extramuros  el  rumor  guerrero 
de  trompas,  at;\bales,  chirimías; 
responden  en  Paria  quirieleisones, 
al  son  de  las  campanas  i  esquilones. 

Ya,  pues,  que  satisfizo  a  lo  cristiano, 
con  lo  real  cumpliendo  i  lo  valiente 
sale  sobro  Bayardo  Carlomano, 
i  de  los  suyos  se  coloca  al  frente. 
Todos  a  un  tiempo  embisten  al  pagano; 
relumbran  mil  espadas  juntamente; 
cada  cual  taja,  pincha,  hiende,  parte: 
no  vio  jamas  tan  bella  liesta  Marte. 
roEüíAí  ',3 


386  POESÍAS 

Por  donde  cabalgando  va  Oliveros, 
deja  Altaclara  un  sanguinoso  lago: 
vale  ella  sola  por  cincuenta  aceros; 
primero  se  ve  el  golpe  que  el  amago; 
caballos  caen,  trabucan  caballeros; 
no  hubo  jamas  tan  espantoso  estrago; 
corre  el  barón,  i  marca  doble  hilera 
de  amontonados  troncos  su  carrera. 

Amenazando  Berra  se  le  encara, 
ni  a  detenerle  un  punto  es  suficiente, 
porque  con  un  mandoble  de  Altaclara, 
entre  ojo  i  ojo,  i  entre  diente  i  diente, 
en  dos  mitades  el  marques  la  cara 
partida  le  dejó  tan  justamente, 
como  si  en  la  balanza  para  esto 
antes  del  golpe  las  huliiera  puesto. 

I  tan  sabros.1  le  quedó  la  mano 
que  por  do  mas  tupidos  i  mas  llenos 
los  escuadrones  ve,  rompe  lozano, 
hasta  llegar  a  donde  con  no  menos 
donaire  i  lijereza  Carlomano 
iba  despabilando  sarracenos, 
i  el  campo  henchía,  a  tajos  i  reveses, 
de  sangrientos  cadáveres  i  arneses. 

A  Carlos,  lirularroca  se  presenta, 
flechador  de  alal>ardas  i  lanzónos. 
Carlos,  como  un  venablo,  se  le  avienta, 
hincados  a  Bayardo  los  talones; 
i  de  un  lanzazo  le  ajustó  la  cuenta 
pasándole  costillas  i  pulmones. 
Kevuélcase  en  la  arena  Brutarroca, 
i  vierte  negras  ondiis  por  la  boca. 

Pero  mientras  Bayardo  corre,  al  paso 
lo  Side  aquella  bestia  del  gran  cuerno, 
que  fué  caballo  del  difunto  Urnaso, 
la  cual,  sin  dueño  ahora  i  sin  gobierno, 
va  haciendo  entre  las  filas  el  fracaso 
que  en  el  liosque  una  ráfaga  de  invierno. 
Topa  a  Bayardo  i  cornearlo  intenta: 
Bayardo  no  so  turba,  ni  amedrenta. 


ORLANDO  ENAMORADO  387 

Con  gran  serenidad  i  gran  frescura, 
vuelta  la  grupa,  dalo  un  par  de  coces, 
que  le  estampó  en  los  sesos  la  herradura; 
i  rompe  por  do  tantas,  tan  atroces 
fases  muestra  la  lid,  que  por  ventura 
dijérades  que  solo  allí  feroces 
guerreros  hai,  coraje,  ira,  matanza, 
i  todo  lo  demás  es  burla  i  chanza. 

Alfrera  con  el  mástil  que  engarrafa, 
a  los  cristianos  da  tremenda  zurra; 
a  la  jente  que  toca  deja  gafa; 
la  ([ue  coje  de  lleno  despachurra. 
En  mirando  venir  la  gran  jirafa, 
nadie  tiene  lugar,  que  no  se  escurra: 
solo  Turpin  osó  salir  delante: 
Alfrera  con  gran  sorna  le  echa  el  guante; 

I  a  la  cintura  so  lo  prende  i  ata, 
a  guisa  de  corneta  o  de  tintero. 
Tras  esto  de  camino  se  arrebata 
a  Pinabcl  i  a  Otón  i  a  Bellenguero, 
i  de  los  tres  hecho  un  manojo,  cata 
que  vuelve  a  los  cristianos  el  trasero. 
Al  rei  Gradaso  los  llevó  en  presente, 
i  torna  a  la  batalla  nuevamente. 

Torna  el  jayán  de  nuevo  a  la  batalla, 
i  empieza  a  machucar  que  se  las  pela. 
líete  aquí  de  Marsilio  la  canalla, 
con  Ferragú,  Morgante  i  Espinela. 
¡Oh  cuánto  escudo  i  cuánta  lina  malla 
i  cuánta  lanza  en  mil  fragmentos  vuela! 
Cuál  hiere,  cuál  retorna,  cuál  repara: 
crece  la  confusión  i  la  algazara. 

El  marques  Oliveros  vio  la  brega, 
i  del  emperador  se  puso  al  lado; 
el  normando  Ricarte  se  le  llega, 
i  Gano,  de  sus  condes  escoltado; 
Dudonio,  que  una  gorda  maza  juega, 
Alardo,  Guido,  en  pelotón  cerrado, 
cargan,  como  avenida  repentina, 
bobrc  la  nueva  c'iusma  sarracina. 


388  poesías 

Con  Ferraguto  encuéntrase  Oliveros, 
i  casi  desarzónale  el  pagano: 
rotas  entrambas  lanzas,  los  guerreros 
tornaron  a  embestirse  espada  en  mano. 
Con  Espinel  se  apechugó  Gaiféros, 
el  rei  Morgante  con  el  conde  Gano, 
con  el  califa  el  duque  de  Baviera, 
hombre  con  homljre,  hilera  con  hilera. 

Picó  Gradaso  la  guerrera  alfana, 
i  a  Dudonio  arrojó  cabeza  abajo; 
Kicarte  cao  también  de  buena  gana; 
ni  le  da  Salomón  mucho  trabajo, 
^liéntras  tunde  la  hueste  sericana 
los  míseros  franceses  a  destajo, 
volando  el  bravo  rei,  cual  torbellino, 
se  lleva  cuanto  encuentra  de  camino. 

No  toca  con  la  lanza  al  conde  Gano, 
que  con  solo  el  amago  lo  esparranca; 
al  encuentro  le  sale  Carlomano, 
i  la  silla  también  le  deja  franca. 
El  a  Bayardo  entonces  echa  mano; 
pero  el  bruto  jentil  le  vuelve  el  anca 
con  una  discreción  que  marabilla, 
i  asiéntale  una  coz  en  la  espinilla. 

I  como  si  a  llevar  fuese  la  nueva, 
dando  bufidos  por  Paris  entraba. 
Valió  a  Gradaso  la  encantada  greba; 
si  nó,  la  pierna  en  Francia  se  dejaba. 
No  se  puede  tener  por  mas  que  prueba, 
i  el  dolor  cada  instante  se  le  agrava: 
en  brazos  a  su  tienda  es  conducido, 
i  allí  de  cirujanos  asistido; 

Entre  los  cuales  un  anciano  había 
fjue  llamaban  maese  Fenñducho, 
perito  en  herbolaria  i  cirujía, 
a  quien  por  eso  el  i-ei  preciaba  mucho. 
Si  alguno  pierna  o  brazo  se  rompía, 
sanaba  luego  aquel  doctor  machucho 
la  parte  enferma,  sin  dolor  ni  gasto, 
solo  con  aplicarle  un  cierto  emplasto. 


ORLANDO  ENAMORADO  389 


Este,  después  que  al  re¡  la  herida  observa, 
no  sé  qué  voces  májicas  murmura. 
De  malva  haciendo,  aloe  i  contrayerl>a 
i  díctamo  de  Creta  una  mistura, 
aplícasela  en  forma  de  conserva; 
i  dos  minutos  no  tardó  la  cura. 
Gradase,  habiendo  un  poco  reposado, 
sobre  la  alfana  so  presenta  armado. 

Mas  que  nunca  soberbio  al  campo  vino. 
Hé  aquí  la  tempestad,  huya  el  que  pueda. 
El  marques  Oliveros  al  camino 
osó  salir,  i  fué  a  estampar  la  greda. 
Ilugon  i  Avolio  con  Deliran  i  Avino, 
i  si  algún  otro  de  los  buenos  queda, 
todos  de  aquella  lanza  derribados 
fueron,  i  todos  van  aprisionados. 

Ya  voz  de  capitanes  no  es  oída; 
ya  nadie  a  los  infieles  hace  cara; 
arrancan  los  cristianos  de  estampida; 
llega  a  Paris  la  gresca  i  la  algazara, 
en  donde,  siendo  la  prisión  sabida 
do  Carlos  i  los  otros,  cosa  es  clara 
que  en  nuevos  armamentos  no  se  piensa, 
pues  no  se  ve  manera  de  defensa. 

Pone  la  voz  el  vulgo  en  las  estrellas; 
i  a  los  sacros  altares  acojidas 
las  madres  i  las  tímidas  doncellas, 
mandan  a  Dios  plegarias  doloridas. 
Oyó  el  danés  la  grita  i  las  querellas; 
el  danés,  que  postrado  a  las  heridas 
que  recibió  lidiando  con  Urnaso, 
a  duras  penas  puede  dar  un  paso. 

De  rabia  i  de  piedad  llorando  junto, 
después  que  las  heridas  unje  i  venda, 
se  arma;  i  porque  el  caballo  no  está  a  punto, 
que  al  campo  se  le  traigan  recomienda; 
i  a  donde  juzga  estar  mas  en  su  punto, 
no  la  contienda  (quo  ya  no  hai  contienda)^ 
sino  la  atroz  horrífica  matanza, 
a  pió  va,  sustentándose  en  la  lanza. 


390  POESÍAS 

Llega  a  la  puerta;  encuéntrala  cerrada, 
i  de  la  densa  turba  oye  el  lamento, 
que  en  vano  a  entrar  se  agolpa,  i  a  la  espada 
de  los  contrarios  muere  ciento  a  ciento. 
Teme  el  alcaide,  abriendo,  dar  entrada 
al  enemigo,  i  no  sin  fundamento: 
a  todo  el  mundo,  pues,  abrir  rehusa, 
por  mas  que  se  lo  ruega  i  so  le  acusa. 

«La  puerta,  dice  Urjel,  abre  al  instante: 
el  defenderla  corre  a  cuenta  mia.» 
«Del  puesto,  dice  el  otro,  soi  garante; 
a  mi  padre  que  fuese  no  abriria.» 
a  Ya  no  hai  paciencia,  clama  Urjel,  que  aguante; 
ha  de  costarte  caro  tu  porfía.» 
Huyó  el  alcaide;  Urjel  de  un  hacha  afierra: 
la  puerta  a  cuatro  hachazos  echó  a  tierra. 

El  puente  cala  Urjel;  i  sobre  el  puente 
la  desbandada  multitud  francesa 
de  tropel  se  abalanza,  cual  torrente 
que  rompe  en  el  invierno  la  represa. 
Sigue  a  los  fujitivos  la  inclemente 
turba  pagana;  pero  asaz  le  pesa: 
a  diestro  i  a  siniestro  esgrime  el  hacha 
Urjel,  i  cuatro  a  cuatro  los  despacha. 

Óupo  a  Dudon,  Grandonio,  aquel  j ¡gante 
que  alcaide  un  tiempo  fué  de  Barcelona. 
Las  mazas  van  i  vienen  cada  instante, 
i  toda  se  magullan  la  persona. 
El  reí  Marsilio  embiste  al  imperante; 
pero  se  arrepintió  de  la  intentona: 
descabalgado  sin  remedio  fuera, 
•  si  a  punto  Ferragú  no  le  acorriera. 

Ferraguto  se  aparta  de  Olivero 
para  asistir  al  reí  zaragozano, 
i  el  marques,  como  noble  caballero, 
fué  en  ayuda  también  do  Carlomano: 
cada  cual  de  los  cuatro  es  buen  guerrero, 
de  valeroso  pecho  i  presta  mano; 
mas  Carlos,  que  a  Bayardo  cabalgaba, 
a  sí  mismo  esta  vez  sobrepujaba. 


ORLANDO  ENAMORADO  391 


Ninguno  al  compañero  pone  mientes, 
que  por  su  parte  a  que  atender  le  sobra; 
tregua  no  dan  las  hojas  inclementes-, 
cada  cual  cuanto  sabe  pone  en  obra. 
Bonanza  en  tanto  gozan  nuestras  jentcs, 
i  la  pagana  multitud  zozobra; 
a  tierra  va  de  España  la  bandera; 
Be  desparpaja  la  brigada  entera. 

Marsilio,  que  intentaba  dctenella, 
hubo  de  acompañarla  en  la  corrida; 
también  es  el  califa  envuelto  en  ella, 
i  sigúele  Morgante  a  toda  brida; 
iba  Espinel  pisándole  la  huella, 
i  Serpentín  se  agrega  a  la  partida: 
unos  huyen  por  fuerza,  otros  por  gusto: 
solo  hace  rostro  Ferraguto  adusto. 
Cual  tigre  de  monteros  acosado, 
aun  en  la  fuga  espanta  i  amenaza: 
ya  a  los  cristianos  cede  mal  su  grado^ 
ya  a  los  que  se  la  daban  él  da  caza; 
pero  tanto  le  cargan,  que  forzado 
se  vio  por  fin  a  abandonar  la  plaza, 
i  a  no  llegar  en  este  punto  Alfrera, 
muerto  sin  duda  alguna  o  preso  fuera. 
A  duros  golpes  del  bastón  tremendo 
el  jayán  las  hileras  aportilla; 
Galalon,  como  un  pájaro  va  huyendo; 
a  Guido  i  Naimo  arroja  de  la  silla. 
Pero  viene,  llamada  del  estruendo, 
de  valerosa  jente  una  cuadrilla: 
Dudon  le  asalta  i  Carlos  i  Oliveros: 
brillanle  en  torno  a  un  tiempo  veinte  aceros. 

Quién  de  lado  le  amaga,  (|uicn  de  frente; 
seria  va  pareciéndole  la  cosa; 
híisolas  el  jayán  con  una  jente, 
ájil  a  reparar,  a  herir  briosa. 
La  jirafa  se  mueve  lentamente, 
como  bestia  de  suyo  perezosa. 
Los  otros  cargan;  solo  está;  no  ha!  caso: 
corre  aturdido  en  busca  de  Gradaso. 


392  POESÍAS 

El  sericano  que  le  vio  venir, 
i  antes  lo  tuvo  en  opinión  tal  cual, 
en  altas  voces  le  empezó  a  reñir: 
«¿Adonde  vas,  follón?  Tente,  animal. 
¿Cómo  vergüenza  no  te  da  de  huir 
con  ese  corpachón  descomunal? 
Ocúltate  a  mis  ojos,  i  cuidado 
no  vuelva  yo  en  mi  vida  a  verte  armado.» 

Dijo;  i  al  ver  que  ya  su  campo  embisten 
las  enemigas  huestes,  vuelve  airada 
la  cara  a  los  monarcas  que  le  asisten; 
los  cuales,  entendiendo  la  mirada, 
la  armadura  le  traen,  se  la  visten, 
le  calzan  las  espuelas,  i  la  espada 
le  ciñen,  puestos  a  sus  pies  de  hinojos, 
i  no  osan  de  la  tierra  alzar  los  ojos. 

El  tumulto  entre  tanto  i  vocería 
llegaba  hasta  la  tienda  de  Gradase; 
i  presumiendo  que,  pues  no  salía, 
estaba  ausente  el  rei,  o  enfermo  acaso, 
daba  por  suyo  nuestra  jente  el  dia, 
i  mas  que  el  sol  bajaba  ya  al  ocaso. 
Llena  de  confianza  i  de  contento 
comenzaba  a  pillar  el  campamento. 

Como  cuando,  amarrado  un  toro  bravo, 
el  vulgo  se  le  acerca,  i  por  juguete 
uno  el  cuerno  le  toca,  i  otro  el  rabo; 
sí  rotas  las  prisiones  arremete, 
se  desparpaja  de  éste  i  de  aquél  cabo 
sin  saber  la  canalla  do  se  mete; 
i  creyendo  que  el  toro  los  atrapa, 
este  deja  la  gorra,  aquel  la  capa; 

Así,  cuando  se  oyó  Gradaso  viene, 
huyendo  cada  cual  se  destalona, 
i  nadie  que  lo  ha  oído,  se  detiene 
a  ver  si  es  grande  o  chico  de  persona; 
ni  sabe  adonde  va,  ni  a  qué  se  atiene; 
las  armas  tira,  i  todo  lo  abandona. 
Solo  Carlos  quedó;  quedó  Oliveros; 
i  no  sé  cuántos  otros  caballeros. 


ORLANDO  ENAMORADO  393 


Cuál  es  hasta  Paris  arrebatado 
envuelto  entre  la  chusma  fujitiva; 
cuál  de  hombres  i  cajjailos  muere  hollado; 
i  a  cuál  del  puente  al)ajo  Urjel  derriba; 
uno,  vivo  i  entero  es  derrocado; 
otro,  cabeza  o  tronco  deja  arriba: 
hombres,  caballos,  armas  van  al  foso, 
turbio  todo  a  la  vista  i  sanguinoso. 

Mas  crece  por  instantes  la  faena, 
que,  saltando  en  el  puente  Serpentino, 
taja  de  un  lado  i  otro  la  cadena, 
i  da  franco  a  los  suyos  el  camino. 
Urjel  levanta  el  hacha;  i  si  por  buena 
fortuna  no  llevara  un  yelmo  fino, 
i  encantado  también,  según  sospecho, 
quedaba  el  español  pedazos  hecho. 

Del  sericano  rei  toda  la  corte, 
i  del  campo  pagano  llega  el  grueso. 
Cercado  está  a  poniente,  a  sur  i  a  norte; 
mas  ol  danés  no  echó  el  pió  atrás  por  eso: 
orden  da  de  que  el  puente  se  le  corte, 
mientras  el  do  la  lid  sustenta  el  peso; 
i  salvos  los  cristianos  de  esta  suerte, 
con  leda  cara  va  a  buscar  la  muerte. 

Con  mil  combate  a  un  tiempo  i  con  Gradaso, 
que,  avergonzado,  en  alta  voz  ordena 
que  todo  el  mundo  vuelva  atrás  el  paso; 
i  desarmando  a  Urjel  con  poca  pena 
(como  a  quien  tiene  el  cuerpo  enfermo  i  laso 
vertiendo  rojo  humor  por  cada  vena) 
manda  que  se  le  asista  i  se  le  lleve 
con  el  honor  que  a  la  virtud  se  debe. 

Fuera  Paris  tomada  fácilmente, 
sino  que  ya  la  noche  oscurecía. 
Oyese  de  campanas  son  doliente 
que  hace  a  dolientes  voces  armonía; 
en  miedo  i  llanto  la  infelice  jente 
aguarda  el  venidero  infausto  dia 
en  que  ha  de  ser  Paris  abandonada 
a  destrucción,  a  saco,  a  fuego,  a  espada. 


394  POESÍAS 

Estaba  por  entonces  arrestado, 
como  sabéis,  Astolfo  en  la  Bastilla; 
por  todos  i  por  todas  olvidado, 
merced  a  Galalon  i  a  su  pandilla. 
Era  a  charlar  el  duque  aficionado; 
Boltósele  esta  vez  la  tarabilla: 
«¡Cómo  se  ve  que  el  serican  lo  entiende, 
dice,  que  a  tal  sazón  la  guerra  emprende! 

«Hubiera  yo  salido  a  la  pelea, 
i  otro  gallo  al  tal  rei  le  cantaría. 
Sabe  dónde  le  aprieta  la  correa; 
mas  hai  sol  en  las  bardas  todavía: 
pues  quiera  Dios  que  en  libertad  me  vea, 
hará  triunfar  su  causa,  que  es  la  mia. 
Veremos  a  quien  debe  Carlomano 
su  corona,  si  a  mí  o  al  conde  Gano.» 

Gradaso  al  regocijo  se  abandona; 
no  cabe  de  contento  i  de  ufanía; 
preséntasele  Alfrera  i  le  perdona; 
todo  es  favor,  merced,  galantería; 
tan  alegre  jamas  le  vio  persona 
ni  de  tan  buen  humor,  como  aquel  día, 
imajinando  que  a  Bayardo  oprime 
los  lomos  ya,  i  a  Durindana  esgrime. 

Afable  al  rei  de  Francia  da  la  mano, 
i  a  par  de  sí  con  grande  honor  le  sienta. 
«Señor,  le  dice,  un  pecho  soberano 
de  honor  solo  i  de  gloria  se  alimenta: 
de  la  diadema  i  del  aplauso  humano 
reputo  indigno  al  rei  que  se  contenta 
del  ocio  vil,  dejando  que  la  pompa 
i  la  molicie  a  la  virtud  corrompa. 

«Si  del  Oriente  vine,  fué  por  eso, 
i  no  por  tu  corona  i  tu  riqueza; 
que  apenas  basto  a  sostener  el  peso 
de  la  que  ha  puesto  el  cielo  en  mi  cabeza. 
Pues  hoi  en  mi  poder  te  he  visto  preso, 
ha  llegado  a  su  colmo  mi  grandeza; 
i  ni  trofeo  ni  alabanza  alguna 
queda,  con  que  me  tiente  la  fortuna. 


ORLANDO  ENAMORADO  395 


«El  reino,  pues,  te  restituyo  entero; 
no  pienso  en  cosa  tuya  poner  mano; 
tan  solamente  que  me  entregues  quiero 
el  corcel  del  barón  de  Montalbano, 
que  tan  noble  animal  a  un  caballero 
no  ha  do  servir  tan  ruin  i  tan  villano; 
i  en  un  año  de  plazo  a  Sericana 
harás  venir  la  espada  Durindana.» 

Carlos  a  prometerle  no  fué  tardo 
corcel,  espada,  i  mas,  si  mas  desea. 
«Está  bien,  dice  el  rei;  pero  Bayardo 
quiero  que  luego  aquí  traído  sea.» 
En  busca  suya  va  a  Paris  Alardo, 
donde  Astolfo,  que  suelto  rejentea, 
incontinenti  que  hubo  Alardo  espuesto 
la  comisión  que  trae,  le  intima  arresto. 

I  luego  de  su  parte  va  un  heraldo 
a  retar  a  Gradaso  i  a  su  jen  te; 
i  que  si  dice,  que  mató  a  lieinaldo, 
o  lo  puso  en  prisión  o  en  fuga,  miente; 
que  Carlos  con  lo  suyo  pague  el  saldo, 
pues  Bayardo  es  de  dueño  diferente; 
i  ya  que  de  otro  modo  nada  avanza 
venga  el  rei  a  ganarlo  lanza  a  lanza. 

Movido  a  risa  mas  que  a  indignación 
con  esta  singular  mensajería, 
pregunta  el  rei  Gradaso  qué  barón 
es  el  que  tan  civil  recado  envía. 
«Señor,  responde  Gano,  es  un  bufón 
que  a  toda  nuestra  corte  entretenía: 
de  lo  que  diga  no  hai  que  hacer  aprecio, 
ni  dársete  cuidado,  que  es  un  necio.» 

«Pues  necio  o  nó,  repusio  el  sericano, 
el  es  hombre  de  espíritu  sin  duda. 
No  piense  con  su  labia  el  conde  Gano 
que  de  lo  c[üe  es  razón  me  tuerce  o  muda. 
Harto  a  vosotros  me  he  mostrado  humano. 
Retado,  al  reto  es  menester  que  acuda. 
Decid  al  duque  Astolfo  que  le  espero, 
i  que  venga  en  Bayardo  caballero. 


396  POESÍAS 

«Al  cual,  si  me  le  gano  con  la  lanza, 
ya  no  seré  a  cumpliros  obligado 
los  partidos  que  os  hice  en  confianza 
de  que  el  corcel  se  me  iba  a  dar  de  grado.» 
Mucho  con  esta  súbita  mudanza 
quedó  el  emperador  amostazado, 
pues  la  corona,  imperio,  estado  sumo 
que  pensó  recobrar,  ve  vuelto  en  humo. 

Astolfo,  apenas  la  mañana  apunta, 
sobre  Bayardo  se  presenta  armado 
con  tanta  perla  i  tanta  joya  junta, 
que  un  cielo  semejaban  estrellado: 
cubierta  de  oro  está  desde  la  punta 
la  bella  espada  que  le  cuelga  al  lado, 
i  en  su  diestra  temblando  relucía 
aquella  hadada  lanza  de  Argalía. 

El  cuerno  emboca  i  a  Gradaso  reta: 
«Ven,  fantasmón  antojadizo  i  loco, 
que  traes  por  vanidad  la  tierra  inquieta: 
ven,  espantajo  de  hombres  de  tan  poco 
seso  como  el  rapaz  que  se  desteta, 
que  lo  dicen  Grcidaso  en  vez  de  el  Coco; 
i  venga,  si  quisieres,  a  tu  lado 
el  jiganton  de  Alfrera  tu  privado. 

«Venga  Marsilio  i  venga  Balugante, 
i  toda  la  española  guapería; 
Grandonio  venga,  aquel  soez  jigante 
que  ya  otra  vez  probó  la  lanza  mia; 
i  venga  Ferraguto  el  arrogante, 
que  en  su  encantada  piel  tanto  confía; 
venga  toda  tu  jenle.  ¿Por  qué  tarda? 
Un  solo  caballero  es  el  que  aguarda.» 

Estuvo  un  rato  el  rei  Gradaso  atento, 
oyendo  al  caballero  del  Leopardo: 
poco  le  ocupa  el  duque  el  pensamiento, 
toda  le  lleva  la  atención  Bayardo. 
Hecho  el  acostumbrado  cumplimiento, 
así  razona  al  paladín  gallardo: 
«Díceme  Gano  que  no  tienes  juicio, 
i  eres  bufón  de  corte  por  oficio. 


ORLANDO  ENAMORADO  397 


«Otros,  aunque  aturdido  i  calavera, 
dicen  que  en  la  ocasión  eres  discreto, 
garboso,  bravo.  Sea  lo  que  Dios  quiera 
((|ue  yo  en  vidas  ajenas  no  me  meto), 
a  tu  llamado  vengo,  como  hiciera 
al  del  mas  alto  i  principal  sujeto; 
mas  en  cayendo,  que  caerás  de  fijo, 
venga  el  caballo;  nada  mas  exijo.» 

«Suele  la  cuenta  errar  el  que  la  ajusta, 
responde  Aslolfo,  ausente  el  hostalero. 
Tuyo  será,  si  vences  en  la  justa, 
este  caballo  i  cuanto  valgo;  empero, 
venciendo  yo,  propongo,  si  te  gusta, 
que  restituyas  a  su  ser  primero 
a  todos  los  cristianos;  i  al  Oriente 
podréis  marcharos  libres  tú  i  tu  jentc.» 
«Que  me  placo,  responde  el  sericano; 
la  condición  que  has  dicho  acepto  i  juro.» 
I  revolviendo,  i  en  la  diestra  mano 
blandiendo  a([ucl  lan/.on  rollizo  i  duro, 
no  ya  postrar  creyera  un  cuerpo  humano, 
mas  arrancar  do  su  cimiento  un  muro. 
El  duíjue  la  encantada  lanza  blando: 

la  fuerza  es  poca;  ¡¡ero  el  alma  es  grande. 
Gradaso  meto  piernas  ala  alfana, 

i  a  encontrarle  va  Astolfo  como  un  viento. 

En  el  escudo  al  rci  de  Sericana 

pone  la  mira,  a  derribarle  atento; 

i  la  fortuna  le  otorgó  liviana 

(|ue  se  saliese  con  su  loco  intento: 

apenas  el  escudo  toca  el  duque, 

es  fuerza  (claro  está)  que  el  rei  trabuque. 
Veso  el  altivo  rei  tendido  en  tierra, 

i  a  duras  penas  cree  lo  que  le  pasa. 

«¡Oh  cuánto  el  hombre,  esclania,  oh  cuánto  yerra! 

¡Oh  cómo  el  cielo  las  venturas  tasa! 

Vaya  (jue  sidgo  airoso  de  la  guerra; 

sin  gloria  i  sin  honor  me  vuelvo  a  ca.sa; 

paciencia  i  barajar.  Ven,  oh  valiente 

caballero  cristiano,  por  tu  jcnte.» 


308  POESÍAS 

El  rci  al  duque  de  la  mano  guia 
haciéndole  las  honras  que  es  debido. 
Nada  en  el  campamento  se  sabía; 
pero  todo  se  dal)a  por  perdido. 
Carlos  al  duque  Astolfo  maldecía, 
llamándole  de  loco  i  de  aturdido. 
«¡Ai!  dice,  liog-ó  el  fin  de  los  cristianos:» 
dase  calabazadas  a  dos  manos. 

Astolfo  lleg-a,  i  dice  en  tono  airado 
(confirmando  Gradase  el  finjimiento): 
«¿Que  es  de  ti,  Carlomagno  desastrado? 
Ya  toda  tu  fanfarria  es  sombra  i  viento. 
Si  estuviera  Reinaldos  a  tu  lado, 
i  Orlando,  i  algún  otro  que  no  miento, 
en  tanta  afrenta  no  se  hubiera  visto, 
como  hoi  la  ves,  la  santa  fe  de  Cristo. 

«Por  dar  oído  i  guato  a  unos  malsines, 
oprol)io  de  tu  juicio  i  de  tus  canas, 
extrañaste  de  ti  dos  paladines 
que  de  tu  trono  un  tiempo  eran  peanas. 
Con  los  principios  dicen  bien  los  fines: 
saca  la  cuenta  i  mira  lo  que  ganas- 
¿Dónde  tu  favorito  se  entretiene, 
que  a  libertarte  de  prisión  no  viene? 

«¿De  qué  sirve  que  un  hombre  se  desviva 
sirviendo  a  quien  servicios  no  agradece, 
i  con  quien  solo  el  lisonjero  priva, 
llevando  el  prez  que  la  virtud  merece? 
Allá  se  las  avenga  el  que  reciba 
leyes  de  quien  le  agravia  i  le  escarnece. 
Me  voi  de  este  país  infortunado, 
i  dejo  a  quien  lo  quiera  mi  dudado. 

«Renuncio  sangre,  leí,  naturaleza; 
i  al  buen  señor  de  Sericana  »igo, 
que  me  hace  su  bufón,  por  la  fineza 
i  los  buenos  informes  de  un  amigo. 
Me  empeñare,  señores,  con  su  alteza, 
para  que  os  lleve,  si  queréis,  consigo: 
Carlomagno  será  su  repostero; 
.    Urjel,  escanciador;  Turpin,  barbero. 


ORLANDO  ENAMORADO  399 


«T  pues  merced  le  debo,  no  pequeña, 
galopín  de  cocina  será  Gano, 
si  no  quiere  mas  bien  cargar  la  leña 
sobre  esas  cspalda/.as  de  villano. 
Fortuna  me  será  mas  lialagücña 
bajo  mi  nuevo  invicto  soberano, 
(jue  no  se  paga  de  servil  lisonja, 
ni  con  el  fasto  i  el  poder  se  esponja.» 

Si  está  Carlos  mohíno  i  cabizbajo 
oyendo  tal,  considerar  se  deja: 
es  tanta  la  soltura  i  desparpajo 
de  Astolfo,  que  decir  verdad  semeja. 
Mirándole  Turpin  de  arriba  abajo, 
«¿Será  posible,  esclama,  que  esta  oveja 
se  des])arranque?»  «Sí,  gran  marrullero, 
dice  el  ingles,  desbarrancarme  quiero.» 

Lloraba  el  viejo  Naimo  como  un  niño, 
Urjel  lloró,  lloró  toda  la  jente. 
No  pudo  Astolfo  al  natural  cariño 
resistir  mas,  i  en  acto  reverente 
dice  al  emperador:  «Postrado  ciño 
tus  rejios  piós:  recíl)eme  induljente; 
que,  tal  cual  soi,  he  sido  i  seré  tuyo: 
la  libertad  a  todos  restituyo. 

«Eres  dueño  de  ti  i  de  tu  corona; 
te  vuelvo  sin  mancilla  tus  banderas; 
tu  sagrada  magnánima  persona 
las  adíjuiridas  glorias  guarde  enteras. 
Pero  por  lo  que  toca  a  mí  perdona 
sí  antes  quiero  vivir  entre  las  fieras, 
que  mantener  aquí  perpetua  lidia, 
blanco  de  la  calumnia  i  de  la  envidia. 

a  La  libertad,  señor,  es  mucho  cuento: 
sin  ella  para  mí  no  hai  cosa  buena; 
¡  si  decir  me  vedan  lo  que  siento, 
ni  el  yantar  me  es  sabroso,  ni  la  cena. 
Que  Uano  haga  i  deshaga,  ¡  el  acento 
seductor  te  haga  oír  de  la  sirena: 
yo  de  la  aduhicion  no  si  ol  idioma, 
i  ánlcs  que  a  Gano  serviré  u  Mahoma. 


•400  poesías 

\  «En  busca  de  mis  primos,  el  de  Anglanto 

i  el  ínclito  señor  de  Montalbano, 
quiero  por  esos  mundos  ir  errante; 
i  rogándole  al  cielo  soberano 
que  conservo  tu  vida  i  que  levante 
mas  i  mas  tu  poder,  beso  tu  mano, 
emperador  de  Roma  esclarecido, 
i  la  licencia  de  partir  te  pido.j) 

Todos,  creyendo  chanza  o  burla  aquello, 
miranse  unos  a  otros  i  a  Gradaso; 
i  hubieron  finalmente  de  creerlo 
cuando  el  vencido  rei  refirió  el  caso. 
Galalon  con  grandísimo  desuello 
montaba  ya  su  jaca;  pero  al  paso 
le  sale  Astolfo  i  dice:  «Tente,  amigo; 
la  libertad  que  doi  no  habla  contigo, 

«Ten  entendido,  pillastron  villano, 
que  prisionero  quedas  en  la  guerra.» 
«¿Prisionero  de  quién?»  pregunta  Gano. 
«Prisionero  de  Astolfo  de  Inglaterra», 
contesta  el  duque,  i  luego  de  la  mano 
le  toma,  i  dice,  la  rodilla  en  tierra: 
«Señor,  en  honra  vuestra  le  concedo 
la  libertad  que  retenerle  puedo. 

«Pero  no  la  tendrá,  si  no  jurare 
del  modo  mas  solemne  i  mas  expreso, 
que  siempre  i  cuando  yo  se  lo  mandare, 
por  tres  o  cuatro  días  ha  de  ir  preso; 
i  si  él  alguna  vez  lo  rehusare, 
(pues  notorio  es  a  todos  cuanto  en  eso 
de  juramento  es  desmemoriado), 
vos  me  le  entregareis,  señor,  atado.» 

Jura  Gano  i  rejura  la  promesa, 
diciendo  en  sus  adentros:  «¿Que  me  importa?» 
Sucedió  en  tanto  al  miedo  la  sorpresa, 
i  ya  a  todos  el  júbilo  trasporta: 
cuál  da  al  ingles  los  brazos,  cuál  le  besa: 
toda  alabanza  les  parece  corta. 
«El  ha  salvado,  el  pueblo  a  voces  canta, 
la  patria,  la  nación,  la  iglesia  santa.» 


ORLANDO  ENAMORADO  401 


Por  mas  que  Carlomagno  le  festeja 
(que  aun  la  corona  le  ofreció  de  Irlanda) 
constante  en  su  designio  a  Francia  deja, 
i  en  busca  ya  de  sus  amigos  anda; 
pero  antes  que  los  halle,  me  semeja 
que  se  arrepentirá  de  la  demanda: 
el  tiempo  lo  dirá,  si.  Dios  mediante, 
la  empezada  labor  llevo  adelante. 

Toma  gozosamente  su  camino 
la  muchedumbre  bárbara  pagana; 
el  serican  se  fué  por  do  se  vino, 
i  en  Paris  Carlomagno  se  arrellana, 
al  cual,  según  barrunto,  no  imajino 
he  de  volver  en  toda  la  semana; 
que  Reinaldos  me  llama,  i  me  está  Orlando 
a  mas  variado  asunto  convidando. 

¡Hijo  ilustre  de  Aimon!  pisar  te  miro 
esa  ignorada  playa,  errante,  incierto, 
do  tras  tan  largo,  arrebatado  jiro 
tu  milagrosa  barca  tomó  puerto. 
Mas  yo  también  por  encontrar  suspiro 
(])arquero  humilde,  tímido,  inexperto) 
seguro  abrigo  a  mi  bajel  cascado 
para  volver  al  piélago  salado. 


POESÍAS  .-,1 


CANTO  VIII. 


ROCA  TRISTE 


La  guerra,  es  punto  averiguado  i  fijo 
que  la  dirijo  Dios,  no  la  fortuna; 
i  Dios  de  los  ejércitos  se  dijo 
por  esta  causa,  i  no  por  otra  alguna. 
Dando  palabra  de  no  ser  prolijo, 
quiero,  pues  la  ocasión  es  oportuna, 
hacer  sobre  este  asunto  una  homilía 
para  edificación  ajena  i  mia. 

¿Visteis  jamas  tan  grp,nde  pelotera? 
¿tanto  j  ¡gante?  ¿tanto  monstruo  bravo? 
Momentos  hubo  en  que  no  sé  si  diera 
por  el  cetro  de  Carlos  un  ochavo. 
Vióse  el,  i  vio  su  corte  prisionera; 
paró  su  gloria  en  un  desnudo  cabo; 
i  cuando  de  salud  no  hai  esperanza, 
Astolfo  llega,  í  la  victoria  alcanza. 

Goliat,  de  una  honda  acerbo  estrago, 
Ilolofcrnes,  que  muere  hecho  una  sopa, 
i  aquel  a  quien  Tomíris  con  el  trago 
escarneció  de  la  sangrienta  copa, 
de  Ja  prosperidad  al  blando  halago 
navegaron  un  tiempo  viento  en  popa; 
mas  dejó  su  soberbia  al  fin  postrada 
un  niño,  una  mujer,  una  nonada. 


ORLANDO  ENAMORADO  403 


Vino  el  gran  corzo,  escándalo  del  mundo, 
a  quien  un  reino  dio  cada  batalla, 
i  donde  hallar  pensó  terror  profundo, 
firme  virtud  i  heroicos  pechos  halla. 
Al  nol)lc  ejemplo,  el  brío  moribundo 
de  Europa  en  repentino  incendio  estalla, 
i  el  fallo  que  a  un  peñasco  te  deporta, 
jNapoleon!  la  tierra  escucha  absorta. 

El  vulgo  estos  portentos  atribuye 
a  caprichos  i  juegos  do  fortuna, 
la  cual  se  dice  que  a  su  antojo  influyo 
en  cuanto  abraza  el  cerco  de  la  luna. 
Mas  cuando  a  impulso  débil  se  destruyo 
titánico  poder,  sin  duda  alguna 
C3  porque  el  cielo  al  oprimido  ampara, 
i  contra  la  injusticia  se  declara. 

I  aunque  es  verdad  que  suelen  algún  dia, 
para  probar  la  fe,  vencer  los  malos, 
ello  la  presuntuosa  altanería 
es  humillada  al  íin  i  acaba  a  palos. 
Mas  (ya  lo  veo)  os  cansa  la  homilía, 
i  suspirando  estáis  por  los  regalos 
de  la  apacible,  deleitosa  estancia 
adonde  aporta  el  campeón  de  Francia, 

El  cual,  no  bien  está  la  barca  surta, 
por  la  lozana  orilla  el  paso  muevo; 
i  atravesando  perfumada  murta, 
estremecida  al  susurrar  do  un  leve 
soplo,  que  a  el  alma  los  cuidados  hurta 
i  la  fatiga  al  cuerpo,  a  rato  breve 
una  fábrica  mira  grande  i  bella 
que  entre  copados  árboles  descuella. 

A  un  lado  i  otro,  por  diversas  rulas, 
florestas  hai  de  pájaros  pobladas, 
pensiles,  parques,  lagos,  templos,  grutas, 
por  acá  fuentes,  por  allá  cascadas. 
Deciros  de  las  llores  i  las  frutas 
en  jardines,  verjeles  i  enramada:^, 
fuera  juntaros  cuanta  copia  opima 
a  cada  sucio  cupo  i  cada  clima. 


404  POESÍAS 

Conducen  a  la  fúlirica  eminente 
doce  marmóreas  gradas  de  colores, 
i  en  columnas  de  pórfido  esplendente 
estriban  tapizados  corredores, 
de  donde,  al  manso  embalsamado  ambiente, 
un  divino  concierto  de  cantores 
i  de  instrumentos  varios  esparcía 
•  torrentes  de  gratísima  armonía. 

Las  flores  i  la  música  i  la  calma 
que  allí  de  los  sentidos  se  apodera; 
aquel  suave  olor  que  llega  a  el  alma 
i  ya  solo  al  placer  la  deja  entera; 
i  lo  que  en  mi  sentir  lleva  la  palma 
a  lo  demás,  una  gallarda  hilera 
de  bellas  ninfas,  que  a  encontrarle  viene, 
todo  al  barón  embelesado  tiene. 

Después  de  un  jentilísimo  saludo 
una  de  ellas  le  dice:  «Caballero, 
dichosa  la  ocasión  llamarse  pudo 
que  te  trajo  a  este  albergue  placentero, 
do,  si  no  está  tu  corazón  desnudo 
de  humanas  afecciones,  como  espero, 
i  lo  anuncia  tu  garbo  i  apostura, 
será,  la  que  te  aguarda,  alta  ventura.» 

Así  diciendo,  al  caballero  indica 
el  marmóreo  portal  del  gran  palacio; 
luego  una  sala  le  recibe,  rica, 
marabillosa,  de  ovalado  espacio: 
festones  la  techuhibre  multiplica 
de  crisólito,  de  ópalo  i  topacio; 
de  alabastro  el  mas  candido  es  el  muro; 
pcríiles  i  cenefas  de  oro  puro. 

Entrando  el  caballero,  en  medio  se  halla 
de  bulliciosa  juvenil  cuadrilla 
de  hermosas  ninfas,  que  al  mirarle  calla, 
i  le  conduce  a  la  mas  alta  silla. 
Una,  terciada  al  hombro  alba  toalla, 
hincada  humildemente  la  rodilla, 
una  bacía  de  oro  le  presenta, 
que  los  primores  del  cincel  ostenta. 


ORLANDO  ENAMORADO  405 


Otna,  ffue  deja  en.  leve  ropa  gualda 
brujulear  las  formas  a  la  vista, 
i  prendida  a  la  cinta  lleva  el  halda, 
i  en  el  broche  una  cárdena  amatista, 
toma  el  aguamanil  (de  una  esmeralda 
labrado,  la  mas  grande  que  fué  vista), 
i  derrama  al  señor  de  Montalbano 
líquido  aroma  en  una  i  otra  mano. 

Otra  dama  tras  esto,  que,  ceñida 
la  frente  de  arrayan,  tiene  por  gala 
única  su  beldad  (que,  por  mi  vida, 
la  de  la  mas  encopetada  iguala), 
«A  punto  está,  le  dice,  la  comida;» 
i  la  gallarda  tropa,  puesta  en  ala, 
al  buen  señor  de  Montalban  se  inclina, 
i  a  do  el  banquete  aguarda  le  encamina. 

Junto  allí  se  demuestra  cuanto  puede 
excitar  al  mas  lánguido  apetito, 
i  no  sé  si  la  copia  al  arte  excede, 
o  si  lo  vario  es  mas  que  lo  esquisito; 
pues  reunido  pareciera  adrede 
para  que  en  este  número  infinito 
do  viandas  con  que  al  gusto  se  festeja, 
vague  la  vista,  en  elejir  perpleja.    , 

Dala  mesa,  que  entolda  entre  follaje 
verde  una  red  de  llores  olorosas, 
va  el  caballero  al  superior  paraje 
con  cuatro  damas  de  las  mas  donosas. 
Otras,  arregazado  el  blanco  traje, 
coronada  la  sien  da  blancas  rosas, 
ministran;  i  una  de  ellas,  que  el  divino 
néctar  servir  pudiera,  escancia  el  vino. 

Cuando,  acabada  la  soberbia  cena, 
descubierta  quedó  la  mesa  de  oro, 
a  una  gran  cuadra  van  de  antorchas  llena, 
do  mientras  danza  alborozado  coro 
al  compás  de  amorosa  cantilena, 
de  suave  cuerda  i  de  metal  sonoro, 
una  discreta  dama  al  distraído 
barón  so  llega,  i  dícele  al  oído: 


406  POESÍAS 

«¿Vos  la  ventura  que  te  ofrece  el  cielo? 
Predestinóla  a  ti  la  reina  mia, 
que  de  tu  amor  aguarda  su  consuelo, 
i  si  quisieras  mas,  mas  te  daría.» 
Estaba  el  buen  Reinaldos  como  lelo, 
i  a  veces  receloso  se  decía: 
«¿A  que  el  traidor  de  Maljcsí  mo  engaña, 
i  cuanto  miro  es  todo  una  patraña?» 

En  esto  el  nombre  oyó,  por  accidente, 
de  Anjclica.  Irritado  basilisco 
se  vuelve,  i  con  ceñudo  continente 
caricias,  ruego,  amor  rehuye  arisco. 
No  hai  placer  ni  hermosura  que  le  tiente; 
se  despeñara  del  mas  alto  risco, 
i  en  el  mas  hondo  abismo  so  echaría, 
por  no  ver  lo  que  tanto  aborrecía. 

Por  la  primer  salida,  que  halla  abierta, 
de  esta,  a  su  juicio,  odiosa  cárcel,  huye. 
«De  nada  aquí  te  servirá  Frusberta, 
(teniéndole,  una  dama  así  lo  arguye:) 
lo  postrero  es  del  mundo  esta  desierta 
ínsula,  que  ignorado  mar  circuye: 
en  prisiones  estás,  i  no  te  queda 
mas  arbitrio  que  hacértelas  do  seda.» 

Las  cejas  el  francés  airado  enarca, 
que  solo  entonces  fué  descomedido; 
i  a  la  playa  en  demanda  de  la  barca 
corre,  con  el  intento  decidido 
de  abandonarse  a  ella,  aunque  la  Parca 
le  dé  por  tumba  el  ponto  embravecido. 
Por  la  tropa  do  ninfas  atropella, 
llega  al  mar,  ve  la  barca,  salta  en  ella. 

Mas  heos  aquí  segunda  marabilla: 
por  mas  que  corta  el  agua  con  la  espada, 
así  aparta  la  nave  de  la  orilla 
como  si  allí  estuviese  emparedada, 
o  a  las  ásperas  rocas  por  la  quilla 
con  cincuenta  cadenas  amarrada: 
moverla  no  le  es  dado,  mas  que  al  viento 
sacar  un  farallón  de  su  cimiento. 


ORLANDO  ENAMORADO  4i)7 


Estaba  ya  Reinaldos  impaciente-, 
pensando  si  a  las  ondas  so  arrojase,, 
i  al  intentarlo,  inesperadamente 
de  la  costa  el  barquillo  se  desase, 
i  tomando  la  vuelta  del  poniente 
sin  que  el  barón  la  causa  adivinase-, 
así  va,  que  saeta  no  le  iguala 
en  lo  veloz,  ni  disparada  bala. 

El  manto  de  la  noche  el  mundo  vela, 
i  en  tanto  el  barquichuelo  desalado 
no  corre  por  el  agua,  sino  vuela; 
i  lo  mejor  (si  aun  no  le  he  declarado) 
es  que  no  se  usa  en  el  jarcia  ni  vela, 
ni  remo,  ni  timón,  i  tripulado 
parece  estar  de  duendes,  i  que  sea^ 
el  mismo  Satanás  quien  pilotea. 

Da  fondo  en  fin  al  despuntar  la  aurora, 
que  en  nubes  se  embozó  de  infausto  agüero^ 
Reinaldos  desembarca,  i  una  hora 
anduvo  sin  destino  i  sin  sendero, 
cu-ando  a  un  anciano  ve,  que  jime  i  llora, 
i  le  dice:  «¡Ah  señor!  un  bandolero 
mo  acaba  de  quitar  una  hija  amada; 
de  su  inocencia  i  mi  dolor  te  apiada.» 

Ticnela  el  tal  en  una  selva  espesa, 
i'a  pié  el  de  Montalban  i  solo  se  hallí»', 
mas  no  por  esto  rehusó  la  empresa; 
antes  presenta  al  robador  batalla. 
Conturbado  el  ladrón  soltó  la  presa; 
í  luego,  dando  un  silbo,  atiende  i  calla: 
apenas  fue  la  seña  oída,  el  puente 
ealan,  de  un  gran  castillo,  que  está  en  frente» 

Do  donde  un  jayanazo  de  morena 
faz,  erizado  pelo  i  mirar  torvo, 
sale,  i  un  dardo  trae  i  una  cadena 
que  el  un  extremo  tiene  agudo  i  corvo. 
1  sin  decir  razón  mala  ni  buena 
el  dardo  arroja,  que,  no  hallando  estorbo, 
en  el  escudo,  el  lino  ames  horada 
del  paladín,  i  encarna  una  pulgada. 


408  POESÍAS 

Riyó  Reinaldos  desdeñosamente, 
que  no  quedó  del  tiro  mui  contento. 
A  castig-ar  la  injuria  fué  impaciente; 
pero  el  bribón  le  adivinó  el  intento: 
la  espalda  le  volvió  i  hacia  otro  puente 
que  de  uno  i  otro  lado  tiene  asiento 
sobre  berruecos  de  áspera  barranca, 
corrió  como  en  huida,  a  toda  zanca. 

Hai  en  medio  del  puente  una  argolluela; 
de  ella  el  jigante  la  cadena  traba 
metiendo  el  gancho,  i  cuando  ve  que  vuela 
el  paladín  tras  él  con  furia  brava, 
i  al  puente  se  abalanza  sin  cautela, 
el  traidor,  que  otra  cosa  no  aguardaba, 
tira  de  la  cadena,  i  al  instante 
húndense  paladín,  puente  i  jigante. 

Jamas  se  vio  invención  tan  rara  i  nueva. 
Aturdido  Reinaldos  del  porrazo, 
rodando  fué  hasta  el  centro  de  una  cueva, 
en  donde  pié  con  pié,  brazo  con  brazo, 
le  ata  el  jayán,  que  al  hombro  se  le  lleva, 
diciendo;  «No  nos  dieras  embarazo, 
i  te  estuvieras  a  pié  quedo  en  casa, 
i  no  te  pasarla  lo  que  pasa.» 

El  lance,  por  mi  vida,  es  apurado. 
«¡Cómo  fortuna  en  su  rigor  se  extrema! 
dice  el  barón;  ¿Quién  pudo  haber  pensado 
tan  nueva  i  nunca  vista  estratajema? 
Pero  que  pinte  lo  que  quiera  el  dado: 
perdí  el  honor!  ¿Qué  azares  hai  que  tema? 
Lo  que  siento  es  morir  como  un  baldío, 
atado  pies  i  manos,  i  hecho  un  lio. 

«¡La  voluntad  de  Dios  cumplida  sea!» 
Llegan  en  esto  al  puente  del  castillo, 
do  de  osamenta  descarnada  i  fea 
ocupado  se  ve  cada  portillo; 
aquí  una  triste  víctima  boquea; 
allá  cuelga  un  cadáver  amarillo; 
de  sangre  están  teñidos  muro  i  suelo; 
todo  señales  da  de  espanto  i  duelo. 


ORLANDO  ExXAMORADO  409 


Mas  no  el  color  por  esto  se  le  muda, 
ni  al  miedo  da  cabida  el  caballero. 
Envuelta  en  largas  ropas  de  viuda 
una  vieja  recibe  al  prisionero, 
de  avellanada  tez,  flaca,  barbuda, 
i  de  un  mirar  desapacible,  austero. 
«Menguada  fué  la  hora  en  que  viniste, 
dice,  a  jurisdicción  de  Rocatriste. 

«Pero  hallándose  el  número  cumplido 
de  víctimas  que  mueren  cada  dia, 
según  el  rito  ahora  establecido 
en  esta  malhadada  estancia  mia, 
ten,  si  en  algo  lo  estimas,  entendido 
que  tu  fin  no  es  llegado  todavía; 
mas  de  la  luz  despídete,  que  es  esta, 
mezquino,  la  postrera  que  te  resta.» 
Al  solitario  albergue  de  un  oscuro 
sótano  el  caballero  es  conducido, 
en  que  un  lecho  le  aguarda  angosto  i  duro 
i  un  pedazo  de  pan  enmohecido. 
Juzga  llegado  el  término  inmaturo 
de  su  vida,  i  lo  toma  a  buen  partido, 
que  sin  honor  la  vista  le  es  amarga 
del  mundo,  i  el  vivir  pesada  carga. 
Postrado  a  la  fatiga  i  la  tristeza, 
del  ánima  mortal  doble  beleño, 
reclinó  como  pudo  la  cabeza, 
i  abandonóse,  sin  sentir,  al  sueño. 
Mas  no  ha  dormido  el  infeliz  gran  pieza, 
cuando  tocar  se  siente,  i  al  pequeño 
resplandor  de  una  lámpara  expirante, 
el  bulto  de  la  vieja  vio  delante. 

La  cual  asi  le  habla:  «Caballero, 
tu  presencia  jentil  tanto  me  obliga, 
que  una  proposición  hacerte  quiero 
con  que  evitar  tu  muerte  se  consiga. 
Mas  por  que  entiendas  mi  designio,  el  fuero 
que  aquí  se  guarda  es  menester  te  diga, 
i  que  con  harta  pena  haga  memoria 
de  una  sangrienta  i  lamentable  historia. 


410  POESÍAS 

«Un  caballero  fue,  de  gran  riqueza, 
señor  de  este  castillo  i  tierra  un  día; 
a  todos  hospedaba  con  franqueza; 
en  pompa  grande  i  esplendor  vivia; 
a  jentes  de  valor  i  de  nobleza 
sobre  manera  honraba  i  distinguía; 
i  tuvo  una  señora  por  esposa, 
tanto  como  leal  i  casta,  hermosa, 

«Ella,  que  de  hermosura  fué  un  lucera^ 
era  llamada,  no  sin  causa,  Estela: 
llamábase  Damon  el  caballero, 
i  el  castillo  que  miras,  Orcanela, 
que  en  Rocatriste  conmutó  el  primero 
nombre  por  lo  que  oirás  en  la  secuela. 
Damon,  por  una  selva,  que  cercana 
está  a  la  mar,  cazaba  una  mañana. 

«I  como  a  un  caballero  acaso  viera 
correr  el  monte  en  forma  de  batida, 
según  costumbre  suya  a  todos  era^ 
a  su  castillo  i  mesa  le  convida. 
Mi  marido  era  el  tal  (¡nunca  lo  fuera!); 
Marquino,  duque  entonces  de  Fonfrida; 
i  como  los  demás,  es  hospedado 
en  Orcanela,  1  grandemente  honrado. 

«Pues,  como  lo  ordenó  fatal  estrella, 
puso  el  huésped  los  ojos  en  la  dama, 
i  al  punto  enamorado  quedó  della, 
que  siempre  amigo  fué  de  ajena  cama: 
mírala  tan  honesta  como  bella, 
i  tanto  mas  su  loco  ardor  se  inflama: 
ya  no  entiende  ni  piensa  en  otra  cosa 
que  en  robar  a  Damon  la  cara  esposa. 

«De  Orcanela  se  va;  mas  a  la  grupa 
algún  jenio  infernal  pienso  que  lleve, 
que  para  el  robo  en  que  la  mente  ocupa 
le  sujiera  el  ardid  mas  ruin  i  aleve. 
Arma  escondidamente  una  chalupa, 
de  noche  se  hace  al  mar,  i  aporta  en  breve 
a  un  oculto  lugar  de  esta  ensenada, 
i  pone  a  poco  trecho  una  celada. 


ORLANDO  EXAMORADO  411 


«Como  sonando  el  cuerno  iba  Marquino 
la  siguiente  mañana,  el  sin  sospecha 
Damon,  gozoso  a  saludarle  vino, 
i  al  cuello  aquel  traidor  los  brazos  le  echa. 
Cabalgan  juntos  por  aquel  camino, 
i  mi  marido,  haciendo  la  deshecha, 
frecuentemente  vuelve  atrás  la  cara, 
como  si  alguna  cosa  se  dejara. 

«Revolver,  dice  el  otro,  justo  fuera, 
si  algo  os  dejais  que  os  tenga  con  cuidado. 
Es  un  lebrel  que  estimo  en  gran  manera, 
dice  Marquin,  mas  daros  temo  enfado. 
No  haréis  tal.  I  esto  dicho,  a  la  lijera 
vuelvo  Damon  las  ricndiis,  i  el  malvado 
le  lleva  a  do  emboscada  está  su  jente: 
muerto  fué  el  infeliz  traidoramente. 

«Con  su  propia  bandera  es  el  castillo 
tomado:  en  él  no  dejan  alma  viva: 
uno  muere  a  dogal,  otro  a  cuchillo; 
i  de  sentido  a  Estela  el  susto  priva, 
en  quien  el  mas  que  bárbaro  caudillo, 
como  la  ve  que  alienta  apenas,  iba 
a  poner  su  nefario  intento  en  obra, 
cuando  ella  del  desmayo  se  recobra. 

«Fuerzas  le  da  el  honor,  i  a  brazos  lucha 
con  este  hombre  cruel  cuanto  lascivo, 
que  jemidos  i  súplicas  no  escucha, 
antes  le  sirve  el  llanto  de  incentivo. 
Dien  se  defiende  Estela;  pero  es  mucha 
la  desventaja;  i  ya  el  denuedo  altivo 
siente  que  mengua,  i  sin  aliento  se  halla 
para  tan  fiera  i  desigual  batalla. 

«Mas  aunque  el  cuerpo  es  débil,  no  así  el  alma, 
ni  el  puro  corazón,  leal  i  honesto: 
por  otro  estilo  quiere  ver  si  calma 
de  su  enemigo  el  desalmado  arresto. 
Señor,  le  dice,  es  tuya  al  fin  la  palma; 
mas  ¿qué  placer  en  medio  del  funesto 
teatro  que  tenemos  a  la  vista, 
pudiera  hacerte  dulce  la  conquista? 


412^  POESÍAS 

«¿Puede  dar  gusto  una  mujer  sin  vida, 
víctima  del  dolor  i  del  espanto? 
Si  dejar  que  olvidada  i  escondida 
vaya  a  un  claustro  a  llorar,  te  cuesta  tanto, 
permíteme  a  lo  menos  que  te  pida 
un  plazo  breve  a  la  amargura  i  llanto 
que  a  un  amor  fino,  aunque  infelice,  debo^ 
antes  de  dar  oídos  a  otro  nuevo. 

«Concédeme  que  llore  un  solo  dia 
i  a  mi  caro  Damon  dé  sepultura: 
después  tu  voluntad  será  la  mia, 
i  me  resignaré  a  mi  desventura. 
Si  por  piedad,  honor,  caballería 
esta  breve  merced  se  me  asegura, 
no  digo  yo  que  te  amaré,  sí  digo 
que  a  sempiterna  gratitud  me  obligo, 

«Esto  propone  por  si  algún  vecino 
socorro  llega,  aunque  en  tan  corto  plazo; 
pensando,  si  no  ve  mejor  camino, 
a  veneno  morir,  a  espada  o  lazo, 
antes  que  consentir  del  asesino 
de  su  marido  el  detestable  abrazo; 
ni  pareció,  llegada  al  trance  estrecho, 
ser  su  resolución  de  instable  pecho. 

«Después  de  haberlo  el  duque  masticado, 
últimamente  admite  la  propuesta. 
Viene  en  el  entretanto  un  fiel  criado, 
i  el  caso  por  menor  me  manifiesta. 
Dice  también  que  el  duque  le  ha  mandado 
que  una  droga  mortal  le  tenga  presta; 
que  conmigo  a  comer  vendrá  Marquino, 
i  él  mismo  ha  de  mezclármela  en  el  vino. 

«¿Por  qué  una  vida  sola  se  escondía, 
traidor  Marquino,  en  ese  infame  pecho, 
i  no  da  a  mis  venganzas  cada  dia 
pasto  tu  corazón  pedazos  hecho? 
Si  un  infierno,  señor,  el  alma  mia 
se  vuelve  ahora  recordando  el  hecho, 
qué  debí  de  sentir,  fresca  la  ofensa, 
i  reciente  la  herida,  tú  lo  piensa. 


ORLANDO  ENAMORADO  413 


«En  el  castigo  lo  verás  patente 
que  yo  tomó  de  mi  ofensor  villano. 
Dos  niños  tuve  de  su  vil  simiente. 
Mató  al  mayor  con  esta  propia  mano. 
Estaba  el  pequeñuelo  allí  presente, 
i  mirándome  herir  al  pobre  hermano, 
madre,  decia,  madre,  no  tan  duro: 
asiéndole  de  un  pió  le  estrello  al  muro. 

«Luego  apartando  enteras  las  cabezas, 
los  tiernos  cucrpezuelos  descuartizo, 
i  los  divido  en  mil  menudas  piezas. 
Aun  hoi  de  referirlo  me  horrorizo, 
después  que  asombros  tantos  i  cruezas 
han  vuelto  en  mí  lo  humano  un  ser  postizo. 
Paréceme  tener  aquí  delante 
la  carne  do  mis  hijos  palpitante, 

«Mas  me  vengué;  del  hecho  no  me  pesa. 
Vuelve,  pues,  mi  marido,  i  con  traidora 
cara  se  llega  a  mí,  me  abraza  i  besa. 
En  varios  platos  se  le  sirve  ahora 
la  carne  de  mis  hijos  a  la  mesa: 
él  mismo  que  los  hizo  los  devora. 
¡Oh  sol!  tú  ([ue  lo  viste,  ¿cómo  el  paso 
no  apresuraste  a  hundirte  en  el  ocaso? 

«Valida  yo,  no  só  de  cual  protesto, 
dejó  la  mesa,  i  con  aquel  criado 
salgo  oculta  do  casa,  i  voime  presto 
a  la  frontera  del  vecino  estado, 
cuyo  señor,  que  se  llamaba  Ernesto, 
era  primo  de  Estela,  i  ya  avisado, 
para  salvar,  si  era  posible,  a  Estela, 
marchaba  con  los  suyos  a  Orcanela. 

«Pues  Marquino,  que  de  esto  nada  sabe, 
mi  ausencia  nota,  i  manda  én  busca  mia. 
Cerrado  estaba  mi  aposento  a  llave; 
la  llave  falta;  llaman;  nadie  abria. 
Cuidadoso  Marquino,  i  algún  grave 
suceso  recolando,  a  tierra  envía 
de  un  puntapié  las  cerraduras:  entra, 
i  lo  que  menos  imajina  encuentra. 


414  POESÍAS 

«Retrajo  el  paso,  dando  un  recio  grito. 
Las  dos  cabezas  vio  en  una  bandeja; 
i  este  letrero,  de  mi  mano  escrito, 
nada  en  el  caso  que  dudar  le  deja: 
tus  hijos  son:  matólos  tu  delito; 
mi  venganza  en  sus  carnes  te  festeja; 
sepulta  lo  que  dcllos  te  ha  quedado; 
lo  demás  ya  en  tu  vientre  has  sepultado, 

«Mas,  recobrado  del  horror  primero, 
de  indicios  varios,  que  juntar  procura, 
colijicndo  mi  fuga  i  paradero, 
venganza  contra  mí  i  Ernesto  jura; 
las  armas  pide  i  un  bridón  lijero, 
i  pártese  a  Orcanela  en  derechura, 
no  sea  que,  si  tarda,  Ernesto  equipe 
su  jente,  i  a  esperarle  se  anticipe. 

«La  media  noche  o  poco  menos  era, 
cuando  aquí  pareció  con  su  mesnada. 
Protesta  que  la  víctima  primera 
que  ha  de  ser  a  sus  iras  inmolada 
es  el  honor  de  Estela  prisionera, 
i  que  ya  de  sus  brazos  no  habrá  nada 
que  la  defienda,  i  que  su  gusto  estorbe, 
si  bien  se  armase  en  contra  suya  el  orbe. 

(í\.  Estela  hace  llamar.  Llega  la  dama 
con  pálido  semblante  i  lagrimoso; 
i  conociendo  el  fin  con  que  la  llama 
i  que  es  el  resistirle  infructuoso, 
atenta  ya  a  cumplir  lo  que  a  su  fama, 
tiene  jurado  i  al  difunto  esposo, 
sigúeme,  respondió;  i  a  una  vecina 
cuadra  con  lento  paso  se  encamina. 

«I  pisado  el  umbral,  osada  i  presta 
un  puñal  en  el  pecho  se  sepulta. 
Hállase,  en  medio  de  la  cuadra,  puesta 
el  arca  triste  que  a  Damon  oculta. 
Bañada  en  sangre  encima  se  recuesta, 
i  al  hombre  aborrecido  que  la  insulta, 
en  vez  de  la  beldad  que  oslaba  cierto 
de  profanar,  dejó  un  cadáver  yerto. 


ORLANDO  ENAMORADO  415 


«Fuese  despecho  vengativo,  o  fucso 
que  el  nefando  b.inqucte  de  aquel  dia 
turbados  los  sentidos  le  tuviese, 
dicen  que  aun  no  era  parte  todavía 
este  caso  funesto,  a  que  cediese 
del  intento  brutal  con  que  venia: 
horrorizado,  al  fin,  de  allí  se  aleja, 
i  a  recibir  a  Ernesto  se  apareja. 

«Ernesto  i  yo  llegamos  con  la  aurora. 
Drevemento  la  roca  fué  tomada, 
i  a  mi  vista  exhaló  su  alma  traidora 
de  mil  modos  Marquin  martirizada. 
A  la  demás  caterva  malhechora 
pasamos  por  el  filo  de  la  espada, 
i  a  la  dama  se  dio  sepulcro  honroso 
a  par  del  caro  malogrado  esposo. 

«Ernesto  se  volvió;  yo  en  este  ajeno 
castillo  pensé  hallar  mansión  segura. 
Era  casi  pasado  el  mes  noveno, 
cuando  a  deshoras,  una  noche  oscura, 
se  oyó  una  voz  (jue,  como  ronco  trueno, 
brama  en  la  embovedada  sepultura, 
lecho  postrero  de  Damon  i  Estela: 
voz  que  de  susto  i  pasmo  a  todos  hiela. 

«Tres  jigantcs  dejó  conmigo  Ernesto 
para  atender  a  la  defensa  mia. 
El  que  de  ellos  mostró  mayor  arresto 
fué  a  ver  lo  que  en  la  tumba  sucedía; 
i  violo,  el  pobre,  demasiado  presto, 
porque  no  bien  el  suelo  removía, 
cuando  al  bramar  de  la  honda  voz  parece 
que  el  orbe,  no  el  castillo,  se  estremece. 

«I  un  monstruo  {|ue  abortar  quiero  la  tierra, 
solevantando  la  funérea  losa, 
alza  una  garra,  que  al  jigante  afierra, 
i  a  sí  lo  trae  con  fuerza  poderosa. 
Luego  (jue  entero  i  vivo  lo  sotierra, 
un  tanto  la  tremenda  voz  reposa; 
mas  al  siguiente  dia  otra  vez  muje, 
i  el  castillO;  otra  vez  temblando,  cruje. 


41G  POESÍAS 

«Hombre  no  se  encontró  de  tan  seguro 
corazón,  que  bajar  allá  quisiera. 
Yo  en  torno  mandé  alzar  un  grueso  muro, 
i  que  con  una  máquina  se  abriera 
la  cripta  sepulcral,  de  do  un  impuro 
contrahecho  vestiglo  salió  fuera, 
de  temeroso  aspecto  i  forma  rara, 
cual  verás,  si  quisieres,  cara  a  cara. 

«Es  tal  su  condición,  que  no  hai  manera 
de  que  otra  carne  en  vez  de  humana  pruebe; 
i  si  no  es  que  amenudo  a  la  barrera 
en  que  encerrado  brama  se  le  lleve 
algún  mezquino  que  a  sus  manos  muera 
i  su  voraz,  horrenda  gula  cebe, 
el  fuerte  muro  a  garra  i  cuerno  prueba, 
i  en  todos  el  espanto  se  renueva. 

«Así  que,  como  ves,  dura,  forzosa 
neceáidad  es  nuestra  usanza  i  fuero. 
No  te  parezca  practicable  cosa 
trasladarme  a  otro  sitio,  aunque  quisiera: 
hácenme  mis  delitos  tan  famosa, 
i  tanto  me  odia  el  mundo  i  vitupera, 
que  no  me  resta  en  parte  alguna  asilo 
do  esperar  pueda  un  porvenir  tranquilo. 

«Oye,  pues,  lo  que  voi  a  proponerte: 
sé  mi  esposo,  i  señor  de  este  castillo; 
que  si  bien  es  un  don  de  baja  suerte 
el  que  te  ofrezco,  i  de  pequeño  brillo, 
quizá,  si  lo  comparas  con  la  muerte, 
encontraras  razón  de  preferillo: 
de  otro  modo  ya  sabes  que  te  espera 
temprano  fin  en  garras  de  la  fiera.» 

Luego  que  el  buen  Reinaldos  hubo  oído 
esle  prolijo  lastimoso  cuento, 
i  casi  a  carcajadas  ha  reído 
oyendo  de  la  vieja  el  pensamiento, 
así  le  dice:  «Madre,  yo  te  pido 
que  me  permitas  ir  a  ese  sangriento 
bruto,  fantasma,  o  lo  que  fuere,  armado 
como  me  ves,  i  con  mi  espada  al  lado.» 


ORLANDO  ENAMOriADO  417 


Ceñuda  ella  responde:  «Haz  lo  que  quieras. 
Sábete  que  eso  mismo  lia  de  valerte 
el  ir  armado,  que  si  no  lo  fueras; 
que  al  fin  a  lo  que  vas  es  a  la  muerto. 
¿Qué  espada,  ni  qué  arnés,  ni  qué  quimeras? 
Sus  uñas  rasgan  de  la  propia  suerte 
el  hierro  que  la  seda,  i  no  hai  tan  fino 
acero,  que  en  su  piel  se  abra  camino. 

«Pues  que  te  desagrada  mi  propuesta, 
condescender  a  tu  demanda  quiero.» 
Llegada  la  mañana,  a  la  funesta 
arena  es  descolgado  el  caballero. 
Hé  aquí  el  bravo  animal;  hé  aquí  que  a  presta 
carrera  el  mas  valiente  huye  primero, 
i  de  sus  uñas,  aun  con  ser  el  muro 
tan  alto  i  grueso,  no  se  cree  seguro. 

A  paso  va  Reinaldos,  aunque  tardo, 
firme,  desenvainada  su  Frusberta, 
Mas  ¿para  cuándo  a  retratar  aguardo 
esta  alimaña  en  bruto  i  diablo  injerta? 
Que  diese  el  ser  a  este  animal  bastardo 
el  diablo  i  lo  amasase  con  la  yerta 
carne  i  la  sangro  de  Marquino  helada, 
dice  el  autor  que  es  cosa  averiguada. 

De  Damon  fué  erijido  el  monumento 
en  subterránea  bóveda  espaciosa 
que  sostiene  un  bruñido  pavimento, 
do  dice  en  letras  de  oro  negra  losa: 
«Bajo  esta  piedra  el  fúnel)re  aposento 
se  oculta  de  Damon  i  de  su  esposa: 
dechado  él  de  caballero;  ella 
de  fe  constante  i  de  hermosura  eslrolln.» 

Tirado,  pues,  a  un  lóbrego  escondrijo, 
no  lejos  del  marmóreo  mausoleo, 
de  infernal  padre  abandonado  hijo 
que  de  ninguna  madre  fué  recreo, 
poco  a  poco  el  diabólico  amasijo 
desarrollóse  horriblemente  feo, 
hasta  que,  en  vez  del  infantil  vajido, 
aquel  baladro  aterrador  fué  oído. 
ísÍAS  53 


i  18  POESÍA* 

No  era  menor  que  un  buei  en  el  tamaño, 
con  dos  agudas  astas  en  la  frente; 
los  ojos  de  un  color  de  fuego,  extraño, 
i  de  un  jeme  de  largo  cada  diente; 
gruesa  la  piel,  de  amoratado  paño 
i  verdinegras  pintas,  cual  serpiente; 
prolija  barba  de  sanguazas  llena; 
cerdosa  i  desgreñada  la  melena. 

Rollizos  miembros  tiene  como  un  oso, 
i  en  corvos  garfios  cada  cual  termina. 
Tiene  el  aspecto  falso  i  alevoso, 
i  la  mirada  de  intención  dañina. 
Cuando,  como  acostumbra,  está  furioso, 
los  dientes  con  tremendo  son  rechina: 
brama,  cual  nube  que  preñada  estalla; 
con  uñas,  cuernos,  dientes,  da  batalla. 

Tales  las  señas  son  del  endiablado 
bruto,  según  le  pinta  don  Turpino. 
Habiéndose  a  Reinaldos  encarado, 
fuésele  aproximando  pian  pianino. 
Creyendo  ya  entre  dientes  el  bocado, 
jsobre  los  pies  ti^aseros  hace  un  pino, 
i  se  abalanza,  la  bocaza  abierta; 
tremendo  tajo  descargó  Frusberta; 

Mas,  aunque  en  el  testuz  se  lo  hace  bueno, 
no  le  ocasiona  un  átomo  de  daño. 
Brinca  al  francés  la  fiera,  hecha  un  veneno, 
i  con  la  diestra  esgrímele  un  araño. 
Aquella  vez  no  le  acertó  de  lleno; 
pero  un  pedazo  llévale  tamaño 
del  ancho  escudo  con  el  corvo  artejo, 
i  rásgale  la  cota  i  el  pellejo. 

Reinaldos  otro  golpe  le  segunda, 
i  otro  tras  éste,  i  otro  sin  tardanza. 
Brama  la  fiera  al  recibir  la  tunda, 
i  por  los  ojos  llamaradas  lanza; 
mas  no  le  es  dado  que  pavor  infunda 
a  Montalban,  que  lleno  de  esperanza, 
ora  esgrime  de  lado,  ora  de  frente, 
de  tajo  i  de  revés,  i  a  manteniente. 


ORLANDO  ENAMORADO  419 


Aunquo  del  caso  lo  peor  le  toca, 

con  renovado  ardor  cada  vez  carga. 

Anda  la  bestia,  que  se  vuelve  loca, 

ya  por  asir  la  espada,  ya  la  adarga; 

con  los  cuernos  embiste,  con  la  boca; 

ora  el  un  brazo  i  ora  el  otro  alarga; 

bate  la  cola,  eriza  la  guedeja, 

i  al  enemigo  respirar  no  deja. 
Reinaldo  en  cuatro  partes  está  herido. 

/Quien  vio  jamas  igual  atrevimiento? 

So  ve  maltrecho,  i  no  se  cree  perdido; 

mengua  la  sangre  i  crécele  el  aliento; 

i  tomó  ciertamente  aquel  partido 

que  era  propio  de  un  hombre  de  tálenlo: 

que,  si  no  vence,  a  manos  de  la  fiera 
o  las  del  hambre,  es  menester  que  muera. 
Empezaba  a  ponerse  el  ciclo  oscuro, 

i  la  reñida  lucha  no  cesaba. 
El  paladín  la  espalda  arrima  al  muro, 
i  con  su  sangre  la  armadura  lava; 
mas  antes  de  morir  quiere  dar  duro. 
Frusberta  cada  vez  está  mas  brava: 
si  el  cuero  no  penetra,  firme  i  tieso, 
a  lo  menos  magulla  carne  i  hueso. 

Reinaldo  envía  el  resto  a  una  jugada: 
¡oh  cuál  zumba  la  espada  tajadora! 
Mas  ¡ai!  el  animal  de  una  uñarada 
se  la  quitó.  ¿Qué  harás,  Reinaldo,  ahora? 
La  vida  i  la  batalla  es  acabada: 
seguramente  el  monstruo  te  devora. 
Siento  a  los  ojos  asomar  el  llanto: 
¡ah!  permitidme  suspender  el  cunto. 


CANTO  IX, 


FLORDELIS 


Raza  humana  infeliz,  que  en  cuanto  tienes 
al  rededor  de  ti  desde  la  cuna 
no  ves  mas  que  mudanzas  i  vaivenes, 
i  permanente  condición  ninguna, 
¿por  qué  apegarte  a  los  falaces  bienes 
que  da  i  quita  a  su  antojo  la  fortuna, 
si  al  voltear  primero  de  su  rueda 
huyen,  i  apenas  rastro  de  ellos  queda? 

Todo  lo  muda  esta  deidad  liviana; 
solo  en  su  instable  jenio  nada  innova; 
a  la  belleza,  flor  caduca  i  vana, 
cualquiera  cierzo  los  matices  roba; 
pace  la  errante  grei  yerba  lozana 
do  reyes  albergó  dorada  alcoba; 
de  aquella  torre  que  era  al  viento  asombro, 
solo  acá  i  acullá  se  ve  un  escombro. 

¿Qué  resta  de  Babel?  Ni  una  vislumbre. 
Remolinos  de  polvo  humilde  loma 
cubren,  que  sustentó  la  pesadumbre 
de  sus  murallas  i  pensiles.  Roma, 
de  la  soberbia  humana  última  cumbre, 
cebóse  en  ti  del  tiempo  la  carcoma, 
i  la  grandeza  que  hubo  dicho  nunca 
pereceré,  roída  yace  i  trunca. 


ORLANDO  ENAMORADO  421 


Esa  momia  que  en  báratro  profunda 
sumida  está  i  en  decadencia  extrema, 
de  antiguo  imperio  que  dio  espanto  al  mundo^ 
es  ya  reliquia  i  juntamente  emblema. 
Cayó  del  sacro  altar  al  cieno  inmundo 
el  ídolo,  i  el  himno  es  ya  anatema. 
Un  trozo  de  estructura  arquitectónica 
oa  de  alguna  ciudad  toda  la  crónica. 

¡Cuánta  grandeza  es  un  gastado  escrito 
que  no  pudo  salvar  la  piedra  misma, 
i  en  que  con  vano  estudio  el  erudito 
para  deletrearlo  se  descrisma! 
¡Cuánto  padrón  de  bronce  i  do  granito 
el  tiempo  en  sempiterna  noche  abisma! 
¡Cuánta  dominación,  poder  i  gloria 
apenas  un  renglón  legó  a  la  historia! 

Mas,  ¿a  qué  fin  el  pensamiento  busca 
lecciones  en  lo  antiguo  i  lo  distante 
do  la  fatalidad  que  hunde  i  ofusca 
lo  mas  noble  i  espléndido  i  jigante? 
¿A  qué  la  fama  asirla  ni  la  etrusca 
interrogar?  ¿A  qué  poner  delante 
el  gran  cadáver,  que  al  desierto  agobia, 
de  la  ciudad  ilustre  de  Cenobia? 

Ved  lo  que  ayer  no  mas  Reinaldos  era, 
a  gozar  un  imperio  convidado, 
i  el  lecho  de  una  dama  placentera, 
de  músicas  i  danzas  rodeado; 
i  miradle  hoi  en  garras  de  una  fiera 
tan  de  humano  favor  necesitado, 
que  hasta  su  espada  fiel  le  desampara, 
i  está  viendo  a  la  muerte  cara  a  cara, 

Pero  dejo  al  barón  de  Montalbano, 
que  una  beldad  me  aguarda,  a  quien  tan  fuerte 
afán  aqueja  ahora  i  tan  tirano 
como  a  Reinaldos,  aunque  de  otra  suerte: 
lucha  aquel  con  la  muerte  mano  a  mano^ 
i  esotra  llama  a  voces  a  la  muerte, 
a  la  muerte,  que  sorda  a  su  querella 
no  so  digna  venir  asocorrella. 


422  POESÍAS 

Si  os  acordáis  de  aquella  niña  hermosa 
que  en  demanda  envió  del  caro  ausente 
a  Maljesí,  no  extrañareis  que  ansiosa 
do  su  llegada,  los  minutos  cuente. 
El  que  anhelando  estaba  alguna  cosa 
i  la  aguardó  gran  tiempo  (mayormente 
si  era  cosa  de  amor),  la  pena  arguya 
de  Anjólica  infelice  por  la  suya. 

Reside  ahora  Anjélica  en  la  Albraca; 
i  desde  el  alto  alcázar  donde  habita, 
escucha  el  sordo  embate  i  la  resaca 
de  la  vecina  mar,  que  el  austro  ajita. 
La  grande  hueste  tártara  no  ataca 
las  murallas  aun;  solo  la  grita 
se  oye  de  alguna  banda  que  destruyo 
las  cercanías;  tala,  quema,  i  huye. 

Vuelto  el  hermoso  rostro  a  la  marina, 
si  alcanza  a  ver  algún  bajel  lejano, 
«Allí  sin  duda,  exclama  la  mezquina, 
allí  viene  el  barón  de  Montalbano.» 
Que  cercano  cabalga  se  imajina, 
si  cuádruple  herradura  pulsa  el  llano. 
No  hai  carro,  no  hai  carroza,  no  hai  carreta 
en  que  verle  llegar  no  se  prometa. 

Volvió  en  fin  Maljesí;  mas  ¡ai!  volvía 
(¿quién  tal  pensara?)  con  mui  mal  recado: 
de  hombros  el  pobre  mago  se  encojia, 
mohíno,  taciturno,  amostazado. 
«¿Qué  es  de  tu  primo?»  dice  inquieta.  Huia 
de  sus  mejillas  el  matiz  rosado; 
temblaba;  i  lo  peor  juzgando  cierto, 
llorosa  exclama:  «¡Ai  desgraciada!  Es  muerto.» 

«No  es  muerto  aun  (así  responde  el  mago}; 
pero  no  pienso  que  gran  cosa  falte, 
ni  que  difiera  el  postrimero  trago, 
si  no  se  vuelve  halcón  o  jerifalte. 
Tiene,  señora,  al  amoroso  halago 
forrado  el  pecho  en  diamantino  esmalte; 
i  de  su  propia  vida  no  se  cura 
mas  que  de  mi  amistad  o  tu  ternura.» 


ORLANDO  ENAMORADO  423 


Tras  esto  le  cont6  punto  por  punto- 
cómo  le  trajo  a  la  fatal  ribera 
de  Rocatriste,  i  que  le  tiene  a  punto- 
de  ser  despe<lazado  por  la  fiera. 
La  vista  ílja  i  el  color  difunto, 
escucha  aquella  historia  lastimera 
la  amanto  niña^  i  tal  dolor  le  asaltar 
que  en  tierra  cae,  de  sentimiento  falta. 

I  recobrada  dice:  «¡Mal  nacido! 
yo  haré  íjue  de  tan  negra  acción  te  pese. 
¿Su  muerte  por  ventura  te  ho  pedido? 
El  modo  de  arrancarme  el  alma  es  ese. 
¿No  juraste  traerle^  fementido? 
¿Hacerle  no  ofreciste  que  vinieso- 
a  consolar  mi  pecho  enamorado? 
¿I  dónde  está  el  consuelo  que  me  ha  dado?' 

«¿Pudo  sor  que  designio  tan  injusto 
contra  tan  noble  vida  en  ti  cupiera? 
Ni  te  valga  decir  que  por  mi  gusto* 
kí  sacrifica»;  porque,  dtme,  ¿no  er* 
mal  menos  grave  i  término  mas  justOj 
si  uno  hubo  de  morir,  que  yo  muriera? 
¿Ignorabas,  traidor,  que  en  nada  estimo 
el  trono  ni  la  vida  sin  tu  primo? 

«¡Triste!  cuando  esperaba  con  mi  mano- 
mis  paternos  dominios  ofrecerte^ 
i  a  despecho  del  tártaro  Agricano^ 
esposo  mió  i  rei  del  Asia  hacerte, 
yo  misma  te  conduzco  a  fin  temprano; 
yo  te  doi,  yó,  la  mas  horrible  muerte; 
mas  con  mi  vida  i  con  la  de  este  impio^ 
juro  darte  venganza,  ídolo  mió.» 

El  májico  le  dice:  «Darle  ayudaj 
si  quieres,  es  posible  todavía; 
mas  importa  que  presto  se  le  acuda^ 
o  la  resolución  será  tardía. 
A  ti  el  hacerlo  toca;  i  si  no  muda 
este  nuevo  favor  su  rebeldía, 
de  bronce  es  menester  que  tenga  el  pecho 
i  no  do  sensitivas  fil)ras  hecho.» 


424  POESÍAS 

Dice;  i  le  da  una  lima  i  una  cuerda, 
que  a  manera  de  red  teje  i  compone, 
i  una  pasta  de  pez,  que  al  que  la  muerda, 
las  dos  quijadas  pegue  i  aprisione. 
Luego  que  con  la  dama  el  caso  acuerda, 
i  Anjélica  a  la  empresa  se  dispone, 
un  diablo  llega,  a  quien  montada  encima, 
vuela,  llevando  red,  i  pasta,  i  lima. 

En  tanto  por  momentos  se  le  gasta 
a  Reinaldos  la  fuerza,  aliento  i  vida; 
que  si  con  su  Frusberta  apenas  basta 
contra  enemigo  tal,  ¿que  hará,  perdida? 
¿Cómo  esquivar  el  diente,  i  garra,  i  asta 
do  la  bruta  alimaña  embravecida, 
que  a  un  lado  i  otro  tarascadas  echa, 
i  le  fatiga  sin  cesar  i  estrecha? 

Una  gran  viga  a  siete  varas  de  alto 
empotrada  está  a  dicha  en  la  muralla. 
Reinaldos  que  la  mira,  i  que  ya  falto 
de  todo  otro  recurso  humano  se  halla, 
juntando  cuantas  fuerzas  pudo,  un  salto 
desesperado  da  por  alcanzalla. 
Dos  brazas  se  levanta  de  la  tierra, 
i  con  la  diestra  mano  el  leño  afierra, 

Luego  sobre  los  brazos  se  alza  en  pesa, 
i  a  horcajadas  en  el  quedó  sentado. 
Marabilloso  fué,  raro  suceso; 
pero  es  poco  en  verdad  lo  que  ha  ganado; 
pues  entro  insuperables  vallas  preso, 
en  medio  a  cielo  i  tierra  colocado, 
fuerza  es  se  rinda  al  hambre,  a  la  molestia, 
a  la  intemperie,  o  lidie  con  la  bestia. 

Ya  la  noche  tendió  su  capa  bruna, 
i  el,  que  no  ve  otro  abrigo  ni  otra  cama, 
sobre  la  viga,  al  fresco  de  la  luna, 
se  acomodó,  como  cuclillo  en  rama. 
A  sus  pies  está  oyendo  a  la  importuna 
fiera,  que  sin  cesar  rezonga  i  brama, 
i  en  esto  por  el  aire  un  bulto  mira 
que  ya  se  acerca  i  ya  se  le  retira. 


OnLANDO  ENAMORADO 


Echó  luego  de  ver  quo  era  una  dama, 
i  tardó  poco  en  conocer  quien  era; 
i  tanto  en  ira  el  pecho  se  le  inflama, 
quo  duda  si  se  arroje  o  nó  a  la  fiera. 
Ella  de  lejos  tiernamente  llama, 
i  lo  habla  en  dulce  voz  de  esta  manera: 
«Mucho,  señor,  me  pesa  verte  puesto 
por  causa  mia  en  trance  tan  funesto-. 

«No  ha  sido  mi  intención  que  de  mal  grado 
el  placer  me  otorgaras  de  tu  vista, 
sino  con  voluntad  i  con  agrado; 
que  a  fuerza  un  corazón  no  se  conquista. 
Imajínate,  pues,  lo  que  el  estado 
en  que  te  llego  a  ver,  duele  i  contrista 
a  quien  el  alma  i  vida,  prenda  cara, 
por  ti  sin  vacilar  sacrificara. 

«Cese  la  ingratitud,  cese  el  desvio, 
i  no  a  ofensa  me  imputes  el  quererte. 
Ven  a  mis  brazos,  ven,  que  yo  confio 
en  salvamento  i  libertad  ponerte. 
¿Cuál  humano  favor,  si  no  es  el  mió, 
puede  salvar  tu  vida  de  la  muerto? 
¿O  a  tanto  llega  tu  desden  tirano, 
que  aun  la  vida  no  quieres  de  mi  mano?» 

«¡Mujer!  (le  respondió  ciego  de  enojo) 
¿a  qué  venís  aquí?  No  os  he  llamado: 
ruégeos  que  me  dejéis  en  paz;  escojo 
antes  morir  que  veros  a  mi  lado. 
Al  punto  mismo,  si  no  os  vais,  me  arrojo 
a  ser  por  esa  bestia  devorado.» 
Ella,  que  tanto  al  inhumano  adora, 
que  aun  su  desden  la  encanta  i  la  enamora, 

Dícele:  «Voi,  señor,  a  obedecerte, 
que  otra  cosa,  aun  queriendo,  no  podría; 
i  si  gusto  llevaras  en  mi  muerte, 
la  muerte  con  mis  manos  me  daría.» 
Terminado  el  coloquio  de  esta  suerte, 
desciende  en  la  infernal  caballería 
la  dama,  i  de  los  lomos  do  su  diablo 
salta  a  la  arena  del  murado  establo. 


426  POESÍAS 

Tira  al  monstruo  la  pez;  la  red  coloca. 
Creyendo  ser  alguna  golosina, 
abre  el  animalon  tamaña  boca 
para  engullir  la  pasta  peregrina, 
que  pega  de  tal  modo  cuanto  toca, 
i  asi  lo  traba,  así  lo  conglutina, 
que  arte  ni  fuerza  a  separarlo  basta: 
tal  era  la  virtud  de  aquella  pasta. 

Como  se  siente  presas  las  quijadas, 
el  monstruo  mas  que  nunca  se  enfurece, 
i  lánzase,  tirando  manotadas, 
hacia  donde  la  dama  estar  parece; 
pero  de  bruces  da  en  la  red,  i  atadas 
manos  i  pies,  inmóvil  permanece. 
La  dama,  que  a  Reinaldos  cree  seguro, 
parte  volando  por  el  aire  oscuro. 

Pasa  la  noche;  el  nuevo  sol  despierta; 
presa  la  fiera  ve  el  de  Montalbano; 
i  creyendo  que  Dios  le  abre  la  puerta 
de  salvación,  lijero  salta  al  llano, 
i  a  repetidos  golpes  de  Frusberta 
matarla  intenta;  pero  suda  en  vano; 
que  a  tajarle  la  piel  no  era  bastante 
el  filo  mas  agudo  i  penetrante. 

Ya  que  por  este  medio  nada  espera, 
de  otro  modo  pensó  salir  con  ello: 
montándose  a  horcajadas  en  la  fiera, 
los  brazos  le  echa  en  firme  nudo  al  cuello, 
i  apretóle  las  piernas  de  manera 
que  casi  la  ha  privado  del  resuello: 
como  dos  brasas  se  le  ponen  rojos, 
i  salen  de  las  cuencas  ambos  ojos. 

A  la  fiera  el  aliento  se  le  apoca, 
i  tanto  mas  el  caballero  afana. 
Apretando  los  dientes  i  la  boca 
colorado  se  puso  como  grana, 
hasta  que  enteramente  la  sofoca, 
i  exhalar  le  hace  el  ánima  villana, 
que  con  ahullido  horrísono  se  queja, 
i  en  paz,  por  fin,  a  Rocatriáte  deja. 


ORLANDO  ENAMOHADO  427 


Reinaldos,  terminada  la  batalla, 
busca  por  do  salir  al  campo  raso; 
i  coreado  se  ve  de  alta  muralla, 
menos  donde  una  reja  impide  el  paso: 
de  gruesos  hierros  intrincada  malla, 
que  ofrece  aun  a  la  luz  camino  escaso. 
Reinaldos  pugna  por  echarla  abajo; 
pero  pierde  su  tiempo  i  su  trabajo. 

A  treparla  arremete,  mas  de  espesas 
agudas  púas  erizada  estaba. 
La  asalta  con  la  espada;  ni  por  esas. 
En  suma,  el  paladin  se  la  tragaba 
que  el  término  era  aquel  de  sus  empresas, 
si  por  algún  milagro  no  escapaba. 
Perplejo  está  ademas:  el  caso  estima 
desesperado.  En  esto  ve  la  lima. 

La  lima  que  dejado  adrede  haljia 
en  aquel  sitio  Anjólica  la  bella. 
Pensando  que  algún  santo  se  la  envía, 
las  densas  barras  va  a  probar  con  ella. 
Lima  que  lima  estuvo  medio  dia, 
i  poco  a  poco  el  duro  hierro  mella, 
hasta  que  logra  abrir  capaz  portillo, 
por  donde  sale  al  patio  del  castillo. 

La  cosa  por  desgracia  vio  un  jigante, 
i  echó  a  correr  como  un  espiritado. 
«¡Favor!  favor!»  gritaba  aquel  tunante. 
El  bando  infame  se  presenta  armado: 
cuál  una  pica  trae,  cuál  un  montante, 
cuál  cimitarra  i  cuál  bastón  ferrado. 
Mas  do  unos  treinta  do  esta  buena  jente 
sobre  Reinaldos  dan  súbitamente. 

Pero  miles  que  fueran,  buen  despacho 
de  todos  ellos  el  francos  baria. 
Jurando  hacer  añicos  al  gabacho, 
viene  un  jayán,  i  añaden  que  tenia 
como  de  un  palmo  o  mas  cada  mostacho: 
era  el  que  a  Montalban  pescado  había. 
Reinaldos  de  un  revés  le  abre  la  panza, 
i  a  los  demás  sin  detenerle  avanza. 


428  POESÍAS 

Envía  por  la  posta  al  otro  mundo 
tres,  cuatro,  cinco,  seis,  una  docena: 
a  cuantos  llega  el  hierro  furibundo, 
taja,  rebana,  pincha,  abre,  barrena. 
Los  otros  no  aguardaron  un  segundo, 
que  escarmentaron  en  cabeza  ajena. 
Déjalos  ir,  i  embiste  a  una  estacada 
que  le  defiende  a  lo  interior  la  entrada. 

No  estima  su  victoria  por  completa, 
si  de  aquella  mansión  de  sangre  i  crimen 
no  escudriña  la  parte  mas  secreta, 
donde  imajina  que  cautivos  jimen 
seres  humanos,  que  librar  competa 
de  los  follones  que  al  país  oprimen. 
A  demoler  se  pone  la  estacada 
con  el  filo  i  el  puño  de  la  espada. 

Pues  el  otro  jayán  que  presumía 
ver  el  toro  a  su  salvo  en  talanquera, 
i  ve  casi  postrada  a  la  porfía 
de  los  tremendos  golpes  la  barrera, 
qué  partido  tomase,  discurría. 
De  armarse  al  fin  le  dio  la  ventolera, 
i  no  curó  de  lo  que  mas  a  cuento 
le  estaba,  que  era  hacer  su  testamento. 

Se  le  conoce  en  la  fruncida  ceja 
que  el  importuno  paladín  le  enoja. 
Reinaldo  a  poco  andar  en  paz  le  deja, 
enderezando  al  corazón  la  hoja. 
Oído  el  caso,  la  maldita  vieja 
desde  el  mas  alto  mirador  se  arroja; 
pero  no  llega  al  baldosado  suelo, 
que  Satanás  le  echó  la  garra  al  vuelo. 

A  ejecución  los  malhechores  saca 
uno  que  de  verdugo  hace  el  oficio. 
A  los  demás,  humilde  turba  i  flaca, 
el  caballero  se  mostró  propicio; 
i  luego  que  la  sed  i  el  hambre  aplaca 
i  las  heridas  unje,  desperdicio 
no  quiere  hacer  del  tiempo;  sale  al  raso; 
mas  no  toma  la  vuelta  del  ocaso, 


ORLANDO  ENAMORADO  429 


Bien  que  de  allá  con  poderoso  encanto 
le  tire  el  siempre  dulce  patrio  nido, 
pero  ¡cuan  vivo  en  él  su  oprobio,  i  cuánto 
mas  penetrante  sonará  a  su  oído! 
Piensa  que  Francia  del  común  quebranto 
le  pide  cuenta  i  del  honor  perdido: 
ve  que  en  el  templo  i  en  la  rcjia  sala 
el  dedo  de  la  infamia  le  señala. 

En  la  marina  aguárdale  la  barca 
que  le  condujo  a  tan  aciago  puerto; 
pero  esta  vez  Reinaldos  no  se  embarca, 
antes  a  pió,  con  paso  i  rumbo  incierto, 
cruza  de  Rocatriste  la  comarca, 
desnudo  i  melancólico  desierto. 
Cabalga  en  tanto  Astolfo,  i  en  pesquisa 
del  i  Roldan  distante  suelo  pisa. 

De  Paris,  como  os  dije,  despedido, 
la  milagrosa  lanza  lleva  en  cuja, 
empedrado  de  joyas  el  vestido, 
obra  maestra  de  curiosa  aguja. 
En  lo  galán,  lo  airoso  i  lo  pulido 
ni  moro  ni  francés  le  sobrepuja. 
Las  riendas  rije  del  jentil  Dayardo 
el  caballero  insigne  del  leopardo. 

I  de  una  en  otra  vino  a  dar  un  dia 
en  no  sé  cuál  provincia  sarracena, 
do  Sacripante,  rei  de  Circasía, 
una  revista  jeneral  ordena, 
i  al  tártaro  Agricano  desafía 
con  muchedumbre  innumerable,  ajena 
i  propia;  no  en  verdad  estimulado 
por  la  codicia  o  la  razón  de  estado. 

Solo  el  amor  de  Anjélica  le  incita; 
i  marcha  a  refrenar  la  torticera 
soberbia  de  Agrican,  que  solicita 
hacerla  su  mujer,  quiera  o  no  quiera; 
i  esta  demanda  a  la  princesa  irrita 
de  modo  tal,  que  a  toda  el  Asia  altera; 
i  en  armas  puesta,  a  su  defensa  llama 
a  cuantos  capitanes  hai  de  fama. 


430  POESÍAS 

A  Sacripante  sobro  todos  ruega, 
que  la  ama  a  par  del  alma  i  de  la  vida, 
i  tanta  valerosa  jente  allega 
que  ni  Agrican  ni  el  mundo  le  intimida. 
A  la  sazón  el  duque  Astolfo  llega; 
i  en  viéndole  el  circaso  le  convida, 
pagado  asaz  de  su  briosa  traza, 
a  que  en  servicio  suyo  siente  plaza. 

«Caballero,  le  dice,  la  soldada 
que  pidas  te  daré  por  tu  persona.» 
«Dame,  responde  Astolfo,  si  te  agrada 
que  yo  te  sirva,  el  cetro  i  la  corona; 
porque  quiero  que  sepas  que  con  nada 
menos  mi  brazo  i  fe  se  galardona; 
que  estoi  desde  la  cuna  acostumbrado 
a  ser  obedecido,  no  mandado. 

«I  para  demostrarte  claramente 
que  no  soi,  como  piensas,  ningún  porro, 
si,  atado  un  abrazo,  a  ti  i  toda  tu  jento 
no  venzo  luego  i  desbarato  i  corro, 
estas  armas  que  miras,  rei  potente, 
quiero  trocar  por  un  mandil  i  un  gorro; 
i  si  hai  entre  vosotros  quien  se  atreva 
a  dudar  de  mi  dicho,  haga  la  prueba.» 

Volviéndose  a  los  suyos  el  circaso, 
luego  que  del  ingles  oyó  el  lenguaje, 
«¿No  es,  dice,  caballeros,  fuerte  caso 
que  un  hombre,  al  parecer,  de  alto  linaje, 
tan  rematado  esté?  ¿No  hubiera  acaso 
para  volverle  el  seso  algún  brevaje?» 
«El  es  loco  de  atar,  dicen,  i  poco 
sacarás  de  meterte  con  un  loco.» 

Viendo  que  nadie  le  replica  nada, 
a  gran  galope  Astolfo  se  retira. 
Mucho  su  jentileza  es  ponderada. 
Mucho  al  caballo  el  rei  mira  i  remira, 
i  cuanto  mas  le  observa  mas  le  agrada, 
i  con  mas  fuerza  la  afición  le  tira; 
tanto  que  va  tras  él,  lijero  empeño 
iniajinando  el  desmontar  al  dueño. 


ORLANDO  ENAMORADO  431 


Corriendo  en  tanto  el  duque  a  la  ventura 
con  otro  joven  caballero  topa 
de  marcial  continente  i  apostura. 
Llevando  al  anca  una  mujer,  galopa, 
a  quien,  no  siendo  Anjélica,  hermosura 
no  tiene  igual  ni  el  Asia  ni  la  Europa. 
Es  Brandimarte  el  nombre  que  la  fama 
da  al  caballero,  i  Flordeiis  la  dama. 

O  porque  amor  el  pecho  le  heriría, 
o  por  otra  razón  que  no  adivino, 
en  viéndole  el  ingles  le  desafía 
parándosele  en  medio  del  camino: 
«Alto  ahí,  caballero,  ledecia: 
probarte  con  la  lanza  determino, 
que  es  para  otro  que  tú  tan  rica  perla- 
Prepárate  a  dejarla  o  defenderla.» 

«Primero  dejaré,  dice  el  pagano, 
no  que  una  vida  sola,  una  docena. 
Pero  si  venzo  yo,  ¿qué  es  lo  que  gano? 
que  dama  no  la  traes  mala  ni  buena. 
Hagamos  la  partida  de  antemano, 
como  es  razón:  si  la  fortuna  ordena 
que  en  esta  lid  mí  lanza  te  trabuque, 
es  mió  ese  caballo.»  Otorgó  el  duque. 

La  dama,  del  combate  espectadora 
i  premio,  con  alegre  confianza 
desmonta,  i  como  ha  visto  vencedora 
en  justas  mil  de  su  amador  la  lanza, 
ni  por  asomos  se  le  ocurre  ahora 
que  a  Brandimarte  avenga  malandanza; 
i  aun  pienso  que  de  ver  la  nueva  presa 
que  el  amor  le  ha  rendido,  no  le  pesa. 

Tomaron,  pues,  del  campo  los  barones 
todo  lo  que  juzgaron  «uficiente; 
i  a  un  mismo  tiempo  hincando  los  talones 
corrieron  a  encontrarse  bravamente. 
Chocan  los  dos  fortísimos  bridones 
en  medio  del  correr,  frente  con  frente: 
Bayardo  por  fortuna  quedó  sano; 
poro  cayó  sin  vida  el  del  pagano. 


43Í  poesías 

El  cual,  como  ordenó  su  adverso  sino, 
fué  a  rodar  por  la  arena  largo  trecho, 
i  lamenta  su  mísero  destino, 
porque  la  lanza  que  perder  le  ha  hecho 
lo  que  adoró  con  el  amor  mas  fino, 
no  le  pasó  de  parte  a  parte  el  pecho, 
quitándole  la  carga  aborrecida 
do  una  afrentosa  i  solitaria  vida. 

«Mas,  ¿quién  te  impide,  ¡oh  triste!  el  postrimero 
remedio?»  despechado  se  pregunta. 
Astolfo  al  ver  que  del  luciente  acero 
aplica  al  pecho  la  desnuda  punta, 
en  alta  voz  le  dice:  «Caballero, 
deten  la  espada.  A  los  que  enlaza  i  junta 
amor  con  mutua  fe  tan  verdadera, 
si  desuniese  yo,  villano  fuera. 

«Vive  por  largos  años,  i  a  esa  rara 
belleza  goza  en  paz:  yo  te  la  cedo. 
Venciendo  al  que  me  da  muestra  tan  clara 
de  ánimo  jeneroso,  pensar  puedo, 
sin  que  una  prenda  pierdas  tú  tan  cara, 
que  honrado  asaz  i  ganancioso  quedo; 
por  amor  fué  i  por  fama  el  desafío; 
tuya  la  dama  sea,  el  lauro  mió.» 

Oyendo  al  duque  hablar  de  esta  manera 
el  que  ya  se  contaba  por  difunto, 
tales  extremos  hace,  cual  si  hubiera 
perdido  la  razón  de  todo  punto. 
Bien  espresar  su  gratitud  quisiera; 
¿mas  qué  podrá  decir  en  el  asunto? 
«Ya  es  doble,  exclama,  la  vergüenza  mia: 
como  en  valor,  venciste  en  cortesía. 

«Ni  deuda  tanta  sé  cómo  pagarte; 
pues  ofrecer  mi  espada  es  escusado, 
aunque  igualara  a  la  del  mismo  Marte, 
a  quien  de  sí  tan  alta  muestra  ha  dado. 
Suplicóte  tan  solo  que  dignarte 
quieras  de  recibirme  por  criado, 
i  (}ue  a  tus  pies  en  homenaje  lleve 
la  vida  el  que  dos  voces  te  la  debe.» 


ORLANDO  ENAMORADO  433 


Esto  pasaba  entre  el  caído  andante 
i  el  caballero  del  leopardo  rojo, 
cuando  cata  (jue  llega  Sacripante, 
i  al  ver  la  dama  se  le  alegra  el  ojo. 
Entre  ella  i  el  caballo  vacilante, 
«¿Cuál  de  estas  dos  empresas,  dice,  escojo? 
¿La  dama  o  el  corcel?  Corcel  i  dama. 
Pero  primeramente  amor  me  llama. 

«Cualquiera  que  de  vos,  dice  altanero, 
esa  bolla  mujer  trajo  consigo, 
déjela  ya,  (¡ue  para  mí  la  quiero: 
sepa,  si  nó,  que  se  las  há  conmigo.» 
•«Es  un  felón,  no  un  noble  caballero, 
i  una  horca  merece  por  castigo, 
responde  LJrandimarte,  el  que  a  caballo, 
veta  a  (juien  se  halla  a  pió,  como  yo  me  hallo.» 

I  vuelto  al  duque,  «Préstame  te  ruego 
por  un  momento  tu  corcel.» — «¡Malaño! 
Aunque  manso  le  ves  como  un  borrego, 
no  sufre  este  animal  jinete  estraño, 
responde  Astolfo;  cree  que  si  lo  niego 
es  porcjue  solo  yo  con  él  me  amaño. 
Cuanto  mas  que  c!  presente  desafio, 
si  en  ello  caes,  a  par  que  tuyo,  es  mió. 

«Déjame,  por  tu  vida,  en  do3  paletas 
con  este  guapo  enderezar  la  cosa. 
El  duelo,  señor  mió,  a  que  nos  retas, 
será  con  una  condición  forzosa: 
que  si  vencido  fueres,  no  te  metas 
en  mas  cuestión  por  esta  dama  hermosa, 
i  cedas  tu  caballo  al  camarada, 
que  no  ha  de  aventurar  todo  por  nada. 

«I  si  yo  salgo  mal  de  la  (juerella, 
a  dar  las  armas  i  el  corcel  me  obligo, 
pero  la  dama  nó,  que  en  cuanto  a  ella, 
te  dcl)os  entender  con  el  amigo.» 
«¡CraciasI,  murmura  el  rei,  benigna  estrella, 
la  ({uo  andas  lu)i  tan  liberal  conmigo, 
¡A  un  mismo  tiempo  dama,  arnés,  caballo! 
Lance  mi-jjr  au  pude  imajinullu.)» 


434  POESÍAS 

Esto  entro  sí-,  i  al  duque  por  respuesta 
riendo  dice:  «Está  cerrado  el  trato.» 
Dijórades,  al  verle,  que  iba  a  fiesta, 
o  en  baile  o  zambra  a  divertirse  un  rato; 
i  si  de  algo  le  pesa  es  que  le  cuesta 
la  esperada  ganancia  tan  l^arato; 
(pie  a  vueltas  del  arnés,  caballo  i  dama, 
holgara  de  adquirir  loor  i  fama. 

Toman,  pues,  campo,  enristran,  espolean, 
cmliistcn,  chocan  con  mortal  fracaso: 
entrambos  caballeros  baml)olcan; 
pero  algo  mas  le  avino  al  rei  circaso: 
las  piernas  i  rodillas  le  ílaqucan; 
trabuca,  rueda;  i  vuelve  paso  a  paso, 
harto  mortificado  i  descontento, 
sin  su  propio  corcel  al  campamento. 

«El  pobre  diablo,  dice  Astolfo,  vino 
a  buscar  lana,  i  vuelve  trasquilado.» 
El  duque  resolvió  mudar  destino 
por  ir  de  Brandimarte  acompañado; 
i  un  par  de  millas  por  aquel  camino 
escasamente  hubieron  cabalgado, 
cuando  la  dama  dice:  «A  lo  quo  veo, 
hemos  llegado  al  puente  del  Leteo. 

«Aquella  agua  que  veis  es  encantada, 
i  al  que  la  bebe  la  memoria  quila. 
En  el  puente  una  ninfa  está  apostada, 
que  ofrece  de  ella  a  todo  el  que  transita; 
i  aíjucl  de  cuyos  labios  es  probada, 
desmemoriado  prisionero,  habita 
en  la  verde  ribera  allende  el  rio, 
rendido  a  un  torpe  amor  el  albedrío. 
«I  si  alguno  hace  jestos  a  la  copa, 
i  sin  gustarla  va  a  pasar  el  puente, 
saliendo  a  una  señal  toda  la  tropa 
allí  cautiva  (entre  la  cual  hai  jente 
de  lo  mejor  del  Asia  i  de  la  Europa) 
al  pasajero  asaltan  juntamente, 
i  desigual  a  tan  terrible  prueba, 
le  hacen  que  a  su  pe¿iar  se  rinda  i  beba. 


ORLANDO  ENAMORADO  435 


«Encaminemos,  pues,  por  otra  via, 
ya  (|ue  el  seguir  por  esta  es  devaneo.» 
Pero  cuanto  la  dama  les  decia, 
era  poner  espuelas  al  deseo. 
Aslolfo  protestaba  que  tenia 
do  ver  a([uel  encanto  del  Leleo; 
i  el  pagano  barón  no  le  va  en  zaga. 
Llegan  al  puente,  i  cátate  la  maga. 

Con  blanda  voz  i  cara  zalamera, 
haciendo  al  duque  humilde  acatamiento, 
rogólo  ([ue  templar  la  .sed  ({uisiera 
en  el  fresco  licor  sin  cumplimiento. 
«¡IJruja!,  responde  Astolío,  ¡embelc([ucra! 
Ya  sabemos  acá  cómo  anda  el  cuento. 
A  los  cautivos  abrirás  la  puerta 
en  este  mismo  instante,  o  eres  muerta'.» 

La  ninfa,  que  esto  escucha,  prestamenlo 
dejó  caer  la  enhechizada  taza, 
i  lodo  al  punto  vióse  arder  el  puente, 
i  hundirse  estremeciéndose  amenaza. 
.\stolfo  casi  casi  se  arrepiente; 
(|ue  de  pasar  el  rio  no  ve  traza. 
l)os  segundos  estuvo  o  tres  perplejo; 
al  lin  tomó  de  su  valor  consejo. 

I  como  el  compañero  por  su  parte 
también  porfía  en  que  el  jardin  se  invada, 
i  la  dama  no  sabe  con  cuál  arte 
(lo  tan  loco  designio  los  disuada 
(la  dama,  es  a  saber,  de  Drandimarte, 
([ue  tanto  como  bella  era  avisada), 
«Otro  sendero,  dice,  oculto  i  breve 
mostraros  puedo,  que  al  jardin  os  lleve.» 

Siguen  ellos  los  pasos  do  la  guia, 
i  atravesando  el  rio  del  Olvido 
por  cierto  puentocillo  que  tenia 
Florilelis  ])ien  probado  i  bien  sabido, 
llegaron  a  una  puerta  (jue  se  abria 
a  la  fatal  estancia,  do  escondido 
vive  tanto  galán  aventurero 
olvidado  de  ai  i  dc4  nuuiilo  entero. 


436  POESÍAS 

La  puerta  derribando,  ven  el  huerto 
do  en  gustosa  prisión  está  el  de  Anglante, 
i  el  caballero  del  león,  liberto, 
i  con  Grifón  el  joven  Aquilante; 
Clarion,  que  en  el  líbico  desierto 
venció  animoso  a  un  gran  dragón  volante; 
Adrián  de  Creta,  i  Antifor  moldavo, 
i  el  rei  Balan,  entre  los  bravos  bravo. 

I^ues  al  entrar  los  tres,  tal  chamusquina 
se  arma,  tal  confusión,  tanta  algazara 
(le  caja,  de  tambor,  trompa  i  bocina, 
cual  con  dificultad  se  imajinara. 
Señora  de  estos  campos  Dragontina, 
ordena  a  sus  cautivos  que  hagan  cara, 
i  a  los  intrusos  caballeros  traten 
de  aprisionar,  o,  en  todo  caso,  maten. 

Kn  la  mañana  do  este  propio  dia, 
gustado  aquel  licor  que  el  juicio  altera, 
el  conde  don  Roldan  llegado  habia, 
rendido  amante  ya  de  la  hechicera. 
Con  la  loriga  a  cuestas  todavía, 
paciendo  Brilladoro  en  la  pradera, 
andaba  el  buen  señor  entretenido, 
cuando  oyó  el  fiero  estruendo  i.  apellido. 

I  la  hada  a  sus  pií's  llorosa  mira, 
que  humilde  dice:  «Tu  favor  imploro.» 
¡Súbitamente  el  conde,  que  suspira 
do  amor  por  ella,  i  ve  tan  tierno  lloro, 
desnuda  a  Durindana,  ardiendo  en  ira, 
i  monta  de  un  gian  salto  a  Brilladoro: 
vivas  centella.5  por  los  ojos  vierte, 
anunciadoras  de  venganza  i  muerte. 

Amaba  el  conde  Orlando  a  Dragontina; 
¿quión  vio  jamas  tan  raro  dcsvaríoi* 
IJncierra  la.  bellida  peregrina 
(le  la  májica  taza  un  poderío 
que  con  mojar  el  labio,  no  ya  inclina, 
bino  fuerza  i  ari*astra  a  el  albedrío, 
■   aun  al  que  en  otro  amor  cautivo  se  halla, 
i  a  sola  Draiionlina  lo  avasalla. 


ORLANDO  ENAMORADO  437 


Embravecido  el  conde  Orlando  parte 
hacia  el  lugar  en  que  el  tumulto  suena, 
i  en  que,  mientras  arroja  Brandimarte 
a  liberto  del  león  sobre  la  arena, 
al  rei  Balan  enscíía  Aslolfo  el  arto 
de  bajar  por  las  ancas,  i  se  llena 
de  grande  marabilla  a  la  llegada 
de  Orlando,  a  quien  conoce  por  la  espada. 

«¡Orlando  amado!,  el  duque  le  decia, 
¡corona  i  flor  de  todo  esfuerzo  humano! 
¿quién  así  te  turbó  la  fantnsia? 
Parcceme  que  estás  calamocano. 
Astolfo,  Astolfo  soi,  por  vida  mia: 
¿qué  no  conoces  a  tu  primo  hermano?» 
De  parentescos  no  se  cura  el  conde, 
i  a  puras  cuchilladas  le  responde. 

Gracias  a  la  ocurrencia  de  Bayardo, 
que  era  en  lances  de  guerra  tan  esperto; 
si  nó,  no  estrena  el  duque  otro  leopardo; 
que  al  primer  tajo  allí  quedaba  muerto. 
Disparando  el  corcel  como  un  petardo 
el  muro  salva  del  hadado  huerto, 
como  quien  sabe  bien  que  no  se  gana 
gran  cosa  en  argüir  con  Durindana. 

Bien  pudo  el  duque  allí  emplear  la  lanza- 
pero  lo  que  ella  vale  él  mismo  ignora; 
i  aunque  cayese  Orlando,  su  pujanza 
le  quedaba  i  su  espada  cortadora: 
luego,  no  sé  por  qué  la  confianza 
que  Astolfo  tuvo  en  sí  le  mengua  ahora; 
i  luego,  el  contendor  su  primo  era, 
i  de  verle  caido  se  doliera. 

Orlando  por  el  puente  sale  al  raso, 
pensando  al  duque  Astolfo  dar  un  tiento; 
mas  aunque  Brillador  fuera  el  Pegaso, 
quedara  este  pensar  en  pensamiento, 
porque  Bayardo  corre,  i  lleva  un  paso... 
Pero  por  Dios  que  ya  me  falta  aliento 
para  mas  cabalgar:  tiro  la  rienda, 
i  suspendo  un  instante  la  leyenda. 


CANTO  X. 


AGRICAX 


Ponsando  on  ía  virtud  marabillosa 
ele  esta  agua  del  olvido  he  estado  un  rato, 
i  acá  me  la  comparo  a  cierta  cosa 
que  llamar  suele  el  vulgo  iliterato 
gracia,  donaire,  estrella  venturosa, 
metafóricamente  garabato, 
a  que  no  hai  prenda  que  en  el  mundo  iguale, 
pues  que  por  todas  juntas  ésta  vale. 

No  hai  honra  ni  favor  que  no  consiga 
el  que  con  esta  prenda  solicito, 
mientras  sin  ella  la  virtud  mendiga, 
i  no  se  estima  el  mérito  un  ardite. 
De  perlas  es  lo  que  un  petate  diga, 
como  con  este  almíbar  le  confite; 
i  ¿qué  es  sin  ella  el  sabio?  un  estafermo, 
nacido  para  el  claustro  o  para  el  yermo. 

Esta  gracia  es  la  copa  que  contiene 
el  brcvaje  que  a  todos  enamora. 
¡Oh  bienaventurado  el  que  la  tiene! 
Bien  puede  hacerse  cuenta  que  atesora 
lo  que  mas  acá  abajo  le  conviene, 
pues  como  universal  reina  i  señora 
domina  voluntados  i  opiniones 
a  pesar  de  Epiclotos  i  Catones, 


ORLAXDO  EXAyORADO  439 


r 


El  no  dejar  quo  paso  por  el  puente- 
quien  el  licor  no  bebe  de  la  ta/a, 
quiere  decir  la  lema  de  la  jente, 
que  al  que  sin  artificio  ni  añagaza 
medrar  presume,  no  se  lo  consiento 
en  ninguna  manera;  que  en  la  plaza 
del  mundo  es  disparate  i  desaliño 
la  razón,  i  la  alquimia  es  oro  fino. 

I  aquel  total  olvido  significa 
la  veleidad,  que  humanafi  leyes  quicí)rí>, 
i  en  lo  vedado  solamente  pica, 
i  lo  que  ve  flamante,  eso  celebra. 
Lo  domas,  lector  mió,  ello  se  csplica. 
Cumple  ahora  anudar  la  rota  hebra 
de  mi  discurso;  i  vuelvo  al  punto  donde 
en  pos  de  Astolfo  iba  corriendo  el  conde. 

Mas  cánsiise  sin  fruto,  que  Dayardo- 
echando  treinta  milhis  va  por  hora. 
Corria  i  mas  corria  el  del  leoi^ardo-, 
llevando  siempre  el  rostro  haci-a  la  aurora. 
Figúrase  el  mal  rato  que  el  gallardo 
Brandi  marte  .estará  plisando  ahora, 
i  dejar  en  aquel  tan  inminente 
riesgo  al  amigo,  en  gran  manera  siente. 

Pero  no  gusta  de  tener  camorra 
con  aquella  terrible  Durindana, 
que  zumbándole  está,  por  mas  que  corra,, 
en  los  oídos,  aunque  asaz  lejana. 
Tampoco  Orlando  el  aguijar  ahorra; 
mas  con  Astolfo  su  fatiga  es  vana. 
Dándole  a  Satanás,  la  grupa  vuelve 
i  al  májico  jardin  tornar  resuelve; 

Donde  no  cesa;  aun  la  zurribanda, 
pues  Brandimarte  arroja  de  la  silla 
a  Aquilante  i  Grifón;  I  al  suelo  manda- 
a  Clarion,  hundida  una  costilla. 
Pero  íisaltado  de  una  i  otra  banda^ 
resistir  largo  tiempo  a  la  cuadrilla 
difíci'l  es,  por  mas  que  sude  i  bregue; 
pues  ¿qué  será  cuando  el  de  Anglan/te- íleo-ue? 


440  POESÍAS 

Flordelis,  la  discreta  dama  i  bella 
que  con  el  joven  Brandlmarío  vino, 
el  insistir  en  la  demanda  aquella 
tiene  por  un  solemne  desatino. 
Por  entre  los  corceles  atrepella; 
i  levantando  el  brazo  alabastrino, 
con  lagrimosa  súplica  intercede 
para  que  la  cuestión  suspensa  quedo. 

Ruega  a  su  amante  que  la  taza  admita 
i  el  perder  la  memoria  no  le  pese, 
que  ella  a  sacarle  de  tamaña  cuita 
sin  duda  tornará,  si  bien  supiese 
a  manos  perecer  de  la  maldita 
encantadora.  Aquesto  dicho,  fuese; 
i  atravesando  un  matorral  sombrío, 
pasa  otra  vez  el  hechizado  rio. 

La  desigual  batalla  fenecida, 
a  Brandimarte  de  la  mano  lleva 
la  cautelosa  maga,  i  le  convida 
con  el  licor;  el  caballero  prueba, 
i  cuanto  supo  en  el  momento  olvida: 
nuevo  ser,  nueva  vida,  llama  nueva 
abriga,  i  se  disipa  por  el  viento 
del  dulce  amor  primero  el  pensamiento. 

¡Estupendo  licor,  que  encalabrina 
la  mente  de  tal  modo  i  la  trasporta! 
Aquel  amor  tan  acendrado  i  fino, 
aquella  Flordelis,  nada  le  importa: 
no  valen  a  sus  ojos  un  comino 
la  gloria  i  el  honor;  el  alma  absorta 
en  Dragontina,  la  beldad  amada, 
es  todo  para  el,  i  el  rosto,  nada. 

Llega  en  esto  anhelante  i  presuroso 
Orlando,  i  a  los  pies  de  Dragontina 
arrodillado  en  acto  vergonzosp, 
hasta  la  tierra  la  cabeza  inclina, 
rogando  le  perdone  si  dichoso 
no  fué  bastante  para  darle  dina 
satisfacción  del  bárbaro  enemigo 
que  con  la  fuga  redimió  el  castigo. 


ORLANDO  ENAMORADO  441 


El  cual,  aun  no  cobrado  del  asombro, 
(pues  se  figura  que  le  sigue  Orlando), 
sin  tino,  sobre  cerca  i  sobre  escombro 
salta,  i  a  su  corcel  espoleando 
corre,  la  barba  siempre  sol)re  el  hombro; 
i  dejara  el  correr  Dios  sabe  cuándo, 
si  no  llegase  adonde  un  anchuroso 
campo  ejército  alberga  numeroso. 

La  ocasión  preguntó  de  lo  que  via, 
i  un  heraldo  le  dice:  «La  bandera 
del  potente  Agrican  de  Tartaria 
es  aquella  negrísima  primera, 
que  en  perlas  i  oro  i  varia  pedrería 
por  una  i  otra  parte  reverbera, 
i  tiene  por  divisa  la  figura 
de  un  lozano  bridón  do  plata  pura. 

«Aquella  azul  del  candido  elefante, 
es  del  rei  de  Mongolia,  Sartinero, 
i  la  del  oso  negro  en  el  dotante 
hielo  es  la  bien  conocida  del  guerrero 
Radamanto,  ridículo  jigantc, 
i  no  menos  que  estúpido,  altanero, 
que  habitador  de  la  hiperbórea  zona 
la  nación  mosca  rija  i  la  lapona. 

«El  estandarte  verde  a  lunas  de  oro 
es  del  señor  de  Ilircania,  Poliferno, 
que  potente  en  estados  i  en  tesoro, 
tiene  de  rudas  tribus  el  gobierno, 
a  quien  sigue  el  valiente  Lurcanoro, 
que  en  desnuda  rcjion  de  hielo  eterno 
rije  a  una  raza  audaz  que  el  mar  frecuenta 
i  en  leve  esquife  arrostra  la  tormenta. 

«Mas  allá  Santaría,  rei  de  Suecia, 
i  como  media  milla  mas  distante 
acampa  el  corpulento,  que  se  precia 
de  mentidas  proezas,  ruso  Argante. 
La  jeníuza  cosaca,  que  desprecia 
cerrados  muros  por  vivir  errante 
en  movedizas  tiendas,  luego  aloja, 
enarbolando  aquella  enseña  roja, 


4i2  poesías 

«T  tiene  por  divisa  im  arco  i  flecha, 
i  por  su  jefe  al  hárl>aro  frontino, 
a  quien,  tomando  un  poco  a  la  derecha, 
el  godo  Pcndragon  está  vecina. 
Estas  naciones,  de  las  cuales  hecha 
te  dejo  relación,  van  en  camino 
con  el  kan  de  Tartaria,  que  da  leyes 
a  todas,  i  se  llama  rei  de  reyes. 

«El  cual  a  Galafron  hace  la  guerra, 
que  es  del  Catai  emperador  anciana; 
i  jura  exterminarle  de  la  tierra 
si  no  le  da  de  Anjclica  la  mano, 
su  hija;  i  si  la  voz  común  no  yerra, 
hermosa  sin  igual;  mas  el  liviana 
capricho  suyo  i  loca  lijere'/a 
dicen  que  aun  sobrepuja  a  su  belleza. 

«Al  tártaro  detesta  i  aborrece, 
que  es  capaz,  por  su  amor,  de  dar  la  vida, 
i  señora  del  Asia  hacerla  ofrece; 
mientras  por  un  pelan  anda  perdida 
que  descalzar  a  esotro  no  merece,^ 
i  de  su  amor  ni  su  Ijeldad  se  cuida: 
con  ella  los  consejos  del  anciano, 
las  lágrimas,  los  ruegos,  todo  es  vano, 

«Galafron,  de  quien  hoi  ha  recudida 
una  embajada  el  kan  de  Tartaria, 
le  protesta  que  parteno  ha  tenido, 
en  la  desatentada  rebeldía 
de  la  joven  princesa,  que  seha  ido 
del  hogar  patrio,  i  doblemente  impía 
contra  su  padre  i  rei,  desde  la  Albraca 
los  pueblos  le  revuelve  i  le  sonsaca. 

«Así  que,  reputando  insuficiente 
el  desdeñado  rei  todo  otro  medio, 
mete  a  saco  la  tierra,  i  can  injente 
fuerza  a  la  Albraca  va  a  poner  asedio. 
Ello  es  que  la  princesa  inabediente 
ha  de  aceptar  el  novia  sin  remedio; 
i  lo  que  hará  mañana,  aunque  no  quiera,. 
querer  hacerlo  ahora,  cuerdo  fuera.» 


ORLANDO  ENAMORADO  443 


El  duque  Aslolfo,  que  el  motivo  sabo 
de  la  inminente  lucha  estrepitosa, 
i  ve  en  conflicto  tan  dudoso  i  grave 
a  una  mujer  que  un  rei  soberbio  acosa, 
ayudarle  resuelve  en  cuanto  cabe, 
i  hasta  entrar  en  la  Albraca  no  reposa, 
do  llegado,  con  grande  regocijo 
ahra'/úndole  Anjélica  le  dijo: 

«Tan  bien  venido  seas,  caro  amigo, 
como  eras  deseado  ansiosamente. 
¡Así  mirara  yo  llegar  contigo 
al  paladín  Reinaldos,  tu  pariente; 
i  siquiera  trajese  el  enemigo 
cuatro  veces  mas  armas  i  mas  jente! 
que  de  sus  amenazas,  a  fe  mia, 
poquísimo  cuidado  me  daria.» 

«Que  sea,  dice  Astolfo,  un  extremado 
caballero  mi  primo,  te  concedo; 
mas  tú  también  confesarás  de  grado 
que  en  eso  del  valor  yo  no  le  cedo. 
Ya  nos  habcmos  él  i  yo  probado, 
i  sin  jactancia  asegurarte  puedo 
que,  si  no  le  tocó  peor  destino, 
ni  yelmo  se  lo  debe  de  Mambrino. 

«Ni  que  el  valor  de  Orlando  exceda  al  mió 
estimes  tú,  por  cuanto  el  mundo  diga; 
pues  con  el  cuerpo  hadado,  di,  ¿qué  brio, 
(jué  gracia  es  que  triunfos  mil  consiga? 
Encántame  la  piel,  i  yo  te  fio 
que  por  el  diablo  no  daré  una  higa; 
mas  aun  así,  princesa  soberana, 
harto  le  hice  sudar  la  otra  mañana.» 

Ella,  que  ya  conoce  aquel  cerbelo, 
charlar  le  deja  a  su  sabor  un  rato, 
si  bien  le  pesa  oír  que  bajo  el  cielo 
se  iguale  nadie  a  su  adorado  ingrato, 
i  el  ponerse  con  él  en  paralelo 
Astolfo,  le  parece  desacato; 
que  en  la  corle  de  Carlos  bien  sabida 
tuvo  de  todos  ellos  la  medida. 


Wk  POESÍAS 

Aloja  en  lo  mas  alto  de  la  Roca 
con  grande  honor  el  duque  i  gran  contento. 
Otro  dia  un  tambor  al  arma  toca, 
i  de  marcial  clamor  se  llena  el  viento. 
La  palabra  echa  apenas  de  la  boca 
según  lo  que  jadea  polvoriento, 
un  corredor  que  aproximarse  avisa 
el  tártaro  Agricano  a  toda  prisa. 

Toda  la  guarnipion  las  armas  pide, 
que  es  de  tres  mil  o  poco  mas  guerreros; 
i  júntanse  a  consejo,  que  preside 
el  animoso  ingles,  los  caballeros, 
donde  concordemente  se  decide 
los  puños  apretar  i  los  aceros, 
i  en  ninguna  manera  dar  oídos 
a  capitulaciones  ni  a  partidos; 

Que  estando,  como  estaba,  proveída 
la  Roca  de  forraje  i  vitualla, 
i  de  tres  mil  guerreros  guarnecida, 
fuérales  mal  contado  abandonalla. 
«Yo  no  he  de  estarme  aquí  toda  la  vida; 
dejadme,  Astolfo  dice,  ir  a  batalla. 
Daréle  a  ese  Agrican  en  la  cabeza, 
si  Dios  me  ayuda,  un  golpe  que  le  escueza.» 

Astolfo  sale  en  aire  de  amenaza, 
cosas  diciendo  horribles  i  estupendas; 
la  lanza  enristra  i  el  escudo  embraza, 
i  al  brioso  corcel  soltó  las  riendas. 
Estaban  los  contornos  de  la  plaza 
de  jentes  enjambrados  i  de  tiendas: 
no  en  la  selva  mas  hojas  aura  leve, 
que  allí  pendones  i  penachos,  mueve. 

Miles  manda  Agrican  diez  veces  ciento 
(escríbelo,  Turpin;  no  es  paparrucha), 
i  Astolfo  rie  de  todo  este  armamento, 
i  hace  reír  a  todo  el  que  le  escucha. 
Mas  el  que  mucho  parla,  mucho  viento 
(dice  el  proverbio),  i  poco  pan  embucha; 
i  otro  antiguo  refrán,  si  bien  me  acuerdo, 
dice  que  el  loco  por  la  pena  es  cuerdo. 


ORLANDO  ENAMORADO  4Í5 


Descabalgado  Astolfo  fué  aquel  dia, 
i  aprendió  discreción  para  adelante. 
A  toda  charla  el  du(|uc  se  venia: 
«Salga  esc  Poliferno  i  eso  Argante 
(diciendo)  i  Lurcanoro  i  Santaria 
i  Radamanto,  ese  feroz  jigante; 
pero  salga  Agrican  primeramente, 
i,  si  tiene  valor,  hágase  al  frente.» 

Viendo  venir  un  solo  caballero, 
creen  que  para  rendirle  otro  es  bastante. 
Con  desdeñoso  jeslo  i  altanero 
toma  esta  empresa  a  carga  suyo  Argante; 
que,  estólido  ademas,  feroz,  grosero, 
tiene  casi  estatura  de  j ¡gante, 
la  nariz  chata,  ensangrentado  el  ojo,  . 
vedijuda  la  cara,  el  pelo  rojp. 

Con  el  ingles  cerró  soberJiiamentc, 
i  es  derribado  por  la  lanza  de  oro. 
Atónita  (jucdó  toda  la  jcnte. 
Cayó  también  el  bravo  Lurcanoro; 
cayó  Brontino.  Entonces  insolente 
estalla  el  populacho,  i  se  alza  un  coro 
diabólico  gritando:  «¡Uayo!  fuego! 
¡muera  el  perro  cristiano!  muera  luego!» 

De  la  otra  parte  intrépido  i  seguro, 
a  toda  aquella  chusma  Astolfo  espera; 
no  mas  incoiUraslable  en  tierra  un  muro, 
en  la  mar  un  escollo  pareciera, 
lioba  al  ciclo  la  luz  el  polvo  oscuro 
que  con  los  pi  ís  la  turba  vocinglera, 
arreinelienílo  al  paladín,  levanta, 
liadamanlo  a  los  otros  se  adelanta, 

I  le  pisa  lais  huellas  Sartinero, 
con  Agiicano  i  l^endragon,  rei  godo. 
Fué  liadamanlo,  al  embestir,  primero, 
¡  embistió  del  mejor  posible  modo; 
ni  el  ser  jiganle  le  valió  un  dinero, 
(¡ue  fué  rodando  con  cabal  jo  i  todo, 
l'ero  miénlras  (|ue  Astolfo  en  él  se  ocupa, 
le  viene  Sarlincro  por  la  grupa. 


4 'i  6  POESÍAS 

Sin  el  menor  escrúpulo  el  villano 
le  da  un  golpe  terrible  tras  la  oreja, 
i  al  mismo  tiempo  el  tártaro  Agricano 
otro  golpe  le  da  gobre  una  ceja. 
En  esto  viene  Pendragon  tirano, 
i  la  cuestión  finalizada  deja 
otro  tercero  dándole  en  el  pecho, 
que  del  caballo  le  arrojó  gran  trecho. 

Bañado  en  sangre  el  paladín  desciende, 
dando  de  aliento  i  vida  muestra  escasa; 
i  mientras  ni  el  cuitado  se  defiende, 
ni  se  mueve,  ni  sabe  qué  le  pasa, 
desmonta  Pendragon,  le  agarra  i  prende, 
i  prisionero  se  le  lleva  a  casa. 
Mas  con  mejor  aviso  ojjró  Agricano: 
dejando  al  duque,  echó  al  corcel  la  mano. 

No  sé  decir  si  porque  su  primero 
dueño  le  falla,  o  porque  hallai^se  entienda 
en  extraña  rejion,  solo  i  señero, 
sufre  Bayardo  que  Agrican  le  prenda: 
lo  cierto  es  que,  cual  tímido  cordero, 
consiente  que  le  lleven  de  la  rienda, 
quedando  el  rei  en  gran  manera  ufano 
al  verse  dueño  del  bridón  lozano. 

Sin  armadura  Astolfo  i  sin  sentido 
es  al  real  de  Pendragon  llevado, 
donde  manda  Agrican  que  socorrido 
al  punto  sea,  i  cual  merece,  honrado. 
En  extremo  le  pesa  que  haya  sido 
fea  i  villanamente  derribado, 
i  que,  bastando  con  su  lanza,  hubiera 
otra  que  en  esta  lid  se  entrometiera. 

Mas  estorbarlo  el  noble  rei  no  pudo: 
tan  grande  el  torbellino  bullanguero 
del  populacho  fué  salvaje  ¡  rudo 
que  en  torno  se  agolpó  del  caballero. 
Sangriento  el  du(|ue  i  lívido  i  desnudo, 
i  difunto  mas  bien  que  prisionero, 
sin  arnés  i  corcel  i  espada  i  lanza, 
ni  aun  a  sentir  su  desventura  alcanza. 


ORLANDO  ENAMORADO  4i7 


Pues  preso  Astolfo,  i  el  corcel  perdido, 
i  el  rico  arnés  i  bella  lanza  hadada, 
guerrero  no  quedó  lan  atrevido 
([ue  saliese  de  Albraca  en  algarada. 
La  vista  tienden  sojjre  el  ancho  ejido, 
la  puente  levadiza  levantada: 
todo  está  en  orden  tal,  que  a  las  almenas 
pudiera  un  ave  remontarse  apcMias. 

En  tanto  el  circasiano  Sacripanle 
su  poderosa  hueste  al  campo  saca, 
de  la  princesa  del  Catai  amante, 
vuela  animoso  a  defender  la  Albraca; 
asaltar  piensa  al  tártaro  arrogante 
entre  el  silencio  de  la  noche  opaca, 
i  con  los  siete  reyes  que  acaudilla 
cslá  ya  de  la  plaza  a  media  milla. 

Es  el  primero  un  príncipe  cristiano 
(bien  que  la  fe  su  pura  luz  esconda), 
do  la  Alta  Armenia  el  joven  rei  Varano, 
que  manda  diestra  jente  a  espada  i  honda; 
IJrunaldo  se  le  sigue,  que  entrecano 
tiene  el  caI)elIo.  i  reina  en  Trapisonda; 
i  Torindo,  detras,  la  do  Tunjuía, 
i  la  do  Media  Savaronto  guia. 

Tras  éste  marcha  Unano,  rei  bilino, 
de  gran  cabeza,  aunfjue  de  cuerpo  chico, 
i  Burdacon.  jigante  damasquino, 
de  averrugíida  cara  i  luengo  hocico, 
i  el  rei  de  babilonia,  Trufaldino, 
patiestevado,  feo  como  un  mico, 
de  torcido  mirar,  falso,  bclUco, 
cobarde  insigne,  i  mas  ladrón  (¡ue  Caco. 

De  cinco  o  seis  centenas  de  millares  * 
era  todo  el  poder  de  Circasia; 
i  a  la  hora  en  rpie  llaman  los  cantares 
del  gallo  velador  al  nuevo  dia, 
avistaba  los  altos  valladares 
de  la  empinada  Albraca.  i  se  venía 
con  ordenada  marcha  i  sordo  paso 
Sdbrc  el  tártaro  cjéicito  el  circiiso. 


4Í8  POESÍAS 

Sus  jentes  en  silencio  trae  Varano. 
Suya  la  acometida  fué  primera. 
Orden  les  da  que  sienten  bien  la  mano; 
a  nadie  cojan,  todo  el  mundo  muera. 
Cayeron  sobre  el  campo  de  Agricano, 
como  de  lobos  tropa  carnicera 
sobre  indefensa  grei:  espesa  nube 
de  polvo  vuela:  el  grito  al  cielo  sube. 

Los  ayes  de  la  jente,  que  del  blando 
sueño  pasa  en  un  punto  a  muerte  horrenda, 
i  el  espantoso  estrépito,  volando 
de  fila  en  fila  van,  de  tienda  en  tienda. 
Uno  las  armas  arrebata,  cuando 
otro  a  los  pies  turbado  se  encomienda; 
cuál  va  acá,  cuál  va  allá,  cuál  se  está  quedo; 
vcnse  a  un  tiempo  ira,  hori-or,  coraje,  miedo. 

¡Quién  de  la  arremetida  carnicera, 
quién  de  tantas  heridas,  golpes,  tiros, 
una  décima  parte  aquí  supiera, 
o  solo  una  milésima  deciros! 
¡Quién  de  las  varias  muertes  la  manera 
entre  la  parda  sombra,  referiros, 
tanto  cadáver  trunco,  i  tanta  cota 
acribillada,  i  tanta  lanza  rota! 

De  armenios  está  henchido  el  campamento; 
i  bajo  el  filo  de  enemiga  espada 
los  tártaros  perecen  ciento  a  ciento, 
sin  que  el  pedir  cuartel  sirva  de  nada. 
Con  dolorido  dísono  lamento 
huye  la  pobre  jente  desbandada; 
i  en  esto  llega  el  rei  de  Trapisonda 
esparciendo  terror  a  la  redonda. 

Si  antes  era  tan  grande  la  matanza, 
llegando  estotro  ahora  ¿cuál  sería? 
Alfanje,  hacha,  segur,  espada,  lanza, 
hacen  a  cuál  mayor  carnicería; 
ni  de  salud  la  fugada  esperanza: 
todo  cerrado  está;  que  al  mediodía 
carga  el  turco  Torindo  hecho  un  demonio, 
al  este  Unano,  al  norte  Savaronio, 


OnLANDO  ENAMORADO  449 


Con  los  otros  dos  reyes  el  circaso, 
aunque  la  sangre  de  furor  le  hierva, 
para  atender  a  lo  que  pida  el  caso, 
(jueda  formando  un  cuerpo  de  reserva. 
Agrican,  que  atajarles  quiere  el  paso, 
acá  i  allá,  do  mas  reñida  observa 
i  revuelta  la  lid,  i  en  mas  aprieto 
los  suyos  juzga  estar,  va  i  viene  inquieto. 

Bien  era  de  Agrican  casi  doblada 
la  jente;  mas  el  no  pensado  asalto 
(que  el  número  en  la  guerra  es  poco  o  nada 
bí  de  consejo  i  disciplina  fallo) 
atónita  la  tiene  i  azorada; 
nadie  obedece;  todos  hablan  alto: 
es  una  Babilonia  el  campamento: 
por  un  golpe  que  dan  reciben  ciento. 

En  voz  alta  Agrican  i  amenazante 
a  cada  jefe  por  su  nombre  llama: 
«¡Poliferno!  gritó,  ¡Brontino!  Argante! 
¿:isí  volvéis,  traidores,  por  mi  fama? 
^.(¿ué  aguarda  Hadamanto,  ese  jigante? 
Apuesto  a  que  el  bribón  se  está  en  la  cama. 
l)e  usar  es  tiempo  ahora  el  brazo  fuerte. 
Barones  ¡a  la  lid!  venganza  o  muerte!» 

Mientras  ellos  le  siguen,  él,  blandiendo 
BU  lanzon,  en  Bayardo  se  adelanta; 
las  huestes  va  con  el  caballo  abriendo; 
los  unos  postra,  a  los  demás  espanta; 
a  Varano  da  un  bote  tan  tremendo, 
((ue  el  escudo  i  el  peto  le  quebranta; 
hiende,  cercena,  despedaza,  hunde, 
i  a  los  suyos  su  ejemplo  aliento  infunde. 

Brunaldo  del  caballo  es  derribado 
por  Poliferno;  el  corpulento  Argante 
a  Savaronio  le  pinchó  un  costado; 
i  Radamanto,  viendo  a  Unan  delante, 
de  sangre  al  suelo  lo  arrojó  bañado. 
Ello  es  que  teme  casi  Sacripanto 
desbaratada  ver  toda  su  jente, 
si  no  la  acorre  el  mismo  prontamente. 
potsiAS  57 


450  POESÍAS 

Por  donde  mas  trabado  vio  el  combato, 
metió  el  corcel  i  enderezó  la  lanza. 
A  Poliferno,  rei  de  ílircania,  abate, 
i  al  godo  Pendragon  punzó  la  panza. 
Hincando  a  su  caballo  el  acicate 
Argantc,  receloso  de  igual  chanza, 
bonitamente  a  otro  lugar  se  muda. 
La  espada  Sacripante  alzó  desnuda; 

I  cual  suele  a  la  grama  en  la  pradera 
bramando  en  rauda  ráfaga  el  solano, 
¿tal  Sacripante  hilera  sobre  hilera 
postra,  i  cubierto  dellas  deja  el  llano. 
Entonces  sí  que  fué  el  huir  de  veras 
delante  del  sañudo  circasiano: 
despavoridos  van  por  monte  i  valle 
los  tártaros,  abriéndole  ancha  calle. 

Agrican,  que  a  este  tiempo,  entretenido 
en  paraje  se  hallaba  algo  remoto, 
vio  (pues  ya  el  sol  rayaba  en  el  ejido) 
su  pueblo  acá  i  allá  disperso  i  roto; 
torva  la  vista,  el  rostro  escandecido, 
corre  adonde  es  mayor  el  alboroto; 
amigos  i  enemigos  atrepella; 
cuanto  topa  derriba,  allana,  huella. 

Cual  se  ve  en  la  estación  de  hibierno  ingrata 
bajar  de  un  alto  monte  hinchado  un  rio, 
que  árboles,  setos,  chozas  arrebata, 
lo  culto  a.semejando  a  lo  baldío, 
tal  Agrican  las  huestes  desbarata... 
Pero  una  bella  hazaña  al  canto  mió 
se  ofrece,  i  renovar  las  cuerdas  debo 
de  mi  laúd  para  el  asunto  nuevo. 


CANTO  XI, 


S  A  G  R  I P  A.  N  T  E 


Sus  dones  la  Fortuna,  numen  ciego, 
a([ui  rehusa  avara,  allá  acumula, 
i  lo  mismo  que  da  nos  quila  luego, 
i  en  la  inconstancia  su  placer  vincula: 
bollos  son  a  la  vista,  no  lo  niego; 
mas,  bajo  la  corteza  que  simula 
regalado  sabor,  dorada  i  roja, 
encierran  amargura,  afán,  congoja. 
¿Tiene  alguno  ricjuezas  i  diiiero? 
\'ercisle  andar  de  puerta  en  puerta  un  dia, 
¿Aquél  es  fuerte,  es  ájil  i  lijero? 
Un  accidente  al  hospital  le  envía, 
¿Esotro  es  un  valiente  caballero? 
Viene  una  bala;  adiós  la  valentía. 
¿Iloi  la  corte  a  un  privado  reverencia? 
Mañana  va  a  la  cárcel  su  excelencia. 

I  si  a  la  cárcel  nó,  por  gran  ventura 
irá  de  embajador  a  los  Batuceos; 
o,  si  la  corte  i  la  privanza  dura, 
¿darán  insustanciales  embelecos 
un  solo  instante  de  placer  i  holgura, 
o  del  aplauso  adormirán  los  ecos, 
al  (jue  sobre  su  cuello  ve  colgada 
de  un  hilo  débil  corladora  espada? 


452  1>0ESÍAS 

¡Menguada  dicha,  que  a  las  almas  roba 
la  dulce  paz,  i  nunca  está  segura! 
Pero  lo  que  la  turba  necia  i  boba 
admira  mas  i  envidia,  es  la  hermosura. 
Ved  cuál  se  extásia  un  hombre  i  cuál  se  arroba 
ante  una  dama:  ruega,  insta,  conjura, 
compónela  sonetos,  la  regala, 
se  pinta,  se  perfuma,  se  acicala. 

Mas  un  competidor  le  viene  ahora, 
i  dos,  i  tres,  i  cuatro.  ¡Pobre  dama! 
Cada  cual  le  protesta  que  la  adora, 
i  que  ha  de  ser  amado  porque  la  ama. 
No  puede  hacerse  piezas  la  señora: 
uno  es  favorecido;  otro  la  llama 
falsa;  otro  ingrata;  esotro  se  amohina, 
i  busca  a  toda  costa  su  ruina. 

Hétela  triste,  mísera,  llorosa, 
■  acusando  al  destino,  que  en  aquella 
rara  beldad  la  mas  funesta  cosa 
que  dar  pudo  a  mujer,  1«  ha  dado  a  ella. 
La  loca  de  Agrican  tema  amorosa, 
llora  así  la  sin  par  princesa  bella; 
de  Agrican,  que  ha  jurado,  si  no  es  suya, 
que  a  ella,  al  padre  i  al  Catai  destruya. 

Por  esa  tema  inunda  en  sangre  i  llanto 
al  Asia,  i  trae  la  tierra  alborotada, 
pagando  el  pobre  pueblo  todo  cuanto 
delira  una  cabeza  coronada. 
Así  lo  manda  Dios,  i  es  justo  i  santo; 
pero  toco  una  tecla  delicada. 
El  bravo  kan,  como  tendréis  presente, 
iba  en  acorro  a  su  vencida  jente. 

Semeja  en  su  venida  repentina 
vendaval  que  las  anclas  desafierra, 
las  naves  barre  i  hunde  i  descamina, 
i  descarga  después  sobre  la  tierra, 
i  de  vasta  terrífica  ruina 
cubre  los  hondos  valles  i  la  sierra: 
huyen  los  temerosos  labradores 
por  el  campo,  i  ganados,  i  pastores. 


ORLANDO  ENAMORADO»  45$ 


Do  amigos  i  enemigos  igual  caso 
hace-,  como  antes  dije,  el  rei  protervo: 
jdesgraciado  de  aquel  que  encuentra  al  paso! 
«Yo  a  Sacripante  solo  me  reservo,» 
corriendo  a  toda  prisa  liacia  el  circaso 
clama;  i  a  vista  del  estrago  acerbo, 
que  derrotada  sufre  la  i n felice 
tártara  plebe,  en  alta  voz  les  dice: 

«De  mi  vista  os  quitad,  canalla  infamo, 
que  servis  de  afrentarme  solamente; 
ninguno  de  vosotros  rei  me  llame, 
que  rei  no  soi  de  tan  cobarde  jente; 
no  por  mi  tan  vil  sangre  se  derrame; 
yo  solo  a  los  contrarios  haré  frente, 
que  de  este  modo  alcanzare  victoria 
con  menos  afán  mió  i  con  mas  gloria.» 

Luego  al  circaso  dice,  hirviendo  en  ira: 
«Toma  ya  campo  tú,  que  eres  tan  fiero.» 
Sacripante,  volviéndose,  le  mira 
con  alegre  semblante  i  altanero; 
i  a  la  beldad  por  quien  de  amor  suspira 
envía  prestamente  un  mensajero 
rogándole  que  salga  a  la  muralla, 
i  así  le  doble  el  brio  en  la  bíitalla. 

Sale  la  damisela  sobre  el  muro 
i  al  amanto  una  fina  espada  envía 
con  que  mas  bravo  lidie  i  mas  seguro: 
¡qué  entrañas  esto  al  otro  pobre  haria! 
Sonríe  empero  i  dice;  «No  me  curo, 
que  al  fin  la  tal  espada  será  mia, 
i  su  dueño,  i  la  Roca,  i  esa  ingrata, 
que  con  desden  tan  áspero  me  trata.» 

Dijo;  i  la  espada  prontamente  vuelta, 
toma  campo  bastante,  i  enristrado 
el  lanzon  poderoso,  da  la  vuelta, 
mientras  que  Sacripante  por  su  lado 
toma  cam^w)  a  hx  par,  i  a  rienda  suelta, 
enristrando  también,  revuelve  airado. 
Todos  en  esta  lid  clavan  la  vista; 
nada  so  mueve  en  tornos  nadie  chista. 


454  POESÍAS 

Aunque  las  lanzas  en  el  clioque  horrendo 
se  oyeron  estallar,  i  las  rodillas 
hincaron  los  corceles,  oprimiendo 
quedan  los  combatientes  ambas  sillas. 
El  ancho  vallo  repitió  el  estruendo, 
i  vuelan  hasta  el  cielo  las  astillas. 
Sacan  entonces  las  templadas  hojas, 
ambas  de  sangre  hasta  los  pomos  rojas. 

Todo  sobre  un  fendientc  so  abandona 
Sacripante,  de  cólera  abrasado, 
i  al  tártaro  hace  trizas  la  corona; 
el  yelmo  nó,  que  el  yelmo  era  encantado. 
Mas  Agrican  le  llega  a  la  persona 
abriéndole  una  grieta  en  el  costado,. 
i  de  cálida  grana  hebra  flamante 
corre  por  la  coraza  rutilante. 

No  tan  denso  el  pedrisco  menudea» 
ni  baja  tan  espesa  la  nevada, 
como  era  en  esta  horrífica  pelea 
el  martillar  de  la  una  i  la  otra  espada. 
No  hai  pieza  en  el  arnés  que  sana  sea; 
no  hai  carne  que  no  duela  magullada; 
salta  la  malla  en  leves  piezas  rota, 
i  rojo  humor  de  cuando  en  cuando  brota. 

Bien  es  que  lo  peor  lleva  el  circaso, 
a  quien  del  pecho  mucha  sangre  mana; 
pero  el  vigor  restaura  al  cuerpo  laso 
mirando  aquella  efijie  soberana 
de  jentilcza  i  de  beldad;  i  acaso 
es  mas  de  lo  que  pierde  lo  que  gana: 
lidiar,  morir  por  olla,  hado  felice 
estima;  i  de  esto  modo  entre  si  dice: 

aPor  la  beldad  que  en  lo  alto  de  aquel  muro 
me  está  mirando,  venturoso  muero. 
¡Pudiera  al  menos  expirar  seguro 
de  que  dijese,  al  ver  mi  fin  postrero: 
mezquino  pago  he  dado,  inicuo  i  duro, 
a  fe  tan  fina,  a  amor  tan  verdadero! 
Si  esto  decir  te  oyese,  vida  mia, 
dulcísima  la  muerte  me  sería.» 


ORLANDO  ENAMORADO 


I  sobre  esto  la  ira  se  le  avoca, 
el  jencroso  espíritu,  el  coraje; 
haber  no  cree,  si  el  nombre  amado  invoca, 
pujanza  que  a  la  suya  se  aventaje; 
a  su  rival  siniestramente  toca, 
i  al  fin  le  fuerza  a  que  la  cresta  baje; 
mas  el  brazo  (laquea,  i  el  acero 
no  esgrime  ya  con  el  vigor  primero. 

Los  barones  (jue  parias  le  tributan 
i  atónitos  contemplan  la  refriega, 
abandonarle  deslealtad  reputan 
cuando  le  ven  que  al  paso  extremo  llega. 
Torindo,  sobro  cuantos  lo  disputan, 
alza  la  voz  i  estarse  ocioso  niega: 
cuanto  el  peligro  crece,  menos  duda 
salir  a  darle  prontamente  ayuda. 

«Señores,  dice,  mal  contado  os  fuera 
dejar  que  un  noble  arrojo  así  le  lleve 
a  perecer,  pudiendo,  si  quisiera, 
contrastar  vuestro  esfuerzo  al  hado  aleve; 
i  tú  ¿consientes  que  a  tu  vista  muera 
tu  rei,  tu  salvador,  villana  plebe? 
Dispersábaste  ya  despavorida, 
i  él  te  restituyó  la  honra  i  la  vida.» 

Así  diciendo,  a  la  enemiga  jente 
arremetió  Torindo  valeroso, 
i  echó  por  tierra  cuanto  halló  presente 
con  ol  lanzon  robusto  i  poderoso; 
sacó  luego  el  acero  reluciente, 
i  matando  lo  vuelve  sanguinoso: 
do  sangre  se  ha  bañado  hasta  la  gola: 
nueva  comienza,  horrenda  batahola. 

Pues  cada  cual,  sea  siró,  sea  circaso, 
o  sea.de  Trapisonda  o  de  Turquía, 
o  de  los  otros  que  en  siloncio  paso, 
que  a  todos  mencionar  largo  seria, 
el  campo  deja  de  enemigos  raso; 
mientras  el  falso  Trufaldin,  que  guía 
a  los  de  Dabilonia  i  do  la  Meca, 
su  jente  opone  a  la  mongola  i  sueca. 


456  POESÍAS 

Aunque  no  un  Alejandro  Macedonio, 
según  se  ha  declarado  i  se  declara, 
manda  una  gruesa  hueste  el  babilonio^ 
i  doquiera  que  aporta,  una  algazara, 
una  gresca  levanta  aquel  demonio, 
que  aun  al  mismo  Agrican  suspende  i  pára. 
«Tu  jente,  dice  el  campeón  contrario, 
ha  cometido  un  yerro  temerario.  ' 

«Pero  por  ella  toda  a  ti  condeno, 
1  me  la  pagarás  temprano  o  tarde. » 
llablanda  así  partió  de  furia  lleno, 
sin  decir  al  ciicaso  Dios  t&  guaixie. 
Malo  está  el  uno,  el  otro  no  está  bueno, 
i  entrambos  de  valor  hacen  alarde: 
cada  cual,  por  su  parte,  rompo,  nvxta, 
i  ¡ejiones  enteras  desbarata. 

Ya  de  la  jente  babilona  i  sira 
las  filas  Agrican  postreras  tala, 
i  a  Trufaldin,  que  cauto  se  retira, 
sigue  con  intencio-n  dañada  i  mala. 
Trufaldin,  recordando  que  la  ira 
es  pecado  mortal,  i  que  la  gala 
del  nadador  es  no  mojar  la  ropa, 
pica  el  rocin  i  a  la  ciudad  galopa. 

Corre  Agrican  también  hacia  la  Albraoa^ 
i  cuando  ya  le  alcanza  i  le  acucMUa,. 
una  el  belitre  le  jugó  bellaca, 
que  boca  abajo  se  le  echó  en  la  silla. 
«Yo,  dice,  como  ves,  cabalgo  un  haca,. 
i  tú  un  corcel  que  es  una  marabilla: 
echa  el  pié  a  tierra  tú,  como  yo  lo  echo, 
i  verás  si  soi  hombre  de  provecho.» 

El  tártaro  la  cólera  contiene. 
«Que  me  place,»  respóndele,  i  se  apea. 
Dando  el  caballo  a  un  paje,  le  previene 
que  se  lo  tenga  allí  mientras  pelea. 
Trufaldin,  que  estove,  no  se  detiene; 
vuelve  al  punto  la  grupa  i  espolca. 
El  burlado  Agrican  de  enojo  bufa, 
i  riendo  el  bribón  se  las  afufa. 


ORLANDO  ENAMORADO  457 


De  nuevo  se  trastorna  la  batalla. 
A  exhortacionea,  súplicas  i  ultrajes 
sorda  la  circasiana  jonlüalla, 
huye  dejando  alforjas  i  bagajes. 
A  tierra  van  corazas,  yelmos,  malla: 
tiraban  con  los  arcos  los  carcajes: 
armenio  i  turco  i  trapisondo  i  medo 
apelan  a  los  pies,  llenos  de  miedo. 

Huyendo  dan  con  la  profunda  cava 
que  a  la  ciudad  estaba  en  torno  abierta, 
i  la  esperanza  allí  se  les  acaba 
que  no  hai  pasar  por  puente  ni  por  puerta. 
Aiijclica  infeliz  se  desgreñaba 
viendo  su  jente  así  acosada  i  muerta. 
La  puerta  manda  abrir,  calar  el  puente, 
que  salvarse  ella  sola  no  consiente. 

De  adentro  puerta  i  puente  han  allanado, 
i  a  entrar  la  turba  en  gran  tropel  se  aboca. 
Envuelto  en  ella  el  reí  circaso  ha  entrado, 
i  sigúele  Agrican  con  rabia  loca; 
mas  calan  el  rastrillo,  i  encerrado 
queda  entre  las  murallas  i  la  roca, 
i  trescientos  con  el  de  espada  i  lanza, 
que  hacen  en  los  sitiados  gran  matanza. 

Con  Sacripante  el  jiganton  Burdaco, 
que  ora  emir  de  Damasco,  entrado  habla. 
Hecho  una  cuba  acércase  el  bellaco, 
i  al  tártaro  Agricano  desafía. 
De  lado  embiste,  i  dice,  echando  un  taco; 
«Desventurado  re!,  llegó  tu  dia.» 
Oyéndole  Agrican  al  punto  para, 
da  media  vuelta,  i  al  jayán  se  encara. 
Manejaba  una  porra  el  damasquino 
con  cierto  regatón  de  plomo  al  cabo 
que  pesaba  un  quintal,  como  un  comino; 
i  esgrímela  a  dos  manos  contra  el  bravo 
tártaro,  que  la  encuentra  en  el  camino 
con  la  espada,  i  la  parte,  como  un  nabo, 
por  la  mitad.  «\'oamos,  le  decía, 
/si  llegó  el  tuyo  o  si  llegó  mi  dia.» 


458  POESÍAS 

■    I  dicho  asi,  le  tira  un  gran  fendi&ntc 
que  medio  a  medio  el  moriíon  le  taja, 
i  medio  a  medio  le  partió  la  frente, 
i  hasta  la  barba,  i  hasta  el  pecho  baja. 
Del  vasto  cuerpo  el  ánima  doliente 
con  mal  formada  voz  se  desencaja; 
i  de  sesos  i  vino  i  sangre  inmunda, 
mas  de  una  tonelada  el  campo  inunda. 

Ciego  Agrican  i  falto  de  sentido, 
se  enfrasca  mas  i  nías  en  la  reyerta. 
¡Oh,  si  al  majin  le  hubiese  allí  venido 
dar  dos  pasos  atrás  i  abrir  la  puerta! 
Quedaba  aquel  negocio  concluido, 
i  tu  hija,  Galafron,  cautiva  o  muerta; 
mas  la  venganza  que  sediento  busca 
le  desatienta  i  la  razón  le  ofusca. 

Ni  extramuros  la  lidia  en  tanto  afloja; 
diré  mas  bien  la  rabia  i  la  matanza: 
la  tierra  está  de  sangre  en  torno  roja, 
en  cuanto  a  descubrir  la  vista  alcanza: 
cuál  hai  que  al  foso  a  perecer  se  arroja, 
i  cuál,  por  no  morir  a  espada  o  lanza, 
de  sed  i  de  fatiga  i  bajo  el  peso 
de  hombres,  caballos  i  armas,  muere  opreso. 

Empero  la  ciudad  mayor  tumulto, 
mas  horror,  nías  espanto  manifiesta. 
Va  de  Agrican  el  .pavoroso  bulto 
cual  de  la  Parca  la  visión  funesta: 
lanzando  muerte,  a  nadie  otorga  indulto, 
i  báñase  de  sangre  hasta  la  cresta. 
Bayardo  a  gran  fatiga  sobro  la  alta 
pila  de  destrozada  jente  salta. 

Estaba  en  tanto  el  rei  de  Crrcasía 
tendido  largo  a  largo  sobre  un  Iccho^ 
i  por  la  mucha  sangre  que  vertía, 
como  antes  dije,  del  herido  pecho, 
combatir  no  tan  solo  no  podía, 
mas  ni  aun  tenerse  el  infeliz  derecho: 
inerme  está  i  desnudo  el  circasiano, 
i  cátale  la  herida  un  cirujano. 


ORLANDO  ENAMORADO  459 


I  como  de  Agrican  la  gresca  oyese, 
que  no  hace  un  terremoto  igual  fracaso, 
pregunta  inquieto:  «¿Que  alboroto  es  ese?» 
Llorando  un  paje  le  refiere  el  caso; 
i  oído,  salta,  i  sin  que  osado  fuese 
nadie  a  tenerle,  arrebatando  al  paso 
la  espada  i  el  escudo,  sale  aprisa, 
llevando  solo  a  cuestas  la  camisa. 

Al  ver  el  triste  resto  de  su  jente 
envuelto  en  pavorosa  fuga  todo, 
«¡CobaMes!  grita  dolorosamente, 
que  un  hombre  solo  espanta  de  ese  modo, 
¿cómo  osáis  a  la  luz  mostrar  la  frente? 
Corred  a  soterraros  en  el  lodo. 
Ya  que  sin  el  honor  la  vida  os  tienta, 
¿por  qué  buscáis  la  muerte  con  la  afrenta? 

«Huid,  mientras  que  yo  la  lid  sustento, 
mal  herido,  sin  armas  i  desnudo.» 
Suspenso  el  vulgo  le  escuchó  un  momento, 
de  marabilla  i  de  vergüenza  mudo; 
i  luego  vuelve  atrás  con  fresco  aliento, 
i  nueva  lucha  empeña.  ¡Tanto  pudo 
un  jeneroso  ejemplo,  i  tanto  cunde! 
Al  que  medroso  huyó,  coraje  infunde. 

Agrican,  que  en  la  Albraca  muerto  habla 
número  de  contrarios  infinito, 
con  los  que  ahora  Sacripante  guia 
traba  otro  nuevo,  aunque  no  igual  conflito; 
que  si  bien  ejecuta  todavía 
estrago  en  ellos  bárbaro,  inaudito, 
mas  que  Agrican  les  pone  susto  i  miedo, 
el  mirar  a  su  rei  les  da  denuedo. 

Sus  cuerpos  a  los  tártaros  presentan 
cubriendo  la  persona  del  circaso, 
i  por  vil  jente  i  sin  honor  so  cuentan 
si  pierden  combatiendo  un  solo  paso; 
de  flechas  ni  venablos  se  contentan; 
densa  es  la  turba  i  el  terreno  escaso; 
dan  los  paveses  sin  cesar  batidos 
un  retintín  que  asorda  los  oídos. 


460  POESÍAS 

Mas  Sacripantc  a  todos  se  adelanta, 
i  haciendo  pruebas  estupendas  viene. 
Desnudo  cual  está  i  herido,  espanta 
el  ver  cuan  alentado  se  mantiene; 
esfuerzo  muestra  i  lijereza  tanta 
que  nada  le  embaraza  o  le  entretiene; 
golpes  da  i  quita  a  un  mismo  tiempo  varios, 
i  ocupa  el  solo  a  mas  de  diez  contrarios. 

Ya  la  cortante  espada  en  torno  jira, 
ya  a  dos  o  tres  ensarta  con  la  lanza; 
ora  un  gran  dardo,  ora  un  peñasco  tira, 
ora  recula,  ora  terrible  avanza. 
Agrican  poco  a  poco  se  retira, 
i  con  toda  su  furia  i  su  pujanza 
ve  que  el  tomar  la  plaza  es  vano  intento, 
pues  de  los  suyos  no  le  quedan  ciento. 

Ni  a  reparar  el  rei  se  daba  manos 
de  tantos  golpes  la  tormenta  espesa, 
pues  de  circasos  era  i  albracanos 
la  acometida  cada  vez  mas  gruesa. 
Haciendo  siempre  esfuerzos  sobrehumanos 
se  baña  de  sudor,  vacila,  asesa: 
acribillada  tiene  la  loriga, 
i  tropa  nueva  sin  cesar  le  hostiga. 

Como  de  cazadores  apremiado 
deja  el  león  su  patrio  bosque  i  cueva, 
i  de  mostrarles  miedo  avergonzado, 
alta  la  frente  i  erizada  lleva, 
ruje,  i  a  cada  voz  revuelve  airado, 
bate  la  cola  i  el  lidiar  renueva; 
tal  aquel  rei  soberbio  al  enemigo 
pone,  aun  cediendo,  espanto,  i  da  castigo. 

A  cada  veinte  pasos  se  detiene, 
i  a  los  que  le  persiguen  hace  cara; 
pero  la  turba  que  a  ofenderle  vieno 
i  que  continuamente  se  repara, 
crece  de  modo  i  tal  caudilla  tione^ 
que  en  pros,egu.ir  la  empresa  delirara; 
i  sin  embargo,  lo  peor  le  resta, 
que  otra  nueva  avenida  le  molesta. 


OnLANDO  ENAMORADO  4GI 


Pero  de  Albraca  es  fuerza  que  me  alejo 
i  busque  otros  objetos  a  la  vista, 
aunque  la  bella  Anjélica  se  queje 
de  que  en  tan  duro  trance  no  la  asista; 
ponjue,  según  los  hecbos  que  entreteja 
el  reverendo  arzobispal  cronista, 
cumple  a  Reinaldos  ir,  que  en  el  asiento 
de  una  fresca  pradera  toma  aliento. 

En  cundida  bacanea  ve  una  dama 
que,  según  llora,  de  dolor  se  muere. 
Kl  buen  señor  de  Montalban  la  llama, 
i  cortes  la  saluda,  i  la  reíjuiere 
que  por  aíjuella  cosa  que  mas  ama, 
i  por  el  santo  a  quien  devota  fuere, 
i  por  todos  los  ánjeles  del  cielo, 
le  diga  la  ocasión  de  tanto  duelo. 

Llora  ella  i  la  hace  el  llanto  mas  hermosa 
que  el  de  la  aurora  al  entreabierto  lirio, 
o  (jue  labor  de  perlas  primorosa 
a  roja  tela  de  artificio  tirio. 
«Ando  perdida  en  busca  de  una  cosa, 
i  hallarla,  respondió,  tengo  a  delirio: 
un  caballero  que  con  una  hueste 
de  caballeros  a  lidiar  se  apreste.» 

«Aunque  igualar,  el  noble  paladino 
así  responde,  a  un  par  tan  solo  del  los, 
cuantimás  a  una  hueste,  no  imajino, 
ese  tan  tierno  lloro,  i  de  esos  bellos 
luceros  el  encanto  peregrino 
me  inducen  de  tal  modo  a  acometcllos, 
que  de  morir  o  de  acabar  la  empresa, 
si  la  fias  de  mi,  te  hago  promesa.» 

Contesta  la  tloncella  suspirando: 
«Te  doi  las  gracias  por  la  oferta,  amigo. 
En  busca  de  potente  acorro  ando; 
i  auníjue  sin  fruto,  en  la  demanda  sigo, 
bábete  que  uno  de  ellos  es  Orlando, 
i  sí  oíste  su  fuma,  harto  te  digo. 
Ni  es  jcnte  la  demás  poco  gallarda. 
No  al  bruzo  layo  empresa  tal  se  guarda.» 


402  POESÍAS 

«Con  doble  causa  este  favor  te  pido: 
primo  de  Orlando  soi:  partamos  luego:» 
Reinaldos  de  este  modo  ha  respondido, 
i  fervorosa  instancia  añade  al  ruego. 
Ella  le  pinta  el  rio  del  Olvido, 
i  de  la  falsa  Dragontina  el  ciego 
laberinto  en  que  tanta  ilustre  jente 
del  mundo  vive  i  de  sí  misma  ausente. 

Flordelis  esta  dama  se  llamaba; 
la  que  salió,  según  fué  arriba  expreso, 
del  hadado  verjel  en  que  dejaba 
a  su  querido  Brandimarte  preso. 
Como  tanto  Reinaldos  la  rogaba 
que  fiase  a  sus  armas  el  suceso, 
ella,  que  el  garbo  advierte,  la  apostura 
i  la  marcial  briosa  catadura 

Del  caballero  que  en  la  edad  florida 
tan  jeneroso  espíritu  demuestra, 
su  ofrecimiento  acepta  agradecida, 
i  sonriendo  le  alargó  la  diestra. 
Mas  del  presente  canto  la  medida 
aquí  se  cumple,  i  con  licencia  vuestra, 
mientras  la  débil  voz  alienta  un  poco, 
vuestra  atención  para  el  siguiente  invoco. 


CANTO  XII. 


MELIDOR  I  FLORIDANA 


Que  la  guerra  es  la  mas  Iremenda  plaga 
que  el  ciclo  justiciero  al  mundo  envía, 
i  que  en  la  guerra  el  pueblo  es  el  (jue  paga, 
vérnoslo  por  desgracia  cada  día. 
Por  cientos  i  por  miles  se  lo  traga 
esta  voraz,  esta  insaciable  harpía; 
i  mientras  todo  el  daño  al  pueblo  alcanza, 
toda  es  de  potentados  la  pitanza. 

Como  para  los  hombres  no  hai  ventura 
igual  a  la  que  un  reí  les  proporciona, 
Su  Majestad,  (jue  el  bien  común  procura 
cual  carga  impuesta  a  su  real  persona, 
un  pueblo  i  otro  i  otro  mas  por  pura 
benevolencia  allega  a  su  corona: 
dejadle  ir  adelante  en  su  carrera, 
i  hará  feliz  la  humanidad  entera. 

Mas  otro  pió,  "augusto  personaje 
al  mismo  objeto  por  su  parte  aspira, 
cobrando  a  las  naciones  vasallaje: 
este  de  un  cabo,  aquél  del  otro  tira; 
i  el  que,  ya  al  mundo  culto,  ya  al  salvaje, 
desgarra  la  mas  grande  i  bella  jira, 
es  el  mas  digno  del  aplauso  humano 
i  el  mas  grande  i  perfecto  soberano. 


464  POESÍAS 

Mas  hablando  de  veras,  ¿no  contrista 
ver  de  tal  suerte  el  orbe  todo  hecho 
vasto  teatro  de  inmortal  conquista, 
do  la  fuerza  es  el  único  derecho? 
¿Cuándo  será  que  la  razón  resista 
a  ese  brillo  de  gloria  contrahecho, 
i  los  goces  aprecie  que  atesora, 
aun  en  sí  misma,  el  alma  bienhechora? 

Pero  si  es  en  un  rei  grosero  engaño, 
i  a  par  que  gran  maldad,  gran  desatino, 
con  tanto  propio  afán  i  ajeno  daño 
comprar  un  bien  tan  falso  i  tan  mezquino, 
¿qué  se  dirá  del  que  en  servicio  extraño 
el  salario  recibe  de  asesino, 
i  carga  de  asesino  la  librea, 
i  con  ella  se  esponja  i  pavonea? 

¿Para  que  duque  o  mariscal  te  llame 
el  que  hoi  te  nombra  a  secas  don  fulano, 
i  que  el  pecho  una  estrella  o  cruz  te  infame, 
que  esclavo  te  denuncie  de  un  tirano, 
bárbaro,  es  menester  que  se  derrame 
a  torrentes  la  sangre  por  tu  mano; 
i  a  trueque  de  esa  vana,  esa  supuesta 
gloria,  el  dolor  común  te  es  burla  i  fiesta? 

Lauro  eterno  al  intrépido  soldado 
si  por  su  patria  i  por  su  fe  pelea; 
si  nó,  tu  nombre,  oh  guerra,  abominado 
i  por  siempre  jamas  maldito  sea! 
Pláceme  que  a  tus  furias  tregua  he  dado, 
que  aun  en  sueños  me  asustas  i  en  idea: 
ebria  de  sangre  se  me  antoja  verte 
esgrimir  la  guadaña  de  la  muerte. 

Noble  Reinaldos,  Flordelisa  bella, 
obligado  a  vosotros  me  confieso, 
que  habéis  venido  a  interrumpir  de  aquella 
desmocha  impía  el  trájico  proceso. 
Vuelvo  a  donde  os  conté  que  a  la  doncella 
hace  el  barón  ofrecimiento  expreso 
de  su  espada  i  su  brazo,  i  que,  indecisa, 
se  rinde  al  fin  i  acepta  Flordelisa. 


ORLANDO  ENAMORADO  46á 


Que  cabalgue,  la  dama  le  suplica, 
pues  el  corcel  le  falta,  la  hacanca. 
Reinaldos  cortesmenle  le  replica 
no  le  proponga  acción  tan  baja  i  fea; 
mas  ella  las  instancias  multiplica 
tanto,  que  el  paladín  no  titubea, 
i  bien  que  a  su  pesar,  la  silla  ocupa, 
haciendo  a  Flordelis  tomar  la  grupa. 

Sube  la  damisela  temerosa, 
que  no  del  todo  al  paladín  se  fia; 
pero  temor  mas  grande  una  espantosa 
voz  le  infundió  que  a  corto  trecho  oía: 
a  Flordelis  la  bella  tez  de  rosa 
en  pálido  jazmín  se  convertía. 
Reinaldos  con  intrépido  semblante 
salta  de  la  hacanea,  i  ve  un  jigante. 

Estaba  el  tal  en  medio  de  una  senda 
junto  a  la  boca  de  una  parda  gruta: 
la  cara  tiene  abotagada,  horrenda, 
negro  el  pellejo  i  la  mirada  bruta. 
Inevitable  juzga  una  contienda 
el  barón,  i  no  solo  no  se  inmuta 
mirando  aquel  vestiglo  tan  cercano, 
mas  a  encontrarle  corre,  espada  en  mano. 

Una  gran  porra  empuña  el  tal,  i  lleva 
de  triple  malla  todo  el  cuerpo  armado, 
i  se  ve  a  la  abertura  de  la  cueva 
en  cadenas  un  grifo  a  cada  lado; 
pero  una  cosa  mas  extraña  i  nueva 
que  todas  estas,  era  que  guardado 
estaba  allí  el  caballo  de  Argalía: 
su  guarda  a  cargo  aquel  jayán  tenia. 

El  cual  caballo  en  esta  cueva  oscura 
por  arte  se  enjendró  de  encantamento. 
Nacida  fué  su  madre  de  una  pura 
etérea  llama,  i  fecundóla  el  viento: 
tal  fué  de  Rabicán  la  jenitura, 
que  de  uno  i  otro  rápido  elemento 
heredó  lo  veloz  de  la  carrera, 
la  bella  estampa  i  la  índole  guerrera. 

POESÍAS  59 


466  POESÍAS 

No  probó  nunca  paja  ni  cebada, 
que  de  aire  solamente  se  nutria. 
Valido  do  una  májica  entruchada, 
robóle  Galafron  para  Argalía, 
i  este  le  trajo  en  la  fatal  jornada 
con  que  a  turbar  la  cristiandad  venia, 
i  en  que  a  sus  verdes  años  cortó  el  hilo 
■de  daga  mora  el  acerado  filo. 

Después  que,  como  os  dije,  Ferraguto 
a  palos  le  ahuyentó  de  la  presencia 
de  su  señor,  el  jeneroso  bruto 
volvió  del  patrio  albergue  a  la  querencia, 
que,  llena  ahora  de  pavor  i  luto, 
custodia  este  jayán,  con  asistencia 
•de  los  dos  grifos,  que  arjentada  pluma 
tienen,  i  fuerza  i  lijereza  suma. 

Reiiíaldo  al  enemigo  se  presenta 
con  no  menos  denuedo  que  recato, 
alta  la  espada,  i  con  la  vista  atenta 
a  reparar  do  treta  i  de  rebato. 
El  jayán,  que  le  ve,  ya  se  hace  cuenta 
que  ha  de  tener  que  trabajar  un  rato: 
habiendo  dado  a  mas  de  mil  la  muerte, 
distingue  cuál  es  flojo  i  cuál  es  fuerte. 

Con  la  osamenta  de  la  pobre  jente 
blanquear  todo  el  campo  se  divisa: 
ni  por  eso  temor  Reinaldos  siente: 
morir  hará  al  jayán,  i  no  de  risa. 
Cerraron  ambos  presurosamente, 
i  un  tanto  la  ventaja  fue  indecisa: 
con  ojo  i  pulso  igual  tiran,  reparan, 
i  golpes  dan  que  riscos  destrozaran. 

Reinaldos  al  jayán  hirió  primero, 
i  con  la  punta  le  alcanzó  a  la  testa; 
pero  la  cubre  tan  templado  acero 
(jue  mui  poco  la  herida  le  molesta. 
Soberbio  un  gran  porrazo  al  caballero 
retruca,  i  concluir  pensó  la  fiesta: 
Reinaldos  hurta  el  cuerpo  a  marabilla, 
i  asiéntale  otra  punta  a  la  tetilla. 


ORLANDO  ENAMORADO  46T 


Do  hierro  un  palmo  le  metió  en  el  pecho, 
que  la  malla  do  hirviente  sangre  inunda; 
pero  aun  no  de  esta  herida  salistccho, 
Otra  con  mas  violencia  le  asegunda. 
No  fueron  al  jigante  de  provecho 
sus  armas;  (¡uo  Frusberta  furibunda 
en  la  barriga  le  abre  una  tronera, 
i  parto  del  redaño  le  echa  fuera. 

Mucho  sintió  su  fuerza  enflaquecida 
el  malandrín,  i  de  color  se  inmuta: 
tanto  el  dolor  le  aqueja  de  la  herida 
que  cercano  a  la  muerte  se  reputa. 
Único  medio  do  salvar  la  vitla 
le  pareció  correr  hacia  la  gruta 
i  soltar  a  los  grifos  la  pihuela; 
mas  no  bien  libre  el  uno  dellos  vuela, 

Agarra  al  pobre  diablo  de  una  zanca, 
i  agarrado  a  las  nubes  so  le  lleva; 
mientras  el  otro  hacia  Reinaldo  arranca 
queriendo  hacer  en  él  la  misma  prueba: 
grazna  horrorosamente,  i  con  la  blanca 
pluma  erizada  (fiera  lidia  i  nueva) 
embisto  al  paladín,  que  atiende  inmoble, 
i  al  verle  cerca  esgrímelo  un  mandoble. 

Tan  a  sabor,  que  por  un  tris  entera 
loda  la  pierna  izquierda  le  rebana. 
Graznando  i  renqueando  huyó  la  íiera, 
el  candido  plumaje  tinto  en  grana. 
Mas  lo  peor  del  caso  nos  espera; 
quo  el  otro  grifo,  habiendo,  cual  liviana  . 
presa,  alzado  al  jayán,  sobre  los  picos 
do  una  roca  lo  suelta,  i  lo  haco  añicos. 

I  con  el  espantoso  pico  abierto 
i  las  dos  alas  estendidas,  cala, 
dice  Turpin,  i  tcngolo  por  cierto, 
(|uo  como  doce  pies  niide  cada  ala. 
Se  oye  un  zumbido  en  todo  a([uel  desierto, 
que  en  pampa  austral  el  raudo  sur  no  iguala: 
con  tanta  furia  el  aire  i  tanto  estruendo 
aquella  ave  infernal  viene  batiendo. 


468  POESÍAS 

Déjase  con  el  ímpetu  del  rayo 
caer  sobre  el  valiente  caballero, 
que,  habiendo  para  aqueste  nuevo  ensayo 
los  brios  requerido  i  el  acero, 
un  súbito  revés  tira  al  soslayo, 
•  que  al  grifo  coje  i  le  desgarra  el  cuero: 
aleteando  un  tanto  se  retrae, 
i  sobre  el  paladín  otra  vez  cae. 

Vuélale  en  torno  al  príncipe  cristiano 
buscando  cómo  pueda  echarle  el  guante: 
ya  baja  de  las  nubes,  cual  milano, 
ya  por  detras,  ya  asalta  por  delante; 
mas  halla  al  buen  señor  de  Montalbano 
apercibido  siempre  i  vijilante; 
i  por  do  quier  que  amenazando  viene, 
con  la  punta  Frusberta  le  detiene. 

Al  cielo  enfurecido  se  levanta, 
i  piérdese  de  vista;  mas  desciende 
a  poco  rato  con  violencia  tanta, 
que  al  barón  esta  vez  casi  sorprende. 
A  la  cabeza  embiste,  i  le  quebranta 
de  una  uñarada  el  cerco  que  defiende 
al  rededor  el  yelmo  de  Mambrino; 
pero  al  yelmo  no  daña,  que  era  fino. 

Por  mas  que  se  afanaba,  no  podia 
darle  golpe  Reinaldos  que  valiera, 
pues  tan  veloz  el  grifo  iba  i  venía,' 
que  a  la  vista  ir  tras  él  difícil  era. 
Mientras  que  Flordelis  votos  hacía, 
corto  el  aliento,  i  con  la  faz  de  cera, 
fatiga  el  uno  al  otro,  urje,  trabaja, 
i  un  átomo  no  lleva  de  ventaja. 

Viendo  el  barón  con  cuanto  afán  la  guerra 
aun  a  la  luz  equilibrar  consiga, 
i  que  la  noche  a  toda  prisa  cierra, 
que  teme  algún  desmán  no  sé  si  diga. 
Por  último  recurso  se  echa  en  tierra, 
finjiendo  que  desmaya  de  fatiga. 
El  grifo,  que  le  cree  de  vida  falto, 
hambriento  embiste:  el  príncipe  da  un  salto, 


ORLANDO  ENAMORADO  469 


I  a  la  fiera  esta  vez  ceje  de  lleno, 
clavándole  la  espada  en  el  gollete; 
i  luego  cuatro  veces  en  el  seno 
hasta  los  gavilanes  se  la  mete. 
Ya  que  espirando  enrojeció  el  terreno 
por  bocas  el  tal  grifo  seis  o  siete, 
el  palafrén,  la  dama,  de  la  brida 
trajo  al  barón,  instando  a  la  partida. 

Mas  vino  al  paladín  el  pensamiento 
de  examinar  el  fondo  de  la  cueva, 
i  se  dirijo  al  boquerón  pizmiento, 
i  a  Flordelisa  de  la  mano  lleva. 
De  mármol  vio  labrado  el  pavimento; 
i  de  alabastro  i  pórfido  se  eleva 
a  poco  trecho  espléndida  fachada 
do  lámparas  de  plata  iluminada. 

Era  de  bronce  sólido  la  puerta, 
yambas,  dintel,  columnas  i  arquitrabe; 
i  en  un  oculto  nicho  descubierta 
por  la  discreta  Flordelis  la  llave, 
con  ella  es  la  interior  estancia  abierta, 
que  era  una  luenga  embovedada  nave: 
en  cien  hacheros  blanca  cera  ardia 
que  claridad  perpetua  mantenía. 

Bajo  un  dosel  de  plata,  que  doblado 
repite  el  resplandor  de  tanta  llama, 
aparece  alto  lecho  de  brocado, 
i  en  él  una  jentil  difunta  dama. 
En  caracteres  de  oro  está  grabado 
sobre  un  negro  padrón  junto  a  la  cama 
un  letrero  que  dice:  «Aquel  que  fuero 
llegado  a  este  lugar  sepa  que  muere, 

«Si  a  pasar  adelante  se  aventura, 
no  haciendo  antes  solemne  juramento 
de  vengar  a  esta  exánime  hermosura 
dando  a  su  matador  digno  escarmiento; 
i  en  don  se  le  concede,  si  lo  jura, 
un  corcel  que  en  la  estampa  i  el  aliento 
(salvo  uno  solo)  a  cuantos  hai  excede, 
i  a  dos  pasos  de  aquí  montarlo  puedo. 


470  POESÍAS 

«Caballo  de  cristiano  ni  de  moro 
en  el  presto  correr  no  le  es  igual, 
pues  deja  atrás  al  mismo  Brilladoro 
i  al  famoso  Bayardo,  otro  que  tal. 
Atado  está  en  sutiles  lazos  de  oro, 
i  cubierto  de  diáfano  cendal: 
de  paramentos,  riendas,  freno  i  silla 
i  lo  demás,  provisto  a  marabilla.» 

A  sí  mismo  se  da  la  enhorajjuena 
de  este  hallazgo  el  señor  de  Montalbano. 
Luego  colgado  ve  de  una  cadena 
un  libro,  en  roja  tinta  escrito  a  mano, 
do  la  historia  leyó,  con  harta  pena, 
do  un  tierno  amor  i  de  un  ardid  villano, 
i  de  la  dama  la  infelice  suerte, 
i  por  qué  causa,  i  quién  le  dio  la  muerte. 

Del  rei  de  Babilonia  Trufaldino 
(arriba  varías  veces  mencionado), 
eegun  contaba  el  libro,  era  vecino 
un  conde,  de  linaje  señalado 
i  gran  virtud,  por  donde  ser  le  avino 
de  aquel  perverso  mortalmente  odiado: 
llamábase  este  conde  Ploridelo, 
i  castellano  fué  de  Montebelo. 

Con  él  vivía  una  menor  hermana 
hermosa,  i  en  el  mismo  grado  honesta. 
El  libro,  que  la  llama  Floridana, 
dice  que  en  lo  discreta  i  lo  modesta, 
lo  bella,  lo  graciosa  i  lo  galana, 
no  hubo  mujer  cabal,  o  éralo  ésta, 
i  que  con  fino  amor,  puro  i  constante 
de  un  caballero  amada  fué  i  amante. 

El  sol  no  vio,  que  todo  el  mundo  jira, 
como  éste,  un  par  de  amantes  en  la  tierra. 
Si  la  beldad  de  Floridana  admira, 
valor  igual  en  Melidor  se  encierra, 
que  entre  la  jente  babilonia  i  sira 
famoso  fué  en  la  paz  como  en  la  guerra; 
cortes,  bizarro,  liberal  sin  tasa, 
i  solamente  de  ventura  escasa; 


ORLANDO  ENAMOnADO  471 


Que,  como  a  un  claro  mérito  inhumana 
madrastra  la  fortuna  siempre  ha  sido, 
no  pudo  de  su  cara  Floridana 
Melidoro  llegar  a  ser  marido. 
El  conde  Floridelo,  que  su  hermana 
a  un  poderoso  duque  ha  prometido, 
al  sin  ventura  Melidor  la  niega, 
i  la  empeñada  fe  i  palabra  alega. 

El  libro  añade  que  de  foso  i  muro 
se  hallaba  Montebelo  circundado, 
sobre  la  cumbre  de  un  enhiesto  i  duro 
corro  tan  sabiamente  edificado^ 
que  por  cualquiera  parte  estei  seguro- 
por  cualescjuiera  fuencas  amagado-, 
i  solamente  vil  superchería 
defensas  tantas  allanar  podia. 

El  babilonio  muchas  veces  quiso 
por  arte  o  fuerza  conquistar  la  plaza;. 
i  hallando  a  Floridelo  sobre  aviso 
mientras  como  enemigo  le  amenaza^ 
su  intento  posponer  creyó  preciso, 
i  con  traidoras  muestras  lo  disfraza} 
i  para  al  fm  salirse  con  su  tema, 
valerse  resolvió  de  estratajema. 

Averiguada  el  malandrín  teniai 
de  aquellos  dos  amantes  la  maraña; 
i  sabiendo  en  qué  parte  andar  solia 
a  caza  Melidor,  se  da  tal  maña 
que  con  el  se  hace  encontradizo  un  dia, 
traba  conversación  i  le  acompaña: 
júrate  que  de  tiempo  atrás  ha  estado 
a  so  valor  i  fama  aficionado. 

I  cuando  cree  que  franco  está  el  camino- 
del  joven  Melidor  al  pecho  hidalgo, 
de  tm  punto  en  otro  a  sus  amores  vino: 
oSi  os  merezco  servir,  le  dice,  en  algo, 
entendido  tened  que  os  patrocino, 
i  disponed  de  cuanto  puedo  i  valgo. 
Sé  de  vuestro  rival  la  intriga  toda, 
i  de  la  dama  la  forzada  boda.» 


472  POESÍAS 

Como  artificio  en  Melidor  no  cabe, 
i  le  ciega  el  amor  de  Floridana, 
que  algo  se  oculte  imajinar  no  sabe 
bajo  tan  noble  oferta  i  cortesana. 
Cual  náufrago  que  hundirse  ve  la  nave, 
batida  de  furiosa  tramontana, 
i  en  este  afán  se  abraza  a  la  mas  leve 
tabla,  pensando  que  a  salud  le  lleve; 

Así  amor  que  esperanza  desampara, 
de  lo  mas  flaco  i  débil  echa  mano. 
¿Quién,  sino  Melidor,  imajinara 
poner  la  suya  en  este  rei  tirano? 
¿O  quién  le  diera  fe,  cuando  mirara 
otra  vislumbre  de  socorro  humano? 
Vese  perdido,  i  ve  una  senda  abierta 
de  salvación  (que  tal  juzgó  la  oferta); 

I  sin  ver  mas  la  acepta,  i  ya  la  hora 
de  poseer  al  caro  bien  le  tarda; 
que  hallando  asilo  en  Babilonia  ahora, 
ni  Floridel  ni  el  mundo  le  acobarda. 
Manda,  pues,  por  mensaje  a  su  señora 
que  si  la  fe  que  le  juró  le  guarda, 
venga  con  él  a  verse,  i  a  estranjera 
tierra  le  siga;  i  que  en  tal  parte  espera. 

Ella,  que  tanto  amaba  al  caballero 
como  era  del  con  tierno  amor  querida, 
le  escribe  por  el  mismo  mensajero: 
«Pronta  estoi;  apresura  la  partida: 
llega  mañana  el  duque;  mas  primero 
que  unirme  a  él  me  quitaré  la  vida, 
que  vivir  no  me  es  dado  sin  quererte: 
soi  tuya,  esposo  mió,  hasta  la  muerte.» 

Sale,  pues,  i  a  la  hora  i  al  minuto 
concertados  se  juntan,  i  con  presta 
fuga  a  un  palacio  van  donde  el  astuto 
Trufaldin  los  recibe  a  mesa  puesta; 
i  del  largo  penar  gozan  el  fruto 
pasando  el  dia  en  regocijo  i  fiesta, 
¡ah!  sin  pensar  que  el  último  sería 
de  su  vida  i  amores  aquel  dia. 


ORLANDO  ENAMORADO  473 


Entregado  está  apenas  al  reposo 
el  caballero  en  brazos  de  su  amada, 
cuando  con  gran  silencio  el  alevoso 
entra  en  el  aposento  a  mano  armada. 
Del  lado  del  mancebo  valeroso 
quitó  primeramente  arnés  i  espada; 
encima  se  les  echa  con  su  jente, 
i  préndelos  a  entrambos  juntamente. 

Temblando  por  la  suerte  do  su  esposa 
mudo  contempla  Melidor  el  hecho, 
mientras  la  dama  atónita  i  medrosa  • 
pide  misericordia  sin  provecho. 
El  rei,  amenazando  que  les  cosa 
a  puñaladas  con  la  daga  el  pecho, 
si  no  se  cumple  su  intención  tirana, 
una  pluma  presenta  a  Floridana; 

I  ordénale  que  escriba  a  Floridelo 
que  el  joven  Melidoro  la  ha  robado, 
i  en  un  bosque  cercano  a  Montebelo 
con  tres  pajes  la  tiene  a  buen  recado; 
que  sin  rumor,  para  no  dar  recelo, 
venga,  i  de  poca  jente  acompañado; 
que  así  podrá,  frustrando  el  torpe  intento 
del  robador,  ponerla  en  salvamento. 

Entonces  de  la  negra  alevosía 
de  Trufaldin  se  desvolvió  el  ovillo: 
prender  a  Floridelo  pretendía, 
i  apoderarse  luego  del  castillo. 
Pero  nada  alcanzó  pof  esta  via: 
Floridana  protesta  que  al  cuchillo 
antes  el  cuello  entregará,  que  sea 
el  instrumento  de  traición  tan  fea. 

Con  esto  enbravecido  el  inhumano 
manda  que  se  le  traiga  un  hierro  ardiente. 
A  la  una  se  lo  aplica  i  la  otra  mano; 
luego  en  el  seno  lo  estampó  i  la  frente. 
Mas  fué  la  instancia  del  dolor  en  vano, 
que  se  mantuvo  hasta  espirar  valiente, 
A  Melidoro,  que  romper  amaga 
los  duros  lazos,  traspasó  una  daga. 


474  POESÍAS 

Todo  esto  en  aquel  libro  se  refiere, 
pero  en  mas  largo  cuento  i  mas  suave; 
pues  pone  las  palabras  que  profiere 
ésta  i  aquél;  i  añade  que  no  sabe 
cuál  de  los  dos  mas  angustiado  muere 
i  con  dolor  mas  enojoso  i  grave: 
si  Floridana,  que  abrasada  expira, 
o  el  sin  ventura  esposo  que  la  mira. 

I  dice  mas,  que  una  bada  ba  restaurado 
la  injuriada  beldad  a  la'^beroína; 
que  allí  cerca  el  amante  fué  enterrado, 
i  que  a  par  del  va  a  serlo  la  mezquina, 
luego  que  la  venganza  baya  alcanzado 
que  el  decreto  del  cielo  le  destina, 
cual  ha  de  darla  en  tiempo  no  distante 
un  bautizado  caballero  andante. 

Toda  leyó  Reinaldos  la  escritura, 
que  a  marabilla  i  compasión  le  mueve, 
i  con  mas  veras  nuevamente  jura 
que  el  rei  traidor  su  merecido  lleve. 
Restauróse  tras  esto  de  la  dura 
fatiga  de  la  lid  en  sueño  breve; 
i  al  rayo  débil  del  albor  temprano, 
deja  la  cueva  i  monta  en  Rabicano. 

I  cabalgando  el  palafrén  la  dama, 
siguen  los  dos  en  busca  del  jardin, 
donde  con  otro  de  alta  estirpe  i  fama 
cautivo  está  Roldan  el  paladín. 
Andando  van  por  entre  rama  i  rama 
de  un  denso  bosque,  i  llegan  casi  al  fin, 
cuando  a  un  feo  centauro  ven  cercano, 
que  a  un  gran  león  rujíente  arrastra  a  mano. 

Tenia  de  caballo  la  figura 
hasta  los  lomos;  i  de  allí  adelante 
humano  pecho  i  cuello  i  catadura, 
i  brazos  poderosos  de  jigante. 
Habitaba  la  parte  mas  oscura 
de  la  floresta;  i  siempre  en  ella  errante, 
lleva  un  broquel,  tres  dardos  i  una  maza, 
i  del  pillaje  vive  i  de  la  caza. 


ORLANDO  ENAMORADO 


Tiembla  de  susto  i  miedo  la  montaña 
toda  en  contorno  por  do  va  la  fiera: 
no  hai  cerca  que  no  salve,  ni  alimaña 
que  compita  con  el  en  la  carrera. 
Un  adulto  león  de  fuerza  extraña 
acaba  de  atrapar,  i  cual  si  fuera 
pequeño  recental  recien  parido, 
de  la  melena  le  llevaba  asido. 

Pues  el  centauro,  que  la  presa  mira 
nueva,  que  la  fortuna  le  depara, 
suelta  al  león  que  buyendo  se  retira, 
i  al  animoso  paladin  se  encara. 
Un  dardo  con  violencia  tal  le  tira 
que  a  cojerle  de  lleno  le  pasara. 
Reinaldo  esquiva  el  golpe,  i  solo  piido 
rozarle  el  hierro  el  borde  del  escudo. 

Vuelve  las  ancas  el,  como  azorado, 
i  luego  torna,  i  otro  dardo  asesta; 
mas  en  el  yelmo  de  Mambrino  ha  dado 
í  hácele  solo  retemblar  la  cresta. 
El  tercero  también  ha  malogrado, 
con  que  el  garrote  a  manejar  se  apresta. 
Sobre  el  de  Montalban  so  viene  al  trote, 
creyendo  que  esta  vez  le  descogote. 

I  cierto  ha  menester  el  caballero 
toda  su  ajilidad;  tal  le  trabaja 
aquel  grueso  bastón  que  tan  lijero 
a  diestra  i  a  siniestra  sube  i  baja; 
ni  menos  diestramente  el  compañero 
ora  a  Frusberta  esquiva  i  ora  ataja, 
pues,  amen  del  coraje  que  le  anima, 
i  de  la  fuerza,  entiende  bien  la  esgrima. 

Ya  de  este  embiste,  ya  de  aquel  costado, 
ya  por  la  espalda  el  monstruo,  i  ya  de  frente; 
tanto,  que  el  paladin  atolondnido 
cabeza  i  pulso  flaquear  se  siente, 
i  le  parece  en  jiro  arrebatado 
moverse  cielo  i  tierra,  i  finalmente, 
temiendo  vacilar,  contra  la  falda 
do  un  gran  peñón  tajado  se  respalda. 


Í76  POESÍAS 

I  respaldado,  esgrime  así  la  espada 
que  sin  provecho  el  tal  centauro  suda; 
mas  ¡ai!  echando  en  torno  una  mirada, 
a  Flordelisa  ve,  que  en  susto  i  duda, 
sin  color,  sin  aliento,  a  la  trabada 
lid  está  atenta;  de  designio  muda; 
de  un  salto  enfrente  a  Flordelisse  planta, 
i  de  la  silla  en  brazos  la  levanta. 

I  a  gran  galope  por  la  selva  espesa 
intérnase,  cargando  con  la  dama. 
Reinaldos  va  en  pos  dél  a  toda  priesa, 
i  al  verse  así  burlar,  de  enojo  brama. 
Llega  el  centauro  a  un  rio  i  le  atraviesa. 
«¡Favor!  ¡Favor!»  la  prisionera  clama, 
pero  la  historia  aquí  suspendo,  en  tanto 
que  templo  mi  laúd  para  otro  canto. 


-u— -—v^ I.— >j¿.'j¿ú:-!-^uCl:.X'w-_3 


CANTO  XIII. 


LA  TORRE   DE  POLIFERNO 


Talvcz  alguno  habrá,  que  habiendo  oído 
el  caso  de  la  bella  Flordelisa, 
diga  que  se  lo  tiene  merecido 
hembra  que  tales  vericuetos  pisa, 
i  que  si  recatada  hubiera  sido, 
saliendo  solo  con  la  dueña  a  misa, 
i  en  vez  de  andar  así  de  ceca  en  meca 
cuidara  de  la  aguja  i  de  la  rueca, 

No  en  tamaño  peligro  se  mirara, 
presa  de  aquel  vestiglo  semihumano; 
ni  cuerdo  fué,  si  en  ello  se  repara, 
irse  de  bosque  en  bosque  mano  a  mano 
con  el  de  Montalban,  que,  aunque  pasara 
la  cosa  en  el  mas  limpio  i  el  mas  llano 
i  honesto  modo  que  posible  sea, 
no  se  si  encontrará  quién  se  lo  crea. 

Dice  Turpin  (i  a  su  opinión  me  allego) 
que  la  materia  es  algo  delicada, 
i  que  las  manos  no  pondrá  en  el  fuego 
por  Flordelis  ni  por  la  mas  pintada. 
Yo,  por  mí,  ni  lo  afirmo,  ni  lo  niego: 
de  mi  aldehuela  vengo;  no  sé  nada. 
Bellacuelo,  es  verdad,  Reinaldos  era, 
i  joven,  ¡  jcntil...  Mus  que  lo  fuera! 


478  poesías 

¿No  ha  de  haber  sino  quiéreme  i  te  quiero, 
cuando  una  dama  está  sola  con  sólo? 
No  siempre  lo  probable  es  verdadero, 
ni  todo  en  este  mundo  es  trampa  i  dolo. 
Pero  a  lo  arriba  dicho  me  refiero. 
Siempre  en  tu  escuela,  Amor,  he  sido  un  bolo, 
i  llevé  (tú  lo  sabes,  ¡ai!),  bien  raras 
veces  votivos  dones  a  tus  aras. 

Digo,  reasumiendo  el  cuento  mió, 
que  Flordelis  se  desgañita  i  llora, 
i  ([ue  el  de  Montalban  se  arroja  al  rio, 
donde  segunda  lid  se  traba  ahora; 
i  con  tal  maña,  i  tal  coraje,  i  brio, 
juega  el  barón  la  espada  cortadora, 
que  ya  no  ve  el  centauro  como  alcance 
a  salvar  vida  i  presa  en  este  lance. 

Primero  con  la  dama  se  abroquela 
i  la  presenta  a  la  enemiga'  espada; 
mas  viendo  que  tampoco  esta  cautela 
ha  de  valerlc  con  Reinaldos  nada, 
que  siempre  asesta  el  golpe  a  do  le  duela, 
ya  de  tajo  le  embista  o  de  estocada, 
a  Flordelisa  arroja  airadamente 
donde  mas  honda  i  rauda  es  la  corriente. 

Dicha  fué  no  pequeña  que  supiera 
Flordelisa  nadar  como  una  trucha, 
pues  darle  en  este  trance  no  pudiera 
ayuda  el  paladín  poca  ni  mucha. 
Nadando  la  mezquina  saca  fuera 
la  húmeda  faz,  i  con  las  ondas  lucha. 
Arrebatada  del  raudal  violento 
desparece  a  la  vista  en  un  momento. 

De  loca  rabia  en  tanto  poseído 
el  biforme  animal  la  clava  esgrime: 
zumba  el  cercano  bosque  estremecido, 
i  el  aire  en  torno  abriendo  espacio  jime. 
En  tres  o  cuatro  partes  está  herido, 
i  parece,  al  mirarle,  que  le  anime 
a  cada  nuevo  golpe  vida  nueva, 
i  al  universo  a  contrastar  se  atreva. 


ORLANDO  ENAMORADO  479 


Aunque  enrojece  con  su  sangre  el  rio, 
allojar  no  semeja  en  el  empeño: 
antea  juntando  ahora  todo  el  brio 
i  toda  la  pujanza  de  que  es  dueño, 
recula  para  dar  mas  poderío 
al  golpe  que  medita;  alza  el  gran  leño, 
en  los  traseros  pies  el  cuerpo  libra, 
carga  a  la  vez,  i  un  altibajo  vibra. 

Capaz  de  destrozar  era  el  porrazo 
un  monte,  cuanto  mas  un  caballero; 
pero,  al  bajar,  el  furibundo  brazo 
encuentra  de  Reinaldos  el  acero. 
Como  desnudo  está,  sin  embarazo 
la  aguda  punta  le  taladra  el  cuero, 
i  el  rollizo  lagarto  le  barrena, 
de  sangre  abriendo  caudalosa  vena. 

Suelta  la  clava  la  doliente  mano, 
i  brinca  el  monstruo  a  la  contraria  orilla. 
Sigúele  como  un  rayo  Rabicano, 
i  sin  cesar  Reinaldos  le  acuchilla: 
los  cascos  alza  i  coces  tira  en  vano; 
en  vano,  que  del  lomo  a  la  tetilla 
atravesado,  casi  a  un  mismo  punto 
cayó  bramando  i  se  estiró  difunto. 

No  sabiendo  el  barón  qué  rumbo  elija, 
ni  cuál  sea  de  la  dama  el  paradero, 
hacia  el  septentrión  acaso  aguija, 
i  a  la  fortuna  fia  el  derrotero,, 
que  al  jardin  del  Olvido  le  dirija, 
do  vivo  el  conde  Orlando  prisionero, 
o  el  jurado  castigo  a  dar  le  lleve 
a  la  maldad  del  babilonio  aleve. 

Mas  mientras  él  camina  a  la  ventura 
al  cerco  retornemos  de  la  roca, 
do  todavía  la  batalla  dura, 
i  la  brigada  nueva  que  se  aboca 
al  tártaro  Agricano,  así  le  apura, 
así  le  da  molestia  i  le  sofoca, 
que  de  salir  con  honra  i  vida  entera 
ca^i  cstoi  [K>r  decir  que  desespera. 


480  POESÍAS 

Circunda  la  ciudad  un  ancho  rio, 
que  de  una  i  otra  parte  abarrancado, 
aun  en  lo  mas  ardiente  del  estío 
ni  el  curso  enfrena  ni  permite  vado. 
De  Albraca  el  populoso  caserío 
sobre  un  pendiente  risco  está  fundado, 
i  almenada  muralla  le  da  en  torno, 
a  par  que  fuerza  i  que  defensa,  adorno. 

Coronada  de  blancos  torreones, 
está  la  ciudadela  en  lo  mas  alto, 
que  de  cien  poderosos  escuadrones 
no  tiene  miedo  al  combinado  asalto. 
De  bastante  presidio  de  barones 
el  muro  en  derredor  no  estaba  falto, 
ni  de  la  ciudadela  el  arduo  asiento, 
de  la  bella  princesa  alojamiento. 

I  por  la  sola  parte  que  no  lava 
aquel  gran  rio  el  empinado  muro, 
completa  las  defensas  honda  cava 
con  puente  levadizo  bien  seguro. 
Este,  como  antes  dije,  alzado  estaba; 
i  Agrican,  entre  tanto,  en  el  apuro 
de  abrirse  retirada,  suda  i  jime, 
i  cada  vez  mas  multitud  le  oprime. 

Por  cada  calle  un  escuadrón  avanza, 
que  acortar  le  hace  el  paso  a  su  despecho. 
Lluvia  de  piedras  i  de  dardos  lanza 
cada  torre  a  su  vez,  i  cada  techo. 
Casi  ya  sin  aliento  ni  esperanza 
el  tártaro  a  la  turba  opone  el  pecho, 
cuando  ofrecerle  la  fortuna  quiso 
salvamento  i  victoria  de  improviso. 

Fué  el  caso  que  la  tropa,  o  la  ralea 
mejor  diré,  que  guarda  muro  i  puente, 
viendo  cuan  densa  turba  al  rei  rodea, 
desguarnece  sus  puestos  de  repente, 
i  al  paraje  en  que  el  tártaro  pelea, 
toda  se  dirijió  concordemente 
a  tomar  parto  en  el  provecho  i  gloria 
de  la  que  ya  juzgó  fácil  victoria. 


ORLANDO  ENAMORADO  481 


Afuera  en  tanto  una  brigada  escala 
el  ya  desierto  muro;  i  con  violenta 
irrupción  penetrando,  el  puente  cala, 
i  franco  el  paso  a  los  ílemas  presenta. 
No  hai  avenida  que  los  campos  tala, 
no  Iiai  rápido  torrente  que  revienta 
forzando  el  dique,  i  se  derrama  hinchado 
llevándose  rediles  i  ganado; 

Como  la  hueste  tártara  furiosa, 
que  a  la  turba  circasa  ialbracana 
de  tropel  arremeto,  estrecha,  acosa, 
postra,  destruye,  i  cuanto  encuentra  allana. 
Caballeros,  peones,  nadie  osa 
resistir.  Sacripante  se  amilana, 
i  a  salvar  la  amagada  ciudadela 
con  las  reliquias  de  su  jcntc  apela. 

Viendo  su  pobre  pueblo  así  deshecho, 
tírase  del  cabello  la  princesa, 
i  se  tuerce  las  manos  do  despecho, 
i  en  hondos  ayos  su  dolor  expresa. 
La  gran  ciudad  el  enemigo  ha  hecho 
en  pocas  horas  mísera  pavesa: 
ponen  doquier  los  lúgubres  despojos 
espanto  a  los  oídos  i  a  los  ojos. 

Aquí  fuego,  allí  sangre,  allá  ruina, 
grita  acullá  i  estrepito  i  tumulto. 
Uno  roba,  otro  viola,  otro  se  inclina 
a  matar  solamente,  i  mata  a  bulto. 
No  la  inocencia  al  párvulo  apadrina; 
no  valen  las  plegarias  al  adulto; 
no  a  la  vejez  las  canas;  no  la  bella 
pálida  faz  ni  el  llanto  a  la  doncella. 

Ni  el  sacro  templo  reverencia  inspira 
a  la  crueldad,  de  sangre  i  presa  avara. 
Kntrc  la  refujiada  plebe  expira 
el  sacerdote  ensangrentando  el  ara. 
Ya  donde  fué  la  Al])raca  no  so  mira 
muro  o  pared  enhiesta,  sino  rara; 
i  cubre  el  suelo  yermo  la  insepulta 
jcnle,  a  que  el  vencedor,  aun  muerta,  insulta. 

IHIKSÍAíi  i;l 


482  POESÍAS 

La  ciudadela  sola  se  mantiene 
de  tanto  estrago  i  destrucción  exenta. 
Trufaldino  a  esconderse  en  ella  viene; 
luego  el  turco  Torindo  se  presenta, 
i  Sacripante,  que  consigo  tiene 
caballeros  de  pro  como  cincuenta, 
herido  en  partes  nueve  o  diez,  cubierto 
de  polvo  i  sangre,  i  mas  que  vivo,  muerto. 

Esto  es  de  tantos  miles  lo  que  resta, 
i  en  lo  que  su  salud  la  reina  fia, 
pues,  aunque  tanto  el  resistir  le  cuesta, 
resiste,  sin  embargo,  todavía, 
jurando  derramar  su  sangre  en  esta 
desalentada  desigual  porfía, 
antes  que  de  Agrican  llamarse  esposa. 
Mas  lo  peor  de  todo  es  otra  cosa. 

O  traición  sea,  o  neglijencia  acaso 
(que  Turpin,  si  lo  supo,  se  lo  calla), 
está  el  castillo  sumamente  escaso 
de  la  mas  necesaria  vitualla. 
Manda,  pues,  el  doliente  rei  circaso 
que,  mientras  pueda  él  mismo  ir  a  batalla, 
los  víveres  se  tasen  a  la  jcnte, 
i  que  de  los  caballos  se  alimente. 

Anjélica  les  dice:  «Yo  pretendo 
ir  a  traeros  prontamente  ayuda, 
i  deudos  i  vasallos  requiriendo, 
la  fortuna  otra  vez  poner  en  duda. 
Entre  tanto  a  Mahoma  os  encomiendo, 
que  a  vuestro  acorro,  como  debe,  acuda; 
i  si  no  os  vuelvo  a  ver,  amigos  mios, 
dentro  de  un  mes  (no  pido  mas),  rendios. 

«No  me  culpéis  de  temeraria  o  loca 
que  emprenda  tal;  que  si  me  pongo  al  dedo 
este  encantado  anillo  o  en  la  boca, 
cosa,  no  só,  que  deba  darme  miedo. 
Algo,  amigos,  por  vos  hacer  me  toca; 
pues  ¿cuánto  mas  lo  que  segura  puedo?» 
Tras  esto  un  tierno  adiós  dice  al  amante, 
casi  ya  moribundo,  Sacripante. 


ORLANDO  ENAMORADO  483 


I  después  que  al  esfuerzo  i  la  prudencia 
do  Trufaldino  i  de  Torindo  encarga 
que  la  roca  defiendan  en  su  ausencia, 
la  cual  espera  en  Dios  no  será  larga, 
cabalgando  con  presta  dilijencia 
su  candida  hacanea,  el  paso  alarga, 
i  a  la  luz  de  la  luna  bajó  al  llano 
que  la  hueste  ocupaba  de  Agricano. 

Postrado  a  todo  el  mundo  tiene  el  sueño 
después  de  los  afanes  de  aquel  dia, 
i  trabajo  costara  no  pequeño 
al  muerto  distinguir  del  que  dormía. 
Vaga  un  caballo  acá  i  allá  sin  dueño; 
ningún  hogar,  ninguna  luz  ardia; 
la  luna  sola  fríos  rayos  vierte 
sobre  esta  escena  de  pavor  i  muerte. 

Como  que  lleva  para  no  ser  vista 
el  anillo  en  la  boca  la  princesa, 
Bin  que  nadie  le  estorbe  o  le  resista, 
segura  el  campo  tártaro  atraviesa; 
í  cuando  del  bastante  trecho  dista, 
I  ya  el  peligro,  a  lo  que  juzga,  cesa, 
pasó  el  anillo  de  la  boca  al  dedo, 
i  el  verde  llano  recorrió  sin  miedo. 

Al  rojo  alborear  de  la  mañana 
cerca  de  un  ancho  rio  vio  acostado 
un  vejancón  de  luenga  barba  i  cana, 
que  así  le  dijo:  «Sea  Dios  loado, 
quo  a  este  lugar  en  hora  tan  temprana 
os  ha,  señora  mia,  encaminado, 
porque,  según  las  señas  que  en  vos  noto, 
do  un  tierno  padre  el  cíelo  ha  oído  el  voto. 

«Un  hijo  tengo  en  la  última  agonía; 
i  si  mediante  alguna  yerba  o  droga, 
o  algún  secreto  que  sepáis,  la  impía 
fiebre  que  le  consumo  so  desfoga, 
muí  mayor  bien  que  el  de  esta  vida  mía, 
vida  caduca  i  mise...  (aquí  lo  ahoga 
un  tropel  de  sollozos  lastimeros) 
caduca  i  miserable,  he  do  deberos.» 


484  poesías 

Ella,  naturalmente  cariñosa, 
«No  llores,  le  responde,  buen  anciano, 
que  sé  de  yerbas  i  de  cuanta  cosa 
el  cuerpo  adoleciente  torna  sano.» 
Así  dijo;  i  de  nada  temerosa, 
desmonta  luego,  i  con  la  rienda  en  mano 
va  paso  a  paso  a  do  el  traidor  la  guia, 
el  cual  era  la  misma  bipocresía. 

Do  una  torre  llegaron  a  la  puerta, 
que,  al  dar  el  conductor  una  aldabada, 
al  punto  fue  del  otro  lado  abierta, 
i  entrados  ellos,  otra  vez  cerrada. 
Entonces  la  añagaza  es  manifiesta: 
de  mujeres  la  torre  está  poblada, 
que  prende  i  guarda  en  ella  aquel  vejete, 
bribón  de  siete  suelas  i  alcahuete. 

De  Poliferno  el  tal  era  vasallo 
(el  rei  de  Ilircania,  mencionado  arriba), 
que  proveedor  le  ha  hecho  de  un  serrallo 
en  que  del  Asia  está  la  flor  cautiva. 
Cuando  el  rei  le  mandaba  ronovallo, 
por  el  país  cazando  damas  iba; 
i  no  hai  mujer  que  vista  se  le  escape, 
i  que  por  fuerza  o  por  ardid  no  atrape. 

Estando  ya  la  torre  bien  surtida, 
llevarlas  piensa  al  rei  en  caravana. 
Tiene  de  rubias  una  gran  partida, 
i  de  morenas  multitud  mediana: 
cuál,  zahareña,  i  cuál  es  relamida, 
cuál,  grande,  i  cuál,  rechoncha,  i  cuál,  enana: 
todas  de  fresca  edad  i  todas  liellas; 
i  nuestra  Flordclisa  es  una  dolías; 

Porque,  como  arrojada  por  el  fiero 
centauro  iba  nadando  rio  abajo, 
dio  con  aquel  grandísimo  embustero, 
que  la  pescó  i  a  la  prisión  la  trajo. 
Para  hacer  el  encierro  llevadero, 
cuóntanse  unas  a  otras  su  trabajo: 
una  llora,  otra  al  verse  de  esta  guisa 
se  desespera,  i  otra  lo  echa  a  risa. 


ORLANDO  ENAMORADO  48E 


Narraba  al  auditorio  compasivo 
su  hisloria  Flordelisa  sollozando, 
i  del  jardín  les  habla  en  que  cautivo 
está  con  Brandimarte  el  conde  Orlando; 
i  ol  gran  centauro  píntales  al  vivo 
con  quien  quedó  Reinaldos  polcando; 
i  cuanto  sabe,  en  fin,  les  despepita; 
que  así  consuela  una  mujer  su  cuita. 

Con  jemidos  i  lágrimas  la  fina 
i  tierna  fe  les  dice  de  su  amante, 
que  forzado  galán  do  Dragontina 
de  la  encantada  huerta  es  habitante. 
Llega  en  esto  otra  joven  peregrina, 
que  acaba  de  apresar  aquel  tunante, 
i  se  abre  de  la  torre  la  barrera 
a  recibir  la  triste  prisionera. 

Todo  lo  oye  i  lo  ve  con  gran  cautela 
Anjélica,  i  de  todo  -se  socorro; 
1,  como  para  entrar  la  damiácla 
recien  cautiva  en  la  malvada  torre, 
se  entreabriese  el  portal,  por  él  se  cuela 
anillo  en  boca,  i  por  el  campo  corre. 
Do  está  Roldan,  ha  oído  a  Flordelisa, 
i  marcha  en  busca  suya  a  toda  prisa. 

De  tal  virtud,  si  bien  incomprensible, 
es  la  sortija  aquella,  que,  en  la  boca, 
no  solo  al  que  la  tiene  hace  invisible, 
sino  a  cuanto  cabalga  i  lleva  i  toca. 
I  sepa  el  criticastro  incorrejible 
que  murmura  i  en  duda  lo  revoca, 
que  un  arzobispo  es  quien  lo  escribe,  i  sea 
o  no  mentira,  es  justo  se  le  crea. 

Asi  que,  della  Anjélica  provista, 
iba,  sin  que  la  viesen,  por  doquiera; 
i  bien  poco  ganara  en  no  ser  vista 
dado  que  verso  el  palafrén  pudiera. 
Ni  en  lo  improbable  algún  lector  insista 
de  que  en  la  torre  a  mano  le  tuviera: 
hallarse  a  punto  i  con  el  freno  i  silla, 
recien  llegado  aun,  no  es  marabilla. 


486  POESÍAS 

Anjélica,  espolea  que^ espolea, 
fatiga  al  sobredicho  palafrén, 
(o  si  se  quiere,  llámese  hacanea, 
que  no  me  importa  el  nombre  que  le  den), 
i  dónde  el  rio  del  Olvido  sea 
i  de  la  maga  el  deleitoso  edén, 
pregunta  ansiosa,  i  llega  últimamente 
al  rio,  i  sin  estorbo  pasa  el  puente. 

Cupo  la  guarda,  en  este  propio  dia, 
de  la  májica  huerta  a  don  Roldan. 
La  silla  a  cuestas,  Brillador  pacia. 
Pende  el  rojo  pavés  de  un  arrayan. 
El,  tendido  a  la  larga,  parecía 
estar  embelesado  en  ver  cuál  van 
de  guija  en  guija  con  murmullo  blando 
las  linfas  de  una  fuente  serpeando. 

De  caballeros  por  el  parque  jira 
gallarda  tropa;  calza  aquel  la  espuela; 
éste  bohorda;  esotro  al  blanco  tira, 
o  azor  mudado  o  jerifalto  vuela; 
mientras  que  Clarion  pulsa  la  lira, 
puntea  Brandimarte  la  vihuela: 
cantaba  con  Grifón  el  rei  Balano; 
aquel  hace  el  tenor  i  éste  el  soprano. 

«El  velo  que  te  ciega  se  descorra,» 
dice  la  dama;  i  el  anillo  apenas 
a  Orlando  aplica,  en  él  la  imájen  borra 
que  le  tiene  en  suavísimas  cadenas. 
Como  el  que  vuelve  en  sí  de  una  modorra 
en  que  el  ardor  de  las  turbadas  venas 
la  mente  le  embargó,  los  ojos  jira, 
i  no  sabe  si  vela  o  si  delira; 

Así  perplejo  Orlando  i  yactlante 
duda  si  es  realidad  o  fantasía 
lo  que  le  pasa;  i  mas  al  ver  delante 
la  beldad  que  buscado  en  vano  había. 
Revive  en  él,  i  crece,  instante  a  instante, 
el  muerto  amor:  aquel  amor  que  un  dia 
le  hizo  afanar  con  incesante  anhelo 
por  la  que  allí  bajada  cree  del  cielo. 


ORLANDO  ENAMORADO  487 


Anjclica  le  da  noticia  entera 
do  su  prisión  i  del  jardin  hadado, 
i  do  cómo  le  tiene  la  hechicera 
de  razón  i  memoria  enajenado; 
i  cuéntale  de  Albraca  la  postrera 
fortuna,  el  rostro  en  lágrimas  bañado, 
i  que  ha  venido  a  demandarlo  ayuda, 
i  que  obtenerla  do  su  amor  no  duda. 

Luego  a  lialan  i  a  Brandimarte  frota 
la  piel,  i  a  los  demás,  con  el  anillo. 
Mas  Dragontina  lo  que  pasa  nota, 
i  a  todo  su  poder  quiere  impedillo: 
al  arma  suena;  el  campo  se  alborota: 
consejo  vano,  que  jardin,  castillo, 
i  cuanto  aquel  florido  espacio  adorna, 
en  humo  i  viento  i  soledad  se  torna. 

Esta  metamorfosis  repentina 
contempla  cada  cual  absorto  i  mudo, 
hasta  que  Orlando  en  un  padrón  se  empina, 
i  les  hace,  en  el  tono  un  poco  rudo 
que  el  uso  do  las  armas  adoctrina, 
la  mas  discreta  alocución  que  pudo, 
probando  que  piedad,  justicia  i  fama 
a  la  defensa  obligan  de  la  dama. 

I  la  furia  describe  de  Agricano, 
i  de  la  Albraca  la  fatal  trajedia, 
i  el  riesgo  de  que  toda  caiga  en  mano 
de  la  bárbara  chusma  que  la  asedia, 
i  ha  do  meterla  a  fuego  i  sacomano, 
si  Dios  por  su  piedad  no  lo  remedia, 
i  con  presto  favor  no  se  le  acude, 
para  que  el  fiero  kan  de  intento  mude. 

Todos  conformemente  han  aceptado, 
i  juran  ir  de  Orlando  en  compaiíía. 
Mas  aquel  Trufaldino,  que  amasado 
era  de  falsedad  i  felonía, 
i  desde  tamañito  fue  malvado, 
i  lo  ei'a  mas  i  mas  de  dia  en  dia, 
una  de  las  que  sabe  urdir  pretendo: 
a  Sacripantc  i  a  Torindo  prende. 


488  POESÍAS 

Heridos,  como  están,  difícil  cosa 
no  ha  sido  este  atentado  a  la  pandilla 
de  j ente  desleal,  facinerosa 
que  para  talos  hechos  acaudilla. 
En  la  cueva  mas  honda  i  tenebrosa 
con  los  demás  que  descuidados  pilla, 
turcos  unidamente  i  circasianos, 
atados  encerró  de  pies  i  manos. 

I  luego  al  kan  envía  una  embajada 
diciendo  que  Torindo  i  Sacripante 
a  su  mandado  están,  1  que  entregada 
la  cindadela  lo  será  al  instantá. 
Mas  no  bien  fue  la  cosa  declarada, 
hinchados  los  carrillos,  centelleante 
la  airada  catadura,  a  la  propuesta 
del  mensajero  el  rei  así  contesta: 

«Por  vida  de  quien  soi,  que  con  mi  mano, 
bí  no  te  escondes  a  la  vista  mia, 
te  descuartice,  malandrín  villano. 
Huye,  i  di  de  mi  parte  al  que  te  envía, 
que  jamas  con  traidores  Agricano 
usó  tratar,  i  que  se  acerca  el  día 
en  que  a  los  dos,  para  escarmiento  i  pena, 
colgaros  he  de  la  mas  alta  almena.» 

El  triste  mensajero  que  el  semblante 
ve  de  Agrican  en  cólera  inflamado, 
i  hubiera,  por  estar  de  allí  distante, 
de  Trufaldin  las  dos  orejas  dado, 
no  se  hizo  de  rogar,  tomó  el  portante, 
por  no  exponerse  a  algún  desaguisado, 
i  un  poco  mas  veloz  de  lo  que  vino 
tornó  con  el  mensaje  a  Trufaldino, 

Iba  en  este  comedio  el  conde  Orlando 
por  aquellos  desiertos  noche  i  día, 
con  la  princesa  del  Catai  trotando 
i  con  su  valerosa  compañía; 
i  de  una  cumbre  altísima  bajando, 
los  campos  vio  do  Albraca,  que  cubría 
a  todos  vientos  infinita  jente, 
en  armas  i  colores  diferente. 


ORLANDO  ENAMORADO  489 


Tanto  estandarte  ven,  tanta  bandera 
i  tanto  pabellón  i  tropa  tanta, 
que  desistir  Anjélica  quisiera, 
según  la  inmensa  multitud  la  espanta; 
pero  no  es  hombre  Orlando  que  lo  luciera; 
untes  con  mas  denuedo  so  adelanta. 
«Por  entre  todo  ese  soez  jcntío 
salva,  le  dice,  irás,  tesoro  mió.» 

Guerreros  nueve  el  animoso  b.mdo 
cuenta,  que  en  orden  triple  se  reparte. 
Cabalga  a  la  vanguardia  el  conde  Orlando, 
i  a  su  lado  el  brioso  Drandimarto; 
el  centro  Adrián  i  Ubcrto  il)an  formando, 
con  Aquilante  i  Claros,  nuevo  Marte; 
la  retaguardia  es  de  Antifor,  Balano, 
i  el  buen  Grifonio,  de  Aquilante  hermano. 

Los  cuales  eran  hijos  de  Oliveros, 
no  inferiores  al  padre  en  bizarría, 
aunque  a  la  bella  cara  los  primeros 
mostachos  no  hacen  sombra  todavía. 
En  medio  de  estos  nueve  caballeros, 
toda  medrosa  Anjélica  venía, 
i  de  pensar  temblaba  en  la  contienda 
que  les  aguarda,  desigual  i  horrenda. 

Como,  al  pasar  en  tropa  un  ancho  rio, 
diz  que  acostumbra  el  próvido  elefante, 
que  a  los  de  menos  fuerza  i  menos  brio, 
el  de  mas  vasta  mole  va  delante, 
i  desbravando  el  solo  el  poderío 
do  la  rauda  avenida  resonante, 
a  los  demás  con  el  ejemplo  incita, 
i  el  peligroso  vado  facilita; 

No  do  otra  suerte  el  bravo  Oi'lando  avaifca, 
i  sonando  el  gran  cuerno  mientras  tanto, 
(aquel  que  a  millas  veinte  a  oírse  alcanza, 
i  a  cuantos  le  oyen  pone  horror  i  espanto), 
con  voz  que  se  duplica  en  lontananza 
reta  al  rei  de  Tartaria,  a  Radamanlo, 
Savaron,  Poliferno,  Santaría, 
i  a  cuantos  otros  en  el  campo  había. 


490  POESÍAS 

Súbita  alarma  i  súbito  alarido 
discurre  por  las  bárbaras  hileras: 
todo  el  mundo  a  las  armas  ha  corrido; 
descójense  estandartes  i  banderas. 
Cual  vasto  mar,  que  reposó  dormido, 
si  las  calladas  ondas  placenteras 
airado  vendaval  silbando  azota, 
hierve  improvisamente  i  se  alborota; 

Así  se  alza  el  clamor  i  se  dilata 
por  lo  que  Albraca  fué,  ya  vasta  arena. 
Agricano  las  armas  arrebata, 
i  que  Bayardo  se  le  traiga  ordena; 
i  aquelado  pavés  de  negro  i  plata 
embraza,  i  negro  morrión  estrena, 
que  por  cimera  en  vez  de  airón  galano 
lleva  una  muerte  con  guadaña  en  mano. 

Discurre  el  noble  kan  de  Tartaria 
que  el  viejo  Galafron  es  quien  le  ataca, 
del  cual  tuvo  noticia  que  venía 
en  acorro  de  Anjclica  a  la  Albraca. 
¿Ni  cómo  imajinar  que  provenia 
toda  esta  confusión,  esta  alharaca, 
de  nueve  caballeros  solamente, 
contra  tan  grande  número  de  jente? 

I  por  eso  al  corcel  poniendo  espuela, 
seguido  del  jigante  Radamanto, 
corre  el  valiente  rei,  que  se  las  pela, 
su  campo  a  defender;  mas  entre  tanto 
que  él  corre,  o  por  mejor  decir,  que  vuela, 
yo  interrumpiendo  un  rato  breve  el  canto-, 
tomo  para  mi  lira  plectro  nuevo, 
como  para  tan  alto  asunto  debo. 


CANTO  XIV. 


ORIANDO  EN  AiBRACA 


El  poeta  filósofo  del  Lacio 
dice  que  la  mujer  (yo  no  interpreto 
literalmente,  porque  el  propio  Horacio 
se  lo  prohibe  a  un  traductor  discreto; 
i  si  bien  ocupando  igual  espacio 
puede  expresarse  en  castellano  neto 
la  misma  cosa,  hacerlo  así  sería 
al  bello  sexo  gran  descortesía); 

Dice  que  la  mujer,  ya  antes  de  Elena, 
guerras  al  mundo  ocasionó  fatales, 
cuando  el  hombre,  erizada  la  melena, 
luenga  la  barba,  en  grutas  i  jarales 
vida  vivió  de  sobresaltos  llena, 
i  sus  rudos  instintos  animales 
con  gritos  i  baladres  exprimía, 
sin  reí,  ni  leí,  ni  juez,  ni  policía. 

No  hubo  aceros  allí,  pavés,  ni  cota, 
i  los  inciertos  amorosos  goces 
se  disputaban  como  la  bellota, 
a  puñadas  talvcz,  talvez  a  coces: 
andaban  nuestros  padres  en  pelota; 
pero  todo  cambió;  cunden  precoces 
artes  do  destrucción;  la  ciencia  avanza; 
se  inventan  arco  i  honda,  espada  i  lanza. 


492  POESÍAS 

El  derecho  de  jentes,  aunque  justo, 
como  el  de  ahora,  usaba  otro  lenguaje: 
tirano  entre  los  flacos  el  robusto 
hablaba  a  lo  soez  i  a  lo  salvaje. 
Decia:  «A  mí  me  toca  hacer  mi  gusto, 
porque  tengo  mas  fuerza  i  mas  coraje; 
i  todo  aquel  que  osado  se  me  oponga, 
sepa  que  este  puñal  le  desmondonga.» 

Así  habló  la  razón,  así  el  derecho: 
hoi  (a  no  ser  en  uno  que  otro  caso) 
no  va  un  rei  de  ese  modo  a  vias  de  hecho; 
i  si  saca  su  hueste  a  campo  raso, 
el  probar  que  su  fuerza  i  su  provecho 
son  la  justicia,  es  necesario  paso; 
i  bien  porro  será  quien  no  lo  pruebe 
en  nuestro  sabio  siglo  diez  i  nueve. 

Ni  fué  el  tipo  de  Aspasias  i  Lucrecias 
el  mismo  que  después:  ancho  el  cogote, 
i  fornida  la  espalda,  i  carnes  recias, 
i  encallecido  el  pió  de  andar  al  trole, 
i  un  ribete  de  zafias  i  de  necias, 
eran  donaire  i  hermosura  i  dote; 
i  el  rapazuelo  a  la  materna  ubre 
mamaba  lo  rollizo  i  lo  saluljre. 

Por  este  de  beldad  primer  instinto, 
temprana  Troya,  ardió  la  choza  un  dia, 
i  el  arroyo  corrió  de  sangre  tinto, 
i  el  aduar  cambió  de  dinastía. 
Tipo  después  acá  i  allá  distinto 
prevaleció:  la  griega  fantasía 
encarnó  el  suyo  en  palpitantes  bronces; 
¿mas  fué  mejor  que  el  de  antes  el  do  entonces? 

Creo  que  una  joroba  no  hermosea, 
que  un  hombre  sin  nariz  no  es  un  Apolo, 
i  que  la  calva  es  una  cosa  fea 
en  el  austral  i  en  el  opuesto  polo; 
sigo  también  la  popular  idea 
de  preferir  dos  ojos  a  uno  solo; 
en  esto  mis  creencias  recopilo 
sobre  lo  bello;  en  lo  demás  vacilo. 


ORLANDO  ENAMORADO  403 


Pero  cualquier  dechado  de  hermosura 
que  una  edad  reconozca  i  autorice, 
cuaUíuicra  ({uc  el  leng-uaje  i  la  armadura 
sean  con  que  le  ensalce  i  patronice, 
siempre  de  amor  la  loca  travesura 
(i  de  ello  Salomón  que  asi  lo  dice, 
dejó  en  sí  mismo  insigne  documento) 
de  la  razón  se  burla  i  del  talento. 

Testigo  este  Agrican,  que  delirando 
de  amor  conmuevo  el  Asia,  i  luto  i  duelo 
a  tantas  jcntcs  da;  testigo  Orlando, 
do  varonil  virtud  cabal  modelo 
en  olro  tiempo,  ahora  oprobio  infando 
do  la  cristiana  fe,  del  patrio  suelo, 
embelesado  en  tontos  amoríos, 
indignos  de  su  fama  i  de  sus  bríos; 

Testigo  Sacripante,  que  destruye 
todo  su  pobre  pueblo  circasiano 
l)or  un  mentido  bien,  queso  le  huye, 
cuando  ya  piensa  en  el  poner  la  mano. 
I  a  tanto  adorador  ¿íjuó  retribuye 
por  el  largo  penar  i  el  cuotidiano 
peligro  de  la  lanza  i  de  la  espada 
esta  mujer  falaz,  desamorada? 

Desamorada  para  todos,  menos 
el  {[UG  odia  i  vilipendia  su  hermosura: 
por  ésto  solo  anubla  los  serenos 
ojos,  a  los  demás  o  falsa  o  dura. 
¡Cuántos  por  ella  extensos  campos  llenos 
están  de  informes  troncos,  inmatura 
mies  de  la  Parca!  I  ya  su  altar  infausto 
viene  en  sangre  a  bañar  nuevo  holocausto. 

Forman  los  dichos  caballeros  nueve, 
aunque  pef[ueña,  irresistible  escuadra; 
la  cual,  por  donde  quiera  que  se  mueve, 
enteras  huestes  rinde,  abre,  taladra. 
Como  a  una  causa  al  parecer  tan  leve 
tanto  tumulto  en  su  opinión  no  cuadra, 
ignorando  .Vgrican  que  cosa  sea, 
dudoso  un  breve  insl.iiile  titubea. 


494  poesías 

Mas  luego  Orlando  le  quitó  la  duda, 
que  se  le  fué,  con  Durindana,  encima. 
No  recibió  Agrican  jamas  tan  cruda 
carga,  i  el  mismo  rei  así  lo  estima. 
En  vano  se  enfurece,  en  vano  suda, 
en  vano  apela  al  arte  de  la  esgrima, 
en  vano  el  tiempo  i  el  esfuerzo  gasta: 
escasamente  a  defenderse  basta. 

Metióse  por  fortuna  de  repente 
entre  los  dos  gran  golpe  de  canalla, 
i  a  pesar  de  uno  i  otro  combatiente 
partida  fué  la  horrífica  batalla. 
Orlando  se  reúne  con  su  jente, 
i  empujan  juntos  la  cerrada  valla 
de  tanta  espada,  lanza,  pica,  porra: 
no  hai  sino  su  valor  que  los  socorra. 

Como  silbante  plomo  un  baluarte 
de  débiles  adobes  aportilla, 
las  filas  de  este  modo  rompe  i  parte 
a  gran  correr  la  intrépida  cuadrilla. 
Descabezados  troncos  de  una  parte 
i  otra  cayendo  van  que  es  marabilla, 
Al  ver  delante  tanta  sangre  i  tanto 
destrozo,  tiembla  Anjclica  de  espanto. 

Pues  Agrican,  que  al  fin  se  desembarga 
del  gran  tropel  en  que  ari'astrado  jira, 
i  ve  los  caballeros  a  no  larga 
distancia,  i  la  beldad  por  quien  suspira, 
pensad  con  qué  furor  vuelve  a  la  carga, 
i  con  cuánta  violencia  Amor  le  tira, 
cuando  a  la  mano  el  cielo  le  coloca 
la  prenda  antes  guardada  en  la  ardua  roca. 

Contando  que  la  echaba  ya  la  uña, 
aguija  hacia  los  nueve;  i  como  era 
el  buen  Roldan  la  punta  de  la  cuña 
que  hace  en  las  filas  tártaras  tronera, 
embístele;  i  si  bien  no  le  rasguña 
las  encantadas  carnes,  de  manera 
lo  muele  i  le  magulla  i  le  fatiga, 
que  a  recojersc  en  el  pavés  le  obliga. 


ORLANDO  ENAMORADO  495 


En  esto  Radamanto,  eljayanoto 
que  al  duque  derr¡l)ü,  da  en  la  telilla 
a  Dalan  con  el  hasta:  al  recio  bote 
va  al  suelo  el  reí,  hundida  una  costilla; 
pero  esgrimiendo  el  corvo  chafarote 
lava  con  harta  sangre  esta  mancilla: 
terrible  cosa  de  mirar  fué  aquella: 
de  un  tajo  solo,  a  dos  o  tres  degüella. 
A  su  corcel  por  todas  parles  busca; 
que  pueda  recobrarlo  dificulto, 
pues  tan  espesa  polvareda  ofusca 
los  ojos,  i  tan  grande  es  el  tumulto, 
el  confuso  tropel  i  la  chamusca, 
que  a  cuatro  pies  no  se  distingue  un  bulto: 
triste  de  aquel  ({ue  pierde  en  ella  el  tino, 
pues  de  salud  no  encontrará  camino. 

Visto  que  le  hubo  en  tan  dudoso  estrecho, 
fué  a  socorrer  Grifón  al  rei  Balan; 
i  como  en  otro  encuentro  se  le  ha  hecho 
pedazos  el  lanzon,  i  aquel  jayán 
el  suyo  enristra  i  se  lo  apunta  al  pecho, 
temeroso  Grifón  do  algún  desmán, 
tírale  un  tajo  que  le  corta  el  hasta 
en  dos  pedazos,  como  blanda  pasta. 

Radamanto,  arrojando  el  cabo  al  suelo, 
recibe  con  la  espada  al  adversario. 
Trábase  igual  entre  los  dos  el  duelo, 
i  danse  golpes  con  suceso  vario. 
No  se  llevaba  el  uno  al  otro  un  pelo 
de  ventaja;  i  durara  el  sanguinario 
trance  sin  duda  alguna  todo  el  dia, 
si  no  se  entrometiera  Santaria: 

Santaria  de  Suecia,  que  ha  querido, 
por  sus  pecados  o  su  mala  estrella, 
lidiar  con  Antifor;  i  le  ha  cabido 
tan  desmedida  zurra,  que  alropella 
atolondrado  i  casi  sin  sentido 
por  cuanto  encuentra  al  paso,  i  va  i  se  cslrclla 
con  Radamanto  i  con  Grifón,  Iiacicndo 
tanto  alboroto  i  confusión  i  estruendo, 


■596  POESÍAS 

Que  el  corcel  del  jigante  se  dispara 
i  por  las  filas  rompe  como  flecha. 
Crece  la  turljacion  i  la  algazara; 
todos  corren  a  izquierda  i  a  derecha; 
corren,  i  nadie  vuelve  atrás  la  cara, 
i  cada  cual  a  su  vecino  estrecha: 
éste  empuja,  aquél  vuelca,  esotro  casca: 
parece  el  campo  súbita  borrasca, 

Cuando  a  lo  lejos  por  la  mar  serena 
levanta  el  viento  crespa  espuma,  i  cunde 
de  un  lado  i  otro  el  temporal,  i  suena 
mas  i  mas,  según  raudo  se  difunde, 
hasta  que  el  horizonte  en  torno  llena, 
i  vasta  playa  estrepitoso  tunde: 
corriendo  el  campo  va  del  mismo  modo 
la  horrenda  gresca,  i  lo  alborota  todo. 

Miraba  el  ruso  Argante  en  otra  parte 
la  reñida  refriega,  i  a  su  vista 
hu])o  de  presentarse  Brandimartc, 
a  quien  nada  parece  que  resista. 
Un  rato  aquel  bribón  se  estuvo  aparte, 
atisbando  el  momento  en  que  le  embista; 
i  cuando  la  ocasión  vio  favorable, 
cierra  con  él,  llevando  en  alto  el  sable. 

Brandimartc,  si  bien  la  desventaja 
tuvo  al  principio,  se  repuso  luego; 
sube  el  acero  prestamente  i  biija, 
i  sigue  entre  los  dos  igual  el  juego. 
I  de  los  nueve  cada  cual  trabaja 
no  menos;  i  al  herir  no  dan  sosiego 
Adriano,  el  conde  Claros,  ni  Aquilante, 
ni  el  rei  Balan,  que  haciendo  va  de  infante, 

Ni  Antifor,  ni  Grifón,  ni  el  conde  Ubcrto, 
ni  lioldan,  sobre  todos  animoso; 
los  cuales  juntamente  i  de  concierto, 
acuchillando  a  roso  i  a  velloso, 
dejan  rastro  larguísimo  cubierto 
de  un  cúmulo  de  muertos  espantoso; 
pero  por  mas  que  ayudan  a  Balano, 
fué  menester  dejarle  en  el  pantano. 


ORLANDO  ENAMORADO  497 


Tremendo  fué  el  destrozo,  extravagante; 
i  sin  embargo,  vese  siempre  el  mismo 
descomunal  ejército  delante, 
que  no  cabe  en  el  campo,  ni  en  guarismo: 
en  medio  de  la  trápala  incesante, 
parece  que  regüelda  el  hondo  abismo, 
i  que  de  tanta  multitud  se  ahita, 
i  nuevamente  al  mundo  la  vomita. 

Un  poco  menos  fácil  el  camino 
a  la  pequeña  hueste  se  ofrecia, 
pues  se  lo  cierran  Agrican,  Brontino, 
Lurcon,  i  Poliferno,  i  Santaría. 
Este,  llevando  a  Uldano  de  padrino, 
a  Antifor  nuevamente  desafía; 
i  sostiene  a  los  dos  aquel  bergante 
de  Radamanto,  i  a  los  tres  Argante. 

Peleaba  Antifor  heroicamente 
con  todos  cuatro;  pero  a  tanto  exceso 
no  pudo  contrastar,  por  mas  valiente 
que  fuese;  en  suma,  le  llevaron  preso. 
I  vueltos  al  lugar  do  el  remanente 
de  la  cuadrilla  aguanta  el  grave  peso 
de  la  enemiga  hueste,  con  mas  brava 
furia  la  sanguinosa  lid  se  traba. 

Hace  la  escolta  de  la  bella  dama 
prodijios  de  valor  en  su  defensa; 
pero  Agrican,  que  cada  vez  se  inflama 
en  pasión  mas  ardiente  i  mas  intensa, 
«a  ellos»,  furibundo,  «a  ellos»,  clama, 
i  arremeto  de  modo  que  no  piensa 
nadie  sino  en  salvar  la  propia  vida, 
de  cien  opuestas  puntas  combatida. 

La  dama,  al  verse  en  tan  estrecho  paso, 
apelar  al  anillo  determina; 
mas  metióle  en  el  seno  por  acaso 
al  salir  del  jardin  de  Dragontina; 
i  buscándolo  ahora  (¡fuerte  caso!), 
no  pudo  hallarlo;  i  casi  desatina 
creyéndolo  perdido,  i  que  en  perdello 
a  su  mala  ventura  ha  puesto  el  sello. 
poesías  63 


498  poesías 

Del  cabello  se  tira,  i  se  maltrata', 
i  al  conde  voces  da  que  la  liberte. 
El  conde  se  enfurece,  se  arrebata, 
i  llamaradas  por  los  ojos  vierte: 
tíñesele  la  cara  de  escarlata, 
i  aprieta  las  rodillas  de  tal  suerte- 
que  no  tuvo  vergüenza  Brilladoro 
de  echarse  a  tierra,  i  brama  como  un  toro^ 

Mas  álzase  lijero,  que  el  sañudo 
conde  le  hace  saltar  de  un  espolazo. 
Ni  es  ya  a  sus  iras  suficiente  el  crudí> 
herir  de  punta  i  filo  i  cintarazo: 
échase  a  las  espaldas  el  escudo^ 
eomo  si  le  sirviera  de  embarazo, 
i  con  ambas  las  manos  empuñada 
brilla  como  un  relámpago  la  espada. 

Muévese  Durindana,  que  no  fuera 
eosft  fácil  deeir  si  sube  o  baja; 
i  abriendo  a  su  señor  ancha  carrera, 
batallones  enteros  desparpaja: 
asombro  da  mirar  de  qué  manera 
punza,  troncha,  cercena,  hiende,  taja: 
horroriza  el  silbar  de  la  iracunda 
espada,  que  de  sangre  el  suelo-  inanda, 

A  un  peón  que  se  mete  en  la  jarana 
degüella;  i  fué  la  cosa  divertida: 
tiene  tan  fino  el  corte  Durindana, 
i  cuando  el  buen  Roldan  le  infunde  vida^ 
con  tal  blandura  i  suavidad  rebana, 
que  el  pobrecillo  no  sintió  la  herida, 
i  dando  tajos,  con  el  ojo  abierto, 
andaba  acá  i  allá,  i  estaba  muerto. 

Ocasión  de  su  propia  desventura 
fué  al  pobre  Radamanto  su  grandeza- 
Viole  tan  alto  Orlando,  i  se  la  jura. 
Tírale  un  gran  fondiente  a  la  cabeza, 
i  do  la  coronilla  a  la  cintura 
le  parte  en  dos,  i  ni  aun  allí  tropieza, 
que  hasta  los  dos  arzones  ha  tajado: 
cayó  jnedio  jayán  de  cada  lado. 


ORLANDO  ENAMORADO  499 


Hállase  Saritron  algo  adelante, 
haciendo  de  peones  gran  cosecha; 
i  vista  la  trajedia  del  j ¡gante, 
de  escabullirse  la  ocasión  acecha. 
Rebanóle  la  espada  fulminante 
el  tronco  de  la  izquierda  a  la  derecha: 
cayó  el  sangriento  busto  al  pie  de  Orlando, 
i  siguen  las  dos  piernas  cabalgando. 

nácelo  igual  honor  al  rei  Bronlino, 
pues  de  un  revés  le  corta  la  cabeza, 
que  con  el  yelmo  i  la  cimera  vino 
rodando  por  el  campo  una  gran  pieza. 
Pendragon,  rei  de  Gocia,  en  el  camino 
estaba  por  descuido  i  por  simpleza: 
tírale  Orlando  al  cuello  una  estocada, 
i  le  salió  por  la  cerviz  la  espada. 

La  cual,  no  hallando  obstáculo  bastante, 
hasta  la  guarnición  no  es  mucho  que  entre, 
ni  que  como  esconderse  piense  Argante 
detrás  de  Pendragon,  saliendo  encuentre 
la  punta  do  la  hoja  penetrante 
al  pobre  diablo,  i  le  barrene  el  vientre: 
cae  muerto  Pendragon,  i  al  mismo  punto 
Argante  echó  a  correr  medio  difunto. 

Corria  el  infeliz  cuanto  podia, 
sobre  el  arzón  llevando  la  asadura, 
mientras  que  Orlando  en  pos  también  corría, 
que  la  cuestión  finalizar  procura; 
i  de  paso  una  gran  carnicería 
hace  do  cuanto  encuentra  en  la  llanura, 
¿A  que  pedir  perdón,  merced  ni  gracia? 
que  su  furia,  aun  matando,  no  se  sacia. 

No  hai  terremoto,  no  hai  tormenta  oscura, 
ni  rápida  avenida,  que  le  iguale; 
no  le  resisto  espada  ni  armadura; 
huir  o  pelear  lo  mismo  vale; 
pone  espanto  de  lejos  su  figura, 
que  entre  un  montón  de  muertos  sobresale; 
parece  que  en  el  yelmo  el  rostro  le  arda; 
todos  al  verle  gritan:  « ¡guarda!  j guarda!» 


500  POESÍAS 

Con  Agrican  batalla  pavorosa 
trababa  en  tanto  el  joven  Aquilante, 
eerca  de  donde  Anjélica  llorosa 
llamaba  a  voces  al  señor  de  Anglante. 
Era  ya  de  Aquilante  peligrosa 
la  situación;  mas  llega  en  ese  instante 
el  conde,  quebrantando  armas,  bridones^ 
banderas,  caballeros  i  peones. 

Como  era  aquel  mancebo  su  pariente, 
sobrino  de  Alda  bella,  i  le  traia 
a  mal  traer  el  tártaro  inclemente, 
i  las  plegarias  de  su  dama  oia, 
quiso  librar  el  pleito  a  un  gran  Tendiente 
sobre  el  testuz  del  rei  de  Tartaria: 
tigre  sobre  la  res  no  da  igual  salto 
que  el  conde  sobre  el  rei,  la  espada  en  alto. 

En  la  cabeza  el  mas  desapiadado 
golpe  que  dado  fué  jamas,  le  asienta. 
Merced  al  morrión,  que  era  encantado, 
Agrican,  si  no  es  eso,  no  la  cuenta. 
Quedó  el  rei  de  sentido  enajenado, 
i  apenas  a  caballo  se  sustenta; 
mas  el  jentil  bridón,  huyendo  a  escape, 
impide  que  a  su  dueño  el  conde  atrape, 

Bayardo  era  el  bridón,  i  el  conocello 
marabillado  al  conde  Orlando  deja: 
■    antes  no  pudo  reparar  en  ello-, 
tanto  le  desfigura  i  desemeja 
la  malla  que  le  cubre  frente  i  cuerllo 
i  el  cuerpo  hasta  la  cola  i  la  cerneja. 
Orlando  aguija  con  el  doble  empeño 
de  apoderarse  del  bridón  i  el  dueño. 

Sigúelo  por  el  campo  a  rienda  suelta 
creyendo  que  la  dama  no  tenia 
ya  que  temer;  mas  en  la  gran  revuelta 
que  en  rededor  por  todo  el  campo  habia, 
ejecutaron  una  acción  resuelta 
Poliferno,  Lurcon  i  Santaría: 
Santaría  a  la  dama  echando  el  guante 
llévasela  abrazada  por  delante; 


ORLANDO  ENAMORADO  501 


I  defiende  la  presa  Poliferno 
i  el  rci  Lurcon,  i  se  le  junta  Uldano, 
ein  duda  alguna  el  mas  malvado  temo 
que  tuvo  en  sus  brigadas  Agricano. 
Los  seis  barones  entre  aquel  infierno 
de  bruta  jente  casi  dan  de  mano, 
contra  tan  grueso  ejército,  a  la  empresa 
de  salvar  a  la  mísera  princesa. 

Lástima  grande  causa  oír  el  duelo 
de  la  cautiva,  que,  a  los  vientos  dando 
la  rubia  cabellera,  sin  consuelo 
gritaba:  «¡Orlando  mío!  ¡Amado  Orlando!» 
Traen  a  Clarion  al  redopelo, 
i  a  Brandimarte  va  el  vigor  menguando; 
ni  ya  es  Uberto  a  resistir  bastante, 
ni  Grifón,  ni  Adriano,  ni  Aquilante. 

Agrican,  que  entre  tanto  se  recobra, 
vuelve  anhelante  a  vindicar  su  afrenta; 
i  vuelve  en  pos  Orlando,  que  la  obra 
creyó  acabada  por  error  de  cuenta. 
Con  gran  sorpresa  advierte  que  zozobra 
el  bando  amigo  en  mui  mayor  tormenta, 
i  oye  la  voz  doliente  de  la  dama 
que  sin  cesar  «¡Orlando!  Orlando!»  clama. 

Lánzase  como  un  tigre  a  la  pandilla 
que  le  lleva  su  dueño  soberano, 
i  a  Lurcon  en  la  misma  coronilla 
un  golpe  da  como  de  aquella  mano: 
hácele  la  cabeza  una  tortilla, 
que,  en  vez  de  dar  de  filo,  dio  de  plano: 
el  yelmo  a  tierra  va,  si  antes  redondo 
i  empenachado,  informe  ahora  i  mondo. 

¡Extraña  cosa,  inusitada  i  fiera, 
que  superar  parece  a  fuerza  humana! 
No  se  ve  de  Lurcon  la  calavera 
en  parte  alguna  próxima  o  lejana; 
dentro  del  yelmo  no  se  halló  ni  fuera; 
volvióla  toda  polvos  Durindana. 
Medroso  Santaría,  solo  pudo 
en  la  bella  cautiva  hacerse  escudo. 


í02  POESÍAS 

Otro  recurso  o  fuerza  o  poderío 
que  en  aquel  tranca  le  defienda,  ignora. 
Sujeta  el  brazo  i  tiene  a  raya  el  brio 
el  conde,  por  no  herir  a  su  señora. 
Mas  ella  grita:  «Orlando,  Orlando  mió, 
si  rae  tienes  amor,  muéstralo  ahora; 
mátame  con  tus  manos;"  antes  muera 
que  verme  de  estos  canes  prisionera.» 

Confuso  el  conde  i  por  demás  perplejo 
no  sabe  qué  resuelva;  al  fin,  la  espada 
envaina,  i  toma  por  mejor  consejo 
matar  aquel  ladrón  de  una  puñada. 
Temblaba  el  malandrín  por  su  pellejo; 
i  al  ver  la  invicta  diestra  desarmada, 
creyó  trocado  el  lance,  i  determina 
valerse  de  ocasión  tan  peregrina. 
De  la  dama  que  lleva  delantera 
sobre  el  siniestro  brazo  echó  la  carga, 
porque  mejor  de  adarga  le  sirviera, 
dado  que  menester  hubiese  adarga; 
i  al  conde  una  estocada  en  la  ventrera, 
mucho  mas  pronto  que  lo  digo,  alarga, 
que,  echado  a  las  espaldas  el  escudo, 
de  todo  amparo  le  creyó  desnudo. 

Mas  el  escudo  al  conde  tanto  importa, 
como  si  fuera  un  bulto  de  diamante. 
El  conde  quiso  hacer  la  cuenta  corta 
pagando  con  usuras  al  instante: 
a  dos  dedos  del  tronco  de  la  aorta 
le  imprime  el  puño  i  el  ferrado  guante; 
quítale  así  la  vida;  así  rescata 
jla  bella  presa,  i  de  salvarla  trata. 
En  brazos  la  tomó,  i  el  acicate 
bincando  a  grilladoro,  hacia  la  Roca 
(Corre  veloz,  i  cijianto  encuentra  abate. 
Agrican,  que  le  ve,  se  abrasa  en  loca 
furia;  seguirle  quiere;  mas  combate 
jcon  seis  a  un  tiempo,  i  lo  peor  le  toca: 
los  seis  la  lid  con  nuevo  aliento  emprenden, 
i  y^  eji  lugar  de  defenderse,  ofenden. 


ORLANDO  ENAMORADO  503 


Llega  en  tanto  a  la  puerta  del  castillo 
el  conde  amanto,  i  que  le  admitan  ruega; 
mas  Trufaldin,  el  consumado  pillo, 
asomado  a  una  torre,  se  lo  niega; 
i  no  solo  rehusa  rccibillo, 
fiino  le  insulta,  i  a  intimarle  llega 
que  guerra  les  harán  él  i  su  jentc, 
si  de  allí  no  se  apartan  prontamente. 

Insta  la  dama  i  llora;  mas  en  vano. 
Grita  i  brama  Roldan;  pero  sin  fruto. 
Acércase  Agrican;  se  acerca  Uldano; 
i  nada  mueve  el  alma  de  aquel  bruto. 
Hierven  de  jentiialla  risco  i  llano, 
i  estará  toda  en  menos  de  un  minuto 
al  pié  del  alta  roca;  i  el  malvado 
mas  terco  cada  vez,  mas  obstinado. 

Las  piedras  i  los  dardos  menudea 
mezclando  con  las  obras  el  denuesto. 
Pues.¿q«icn  podrá  formarse  alguna  idea 
de  la'pasion,  del  frenesí  funesto 
que  al  corazón  de  Orlando  señorea, 
•en  tal  peligro  i  tal  afrenta  puesto? 
Brama  de  enojo  i  de  pavura  treme; 
mas  no  por  si,  por  ella  solo  teme. 

Teme  por  la  beldad  que  adora  fino: 
en  cuanto  a  sí  ningún  temor  abriga. 
Le  arroja  de  los  muros  Trufaldino, 
i  ya  la  chusma  bárbara  enemiga 
envuelta  en  polvoroso  remolino 
osada  embiste,  i  mas  i  mas  le  hostiga 
con  dardos,  i  venablos,  i  saetas, 
al  son  de  los  clarines  i  trompetas. 

Clarion,  i  Aquilante,  i  Adriano 
lidian  con  Agrican  a  todo  trance; 
el  noble  liberto  es  un  león  insano; 
donde  él  está  no  hai  bárbaro  que  avance; 
proezas  de  ardimiento  sobrehumano 
hace  Grifón  en  repetido  lance; 
i  Brandimarte,  si  decirse  puede, 
en  fuerza  i  brio  a  los  demás  excede.. 


íJO-i  "  POESÍAS 

La  dama  en  tanto  al  pió  del  muro  jime, 
i  ruega  humilde  el  conde  a  Trufaldino 
que  por  Dios  se  conduela  i  se  lastime 
de  una  infeliz  que  a  tan  cruel  destino 
reducida  se  ve:  nada  hai  que  lime 
el  corazón  perverso,  diamantino, 
de  aquel  traidor,  para  quien  es  materia 
de  pasatiempo  el  llanto  i  la  miseria. 

No  hai  ruego,  no  hai  promesa  que  le  ablande, 
i  en  el  alma  de  Orlando  el  reprimido 
furor  fermenta;  i  cada  vez  mas  grande, 
revienta  al  fin  con  hórrido  estallido. 
Por  mas  que  el  conde  a  sus  afectos  mande, 
por  mas  que  en  el  hablar,  desconocido 
le  fué  el  baldón,  denuestos  cuando  tocan 
en  lo  mas  vivo,  a  denostar  provocan. 

«Recibirásme,  infame,  a  tu  despecho, 
le  dice;  haz  cuanto  puedes,  cuanto  sabes: 
será  este  muro  en  átomos  deshecho 
para  que  al  fin,  como  debiste,  acabes; 
arrancaré  de  tu  alevoso  pecho 
el  corazón;  lo  comerán  las  aves; 
nada,  aunque  fuese  el  mundo  de  tu  parte, 
de  la  horca,  follón,  podrá  salvarte.» 

Diciendo  así,  descarga  con  el  lomo 
de  la  espada  tal  golpe  en  la  muralla, 
que  hace  saltar  dos  piedras  de  gran  tomo. 
Trufaldin,  que  de  Orlando  en  la  batalla 
supo  los  hechos,  i  ve  ahora  cómo 
terror  infunde  i  susto  a  la  canalla, 
i  se  figura  que  a  la  roca  misma 
con  la  tremenda  espada  hunde  i  abisma, 

I  observa  el  fuego  que  en  sus  ojos  arde, 
i  oye  de  aquel  acento  la  braveza; 
como  de  suyo  es  la  traición  cobarde, 
pónese  a  tiritar  de  pié  a  cabeza; 
i  si  antes  hizo  de  insolencia  alarde, 
de  abatimiento  ahora  i  de  bajeza. 
«Pon  mientes,  conde,  a  lo  que  digo;  apelo 
de  mi  verdad  en  testimonio  al  cielo. 


ORLANDO  ENAMORADO  505 


«Negar  no  puedo,  ni  negar  podría, 
que  contra  mi  señora  he  delinquido; 
pero  la  culpa  principal  no  os  mia, 
que  en  Dios  i  en  mi  conciencia  no  he  tenido 
la  menor  intención  de  felonía, 
i  probarélo,  siendo  Dios  servido. 
Contra  mí  cometieron  mil  excesos 
mis  camaradas,  i  los  puse  presos. 

«Esta  es  mi  culpa,  i  es  lo  que  me  abona 
si  todo  falso  juicio  se  destierra; 
porque  jamas  fué  blanco  una  persona 
de  tan  injusta  i  tan  malvada  guerra. 
Mas  como  el  ofensor  nunca  perdona, 
sé  que,  en  viéndose  libres,  cielo  i  tierra 
moverán  contra  mí,  i  han  de  quererte 
inducir  a  mi  afrenta  i  a  mi  muerte. 

a  Así  que,  mi  señor,  si  entrar  pretendes, 
será  con  pacto  i  juramento  expreso 
de  que  a  pié  i  a  caballo  me  defiendes, 
i  me  mantienes  salvo,  sano,  ileso, 
i  si  alguno  me  ataca,  al  punto  emprendes 
batalla,  i  me  le  entregas  muerto  i  preso. 
Si  esta  precisa  condición  te  agrada, 
entras;  si  no  la  aceptas,  no  hai  entrada. 

«I  lo  que  a  ti  te  digo,  a  todos  digo: 
a  nadie  admitiré,  sin  que  primero, 
poniendo  a  el  alto  ciclo  por  testigo, 
me  dé  palabra  i  fe  de  caballero, 
que  en  todos  lances  estará  conmigo, 
i  ha  de  ampararme  a  fuero  i  contra  fuero, 
mientras  se  tenga  en  pie,  mientras  respire; 
i  el  que  no  jure  así,  que  se  retire.» 

Orlando  inexorable  se  lo  niega, 
antes  con  mas  enojo  le  amenaza; 
mas  la  dama  intercede  i  se  lo  ruega, 
i  el  cuello  al  conde  estrechamente  abraza. 
Aquella  alma  soberbia  se  doblega, 
i  a  Trufaldin  le  sale  bien  la  traza. 
El  desabrido  trago  apura  el  conde; 
jura  por  sí  i  de  los  demás  responde. 


506  POESÍAS 

Aquilante,  Agricano,  Brandimarte, 
Grifón  i  Clarion  i  el  conde  Uberto, 
lidiando  están  con  Agrieano  aparte, 
que,  si  bien  de  fatiga  medio  rauerto, 
fiera  descarga  entre  los  seis  reparte; 
i  aunque  en  la  Roca  al  fin  tomaron  puerto, 
si  Orlando  en  su  defensa  no  viniera, 
desocupado  ya,  no  sé  qué  fuera. 

Pues,  como  digo,  entraron  en  la  Roca, 
asilo  dentro  i  fuera  mal  seguro, 
donde  por  toda  munición  de  boca 
un  caballo  salado,  seco  i  duro, 
se  les  sirve  a  la  mesa,  i  no  fué  poca 
dicha,  que,  estando  bloqueado  el  muro 
de  tanta  muchedumbre,  alguna  jente 
tuvo  en  esta  ocasión  que  estar  a  diente. 

Cupo  a  Roldan  de  aquel  caballo  un  cuarto, 
i  se  comieron  los  demás  el  resto. 
Aunque  la  carne  está  como  un  esparto, 
no  hubo  ninguno  que  le  hiciera  jesto. 
Diz  que  Roldan  apenas  quedó  harto. 
Ello  es  que  consumido  ya  el  repuesto, 
o  han  de  buscar,  lidiando,  vitualla, 

0  será  con  el  hambre  la  batalla. 
Determinaron  que  al  siguiente  dia 

Roldan  con  este  fin  bajase  al  llano, 
i  que  le  hiciese  Uberto  compañía, 
Clarion  i  Brandimarte  i  Adriano. 

1  porque  justamente  desconfía 
de  Trufaldin  el  senador  romano, 
a  Grifón  i  Aquilante  en  el  interno 
ámbito  del  castillo  da  el  gobierno. 

Orlaba  el  manto  de  la  noche  umbría 
una  cinta  en  oriente  rosa  i  alba, 
i  el  coro  alado  en  dulce  melodía 
cantaba  ya  la  bienvenida  a  el  alba. 
Sale  Roldan  con  el  naciente  dia; 
i  sonando  su  cuerno,  hace  la  salva 
al  ejército  tártaro:  aquel  cuerno 
que  remeda  el  bramido  del  infierno. 


ORLANDO  ENAMORADO  507 


No  alegre  entonces  i  festivo  suena 
como  de  quien  cazando  se  deporta, 
sino  como  la  nube  cuando  truena, 
i  sierpes  do  purpúrea  lumbre  aborta. 
De  sobresalto  i  de  pavor  se  llena 
la  hueste  de  Agricano,  i  queda  absorta: 
no  hai  uno  solo  que  a  Roldan  resista; 
todos  corren,  huyendo  de  su  vista. 

Solo  a  los  fujitivos  el  sañudo 
Agricano  delante  se  presenta. 
El  acero  mostrándoles  desnudo, 
en  balde  contener  la  fuga  intenta; 
que  si  atajarla  en  una  parte  pudo, 
por  otras  mil  la  turbación  se  aumenta, 
i  al  ronco  son  que  amenazando  brama, 
veloz  por  todo  el  campo  se  derrama. 

Vuelve  altivo  los  ojos  Agricano, 
i  al  ver  que  en  derredor  de  monte  a  monto 
hierve  el  cobarde  vulgo,  i  en  el  llano 
la  amedrentada  turba  hace  horizonte, 
la  espada  envaina:  la  derecha  mano 
(cual  ánjel  infernal  que  al  cielo  afronte) 
alza,  apretando  el  puño  fieramente, 
i  de  mirar  no  so  dignó  a  su  jenle. 

Della  no  haciendo  ya  maldito  caso, 
monta  el  corcel,  escudo  toma  i  lanza, 
por  la  revuelta  chusma  se  abre  paso, 
i  a  la  contienda  embravecido  avanza. 
Combatir  quiere  él  solo  a  campo  raso; 
i  lleno  de  valor  i  confianza, 
suena  también  su  cuerno  horriblemente. 
El  resto  oiréis  en  el  cantar  siguiente. 


EL  PROSCRITO 


FRAGMENTOS    DE    UNA    LEYENDA 


X 


EL  PROSCRITO 


I 


FRAGMENTOS   DE   UNA   LEYENDA 

CANTO  I. 

LA    FAMILIA 

tKeep  thy  smooth  words  and  juggling  homilies 
!or  those  tlKit  know  thee  not.» 

(Lord  Bíkojí.) 

Ante  la  reja  está  de  un  locutorio 
de  monjas,  a  la  hora  de  completas, 
(no  digo  la  ciudad  ni  el  territorio 
por  evitar  hablillas  indiscretas), 
la  mujer  del  anciano  don  Gregorio 
de  Azagra,  caballero  de  pesetas 
pocas,  pero  de  alcurnia  rancia,  ilustre, 
a  quien  ni  aun  la  pobreza  empaña  el  lustre. 
Que  dio  espanto  a  las  huestes  agarenas 

un  don  Gómez  de  Azagra  con  la  espada, 

i  añicos  hizo  él  solo  tres  docenas 

de  moros  en  la  Vega  de  Granada; 

i  que  su  sangre  corre  por  las  venas 

de  don  Gregorio,  en  cuya  dilatada 

prosapia  no  encontró  jamas  indicio 

judaico  quo  tiznar  el  Santo  Oficio; 


)Í2  POESÍAS 

Ni  cayó  de  traición  la  mancha  fea, 
ni  hubo  sectario  alguno  de  Mahoma, 
ni  abuelo  con  raíces  en  Guinea, 
ni,  en  fin,  mas  fe  que  la  de  Cristo  i  Roma, 
claramente  verá  todo  el  que  lea 
(donde  se  lo  permita  la  carcoma} 
la  iluminada  ejecutoria  antigua 
que  contra  malas  lenguas  lo  atestigua. 

Cuenta  en  sus  bienes  el  señor  de  Azagra 
dos  minas  broceadas;  vasta  hacienda 
de  campo,  que  le  rinde  renta  magra; 
i  vieja  casa  de  capaz  vivienda, 
do  la  vida  le  endulza  i  le  avinagra 
alternativamente  la  leyenda, 
el  mate,  la  tertulia  un  corto  rata, 
los  acreedores,  la  mujer  i  el  flato. 

Era  también  de  esclarecida  cuna 
BU  mujer  doña  Elvira  de  Hinojosa; 
i  aunque  en  el  matrimonio  la  fortuna 
de  su  marido  no  medró  gran  cosa, 
fué  una  santa  mujer  sin  duda  alguna; 
i  como  tan  austera,  escrupulosa 
i  timorata  que  es,  ciertas  cosillas 
que  en  don  Gregorio  ve  le  hacen  cosquillas. 

A  la  tertulia  sin  cesar  combate, 
porque  se  viene  tardes  i  mañanas 
a  beberle  la  aloja  i  chocolate, 
gastando  el  tiempo  en  pláticas  profanas. 
Dice  que  su  marida  es  un  petate, 
i  algunas  veces  le  llamó  Juan  Lanas: 
quiere  que  todo,  en  fin,  se  le  someta, 
~  i  trata  a  don  Gregorio  a  la  baqueta: 

Cosa  mui  natural  seguramente 
en  tan  alta  virtud;  ni  pudo  menos 
la  que  abrasada  en  santo  celo,  siente, 
aun  mas  que  sus  pecados,  los  ajenos. 
I  lo  peor  de  todo  es  que  el  pariente, 
cuando  estalla  en  relámpagos  i  truenos 
su  bendita  mujer,  vira  de  bordo, 
toma  la  capa,  o  calla  i  si  hace  el  sordo. 


EL  PROSCRITO 


^3 


De  esta  feliz  matrimonial  coyunda 
tuvo  Azagra  hijos  dos:  perdió  el  primero; 
i  le  vive  Isabel,  prole  segunda, 
que  ya  su  corazón  ocupa  entero. 
No  ha  vuelto  la  señora  a  ser  fecunda; 
i  como  la  Isabel  de  enero  a  enero 
en  aquel  monasterio  se  lo  pasa, 
no  hai  mas  que  Elvira  i  don  Gregorio  en  casa. 

De  lo  que  dejo  dicho  se  colije 
que  la  tal  Isabel  es  la  heroína 
de  mi  leyenda,  i  de  rigor  se  exijo 
que  la  retrate.  Cabellera  fina, 
rizada  sin  que  el  arte  la  ensortije, 
negra;  rosada  cutis;  coralina 
boca  con  marfilada  dentadura; 
espalda,  cuello  i  brazos,  nieve  pura. 

De  beldad  envidiados  caracteres, 
Isabel,  en  tu  patria  menos  raros, 
madre  de  donosísimas  mujeres, 
de  hombres  valientes  i  de  injenios  claros; 
pero  en  el  talle  esbelto  única  eres, 
i  en  esos  ojos,  de  su  fuego  avaros: 
fuego  amoroso  i  juntamente  esquivo, 
en  tus  tímidos  párpados  cautivo. 

Edúcase  la  niña  en  el  convento, 
sin  ver  ni  la  ciudad,  ni  la  paterna 
casa  jamas.  El  crítico  momento 
de  pronunciar  su  despedida  eterna 
del  mundo  va  a  llegar;  i  el  pensamiento 
(en  que  arrullada  fue  desde  la  tierna 
infancia)  de  celeste  desposorio, 
a  toda  la  familia  es  ya  notorio. 

Quiere  su  madre,  i  quiere  írai  Facundo, 
su  confesor,  que  tome  luego  el  velo; 
i  ella,  a  quien  el  recinto  del  profundo 
retiro  en  que  ha  vivido  es,  bajo  el  cielo, 
el  universo  todo,  ella,  que  el  mundo 
recuerda  como  un  sueño  vago,  al  celo 
del  confesor  i  a  la  materna  instancia, 
cede  sin  aparente  repugnancia; 

POESÍAS  65 


514  POESÍAS 

Bien  que  a  las  veces  este  sueño  vago 
le  muestra  un  no  sé  qué  dorado,  hermoso, 
que  hace  en  el  alma  excitador  halago, 
mui  diferente  del  claustral  reposo. 
Quisiera  ver  el  valle,  el  rio,  el  lago, 
la  montaña  elevada,  el  mar  undoso, 
i  en  libertad  triscar  por  la  pradera, 
con  alguna  querida  compañera: 

Objetos  que  no  ha  visto  i  se  figura 
aun  mas  bellos  acaso  que  la  propia 
naturaleza;  pues  la  infiel  pintura 
de  la  imajinacion,  partes  acopia, 
que  unidas  no  se  ven;  i  es  toda  pura, 
es  toda  bella  i  diáfana  la  utopia 
de  joven  alma,  que  su  forma  aeria 
i  su  albor  virjinal  da  a  la  materia. 

«¿I  este  claustro  ha  de  ser  depositario 
de  mi  existencia  toda?»  Isabel  mira 
el  silencioso,  umbrío,  solitario 
recinto;  i  sin  saber  por  qué,  suspira. 
«¿Viviré,  como  vive  mi  canario, 
que  sin  cesar  de  un  lado  al  otro  jira 
de  su  prisión,  i  sin  cesar  se  roza 
contra  las  rejas?»  Isabel  solloza. 

Pero  este  triste  pensamiento  pasa, 
como  en  el  cielo  fujitiva  nube, 
como  el  aura  sutil  que  un  lago  rasa; 
i  a  su  nivel  de  nuevo  el  alma  sube. 
Por  lo  que  frai  Facundo  se  propasa 
a  declarar  que  no  es  razón  se  incube 
con  tan  superfino  empeño  en  esa  idea, 
pues  la  niña  consiente  i  lo  desea: 

Que  de  su  inclinación  sale  garante, 
en  cuanto  serlo  puede  el  juicio  humano; 
pero  que  el  corazón  es  inconstante, 
el  juvenil  espíritu  liviano; 
i  perder  no  se  debe  un  solo  instante 
en  cumplir  un  designio  tan  cristiano, 
poniendo  un  muro  indestructible,  eterno, 
entre  el  alma  inocente  i  el  infierno. 


EL  PROSCRITO  515 


«Esto  (concluye)  es  lo  que  pide  el  caso: 
no  aburrir  con  sermones  a  la  niña.» — 
«Eso  es  lo  que  repito  a  cada  paso,» 
Elvira  dice,  i  maliciosa  guiña. — 
«Estoi  (responde  Azagra)  un  poco  escaso; 
pero  con  la  primera  plata-piña...» 
Mirando  a  su  mujer  medroso  calla: 
la  doña  Elvira  por  un  tris  estalla. 

Solo  el  respeto  al  padre  la  modera. 
«¿Qué  plata-piña?  dice.  ¿Cuánta  han  dado 
tus  minas,  perdurable  sangradera 
de  dinero,  en  este  año,  ni  el  pasado, 
ni  en  seis  años  atrás?  Si  la  primera 
plata-piña  es  el  fondo  destinado 
para  que  mi  Isabel  pronuncie  el  voto, 
¿por  qué  no  dices  claro:  no  la  dolo?}> — 

«Si  no  han  dado,  darán.»  Aquí  el  enojo 
de  doña  Elvira  iba  a  soltar  el  dique, 
i  Azagra  echaba  a  su  sombrero  el  ojo, 
pues  no  sabe  qué  alegue,  o  qué  replique, 
cuando  el  padre,  advirtiendo  por  el  rojo 
color  de  doña  Elvira,  que  está  a  pique 
de  reventar  la  concentrada  bilis, 
«Mi  don  Gregorio,  en  eso  está  el  busilis 

(Dice  con  una  flema,  una  cachaza 
admirable):  en  que  den.  Pero  yo  pienso 
quo  podemos  hallar  alguna  traza... 
algún  arbitrio...  verbigracia,  un  censo 
sobre  la  hacienda.»  Doña  Elvira  abraza 
la  indicación  con  un  placer  inmenso: 
«Ya  so  ve:  ¿por  qué  no?» — «Si  acaso  el  fundo 
no  está  gravado  (agrega  frai  Facundo; 

I  una  mirada  exploratoria  lanza, 
como  quo  algún  obstáculo  presuma); 
i  si  lo  está,  con  una  buena  fianza 
podemos  a  interés  buscar  la  suma. 
Mi  compadre  don  Alvaro  Carranza»... — 
«Al  quo  en  sus  garras  pilla  lo  despluma, 
(respondo  Azagra).  No  se  piense  en  eso; 
un  dos  por  ciento,  padre,  es  un  exceso.» — 


516  POESÍAS 

«Su  tertulio  de  usted  don  Agapito,».,. 
repone  el  fraile.  Elvira  refunfuña; 
«No  le  puedo  tragar:  es  un  bendito, 
que  come,  bebe,  pita,  el  mate  empuña, 
i  sorbe,  i  charla;  i  no  le  importa  un  pito 
que  la  señora  de  la  casa  gruña. 
Solo  el  mirarle  (Dios  me  lo  perdone; 
pero  no  está  en  mi  mano),  me  indispone. »- 

«Caridad!» — «I  su  tema  favorito 
es  toma  el  fraile  i  daca  la  beata.» 
«Hereje  (dice  el  padre);  un  sambenito 
le  viniera  de  perlas.  ¡Demócrata! 
¡francmasón!  Pero  al  fin  don  Agapita 
es  hombre  servicial  i  tiene  plata. 
Ocurramos  a  él:  sé  que  le  sobra; 
hará  a  lo  menos  esa  buena  obra.» 

Ello  por  mas  que  don  Gregorio  tienta 
medios  para  salir  de  un  compromiso 
que  a  su  cariño  paternal  violenta, 
(pues  en  su  corazón  está  indeciso, 
i  si  accede  al  monjío,  lo  aparenta, 
por  amor  a  la  paz);  quiso  o  no  quiso, 
acuerdan  apelar  al  contertulio, 
i  hacer  la  fiesta  en  el  cercano  julio. 

La  precedente  discusión  pasaba 
en  la  mañana  misma  de  aquel  dia 
en  que,  como  antes  dije,  Elvira  hablaba 
por  entre  la  enrejada  celosía 
a  las  amigas  monjas:  se  trataba 
de  la  pobre  Isabel...  Mas  todavía 
no  le  llega  su  turno  al  locutorio, 
que  tiene  la  palabra  don  Gregorio. 

Acabo  de  decir  que  consentía 
por  el  bien  de  la  paz  en  el  monjío. 
Aun  cuando  el  primojénito  vivía 
(que  pereció  cautivo  al  filo  impío 
de  cuchilla  araucana),  lo  tenia 
por  un  desacordado  desvarío, 
bien  que  pacato,  tímido,  indolente, 
nunca  lo  contradijo  abiertamente. 


EL  PROSCRITO  547 


De  lo  que  procedió  que,  poco  a  poco 
i  sin  sentirlo,  a  indisoluble  empeño 
se  viese  encadenado.  «¿Estaba  loco, 
decia,  o  de  mí  mismo  no  era  dueño? 
¿Cómo  ya  el  concertado  plan  revoco? 
¡Maldita  dejadez!  ¡fatal  beleño, 
que  a  todos  los  caprichos  me  sujeta 
de  ajena  voluntad!  Sol  un  trompeta... 

«¿Qué  digo?...  un  padre  bárbaro,  inhumano, 
que  ve  inmolar  esa  inocente  niña 
a  un  celo  iluso,  que  a  interés  mundano 
sirve  talvez,  o  a  infame  socaliña, 
i  no  osa  alzar  la  voz,  meter  la  mano, 
porque  su  ama  i  señora  no  le  riña, 
i  no  regañe  el  necio  conciliábulo 
que  la  da  en  su  delirio  apoyo  i  pábulo. 

«Nó,  ¡por  Dios!,*no  he  de  ser  yo  quien  permita 
«e  sacrifique  así,  se  eche  una  losa 
sepulcral  a  mi  pobre  Isabelita: 
no  será  que  me  arranquen  mi  amorosa, 
mi  candida,  mi  tierna  palomita. 
Sin  duda  tronará  mi  santa  esposa... 
Que  truene!  El  corro  ladrará...  Que  ladre! 
Quiero  ser  hombre  al  fin,  quiero  ser  padre. 

«Pero  si  ella  ama  el  claustro,  si  la  encanta 
el  claustro,  como  afirma  el  fraile  seria 
i  gravemente,  (i  nadie  tiene  tanta 
proporción  de  juzgar  en  la  materia), 
¿debo  yo  de  esa  senda  pura  i  santa 
extraviarla,  hundirla  en  la  miseria 
i  corrupción  del  mundo? — No  lo  creo, 
porque  una  cosa  dicen  i  otra  veo. 

«Ella  es  verdad  que  salta  i  juega  i  rie; 
¿mas  quien  no  juega  i  salta  en  años  quince? 
Nadie  de  tales  síntomas  se  fie, 
que  de  tener  se  precie  un  ojo  lince. 
El  que  la  observe,  el  que  en  su  rostro  espíe 
ora  el  sollozo  ahogado,  ora  el  esguince, 
verá  que  en  sus  adentros  Isabela 
contra  eso  pensamiento  se  rebela. 


518  POESÍAS 

«De  cierto  tiempo  acá  se  me  figura 
que  pensativa  i  lánguida  la  miro. 
Cuando  oye  hablar  de  profesión  futura, 
escápasele  a  hurto  algún  suspiro. 
I  si  su  madre  la  elocuencia  apura 
pintando  las  delicias  del  retiro, 
vuelve  a  un  lado  los  ojos,  o  impaciente 
suele  tocar  asunto  diferente. 

«¡Cuántas  veces  en  mí  clava  la  vista, 
i  luego  melancólica  la  baja! 
No  se  queja,  es  verdad;  no  habla;  no  chista; 
mete  ella  misma  el  cuello  en  la  mortaja; 
en  vez  de  que  la  esquive  o  la  resista, 
a  las  que  se  la  ponen  agasaja: 
así  va  el  corderillo  al  matadero, 
i  le  lame  la  mano  al  carnicero. 

«¿I  yo  he  de  consentirlp?  Si  viviera 
mi  malogrado  Enrique,  ese  consuelo, 
ese  apoyo,  ese  báculo  tuviera 
en  mi  vejez...  ¿mas  cómo,  santo  cielo! 
cómo  dejar  me  quiten  mi  postrera, 
mi  única  prenda?  A  ti,  mi  Dios,  apelo: 
tú  con  las  fuerzas  los  deberes  mides, 
i  sacrificio  tanto  no  me  pides.» 

El  buen  señor  los  sesos  se  devana, 
i  no  ve  cómo  salga  del  apuro. 
A  una  mujer  tan  terca  i  casquivana 
hacer  la  guerra  cara  a  cara  es  duro. 
Su  inconquistable  jenio  le  amilana: 
a  la  sordina  es  mucho  mas  seguro. 
Un  instrumento  fácil  i  espedito 
se  le  presenta;  i  es  don  Agapito: 

Don  Agapito  lleredia,  el  tertuliano 
de  cuyo  filantrópico  bolsillo 
iba  a  salir  la  dote:  buen  cristiano, 
si  los  hai,  aunque  amigo  del  tresillo, 
mas  que  del  ejercicio  cuotidiano, 
i  nada  afecto  a  jente  de  cerquillo: 
injusta  prevención,  que  no  me  admira 
le  tenga  en  mal  olor  con  doña  Elvira; 


EL  PROSCRITO  519 


Pero  a  lo  que  maquina  don  Gregorio 
circunstancia  en  extremo  favorable; 
pues  el  proyecto  Ileredia  hará  ilusorio, 
o  al  menos,  por  lo  pronto,  impracticable, 
<;on  un  nó  terminante  i  perentorio, 
cuando  con  él  la  pretensión  se  entable; 
para  lo  cual  hablarle  piensa  al  punto 
con  la  reserva  propia  del  asunto. 

En  el  suceso  don  Gregorio  fia 
haciendo  entre  los  dos  aquel  enjuague; 
i  si  mas  adelante  otra  crujía 
sobreviniere  que  a  Isabel  amague, 
«Con  esta  industria  no  hai  temor,  decia; 
porque  mientras  la  dote  no  se  pague, 
(que  no  se  pagará  volentc  Dco]^ 
pensar  en  el  monjío  es  devaneo.» 

Mientras  que  así  discurre  el  caballero, 
i  el  vaporoso  espíritu  refresca 
dulce  esperanza,  desvolvió  el  yesquero; 
suena  la  piedra  herida,  arde  la  yesca; 
i  ya  ondeante  nube  de  lijero 
humo  el  cigarro  esparce,  que  la  gresca 
de  pensamientos  ajilados  calma, 
i  en  deliciosa  paz  aduerme  el  alma. 

Si  no  estuviera  yo  de  prisa  ahora, 
(que  a  la  mujer  de  nuestro  don  Gregorio, 
por  lo  menos  habrá  su  media  hora, 
a  la  reja  deje  del  locutorio), 
gustoso  templaría  la  sonora 
lira  para  cantar  a  mi  auditorio, 
tabaco  amado,  compañero  mió, 
tu  blando,  inesplicable  poderío. 

Ya  el  cigarro  te  exhale,  o  ya  circules 
en  largos  tubos  o  enroscadas  pipas, 
o  en  polvo  las  narices  estimules, 
tú  los  cuidados,  tú  el  pesar  disipas. 
A  príncipes,  magnates  o  gandules, 
¿una  incomodidad  ralla  las  tripas? 
¿abruma  la  fatiga?  ¿enfada  el  ocio? 
Tú  eres  del  alma  cordial  socrocio. 


&20  POESÍAS 

Despejas  tú  la  embarazada  cholla 
del  sabio,  i  le  solazas  las  vijilias; 
mas  vividos  sus  cuadros  desarrolla 
el  pensamiento,  cuando  tú  le  auxilias; 
i  si  el  poeta  alguna  vez  se  atolla, 
le  acorres  tú;  la  rima  le  concilias 
que  a  sus  esfuerzos  se  resiste  ingrata, 
i  en  fácil  verso  el  numen  se  desata. 
Mas  ahora  es  forzoso  que  se  trate 
de  don  Gregorio,  que  discurre  i  pita, 
pita  i  discurre;  i  luego  pide  un  mate: 
«¡Un  mate!» — El  buen  señor  se  desgañita, 
i  el  mate  no  parece.  «¡Cunefate! 
Serafina!  Tomasa!  Margarita! 
Es  de  perder  el  juicio,  ¡Dios  eterno! 
¡Qué  criados!  ¡qué  casa!  ¡qué  gobierno!» 

Viene  por  fin  el  mate. — «¿I  doña  Elvira?» — - 
«Salió» — Gregorio  pone  el  jesto  grave, 
sorbe,  i  a  la  pared  atento  mira. — 
«¿I  Margarita  donde  está?» — «¡Quién  sabe!» — 
«Toma;  i  no  mas.» — El  mozo  se  retira. — 
«Cierra  esa  puerta,  ¡bestia!» — «¿Le  echo  llave?»- 
«¡ Bruto!  ¿quieres  aquí  tenerme  preso? 
Júntala  solo,  i  márchate,  camueso.» 
Tras  esto  don  Gregorio  se  reclina, 
i  echa  antes  de  comer  su  larga  siesta. 
Despierta;  pita;  sorbe;  Serafina 
viene  a  decir  que  está  la  mesa  puesta. 
Comen.  Un  guachalomo,  una  gallina, 
porotos,  charqui,  un  pavo,  tal  cual  fiesta, 
es,  con  su  buen  por  qué  de  ají  i  de  grasa, 
lo  que  da  la  despensa  de  la  casa. 

Un  rato  Azagra  está  meditabundo; 
i  ya  que  el  buche  con  un  trago  enfría 
de  lagrimilla,  «Es  mucho  frai  Facundo 
(dice  como  entre  veras  e  ironía); 
¡qué  talento  de  fraile!  i  ¡qué  rotundo, 
qué  colorado  está!  Por  vida  mia, 
¡que  tiene  harta  razón  su  reverencia, 
para  decir  que  engorda  la  abstinencia!» 


EL  PROSCRITO  521 


Dudando  si  lo  que  oye  es  befa  o  loa, 
dice  la  dama  con  mirar  perplejo: 
«Aunque  al  siervo  de  Dios  la  envidia  roa, 
es  homl)re  de  virtud  i  de  consejo.» — 
«I  do  el  siervo  de  Dios  pone  la  proa, 
responde  en  tono  socarrón  el  viejo, 
no  hai  cosa  que  al  esfuerzo  no  sucumba 
de  su  elocuencia.»  Impertinente  zumba, 

I  de  que  el  buen  señor  se  arrepintiera 
en  otras  circunstancias.  Ni  al  presente 
osara  tanto  Azagra,  si  no  fuera 
que  al  recordar  su  treta,  el  pecho  siento 
bullir  de  gozo.  Elvira  no  se  altera: 
«Resuella  por  la  herida  mi  pariente,» 
dice  a  su  sayo  i  calla. — «Fuó  un  bonito 
recurso  el  de  la  bolsa  de  Agapito, 

Prosigue  Azagra.  Es  franco  caballero; 
tengo  de  su  amistad  mas  de  una  prueba; 
i  prestará  gustoso  su  dinero, 
cuando  tan  santo  fin  la  cosa  lleva. 
Hija,  mañana  mismo  hablarle  quiero.» — 
«Nuestra  Señora  sus  entrañas  mueva, 
i  nuestro  pensamiento  ponga  en  planta;» 
contesta  doña  Elvira,  i  se  levanta. 

Don  Gregorio  tomó  sombrero  i  capa; 
doña  Elvira  la  saya  i  la  mantilla. 
Ella  se  va  a  las  monjas;  él  se  escapa 
al  tajamar,  en  donde  la  pandilla 
de  tertulianos  al  pasar  le  atrapa. 
Se  habla  de  independencia^  de  malilla; 
i  de  Marcó  del  Pont  i  de  la  España, 
i  de  cera,  polvillo"!  telaraña. 

Eran  aquellos  dias  de  funesta 
memoria,  en  que  la  Patria  moribunda 
cambió  en  lutos  la  tunicado  fiesta, 
i  la  guirnalda  en  la  servil  coyunda. 
La  noble  frente  que  miraba  enhiesta 
al  astro  de  la  gloria,  ya  en  profunda  * 
sombra  eclipsado,  triste  inclina  al  suelo, 
i  no  divisa  un  término  a  su  duelo. 


522  POESÍAS 

Noche  improvisa  oscureció  la  aurora 
de  libertad.  Venciste,  ¡tiranía! 
Mártires  i  cautivos  atesora 
allá  el  presidio,  acá  la  tumba  fria; 
i  de  los  hijos  que  la  Patria  llora 
se  ve  crecer  la  suma  cada  dia. 
Doquiera  oculto  el  espionaje  acecha, 
i  va  la  proscripción  tras  la  sospecha. 

Noche  fué  de  dolor;  no  de  letargo; 
que  si  el  pecho  una  vez  respira  aliento 
de  dulce  libertad,  no  sueñe  largo 
desmayo,  ni  durable  rendimiento 
el  opresor:  vendrá  desquite  amargo; 
de  la  retribución  vendrá  el  momento: 
mientras  él  altanero  se  entroniza, 
arde  divino  fuego  en  la  ceniza. 

Tal  el  estado  de  la  Patria  era: 
reina  Marcó  del  Pont;  i  aquella  inculta, 
baja,  soez  canalla  talavera 
roba,  asesina,  i  mas  que  todo,  insulta. 
El  diez  i  seis  principia  su  carrera, 
i  a  la  arboleda  i  a  la  mies  adulta 
las  frutas  pinta  i  las  espigas  dora, 
ardiendo  el  campo  en  sed  abrasadora. 

I  a  par  del  turbio  rio  iba  i  venia 
nuestra  tertulia  en  platicar  discreto, 
que  temeroso  de  escondido  espLa 
tras  cada  tronco  i  cada  parapeto, 
en  tímido  susurro  se  confía 
con  aire  de  misterio  i  de  secreto 
cada  vez  que  dan  sueltas  a  la  crítica 
sobre  cualquier  asunto  de  política. 

De  varias  trazas  eran,  jenios,  modos; 
i  aunque  de  armas  tomar  ninguno  fuera 
{porque  de  los  cincuenta  pasan  todos), 
son  por  una  mismísima  tijera 
cortados  en  tratándose  de  godos; 
i  si  de  Elvira  el  nombre  no  sirviera 
de  protección,  tuvieran  hoi  la  cancha 
en  parto  no  tan  fresca  ni  tan  ancha. 


EL  PROSCRITO  523 


Esto  de  O'IIigí^ins  el  valor  celebra, 
o  de  Carrera  o  Freiré  las  hazañas; 
quién  la  exacción  deplora,  que  a  una  quiebra 
le  reduce  i  le  saca  las  entrañas; 
maldiciones  aquél  (¡qué  horror!)  enhebra 
contra  el  augusto  rei  de  las  Españas;   - 
i  en  profética  trípode  se  encumbra 
alguno  ya,  i  a  San  Martin  columbra. 

Sentada  en  tanto  Elvira  ante  las  rejas 
del  locutorio,  como  arriba  indico, 
alijeraba  un  poco  las  bandejas 
de  las  devotas  madres.  Con  el  pico 
que  Dios  le  ha  dado  ensarta  mil  consejas, 
moviendo  sobre  el  seno  el  abanico, 
i  dando  todo  el  grato  condimento 
en  que  consiste  la  sazón  de  un  cuento; 

No  el  de  la  destrucción  que  hiere  i  mata, 
mas  de  la  caridad  que  muerde  i  pica, 
con  aquella  prudencia  timorata 
i  aquel  celo  cristiano  que  edifica. 
De  esta  manera  justamente  trata 
a  don  Gregorio  su  mujer:  critica 
su  dejadez;  su  indevoción  censura; 
mas,  propiamente  hablando,  no  murmura. 

Sobre  el  programa,  en  fin,  del  ya  cercano 
monjío  el  jeneral  discurso  rueda. 
Tembló  Isabela  oyendo  aquel  tirano 
decreto  que  en  un  claustro  la  empareda; 
cáesele  el  abanico  de  la  mano; 
pierde  el  color;  atónita  se  queda; 
mas  al  imperio  maternal  se  inmola, 
i  no  pronuncia  una  palabra  sola. 

Nadie  averigua  si  en  el  alma  siento 
inclinación  al  relijioso  estado. 
¿Puede  no  amar  la  joven  inocente 
el  santo  asilo  donde  se  ha  criado? 
Aquel  si  irreflexivo,  indiferente, 
pedido  no  diré,  sino  dictado 
a  la  niñez  que  su  sentido  ignora, 
indisoluble  vínculo  es  ahora. 


524 


poesías 

¡Indisoluble!...  así  lo  juzga.  El  pecho 
que  resignado  i  dócil  i  sumiso 
natura  i  arte  a  competencia  han  hecho; 
a  quien  la  abnegación  deber  preciso, 
i  ajeno  mando  es  natural  derecho; 
que  solo  quiso,  en  fin,  lo  que  otro  quiso; 
¿la  suerte  que  una  madre  le  destina 
rechazar  osará?  Ni  aun  lo  imajina. 

«¿De  qué  me  asusto?  (en  su  interior  exclama). 
¿No  he  sido  siempre  destinada  al  velo? 
¿No  lo  admití?  ¿No  lo  esperé?  Me  llama 
el  cielo  mismo;  ¿i  contradigo  al  cielo? 
Un  mundo  viL,  que  tanto  vicio  infama, 
¿he  de  poner  con  Dios  en  paralelo?» 
Diciendo  así,  conformidad  serena 
rayó  en  el  alma,  i  mitigó  la  pena. 

Esto  en  el  sobredicho  locutorio; 
mientras  desde  el  paseo  le  decia 
a  sil  cara  consorte  don  Gregorio: 
«Bravo  chasco  te  pegas,  prenda  mi  a.» 
Jamas  le  vio  el  andante  consistorio 
de  tan  jovial  humor  como  aquel  dia; 
jmísero!  i  truena  ya  la  nube  parda 
de  la  tormenta  horrible  que  le  aguarda. 

Luego  que  la  oración  da  el  campanario 
de  la  vecina  iglesia,  a  la  morada 
de  don  Gregorio  van,  donde  el  rosario 
rezaban  doña  Elvira  i  su  mesnada. 
No  hubo  esta  noche  nada  estraordinario 
en  la  tertulia:  naipes,  variada 
conversación,  el  consabido  mate, 
cigarros,  dulce,  aloja  i  chocolate. 

Al  sonar  el  reloj  kis  nueve  i  media, 
«Señores,  con  la  música  a  otra  parte,» 
a  sus  contertulianos  dice  Heredia; 
i  cuando  ya,  como  los  otros,  parte, 
el  don  Gregorio  la  ocasión  promedia, 
i  a  hurto  en  baja  voz,  «Quisiera  hablarte, 
le  dice,  es  un  favor  de  poca  monta; 
i...» — «Ya  sabes  que  está  mi  bolsa  pronta 


EL  PROSCIIITO 


Para  servirte,»  respondió  A^apito. 
Negocio  concluido;  no  hables  do  eso.» — 
«No  es  lo  que  tú  imajinas;  es...» — «Repito 
que  es  cosa  hecha,  peso  sobre  peso.» — 
«¿Qué  cosa?» — «Los  dos  mil.» — «No  necesito. 
En  otra  mui  distinta  me  intereso. 
No  quiero  que  prometas,  ni  que  entregues, 
ni  que  fies:  se  trata  de  que  niegues.» — 

«¿Que  niegue?  Es  imposible,  amigo:  es  tarde. j>— 
«¡Misericordia!» — «Frai  Facundo  vino 
(eran  como  las  cuatro  de  la  tarde) 
con  un  recado  mui  atento  i  fino 
de  tu  querida  esposa,  que  Dios  guarde...» — 
«No  pases  adelante;  lo  adivino» — 
«Como  me  aseguraba  tu  anuencia, 
expresada,  me  dijo,  en  su  presencia...» — 

«Sí,  la  expresó,  con  una  soga  al  cuello.» — 
«I  como  entiendo  que  la  niña  anhela 
meterse  monja,  ¡  empeñada  en  ello 
parece  estar  tu  santa  parentela...» — 
«Basta,  no  digas  mas.  Echado  el  sello 
a  mi  desgracia  está.  ¡Pobre  Isabela! 
Todo  al  revés,  Ileredia,  me  sucede. 
Parece  que  el  demonio  lo  hace  adrede.» — 

«No  tal:  esos  petardos  te  granjea 
el  hacer,  como  haces,  a  dos  caras. 
Si  no  quieres  que  ciña  la  correa 
tu  hija  Isabel,  ¿por  qué  no  lo  declaras? 
I  si  la  pobre  chica  titubea, 
o  lo  repugna,  i  tú  la  desamparas 
que  protejerla  debes,  cruel,  impía, 
abominable  esa  omisión  sería. 

«I  mas  diré.  Si  yo  su  padre  fuera, 
i  en  esa  tierna  edad  la  viera  ansiosa 
do  vestir  el  sayal,  lo  resistiera 
con  todo  mi  poder;  que  no,  no  es  cosa 
en  que  se  deba  estar  a  la  lijera 
decisión  de  alma  incauta,  veleidosa, 
dócil  a  toda  voz,  a  todo  imperio, 
el  consignar  la  vida  a  un  monasterio. 


526  POESÍAS 

«La  que  renuncia  al  mundo  en  esa  verde 
edad  primera,  ¿podrá  ser  que  estime 
lo  que  la  aguarda,  o  sepa  lo  que  pierde? 
I  cuando,  vuelta  en  sí,  ve  que  la  oprimo 
cadena  eterna,  i  despechada  muerde 
el  duro  hierro,  ¿a  quien  acusa,  dime? 
Al  que  su  juicio  leve,  antojadizo, 
debió  haber  alumbrado,  i  no  lo  hizo. 

«En  dar  consejos  donde  no  hai  deseo 
de  recibirlos,  siempre  hallé  reparo. 
Mi  jenio  lo  repugna.  Mas  te  veo 
en  aflicción,  i  debo  hablarte  claro. 
Tu  flojedad  es  un  delito  feo. 
La  autoridad  paterna  es  el  amparo 
natural  de  Isabel.  Defiende,  guarda 
su  inocente  candor.  ¿Qué  te  acobarda?» — 

a¿T  entregado  el  dinero  fué?» — «Lo  mismo, 
porque  lo  tengo  prometido  i  pronto.» — 
«¿A  quién  se  puso,  Heredia,  un  sinapismo 
como  el  de  esta  mujer?  ¿Qué  pobre  tonto 
sufrió  jamas  tan  fiero  despotismo? 
Pero  verán,  si  en  cólera  me  monto, 
de  lo  que  soi  capaz.  Volverá  al  techo 
paterno  mi  hija...  volverá  a  mi  pecho.,. 

«Volverás,  volverás,  yo  te  lo  fio... 
Harto  tiempo  tratada  como  ajena 
fuiste  ya,  mi  Isabel,  regalo  mió, 
víctima  de...»  Diciendo  así,  refrena 
la  voz  un  repentino  escalofrío: 
en  el  hinchado  esófago  le  suena 
tumultuoso  vapor;  eructa;  brama; 
en  suma,  le  da  el  flato,  i  va  a  la  cama. 


sccrccccccoeag: 


CANTO  II. 

LA   ENFERMEDAD 


íBRABANTIO 

My  particular  grieí 

Í3  of  so  nood-gatc  and  oerbcaring  nature 
that  it  engluts  and  swallous  other  sorrowa, 
aud  it  is  still  itscif. 

DUKE 

Why,  what's  the  matter? 

DRABANTI9 

My  daughter!  Oh,  my  daughter! 

SENATOR 

Doad? 

BRABANTIO 

Ay,  to  me.» 

(Shakespeare,) 

Mientras  afuera  el  sol  de  enero  brilla, 
en  la  cerrada  alcoba  el  caballero 
duerme;  i  de  congojosa  pesadilla 
atormentado  jime.  El  candelero 
lanza  una  llajiia  trémula,  amarilla, 
agonizante,  i  lanza  ya  el  postrero 
rayo  en  la  faz  que  interna  angustia  altera, 
i  en  la  desordenada  cabellera. 

Se  le  figura  que  su  cara  hija, 
ya  en  el  griñón  cautivos  los  cabellos, 
una  tierna  mirada  le  dirija, 
hinchados  de  llorar  los  ojos  bellos. 
Los  brazos  le  echa  en  torno;  i  ella,  fija 
su  vista  en  la  del  padre,  afirma  en  ellos 
la  lánguida  cerviz.  A  la  inocente 
víctima  va  a  besar  la  blanca  frente... 


528  POESÍAS 

¡Fiera  trasformacion!  la  rubicunda 
color  de  sus  mejillas  hondas  huye; 
arde  en  los  ojos  una  luz  profunda; 
las  cuencas  tinte  cárdeno  circuye. 
No  llora  ya.  Los  brazos  furibunda 
le  opone;  el  beso  paternal  rehuye; 
i  a  los  labios  poniéndose  un  nudoso 
dedo,  le  dice  en  baja  voz:  «¡Mi  esposo!... 

«¿Qué  hai  en  este  dictado  que  te  asombre? 
El  de  mi  corazón  tiene  las  llaves... 
llaves  que  poseer  no  es  dado  al  hombre. 
Mi  esposo,  si,  mi  esposo  eterno...  ¿Sabes 
a  quién  me  desposaste?  Oye  su  nombre: 
¡desesperación!  Mira  los  graves 
grillos  i  la  cadena  que  me  agobia: 
estos  son  los  arreos  de  la  novia.» 

Huye  el  espectro  lívido,  lanzando 
mezcladas  con  jemidos  maldiciones, 
i  alzado  el  rostro  al  cielo,  exclama,  dando 
un  grito  de  dolor:  «¡No  le  perdones!» 
Vuelve  a  otro  lado  el  infeliz,  temblando, 
i  al  son  de  plañideros  esquilones 
lenta,  enlutada  procesión  advierte, 
i  oye  entonar  el  himno  de  la  muerte. 

«¡Qué!...  ¡ya  difunta!...  ¡mi  Isabel!...  ¡mi  hermosa! 
Iré  a  besar  su  tumba.»  Frai  Facundo 
sale  a  su  encuentro  en  forma  pavorosa: 
orLos  pasos  vuelve  atrás.  Profano,  inmundo 
aun  el  paterno  llanto  es  a  la  losa 
de  la  velada  vírjen.  Para  el  mundo 
años  há  falleció.  Muerta  ni  viva 
sueltan  estas  paredes  su  cautiva.» 

Negra  capa  de  coro  al  franciscano 
los  anchos  lomos  cubre;  i  se  ajiganta 
de  manera  su  cuerpo,  que  al  humano 
es  dos  veces  igual,  i  aun  le  adelanta. 
Descomunal  hisopo  tiene  en  mano, 
i  airado  sobre  Azagra  lo  levanta, 
como  si  no  tan  solo  agua  bendita 
quisiera  darle.  Don  Gregorio  grita. 


EL  PROScniTO  529 


Sueña  que  el  hisopazo  del  robusto 
reverendo  el  testuz  le  descalabra; 
i  como  sacudido  con  el  susto 
de  la  visión  tamaños  ojos  abra, 
de  Cunefate  ve  el  cercano  busto, 
el  cual,  sin  proferir  una  palabra, 
con  rostro  imperturbable  le  propina 
la  acostumbrada  taza  matutina. 

«jQuó  noche!  ¡que  mortal  desasosiego! 
jquc  sueño  horrible!»,  don  Gregorio  exclama. 
Incorporóse,  no  sin  pena;  i  luego 
arrójase  otra  vez  sobre  la  cama 
desfallecido.  En  sus  entrañas,  fuego 
febril  rápidamente  se  derrama, 
que  sus  fuerzas  consume.  Cunefate 
se  llevó  silencioso  el  chocolate. 

Aquel  dia,  el  siguiente  i  el  tercero, 
leve  se  juzga  el  mal  que  le  incomoda, 
i  se  recurre  al  rcjimen  casero, 
i  a  la  usual  farmacopea  toda. 
La  cachanlagua  se  aplicó  primero; 
luego  el  culen;  la  doradilla;  soda; 
clisteres  de  jabón  i  malvavisco; 
i  un  cordón  bendecido  en  San  Francisco. 

Ni  por  esas:  la  fiebre  no  miinora; 
do  la  jaqueca  el  bárbaro  martirio 
crece;  i  a  la  disputa  veladora 
sigue  inquieto  letargo  con  delirio. 
Por  lo  cual  determina  la  señora 
so  llamo  a  don  Canuto  Litarjirio, 
médico  castellano  celebérrimo, 
i  del  mercurio  partidario  acérrimo. 

Nuestro  doctor  a  don  Gregorio  pulsa: 
da  cien  golpes  la  arteria  por  minuto; 
seca  la  piel;  la  lengua  está  convulsa; 
sanguinolento  i  víscuido  el  esputo. 
aUn  chavalongo!»  dice  Elvira.  «¡Insulsa 
nomenclatura!»  exclama  don  Canuto. 
¿I  cuántos  días  van,  señora  mía, 

de  enfermedad?»— «Hoi  es  el  cuarto  dia. 
roEsíAS  07 


530  POESÍAS 

«Poro  so  le  acudió  mui  tempranito 
con  la  soda,  el  culón,  friegas  calientes 
de  unto  con  sal...» — «Sí;  sí;  con  el  maldito 
ripio  de  aplicaciones  impotentes 
que  dejan  vivo  el  fómes.  ¡Qué  prurito 
de  meterse  a  curar!  ¡Pobres  pacientes! 
No  se  nos  llama  hasta  que  el  caso  apura: 
se  mueren;  i  el  doctor  erró  la  cura.» 
La  próvida  consorte  que  barrunta 
algo  triste  al  oír  razones  tales, 
«¿Encuentra  usted  peligro?»,  le  pregunta. — 
«Aun  no  aparecen  síntomas  mortales, 
dice  el  doctor.  El  caso  pide  junta: 
que  vengan  Mata,  Valdemor,  Grajáles; 
i  porque  en  tanto  el  morlx)  a  mas  no  pase, 
dadme  pluma  i  papel.»  Receta  i  vase. 

Elvira,  sin  dejar  (como  es  preciso) 
de  suspirar  i  hacer  algún  puchero, 
a  frai  Facundo  da  oportuno  aviso 
de  la  ocurrencia:  el  alma  lo  primero. 
El  padre  comisiona  a  frai  Narciso 
para  que  al  viejo  asista:  el  fuera;  pero 
por  un  capricho,  Azagra,  inexplicable, 
no  quiere  que  le  vea,  ni  le  hable. 

I  como  abriga  aquel  ardiente  celo 
por  el  ajeno  bien,  no  solo  encarga 
a  frai  Narciso  le  encamine  al  cielo; 
mas  a  la  Elvira  en  carta  escribe  larga 
que,  por  si  el  accidente  pone  lelo 
a  su  querido  esposo  o  le  aletarga, 
haga  que  otorgue  luego  en  buena  forma 
su  testamento;  i  lo  incluyó  la  norma. 
Que  no  llore,  ni  plaña,  ni  se  aflija, 
mas  se  resigne,  i  todo,  como  debo, 
a  la  salud  eterna  lo  dirija 
de  su  consorte;  i  pues  que  viste  en  breve 
el  sagrado  sayal  su  cara  hija, 
haga  de  modo  tal,  que  limpia  lleve 
el  alma  a  mejor  vida  don  Gregorio, 
i  se  le  abrevie  al  pobx'c  el  purgatorio. 


EL  PROSCRITO  531 


Ella,  que  a  media  voz  al  padre  entiende 
(que  si  ladino  es  el,  no  es  ella  lerda), 
con  eficacia  a  consumar  atiendo 
el  concertado  pían,  i  el  modo  acuerda. 
Era  ya  noche:  en  el  salón  se  enciendo 
duplicado  blandón:  activa  1  cuerda 
asiste  a  las  señoras  Margarita, 
que  una  tras  otra  llegan  de  visita. 

Llenase  de  paricntas  el  estrado 
i  de  beatas;  que  la  triste  nueva 
no  bien  a  sus  oídos  ha  llegado, 
a  dar  consuelo,  a  dar  la  usada  prueba 
de  su  carillo  van.  El  fresco  helado, 
el  bizcochuelo  su  apetito  ceba; 
el  chocolate,  el  alfajor  circula. 
Danse  la  mano  caridad  i  gula. 

Mientras  que  en  el  estrado,  casi  estrecho 
a  tanta  jente,  elcuchichco  bulle, 
pasa  las  horas  cabe  el  triste  lecho 
la  doña  Elvira:  la  almohada  mulle; 
la  colcha  extiende:  está  en  continuo  acecho; 
i  si  de  cuando  en  cuando  se  escabulle, 
solo  es  para  decir  desdo  la  puerta: 
«¡Qué  no  entre  nadie!  Serafina,  alerta!» 

Discurre  acá  i  allá  la  servidumbre: 
cuál  carga  a  paso  lento  el  azafate; 
otro  para  el  cigarro  lleva  lumbre; 
otro  la  pasta  caraqueña  bate. 
I  la  tertulia,  que,  según  costumbre, 
se  viene  al  husmo  de  la  aloja  i  mate, 
hace  sobro  el  suceso  comentarios, 
o  ensarta  en  baja  voz  discursos  varios. 

Don  Agapito  Ileredia,  que  no  supo 
cómo  en  la  alcoba  entrar,  después  que  lucha 
con  la  apostada  centinela,  al  grupo 
de  los  doctores  silencioso  escucha. 
La  exposición  a  Litarjirio  cupo 
del  caso  que  los  llama;  desembucha 
raudo  torrente  de  palabras  griegas, 
i  explora  la  opinión  do  sus  colegas. 


532  POESÍAS 

Grajáles  dice:  «Es  un  absceso  hepático.» 
Mata  descubre  conjestion  nefrítica. 
Litarjirio  asegura  en  tono  enfático 
que  es  una  vieja  lúe  sifilítica. 
«I  debe,  añade,  dársele  el  viático, 
porque  la  cosa  níe  parece  crítica. 
Aquel  hipo, a  mi  ver, no  es  mui  católico.» 
Su  pronóstico,  en  suma,  es  melancólico. 

Si  sobre  el  mal,  según  aquí  relato, 
tanto  difieren,  ¿cómo  nó  en  la  cura? 
Mas  Valdemor,  después  de  un  breve  rato 
de  profundo  silencio  i  de  madura 
meditación,  «Señores,  yo  no  tratO' 
(dice  con  reposada  catadura) 
de  combatir  ajenas  opiniones 
fundadas  en  tan  sólidas  razones. 

«En  mi  sentir,  el  caso  es  menos  grave; 
ni  tiene  en  las  entrañas  el  asiento, 
sino  en  el  alma  sola.  ¿Quién  no  sabe 
lo  que  puede  un  ahogado  sentimiento, 
una  pasión  intensa  que  no  cabe, 
que  sacude  el  angosto  alojamiento 
de  un  sistema  vital,  que  debilita 
la  vejez,  i  el  mas  leve  soplo  ajita? 

«No  es  delirio,  señores,  lo  que  noto 
en  el  paciente:  el  vago  devaneo 
de  una  mansa  locura,  el  alboroto 
de  ardiente  frenesí,  no  es  lo  que  veo. 
Es  imbécil  terror  que  pone  coto 
a  la  efusión  de  un  íntimo  deseo: 
es  profunda  pasión  que  opresa  jimc, 
i  a  veces  lanza  el  peso  que  la  oprime. 

<íMi  hija!  mi  hija!  repite:  el  balbuciente 
labio  su  nombre  a  cada  instante  exhala. 
La  sacrifico,  es  la  expresión  doliente 
que  entre  ayes  i  jemidos  intercala. 
Mas  doña  Elvira  acude  prontamente, 
i  con  dedo  imperioso  le  señala 
el  santo  crucifijo.  Dios  lo  ordena, 
i  ella  lo  quiere,  dice:  ya  es  ajena. 


EL  PROSCRITO  533 


«Yo  traspaso  tal  vez  mi  ministerio, 
i  mi  aserción  tendréis  por  temeraria; 
pero  liai  sin  duda  en  esto  algún  misterio 
cuya  averiguación  es  necesaria. 
Ella  ejercita  un  absoluto  imperio 
que  no  ablandan  lamento  ni  plegaria; 
se  amilana  al  oírla,  se  estremece 
el  estenuado  enfermo,  i  enmudece.» 

Don  Agapito  Ileredia,  que  apartado 
en  un  ángulo  estaba,  se  apersona 
ante  el  docto  hipocrático  senado, 
i  obtenida  su  venia,  así  razona: 
«Un  íntimo  dolor  reconcentrado, 
porque  el  miedo  en  su  pecho  lo  aprisiona, 
es  lo  que  aqueja  a  mi  infelice  amigo: 
con  la  mas  firme  convicción  lo  digo. 

«Yo  a  curarlo  me  empeño,  i  de  contado 
voi  a  poner  los  medios.»  Con  gran  calma 
contesta  Litarjirio:  «Lo  apurado 
es  el  cuerpo,  señores,  no  es  el  alma; 
i  con  permiso  de  la  junta,  añado 
que  en  lugar  de  estas  borlas,  una  enjalma 
al  médico  se  debe  que  se  mete 
en  lo  que  solo  al  confesor  compete. 

«Si  hai  en  el  alma  intrínseca  batalla, 
el  pulso  ni  lo  afirma  ni  lo  niega, 
e  interrogado  el  orinal  lo  calla. 
¿Que  mas  incumbe  a  una  persona  lega?» 
Contesta  Valdemor:  «De  acuerdo  se  halla 
conmigo  mi  doctísimo  colega. 
Fíese  del  espíritu  la  parte 
a  la  amistad,  i  la  del  cuerpo  al  arte.» 

Diciendo  así,  concluye  que  a  su  juicio 
el  método  espectante  es  el  mas  propio. 
Don  Canuto,  que  observa  claro  indicio, 
o  evidencia  mas  bien,  de  antiguo  acopio 
de  virus,  quiero  correjir  el  vicio 
con  el  mercurio,  el  tártaro  i  el  opio; 
Grajáles,  calomel;  Mata  decreta 
sanguijuelas,  cantáridas,  lanceta. 


i84  POESÍAS 

Mientras  en  esta  parte  de  la  casa 
sigue  el  debate  medical,  escena 
harto  diversa  en  otro  sitio  pasa, 
donde  su  testamento  Azagra  ordena. 
La  triste  alcoba  alumbra  luz  escasa, 
tanto  que  la  escritura  lee  con  pena 
Panurgo  Fraguadolo,  el  escribano, 
que  la  trajo  extendida  de  su  mano. 

Dispone  don  Gregorio  lo  siguiente: 
instituye  en  sus  bienes  heredera 
a  su  alma  sola,  que  perpetuamente 
los  deberá  gozar,  en  la  manera 
que  encarga  a  su  estimado  confidente 
i  comisario,  don  Julián  Herrera 
de  Ulloa  i  Carvajal,  primo  segundo 
del  reverendo  padre  frai  Facundo. 

La  herencia  pasará  de  don  Gregorio 
como  los  mayorazgos  de  Castilla, 
pero  con  el  servicio  obligatorio 
de  una  misa  anual  en  la  capilla, 
iglesia,  monasterio  u  oratorio 
donde  quiera  el  patrón  mandar  decilla; 
la  cual  misa  se  diga  (que  es  el  punto 
cardinal)  por  el  alma  del  difunto. 

I  porque  siempre  el  tal  servicio  dure, 
quede  bajo  estrechísimo  reato 
de  la  conciencia,  i  piérdase  ipso  jure, 
en  caso  de  omisión,  el  patronato. 
Empero  a  doña  Elvira  se  asegure 
(amen  del  espadín  i  del  retrato, 
plata  labrada  i  árbol  jentílícío) 
el  goce  de  los  bienes  vitalicio. 

I  muerta  doña  Elvira  de  Hinojosa, 
pase  toda  la  herencia  al  comisario 
i  a  su  posteridad,  con  la  forzosa 
carga  del  antedicho  aniversario. 
I  a  la  de  Cristo  prometida  esposa, 
doña  Isabel  su  hija,  el  necesario 
asenso  el  otorgante  ruega  i  pide, 
para  que  el  patronato  se  valide. 


EL  PROSCRITO 


Leído  el  testamerUo,  el  escribano 
lo  da  a  firmar:  el  testador  firmólo 
con  triste  cara  i  temblorosa  mano, 
i  luego  don  Panupgo  Fraguadolo 
i  los  testigos.  El  doliente  anciano 
en  la  sombría  estancia  queda  solo 
con  su  mujer;  la  primanoclie  pasa; 
toda  es  silencio  i  soledad  la  casa. 

Huye  la  negra  sombra;  el  alba  rie; 
la  sonrosada  luz  primera  asoma 
sobre  la  cordillera;  i  se  deslíe 
en  el  ambiente  un  delicioso  aroma. 
Ya  apenas  queda  torre  que  no  envíe 
su  nota  usada;  ya  no  queda  loma 
que  con  el  sol  no  brille;  ya  no  queda 
pájaro  que  no  cante  en  la  arboleda. 

Hora  en  que  el  toque  repetido  llama 
de  la  temprana  misa  a  la  devota; 
hora  en  que  el  jugador  se  va  a  la  cama 
maldiciendo  del  as  í  de  la  sota; 
Riicntras  en  blando  sueño  joven  dama 
bailar  cree  la  cuadrilla  o  la  gabota, 
i  ufana  de  hermosura  i  galas,  tiendo 
la  red  traidora  en  que  las  almas  prende. 

No  así  la  Isabel  i  ta,  que  un  tesoro 
de  gracias  acumula  i  no  lo  sabe; 
i  ve 'del  alba  los  celajes  de  oro, 
i  oye  el  saludo  que  le  canta  el  ave; 
i  luego  que  las  madres  van  al  coro, 
sale  a  gozar  el  hálito  suave 
de  la  temprana  flor,  que  al  aire  frió 
se  orea,  salpicada  de  rocío. 

Es  para  ella  el  claustro  i  la  frondosa 
huerta,  ciudad  i  plaza  i  alameda. 
Una  recien  venida  mariposa 
que  en  alas  ve  volar  de  gasa  i  soda, 
un  vivo  chupaflor,  que  nunca  posa, 
•  i  de  repente  equilibrado  queda 
en  el  aire,  o  del  pico  apenas  preso 
al  azahar  que  liba,  es  un  suceso. 


536  POESÍAS 

Así  corren  las  horas  placenteras 
de  su  vida  apacible:  limpia  fuente 
que  entre  peñascos  nace;  i  plantas  fieras, 
el  cristal  no  le  enturbian  trasparente; 
pero  esas  ondas  luego  entre  riberas 
lozanas  van,  i  en  su  fugaz  corriente 
¡cuánta  agostada  flor  i  mustia  hoja 
de  que  a  la  selva  el  ábrego  despoja! 

Tú  no  lo  sabes,  niña:  ¡al  cielo  plega 
que  no  lo  sepas  nunca!...  Ella  discurre 
a  un  lado  i  otro:  sus  claveles  riega, 
ceba  su  pajarito...  Al  fin  se  aburre. 
Sobre  sí  misma  el  alma  se  repliega; 
en  odio  al  claustro,  en  odio  al  huerto  incurre; 
i  la  importuna  reflexión  la  asalta 
de  que  a  su  dicha  alguna  cosa  falta. 

Echa  su  casa  menos;  menos  echa... 
no  sabe  qué.  Tan  rara  vez  alcanza 
una  noticia  a  la  morada  estrecha 
que  con  su  vida  encierra  su  esperanza, 
que  aun  do  su  padre  nada  sabe...  Acecha 
por  una  reja:  un  grito  en  lontananza 
se  oye;  el  eco  del  claustro  lo  duplica: 
solo  así  con  el  mundo  comunica. 

Mas  un  ruido  inusitado,  extraño, 
que  en  aquel  monasterio  no  sonaba 
mas  que  una  vez  o  dos  en  todo  el  año, 
se  oye  en  la  calle:  una  calesa  acaba 
de  pairar  a  la  puerta;  no  es  engaño 
de  la  imajinacion,  que  ya  la  aldaba 
da  un  recio  golpe,  i  el  sonoro  estruendo 
se  va  de  claustro  en  claustro  repitiendo. 

I  la  campana  al  punto  mismo  avisa, 
i  corre  desalada  la  tornera; 
luego  a  la  superiora  vuelve  aprisa,, 
i  un  recado  le  da.  La  cosa  era, 
según  las  apariencias,  improvisa 
i  de  importancia;  porque  sale  fuera 
de  su  celda  la  madre,  oído  el  caso, 
i  al  locutorio  va,  mas  que  de  paso. 


EL  PROSCRITO  537 


Retorna  a  poco  rato  sor  Camila 
{que  tal  el  nombro  fue  de  la  abadesa), 
i  llama  a  su  presencia  a  la  pupila, 
que,  inclinándose,  el  hábito  le  besa. 
«Dios,  Isabel,  que  sobre  ti  vijila, 
guie  tus  pasoá,  dice;  una  calesa 
to  está  aguardando:  conducirte  debe 
a  tu  familia:  volverás  en  brevo. 

«Viene  por  ti  tu  tia,  mi  señora 
doña  Leticia.»  Como  aquel  que  emprende 
un  largo  viaje,  i  de  la  mar  traidora 
por  la  primera  vez  las  olas  hiendo, 
así  se  siente  Isabel ita  ahora, 
i  toda  se  confunde  i  se  sorprende, 
i  parece  que  a  un  tiempo  su  alma  oprima 
pavor  que  halaga  i  gozo  que  lastima; 

Si  bien  la  idea  del  albergue  amado 
en  que  los  suyos  viven,  la  alboroza; 
i  no  sabiendo  el  peligroso  estado 
de  don  Gregorio,  anticipadas  goza 
las  caricias  de  un  padre  idolatrado, 
i  el  placer  en  su  pecho  le  reboza 
al  pisar  otra  vez  la  cara  estancia 
que  vio  el  primer  pinino  de  su  infancia. 

De  este  modo  Isabela  se  divide 
entre  un  afecto  i  otro  i  otro  vario. 
De  las  devotas  madres  so  despide; 
besa  a  Camila  el  santo  escapulario, 
i  que  por  ella  ruegue  a  Dios  le  pide 
i  a  la  sagrada  Vírjen  del  Rosario. 
De  la  calesa  a  recibirla  pronta 
se  abre  la  puerta,  a; Adiós!»  repite,  i  monta. 


CANTO  III. 


LA    CHACRA 


«Mais  J'amour  sur  ma  vio  est  encoré  loin  d'cclore; 
c'est  un  astre  de  leu  dont  cette  heurc  est  l'aurore.» 

(Lamartine.) 

¡Al  campo!  ¡Al  campo!  La  ciudad  me  enoja. 
Esas  tristes  paredes  do  refleja 
la  luz  solar  intensa,  ardiente,  roja, 
no  quiero  ver,  ni  del  balcón  la  reja, 
donde  una  flor  cautiva  se  deshoja, 
e  inclinándose  lánguida  semeja 
suspirar  por  la  alegre  compañía 
de  sus  hermanas  en  la  selva  umbría. 

¡Al  campo!  digo  yo  como  Tancredo; 
mas  no  en  verdad  al  campo  de  batalla, 
donde  el  tronar  del  bronce  infunde  miedo 
i  el  zumbar  de  la  bala  i  la  metralla; 
ni  al  campo  donde  el  bárbaro  denuedo 
de  un  falso  honor,  teutónica  antigualla, 
dos  pechos  pdne  a  dos  contrarias  puntas 
por  ofensas  reales  o  presuntas; 

Sino  al  campo  que  alegra  fuente  pura 
con  el  rumor  de  su  cristal  parlero; 
i  de  la  selva  a  la  hospital  verdura, 
de  paz  i  holganza  asilo  verdadero; 
do  el  aura  entre  los  árboles  murmura, 
i  la  diuca  revuela  i  el  jilguero; 
i  de  trémulos  iris  coronada 
salta  del  monte  al  valle  la  cascada; 


EL  PROSCRITO 


539 


I  a  la  colina  quo,  al  rayar  la  aurora, 
la  ciudad  nebulosa  me  descubre, 
mientras  el  suelo  en  derredor  colora 
do  azules  lirios  jenial  octubre; 
do  fresco  baño  el  rio,  i  mujidora 
vaca  me  ofrece  su  tendida  ubre, 
o  salgo  envuelto  en  poncbo  campesino 
a  respirar  el  soplo  matutino; 

A  la  animada  trilla,  i  al  rodeo, 
de  fuerza  i  de  valor  muestra  bizarra; 
del  pensamiento  al  vago  devaneo 
bajo  el  toldo  frondoso  de  la  parra; 
al  bullicioso  rancho,  al  vapuleo, 
al  canto  alegre,  a  la  locuaz  guitarra, 
cuando  chocan  caballos  pecho  a  pecho, 
i  en  los  horcones  se  estremece  el  lecho. 

Pláceme  ver  en  la  llanura  al  guazo, 
quo,  al  hombro  el  poncho,  rápido  galopa- 
o  con  certero  pulso  arroja  el  lazo 
sobre  la  res  que  elijo  de  la  tropa. 
Pláceme  ver  paciendo  en  el  ribazo, 
quo  una  niebla  sutil  talvez  arropa, 
la  grei  lanuda,  i  por  los  valles  huecos 
de  su  ronco  balido  oír  los  ecos. 

Pláceme  penetrar  quebrada  umbrosa, 
i  dando  suelta  al  pensamiento  mió, 
fijar  la  vista  en  la  corriente  undosa 
con  que  apacible  se  desliza  el  rio, 
a  cuyo  murmurar  visión  hermosa 
evoca  el  alma  en  dulce  desvarío: 
visión  do  alegres  dias  que  corrieron 
sobro  mi  vida,  i  para  siempre  huyeron; 

I  se  desvanecieron,  cual  la  cinta 
de  aereo  iris  que  en  la  azul  esfera 
deshace  el  viento,  e  cual  la  varia  tinta 
que,  cuando  el  sol  termina  su  carrera, 
blanco  vellón  de  vagas  nubes  pinta, 
o  cumbres  de  nevada  cordillera, 
i  el  soplo  do  la  noche  las  destiñe, 
i  parda  franja  al  horizonte  ciñe. 


5^0  POESÍAS 

Véolos  otra  vez  aquellos  diass, 
aquellos  campos,  encantada  estancia, 
templo  de  las  alegres  fantasías 
a  que  dio  culto  mi  inocente  infancia; 
selvas  que  el  sol  no  agosta,  a  que  las  frias 
escarchas  nunca  embotan  la  fragancia; 
cielo...  ¿mas  claro  acaso?...  Nó,  sombrío, 
nebuloso  talvez...  Mas  era  el  mío. 

Naturaleza  da  una  madre  sola, 
i  da  una  sola  patria...  En  vano,  en  vano 
66  adopta  nueva  tierra;  no  se  enrola 
el  corazón  mas  que  una  vez;  la  mano 
ajenos  estandartes  enarbola; 
te  llama  extraña  jente  ciudadano... 
¿Qué  importa? — ¡No  prescriben  los  derechos 
del  patrio  nido  en  los  humanos  pechos! 

¡Al  campo!  ¡Al  campo!  Allí  la  peregrina 
planta  que,  ñoreciendo  en  el  destierro, 
suspira  por  su  valle  o  su  colina, 
simpatiza  conmigo:  el  rio,  el  cerro 
me  engaña  un  breve  instante  i  me  alucina; 
i  no  me  avisa  ingrata  voz  que  yerro, 
ni  disipando  el  lisonjero  hechizo 
•oigo  decir  a  nadie:  ja,dvenedizo! 

Pero  volviendo  al  cuento  comenzado, 
digo  que  don  Gregorio  en  tiempo  breve 
tanto  convaleció,  que  trasladado 
es  a  vecina  chacra  donde  eleve 
el  tono  de  sus  nervios  relajado 
la  salubre  impresión  de  un  aire  leve, 
puro,  que  el  grande  pueblo  a  donde  mora 
se  hallaba  entonces  sucio,  como  ahora. 

I  haciendo  a  cada  cual  justicia  neta, 
digo  también  que,  no  al  doctor  Grajáles 
la  salud  le  debió,  ni  a  la  lanceta, 
ni  a  doctas  confecciones  mercuriales; 
sino  a  la  terapéutica  discreta  ' 
de  Valdemor,  que  solo  cordiales 
i  anodinos  a  el  alma  enferma  aplica, 
que  no  se  hallan  en  frascos  de  botica. 


EL  PROSCRITO  MI 


Es  en  sustancia  el  rcjimen  süavo 
que  llama  antillojíslico  la  ciencia. 
A  doña  Elvira  alejan  (ya  so  sabo 
que  era  toda  ílojisto  por  esencia), 
i  empeño  fué  dilicultoso  i  grave, 
pues  lo  parece  cargo  do  concienda 
que,  si  muere,  no  lleve  don  Gregorio 
Ku  recomendación  al  purgatorior 

I  mas  interesada  que  la  suya, 
ni  que  tanto  la  carga  le  alijero 
cuando  de  su  prisión  el  alma  huya, 
no  puede  haber.  Repugna,  pues,  no  quiere, 
por  mas  que  se  le  diga  i  se  le  arguya, 
de  BU  lado  apartarse.  Que  se  muero 
su  caro  esposo,  exclama  sollozando, 
i  en  trance  tal,  si  no  le  asiste,  ¿cuándo? 

Del  tono  moderado  por  instantes 
al  de  la  ira  i  la  soberbia  pasa. 
«¡Qué  par  do  consejeros  importantes!... 
Señor  don  Agapilo,  en  esta  casa 
mando  yo...  Vomitivos  i  purgantes, 
mi  buen  doctor,  prescriba  usted  sin  tasa: 
en  cuanto  a  lo  demás  no  le  consulto, 
i  su  proposición  es  un  insulto.» 

Pero  al  oír  que  deja  el  monasterio, 
i  que  su  hija  prontamente  llega, 
toma  un  semblante  la  contienda  serio: 
ya  no  es  ira  la  suya,  es  rabia  ciega. 
Propásase  al  baldón,  al  improperio; 
grita,  patea,  jura.  Al  que  la  ruega, 
al  que  la  insta,  ordénale  que  calle, 
i  le  muestra  la  puerta  de  la  callo. 

Don  Agapito,  que,  si  bien  modesto 
i  circunspecto,  nada  emprende  en  balde, 
tiene  ya  prevenida  para  esto 
la  intervención  del  cura  i  del  alcalde. 
^n  el  rostro  de  Elvira  descompuesto, 
al  carmin  desaloja  el  albayalde; 
el  furor  la  enajena,  la  sofoca; 
de  la  casa  se  va  como  una  loca. 


5i2  POESÍAS 

No  volvió  mas:  sucede  a  la  señora 
la  señorita:  el  suspirado  abrazo, 
al  padre  alienta,  sana,  corrobora; 
sola  Isabel  le  cuida;  el  tierno  brazo 
le  tiene  la  cabeza  i  le  incorpora; 
talvez  la  calva  frente  en  su  regazo 
posa;  talvez,  solícita  enfermera, 
a  su  lado  pasó  la  noche  entera. 

Talvez,  abriendo  anjélica  sonrisa 
frescos  labios,  do  el  viento  aromas  bebe, 
el  revuelto  cabello  asiendo,  alisa 
con  la  mano  jentil  de  pura  nieve. 
De  báculo  le  sirve  si  va  a  misa, 
si  por  el  corredor  los  pasos  mueve; 
diviértele  el  fastidio;  le  consuela; 
la  que  le  ceba  el  mate  es  Isabela. 

¡I  él  también,  cuánto  la  ama!  ¡Pobre  ancianof 
¡Cuántas  veces  en  tanto  que  dormita, 
velándole  ella  en  el  sillón  cercano, 
decir  le  oye:  «¡Isabel!  ¡Isabelita!»; 
i  puestas  la  una  mano  en  la  otra  mano, 
¡cuántas  veces  a  ti,  Vírjen  bendita, 
los  ojos  vuelve,  i  presintiendo  azares 
en  su  orfandad,  te  ruega  que  la  ampares! 

Por  la  ciudad  en  tanto  la^ noticia 
de  la  nueva  beldad  al  punto  vuela. 
¡Visitas  mil!  No  es  ella  la  que  oficia 
en  el  salón,  sino  una  tia  abuela; 
la  que  por  ella  fué;  doña  Leticia 
de  Azagra  Valdovínos  i  Várela, 
la  mas  discreta  i  mas  cabal  matrona 
que  llenó  estrado,  o  que  oprimió  poltrona. 

Do  quiera  que  la  niña  ver  se  deja, 
tras  sí  arrastra  las  almas  con  la  vista. 
Lleva  desaliñada  la  guedeja; 
no  le  cortó  el  vestido  la  modista; 
mas  en  gracia,  en  beldad,  no  hai  su  parejaí 
viejo  ni  mozo  no  hai  que  la  resista. 
Dicen  al  ver  su  cara  i  cuerpo  i  traza 
los  hombres,  ¡ánjel!  las  mujeres,  ¡guaza! 


EL  PROSCRITO  5|3 


No  cania...  Importa  poco.  A  el  alma  cuela 
de  aquella  voz  la  innata  melodía, 
mejor  que  la  mas  dulce  cantinela 
de  la  hechicera  Malibran  Garcia. 
No  baila...  Pei'o  tiene  la  Isabela 
un  talante,  un  andar,  que  sentaría, 
si  no  de  Chipre  a  la  deidad  liviana, 
a  la  casta  hermosura  de  Diana. 

Pero  la  historia  es  menester  que  siga. 
Recibe  la  carreta  el  cargamento; 
el  carretero  unco  i  empertiga; 
los  perezosos  bueyes  al  violento 
primer  arranque  la  picana  obliga; 
i  rueda  estremeciendo  el  pavimento 
la  vacilante  mole,  i  con  chírridoa 
horrorosos  taladra  los  oídos. 

Iban  en  la  carreta  Margarita, 
Tomasa,  el  consabido  negro  paje, 
con  la  balumba  bárbara,  infinita 
de  que  consta  un  domestico  menaje, 
i  que  llevar  consigo  necesita 
todo  el  que  alguna  vez  al  campo  viaje, 
si  vivir  al  estilo,  no  le  agrada, 
de  nuestros  padres  en  la  edad  dorada. 

Cabalgan  en  unión  i  compañía 
de  tal  cual  obsequioso  tertuliano, 
el  don  Gregorio,  la  Isabel,  la  tía, 
i  Cunefate.  Un  espacioso  llano 
(que  allá  i  acá  interrumpe  una  alquería, 
hermosa  con  los  dones  del  verano), 
i  de  una  acequia  el  mal  seguro  puente, 
huella  la  cabalgata  lentamente. 

I  luego  entre  la  salva  vocinglera 
de  una  turba  de  perros  ladradores, 
recibo  de  naranjos  larga  hilera 
a  nuestros  polvorientos  viajadores, 
que,  apenas  desmontados,  la  escalera 
suben;  i  ya  en  los  altos  corredores, 
vasto  paisaje  admiran  de  sembrados, 
potreros,  rancherías  i  arbolados. 


M4  POESÍAS 

Don  Agapito,  de  la  chacra  dueño, 
cariñoso  a  los  huéspedes  atiende; 
a  la  doña  Leticia  rinde  el  sueño; 
i  el  don  Gregorio  su  cigarro  enciende; 
mientras  Isabelita  el  halagüeño 
panorama,  que  ante  ella  el  campo  extiende, 
goza  con  emoción,  que  no  le  cabe 
dentro  del  pecho,  1  descifrar  no  sabe. 

Allá  eleva  la  torre  de  la  aldea 
su  pardo  fuste;  acá  la  choza  exhala 
blanca  espiral;  la  viña  verdeguea; 
la  higuera  ostenta  su  frondosa  gala; 
susurrando  un  ciprés  se  bambolea; 
el  toro  muje;  el  corderillo  bala; 
pelado  risco  arroja  en  la  llanura, 
dominador  jayán,  su  sombra  oscura. 

No  hai  verde  seto  de  tupida  zarza 
do  a  su  amador  la  tórtola  no  arrulle, 
ni  umbrío  bosquecillo  que  no  esparza 
perfume  grato,  si  ajitado  bulle; 
navega  ufano  el  ánade;  la  garza 
candida  en  el  estero  se  zabulle: 
todo  semeja  que  a  gozar  incita, 
i  que  de  amor  i  de  placer  palpita. 

¿Que  sientes,  Isabel,  en  el  otero 
cuando  cuelga  la  noche  su  cortina 
lúgubre,  i  paso  a  paso  el  valle  entero 
ocupa,  i  su  fanal  en  la  colina 
occidental  enciende  ya  el  lucero, 
que  al  pálido  crepúsculo  domina, 
como  lámpara  triste  que  destella 
Bobre  un  sepulcro,  triste  pero  bella? 

I  cuando  persiguiendo  la  pintada 
mariposa,  te  internas  en  la  espesa 
arboleda,  i  te  paras  ajitada 
de  secreto  pesar  ¿que  te  embelesa? 
En  el  recinto  oscuro  tu  mirada 
¿qué  fija  así?  ¿Que  suspensión  es  esa? 
¿A  qué  májico  canto,  a  qué  ruido 
misterioso  dirijes  el  oído? 


EL  PROSCRITO  545 


I  cuando  ves  el  baile  de  la  choza, 
i  la  sonora  voz  de  la  vihuela 
los  descuidados  pechos  alboroza 
de  la  rústica  turba  ¿qué  revela 
al  tuyo  aquel  mirar  ([uc  tanto  g:oza 
en  lo  que  mira,  aquel  mirar  que  anhela, 
i  el  que  responde  cariñoso  i  grato, 
i  el  que  tímido  amor  hurtó  al  recato? 

Pero  el  alegre  canto  bien  publica 
lo  que  habla  de  los  ojos  el  idioma, 
i  lo  que  en  bajo  acento  se  platica; 
i  (¡uó  dice  la  mano  que  se  toma^, 
o  se  esquiva,  o  se  da;  qué  significa 
aquel  rubor  que  a  la  mejilla  asoma, 
cuál  es  de  los  suspiros  el  sentido, 
i  del  adiós  mil  veces  repetido. 

¿Mas  qué  te  turba  ahora  i  te  amilana, 
pobre  Isabel?  Pausada,  grave,  austera, 
como  el  consejo  de  una  madre  anciana, 
el  viento  trae,  tu  pecho  reverbera, 
la  conocida  voz  de  la  campana 
del  monasterio:  voz  que  se  apodera 
del  alma  toda,  i  cada  son  que  emite 
uen,  niña,  ven,  parece  que  repite. 

Como  de  caballeros  joven  tropa, 
en  cierto  drama,  de  alborozo  llenos, 
se  ven  banquetear,  henchir  la  copa, 
brindar,  reír;  i  cuando  piensan  menos, 
en  grave  marclia,  en  luenga  i  parda  ropa, 
entra  una  procesión  cantando  trenos 
de  penitencia,  i  para  la  alegría 
en  aflicción,  i  en  funeral  la  orjia; 

Así  al  oír  aquella  voz  sonora, 
a  la  visión  de  mundanal  contento^ 
a  la  dulce  emoción  encantadora, 
(jérmen  de  un  imperioso  sentimiento, 
destello  de  un  incendio  que  devora) 
temor  sucede  i  mustio  abatimiento. 
A  el  alma  inquieta  aquella  voz  reclama: 
es  voz  del  otro  mundo,  que  la  llama. 

POESÍAS  09 


546  POESÍAS 

¿Tan  joven,  i  tan  tímida,  i  tan  pura, 
i  un  roedor  remordimiento  abriga? 
¿X  los  goces  de  un  ánjel  de  dulzura 
se  mezcla  ya  de  un  sinsabor  la  liga? 
¿Es  que  la  copa  de  mortal  ventura 
siempre  esconde  un  fermento  que  atosiga? 
¿O  nuestros  propios  míseros  errores 
ponen  talvez  la  espina  entre  las  flores? 

Yo  no  lo  se.  Mas  hai  un  pensamiento 
que  a  todas  horas  en  el  alma  nace 
de  Isabel;  que  acibara  su  contento, 
i  no  deja  que  libre  se  solace: 
las  eternas  paredes  del  convento... 
jtumba  do  vivos  en  que  el  alma  yace!... 
¡desierta  melancólica  morada, 
a  los  placeres...  al  amor  cerrada! 

¿Al  amor?  si:  no  hai  duda:  ya  Isabela 
pronunció  la  palabra  misteriosa: 
la  májica  palabra  que  revela 
una  existencia  nueva,  deliciosa, 
excelsa:  los  mil  ecos  que  encarcela 
el  corazón,  bandada  bulliciosa, 
despiertan,  i  mas  pura  i  encendida 
la  llama  centellea  de  la  vida. 

Yo  no  daré  (que  fastidioso  haria 
el  cuento  a  mis  lectores)  el  diario 
del  padre,  de  la  hija  i  de  la  tia 
en  este  hermoso  albergue  solitario. 
Un  día  pasa,  i  otro,  i  otro  dia 
sin  que  nada  notable,  nada  vario 
suceda  allí:  la  noclie  al  fin  primera 
de  marzo  vino,  en  esta  historia  era. 

Isabela  dormía  (era  la  una 
o  poco  mas};  i  despertando  acaso, 
en  el  contiguo  corredor  alguna 
persona  cree  sentir,  que  a  lento  paso 
va  i  viene.  Lanza  la  creciente  luna, 
trasmontando  los  cerros  del  ocaso, 
un  rayo,  que  se  rompe  en  una  reja 
i  en  el  opuesto  muio  la  bosqueja. 


EL  PROSCRITO  647 


I  en  el  espacio  que  la  luna  traza 
a  la  luz  en  aquel  opuesto  muro, 
nota  Isabel  que  un  hombre  a  veces  pasa, 
quiero  decir  de  un  hombro  el  trazo  oscuro, 
con  manta  i  guarapón.  Es  de  la  casa, 
según  se  ve,  por  el  andar  seguro, 
i  por  no  haber  un  perro  que  le  ladre: 
«¿Un  criado  tal  vez?  tal  vez  mi  padre?» 

Isabela  concluye  que  no  puedo 
ser  sino  algún  criado;  i  ya  no  tarda 
en  dormirse  otra  vez,  cuando  sucede 
lo  qu6  tanto  la  turba  i  acobarda, 
que  respirar  apenas  le  concede 
I  encomendarse  al  ánjel  de  su  guarda: 
llegóse  el  hombre  a  la  cerrada  puerta, 
que  hallarse  suele  rara  vez  abierta; 

Porque  esta  alcoba  solo  comunica 
con  el  cuarto  vecino,  do  acostada 
doña  Leticia  duerme.  El  hombre  aplica 
con  la  mayor  frescura  a  la  vedada 
puerta  una  llave...  «¡Dios!...  ¿Qué  significa?... 
¡Sin  duda  algún  ladrón!...  ¡Desventurada!» 
El  hombre  entró...  Después, con  jesto  grave, 
cerró  otra  vez  la  puerta  i  la  echó  llave. 

I  luego  con  la  misma  flema  arroja 
sobre  la  tierra  el  guarapón;  se  quita 
la  grosera  chamanta  azul  i  roja, 
i...  «; Socorro!  socorro!  Isabel  grita. 
¡Un  hombre!...  ¡un  hombre!» — «¡Cielos!..,  ¿Quien  aloja 
ahora  en  esto  cuarto?...  ¡Señorita! 
dice  el  mancebo  (que  lo  era),  ha  sido 
un  desgraciado  error...  ¡No  mas  ruido! 

«Silencio  ¡por  la  Vírjen!  Si  usted  llama, 
me  pierde  para  siempre.  Yo  venía, 
como  suelo,  a  dormir  en  esa  cama, 
por  supuesto  creyéndola  vacia... 
¡Silencio!...  Sois  mujer,  sois  una  dama; 
sor  causa  de  mi  muerte  os  pesaría: 
sabed  que  soi...  mi  suerte  deposito 
en  vuestra  compasión,.,  soi  un  proscrito.» — 


548  POESÍAS 

«Salga  usted  luego,  pues;  salga  usted  luego», 
dice  ella  i  tiembla. — «Salgo  en  el  instante; 
pero  ¡por  Dios!  ni  una  palabra,  os  ruego, 
ni  una  palabra  a  nadie...  El  mas  distante 
rastro,  el  menor  indicio  de  que  llego 
a  este  sitio,  a  perderme  era  bastante, 
ji  ojalá  que  a  mí  solo!...  Hai  una  vida 
cara,  preciosa  en  mí  comprometida. 

«¡Adiós!» — «El  cielo  de  peligro  os  guarde», 
dice  Isabel,  del  joven  apiadada. 
Iba  a  salir;  mas  por  desgracia  es  tarde: 
de  Gregorio  a  la  voz,  viene  alarmada 
la  jente  de  la  casa,  haciendo  alarde 
de  garrote,  puñal,  pistola,  espada. 
«Hija,  dice  el  anciano,  ¿qué  sentiste, 
qué  te  asustó,  que  tales  voces  diste?» — 

«Nada,  caro  papá...  fué  un  susto  vano.» 
Aunque  las  voces  de  Isabel  ha  oído 
Gregorio  solo,  que  si  bien  lejano 
tiene  su  cuarto  i  lecho,  no  ha  podido 
esta  noche  dormir  el  pobre  anciano, 
juraban  los  demás,  no  haber  sentido, 
sino  visto  también  extraña  jente, 
que  pinta  cada  cual  diversamente. 

Dos  guazos,  asegura  Cunefate; 
el  negro,  tres;  hombre  hubo  que  vio  cinco; 
el  dicho  ajeno  cada  cual  rebate, 
i  se  aforra  en  el  suyo  con  ahínco. — 
«No  puede  sor.» — «Sí  tal.f) — «Es  disparate»... 
I  en  esto  allí  se  apareció  de  un  brinco 
un  perro  extraño,  que  en  la  \toz,  los  jestos, 
da  de  inquietud  indicios  manifiestos. 

Huele  i  escarba  en  el  umbral  vecino, 
i  gritos  da  como  que  avisa  o  llama. 
Afortunadamente  un  inquilino 
llega,  que  como  suyo  lo  reclama. 
«Señor,  dice  el  patán,  que  era  ladino, 
yo  no  he  visto  moverse  ni  una  rama. 
¿Hombre  en  la  chacra  extraño?...  ¡Tontería! 
¡Tanto  perro!...  i  la  luna  como  el  dia.» 


EL  PROSCRITO  549 


Azagra  al  fin  se  vuelve  satisfecho, 
pero  dejando  guardia  suficiente 
para  que  estén  alerta  i  en  acecho 
por  si  en  la  casa  algún  rumor  se  siente. 
Vese  Isabel  en  un  terrible  estrecho: 
salir  el  mozo  es  imposible;  hai  jente 
al  rededor  que  vela;  ¿pero  dónde 
le  dará  asilo?  en  que  lugar  le  esconde? 

¡En  su  alcoba  un  mancebo!  ¿I  a  qué  hora? 
Solamente  el  pensarlo  la  estremece 
i  hasta  su  frente  de  rubor  colora. 
Fuerza  es  se  vaya  luego,  antes  que  empiece- 
el  matutino  albor;  que  si  la  aurora 
le  encuentra  en  este  sitio,  el  riesgo  crece; 
o  mas  bien  es  preciso  ¡horrible  idea! 
que  todo  el  mundo  i  su  papú  le  vea. 

Es  menester  que  al  punto  le  desvíe 
de  este  lugar,  concluye  Isabel  i  ta, 
o  que  su  vida  a  mi  papá  confíe 
i  al  favor  celestial  de  la  bendita 
madre  de  la  Merced.  ¡Ella  le  guie, 
que  a  los  cautivos  las  cadenas  quita! 
Esto  entro  si;  i  en  tímido,  confuso, 
piadoso  acento,  al  joven  lo  propuso. 

Que  alcance  su  secreto  alma  nacida 
resiste  él,  i  de  nuevo  recomienda 
a  Isabela  guardarlo:  «Que  la  vida, 
dice,  va  en  él,  la  estimación,  la  hacienda 
de...  Pero  libre  el  paso  a  la  salida 
parece...  El  cielo  os  guarde.» — «El  os  defienda.! 
Paró  un  instante,  a  ver  si  alguien  cuidase 
del  largo  corredor;  i  visto,  vase. 

El  corredor  estaba  despejado, 
i  atravesarle  sin  peligro  pudo; 
pero  dos  o  tres  gradas  no  ha  bajado 
de  la  escalera,  cuando  un  grito  agudo 
do  alarma  a  la  familia  aquel  menguado 
negrito  dio,  que  así  medio  desnudo 
como  está,  de  la  tierra  se  levanta, 
i  le  sigue,  i  le  agarra  de  la  manta. 


5ó0  POESÍAS 

«Suelta,  dice  el  mancebo,  o  te  traspaso 
con  esta  daga  el  corazón.»  Su  presa 
soltó  el  negrito,  i  hacia  atrás  dio  un  paso; 
el  otro  corre;  una  arboleda  espesa 
le  oculta;  monta  en  su  caballo;  al  raso 
sale  después;  e  impávido  atraviesa 
cercas,  potreros,  huertas,  viñas,  soto, 
dejando  a  la  familia  en  alboroto. 

Uno  coje  puñal,  otro  machete; 
otro  un  descomunal  bastón  agarra. 
Este  en  el  denso  matorral  se  mete; 
aquél  rejistra  el  huerto,  aquél  la  parra; 
i  Ounefate,  alzado  a  matasiete, 
le  jura  escarmentar  si  le  echa  garra: 
todo  es  correr  por  campos  i  por  cerros, 
gritar  de  guazos  i  ladrar  de  perros. 

I  mientras  de  este  modo  se  alborota 
la  chacra,  i  la  feliz  doña  Leticia, 
que  vence  en  el  dormir  a  la  marmota, 
ni  un  instante  do  sueño  desperdicia, 
la  asustada  Isabel  reza  devota, 
con  el  oído  puesto  a  la  noticia 
que  a  su  regreso  cada  cual  relata, 
i  que  el  patrón  recibe  en  gorro  i  bata. 

I  cuando  ha  oído  quo  el  ladrón  supuesto 
escapa,  i  no  se  sabe  a  dó  camina, 
gracias  por  un  favor  tan  manifiesto 
rinde  a  Dios;  i  corriendo  la  cortina, 
(pues  el  calor  de  estiva  noche  el  puesto 
cede  ya  a  la  frescura  matutina) 
hunde  otra  vez  la  frente  en  la  almohada, 
i  queda  en  dulce  sueño  sepultada. 


^Zi I — t — 


CANTO  IV. 


EL     PROSCRITO 


»I  wokc. — Wlicrc  was  I?— Do  I-  seo- 
aluiman  fíicc  look  down  on  me? 
Aiid  dülh  a  roof  above  me  dose? 
Do  Ihesc  liinbs  on  a  coucU  ropose? 
Is  this  a  chainbor  wliere  I  lie? 
And  is  it  morU\I  yon  bright  oye, 
tliat  walclics  me  wilh  gcntle  glancc? 

1  closcd  my  own  again  once  more, 
as  doubifui  that  tbc  íormer  tranco 

could  not  <as  yet  be  o'er. 
A  slender  girl,  long-hair'd,  and  tall, 
sale  watcbin?  hy  tbe  coltage  wall; 
tbc  sparkle  of  bcr  cyc  I  cauglit, 
even  witb  my  first  rctiini  of  tbought; 
íor  cver  and  anón  sbc  threw 

a  prying,  pitying  glancc  on  me 
Nvith  hcr  black  cycs  so  wild  and  íree: 
I  gazed,  and  gazed,  until  I  kncw 

no  Vision  il  could  l)c, — 
but  that  I  lived.  and  was  relcased 
írom  adding  lo  tlic  vulture's  íeast.» 

(Uyhon.)- 


El  dia  en  los  tejados  centellea, 
i  ya  la  Isabclita  al  campo  baja; 
el  aura  que  los  árboles  orea 
húmedos  de  rocío  la  agasaja; 
i  el  velo  do  sutil  cendal  ondeu; 
que  del  sombrero  rústico  de  paja- 
cuelga:  dóWl  defensa  al  aire  crudo, 
al  sol,  al  polvo,  al  punzador  zancudo*. 

Un  vestido  de  blanca  muselina 
lleva,  con  franjas  negras  en  la  falda, 
un  cinto  negro  i  negra  mantellina, 
que  le  cobija  la  nevada  espalda; 
i  en  la  diestra,  una  bolsa  de  exlraíin* 
sarga,  do  al  catecismo  dé  Üipalda 
acompaña  el  salterio  en  castellano, 
i  un  pañuelo  bordado  de  su  mano. 


552  POESÍAS 

Lleva  también  allí  plata  menuda, 
que  suele  repartir  de  choza  en  choza; 
donde  el  huérfano  vive  o  la  viuda, 
o  el  infeliz  que  de  la  luz  no  goza, 
o  la  indijente  madre,  a  quien,  desnuda, 
tierna  familia  en  derredor  retoza, 
o  el  que,  finjiendo  mano  o  pierna  gafa, 
a  la  sencilla  caridad  estafa. 

Iba  por  los  senderos  caminando 
de  la  chacra,  a  sus  ojos  un  imperio 
do  que  ella  es  rein¿i  ahora;  suspirando 
recuerda  alguna  vez  el  cautiverio 
que  la  amenaza;  lee  de  cuando  en  cuando 
una  pajina  o  dos  en  el  salterio; 
pero  hai  un  pensamiento,  hai  una  idea 
que  a  las  demás  apaga  i  señorea. 

«¡Aquel  proscrito!...  ¿Quién  será?  Pariente 
sin  duda  del  señor  don  Agapito. 
¿Quién  otro  pudo  entrar  tan  libremente? 
¿Quién  alojarse  aquí?  Mas  ¿qué  delito 
el  suyo  puede  ser,  que  de  la  jente 
se  oculta  así?  ¡Tan  joven!  ¿I  proscrito? 
¿I  si  le  viera  alguno  o  le  prendiera, 
i  yo  ocasión  a  su  desgracia  diera? 

a  Una  madre,  una  esposa  Horaria 
por  mi  causa...  ¡Gran  Dios!  ¡Qué  triste  idea! 
Pero  ha  escapado.  Le  amanece  el  día 
lejos,  muí  lejos.  I  que  en  una  aldea 
favor  le  falte,  ayuda  i  simpatía 
no  seré  yo  tan  simple  que  lo  crea. 
¿Quién  le  tuvo  el  caballo  tan  a  mano?  - 
Forzoso  es  que  haya  en  esto  algún  arcano.» 

Siloj  izando  así  la  niña  hermosa 
anda,  sin  sospechar  que  siloj  iza, 
(como  monsieur  Jourdain  hablaba  prosa), 
cuando  de  un  rancho  o  seto  que  tapiza 
florida  enredadera,  entre  frondosa 
estancia  de  frutales  i  hortaliza, 
apresurado  sale  un  inquilino, 
que  viene  a  detenerla  en  el  camino. 


EL  PROSCRITO  553 


Everaldo  se  llama:  justamente 
aquel  que  al  perro  extraño,  como  dije, 
echó  mano  la  noche  precedente; 
i  estas  dolientes  voces  le  dirije 
con  aire  misterioso:  «Un  accidento 
fatal,  una  desgracia  que  me  aflije 
sobre  manera...» — «¡Acaba!  ¿qué  hai  de  nuevo?» — 
«jAh,  señorita!  casi  no  me  atrevo 

A  referirlo  a  su  merced...  ¡Que  nueva 
para  el  pobre  patrón!» — «¿Que  ha  sucedido?» — 
«¡Cómo  lo  va  a  sentir!  Es  una  prueba 
terrible...  Desangrado,  mal  herido...» — 
«¿Quién?» — «I  no  me  permite  que  me  mueva 
a  dar  noticia  a  nadie...  I  sin  sentido 
está  ya.» — «Pero  ¿quién?» — «El  señorito, 
sobrino  del  señor  don  Agapito.» 

Como  estatua  quedó  de  inmóvil  yelo 
Isabel  con  el  susto,  i  solo  exclama: 
«Vírjen  sagrada,  a  tu  socorro  apelo»; 
mas  recobrada  luego:  «Corre,  llama... 
Pero  no  llames...  Voi  a  verle...  El  cielo 
me  dé  valor.»  Entrando,  va  a  la  cama, 
i  en  ella  ve  un  objeto  que  la  llena 
de  inexplicable  turbación  i  pena. 

El  mancebo  yacia  sobre  un  lecho 
de  pellones.  Dormido  se  diria, 
si  aquel  semblante  pálido,  deshecho, 
i  los  lánguidos  párpados  que  abria, 
como  para  buscar  la  luz,  i  el  pecho 
que  alza  i  baja  en  difícil  agonía, 
i  una  cárdena  sien  que  sangre  vierte 
no  anunciara  el  desmayo  de  la  muerte. 

¡I  qué  inmatura!  Errar  no  pienso  un  año 
si  dos  o  tres  le  añado  a  la  veintena. 
Cuerpo  jentil,  de  regular  tamaño; 
candido  el  pecho,  si  la  faz  morena; 
cabello  crespo  i  de  color  castaño: 
facciones  lindas,  expresión  serena 
en  el  dolor;  como  el  cincel  exprime 
alado  jenio  que  en  la  tumba  jimo. 


554  POESÍAS 

Herido  está  de  dos  o  tres  sablazos 
(a  mas  de  aquella  herida  de  la  frente) 
en  el  desnudo  pecho  i  en  los  brazos; 
i  de  la  sangre  obstruye  la  corriente 
la  banda  i  la  camisa  hechas  pedazos: 
vendajes  puestos  ruda  i  toscamente 
por  Everaldo,  en  que  se  estanca  apenas 
el  rojo  humor  de  las  abiei'tas  venas. 

Sírvele  de  almohada  una  armadura 
de  silla  de  montar  que  le  lastima, 
¡aunque  se  la  hace  un  poco  menos  dura 
el  lanudo  vellón  que  tiene  encima. 
Cerca  la  daga  está:  la  empuñadura 
ensangrentada  toda,  que  da  grima. 
Lleva  sobre  el  calzón  bota  de  campo, 
i  echado  está  a  los  pies  su  fiel  Melampo. 

Lo  que  pasa  en  el  alma  de  Isabela 
no  sé  decir:  enajenada,  absorta 
parece  en  el  semblante,  i  como  lela. 
Pero  esta  suspensión  ha  sido  corta. 
Al  pañizuelo  de  la  bolsa  apela; 
saca  las  tijerillas  i  lo  corta 
en  pedazos,  i  en  parte  lo  deshila, 
para  atajar  la  sangre  que  destila. 

Descubre  cada  herida  con  su  fino 
i  delicado  tiento;  en  ellas  fija 
una  porción  del  deshilado  lino; 
luego  con  los  pedazos  las  cobija 
del  pañizuelo;  luego  el  purpurino 
rastro  de  sangre  con  la  mas  prolija 
atención  limpia,  lava;  i  a  Everaldo 
preparar  manda  prontamente  un  caldo. 

Un  caldo  es  mal  sonante  en  poesía; 
pero  la  exactitud  es  lo  primero. 
Suena  mejor  sin  duda  la  ambrosía; 
mas  no  se  encuentra  con  ningún  dinero. 
Ria  la  sombra  de  Hermosiila,  ria; 
llámeme  chavatiano  i  chapucero; 
veraz  historia  escribo:  soi  heraldo 
de  la  verdad.  Volvamos,  pues,  al  caldo. 


EL  PROSCRITO  555 


El  caldo  estaba  pronto.  Una  escudilla 
en  quo  servirlo  se  echa  solo  monos: 
cosa  que  se  hallará  por  marabilla 
en  ranchos  peruanos  o  chilenos, 
mas  a  falta  de  ajuar  ¡  de  vajilla 
fraternalmente  acude  a  los  ajenos 
el  que  los  necesita;  caso  extraño 
que  no  ocurre  dos  veces  en  el  año. 

A  buscar,  pues,  un  plato  i  una  taza 
i  una  cuchara  sale  el  inquilino, 
i  al  mismo  tiempo  es  fuerza  se  dé  traza 
de  que  no  sepa  amigo  ni  vecino 
para  qué  son,  A  su  salida  enlaza 
la  puerta,  que  es  el  modo  campesino 
do  echarla  llave;  i  mientras  tanto  vela 
al  herido  la  joven  Isabela. 

No  estaba  el  rancho  enteramente  oscuro: 
la  luz  del  sol  por  cien  troneras  brilla 
del  techo  humilde  i  del  informe  muro, 
do  secas  ramas  fábrica  sencilla. 
No  hai  mas  asiento  allí  que  el  suelo  puro. 
Isabel,  fatigada,  se  arrodilla 
junto  a  la  pobre  cama,  i  de  hito  en  hito 
mira  el  pálido  rostro  del  proscrito. 

Inocente  i  piadosa,  no  le  ocurre 
que  la  modestia  femenil  condene 
su  tierna  compasión;  antes  discurre 
que  ella  la  culpa  encierto  modo  tiene 
de  la  desgracia,  i  que  en  pecado  incurre, 
i  a  la  naturaleza  contraviene, 
no  socorriendo  a  un  pobre  moribundo, 
que  no  tiene  otro  amparo  en  este  mundo. 

Sabe  ya  que  es  un  hombre  a  quien  persigue 
inexorable  la  venganza  humana; 
que  no  hai  hogar  paterno  a  que  se  abrigue; 
ni  que  a  la  misma  caridad  cristiana 
puede  invocar,  temiendo  la  castigue 
como  delito  una  opresión  tirana; 
¿i  en  trance  tal  desapiadada,  impla 
a  un  infeliz  desamparar  podriai* 


55o  POESÍAS 

Mientras  esto  pensaba,  atenta  mira 
aquella  helada  cara,  helada  i  bella; 
i  cada  vez  que  el  mísero  suspira, 
compasiva  también  suspira  ella. 
Ni  es  solo  compasión  lo  que  le  inspira: 
un  afecto  mas  tierno  con  aquella 
piedad  se  mezcla  ya:  por  él  implora 
con  ruego  ardiente  al  cielo:  Isabel  llora. 

I  semeja  a  la  súplica  devota 
el  cielo  dar  oído:  el  ánjel  santo 
de  la  piedad  enjuga  aquella  gota 
de  compasivo  i  amoroso  llanto. 
Ya  en  el  mancebo  una  expresión  se  nota 
de  alivio  i  calma;  no  suspira  tanto; 
cesa  el  sudor  de  aquella  yerta  frente; 
parece  adormecerse  dulcemente. 

Estaba  en  una  incómoda  postura: 
el  vellón  que  le  sirve  de  almohada 
ha  rodado;  i  lastima  la  montura 
aquella  hermosa  frente  desmayada. 
Isabel  vaciló:  mas  ¿qué  aventura 
con  uno  que  no  ve  ni  siente  nada"? 
«Es  fuerza,  dice,  ¡tarda  tanto  el  guazo!» 
I  reclinada  sobre  el  lecho,  un  brazo 

Cuan  suavemente  puede  pone  bajo 
la  cerviz  del  mancebo;  la  cabeza 
le  solevanta  con  algún  trabajo, 
i  la  dura  almohada  le  adereza; 
mas,  o  la  conmoción  o  el  agasajo, 
o  ya  del  velo  de  Isabel,  que  empieza 
por  el  pecho  a  pasarle  i  por  la  cara, 
la  extraña  sensación,  le  despertara; 

Abrió  los  ojos  él,  i  sorprendido, 
en  mirar  aquel  ánjel  se  embelesa; 
ella  se  tiñe  de  un  color  subido 
cuando  ve  su  embeleso  i  su  sorpresa; 
i  mas  cuando  a  encontrarse  en  medio  han  ¡do 
la  mirada  del  joven  que  le  expresa 
la  admiración,  la  gratitud  mas  viva, 
i  su  tierna  mirada  compasiva. 


EL  PROSCRITO  557 


Pero  reclina  al  joven  blandamente 
i  aparta  cU'l  los  ojos:  la  acobarda 
un  movimiento  que  en  el  alma  siento, 
i  le  manda  el  pudor  ponerse  en  guarda. 
Confusa,  temerosa  i  ya  impaciente, 
«Válgame  Dios,  lo  que  Evcraldo  tarda,» 
dice  en  sí  misma.  Pareció  el  mancebo 
desfallecer,  i  se  adurmió  de  nuevo. 

Ya  es  un  profundo  i  apacible  sueño 
al  que  rendido  yace;  lo  que  libra 
a  Isabelita  do  terrible  empeño;  ^ 

porque  su  corazón,  en  cada  fibra, 
en  tanto  que  el  de  sus  sentidos  dueño 
la  está  mirando,  extremecido  vibra. 
Pero  la  ajitacion  ya  se  sosiega, 
i  mas  ahora  que  Everaldo  llega. 

Llegó  Everaldo;  i  ella  como  advierte 
que  al  parecer  mejor  está  el  herido 
(([ue  si  se  ha  visto  próximo  a  la  muerte 
ha  sido  por  la  sangre  que  ha  perdido), 
encarga  se  le  dé,  cuando  despierte, 
sustento;  se  le  ponga  en  mas  mullido 
lecho;  i  (jue  el  inquilino  cuanto  pase 
la  haga  saber;  i  aquesto  dicho,  vase. 

Miró  al  soslayo  al  joven  Isabela, 
i  huyó  cobarde;  i  si  huye  así  cobarde, 
ella  sabe  por  que;  i  aun  la  cautela 
me  parece  que  llega  un  poco  tarde. 
Mas  el  lector  saber  la  historia  anhela 
de  tal  proscrito,  i  no  es  razón  ([ue  aguarde. 
Suene  la  lira  en  alto  contrapunto, 
quo  lo  merece  bien  el  nuevo  asunto. 


CANTO  V. 


LA    DERROTA    DE    RANCAGUA 


«ESPAÑOLES 

¡Arma,  arma!  ¡Guerra,  guerra! 


PIZARRO 

¡A  ellos,  españoles! 

ESPAÑOLES 

¡A  ellos! 

PIZARRO 

Mueran  antes  que  se  amparen 
de  las  breñas.» 

(Calderón.) 


Ya  la  segunda  noche  se  aproxima 
de  aquel  aciago  octubre  catorceno, 
cuya  memoria  sola  pone  grima 
i  sobresalto  al  corazón  chileno. 
Obstáculo  no  queda  que  reprima, 
del  Cachapoal  en  el  distrito  ameno, 
al  español,  que  enardecido  vaga, 
i  de  pillaje  i  muerte  se  embriaga. 

La  plaza  de  Rancagua  es  el  postrero 
asilo  en  que  la  hueste  patriota 
sostiene  aun  la  lucha;  no  hai  sendero 
que  ofrezca  un  medio  de  escapar;  se  agota 
la  munición;  en  torno  el  crudo  ibero 
con  alharaca  horrísona  alborota; 
i  cuanto  mas  resiste,  mas  ofende 
el  enemiü-o,  i  mas  la  lid  se  enciende. 


EL  PROSCRITO  559 


Es  mayor  cada  instante  la  matanza 
que  hace  en  sus  filas  el  silbante  plomo, 
i  mas  se  estrecha  el  cerco:  i  de  esperanza 
no  se  divisa  ni  un  lejano  asomo. 
¿Qué  puede  allí  la  espada,  ni  la  lanza, 
ni  quó  el  fusil? — Cruzó  el  celeste  domo 
por  vez  segunda  el  sol;  la  noche  oscura 
vuelve  otra  vez  i  el  (ioro  asalto  dura. 

Es  para  el  enemigo  cada  techo 
un  fuerte  desde  donde  a  salvo  tira, 
mientras  desnudo  nuestra  jente  el  pecho 
presenta,  i  no  descansa,  i  no  respira 
sino  con  pena  en  el  recinto  estrecho 
a  que  mas  concentrada  se  retira, 
bajo  el  llover  de  bala,  i  piedra,  i  teja 
que  ya  donde  moverse  no  le  deja. 

Una  ventana  espesa  bocanada 
do  fuego  i  humo  sin  cesar  vomita; 
en  otra  la  familia  desolada 
favor!  favor!  a  sus  amigos  grita; 
i  cada  bocacalle  está  enjambrada 
de  soldadesca  vándala  maldita 
que  cierra  las  salidas  de  la  plaza 
i  a  los  nuestros  de  lejos  amenaza.* 

Como  lá  artillería  su  baluarte 
de  débiles  adobes  aportilla, 
las  filas  enemigas  rompe  i  parle 
a  gran  correr  la  intrépida  cuadrilla. 
Víctimas  de  sus  iras  a  una  parte 
i  otra  dejando  va,  que  es  marabilla: 
pincha,  taja,  derriba  i  atrepella; 
marcan  sangre  i  cadáveres  su  huella. 

Iba  entre  los  infantes  (que  una  bala 
])udo  descabalgarle  en  la  refriega), 
el  joven  capitán  Emilio  Ayala, 
que  a  varonil  edad  apenas  llega, 
i  por  su  talle  i  apostura  i  gala, 
i  por  el  ardimiento  con  que  juega 
la  espada,  i  por  el  aire  altivo  i  franco, 
de  la  enemiga  furia  se  hizo  el  blanco. 


560  POESÍAS 

Sobrino  fué  de  aquel  don  Agapito 
tantas  veces  mentado  en  mi  leyenda; 
i  sobrino  mimado  i  favorito, 
i  presunto  heredero  de  la  hacienda. 
Bravo,  arrestado.  Aun  era  tiernecito 
cuando  lanzar  un  potro  a  toda  rienda 
i  enlazar  un  novillo  en  el  rodeo 
era  su  pasatiempo  i  su  recreo. 

Patriota,  no  se  diga.  Ni  pudiera 
no  serlo  el  que  educado  por  su  tio 
fué,  desde  la  infeliz  temprana  era 
de  guerra  incauta  i  de  inexperto  brio, 
soldado  de  la  patria.  Su  primera 
milicia  vieron  Maule  i  Biobío; 
i  si  su  nombre  a  Chile  enorgullece 
i  España  lo  maldice,  lo  merece. 

Iba,  pues,  como  digo,  en  la  valiente 
tropa;  en  el  centro  alguna  vez  oculto, 
cuando  le  carga  demasiada  jente 
del  enemigo,  por  pescarle  el  bulto; 
ora  lidiando  valerosamente 
donde  es  mayor  la  gresca  i  el  tumulto; 
i  ora  asaltando  súbito  al  que  observa 
mas  desapercibido  en  la  caterva. 

Estaba  tan  mezclada  la  española 
con  la  chilena  jente,  que  no  puede 
usar  el  enemigo  la  pistola 
ni  la  escopeta;  i  el  terreno  cede 
mal  de  su  grado  si  se  empeña  sola 
el  arma  blanca,  en  que  el  patriota  excede, 
i  con  ventaja  lidia  indisputable, 
ora  puñal  esgrima,  espada  o  sable. 

Pero  es  forzoso  ahora  hincar  la  espuela 
antes  que  la  restante  fuerza  hispana 
al  sitio  acuda:  Ossorio  mismo  vuela 
al  frente  de  la  tropa  veterana 
a  que  en  los  casos  de  importancia  apela; 
pero  su  dilijencia  ha  sido  vana: 
distantes  van  los  nuestros,  i  lejano 
se  oye  el  casco  veloz  pulsar  el  llano. 


EL  PROSCRITO  561 


Emilio  se  quedó  corto,  ya  sea 
que  le  embarace  el  enemigo  el  paso, 
o  que  alejarse  a  los  demás  no  vea 
(pues  ya  oscuro  el  crepúsculo,  un  escaso 
dcslello  arroja),  o  que  en  parcial  pelea 
enardecido  en  medio  del  fracaso 
i  confusión,  su  propio  riesgo  olvide, 
i  (lo  que  nunca  suele),  se  descuide. 

Lo  encuentran  solo;  i  a  correr  aprieta; 
i  le  siguen  tres  vándalos  a  una. 
Llevaba  el  de  adelante  una  escopeta 
(el  habérsele  roto  fué  fortuna 
en  anterior  acción  la  bayoneta); 
i  a  la  distancia  alzándola  oportuna, 
de  descargar  un  fiero  golpe  trata 
al  mozo  en  el  testuz  con  la  culata, 

«De  ésta,  le  dice,  a  Satanás  te  mando, 
miserable  insurjente.»  Esquiva  el  viento 
la  culata  terrífica  silbando; 
mas  su  baladronada  fué  un  acento 
de  aviso  i  salvación.  El  joven,  dando 
media  vuelta  con  ájil  movimiento, 
huye  el  bulto,  i  al  godo  que  le  hostiga 
mete  un  palmo  de  acero  en  la  barriga. 

Maldiciones  vomita  el  fusilero; 
i  puestas  ambas  palmas  en  la  herida, 
dice  con  quebrantada  voz:  «Me  muero... 
A  manos  de  un  traidor,  pierdo  la  vida.., 
Camaradas,  venganza!...» — Al  compañero 
como  los  otros  dos  de  la  partida 
vieran  caer,  a  darle  van  auxilio; 
así  logró  ponerse  en  cobro  Emilio. 

Toda  Rancagua  en  tanto  era  despojo 
del  español,  que  tala,  rompe  i  quema 
solo  por  contentar  su  ciego  enojo 
en  el  dolor  i  en  la  miseria  estrema. 
Lo  mismo  insulta  en  su  brutal  arrojo 
al  rico,  al  pobre,  a  la  deidad  suprema; 
quiero  dejar  do  su  venganza  ejemplo 
en  la  calle,  en  el  rancho,  hasta  en  el  templo. 

POKSÍAS  71 


)62  POESÍAS  , 

Mirad  los  que  dudáis  si  el  hombre  es  fiera, 
una  ciudad  que  hostil  espada  doma; 
no  importa  quó  uniforme  o  qué  bandera 
o  qué  divisa  el  enemigo  toma. 
Guardia  imperial,  soldado  talavera, 
sectario  de  Moisés  o  de  Mahoma, 
iniciado  en  la  fe  por  el  bautismo 
o  la  circuncisión,  todo  es  lo  mismo. 
Con  los  lamentos  de  la  triste  jentc 
miradle  cuál  se  exalta  i  se  alboroza, 
i  cuál  por  la  delicia  solamente 
de  herir  i  destrozar,  hiere  i  destroza; 
i  cómo,  salpicado  hasta  la  frente 
de  sangre,  en  verla  derramar  se  goza, 
i  con  qué  risa  endemoniada  espia 
los  visajes  de  la  última  agonía. 

De\'oto  campeón  de  un  rei  devoto, 
vedle  del  templo  hacer  taberna  obscena, 
do  la  blasfemia,  el  desalmado  voto, 
i  su  habitual  interjección  resuena, 
do  roba  i  pilla,  i  todo  freno  roto, 
con  los  sagrados  vasos  bebe  i  cena, 
i  ni  a  la  madre  de  su  Dios  perdona 
arrancando  a  sus  sienes  la  corona. 

Lámpara  fiel  que  ante  los  santos  bultos 
ardes  perenne!  cuenta  lo  que  viste: 
las  abominaciones,  los  insultos, 
los  sacrilejios  de  esta  noche  triste; 
los  arrastrados  párvulos  i  adultos, 
i  la  ultrajada  vírjen  que  resiste 
asida  del  altar,  i  opone  en  vano 
lloroso  ruego  al  forzador  villano, 

Mas  con  sus  hechos  harta  ya  es  la  fama. 
Fatiga  este  «destello  peregrino 
de  antorcha  celestial,»  como  él  se  llama: 
esta  de  lo  infernal  i  lo  divino, 
según  yo  pienso,  equívoca  amalgama, 
en  quien  la  rienda,  el  arte,  el  culto  i  fino 
vivir  social,  palia  sí,  no  enfrena 
el  instinto  del  tigre  i  de  la  hiena. 


EL  PROSCRITO  ÓC3 


Volvamos,  pues,  al  capitán,  que  sigue 
corriendo  a  gran  correr  por  la  llanura; 
i  aunque  español  ninguno  le  persigue, 
i  ya  la  noche  va  cerrando  oscura, 
temo  topar  con  alguien  que  le  obligue 
a  hacer  alto;  i  por  donde  la  espesura 
de  las  cercas  su  fuga  patrocina, 
dilijente  i  solicito  camina. 

Oye  en  tanto  a  distancia  el  gran  lamento 
de  los  vencidos  i  la  horrible  gresca 
de  que  en  torpes  orjías  hinche  el  viento 
la  mal  disciplinada  soldadesca. 
De  Viva  el  rei  al  repetido  acento, 
volviendo  el  rostro  Emilio,  una  grotesca 
i  lastimosa  escena  ve  a  la  triste 
lumbre  de  que  Rancagua  se  reviste. 

Partidas  de  soldados  i  oficiales, 
desmandadas  mujeres,  niños,  viejos, 
vagan  por  los  confusos  arrabales 
entre  humo  i  sombra  i  cárdenos  reflejos. 
Negra  visión  de  estancias  infernales 
a  la  vista  parece  desde  lejos, 
en  que  tropa  de  diablos  turbulenta 
a  las  míseras  almas  atormenta. 

Pero  ¿qué  nuevo  incendio  se  levanta? 
¿que  coro  doloroso  de  alaridos 
hace  al  mancebo  suspender  la  planta 
i  dirijir  atento  los  oídos? 
Altas  llamas  devoran  (Vírjen  santa, 
que  horror!)  el  hospital  de  los  heridos. — 
Claman  piedad!  piedad! — I  les  contesta 
algazara  feroz  de  burla  i  fiesta. 

Vio  la  siguiente  luz  de  la  mañana 
las  manos,  por  el  fuego  ennegrecidas, 
a  las  rejas,  aun,  de  la  ventana, 
como  en  la  lucha  de  la  muerte,  asidas; 
i  de  cuajada  sangre  americana 
píivimentos,  paredes,  vio  teñidas, 
i  de  perros  i  buitres  los  insultos 
a  destrozados  cuerpos  insepultos. 


564  poesías 

Jura  venganza  Aya! a,  i  su  carrera 
dirijo  a  cierto  rancho  conocido, 
do  habilitarse  de  un  caballo  espera 
i  mudar  de  sombrero  i  de  vestido. 
Tras  un  torcido  tronco  de  alta  higuera 
acecha  la  ocasión,  cuando  oye  el  ruido 
de  trotadores  cascos,  que  veloces 
pulsan  el  llano,  i  de  mezcladas  voces. 

«Este,  dice  una  voz,  es  el  camino 
que  se  le  vio  tomar»...  «Paren  ustedes, 
dice  otra  voz,  en  tanto  que  examino 
si  le  ocultan  acaso  estas  paredes.» 
Toca  a  la  puerta.  Un  viejo  campesino 
sale.  «¿Qué  necesitan  sus  mercedes?» 
pregunta  temeroso. — «Escucha,  infame! 
Si  no  quieres  que  toda  se  derramo 

«Esa  vil  sangre  al  filo  de  mi  acero, 
entrégame  al  malvado  que  se  esconde 
por  estos  andurriales.» — «Caballero, 
protesto  i  juro,  el  viejo  le  responde, 
que  a  nadie  he  visto.» — «Mientes,  marrullero; 
le  tienes  escondido!» — «Pero  ¿Jónde? 
Si  no  merezco  yo  que  se  me  crea, 
pase  adelante  su  merced,  i  vea.» 

Era  el  que  hablaba  un  cabo  veterano 
que  muestra  por  el  habla  i  continente 
haber  cargado  un  poco  mas  la  mano, 
que  lo  que  fuera  justo,  al  aguardiente. 
Nada  dice  que  el  ajo  castellano 
con  fuerza  peculiar  no  condimente; 
zafio  ademas,  amigo  de  bureo, 
patiestevado,  i  como  un  mico  feo. 

Desmonta,  pues,  i  al  viejo  el  insolente 
aparta  de  un  tirón,  i  entra  a  la  choza, 
do  con  el  viejo  habitan  solamente 
una  anciana  mujer  i  una  hija  moza, 
la  cual,  entrando  el  cabo  de  repente, 
con  una  tosca  manta  se  reboza; 
pero  no  es  hombre  el  cabo  que  se  empacha, 
porque  se  le  reboce  una  muchacha. 


EL  PROSCRITO 


El  cabo,  que  la  ve,  se  le  aficiona, 
que  era  la  chica,  a  la  verdad,  no  mala, 
i  como  con  los  humos  de  la  mona 
de  un  pensamiento  en  otro  se  resbala, 
su  primero  propósito  abandona 
de  perseguir  al  capitán  Ayala, 
que  atisba  lo  que  pasa  no  sin  miedo, 
i  en  su  escondrijo  se  mantiene  quedo. 

El  cabo,  que  al  placer  de  la  conquista 
nueva  se  entrega  todo,  a  rato  breve 
sale  dando  traspiés,  torva  la  vista, 
i  en  mal  formada  voz,  que  a  risa  mueve: 
«Una  o  dos  leguas  mas  seguid  la  pista 
de  ese  traidor,  que  Lucifer  se  lleve, 
(dice);  la  seña  Tarragona;  el  santo, 
San  Ildefonso;  aquí  os  aguardo  en  tanto.» 

Los  otros  corren:  él  se  queda,  i  junta 
la  débil  puertecilla  del  tugurio; 
i  nuestro  Ayala,  que  un  desmán  barrunta 
(pues  no  le  pareció  de  buen  augurio 
quedara  el  cabo),  andando  va  en  la  punta 
de  los  pies  hacia  el  rancho;  i  al  murmurio 
de  la  coBversaoion,  que  atento  escucha, 
oye  un  rumor  surjir  como  de  lucha. 

Voces,  lloros  i  gritos  oyó  luego, 
i  reputando  ya  por  cosa  cierta 
lo  (jue  temia,  arrebatado  i  ciego 
a  tierra  echó  de  un  puntapié  la  puerta. 
Un  salto  da,  i  al  misero  gallego, 
que  estupefacto  i  con  la  boca  abierta 
quedó  del  susto,  asiendo  de  la  gola, 
«A  Chile,  dice,  este  puñal  te  inmola. 

«Pídele  a  Dios  misericordia,  i  muere!» — 
«¡Perdón,  mi  capitán!  exclama  el  triste 
cabo,  atajando  el  brazo  que  le  hiere. 
¡Perdón  a  un  infeliz  que  no  resiste! 
¡Piedad!» — «Piedad  de  mí  ninguna  espere 
un  espaiíol,  un  monstruo.  ¿La  tuviste 
de  la  mujer  que  deshonrabas?» — «¡Toma! 
¿No  vio  usted,  capitán,  que  era  una  broma?» 


560  POESÍAS 

— «¿Te  burlas,  miserable?» — «Nada  de  eso; 
pero  vamos  al  caso.  Usted  me  mata. 
Muí  bien...  Los  otros  vuelven...  Llevan  preso 
a  este  infeliz,  i  usted,  usted  que  trata 
de  protejerle,  es  quien,  por  un  exceso 
de  protección,  le  aprieta  la  corbata... 
Nó,  no  se  enfade  usted...  Por  mí,  me  allano 
a  perecer...  pero  este  pobre  anciano... 

«A  mas,  usted  la  causa  americana 
defiende,  i  la  de  Chile...  Santo  i  bueno. 
Lo  mismo  hiciera,  i  de  mui  buena  gana, 
el  hijo  de  mi  madre,  a  ser  chileno. 
Pero  ¿qué  quiere  usted?  Nací  en  Tríana; 
soi,  como  acá  se  dice,  sarraceno; 
i  no  hago  mas  que  usted,  sí  se  examina, 
en  arrimar  la  brasa  a  mi  sardina. 

«Déjeme  usted,  í  a  respetar  me  obligo...» — 
«Silencio,  charlatán;  i  si  es  que  en  algo 
aprecias  el  pellejo,  ven  conmigo.» — 
«Pero  ¿a  dónde,  por  Dios,  señor  hidalgo?» — 
«Monta!» — «¿Con  que  me  voi?» — «Que  montes  digo; 
la  grupa  tomaré.» — «Solo,  cabalgo 
mucho  mejor.» — aO  monta,  o  muere.» — «Monto.» 
— «Hacia  la  cordillera,  i  pronto,  pronto!» 

Iban  los  dos  corriendo  a  toda  brida. 
El  cabo  a  veces  charla,  a  veces  reza, 
a  veces  canta,  a  veces  voz  perdida 
exhala;  i  ya  dormita,  ya  bosteza: 
el  viento,  el  aire,  la  veloz  corrida 
le  fueron  despejando  la  cabeza. 
Rayó  la  aurora,  i  no  distante  un  ancho 
rio  aparece;  allende  el  rio,  un  rancho. 

Atraviesan;  descansan;  se  despoja 
de  su  uniforme  Ayala;  i  un  sombrero 
de  paja  i  una  manta  azul  í  roja 
toma  para  seguir  su  derrotero. 
Decir  qué  rumbo  lleva  i  dónde  aloja 
con  el  involuntario  compañero, 
prolijo  cuento  i  fasfidioso  fuera; 
pero  pasan,  por  fin,  la  cordillera: 


EL  PROSCRITO  ^67 


La  cordillera  yerma,  no  cual  antes, 
do  silenciosa  paz  vasto  distrito, 
que  solo  el  pié  de  raros  caminantes, 
o  del  cóndor  rapaz  turbaba  el  grito, 
o  el  de  las  tempestades  resonantes 
que  hacen  vibrar  sus  lomos  de  granito; 
sino  cruzada  entre  bullicio  hirviente 
por  luengas  filas  de  apiñada  jente. 

Por  cada  cima,  i  cada  valle,  i  cuesta 
la  multitud  apresurada  huia, 
cual  suele  verso  en  una  insigne  fiesta 
la  calle  principal  que  al  templo  guia; 
mas  lo  que  en  la  expresión  se  manifiesta 
de  los  semblantes  ¡ai!  no  es  alegría, 
sino  aflicción,  i  las  que  esparce  al  viento 
son  voces  de  plegaria  i  de  lamento. 

Corren  hombres,  mujeres,  chicos,  grandes, 
unos  tras  otros  en  continuas  olas, 
i  los  páramos  cubren  de  los  Andes, 
huyendo  de  las  iras  españolas; 
pues  de  que  tu  rigor,  España,  ablandes 
no  hai  esperanza,  i  donde  tú  tremolas 
tus  odiados  castillos  i  leones 
hiela  servil  terror  los  corazones. 

Ah!  ¡cuánto  pió  lastiman  delicado 
la  roca  dura,  i  de  la  intensa  nieve 
el  valladar  antes  do  tiempo  hollado! 
I  al  patrio  suelo  que  en  paisaje  breve 
se  les  presenta  ahora  ataviado 
de  lustrosa  verdura  i  de  la  levo 
túnica  de  la  niebla,  ¡cuánta  muda 
despedida  de  lágrimas  saluda! 

La  paz  de  los  sepulcros  i  el  letargo 
¿aceptarán  de  la  opresión  de  España? 
Primero  mendigar  el  pan  amargo 
del  emigrado,,  el  pan  de  jente  extraña, 
i  el  agrio  cáliz  de  esperanza  largo, 
que  con  befa  cruel  Fortuna  engaña, 
tornando  en  triste  i  espantosa  vela 
cada  soñar  que  al  infeliz  consuela. 


503  POESÍAS 

Pero  no  a  ti  prolijo  duelo  aguarda, 
destronada  Síon,  que  a  Iberia  quita 
de  su  tutela  infiel  la  dura  guarda 
tremenda  lei  en  bronce  eterno  escrita. 
Sueña  ella  que  su  espada  la  retarda, 
¡Vano  error!  en  el  vidrio  que  limita 
la  duración  que  el  cielo  da  a  tus  penas 
se  ciernen  ya  las  últimas  arenas. 

1  Faltan  tres  octavas,  qiie  no  íian  podido  encontrarse. 


4* 


índice 


Fajina 

Las  poesías  de  don  Andrés  Bollo v 

El  Anauco 1 

A  la  vacuna ,     .  3 

Venezuela  consolada 12 

Égloga 24 

A  un  Saman 28 

A  la  nave 30 

Mis  deseos 33 

A  una  artista 34 

A  la  victoria  de  Bailen 35 

Recuerdo 36 

Dios  me  tenga  en  gloria 37 

Alocución  a  la  poesía 38 

El  himno  de  Colombia 62 

La  agricultura  de  la  Zona  Tórrida b6 

La  luz 77 

Carta  escrita  de  Londres  a  París  por  un  americano  a  otro.     .     .  86 

Los  jardines 91 

Canción  a  la  disolución  do  Colombia .     .  102 

Diálogo 105 

El  vino  i  el  amor 108 

La  burla  del  amor 112 

Al  diez  i  ocho  de  Setiembre  en  1830 113 

El  incendio  de  la  Compaiíía 115 

Al  diez  i  ocho  de  Setiembre  en  1841 125 

En  el  álbum  de  la  señora  doña  Enriqueta  Pinto  de  Búlncs.     .     .  132 

Las  fantasmas 135 

A  Olimpio. 143 

Los  duendes 158 

La  oración  por  todos 108 

poesías  72 


5*0  ÍNDICE 

rájlna 

Moisés  salvado  de  las  aguas 17G 

La  cometa 181 

A  Peñalolen 185 

En  el  álbum  de  la  señorita  doña  Mercedes  Muñoz 187 

El  Cóndor  i  el  Poeta .189 

La  moda 197 

Diálogo  entre  la  amable  Isidora  i  un  poeta  del  siglo  pasado  .     .  208 

El  tabaco 215 

AI  Biobío 217 

El  Sardanapalo  de  lord  Byron 221 

En  el  álbum  de  la  cantatriz  doña  Teresa  Rossi 241 

A  la  señora  doña  Julia  Codecido  de  Mora .  243 

A  la  Vírjen  de  las  Mercedes , 246 

En  el  álbum  de  la  señora  doña  Josefa  Reyes  de  Garmendia    .     .  249 

La  Ardilla,  el  Dogo  i  el  Zorro 252 

El  Hombre,  el  Caballo  i  el  Toro 255 

Las  ovejas 257 

Miserere 259 

Orlando  enamorado 265 

El  Proscrito 511 


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Bello,  Andrés 

Obras  completas  de  don 
Andrés  Bello 


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